Sir james george frazer la rama dorada



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sidir en Duke Town. Los vicecónsules deportistas iban de cuando en cuando a intentar cazar al animal, y una vez, uno de los cazadores acertó e hizo blanco en él. Inmediatamente el jefe tuvo que guardar cama con una herida en la pierna. Dijo que le había mordido un perro, pero sin duda los sabihondos rehusarían aceptar una excusa tan baladí para ellos. Además, entre varias tribus de las orillas del Níger, entre Lokoja y el delta, prevalece "la creencia en la posibilidad de que un hombre posea un alter ego en la forma de algún animal, como un cocodrilo o hipopó­tamo. Creen que la vida de una persona está ligada a la de alguno de es­tos animales, y de tal manera que todo lo que afecte a uno de los dos produce la correspondiente impresión al otro, y que si uno mucre, al otro le sucederá rápidamente lo mismo. Aconteció no hace mucho que un inglés mató un hipopótamo cerca de una aldea indígena; los fami­liares de una mujer que murió la misma noche en la aldea demandaron y obtuvieron finalmente cinco libras esterlinas como compensación por el asesinato de la mujer".

Entre los zapotecas del sur de México, cuando una mujer iba a dar a luz, sus parientes se reunían en la choza y comenzaban a dibujar en el suelo figuras de distintos animales, borrándolas en cuanto cataban terminadas. Seguían haciendo esto hasta el momento del nacimiento y a la figura que estaba dibujada en el suelo en aquel momento se la lla­maba el tona de la criatura o "segundo yo". "Cuando el niño crecía lo suficiente, se procuraba el animal que le representaba y lo cuidaba, pues se creía que su salud y existencia estaba unida con la de aquel animal, de tal modo que la muerte de ambos sería simultánea", o me­jor, que cuando el animal muriese el hombre moriría también. Entre los indios de Guatemala y Honduras, el nagual o nahual es "el objeto ani­mado o inanimado, generalmente un animal, que está situado en una relación de paralelismo con un hombre determinado, de modo que las bienandanzas o malandanzas del hombre dependen de la suerte que corra el nagual". Según un escritor antiguo, muchos indios de Guatemala, "en­gañados por el Diablo, creen que su vida depende de la de tal o cual animal (que han tomado como su espíritu familiar) y piensan que cuando la bestia muera, él morirá también, que cuando sea cazada, su corazón palpitará, que si desfallece, él perderá el conocimiento; es más, acontece que por el diabólico embaimiento ellos imaginan aparecer en la forma de aquella bestia (la que ellos corrientemente escogen es un ciervo o cierva, un león o tigre, perro o águila) y en esa forma han sido cazados o heridos". Los indios estaban persuadidos de que la muerte de su na­gual implicaba la suya propia. La leyenda afirma que en las primeras batallas con los españoles en la meseta de Quetzaltenango, los naguales de los jefes indios lucharon bajo la forma de serpientes. El nagual del jefe supremo era especialmente relevante, pues tenía la forma de un ave muy grande y con un plumaje verde resplandeciente. El capitán español Pedro de Alvarado mató al ave de un lanzazo y en el mismo momento el jefe indio cayó muerto al suelo.

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En muchas tribus del sureste australiano, cada sexo acostumbraba a considerar una clase particular de animales en el mismo sentido que un indio centroamericano consideraba su nagual, pero con la diferencia de que mientras el indio conocía ciertamente al animal determinado con quien su vida estaba relacionada, los australianos sólo sabían que cada una de sus vidas estaba relacionada con un animal de una especie dada, pero no podían determinarle. El resultado es naturalmente que cada uno respetaba y protegía a todos los animales de la especie con quienes la vida de los hombres estaba ligada y cada mujer respetaba y protegía a todos los animales de la especie con la que la vida de las mujeres es­taba ligada, pues nadie sabía sino que la muerte de algún animal de las respectivas especies podría dar lugar a la de él o a la de ella, del mismo modo que la matanza del ave verde fue seguida inmediatamente de la muerte del jefe indio y a la muerte del loro siguió la de Punchkin en el cuento de hadas. Así, por ejemplo, la tribu wotjobaluk del sudeste australiano "mantenía que la vida del ngûnûngunût [el murciélago] es la vida de un hombre y la vida del yártatgûrk [el chotacabras] es la vida de una mujer y que cuando se mata a algunos de esos animales, se corta la vida de un hombre o de una mujer. En tal caso, cada hombre O cada mujer temía ser la posible víctima y de aquí nacían grandes luchas en esta tribu. He sabido que en estas riñas luchaban las mujeres en un bando y en el contrario los hombres y no se podía asegurar quién sal­dría victorioso, pues a veces las mujeres daban palizas muy serias a los hombres con sus estacas para los ñames, mientras que otras ocasiones resultaban heridas las mujeres y aun muertas con las lanzas". Los wot­jobaluk decían que el murciélago era el "hermano" del hombre y que el chotacabras era su "esposa". La especie particular de animales con la que creían estaba conectada la vida de cada sexo variaba más o menos de tribu a tribu. Así, mientras que el murciélago era entre los wotjo­baluk el animal de los hombres, en el arroyo Gunbower, del río Bajo Murray, creemos que era el animal de las mujeres, pues los nativos no los mataban, alegando "que si fuera muerto, alguna de sus lubras [mu­jeres] seguramente moriría en consecuencia". Cualquiera que fuese la clase particular de animal con la que creían estar vinculada la vida de los hombres y de las mujeres, la creencia en sí y las luchas a que daba ori­gen han prevalecido en una gran parte del sudeste australiano y proba­blemente están mucho más extendidas. La creencia la tomaban muy en serio, y en consecuencia también las luchas que se desarrollaban. Así, entre algunas tribus de Victoria, "el vulgar murciélago pertenece a los hombres, que le protegen de todo daño aunque tengan que matar a la mitad de las mujeres para su seguridad. El gran chotacabras perte­nece a las mujeres, y aunque sea un ave de mal agüero que alarma por la noche con su ulular, es protegido celosamente por las mujeres. Si un hombre mata algún chotacabras, se ponen tan furiosas como si se tratase de alguno de sus hijos y le pegarán de firme con sus largos palos".

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La celosa protección que hombres y mujeres de Australia deparan a los murciélagos y chotacabras respectivamente (pues creemos que estos dos animales son los usualmente adjudicados a los dos sexos), no se funda en consideraciones puramente egoístas, pues cada hombre cree que no sólo su propia vida, sino la de su padre, hermanos, hijos y demás parientes está conectada con la de murciélagos particulares, y que por esto, protegiendo la vida de la especie murciélago, protege las de todos los parientes masculinos tanto como la suya propia. De igual modo, cada mujer cree que la vida de su madre, hermanas, hijas y demás parientes, lo mismo que la suya propia, se halla conectada con la vida de chotaca­bras particulares y que, guardando la especie entera de chotacabras, ellas están guardando la vida de todas sus parientes además de la suya propia. Ahora bien, cuando las vidas de los hombres se suponen relacionadas así con ciertos animales, es obvio que los animales difícilmente pueden distinguirse de los hombres o los hombres de los animales. Si la vida de mi hermano Juan está en un murciélago, entonces en cierto sentido el murciélago es tan hermano mío como Juan v, por otro lado, Juan es en un sentido un murciélago, puesto que su vida está en un murciélago. De igual modo, si la vida de mi hermana María está en un chotaca­bras, entonces el chotacabras es mi hermana y María es un chotacabras. Ésta es una conclusión bastante natural, y los australianos no han errado al deducirla. Cuando el murciélago es el animal del hombre, le llaman su hermano, y cuando el chotacabras es el animal de la mujer, le llaman su hermana. Y viceversa, un hombre da tratamiento de chotacabras a una mujer, y ella da tratamiento de murciélago a un hombre. Así sucede también con los demás animales adjudicados a los respectivos sexos en otras tribus. Por ejemplo, entre los kurnai, todos los reyezuelos-emúesa eran "hermanos" del hombre, como rodos los hombres eran "hermanos" del reyezuelo-emú; todos los reyezuelos azules eran "hermanas" de las mujeres, y todas las mujeres eran "hermanas" del reyezuelo azul.

Pero cuando un salvaje se da a sí mismo el nombre de un animal, le llama su hermano y rehusa matarle, se dice que el animal es su tótem. Por consiguiente, en las tribus del sudeste australiano que hemos estado considerando, el murciélago y el chotacabras, el reyezuelo-emú y el reye­zuelo azul pueden con toda propiedad describirse como tótems de los sexos, aunque la asignación de un tótem a un sexo es relativamente rara y no se ha descubierto hasta ahora más que en Australia. Mucho más corriente es la apropiación del tótem no al sexo, sino a un clan, y que sea hereditario en la línea masculina o en la femenina. La relación del individuo con el tótem del clan no difiere en calidad de su relación con el tótem del sexo; no lo matará, hablará de él como de un hermano y él mismo se llamará como el tótem. Ahora bien, si las relaciones son similares, la explicación que es buena en un caso, también lo será en el

1 Pájaro parecido al reyezuelo europeo, que tiene las plumas de la cola seme­jantes a las del emú (Stipiturus malachurus).

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otro. Por eso, la causa por la que un clan reverencia una especie par­ticular de animal o planta (pues el tótem del clan puede ser un vegetal) y sus individuos se llaman a sí mismos como el tótem, puede ser la creencia de que la vida de cada individuo del clan está ligada con algún animal o vegetal de esa especie y la muerte de él o ella será la conse­cuencia de matar aquel animal determinado o destruir aquel vegetal es­pecial. Esta explicación del totemismo encuadra perfectamente en la definición del tótem o kobong de Australia Occidental por Sir George Grey. Dice: "Existe una cierta conexión misteriosa entre una familia y su kobong, de tal modo que un miembro de la familia nunca matará un animal de la especie a la que pertenece su kobong si le encuentra dormido y, ciertamente, cuando lo mata, lo hace con repugnancia y nunca sin facilitarle algún medio de escape. Esto se origina en la creen­cia familiar de que algún individuo de esa especie es su más íntimo amigo y matarlo sería un gran crimen que debe evitarse con cuidado. De igual modo, un nativo que tiene un vegetal por su kobong no puede recolectarlo más que bajo ciertas circunstancias y en una época especial del año". Se observará aquí que, aunque cada hombre respete todos los animales o plantas de la especie, no todos sus individuos son igualmente apreciados por él; lejos de esto, de toda la especie entera sólo hay uno que particularmente quiera; mas como no sabe cuál es ese individuo tan apreciado, ante el temor de herirle, está obligado a respetarlos a todos. Además, esta explicación del tótem del clan armoniza con la supuesta consecuencia de matar algún individuo de la especie totémica. "Un día, uno de los negros mató un cuervo. Tres o cuatro días después, murió un boortwa [cuervo] esto es, un hombre del clan cuervo, llamado Larry. Había estado enfermo algunos días antes pero el matar su wingong [tótem] aceleró su muerte". Aquí, matar al cuervo ocasionó la muerte de un hombre del clan cuervo, exactamente como en el caso de los tó­tem de sexo, matar a un murciélago causa la muerte de un "hombre murciélago" y matar a un chotacabras causa la muerte de una "mu­jer chotacabras". De igual manera, la occisión de su nagual ocasiona la muerte de un indio centroamericano, la de su "alma selvática" ocasiona la muerte de un negro del Calabar, la de su tamaniu causa la muerte de un isleño de Bank y la del animal en el que su vida está oculta causa la muerte del gigante o brujo en el cuento de hadas.

Tenemos, pues, que parece que la historia de "El gigante que no tenía corazón en su cuerpo" puede dar una clave de la relación que se supone existir entre un hombre y su tótem. El tótem en esta teoría es simplemente el receptáculo en el que un hombre guarda su vida, como Punchkin la guardaba en un loro y como Bidasari guardaba su alma en un pez dorado. No es objeción válida a esta especulación la de que, cuando un salvaje tiene ambos tótem, el sexual y el ciánico, su vida deba estar conectada con dos animales diferentes, la muerte de cualquiera de los cuales ocasiona la suya propia. Si un hombre tiene más de un sitio

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vital en su cuerpo, ¿por qué el salvaje no puede pensar que tiene más de un sitio vital fuera de él? La divisibilidad de la vida o, para decirlo de otro modo, la pluralidad de almas, es una idea sugerida por muchos hechos corrientes y ha incitado tanto a filósofos como Platón cuanto a los salvajes. Sólo cuando la noción del alma pasa de ser una hipótesis casi científica a ser un dogma teológico, se insiste en su unidad e indivi­sibilidad como creencia esencial. El salvaje no aherrojado por dogmas es libre de explicarse los hechos de la vida por la arrogación de tantas almas como crea necesarias. Por eso los caribes suponían que había un alma en la cabeza, otra en el corazón y otras más en todos los luga­res del cuerpo donde sentían latir una arteria. Algunos de los indios hidatsa explican los fenómenos de la muerte gradual, en que las extre­midades parecen morir primero, suponiendo que el hombre tiene cuatro almas y que no escapan del cuerpo simultáneamente, sino una tras otra, no siendo completa la disolución hasta que las cuatro han salido. Al­gunos de los dayakos de Borneo y de los malayos de la península de Malaca creen que cada hombre tiene siete almas. Los alfures de Poso (Célebes) opinan que se tiene tres almas. Los indígenas de Laos supo­nen que el cuerpo es la residencia de treinta espíritus que se alojan en las manos, los píes, la boca, los ojos y así sucesivamente. Por eso, desde el punto de vista primitivo es perfectamente posible que un salvaje tenga un alma en su tótem sexual y otra en su tótem ciánico. Sin embargo, como ya lo hemos hecho notar, los tótem de sexo no se han encontrado más que en Australia; así que, por regla general, el salvaje que practica el totemismo no necesita tener más de un alma fuera de su cuerpo en un momento dado.

Si es exacta esta explicación del tótem como un receptáculo en el que el hombre guarda su alma o una de sus almas, nos es dable espe­rar que encontremos algún pueblo totémico del que se afirme expresa­mente que cada uno de sus hombres cree tener por lo menos un alma permanentemente fuera de su cuerpo y que la destrucción de esta alma externada se supone que lleva consigo la muerte de su propietario. Tal es el pueblo batako de Sumatra. Los batakos están divididos en clanes exogámicos (margas) con descendencia patrilineal; en cada clan está pro­hibido comer carne de algún animal particular. No es posible que un clan coma tigre, otro mono, otro cocodrilo, otro perro, otro gato, otro paloma, otro búfalo blanco y otro insecto langosta. La razón que dan los miembros de un clan para abstenerse de la carne de un particular animal es que, como descienden de animales de esa especie y sus almas, después de muertos, transmigrarán y se depositarán en esos animales, o que ellos o sus antepasados han estado bajo ciertas obligaciones con aquéllos. Algunas veces, pero no siempre, el clan lleva el nombre del animal. De este modo, pues, los batakos tienen un totemismo completo. Pero además, cada batako cree que tiene siete almas o, en un cómputo más moderado, tres. Una de estas almas está siempre fuera del cuer­po, mas, a pesar de ello, cuando muere, muere al mismo tiempo el hom-

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bre, pese a la gran distancia a que se encuentre en ese momento. El escritor que se refiere a esta creencia no dice nada respecto a los tótem batakos, mas por las analogías australiana, centroamericana y africana podemos deducir que el alma externada cuya muerte vincula la muerte del hombre está depositada en la planta o animal totémico.

Contra este concepto difícilmente puede oponerse que el batako no afirma en términos explícitos que su alma externada está depositada en su tótem, sino que alega otros fundamentos de respeto hacia la planta o animal sagrado de su clan. Pues si un salvaje cree reflexivamente que su vida está unida a un objeto externo a él, es casi completamente inve­rosímil que confíe su secreto a un extranjero. En todo lo que atañe a su vida íntima y a sus creencias, el salvaje es excesivamente receloso y reservado; europeos que han residido muchos años entre los salvajes no han descubierto algunos de sus capitales artículos de fe, y si al fin descubrieron alguno, con frecuencia ha sido por accidente. Sobre todo, el salvaje vive en un intenso y continuo miedo de morir asesinado por hechicería; los más fútiles restos de su persona, los recortes de su pelo y de sus uñas, sus esputos, los restos de comida, su verdadero nombre personal, todo lo que, según cree, puede servir para su destrucción, lo oculta cuidadosa y ansiosamente y lo destruye por dicha razón. Si en cosas de tan poca monta, como que no son más que el foso y la barba­cana de su vida, es tan miedoso y reservado, ¿cómo será de reticente, con qué impenetrable reserva no guardará el interior y la ciudadela de su ser? Cuando, en el cuento de hadas, la princesa pregunta al gigante dónde tiene guardada su alma, es frecuente que éste dé respuestas falsas o evasivas, y sólo después de mucho engatusamiento y lagoteo logra arrancarle el secreto. En su reticencia recelosa, el gigante recuerda al tímido y furtivo salvaje, pero mientras las exigencias del cuento deman­dan que el gigante revele al fin su secreto, el salvaje no tiene esa obli­gación, y ninguno de los incentivos que se le ofrezcan es bastante para tentarle a poner en peligro su alma revelando a un extranjero el lugar en que se esconde. Por eso, nadie debe sorprenderse de que el misterio central de la vida del salvaje haya permanecido tanto tiempo secreto y guardado, ni de que ahora tengamos que reconstruirlo juntando los esparcidos fragmentos, alusiones y reminiscencias que de ello han que­dado en los cuentos de hadas.

4. el RITUAL DE MUERTE Y RESURRECCIÓN

Este concepto del totemismo aclara una clase de ritos religiosos de los que, según lo que sabemos no se ha ofrecido aún ninguna explica­ción adecuada. En muchas tribus salvajes, especialmente entre las que se sabe que practican el totemismo, se acostumbra a que los mancebos púberes se sometan a ciertos ritos iniciáticos de entre los cuales uno de los más comunes es la ficción de matar al mancebo y resucitarle después. Estos ritos se hacen inteligibles si suponemos que en esencia consisten

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en extraer el alma del joven con objeto de transferirla a su tótem, pues la extracción de su alma naturalmente presupone matar al joven o por lo menos sumergirle en un trance semejante a la muerte y que el salvaje distingue con dificultad de ella. Su restablecimiento sería entonces atri­buido ya al gradual recobro de su sistema de la violenta emoción reci­bida o, más probablemente, a la infusión de una vida nueva que recibe de su tótem. Así, la esencia de estos ritos de iniciación, en lo que tie­nen de simulacro de muerte y resurrección, sería un intercambio de vidas o almas entre el hombre y su tótem. La creencia primitiva en la posi­bilidad de tal cambio se patentiza en la historia de un cazador vasco que afirmó haber sido muerto por un oso, pero que el oso, después de matarle, le insufló su propia alma dentro del cuerpo de modo que el cuerpo del oso quedó allí muerto y él era el oso mismo, ya que estaba animado por el alma del oso.1 Esta reviviscencia del cazador muerto en oso es exactamente análoga, según la teoría aquí sugerida, a la que tiene lugar en la ceremonia de matar al mancebo púber y resucitarle después. El mancebo muere como hombre y resucita como animal; el alma ani­mal está ahora en él y su alma humana en el animal. Con perfecto derecho se llama a sí mismo oso o lobo, etc., según su tótem, y con per­fecto derecho trata a los osos, lobos, etc., como hermanos, puesto que en esos animales están alojadas las almas de él mismo y de los suyos.

Ejemplos de esta supuesta muerte y resurrección iniciáticas son los que siguen. En la tribu wonghi o wonghibon de Nueva Gales del Sur, los jóvenes, al llegar a la virilidad, son iniciados en una ceremonia se­creta sin más testigos que los iniciados. Parte del rito consiste en la fractura traumática de un diente, después de la cual se da a los novicios nombres nuevos, indicadores del paso de la juventud a la virilidad. Mien­tras están rompiendo el diente, producen un fuerte zumbido con un instrumento denominado "toro bramador" o simplemente bramadera, que consiste en un pedazo de madera con los bordes dentados y atado al extremo de una cuerda, que se hace girar para producir el zumbido. A los profanos no se les permite ver este instrumento y las mujeres tienen prohibido presenciar la ceremonia bajo pena de muerte. Se dice que cada uno de los jóvenes se reúne por turno con un ser mítico llamado Thuremlin (más comúnmente conocido como Daramulun) que se lleva lejos a los jóvenes, los mata y a veces los despedaza, después de lo cual les devuelve a la vida y les rompe de un golpe un diente. Se asegura que es indudable su creencia en el poderío de Thuremlin.
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