Sir james george frazer la rama dorada



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1 Rev. James Macdonald, misionero.

EN OBJETOS INANIMADOS 763

titula Ingiet. Todo hombre recibe en su iniciación una piedra que tiene la forma de un ser humano o de algún animal y creen que desde enton­ces su alma está ligada de cierta manera a la piedra. La ruptura es un mal presagio: dicen que el trueno ha roto la piedra y su dueño morirá pronto. Si por el contrario, el hombre sobrevive a la efracción de su "piedra-alma", dicen que no era una "piedra-alma" apropiada y ponen otra en su lugar. El emperador Romano Lecapeno1 fue in­formado por un astrólogo de que la vida de Simeón, príncipe de Bul­garia, estaba ligada a cierta columna de Constantinopla, de tal modo que, si se quitase el capitel a la columna, Simeón moriría inmediata­mente. El emperador aprovechó la insinuación y mandó que quitaran el capitel; más tarde, y habiendo ordenado que se hiciera una investiga­ción, Romano Lecapeno llegó a saber que Simeón había muerto en Bul­garia, de una enfermedad cardiaca, a la misma hora.

También hemos visto que en los cuentos populares un alma hu­mana o su fuerza se representa algunas veces como unida al cabello y que cuando se le corta a una persona, ésta muere o se debilita. Así, los indígenas de la isla de Amboina creían que su fuerza residía en el ca­bello y les abandonaría de quedar rapados.2 Un criminal sometido a tormento en un tribunal holandés de aquella isla, persistió en negar su culpa, pero al raparle, confesó inmediatamente. Un hombre que estaba siendo juzgado por homicidio soportó sin vacilar las mayores habilidades de sus torturadores, hasta que vio al cirujano acercarse con un par de tijeras. Cuando preguntó para qué eran y le contestaron que para cor­tarle el pelo, rogó que no lo hicieran y confesó plenamente. Desde en­tonces, cuando no se conseguía la confesión mediante la tortura del acu­sado, las autoridades recurrían sistemáticamente al corte de pelo.

En Europa se creía que los poderes diabólicos de brujas y hechice­ros residía en su pelo y que nada podía hacer huella en los malan­drines mientras lo tuvieran largo. Por eso, en Francia acostumbraban a afeitar todo el cuerpo a las personas acusadas de hechicería antes de entregarlas al verdugo. Millaeus fue testigo del tormento dado a algunas personas en Toulouse, de las que no se pudo conseguir ninguna confe­sión hasta que fueron desnudadas y afeitadas por completo, con lo que prontamente reconocieron la verdad de la acusación. Una mujer, que en apariencia llevaba una vida piadosa, fue sometida a tormento por sospe­chas de hechicería y sobrellevó sus agonías con constancia increíble hasta que la depilación total la condujo a admitir su culpa. El célebre inqui­sidor Sprenger se contentaba con afeitar la cabeza del acusado brujo o bruja, pero su colega Cumanus, más extremado, afeitó totalmente los cuerpos de cuarenta y siete mujeres antes de condenarlas a todas a pere­cer en la hoguera. Tenía plena autoridad para este escrutinio riguroso,

1 Romanus I. Lecapenus, compartió el trono imperial desde 919 con Constan­
tino VII, con quien había desposado a su hija. Su yerno le destronó en 944.

2 "Si fuere rapado, mi fuerza se apartará de mí y seré debilitado. . ." (Jue.,
16:17).

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puesto que el mismo Satán, en un sermón que predicó desde el púlpito de la iglesia de North Berwick, confortó a sus muchos servidores asegu­rándoles que ningún daño podría caer sobre ellos "mientras tuvieran su pelo y no dejasen caer ni una lágrima de sus ojos". De igual modo en Bastar, provincia de la India, "si un hombre es juzgado culpable de hechi­cería, la muchedumbre le golpea, le afeitan la cabeza suponiendo que su pelo constituye su fuerza para hacer maldades; le rompen los dientes incisivos a golpes, según dicen para prevenir musite conjuros. . . Las mujeres sospechosas de brujería también quedan sujetas a la misma or-dalía; si son culpables les adjudican el mismo castigo y después de afei­tarlas cuelgan su cabello de un árbol en algún lugar público". Entre los bhils de la India, si alguna mujer era convicta de hechicería, después de sometida a varias formas de persuasión, como la de colgarla cabeza abajo de-un árbol y ponerle pimienta en los ojos, cortaban un rizo de sus cabellos y lo enterraban, "para que el último lazo de unión entre ella y sus perversas facultades anteriores quedase roto". De manera semejante, entre los aztecas de México, cuando las brujas y hechiceros "habían hecho sus malas hazañas y era llegada la ocasión de poner tér­mino a sus vidas detestables, les sujetaban y afeitaban el pelo de la coro­nilla de la cabeza, con lo que se les arrebataba todo su poderío para embrujar y conjurar; después les mataban para poner fin a su execrable existencia".

2. el ALMA EXTERNADA EN LAS PLANTAS

También hemos mostrado que en los cuentos populares la vida de una persona está en ocasiones tan ligada a la vida de una planta que su marchitamiento precederá o seguirá a la muerte de la persona. Entre los m'bengas del África Occidental, cerca del Gabón, cuando dos niños nacen el mismo día, la gente planta dos árboles de la misma clase y bailan alrededor de ellos. La vida de cada uno de los dos niños se cree unida a la de uno de los dos árboles y si el árbol muere o es arrancado, están seguros de que la criatura morirá pronto. En Camarones también creen que la vida de una persona está unida simpatéticamente con la de un árbol. El jefe de Old Town, en el Calabar, tenía su alma en un bosque sagrado cerca de un manantial. Cuando algunos europeos, por diversión o ignorancia, derribaron parte del bosquecillo, el espíritu estaba indignadísimo y amenazó a los autores de la hazaña, según el rey, con toda clase de males.

Algunos pueblos papuas unen simpatéticamente la vida de un re­cién nacido con la de un árbol introduciendo un guija en la corteza del árbol. Se cree que esto le da completo dominio sobre la vida del niño; si cortan el árbol, el niño morirá. Después de un nacimiento, los maoríes solían enterrar el cordón umbilical en un lugar sagrado y plantar encima un renuevo. En su crecimiento, el árbol era un tohu oranga o signo índice de la vida del niño: si el árbol prosperaba, el niño pros-

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perada; si se marchitaba y secaba, los padres auguraban lo peor para su pequeñuelo. En algunas partes de las islas Viti (Fidji) plantan juntos el cordón umbilical de un niño y un cocotero o un esqueje de "árbol del pan" y la vida infantil se supone que está íntimamente conectada con la del árbol. Entre los dayakos de Landak y Tajan, distritos del Borneo holandés, es costumbre plantar un árbol frutal por cada niño, y en adelante, según la creencia popular, el hado de la criatura está ligado con el del árbol: si el árbol crece rápida y normalmente, todo irá bien para el niño, pero si el árbol crece raquítico y torcido, no puede espe­rarse nada bueno para su asociado humano.

Se cuenta que hay todavía familias en Rusia, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia que acostumbran plantar un árbol al nacimiento de un hijo. Se confía que el árbol crecerá a compás del niño y le atienden con cuidados especiales. La costumbre todavía es bastante general en el can­tón de Aargau, en Suiza: para un niño plantan un manzano y para una niña un peral, y la gente cree que el niño medrará o descaecerá con el árbol. En Mecklemburgo arrojan las secundinas al pie de un árbol jo­ven, y se cree que el niño desde entonces crecerá con el árbol. Cerca del Castillo de Dalhousie, no lejos de Edimburgo, crece un roble lla­mado el Árbol Edgewell, del que es opinión popular que está conectado a la suerte de la familia por un lazo misterioso, pues dicen que cuando alguno de la familia muere o está próximo a morir, se desprende una rama del Árbol Edgewell. De ahí que cuando, en un día plácido y se­reno del mes de julio de 1874, cayó una gran rama del árbol, un viejo guardabosques exclamó al verlo: "¡El Lord ha muerto ahora mismo!" Poco después llegaron noticias de de la muerte de Fox Maule, undécimo Conde de Dalhousie.

En Inglaterra, algunas veces pasan a los niños por la hendidura de un fresno como un remedio para la hernia o el raquitismo, y en ade­lante suponen que existe una conexión simpatética entre ellos y el árbol. Un fresno que fue usado para este propósito crecía en la linde de Shirley Heath, en el camino de Hockly House a Birmingham: "Tomás Chilling-worth, hijo del propietario de una hacienda colindante, que tiene ahora treinta y cuatro años, cuando tenía uno de edad, fue pasado a través de un árbol parecido, ahora perfectamente sano, el cual cuida con tanta precaución que no consentiría que se tocase una sola rama; creen que la vida del herniado depende de la vida del árbol y en el momento en que se talase, aunque el paciente esté muy distante, la quebradura vuelve y sobreviene la inflamación, terminando en la muerte, como fue el caso de un hombre que guiaba una carreta por el camino en cuestión". "No es infrecuente, sin embargo, añade el escritor, que haya personas que so­brevivan por algún tiempo a la caída del árbol". El proceder corriente de efectuar la cura es hender un renuevo de fresno longitudinalmente como a lo largo de un metro y pasar y repasar tres veces o tres veces tres al niño desnudo a través de la hendidura al amanecer. En el oeste de Inglaterra se dice que la pasada-debe de ser a "contrasol". En cuanto

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la ceremonia se ha ejecutado, atan fuertemente el árbol, cerrando la hen­didura y emplasteciéndola con barro o arcilla. Se cree que de igual manera que se cierra la hendidura en el árbol, así la quebradura del cuerpo del niño cicatriza, pero que si la raja del árbol permanece abierta la quebradura del niño quedará así, y si el árbol muriera, con toda segu­ridad sobrevendría también la muerte del niño.

Una cura parecida para varias enfermedades, pero especialmente para las quebraduras y el raquitismo, se ha practicado corrientemente en otras partes de Europa como Alemania, Francia, Dinamarca y Sue-cia, pero en esos países el árbol empleado con este fin por lo general no es un fresno, sino un roble: algunas veces se permite y aun se pres­cribe en su lugar un sauce. En Mecklemburgo, como en Inglaterra, la relación simpatética así establecida entre el árbol y el niño se cree tan estrecha que si el árbol se tala, el niño morirá.

3. el ALMA EXTERNADA EN ANIMALES



En realidad, como en los cuentos populares, no es solamente con ob­jeto, animados y vegetales con los que se cree que ocasionalmente está unida una persona por un lazo de simpatía física. Se supone también que la misma relación puede existir entre un hombre y un animal, de modo que del bienestar del uno depende el bienestar del otro y cuando el animal muere, el hombre muere también. La analogía entre la cos­tumbre y los cuentos es cerrada porque en ambos el poder de extraer así el alma del cuerpo y alojarla en un animal es frecuentemente un privilegio especial de hechiceros y brujas. Así los yakutas de Siberia creen que cada chamán o hechicero tiene su alma o una de sus almas internada en un animal cuidadosamente ocultado a todo el mundo. "Na­die puede encontrar mi alma externada —dice un famoso hechicero—; está escondida muy lejos de aquí, internada en las pedregosas monta­ñas de Edzhigansk". Sólo una vez al año, cuando las nieves se funden y reaparece la tierra negra, estas almas externadas de los hechiceros apare­cen bajo la forma de animales entre las moradas de los hombres. Erra-bundean por todas partes, aunque nadie puede verlos más que los hechi­ceros. Las almas poderosas pasan rugiendo ensordecedoramente; las débiles se escabullen furtivas y cautelosas. Con frecuencia luchan y entonces el hechicero cuya alma externada es vencida cae enfermo o muere. Los hechiceros más débiles y más cobardes son aquellos cu­yas almas han encarnado en forma de perros, pues los perros no dejan en paz a su "doble" humano sino que le muerden el corazón y despe­dazan su cuerpo. Los hechiceros más poderosos son aquellos cuyas almas externadas encarnan en garañones, antas, osos negros, águilas o jabalíes. También los samoyedos de la región de Turukhinsk creen que cada cha­mán tiene un espíritu familiar en forma de verraco, que lleva sujeto con un cinturón mágico. Cuando el verraco mucre, el chamán mucre también y se cuentan historias de combates entre brujos que envían a

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luchar como avanzada a sus espíritus antes de sus encuentros personales. Los malayos creen que "el alma de una persona puede pasar a otra per­sona o alojarse dentro de un animal, o mejor aún, que puede surgir una relación misteriosa entre los dos de tal manera que el destino que sufra uno depende totalmente y determina a su vez el destino del otro".

Entre los melanesios de Mota, una de las islas de Nuevas Hébri­das, la concepción de una alma externada es consecuentemente practi­cada en la vida diaria. En el lenguaje mota la palabra tamaniu significa "algo animado o inanimado que un hombre llega a creer que tiene una existencia íntimamente relacionada con la suya propia. . . No todos los hombres en Mota tenían su tamaniu: solamente algunos imaginaban tener esa relación con un lagarto, una serpiente o hasta con una pie­dra; algunas veces la cosa era buscada y encontrada, bebiendo una infu­sión de hojas especiales cuyo residuo juntaban en un montón; después la primera cosa viviente que se viera dentro o sobre el montón era el tamaniu. Se le vigilaba, pero ni se le alimentaba ni se le tributaba culto. Los indígenas creían que acudía a su llamada y que la vida del hombre estaba ligada a la vida de su tamaniu, si era un ser viviente, o a su segu­ridad; moriría si moría el tamaniu y si no era cosa viviente, cuando ésta se rompiese o se perdiera. Por eso, en caso de enfermedad iban a ver si el tamaniu estaba seguro y bien".

La teoría de un alma externada del hombre y depositada en un animal parece imperar en África Occidental, particularmente en Nigeria, Camarones y el Gabón. Entre los fan del Gabón se cree que cada he­chicero en la iniciación une su vida con la de algún animal salvaje parti­cular mediante un rito de fraternidad de sangre: saca sangre de la oreja del animal y de su propio brazo, inocula su sangre al animal y él mismo se inocula la sangre del animal. De este momento en adelante se esta­blece entre los dos tan íntima unión que la muerte de uno de ellos vincula la del otro. Se piensa que esta alianza trae al brujo o hechicero un gran acrecentamiento de poderío que puede servirle para conseguir ventajas de varios modos. En primer lugar, como el brujo de los cuen­tos de hadas, que deposita su vida fuera de su cuerpo en algún lugar seguro, el hechicero fan se considera entonces invulnerable. Además, el animal con quien ha cambiado su sangre se familiariza con él y obede­cerá cualquier orden que él le dé; de este modo él puede herir o matar a sus enemigos por intermedio del animal. Es posible que por esto el animal con quien se establece una-fraternidad de sangre nunca sea un ani­mal manso o doméstico, sino siempre una bestia salvaje y feroz, como un leopardo, una serpiente negra, un cocodrilo, un hipopótamo, un ja­balí o un buitre. De todas esas fieras, el leopardo suele ser el más co­múnmente familiar a los hechiceros fan, y después la serpiente negra; el buitre es el más raro. Las brujas, como los brujos, tienen también sus animales familiares; pero los animales en los que las vidas de las mujeres se internan y confinan difieren generalmente de aquellos a los que los hombres confían sus almas externadas. Una hechicera no

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tiene nunca como familiar suyo una pantera, sino que será frecuente­mente alguna serpiente de las especies venenosas, unas veces una víbora cornuda, otras una serpiente negra, otras una verde de los platanales; también puede ser un buitre, un buho u otra ave nocturna cualquiera. En todos los casos el animal o ave con el que el brujo o bruja contrae esta mística alianza es siempre un individuo, nunca su especie entera. Y cuando el animal en cuestión muere, la alianza llega a su fin natu­ral, puesto que la muerte del animal suponen que ocasiona la muerte de la persona.

También mantienen creencias similares los indígenas del valle del Río de la Cruz, en el interior de Camarones. Grupos de gentes, general­mente los habitantes de un poblado, escogen varios animales con los que creen estar en relación de amistad íntima o parentesco. Entre estos ani­males están los hipopótamos, elefantes, leopardos, cocodrilos, peces y serpientes, gorilas, todos ellos fieras que sean muy fuertes o que puedan ocultarse fácilmente en el agua o en la espesura de la selva. Esta facul­tad de ocultación se dice que es condición indispensable para la selec­ción de animales familiares, puesto que del animal amigo o auxiliador se espera que hiera por sorpresa a los enemigos de su dueño; así, por ejemplo, si es un hipopótamo, emergerá súbitamente del agua y volcará la canoa del enemigo. Entre los animales y sus amigos humanos o pa­rientes se supone que existe una relación simpatética, de tal suerte que si el animal mucre, el hombre muere también y, de igual modo, en el momento en que el hombre perece, también perece el animal. De esto se sigue que al animal pariente no se le puede disparar ni molestar por temor de herir o matar a las personas que tienen sus vidas vinculadas a las de los animales. Esto no significa, sin embargo, que la gente del poblado deje de cazar elefantes porque haya elefantes emparentados con ellos, pues no respetan toda la especie, sino solamente ciertos individuos de ella que están en relación íntima con determinados individuos, sean hombres o mujeres, e imaginan que pueden distinguir siempre a estos "hermanos elefantes" de la manada de elefantes vulgares que sólo son eso y nada más. Es verdad que el reconocimiento dicen que es mutuo; cuando un cazador que tiene un elefante por amigo encuentra a un "ele­fante humanizado", como podemos denominarle, el noble animal levanta una pata por delante de su rostro, lo que es como si dijera "No dispares". Cuando el cazador es tan inhumano que dispara y hiere a uno de estos elefantes, la persona cuya vida está vinculada a la del elefante caerá enferma.

Los balong de los Camarones piensan que cada hombre tiene va­rias almas, de las que una está en su cuerpo y otra en un animal como un elefante, un cerdo salvaje, un leopardo y otros parecidos. Cuando un hombre al llegar a su casa se siente enfermo y dice: "Estoy murién­dome", y efectivamente muere, la gente afirma que una de sus almas, la depositada en un cerdo salvaje o en un leopardo, ha sido muerta y que la muerte de su alma externada ha ocasionado la muerte del alma

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residente en su propia persona. Una creencia similar respecto a las almas externadas de los seres vivientes la encontramos entre los ibos, tribu importante del delta del Níger. Creen que el espíritu de un hom­bre puede externarse de su cuerpo por algún período de su vida y depo­sitarse en el cuerpo de un animal tomándole como residencia. Un hombre que desee adquirir esta facultad se procurará la droga especial de un hombre sabio y la mezclará con su comida. Después de esto, su alma saldrá de él para entrar en un animal. Si aconteciera que matasen al ani­mal mientras tuviese alojada un alma humana, el hombre morirá, y si el animal fuese herido, el cuerpo del hombre prestamente se cubriría de abscesos. Esta creencia instiga a muchos actos tenebrosos, pues algún taimado bribón podrá en ocasiones administrar subrepticiamente la droga mágica en la comida de su enemigo y habiéndola depositado de contra­bando su alma en un animal, matará a éste y así al hombre cuya alma alojó en el animal.

Los negros del Calabar, en la desembocadura del Níger, creen que cada persona tiene cuatro almas, una de las cuales vive siempre fuera de su cuerpo, en la forma de una fiera de la selva. Esta alma externada o alma selvática, como la llama Miss Kingsley, la mayoría de las veces es­tará depositada en un animal como un leopardo, un pez o una tortuga, pero nunca en un animal doméstico o un vegetal. A menos de estar dotado de la doble vista, un hombre no puede ver su propia alma sel­vática, mas un adivino es corriente que le diga en qué clase de ani­mal está depositada su alma selvática y así el hombre tendrá buen cuidado de no matar ningún animal de aquella especie y se opondrá con firmeza a que lo haga cualquier otro. Un hombre y sus hijos tienen corrientemente la misma clase de animales para sus almas selváticas y lo mismo la madre y sus hijas, y en ocasiones todos los hijos de esa familia siguen el ejemplo del alma selvática de su padre; por ejemplo, si su alma externada ha encarnado en un leopardo, todos sus hijos e hijas tendrán sus almas externadas en leopardos y, por otro lado, algu­nas veces todos siguen a la madre. Por ejemplo, si el alma externada de ella encarna en una tortuga, todas las almas externadas de sus hijos e hijas encarnarán también en tortugas. Tan íntima es la relación de la vida del hombre con la del animal, que él considera como su alma exter­nada o alma selvática, que la muerte o heridas del animal necesaria­mente implican muerte o heridas en el hombre. Y recíprocamente, cuan­do el hombre muere, su alma selvática ya no puede encontrar un lugar de descanso y va loca irrumpiendo en las hogueras o embistiendo a las gentes hasta que le pegan en la cabeza y así termina.

Cerca de Eket, en Calabar septentrional, hay un lago sagrado cuyos peces son cuidadosamente conservados porque la gente cree que sus pro­pias almas están alojadas en los peces y que por cada pez que se matase, se extinguiría una vida humana simultáneamente. No hace muchos años había en el río Calabar un enorme y viejo cocodrilo del que se suponía popularmente que contenía el alma externada de un jefe que solía re-

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