Sir james george frazer la rama dorada



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animal marino ha robado la hija de un rey y un viejo herrero declara que no hay más que un procedimiento para matar al animal. "En la isla que hay en medio del lago está Eillid Chaisfhion, la cierva de pe­zuñas blancas, ligerísimas patas y velocísima carrera; si ella pudiera ser cogida, pariría una trucha; la trucha tiene un huevo en su boca y el alma del animal marino está en el huevo; si se estrella este huevo, el ani­mal marino morirá". como es natural, rompen el huevo y muere el animal.

En una leyenda irlandesa leemos cómo un gigante tenía prisionera a una bella jovencita en su castillo roquero de la cumbre de un monte blanqueado por los huesos de los muchos caballeros que habían inten­tado en vano rescatar a la bella cautiva. Al fin el héroe, después de dar de hachazos y cuchilladas al gigante, todo inútilmente, descubrió que el único modo de matarle era restregar un lunar que el gigante tenía en el lado derecho del pecho con un huevo que estaba en el interior de un pato, que estaba dentro de un cofre, que estaba cerrado con candado y atado en el fondo del mar. Con la ayuda de algunos animales agra­decidos, el héroe se adueñó al fin del precioso huevo y mató al gigante sólo restregando con el huevo el lunar que el gigante tenía en el lado derecho del pecho. De manera semejante, en una narración bretona fi­gura un gigante al que ni el fuego, ni el agua, ni el acero podían hacer daño. Cuenta a su séptima esposa, con quien acababa de casarse después de matar sucesivamente a todas sus predecesoras: "Yo soy inmortal y nada puede herirme si no es el estrellar en mi pecho un huevo, que está en una paloma, que está en el vientre de una liebre, que está en el vientre de un lobo, que está en las tripas de mi hermano, que habita a mil leguas de aquí. Así que estoy completamente tranquilo respecto a eso". Un soldado se ingenia para obtener el huevo y lo estrella contra el pecho del gigante, que expira en el acto. En otro cuento bretón, la vida de un gigante reside en un viejo boj que crece en el jardín de su castillo, y para matarle es necesario cortar la raíz principal del boj de un solo hachazo y sin dañar ni la más pequeña raicilla. Esta tarea la realiza el héroe; en el mismo instante, el gigante cae muerto.

La noción de un alma externada se ha seguido hasta ahora en los cuentos populares de los pueblos arios, desde la India hasta Irlanda. Te­nemos que mostrar todavía que la misma idea se encuentra corriente­mente en las historias populares de pueblos que no pertenecen al tronco ario. En el Egipto antiguo, el cuento de "Los dos hermanos", que fue escrito bajo el reinado de Ramsés II, hacia el año 1300 antes de nues­tra era, describe cómo uno de los dos hermanos hechizó su propio co­razón y lo colocó en la flor de una acacia, y cómo al cortarse la flor por instigaciones de su mujer, cayó muerto pero resucitó cuando su hermano encontró el corazón perdido en el fruto de la acacia y lo depositó en una copa de agua fresca.

En la historia de Seyf-el-Muluk, de Las mil noches y una noche, el genio cuenta a la cautiva, hija del rey de la India: "Cuando nací, los

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astrólogos declararon que la destrucción de mi alma sería llevada a cabo a manos de uno de los hijos de reyes de los hombres. Por eso cogí mi alma y la puse dentro del buche de un gorrión, encerré al gorrión en una arqueta y la arqueta dentro de una caja pequeña, que puse dentro de siete arcas, en un cofre de mármol, dentro de este océano que nos circunda; pues esta parte está lejos de los países donde vive la humanidad y ningún hombre puede llegar hasta aquí". Mas Seyf-el-Muluk consi­guió apoderarse del gorrión y estrangularle, y el genio cayó al suelo con­vertido en un montón de ceniza negra. En una historia cabileña, un ogro declara que su muerte está muy lejos, en un huevo que está dentro de un palomo, que está dentro de un camello, que está dentro del mar. El héroe consigue el huevo y cuando lo destroza entre sus manos, muere el ogro. En un cuento popular magiar, una vieja bruja tiene apri­sionado a un joven príncipe llamado Ambrosio en las entrañas de la tierra. Al fin, ella le confía que tiene un jabalí en un prado magnífico y que si lo mataran encontrarían dentro una liebre, dentro de la liebre una cajita y dentro de la cajita dos escarabajos, uno negro y otro res­plandeciente. El escarabajo brillante tenía su vida y el negro su pode­río. Si los dos escarabajos morían, entonces su vida llegaría al final tam­bién. Cuando la vieja hechicera salió, Ambrosio malo al jabalí y sacó la liebre; de la liebre tomó el pichón, del pichón la cajita y de la cajita los dos escarabajos. Mató al escarabajo negro, pero guardó vivo al esca­rabajo brillante. Así, el poderío de la bruja se desvaneció de ella y cuando llegó a casa se tuvo que meter en el lecho. Habiendo sabido de ella cómo escapar de su prisión al aire libre, allá arriba, Ambrosio mató al escarabajo resplandeciente y el espíritu de la vieja hechicera la dejó al momento. En un cuento calmuco leemos cómo un Kan desafió a un hombre sabio a que le demostrara su habilidad hurtándole una piedra preciosa de la que dependía la vida del Kan. El sabio consiguió robar el talismán mientras el soberano y sus guardias dormían; pero no contento con esto y para dar una prueba más de su destreza, encape-ruzó con una vejiga al potentado dormido. Esto fue demasiado para el Kan. A la mañana siguiente dijo al sabio que el podía perdonar todas las cosas, pero que la indignidad de ponerle en la cabeza una vejiga era más de lo que podía soportar y ordenó que ejecutasen al instante a su zumbón amigo. Apenado por las muestras de la ingratitud regia, el sabio lanzó al suelo el talismán que todavía retenía en la mano y, en el mismo instante, comenzó a salir sangre de las narices del Kan y entregó su espíritu.

En un poema tártaro dos héroes llamados Ak Molot y Bulat enta­blan un combate mortal. Ak Molot atraviesa con flechas una y otra vez a su enemigo, se agarrafa con él y lo estrella contra el suelo, pero todo en vano. Bulat no podía morir. Al fin, cuando el combate duraba ya tres años, un amigo de Ak Molot vio una arquilla de oro colgando del cielo por un hilo blanco y reflexionó que quizá la arquita contenía el alma de Bulat. Así, disparó una. flecha que rompió el hilo cayendo la

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arqueta; la abrió y dentro había diez pájaros blancos; uno de ellos era el alma de Bulat. Se lamentó Bulat cuando vio que habían encontrado su alma en la arqueta, pero sin valerle, pues uno tras otro mataron los pájaros y asi Ak Alolot acabó fácilmente con su enemigo. En otro poe­ma tártaro, yendo a luchar dos hermanos contra otros dos hermanos, sacan sus almas y las ocultan en forma de yerba blanca con seis cañas en un hoyo profundo. Pero uno de sus enemigos les vio hacerlo, cavó y se llevó sus almas, poniéndolas en un cuerno dorado de carnero, y des­pués puso éste en su aljaba. Los dos guerreros a quienes había robado sus almas comprendieron que no tenían probabilidades de victoria y en consecuencia hicieron las paces con sus enemigos. En otro poema tár­taro, un demonio terrible desafía a todos los dioses y héroes. Al fin un joven valiente lucha con el demonio, le ata de pies y manos y le taja con su espada; pero todavía el demonio no está muerto y el joven le pregunta: "¿Dime, dónde tienes oculta tu alma? Porque si tu alma hubiera estado en tu cuerpo ya habrías muerto hace tiempo". El demo­nio le contestó: "Sobre la silla de mi caballo hay una alforja; en la alforja, una serpiente de doce cabezas, y la serpiente es mi alma. Cuando mates la serpiente me habrás matado también". Entonces el joven aga­rró la alforja del caballo y mato a la serpiente de las doce cabezas. En cuanto sucedió esto, el demonio expiró. En otro poema tártaro, un héroe llamado Kök Chan confía a una doncella un anillo de oro que contenía la mitad de sus fuerzas. Mucho después, cuando Kök Chan está trabado en combate con otro héroe y no puede matarle, una mujer deposita en su boca el anillo que contenía la mitad de sus fuerzas. Confortado con ener­gías nuevas, mata a su enemigo.

En una historia mongólica, el héroe Joro hace botín de lo mejor de su enemigo, el lama Tschoridong, del siguiente modo: el lama, que es un hechicero, envía su alma en forma de avispa para que pique en los ojos a Joro, pero éste captura con la mano la avispa y apretando o relajando alternativamente la presión de su mano, obliga al lama a perder o reco­brar el sentido. En un poema tártaro, dos jóvenes abren en canal el cuerpo de una vieja bruja y la arrancan el bandullo, pero es en vano, pues ella sigue viviendo. Cuando la preguntan dónde tiene su alma, ella responde que está en el centro de la suela de su zapato, en forma de serpiente moteada de siete cabezas. Uno de los jóvenes levanta la suela del calzado de la bruja con su espada; saca la serpiente y le corta las siete cabezas; entonces muere la bruja. En otro poema tártaro se describe cómo el héroe Kartaga se engarra con la mujer cisne. Largo tiempo lucharon, las lunas crecían y menguaban y todavía ellos lucha­ban; los años llegaban y se marchaban y todavía ellos luchaban. Pero el caballo pío y el caballo negro supieron que el alma de la mujer cisne no estaba dentro de ella. Bajo la tierra negra fluyen nueve mares; donde los mares se juntan y forman uno, el mar llega a la superficie de la tierra. En la boca de los nueve mares se ycrgue una roca de cobre; sube a la superficie de la tierra y se eleva entre ciclo y tierra esta roca de

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cobre. Al pie de esta roca cobriza hay un arcón negro; en el arcón ne­gro hay una arqueta dorada y dentro de la arqueta dorada está el alma de la mujer cisne. Siete pajaritos son el alma de la mujer cisne; si los pájaros fueran muertos moriría inmediatamente la mujer cisne. Y así sucede eme los caballos galopan hasta el pie de la roca de cobre, abren el arcón negro y se vuelven con la arqueta dorada. Entonces el caballo pío se transforma en un hombre calvo que abre la arqueta dorada y degüella a los siete pajaritos. Así murió la mujer cisne. En otro poema tártaro el héroe, persiguiendo a su hermana que ha espantado su rebaño, es advertido para eme desista de perseguirla, pues ella le ha sustraído el alma y la ha puesto en una espada dorada y en una flecha dorada, y así, si la persigue, ella podrá matarle arrojándole la espada dorada o dispa­rándole la flecha dorada.

Un poema malayo relata cómo una vez, había en la ciudad de In-drapoore un comerciante rico y próspero, pero que no tenía hijos. Un día que paseaba con su mujer encontraron a una niñita de tierna edad y bella como un ángel. La adoptaron y la llamaron Bidasari. El merca­der mando hacer un pez dorado y dentro de este pez, transfirió el alma de su hija adoptiva. Después puso el pez dorado en una caja de oro llena de agua y la ocultó dentro de un estanque en medio de su jardín. Con el tiempo la niña llego a ser una preciosa mujer. En este tiempo el rey de Indrapoore tenía una esposa joven y hermosa que vivía con el temor de que el rey pudiera tomar una segunda mujer. Así, oyendo de los encantos de Bidasari, resolvió la reina quedar tranquila respecto a ella. La llevaron engatusándola al palacio y la torturaron cruelmente; pero Bidasari no podía morir a causa de no tener consigo su alma. Por fin, para que no la atormentara más, dijo a la reina: "Si deseáis que muera, mandad traer la caja que está en el estanque del jardín de mi padre". De modo que trajeron la caja, la abrieron y allí, en el agua, es­taba el pez dorado. La muchacha dijo: "Mi alma está en este pez; por la mañana sacad este pez del agua y al atardecer ponedlo otra vez en ella. No dejéis por cualquier lado al pez, sino atadlo a vuestro cuello. Si lo hacéis así, yo pronto moriré". De esta manera la reina agarró al pez de la caja y se lo ató al cuello; aún no había terminado de hacerlo cuando Bidasari cayó desmayada. Pero al anochecer, cuando el pez fue devuelto al agua, Bidasari volvió otra vez a la vida. Viendo la reina que así tenía en su poder a la joven, la devolvió a la casa de sus padres adoptivos, que para salvarla de más persecuciones resolvieron sacar de la ciudad a su hija. Por esto, construyeron una casa en un sitio desolado y solitario y llevaron allí a Bidasari. Vivía sola sufriendo las vicisitudes correspon­dientes a las que soportaba el pez dorado donde ella tenía su alma. Todo el día, mientras el pez estaba fuera del agua, ella permanecía inconsciente; pero al anochecer, cuando ponían el pez en el agua, ella revivía. Un día el rey fue de caza y al llegar a la casa donde Bidasari permanecía inconsciente, quedó prendado de su belleza. Trató de vol­verla en sí pero fue en vano. Al día siguiente, hacia el anochecer, repitió

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su visita, pero todavía ella estaba inconsciente; sin embargo, cuando la obscuridad cayó, ella volvió en sí y contó al rey el secreto de su vida. El rey volvió a su palacio, cogió el pez que tenia la reina y lo puso en el agua. Inmediatamente Bidasari revivió y el rey la tomó por esposa.

Otra historia de un alma externada nos llega de Nias, isla al oeste de Sumatra. Una vez fue capturado un jefe por sus enemigos, que inten­taron darle muerte sin conseguirlo. El agua no le ahogaba, el fuego no le quemaba y el acero no le dañaba. Al fin, su mujer reveló el secreto; en su cabeza tenía un pelo tan duro como un alambre de cobre y con el pelo estaba relacionada su vida. Entonces le arrancaron el pelo y su espíritu huyo.

Una historia afro-occidental de la Nigeria meridional relata cómo un rey guardaba su alma en un pajarito pardo que se posaba en las ra­mas de un árbol muy alto junto a la puerta de palacio. La vida del rey estaba ligada a la del pájaro de tal modo que el que matase al pájaro mataría simultáneamente al rey y le sucedería en el trono. El secreto fue revelado por la reina a su amante, que atravesó de un flechazo al pajarito y de este modo mató al rey y ascendió al trono vacante. Un cuento de los Ba-Ronga de Sudáfrica relata cómo las vidas de una fami­lia entera estaban encerradas dentro de un gato. Cuando una joven de la familia llamada Titishan se casó, rogó a sus padres que la dejasen llevarse a su nueva casa al gato preciado. Pero ellos rehusaron diciendo: "Sabrás que nuestra vida está agregada a él" y la ofrecieron un antílope y hasta un elefante en lugar del gato. Pero nada la satisfacía si no era el gato. Por fin le permitieron que se lo llevara y ella lo encerró en un sitio donde nadie lo viera; ni aun su marido sabía nada de esto. Un día que estaba trabajando en el campo, el gato se escapó del lugar de su encie­rro, entró en la choza y poniéndose los arreos marciales del marido, bailó y cantó. Algunos niños, atraídos por la algazara, descubrieron al gato en sus cabriolas y cuando expresaron su asombro el animal redobló sus zapatetas y los insultó a todos. Fueron corriendo al dueño y le dijeron: "Hay alguien bailando en vuestra casa y nos ha insultado". "Tengan su lengua, dijo él, pronto acallaré sus mentiras". Fue y ocultándose tras de la puerta atisbo hacia adentro y se aseguró de que el gato bailoteaba y cantaba. Le disparó y el animal cayó muerto. En el mismo instante su mujer cayó al suelo en el campo donde estaba trabajando y dijo: "Me han matado en casa". Pero le quedaron fuerzas suficientes para pedir a su marido que la llevase a la aldea de sus padres tomando ella al gato muerto y envuelto en una esterilla. Todos los parientes se reunieron y la reprocharon amargamente por haber insistido en llevarse al animal al poblado de su marido. Tan pronto como desenrollaron la esterilla y vie­ron al gato muerto, fueron cayendo sin vida todos, uno tras otro. De esta manera fue destruido él clan del gato y el marido desolado cerró el portón de la aldea con una rama, volvió a casa y contó a sus amigos cómo por matar al gato había matado él al clan entero.

Encontramos ideas de la misma clase en las historias que cuentan

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los indios norteamericanos. Así, los navajos hablan de cierto ser mítico llamado "la doncella que se convirtió en osa", que aprendió del lobo de las praderas el arte de transformarse en oso. Ella era una gran gue­rrera y además invulnerable, pues cuando iba a la guerra sacaba de sí misma los órganos vitales y los ocultaba para que nadie pudiera matarla; y cuando había terminado la batalla, volvía a poner las vísceras en su lugar. Los indios kwakiutl, de la Columbia Británica, cuentan de una ogresa a la que no podían matar porque su vida estaba en una rama de pinabete. Un joven valiente la encontró en los bosques y le machacó la cabeza con una piedra, esparció sus sesos, quebrantó sus huesos y arrojó los restos al río. Pensando que había despachado para siempre a la ogresa se marchó a su casa. Allí estaba en la puerta una mujer esperándole que le previno diciéndole: "Ahora no se quede aquí más tiempo. Yo sé que ha intentado matar a la ogresa. Es la cuarta vez que alguien ha tratado de matarla, pero ella no mucre nunca; muy pronto volverá a vivir. Allí, en aquella rama escondida del pinabete está su vida. Vaya hacia allá y tan pronto como la vea, dispare contra su vida. Entonces sí que morirá". Apenas había terminado de hablar cuando llegó la ogresa cantando mientras caminaba. Pero el joven disparó a "su vida" y ella cavó muerta al suelo.

CAPITULO LXVII

EL ALMA EXTERNADA EN LA COSTUMBRE POPULAR

1. el ALMA EXTERNADA EN OBJETOS INANIMADOS

La idea de que el alma puede quedar depositada por un tiempo más corto o más largo en algún sitio seguro fuera del cuerpo o por lo menos en el pelo se encuentra en los cuentos populares de muchas razas. Queda por mostrar que esta idea no es una ficción para adornar un cuento, sino un verdadero artículo de fe primitiva que ha dado origen a una serie de costumbres correlativas.

Hemos visto que en los cuentos algunas veces el héroe, como pre­paración para la batalla, separa el alma de su cuerpo para que éste sea invulnerable e inmortal en el combate. Con el mismo propósito el sal­vaje extrae de su cuerpo el alma en las diversas ocasiones de peligro real o imaginario. Así, entre las gentes de Minahassa, en Cébeles, cuan­do una familia se muda a una casa nueva, un sacerdote reúne las al­mas de toda la familia en un saco y después las devuelve a sus propie­tarios, pues el momento de inaugurar una casa nueva se supone repleto de peligros sobrenaturales. En Célebes meridional, cuando una mujer está de parto, el mensajero que va a buscar al doctor o a la comadrona lleva siempre consigo alguna cosa de hierro, como un jifero por ejem­plo, que entrega al "doctor"; éste debe guardar el objeto de hierro en su casa hasta que se ha cumplido el puerperio, pasado el cual se lo de-

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vuelve, recibiendo la suma estipulada al hacerlo. El jifero, o cualquier otra cosa de que se trate, representa el alma de la parturienta, que en esos momentos críticos creen que está más segura fuera que dentro de su cuerpo. Por eso el doctor debe tener mucho cuidado con el objeto donde está externada, pues si lo pierde, creerán que el alma de la mujer seguramente se perdería también.

Entre los dayakos de Pinoch, distrito del sureste de Borneo, cuando nace un niño llaman al curandero, que conjura al alma del recién nacido para que entre en la mitad de una cáscara de coco, que después cubren con una tela, colocándolo en una bandeja o fuente cuadrada suspendi­da con cuerdas del techo. Esta ceremonia se repite todas las lunas nue­vas del año. No explica la finalidad de la ceremonia el escritor que la describe, pero nosotros podemos conjeturar que se trata de depositar el alma infantil en un sitio más seguro que su propio cuerpo frágil y pequeño. Esta hipótesis se confirma por la razón asignada a otra cos­tumbre similar que se observa en otros lugares del Archipiélago Indico. En las islas Kei, cuando hay un recién nacido en una casa, puede verse junto a una imagen toscamente tallada de algún antepasado, colgado a su lado, un coco vacío cuyos pedazos, después de roto, se han ajustado otra vez. Se cree que el alma del infante está temporalmente externada y depositada en el coco para que esté a salvo de ataques de los espíritus malignos; cuando el niño se haga más fuerte y grande, el alma volverá a su morada permanente en su propio cuerpo. De igual manera, entre los esquimales de Alaska, cuando un niño está enfermo, algunas veces el curandero extrae el alma de su cuerpo y la interna, para asegurarla, en un amuleto que, para más seguridad, deposita en su propio saco de me­dicinas. Creemos probable que de igual modo se hayan considerado muchos amuletos como cajas para almas, o sea, a modo de "cajas fuer­tes" en las que sus propietarios guardan las almas para mayor seguridad suya. Una vieja mang'anje, en un distrito occidental del África Central Británica, acostumbraba a llevar colgando del cuello un adorno de mar­fil hueco y de unos ocho centímetros de largo que ella llamaba su alma o su vida. Naturalmente, no quería separarse de aquel objeto; un planta­dor intentó comprárselo pero fue en vano. Cuando Macdonald a estaba un día sentado en la casa de un jefe hlubi, aguardando que apareciera aquel gran hombre, que estaba afanoso decorando su persona, un indí­gena, señalando a un magnífico par de cuernos de buey, le dijo: "Ntame tiene su alma en esos cuernos". Los cuernos eran de un animal sacri­ficado y se consideraban sagrados. Un negro los había sujetado al techo para proteger la casa y sus moradores del rayo. "La idea, añade Mac­donald, no es en modo alguno extraña al pensar sudafricano. Un alma humana puede habitar en el techo de la casa, en un árbol, en un manan­tial o en alguna roca de la montaña". Entre los indígenas de la Penín­sula de la Gacela, en Nueva Bretaña, hay una sociedad secreta que se
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