Sir james george frazer la rama dorada



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Puesto que la idea de un ser cuya vida está así, en cierto sentido, fuera de sí mismo debe extrañar a muchos lectores y aun no se reconoce en toda su importancia en relación con la superstición primitiva, será útil ilustrarla aquí con algunos ejemplos tomados, a la vez, de la leyenda y de la costumbre. El resultado será mostrar que, al adoptar esta idea para explicar la relación existente entre Bálder y el muérdago, adoptamos un principio que está profundamente grabado en la mente del hombre pri­mitivo.

CAPITULO LXVI

EL ALMA EXTERNADA Y LOS CUENTOS POPULARES

En la primera parte de esta obra mostramos que, en opinión de la gente primitiva, el alma puede ausentarse temporalmente del cuerpo sin cau­sar por ello la muerte. Es frecuente creer que estas ausencias tempo­rales del alma envuelven un riesgo considerable, puesto que el alma erra­bunda está expuesta a diversas desventuras, a caer en manos de sus enemigos y a otros peligros. Pero aparte de esto, hay otro aspecto en este poder de desunir el alma del cuerpo. Si puede asegurarse que el alma quede incólume durante su ausencia, no hay razón para que el alma no pueda continuar ausente durante un tiempo indefinido; verdaderamente un hombre calculador que sólo tenga en cuenta su seguridad personal puede querer que su alma nunca vuelva a su cuerpo. Inhábil para con­cebir abstractamente la vida como "una posibilidad permanente de sen­sación" o como "un continuo ajuste de coordinaciones internas a las relaciones externas", el salvaje la imagina como una cosa material con-

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creta y de una magnitud definida, capaz de verla y manejarla, tenerla dentro de una caja o un jarrón y expuesta a ser golpeada, rota o hecha pedazos. Concebida así, no es necesario en absoluto que la vida esté en el hombre; puede hallarse ausente de su cuerpo y continuar aún ani­mándolo en virtud de una especie de simpatía o acción telepática. En tanto que este objeto, que él llama su vida o alma, permanece in­cólume, el hombre estará bien; si ella está dañada, él sufrirá, y si ella es destruida, él morirá. Diciéndolo de otro modo: cuando un hombre está enfermo o muere, estos hechos se explican diciendo que el objeto material llamado su vida o alma, tanto si está en su cuerpo como fuera de él, ha sido dañado o destruido. Mas puede haber circunstancias en las que, si la vida o alma permanece en el hombre, esté expuesta con muchas más probabilidades a recibir daño que si estuviese guardada en algún sitio secreto y seguro. De acuerdo con esto, el hombre primitivo en ciertas circunstancias saca su alma del cuerpo y la deposita para su seguridad en algún lugar cómodo, pensando reponerla en su cuerpo cuan­do el peligro haya pasado. O si él descubriera algún lugar de seguridad absoluta, le alegraría dejar su alma allí permanentemente. La ventaja de esto es que mientras el alma permanezca incólume en el lugar donde la ha depositado, el hombre mismo es inmortal; nada puede matar su cuerpo, puesto que su vida no está en él.

Un testimonio de esta creencia primitiva se nos brinda en una clase de leyendas populares de la que el cuento norso "El gigante que no tenía corazón en su cuerpo" es quizá el ejemplo más conocido. Fábulas de esta clase están difundidas extensamente en el mundo, y del número y la variedad de incidentes y detalles de que está revestida la idea prin­cipal podemos deducir que la idea de un alma externada es una de las que han tenido más fuerte arraigo en la mentalidad de los hombres en una etapa histórica primitiva. Los cuentos populares son un fidedigno reflejo del mundo tal como apareció ante la mente primitiva y podemos estar seguros de que una idea que se encuentre corrientemente en ellos, por absurda que nos parezca, debió ser alguna vez artículo de fe co­rriente. Esta convicción, en lo que se refiere al supuesto poder de sepa­rar el alma del cuerpo por un tiempo más o menos largo, se corrobora ampliamente por una comparación de los cuentos populares en cuestión con las creencias y prácticas actuales de los salvajes. A ello volvere­mos después de mostrar algunos ejemplos de cuentos. Las muestras las elegiremos con la idea de ilustrar tanto los rasgos característicos como la gran difusión de esta clase de relatos.

En primer lugar, la conseja del alma externada se cuenta en for­mas variadas por todos los pueblos arios, desde el Indostán a las islas Hébridas. Una forma muy vulgar es ésta: Un brujo, gigante u otro ser del país de las hadas es invulnerable e inmortal a causa de tener su alma guardada y oculta muy lejos en un lugar secreto; pero una bella princesa a quien tiene esclavizada en su castillo encantado le sonsaca el secreto y se lo revela al héroe, que va en busca del alma, corazón, vida

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o muerte (según sus varios nombres) del brujo y destruyéndolo, mata simultáneamente al brujo. También una historia indostana cuenta cómo un mago llamado Punchkin hacía doce años que tenía cautiva a una reina a la que quería desposar, pero ella no le quería. Al fin, el hijo de la reina llego para rescatarla y los dos juntos proyectaron matar a Punchkin. Así, la reina habló con amabilidad al mago haciéndole com­prender que había cambiado de opinión y se casaría con él. "Y dígame, dijo ella, ¿es usted completamente inmortal? ¿La muerte no puede to­carle? ¿Es usted tan gran mago que nunca siente los dolores humanos?" "Así es, dijo él, yo no soy como los demás. Lejos, muy lejos, a cente­nares de mulares de millas de aquí, hay un país deshabitado cubierto por una selva tenebrosa. En medio de la selva crece un círculo de pal­meras y en el centro del círculo hay seis baldes llenos de agua apilados unos sobre otros; debajo del sexto balde hay una jaula pequeña que contiene un lorito verde. De la vida del loro depende la mía y si ma­taran al loro moriría yo. Sin embargo —añadió—, es imposible que el lorito sufra ningún daño, porque además de la inaccesibilidad del país, rodean a las palmeras, por mis órdenes, muchos millares de genios que matarían a todo el que se aproximase al lugar". Pero el juvenil hijo de la reina venció todas las dificultades y se apoderó del loro. Lo trajo hasta la puerta del palacio del mago y comenzó a jugar con el ave. El mago Punchkin, que lo vio, salió del palacio y trató de persuadir al mu­chacho para que le diera el loro. "¡Dame mi loro!", gritó Punchkin. Entonces el muchacho, sujetando al loro, le arrancó una de las alas y al hacerlo así, el brazo derecho del mago se descuajó de su cuerpo; Punch­kin entonces alargó su brazo izquierdo gritando: "¡Dame mi loro!" El príncipe tiró de la segunda ala del loro y el brazo izquierdo del mago cayó al suelo. "¡Dame mi loro!", gritó cayendo arrodillado. El príncipe arrancó la pata derecha del loro y la pierna derecha del mago se despren­dió de su cuerpo; el príncipe arrancó la pata izquierda del loro y la última extremidad del mago también cayó separada del cuerpo del mago, al que no le quedaba ya más que el tronco y la cabeza; pero todavía, girando espantosamente sus ojos, gritó: "¡Dame mi loro!" "Toma tu loro", gritó el muchacho, y al decirlo retorció al pájaro el cuello y se lo tiró al mago; al hacerlo, la cabeza de Punchkin se retorció y con un horrísono gemido, murió. En otro cuento indostánico, a un ogro le dice su hija: "Papá, ¿donde tienes guardada tu alma?" "A veinticinco leguas de aquí, dijo él, hay un árbol. Rondan este árbol tigres y osos, escorpiones y serpientes. En la copa del árbol está enroscada una ser­piente muy grande; sobre su cabeza hay una jaulita y en la jaulita un pájaro; mi alma está dentro del pájaro". El fin del ogro es semejante al del mago del cuento precedente; conforme van siendo arrancadas las alas y patas del ave, se le caen al ogro las extremidades, y cuando le re­tuercen el cuello, cae muerto. Una leyenda bengalí cuenta que todos los ogros vivían en Ceilán y todos tenían sus vidas reunidas en un solo

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limón. Un muchacho cortó en rodajas el limón y todos los ogros mu­rieron a un tiempo.

Una leyenda siamesa o camboyana, derivada probablemente de al­guna otra índica, nos cuenta que Thossakan o Ravana, rey de Ceilán, consiguió por artes mágicas extraerse el alma del cuerpo y guardarla en una caja que dejaba en casa mientras iba a las batallas. Así era invulne­rable en los combates. Cuando fue a dar batalla a Rama, depositó su alma en manos de un anacoreta llamado Ojo de Fuego, para que se la guardara en sitio seguro. Así, cuando Rama luchó con él, se quedó ató­nito viendo cómo las flechas que le disparaban alcanzaban al rey sin herirle. Pero uno de los aliados de Rama, conociendo el secreto de la invulnerabihdad del rey, se transformó por arte mágica en una figura igual al rey y pidió al anacoreta que le devolviese el alma. Cuando la recibió se remontó por los aires y voló hasta Rama, blandiendo y es­trujando la cajita tan rudamente que todo hálito abandonó el cuerpo del rey de Ceilán, que murió. Y en una leyenda bengalí, un príncipe, antes de ir a un país lejano, plantó con sus propias manos un árbol en el patio del palacio paterno, y les dijo a sus padres: "Este árbol es mi vida. Mientras veáis al árbol fresco y lozano conoceréis por ello que estoy bien; cuando veáis que el árbol se marchita por algunos sitios, sabréis que estoy enfermo de alguna cosa, y si veis que todo el árbol se seca, conoceréis que he muerto" En otro cuento de la India, un príncipe que salió de viaje dejó una planta de cebada con instrucciones para que fuera bien cuidada y guardada; si ella prosperaba, él estaría sano y salvo, pero si la planta decaía, entonces alguna desgracia le habría acaecido. Y así sucedió, porque el príncipe fue decapitado y cuando su cabeza rodó por el suelo, la planta de cebada se rajó en dos y la espiga del grano cayó al suelo.



En los cuentos griegos antiguos y modernos no es infrecuente la idea de un alma externada. Cuando Meleagro tenía siete días de na­cido, las tres Moiras se aparecieron a su madre Altaya y le anunciaron que Meleagro moriría cuando la rama que estaba ardiendo en el hogar terminara de quemarse. Así, su madre rescató de las llamas la rama y la guardó en una caja. Mas andando el tiempo, se encolerizó contra su hijo por matar éste a sus tíos 1 y puso al fuego la rama, expirando Meleagro en agonía como si tuviera fuego en las entrañas. También Nisos, rey de Megara, tenía un pelo de oro o rojizo en medio de la cabeza y se le había presagiado que moriría en cuanto se arrancase aquel pelo. Cuando Megara fue sitiada por los cretenses, Escila, hija de Nisos, se enamoró de Minos, rey de los sitiadores, y arrancó el cabello de oro de su padre, que murió. En un cuento griego moderno, un hombre tiene su fuerza en tres cabellos rubios de su cabeza. Cuando su madre se los arranca, se vuelve tímido y débil, y sus enemigos lo matan. En otro cuento griego moderno, la vida de un hechicero está ligada a la

1 Recordamos al lector que el motivo fue la cabeza del jabalí de Calidonia, que Meleagro presentó a Atalanta.

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de tres palomas alojadas en el vientre de un jabalí; cuando matan a la primera paloma, el hechicero se pone enfermo; cuando matan a la se­gunda, se pone gravísimo, y muere cuando matan a la tercera. En otro relato griego de la misma clase, las fuerzas del ogro residen en tres pájaros cantores que están dentro de un jabalí. El héroe mata dos de esos pájaros y al llegar a la casa del ogro le encuentra tendido en el suelo con grandes dolores. Muestra el tercer pájaro al ogro y éste le ruega que le deje marcharse volando o que se lo dé a él para comerlo, mas el héroe retuerce el pescuezo al ave y el ogro muere allí mismo.

En una versión romana moderna de "Aladino y la lámpara mara­villosa", el mago dice a la princesa que tiene cautiva en una roca flotante en medio del océano que él nunca morirá. La princesa se lo cuenta al príncipe su marido, que ha venido a rescatarla, y el príncipe replica: "Eso es imposible y tiene que haber algo que sea mortal para él; pídele que te diga qué cosa es mortal para él". Así lo hace la princesa y el mago le dice que en el bosque hay una hidra de siete cabezas; en la cabeza del medio de la hidra hay un lebrato, en la cabeza del lebrato un pájaro y en la cabeza del pájaro una piedra preciosa; si esta piedra fuera colocada debajo de su almohada, él moriría. El príncipe consigue la pie­dra y la princesa se la pone al mago debajo de su almohada; no ha hecho el mago más que reclinar la cabeza en la almohada cuando da tres terribles alaridos, tres vueltas sobre sí mismo y queda muerto.

Las historias de esta clase son corrientes en los pueblos eslavos. Así, una leyenda rusa cuenta cómo un brujo llamado Koshchei el Inmortal1 se llevó una princesa a su castillo de oro, donde la guardaba prisionera. Pero un día llegó hasta ella un príncipe y la vio paseando, desconsolada y sola, por el jardín del castillo. Animada por la idea de escapar con él, la princesa fue al brujo y engatusándolo con melosas y falsas palabras le dijo: "Mi queridísimo amigo, dígame, se lo ruego, ¿no morirá usted nunca?" "Cierto que no", dijo él. "¿Pues en dónde está su muerte?", dijo ella. "¿En su habitación?" "¡Así es!", dijo él. "Está en la escoba jun­to a la puerta". Como es consiguiente, la princesa se apoderó de la es­coba y la echó a la lumbre, pero aunque la escoba se quemó, el inmortal Koshchei permaneció vivo; en verdad que ni un solo pelo se chamuscó, Fracasada en su primera intentona la picara artera se enfurruñó y dijo: "Usted no me quiere de verdad, porque no me ha dicho dónde está su muerte; pero no estoy enfadada, porque le amo con todo mi corazón". Con estas palabras aduladoras ella le rogó al brujo que le dijese de ver­dad dónde estaba su muerte. Así, riéndose, él la dijo: "¿Por qué deseas saberlo? Bueno, como prueba de amor yo te diré dónde está guardada. En un campo se yerguen tres robles verdes y bajo las raíces del roble más grande hay un gusano; si el que encuentre este gusano lo aplastara, yo moriría instantáneamente". Cuando la princesa oyó estas palabras se fue sin tardanza adonde estaba su amante y se lo contó todo. Él buscó

1 Koshchei, el huesudo, muy delgado.

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hasta encontrar los robles, cavó y aplastó al gusano. Entonces volvió al castillo y supo por la misma princesa que el brujo seguía vivo. Entonces ella volvió a lagotear y embaír a Kosbchei una vez más, que ahora, ven­cido por sus arrumacos, abrió su corazón y le dijo la verdad. "Mi muerte, dijo él, está lejos de aquí y difícil de encontrar en el ancho océano. En este mar hay una isla, y en la isla crece un roble verde, y bajo el roble hay un cofre de hierro, y dentro del cofre hay una ces-tita, y en la cestita una liebre, y en la liebre hay un pato, y el pato tiene un huevo; el que encuentre el huevo y lo rompa, me matara a mí en el mismo instante". El príncipe, naturalmente, consigue el huevo fatal y con el en las manos se enfrenta al inmortal brujo. El monstruo quiere matarle, pero el príncipe comienza a estrujar el huevo, a lo que el brujo, encogido por el dolor, se vuelve hacía la falaz princesa, que está riéndose satisfecha. "¿No era una prueba de amor para ti, le recriminó, que te dijera donde estaba mi muerte? ¿Es ésta la manera que tienes de pagarme?" Diciendo esto requirió su espada, que colgaba de un gan­cho en la pared, pero antes de que pudiera alcanzarla, el principe aplastó con firmeza el huevo y el brujo inmortal encontró su muerte en aquel instante. En uno de los relatos de la muerte de Koshchei se dice que fue muerto por un golpe dado sobre su frente con el huevo misterioso, que es el último eslabón de la cadena mágica que ataba su vida se­cretamente. En otra versión de la misma historia se dice de una ser­piente que recibe el golpe mortal de una píeclrecita encontrada en la yema de un huevo, que hay dentro de un pato, que hay dentro de-una liebre, que hay dentro de una roca, que hay en una isla lejana.

Entre los pueblos del tronco teutónico no faltan cuentos de almas externadas. En un relato contado entre los sajones de Transilvania se dice de un joven que disparó una y otra vez contra una bruja, y aunque las balas le atravesaban no le hacían daño alguno y la bruja se reía y burlaba de él. "¡Gusano imbécil! —le gritaba—, tira, tira cuanto gus­tes, que no me haces daño. Entérate de que mi vida no está en mi persona sino lejos, muy lejos. En una montaña hay una laguna, en la laguna nada un pato, el pato tiene dentro un huevo y en el huevo arde una luz, y esa luz es mi vida. Si tú puedes apagarla, mi vida habrá llegado a su término. Pero nunca podrás, nunca será". Sin embargo, el joven consiguió apoderarse del huevo, lo rompió y apagó la luz; con ella. se apagó también la vida de la bruja. En un cuento alemán, un caníbal llamado Cuerpo sin Alma o Desalmado, guardaba su alma en una caja que tenía colocada en una roca en medio del Mar Rojo. Un soldado consiguió la caja y fue con ella a Desalmado, el que le rogó que le de­volviera su alma. Pero el soldado abrió la caja, sacó el alma y la tiró hacia atrás por encima de su cabeza; en el mismo instante el caníbal cayó muerto al suelo.

En otro cuento alemán, un viejo brujo vive con una jovencita, los dos completamente solos en una enorme y tétrica selva. Como es muy viejo, ella teme que pueda morirse y dejarla sola en la selva. Pero él la

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tranquiliza: "Querida chiquilla, dice leí, yo no puedo morir, pues no tengo el corazón en el pecho". Ella le importunó para que la dijese dónde estaba su corazón, hasta que él dijo: "Lejos, lejos de aquí, en un país desconocido y solitario, hay una iglesia muy grande. La iglesia está bien asegurada con puertas de hierro y está rodeada de un foso ancho y profundo. En la iglesia vuela un pájaro y en el pájaro está mi corazón; mientras el pájaro viva, viviré yo. Él no puede morirse y nadie puede cazarlo; por eso yo no puedo morir y no tienes nada que temer". Sin embargo, el joven con quien ella se había casado antes que el brujo la raptara, se las arregló para llegar hasta la iglesia y coger al pájaro, que trajo a la damisela; ésta escondió al amante bajo la cama del brujo. Pronto volvió a casa el brujo; estaba enfermo y así se lo dijo a ella, que lloró y dijo: "¡Ay! papacito está muñéndose; a pesar de todo tiene corazón en su pecho". "Niña, replicó el brujo, ten quieta la lengua. Yo no puedo morir. Esto pasará pronto". A esto, el joven que estaba debajo de la cama dio un apretón al pájaro y en cuanto lo hizo, el viejo brujo tomó una silla sintiéndose muy mal. Entonces el joven apretó con más fuerza y el brujo cayó sin conocimiento desde la silla. "Ahora estrú­jale hasta que muera", gritó la joven. Su amante obedeció, y al morir el ave, el viejo brujo cayó muerto al suelo.

En el cuento norso del "gigante que no tenía corazón en su cuer­po", cuenta el gigante a la princesa: "Lejos, muy lejos de aquí, en un lago hay una isla, en la isla una iglesia, en la iglesia hay un pozo y en el pozo un pato; el pato tiene un huevo y el huevo tiene dentro mi corazón." El héroe del cuento, con la ayuda de unos animales con quie­nes ha sido bondadoso, obtiene el huevo y lo empieza a estrujar, con lo que el gigante clama piedad y ruega por su vida, mas el héroe rompe el huevo aplastándolo y el gigante estalla al instante. En otra leyenda norsa, un ogro de la montaña dice a la princesa cautiva que no podrá volver a su casa hasta que encuentre el grano de arena que está colo­cado bajo la novena lengua de la novena cabeza de cierto dragón; pero que si el grano de arena llegase hasta la roca donde viven los ogros, todos ellos estallarían y la roca se convertiría en un palacio dorado y el lago en una hermosa pradera verde. El héroe encuentra el grano de arena y lo lleva a la cumbre de la altísima roca donde viven los ogros. De este modo, todos los ogros estallan y lo demás acaece tal y como uno de los ogros lo había augurado.

En un cuento céltico que se recuerda en la serranía occidental de Escocia, una reina cautiva pregunta al gigante dónde tiene guardada el alma. Al fin, después de burlarla varias veces, le confía el secreto mor­tal: "Hay una losa grande bajo el dintel; hay un carnero castrado bajo la losa; hay un pato en el vientre del carnero y un huevo en el vientre del pato; dentro de ese huevo, está mi alma". A la mañana siguiente, cuando el gigante se va, la reina se ingenia para apoderarse del huevo y lo despachurra entre las manos; en aquel preciso instante, el gigante, que volvía a casa de anochecido, cae muerto. En otro cuento celta, un

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