Sir james george frazer la rama dorada



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Respecto a las virtudes salutíferas del muérdago, la opinión de los labriegos modernos y aun de los cultos coincide en algún sentido con la de los antiguos. Parece ser que los druidas llamaron a la planta, o quizá al roble en que crecía, el curalotodo y este apelativo se dice que to­davía es una designación del muérdago en la lengua céltica moderna en Bretaña, Gales, Irlanda y Escocia. En la mañana de San Juan (la mañana del solsticio de estío), los campesinos de Piamonte y Lombardía

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van en busca de hojas de roble para el "óleo de San Juan", que se su­pone sana todas las heridas producidas con instrumentos cortantes. Quizá en sus orígenes este "aceite de San Juan" no era otra cosa que el muér­dago o un cocimiento de él, pues en Holstein, el muérdago, especial­mente el de roble, es todavía una panacea para las heridas recientes y un talismán seguro para tener éxito en la caza; y en Lacaune, al sur de Francia, la antigua creencia druídica del muérdago como antídoto de to­dos los venenos todavía sobrevive entre los campesinos. Aplican la planta sobre el estómago del intoxicado o le dan a beber su cocimiento. Tam­bién la creencia milenaria en el muérdago como un remedio para la epilepsia ha sobrevivido hasta los tiempos modernos no sólo entre los ignorantes, sino también entre los cultos. Así, en Suecia, las personas que padecen de mal caduco 1 creen que pueden evitar los ataques de la enfermedad llevando consigo un cuchillo que tenga el mango de muér­dago de roble y en Alemania, con un propósito parecido, colgaban tro­zos de muérdago del cuello de los niños. En la provincia francesa del Borbonesado, un remedio popular para la epilepsia es el cocimiento de muérdago recogido de un roble el día de San Juan y hervido con harina de centeno. Así también, en Bottesford, en el Lincolnshire, se supone que el cocimiento de muérdago es un paliativo para esta terrible enfer­medad. En efecto, el muérdago ha sido recomendado como un remedio contra el mal caduco por altas autoridades médicas de Inglaterra y Ho­landa hasta el siglo XVIII.

Sin embargo, la opinión de la profesión médica respecto a las vir­tudes curativas del muérdago ha sufrido una radical alteración. Mientras que los druidas creían que el muérdago lo curaba todo, los doctores mo­dernos parecen pensar que no cura nada; si éstos están en lo cierto,2 debemos deducir que la antigua y muy difundida fe en la virtud salu­tífera del muérdago es una pura superstición basada nada más que en las conjeturas fantásticas que la ignorancia ha deducido de la naturaleza parásita de la planta, de su situación en lo alto de las ramas de un árbol, como para protegerse de los peligros a que plantas y animales están expuestos en la superficie del suelo. Considerándolo así, quizá podamos entender por qué el muérdago ha sido tan persistentemente prescrito como una indicación para el mal caduco. Como el muérdago no puede caer al suelo por estar enraizado en la rama de un árbol muy elevado, se cree que de esto se sigue como consecuencia natural que un paciente epiléptico no puede caer en modo alguno durante sus ataques si lleva un trozo de muérdago en su bolsillo o una poción de él en el estómago.

  1. En inglés, falling sickness. La epilepsia se llamó por varios nombres: mal ca­
    duco, caducial (del latín cadcre, caer), de San Juan, sagrado (morbus sacer, morbus
    divinus).

  2. "Parecen pensar... si están en lo cierto..." El autor apunta una leve duda
    que confirma la preparación moderna del muérdago (Viscumalbum, guipsine etc.). Éste
    es vasodilatador gradual y seguro, muy usado hoy (1943) para muchos síntomas de la
    hipertensión arterial.

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Este modo de razonar es probable que se considere convincente todavía por una gran parte de la especie humana.

También parece que la opinión italiana antigua de que el muérdago apagaba los incendios es compartida por los campesinos de Suecia, que cuelgan ramos de muérdagos de roble en el techo de la habitación como protección contra cualquier daño y en particular contra el incendio. Un hito en el camino en que el muérdago llega a tener esta propiedad nos lo da el epíteto de "escoba de rayos" que aplican a la planta la gente del cantón suizo de Aargau. Una escoba de rayos es una excrecencia peluda e hirsuta de las ramas de los árboles que popularmente se cree producida por el relámpago de un rayo: por eso en Bohemia, una es­coba de rayos que se queme en el hogar protege la casa contra la caída del rayo. Como producida por una exhalación eléctrica, es natural que sirva, según los principios homeopáticos, de protección contra los rayos, como una especie de pararrayos. Por lo tanto, el fuego que el muérdago parece evitar, especialmente en Suecia, en las casas, puede que sea el incendio producido por el rayo.

Tanto como pararrayos, el muérdago obra asimismo como llave maestra, pues dicen que abre todas las cerraduras. Pero quizá la más apreciada de todas las virtudes del muérdago consiste en deparar una protección eficaz contra la brujería y la hechicería. Ésta es, sin duda, la razón de por qué en Austria dejan sobre el umbral una rama de muér­dago como preventivo de las pesadillas, y puede ser también la razón de por qué en el norte de Inglaterra se asegura que para que prospere la granja lechera debe darse una rama de muérdago a la primera vaca que haya parido después del día de Año Nuevo, porque es bien sabido que nada hay tan fatal para la leche y la manteca como la brujería. De igual modo, en Gales, para asegurar la buena suerte a la vaquería, la gente daba una rama de muérdago a la primera vaca que diera a luz una ternera pasada la primera hora de Año Nuevo, y en los distritos rurales de Gales, donde el muérdago abundaba, hubo siempre profusión de él en las casas de labor. Cuando el muérdago era escaso, el cam­pesino gales solía decir: "Si no hay muérdago, no hay suerte". Pero si había buen golpe de muérdago, esperaban una buena cosecha de grano. En Suecia se busca activamente el muérdago la víspera de San Juan, pues la gente "cree que tiene en alto grado cualidades místicas y que si un brote se sujeta al techo de la casa donde se mora, del establo de los caballos o del pesebre de las vacas, entonces el Gnomo será impotente para hacer daño a hombres o animales".

Respecto al tiempo en que debe recogerse el muérdago, las opinio­nes han variado. Los druidas lo recogían sobre todo en el sexto día de luna y los antiguos itálicos, al parecer, el primer día de la luna. En tiempos modernos, unos han preferido la luna llena de marzo y otros la luna menguante de invierno, cuando el sol está en Sagitario. Pero el tiempo favorito creemos que fue la víspera del solsticio de verano o este mismo día. Sabemos ya que lo mismo en Francia que en Suecia se atri-

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buían virtudes especiales al muérdago recogido en el solsticio estival. La regla en Suecia es que "el muérdago debe cortarse la noche de la víspera del solsticio de estío, cuando el sol y la luna están en el signo de su poder". También en Gales se creía que un brote de muérdago recogido la víspera de San Juan (víspera del solsticio de verano) o en cualquier otro momento antes que las bayas aparecieran, ocasionaría sue­ños profetices, lo mismo buenos que malos, si la ramita se colocaba bajo la almohada del durmiente. El muérdago es así una de las muchas plantas cuyas virtudes mágicas o medicinales se cree que aumentan con la culminación del sol en el día más largo del año. Creemos, pues, ra­zonable deducir que a los ojos de los druidas, que reverenciaron la planta en tan alto grado, el muérdago sagrado pudo haber redoblado sus cua­lidades místicas en el solsticio de junio y que, en consecuencia, debieron cortarlo regularmente y con solemne ceremonia hacia la víspera de di­cho solsticio.

Haya sido o no así, lo cierto es que el muérdago, el instrumento de la muerte de Bálder, se recogía regularmente con motivo de sus cua­lidades místicas la víspera del solsticio de verano en Escandinavia, patria de Bálder. La planta se encuentra por lo general en los perales, manza­nos, robles y otros árboles de los bosques espesos y húmedos que se extienden en las zonas más templadas de Suecia. Así, uno de los dos incidentes principales del mito de Bálder es reproducido en el gran fes­tival escandinavo del solsticio estival. Pero el otro incidente importante, la quema del cadáver de Bálder en una pira, también tiene su "dupli­cado" en las hogueras que todavía arden o ardían hasta últimamente en Dinamarca, Noruega y Suecia la víspera del solsticio. Es verdad que no consta que se quemase efigie alguna en estas hogueras, mas la quema de una efigie es un rasgo que puede fácilmente desaparecer después de olvidar su significación. El nombre de fuegos de Bálder (Balder's Balar), por el que primeramente fueron conocidas las hogueras solsticiales en Suecia, patentiza su conexión con Bálder más allá de la duda razonable y se hace probable que en tiempos antiguos fuese quemado en ellos cada año, ora un representante vivo, ora una imagen de Bálder. La época del solsticio era la estación consagrada a Bálder y el poeta sueco Tegner, situando la cremación de Bálder en el solsticio de estío, puede muy bien haber seguido la tradición antigua de ser dicho solsticio la época en que el buen dios alcanzó su fin prematuro.

Hemos mostrado que los incidentes característicos del mito de Bál­der tienen su reproducción en los festivales ígnicos de nuestros campe­sinos europeos, que indudablemente datan de una época muy anterior a la introducción del cristianismo. El simulacro de arrojar a la víctima elegida por suerte en la hoguera de Beltane y el tratamiento parecido al hombre futuro lobo verde en el fuego solsticial en Normandía, pue­den interpretarse sin violencia como los vestigios dé una antigua cos­tumbre en que se quemaban de verdad seres humanos en estas ocasio­nes, y el verde vestido del lobo verde, emparejado con la envoltura de

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follaje de los muchachos que pisoteaban y esparcían la hoguera solsticial en Moosheim, parecen dejar entrever que las personas que perecían en esos festivales morían bajo el carácter de espíritus arbóreos o deidades de la vegetación. De todo esto podemos deducir muy razonablemente que en el mito de Bálder, por un lado, y en los festivales ígnicos y cos­tumbres de recolección del muérdago, por otro lado, tenemos, como si dijéramos, las dos mitades separadas y rotas de un conjunto original. En otras palabras, podemos suponer con cierta probabilidad que el mito de Bálder fue no sólo un mito, o sea la descripción de fenómenos físicos con imágenes adecuadas de la vida humana, sino que fue al mismo tiem­po la fábula que contaban las gentes para explicar por qué quemaban anualmente a un representante humano del dios y por qué cortaban el muérdago con toda solemnidad. Si estamos en lo cierto, la historia del trágico fin de Bálder formaba, por decirlo así, el libreto del drama sacro que año tras año se representaba como un rito mágico para que el sol brillase, los árboles crecieran y las cosechas medrasen, y para preservar a hombres y bestias de las artes maléficas de hadas y duendes, de bru­jos y brujas. En una palabra, el cuento pertenecía a la clase de mitos de la naturaleza suplementados por el ritual; como es frecuente, este mito está con respecto a la magia en la misma relación que la teoría respecto de la práctica.

Pero si las victimas —los Bálder humanos— que morían en el fue­go, en primavera o en verano, eran condenados a morir .como encarna­ciones de espíritus arbóreos o deidades de la vegetación, tendremos que creer que el propio Bálder debió ser un espíritu arbóreo o deidad de la vegetación. Por lo tanto, nos convendría determinar ahora, si podemos, la clase particular de árbol o árboles cuyo representante personal se que­maba en los festivales ígnicos, pues estamos bien seguros de que no era en calidad de representantes de la vegetación en general como sufrían la muerte. La idea de vegetación en general es demasiado abstracta para ser primitiva, siendo lo más probable que la víctima representara al prin­cipio una clase particular de árbol sagrado. De todos los árboles europeos ninguno con tanto derecho como el roble a reclamar la consideración de árbol sagrado por excelencia entre los arios. liemos visto ya que su culto está atestiguado en todas las grandes ramas del tronco ario en Europa1 y por ello podemos estar seguros de que el árbol era venerado

1 El autor no habla como etnólogo, sino como lingüista. Dice M, Müllcr: "Para mi, un etnólogo que hable de sangre aria, de ojos y pelo ario, de raza aria, es tan gran pecador como un lingüista que hablara de un diccionario dolicocéfalo o de una gramá­tica braquicéfala. Es algo peor que una confusión babilónica de lenguas, es un robo descarado. Nosotros hemos hecho nuestra terminología propia para la clasificación de las lenguas; dejad que los etnólogos hagan la suya para la clasificación de cráneos, pelo y sangre".

Un buen testimonio de la independencia de lengua y raza antropológica, nos la da el poderoso imperio de los khazares, de quienes habla el autor en el prólogo. Este pueblo caucásico del sur de Rusia, conocido desde el año 200 a. c. hasta el siglo x como independiente, se convirtió casi totalmente al judaismo en el siglo VI, adquiriendo

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por los arios en común antes de la dispersión y de que su primitivo hogar debió estar situado en lugares cubiertos de robledos.

Considerando, pues, el primitivo carácter y la notable semejanza de los festivales ígnicos observados por todas las ramas del tronco ario en Europa, podemos deducir que estos festivales forman parte del depósito común de observancias religiosas que los diversos pueblos llevaron con­sigo al emigrar de su antiguo solar. Pero si estamos en lo cierto, un rasgo esencial de aquellos festivales de fuego primitivos fue la crema­ción de un hombre que representaba el espíritu del árbol. En vista, entonces, del lugar que ocupaba el roble en la religión de los arios, pre­sumimos que el árbol así representado en los festivales ígnicos debió ser originariamente el roble. Por lo que hace a lituanos y celtas, esta con­clusión quizá sea difícilmente debatible. Pero lo mismo para ellos que para los germanos, se confirma por un resto curioso de conservatismo religioso. El método más primitivo que conoció el hombre para hacer fuego es frotar uno contra otro dos pedazos de madera hasta su ignición, y ya hemos visto que este método todavía se usa en Europa para encen­der fuegos sagrados como el de auxilio o de necesidad, y que lo más pro­bable es que recurriesen primitivamente a tal método en todos los festivales ígnicos en cuestión. Ahora bien, en ocasiones se requiere que el fuego de auxilio, de emergencia u otro fuego sagrado sea producido por la fricción de una clase especial de madera y cuando se prescribe la clase de madera, sea entre los celtas, germanos o eslavos, esta madera parece ser generalmente roble. Y si el fuego sacro se encendía regu­larmente por la fricción de madera de roble, podemos inferir que en sus principios el fuego fue alimentado también con el mismo material. En realidad parece que el fuego perpetuo de Vesta1 en Roma se ali­mentaba también con madera de roble y que la leña de roble era el combustible consumido en el fuego perpetuo que ardía bajo el roble sagrado del gran santuario lituano de Romove. Además, quizá puede deducirse que la leña de roble era antiguamente el combustible quemado en los festivales solsticiales, de la costumbre, que se dice que todavía observan los campesinos en muchos distritos montañosos de Alemania, de encender la lumbre de la casa el día del solsticio estival con un pe­sado leño de roble que disponen de tal modo que vaya ardiendo muy lentamente y no quede carbonizado por completo .hasta que pase un año. Después, en el próximo día solsticial, se sacan los carbonizados restos del leño trashoguero antiguo, para dejar sitio al nuevo leño, y se les mezcla con el grano para la sementera o se esparcen por la huerta. Se cree que esto resguarda de brujerías la comida que se cocina en el hogar, conserva la suerte de la casa, promueve el desarrollo de las mieses y las mantiene libres de enfermedades, de hongos y sabandijas. Así, la costumbre es casi exactamente paralela de la del leño pascual que en

costumbres, religión y lenguaje hebreo. No creemos que cambiaran de cráneo, de ca­bello o de nariz.

i Véase supra, cap. xvi.

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zonas de Alemania, Francia, Inglaterra, Serbia y otros países eslavos era comúnmente de madera de roble. La conclusión general es que en estas ceremonias ocasionales o periódicas, los antiguos arios encendían y des­pués alimentaban el fuego con la sagrada madera de roble.

Se sigue de esto que, si en los ritos solemnes se hacía la hoguera con regularidad de madera de roble, cualquier hombre que fuera que­mado en ella como una representación del espíritu arbóreo no podía representar a otro árbol que al roble. Así, el roble sagrado era quemado por duplicado; se consumía en el fuego la madera del árbol y junto con ella se consumía un hombre vivo como personificación del espíritu del roble. Deducida así la conclusión para los arios europeos en general, se confirma en su aplicación particular a los escandinavos por la relación que entre ellos parece haber tenido el muérdago con la cremación de la victima en la pira del solsticio de verano. Hemos visto que los escan­dinavos acostumbraron a recoger el muérdago en dicho solsticio. Pero en tanto que aparece manifiesta esta costumbre, no se encuentra nada que la enlace con los fuegos solsticiales en que ardían víctimas humanas o efigies de ellas. Aun si el fuego, como creemos probable, fue originaria­mente hecho siempre con madera de roble, ¿por qué era necesario arran­car el muérdago? Este último eslabón entre la costumbre de coger el muérdago y encender las hogueras lo proporciona el mito de Bálder, que difícilmente puede separarse de estas costumbres. El mito sugie­re que pudo creerse que subsistía una conexión vital entre el muérdago y el representante humano del roble que se quemaba en la hoguera. Según el mito, a Bálder no podía matarle nada del cielo ni la tierra excepto el muérdago; y mientras el muérdago permaneciese en el roble, no sólo era inmortal, sino invulnerable. Ahora, si suponemos que Bál­der era el roble, el origen del mito se hace inteligible. Se consideraba al muérdago como asiento de la vida del roble y mientras estuviera indemne, nada podía matar ni aun herir al roble. La concepción del muérdago como asiento vital del roble se sugeriría naturalmente a la gente primitiva por la observación de que el follaje del roble es caedizo, mientras que el muérdago que sobre él crece es perenne. En invierno, la visión de su fresco follaje entre las ramas desnudas del roble debió ser saludada por los adoradores del árbol como un signo de que la vida divina, que había cesado de animar las ramas, sobrevivía aún en el muér­dago, como el corazón de un durmiente palpita todavía cuando su cuerpo yace inmóvil. Por esto, cuando tenían que matar al dios, cuando tenían que quemar al árbol sagrado, era necesario empezar arrancando el muér­dago, pues mientras el muérdago permaneciera intacto (la gente podía pensar así) el roble sería invulnerable; todas las cuchilladas y hachazos rebotarían en su corteza indemne. Pero una vez arrancado del roble su sagrado corazón, el muérdago, el árbol le saludaría cayendo. Y cuando en épocas posteriores el espíritu del roble llegó a ser representado por un hombre vivo, era lógico y necesario suponer que, como el árbol que le personificaba, no podía ser muerto ni herido mientras el muérdago per-

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maneciese indemne; arrancar el muérdago era a un tiempo la señal y la causa de su muerte.

Según esta concepción, el invulnerable Bálder es ni más ni menos que la personificación de un roble tenante de un muérdago. Esta inter­pretación se confirma por lo que nos parece haber sido una creencia antigua en Italia, según la cual al muérdago no podía destruírsele ni por el fuego ni por el agua; por ello se consideraba al parásito indestruc­tible y podía fácilmente suponerse que comunicaba su propia indes­tructibilidad al árbol sobre el que crecía mientras ambos permaneciesen unidos. Traduciendo esta misma idea a la forma mítica, podríamos con­tar cómo el amable dios del roble tenía su vida inexpugnablemente de­positada en el muérdago imperecedero que crecía entre sus ramas; cómo, en consecuencia, mientras el muérdago tuviera allí su asiento, la deidad misma permanecía invulnerable, y cómo al fin, un enemigo astuto, ente­rado del secreto de la invulnerabilidad del dios, arranca al muérdago del roble y de este modo mata al dios-roble y después quema su cuerpo en una pira, cuyo fuego no habría podido hacerle absolutamente ningún daño si el incombustible parásito hubiera retenido su puesto entre las ramas.
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