Sir james george frazer la rama dorada



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nado salón del Gremio de los Sastres. El tronco del armazón era de ripias y aros, igual al que llevaba "Juanito en el Verde" el día 1° de mavo.

En estos casos, los gigantes sólo figuraban en las procesiones, pero algunas veces los quemaban en las hogueras estivales. Así, los vecinos de la Rué aux Ours, en París, observaban la costumbre de construir cada año una gran figura de armazón de cestería que vestían de soldado y paseaban arriba y abajo por las calles durante varios días, quemándola solemnemente el 3 de julio, mientras los espectadores cantaban el Salve Regina. Un personaje titulado rey presidía la ceremonia con un hachón encendido en la mano. Los fragmentos atizonados de la imagen se re­partían entre la gente, que se los arrebataban con avidez. La costum­bre fue abolida el año 1743. En Brie, lle-de-France, quemaban todos los años un gigante de cestería, de seis metros de alto, la víspera del solsticio estival.

También la costumbre druídica de quemar animales vivos encerra­dos en el armazón tiene su "réplica" o duplicado en los festivales del solsticio de verano. En Luchon, Pirineos, la víspera del solsticio "erigen una columna hueca en el centro del suburbio principal, de unos veinte metros de alta, hecha con una armadura fuerte y con follaje verde entre­lazado por completo hasta arriba y, para formar a modo de un bello fondo a la escena, colocan abajo, artísticamente dispuestos, arbustos y las más bellas flores. Rellenan la columna con materia de fácil combus­tión. A la hora señalada, las ocho de la noche, sale del centro de la ciudad una gran procesión compuesta por la clerecía y seguida por jóve­nes de ambos sexos vestidos de fiesta; van cantando himnos religiosos y se colocan alrededor de la columna. Mientras, en las colinas de los alre­dedores encienden hogueras de bellísimo efecto. Todas las serpientes que han podido reunir las arrojan al interior de la columna, a la que inme­diatamente prenden fuego en su base por medio de antorchas con las que unos cincuenta muchachos y hombres danzan con frenesí alrededor de la columna. Las serpientes, para huir de las llamas, ascienden enros­cándose hasta el extremo superior de la columna, donde se las ve mo­viéndose desordenadamente hasta que, finalmente, obligadas por las lla­mas, caen, sirviendo su lucha por la vida para originar el entusiástico goce de los espectadores en derredor. Ésta es una ceremonia anual favo-rita y la tradición local la señala un origen pagano". En las hogueras del solsticio de estío, que antiguamente se encendían en la plaza de la Gréve, en París, era costumbre quemar una cesta, barril o saco lleno de gatos vivos, que se colgaba de un mástil alto en medio del fuego; a veces que­maban una zorra. El pueblo recogía después tizones y cenizas para llevar a casa, creyendo que esto les traería buena suerte. Los reyes franceses presenciaban con frecuencia estos espectáculos y aun encendían la ho­guera con sus mayestátícas manos. En el año 1648, Luis XIV, coronado con una guirnalda de rosas y llevando en la mano un gran ramo de rosas, encendió la hoguera, bailó y después participó del banquete de ayuntamiento. Pero ésta fue la última vez en que un monarca presi

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diera la hoguera del solsticio estival en París. Los fuegos solsticiales se encendían en Metz, con gran aparato en la explanada y en ellos arroja­ban en cestos una docena de gatos vivos para diversión de las gentes. De modo análogo, en Gap, en el departamento de Hautes-Alpcs, acos­tumbraban asar gatos en la hoguera del solsticio de verano. En Rusia quemaban algunas veces, en las mismas circunstancias, un gallo blanco; en Meisscn o Turingia arrojaban al fuego ceremonial la cabeza de un caballo. Otras veces quemaba" animales en las hogueras de primavera. En los Vosgos quemaban gatos el Martes de Carnaval; en Alsacia los arrojaban a la hoguera de Pascua de Resurrección. En el departamento de las Ardenas echaban gatos en las hogueras encendidas el primer domingo de Cuaresma; algunas veces, por un refinamiento de crueldad, los colgaban del extremo de una pértiga sobre el fuego, asándolos vivos. "El gato, que representa al demonio, nunca sufrirá bastante". Mientras los animales perecían en las llamas, los pastores obligaban a sus rebaños a saltar sobre el fuego, estimando esto como un medio infalible para preservarlos de enfermedades y brujerías'.

Así, pues, parece posible rastrear los ritos sacrificiales de los celtas de la antigua Galia en las fiestas populares de la Europa moderna. Es natural que en Francia o mejor aún, en la extensa área comprendida en los límites de la antigua Galia, sea donde esos ritos han dejado las huellas más claras en las costumbres de quemar gigantes hechos de armadura de mimbres y con animales metidos dentro de los armazones o ces­tos. Obsérvese que estas costumbres se celebran en el día del solsticio de verano o en días próximos. De esto podemos concluir que los ritos originales de los que éstos son los sucesores degenerados se solemnizaban en el día del solsticio estival. Esta deducción armoniza con la conclu­sión que sugiere una revisión general del folklore europeo y según la cual el festival del solsticio de estío, en conjunto, es el más extensa­mente difundido y el más solemne de todos los festivales anuales que celebraban los primitivos arios en Europa. Al mismo tiempo debemos tener presente que entre los celtas británicos los principales festivales ígnicos del año parecen haber sido los de Beltane (día 1° de mayo) y Halloween (víspera de Todos los Santos, día último de octubre), y esto promueve la duda de si los Celtas de la Galia no habrán celebrado su principal rito del fuego, incluyendo sus quemas sacrificiales, a principios de mayo y comienzos de noviembre, más bien que en el solsticio de estío.

Nos queda todavía inquirir cuál es el significado de estos sacrificios y por qué quemaban hombres y animales en estos festivales. Si estamos en lo cierto al interpretar los modernos festivales del fuego europeos como tentativas para romper el poder de la brujería, quemando y ahu­yentando brujas y hechiceros, podremos explicar los sacrificios humanos de los celtas de modo igual, o sea que debemos suponer que las víctimas a quienes los druidas quemaban dentro de imágenes de cestería eran condenadas a morir por ser brujas o hechiceros, y el procedimiento de ejecución por el fuego se escogía porque quemarlos vivos se estimaba

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el medio más seguro de eliminar a estos seres nocivos y peligrosos. La misma explicación puede aplicarse al ganado y a los animales salvajes de muchas clases que los celtas quemaban junto con las personas. Po- demos conjeturar además que los celtas creían que estos animales estaban bajo el maleficio de la hechicería o eran realmente brujos y hechiceros que se habían transformado en animales con el maligno propósito de proseguir sus confabulaciones infernales contra el bienestar de sus con­vecinos. Esta hipótesis se confirma por la observación de ser gatos las víctimas quemadas más corrientemente en las hogueras modernas, y los gatos son precisamente los animales en que más usualmente se trans­forman las brujas, según se cree, acaso con la excepción de las liebres. También hemos visto que en ocasiones quemaban en las hogueras solsti­ciales de verano serpientes y zorras; se sabe que las brujas galesas y alemanas se transformaban en zorras y serpientes. En suma, cuando recordamos la gran variedad de animales cuyas formas pueden adoptar las brujas a su capricho, creemos fácil explicar con esta hipótesis la va­riedad de animales vivos que se han quemado en estos festivales, lo mis­mo en h antigua Galia que en la Europa moderna; podemos barrun­tar que todas esas víctimas fueron condenadas a las llamas no por ser animales, sino porque se les creía brujas que habían tomado forma ani­mal para sus propósitos nefandos. Una ventaja de explicar los antiguos sacrificios célticos de este modo está en que da verdadera congruencia y consistencia al trato que Europa ha dispensado a las brujas, desde los tiempos más antiguos hasta hace dos siglos, en que la creciente influen­cia del racionalismo desacreditó la creencia en la brujería y suprimió la costumbre de quemar brujas. Sea como fuese, podemos entender ahora por qué los druidas creían que cuantas más personas sentenciasen a muerte mayor sería la fertilidad del país. Para un lector moderno, a pri­mera vista, podría no ser demasiado evidente la conexión entre la acti­vidad del verdugo y la productividad de la tierra, mas le satisfará la pe­queña reflexión de que siendo criminales las personas que perecían en la pira o el cadalso y cuyo deleite era atizonar las mieses del labrador o tenderlas contra el suelo tumbadas por las tormentas de pedrisco, la ejecución de aquellos desventurados estaba efectivamente calculada para asegurar una cosecha abundante mediante la remoción de una de las prin­cipales causas que paralizan los esfuerzos y marchitan las esperanzas del labrador.

Los sacrificios druídicos que estamos examinando fueron explicados de modo distinto por W. Mannhardt. Supuso éste que los hombres a quienes los druidas quemaban en imágenes de cestería representaban los espíritus de la vegetación y, según esto, la costumbre de quemarlos era una ceremonia mágica hecha con la intención de asegurar luz solar sufi­ciente para las cosechas. De modo análogo creemos que se inclinó a la noción de suponer a los animales que quemaban en las hogueras como representantes del espíritu del grano, del que, como vimos al comienzo de esta obra, se suponía que con frecuencia adoptaba forma animal. No

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hay duda de que esta teoría es defendible y la gran autoridad de W. Mannhardt la hace acreedora a un examen detenido. Nosotros la adop­tamos en las anteriores ediciones de este libro pero, después de repa­sarla, la creemos en conjunto menos probable que la teoría de que los hombres y animales abrasados en estas hogueras pereciesen en su carác­ter de hechiceros. Este último punto de vista está vigorosamente apoyado por el testimonio de las gentes que celebraban estos festivales ígnicos, puesto que un nombre popular para la costumbre de encender estas hogueras es "quemar las brujas"; algunas veces se queman efigies de brujas, y de estos fuegos, los tizones, ascuas y cenizas se suponía que ofrecían eficaz protección contra la hechicería. Por otro lado, poco puede decirse para demostrar que las efigies o animales quemados en los fuegos fueran considerados por los pueblos como representantes del espíritu de la vegetación y que las hogueras fuesen encantamientos solares. Con respecto a las serpientes en particular, que se solían quemar en el fuego solsticial de verano en Luchon, no conocemos prueba alguna de que en Europa se haya considerado a las serpientes como corporeizaciones del espíritu del árbol o del cereal, aunque en otras partes del mundo este concepto parece no ser desconocido. En cambio, como es tan general y está tan profundamente arraigada la creencia popular en la transformación de las brujas en animales y como, además, es tan in­tenso el miedo que inspiran estos misteriosos seres, parece estarse más en lo firme al suponer que los gatos y demás animales que se quema­ban en las hogueras sufrían la muerte como corporeizaciones de brujas y no en cuanto representantes de los espíritus de la vegetación.

CAPITULO LXV

BALDER Y EL MUÉRDAGO

El lector recordará que la precedente exposición de los festivales popu­lares ígneos en Europa fue suscitada por el mito del dios norso Bálder, del que se dijo que fue muerto por una rama de muérdago y quemado después en una gran pira. Examinemos ahora hasta dónde nos ayudan las costumbres a que hemos pasado revista en la aclaración del mito. En este examen puede ser conveniente empezar con el muérdago sa­grado, instrumento de la muerte de Bálder.

Desde tiempo inmemorial ha sido el muérdago objeto de venera­ción supersticiosa en Europa. Los druidas le dieron culto, como sabemos por un pasaje famoso de Plinio en el que, después de enumerar las distintas clases de muérdago, prosigue: "Respecto a este asunto, la ad­miración en que es tenido el muérdago en toda la Galia no debe pasar sin comentario. Para los druidas, pues así llaman a sus hechiceros, no hay nada más sagrado que el muérdago y el árbol en que crece, con tal de que éste sea un roble. Mas aparte de ello escogen, robledos para

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sus bosques sagrados y no ejecutan ritos sacros sin hojas de roble, de tal manera que el verdadero significado de druida puede considerarse como uno denominación griega derivada de su culto al roble.1 Creen que cual­quier cosa que crezca en estos árboles es enviada del ciclo y es una se­ñal de haber sido escogido el árbol por el mismo dios. El muérdago se encuentra raras veces en él, mas cuando lo encuentran lo recogen con solemne ceremonial. Esto suelen hacerlo sobre todo en el sexto día de la luna, desde el cual datan el comienzo de sus meses, de sus años y de su ciclo de treinta años, por la razón de que en el sexto día la luna está llena de vigor y no ha recorrido aún la mitad de su carrera. Des­pués de haber hecho el debido preparativo con un sacrificio y un festín bajo el árbol, le aclaman como curalotodo y traen al lugar dos toros blancos cuyos cuernos no han sido uncidos nunca. Un sacerdote vestido de blanco trepa por el árbol y con una hoz de oro corta el muérdago, que recogen en una tela blanca. Después sacrifican a las dos víctimas, orando para que el dios pueda hacer prosperar su propia donación junto con los rebaños de donde procede. Creen que una poción preparada con el muérdago hará fértiles a los animales estériles y que la planta es un remedio contra todos los venenos".

En otro pasaje nos cuenta Plinio que en medicina el muérdago que crece sobre el roble se estima como el más eficaz y que esta eficacia la suponía aumentada la gente supersticiosa si se recogía esta planta el primer día de la luna y sin usar hierro, y si, después de bajarla, no tocaba tierra; el muérdago de roble así obtenido estaba reputado como remedio de la epilepsia; llevado por las mujeres, las ayudaba a concebir, y sanaba las úlceras muy eficazmente tan sólo con que el paciente mas­ticase un trozo de la planta, dejando otro trozo sobre la herida. Ade­más, también dice que el muérdago, como el vinagre y un huevo, se creía que formaban un medio excelente para extinguir los incendios.



Si en este último pasaje Plinio se refiere, como parece, a las creen­cias corrientes entre sus contemporáneos en Italia, de aquí se seguirá que druidas e ítalos estaban en algún modo de acuerdo en reconocer las valiosas propiedades que poseía el muérdago que crece en el roble; am­bos pueblos le consideraban como remedio eficaz para un número de dolencias y ambos le adscribían una virtud vivificante; los druidas, cre-yendo que una poción preparada con muérdago fertilizaba al ganado en­fermo, y los italianos, sosteniendo que un trozo de muérdago llevado encima por una mujer la ayudaría a concebir un hijo. Además, ambos pueblos estaban convencidos de que, para que la planta ejerciera sus propiedades salutíferas, debería ser recolectada de cierto modo y en cierta época. No podía cortarse con hierro y por esta razón el sacerdote en­cargado de su corte se valía de una hoz de oro; tampoco debía tocar la tierra, razón por la cual los druidas la recibían en una tela blanca. La elección del momento de recogerla, ambos pueblos la determinaban por

1 Drus o drys, roble.

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observación de la luna; sólo diferían en que los ítalos preferían el día primero y los druidas el sexto.

Estas creencias de los antiguos galos e ítalos respecto a las mara­villosas propiedades medicinales del muérdago pueden compararse con las creencias similares de los modernos ainos del Japón. Leemos que éstos, "a semejanza de muchas naciones de origen nórdico, tienen por el muérdago una veneración especial. Lo estiman como una medicina buena para la mayoría de las enfermedades; en unas ocasiones les sirve de alimento y en otras como un cocimiento. Usan las hojas con prefe­rencia a las bayas, pues éstas tienen una naturaleza demasiado pegajosa J para usos generales. . . Pero muchos suponen además que esta planta tiene la virtud de hacer que los huertos sean ubérrimos. Cuando la usan para este propósito, cortan las hojas en trocitos y después de orar sobre ellos los siembran con el mijo y otras semillas y comen también un poco mezclado con el alimento. También se sabe que las mujeres estériles comen el muérdago con objeto de tener hijos y que el muérdago que crece sobre el sauce se supone que tiene la mayor eficacia y esto a causa de que consideran el sauce como un árbol especialmente sagrado".

Así, los aínos coinciden con los druidas en reputar al muérdago como curativo para casi todas las enfermedades y coinciden con los an­tiguos italianos en que, usado por las mujeres, las ayuda a concebir hijos. También la idea druídica de ser el muérdago un curalotodo puede com­pararse con otra mantenida por los walos de Senegambia. Este pueblo "tiene mucha veneración por una especie de muérdago que ellos llaman tob; llevan las hojas sobre sus personas cuando van a la guerra como un deténtebala contra las heridas, exactamente como si las hojas fueran ver­daderos talimanes (gris-gris)". El escritor francés que menciona esta práctica añade: "¿No es verdaderamente curioso que el muérdago sea en esta parte de África lo que era en las supersticiones de los galos? Este prejuicio común a los dos países puede tener el mismo origen; negros y blancos, sin duda, verían cada cual aisladamente algo sobrenatural en una planta que crece y florece sin tener raíces en la tierra; ¿no pueden haber creído en realidad que era una planta caída del cielo, un regalo de la divinidad?"

Esta sugerencia respecto al origen de la superstición está fuerte­mente confirmada por la creencia druídica que apunta Plinio de que todo lo que creciera sobre un roble era enviado del cielo y un signo de que el árbol había sido elegido por el mismo dios. Tal creencia explica por qué los druidas cortaban el muérdago no con un cuchillo ordinario sino con una hoz de oro y por qué una vez cortado no consentían que tocase el suelo; probablemente pensaban que la planta celestial se profa­naría y su virtud maravillosa se esfumaría al contacto con el suelo. El ritual observado por los druidas para cortar el muérdago lo comparamos con el ritual que se prescribe en Camboya en un caso parecido: Dicen

1En Botánica se denomina Viscum album al europeo, El muérdago americano es el Phoradendron flavescens, muy usado como motivo de decoración en Navidad.

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que cuando se ve una orquídea creciendo como parásita de un tama­rindo, hay que vestirse de blanco, tomar un puchero de loza y trepar con él al tamarindo a mediodía, arrancar la planta, ponerla en el puchero y dejarlo caer al suelo Después se hace en el puchero un cocimiento que confiere la invulnerabilidad. Así como en África las hojas de una planta parásita se cree que convierten en invulnerable al que las lleva consigo, de igual modo en Camboya un cocimiento de otra planta pa­rásita se cree que presta el mismo servicio al que haga uso de él, en lavatorios o como bebida. Podemos suponer que en ambos lugares ha sur­gido la idea de la invulnerabilidad por la situación de la planta que, ocupando un sitio relativamente seguro sobre el suelo, parece brindar a su afortunado poseedor una seguridad parecida contra algunos de los ma­les que acosan la vida del hombre en la tierra. No hace mucho, va encontramos ejemplos del valor que adscribe la mente primitiva a esta posición tan ventajosa.

Sea cual fuere el origen de estas creencias y prácticas relativas al muérdago, lo cierto es que algunas de ellas tienen sus analogías en el folklore agrario de la Europa moderna. Por ejemplo, está estatuida como regla en varias partes de Europa que el muérdago no puede recolectarse del modo ordinario, sino que debe ser blanco de un disparo o derribado a pedradas del árbol donde crece. Así, en el cantón suizo de Aargau, "todas las plantas parásitas son tenidas como santas en cierto modo por la gente del campo, pero más particularmente el muérdago que crece sobre el roble. Le adscriben grandes virtudes pero rehuyen cortarlo del modo corriente y en su lugar procuran hacerlo por el siguiente procedi­miento: cuando el sol está en Sagitario y la luna en cuarto menguante, el primero, tercero o cuarto día antes de luna nueva, se derribará de un flechazo el muérdago de un roble y se le cogerá con la mano izquierda cuando está cayendo. Este muérdago es un remedio contra todas las dolencias de la infancia". Aquí, entre los campesinos suizos como entre los druidas de antaño, se adscriben virtudes especiales al muérdago que crece en un roble: no puede ser cortado del modo corriente; debe ser cogido en el aire, cuando está cayendo, y se le estima como panacea, al menos para los niños. En Suecia también es una superstición popular que para que el muérdago posea su virtud peculiar debe ser derribado del roble a tiros o a pedradas. Similarmente, "no más tarde que en la primera mitad del siglo pasado, en Gales creía el pueblo que para que el muérdago tuviera algún poder debía ser derribado a tiros o a pedra­das del árbol donde crecía".
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