Sir james george frazer la rama dorada



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También se supone con frecuencia que las hogueras protegen a los campos contra el granizo y a la granja y la casa de labor contra el trueno y las exhalaciones, pues ambos, granizo y tormentas, se cree a menudo que los causan las brujas; por eso el fuego que ahuyenta a las brujas necesariamente sirve al mismo tiempo como talismán contra el granizo, trueno y rayo. Además las ramas de las hogueras por lo común se con­servan en las casas para guardarlas de incendios, y aunque pueda pensarse que se hace basándolo en la regla de la magia homeopática, en la que se cree que un fuego es preventivo de otro, también es posible que la intención pueda ser mantener a distancia a las brujas incendiarias. Ade­más, la gente salta sobre las hogueras como un preventivo contra el cólico y miran a las llamas fijamente para preservar sus ojos en buena salud; lo mismo el cólico que los ojos inflamados son en Alemania, y probablemente en otras partes, achacados a las maquinaciones de las brujas. Una vez más, saltar sobre las hogueras del solsticio estival o circunvalarlas se imagina que evita al que lo haga los dolores de riñones cuando vaya a segar; en Alemania tales dolores se llaman "agujetas de bruja" y se imputan a brujerías.

Pero si las antorchas y hogueras de los festivales del solsticio deben considerarse ante todo como armas dirigidas contra brujas y hechiceros, se hace probable que la misma explicación se aplique no solamente a los discos flameantes que tiran por el aire sino también a las ruedas incendiadas que se echan a rodar colina abajo en estas ocasiones; discos y ruedas, suponemos, se destinan por igual a quemar brujas, que vuelan invisibles por el aire o deambulan cual fantasmas por los campos, los huertos y los viñedos de las laderas. Verdad es que las brujas, según se cree, están de continuo voltejeando por los aires caballeras sobre escobas y otras cabalgaduras igualmente apropiadas; y si asi lo hacen, ¿cómo se les puede combatir más eficazmente que tirándoles proyecti­les de fuego al aire, ya sean discos, antorchas o escobas, cuando pasan volando por encima de la cabeza entre las sombras? Los labriegos esla­vos del sur creen que las brujas cabalgan sobre las obscuras nubes de

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granizo; por eso disparan a las nubes para derribar a las brujas, mientras las maldicen execrando: "Maldita, maldita Herodías; tu madre es una pagana, condenada de Dios y encadenada por la sangre del Redentor". También disponen un pote de carbón vegetal encendido sobre el que arrojan aceite bendito, hojas de laurel y de ajenjo para hacer huma-reda; piensan que este humo asciende a las nubes y sorprende a las brujas que así se desploman a tierra, y con el objeto de que no caigan en blando y se hagan el mayor daño posible, el patán saca diligente una silla y la pone con el asiento hacia abajo de modo que pueda romperse las piernas con las patas de la silla. Y peor aún que esto: los patanes colocan cruel­mente guadañas, bieldos, horcones y otras armas formidables hacia arriba de modo que se corten y pinchen las pobres y desventuradas almas cuan­do caen de las nubes.

Según esta teoría, la fertilidad que se supone sigue a la aplicación del fuego en forma de hogueras, antorchas, discos, ruedas incendiadas y demás arsenal, no se concibe como resultado directo de un incremento del calor solar, que el fuego genera mágicamente; sólo es un resultado indirecto que se obtiene libertando a los poderes reproductores de las plantas y animales de la obstrucción letal de la hechicería. Y lo que es verdad respecto a la reproducción de las plantas y animales, puede man­tenerse como bueno para la fertilidad de los sexos humanos. A los fuegos se les atribuye la promoción de matrimonios y la procura de hijos a las parejas estériles. Este efecto feliz no necesita fluir directamente de nin­guna energía vivificadora o fertilizadora del fuego; puede seguir indirec­tamente al poder del fuego para desligar y apartar aquellos obstáculos que las execraciones nigrománticas de brujas y hechiceros oponen noto­riamente a la unión de hombre y mujer.

En conjunto, pues, la teoría de la virtud purificatoria de los fuegos ceremoniales parece más concordante con la realidad que la teoría opuesta de su conexión con el sol.



CAPITULO LXIV

LA CREMACIÓN DE SERES HUMANOS EN LAS HOGUERAS

1. la CREMACIÓN DE EFIGIES EN LAS HOGUERAS

Todavía nos queda por averiguar el significado de la cremación de efi­gies en las hogueras durante los festivales ígnicos. Creemos que la res­puesta es obvia después de la precedente investigación. Como suele alegarse que las hogueras se encienden con el propósito de quemar a las brujas y como la efigie quemada es llamada en ocasiones "la bruja", sería natural llegar a la conclusión de que todas las efigies que consu­men las llamas en estas ocasiones representan brujas o brujos y que la costumbre de quemarlos es una mera sustitución de la quema de los

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mismos hechiceros, hombres o mujeres, puesto que, conforme a la ley de la magia homeopática o imitativa, puede destruirse prácticamente a la bruja misma destruyendo su efigie. En general esta explicación de la cremación de muñecos de paja en figura humana es quizá la más probable. Sin embargo, quizá esta explicación no sea aplicable a todos los casos y algunos de ellos puedan admitir y aun requerir otra interpretación, porque las efigies que se queman, como ya hemos hecho notar, difícil­mente pueden distinguirse de las de la muerte, que se queman o se des­truyen de cualquier otro modo en primavera, y ya hemos dado datos fundamentales para considerar a las efigies de la muerte como verdade­ras representaciones del espíritu arbóreo o de la vegetación. ¿Se pres­tan a la misma explicación las otras efigies que se queman en primavera y en las hogueras del solsticio estival? Así lo creemos, pues del mismo modo que los fragmentos de la llamada muerte se entierran en las tie­rras de labor para que prosperen las cosechas, así también los tizones ennegrecidos de la figura quemada en las hogueras vernales en ocasiones se dejan en los campos, en la creencia de que los protegerán de las sa­bandijas. También la regla de ser la última recién casada la que brinque sobre el fuego en que se quema el muñeco de paja el Martes de Carna­val tiene probablemente la finalidad de hacerla prolífica. Mas, como hemos visto, el poder de bendecir a las mujeres para que sean madres es un atributo especial de los espíritus arbóreos. Por esto es legítima la presunción de que la imagen que se quema, y sobre la que salta la recién casada, es una representación del fertilizante espíritu del árbol o espíritu de la vegetación. Este carácter de la efigie como representante del espí­ritu de la vegetación es la mayoría de las veces inconfundible cuando la figura está formada de una gavilla del cereal sin trillar o cubierta de pies a cabeza con flores. También es de señalar que, en lugar de un muñeco, quemen en ocasiones árboles, en pie o talados, u otros seres vivientes, tanto en las hogueras vernales como en las del solsticio estival. Ahora bien, considerando la frecuencia con que se representa al espíritu arbóreo en figura humana, no es temerario suponer que cuando unas veces se quema en estos fuegos un árbol y otras una efigie, árbol y efigie se consideran equivalentes uno de otro, y ambos representan al espíritu arbóreo. Esto se confirma al observar, primero, que en ocasiones la efi­gie que van a quemar es transportada simultáneamente con un "árbol mayo", llevando la primera los muchachos y el último las muchachas; y segundo, que la efigie es en ocasiones atada a un árbol vivo y quemados juntos árbol e imagen. En estos casos es muy difícil dudar de que se representa al espíritu arbóreo por duplicado como ya lo encontramos antes, a la vez por el árbol y por la efigie. Que el carácter verdade­ro de la efigie como representante del benéfico espíritu de la vegetación haya sido olvidado muchas veces, es natural. La costumbre de abrasar a un dios benéfico es demasiado extraña a los modernos modos de pen­sar para que no se le dé una interpretación equivocada. Naturalmente, la gente que siguió quemando su imagen llegó con el tiempo a identifi-

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carla con la efigie de personas a las que por motivos varios se miraba con aversión, tales como Judas Iscariote, Martín Lutero y una bruja cualquiera.

Se han examinado en un capítulo precedente las razones generales para matar a un dios o a su representante, mas cuando acontece que el dios es una deidad de la vegetación, hay razones especiales para que deba morir en el fuego. La luz y el calor son necesarios para el desarrollo vegetal y conforme al principio de la magia simpatética, sujetando al re­presentante personal de la vegetación a su influencia se asegura el abas­tecimiento de la luz y el calor necesarios para árboles y cosechas. En otras palabras, quemando al espíritu de la vegetación en una hoguera que representa al sol aseguran, por algún tiempo al menos, que la vege­tación tendrá abundancia de asoleo. Puede objetarse que si la intención es simplemente asegurar suficiente sol para la vegetación, este propósito podría obtenerse mejor, en regla de magia simpatética, pasando al repre­sentante de la vegetación a través del fuego solamente en vez de abrasarle en él. En realidad así se hace algunas veces. Como hemos visto, en Rusia no queman la pajiza figura de Kupalo en la fogata del solsticio estival, sino que se limitan únicamente a pasarla y repasarla por las lla­mas. Mas, por las razones dadas antes, es necesario que muera el dios; así, al día siguiente despojan a Kupalo de sus adornos y lo tiran al río. En esta costumbre rusa, la pasada por el fuego no es una simple purifica­ción, sino tal vez un hechizo solar; la occisión del dios es un acto aparte y el modo de matarle por sumersión, probablemente constituye un hechizo pluvial. Pero por lo general, la gente no piensa que sea nece­sario llegar a esta sutil distinción; por las varias razones expuestas, creen ventajoso exponer a un grado de calor considerable al dios de la vegeta­ción y también matarle. Combinan así las dos ventajas en un solo pro­cedimiento y le queman sin más complicaciones.

2. la CREMACIÓN DE HOMBRES Y ANIMALES EN LAS HOGUERAS

En las costumbres populares de Europa relacionadas con los festivales ígnicos hay ciertos rasgos que parecen señalar la práctica anterior de sacrificios humanos. Hemos hallado razones para creer que en Europa, frecuentemente, han actuado personas vivas como representantes del es­píritu arbóreo y del espíritu del grano y han sufrido muerte violenta en cuanto tales. Ño hay razón, por lo tanto, para que no fueran quemadas si su muerte suponía ciertas ventajas obtenidas matándolas de esa suerte. La consideración del sufrimiento humano no -entra en los cálculos del hombre primitivo. Ahora bien, en los festivales ígnicos que nos ocupan la simulación de quemar personas se lleva tan lejos en ocasiones, que parece razonable considerarla como una supervivencia mitigada de la vieja costumbre de quemarla realmente. Así, recordaremos que en Aquisgran el hombre revestido de forraje de guisante actúa tan diestramente que la chiquillería cree que ha sido quemado de verdad. En Jumiéges, Nor-



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mandía, el hombre vestido por completo de color verde y que llevaba el título de Lobo Verde, era perseguido por sus compañeros, y cuando al fin le aprisionaban, fingían echarle a la hoguera del solsticio estival. De igual modo, en los fuegos de Beltane, en Escocia, la supuesta víc­tima era capturada y simulaban arrojarla entre las llamas; por algún tiempo después afectaban hablar de ella como si hubiese muerto. Tam­bién en las hogueras de la víspera de Todos los Santos, en el nordeste de Escocia, podemos descubrir quizá una intención parecida en la cos­tumbre de que un muchacho se tumbe todo lo más cerca que permitan las llamas, dejando que salten sobre él los demás muchachos. El rey titular de Aix, que remaba por un año y bailaba la primera danza alrede­dor de la hoguera solsticial de verano, quizá en antiguos tiempos pudo haber desempeñado el deber menos agradable de servir de combustible al fuego que en tiempos posteriores sólo encendía. Mannhardt está pro­bablemente en lo cierto al reconocer en las siguientes costumbres rastros de la antigua de quemar a un representante del espíritu de la vegetación, revestido de hojarasca. En Wolfeck, Austria, el día del solsticio de vera­no, un muchacho completamente cubierto de ramaje verde de abeto va de casa en casa acompañado de ruidosa cuadrilla, recogiendo leña para la hoguera. Cuando la consigue, canta:

Árboles del bosque quiero;

no quiero leche agria,

sino cerveza y vino,

para que el hombre del bosque

esté alegre y divertido.

En algunas partes de Baviera también van los jóvenes por las casas recogiendo combustible para la hoguera del solsticio estival, envuelto uno de ellos de cabeza a pies con ramas verdes de abeto y conducido por toda la aldea sujeto por una cuerda. En Moosheim, Wurtemberg, el festival de la hoguera de San Juan solía durar catorce días y termi­naba el segundo domingo después del solsticio de verano. En este último día, la hoguera quedaba a cargo de los niños, mientras los adultos se marchaban al bosque, donde revestían de ramas y hojarasca a un mozo que, así disfrazado, llegaba a la hoguera, la desparramaba y pisoteaba, apagándola. Toda la gente huía al ver aquello.

Todavía creemos que es posible ir más allá. Las huellas más inequí­vocas de sacrificios humanos ofrendados en estas ocasiones, como hemos visto, son aquellas que hace unos cien años todavía se advertían en los fuegos de Beltane en las serranías escocesas, o sea entre gentes célticas, que, situadas en un remoto rincón de Europa y en su mayor parte ais­ladas completamente de influencias extranjeras, conservaban todavía su antiguo paganismo mucho mejor quizá que cualquier otro pueblo del occidente de Europa. Es importante, por consiguiente, que se conozca por pruebas irrecusables que los celtas efectuaron sistemáticamente los

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sacrificios humanos por el fuego. La descripción más antigua de estos sa­crificios nos la trasmite Julio César. Como conquistador de los hasta entonces independientes celtas de la Galia, César tuvo amplia oportu­nidad de observar la religión nacional celta y sus ritos, cuando todavía era terso y brillante el cuño nativo y no se había fundido en el crisol de la civilización romana. En sus notas personales, César parece haber incorporado las observaciones de un explorador griego, de nombre Posi-domos, que viajó por la Galia unos cincuenta años antes de que César condujera las armas romanas al Canal de la Mancha. Creemos que tam­bién el geógrafo griego Estrabón y el historiador Diodoro entresacaron de la obra de Posidonios sus descripciones de los sacrificios célticos, pero independientemente el uno del otro y de César, pues cada uno de los tres relatos derivados contiene algunos detalles que no se encuentran en ninguno de los otros dos. Reviniéndolos, podemos restaurar el relato original de Posidonios con alguna probabilidad, obteniendo así un cua­dro de los sacrificios ofrecidos por los celtas de Galia a finales del si­glo II a. c. En lo que sigue, creemos encontrar las líneas principales de la costumbre. Los celtas reservaban los criminales condenados con objeto de sacrificarlos a los dioses en el gran festival que tenía lugar cada cinco años. Cuantas más victimas de éstas hubiera, tanto mayor sería la fertilidad del país. Si no había bastantes criminales que inmolar, suplían la deficiencia con cautivos de guerra. Llegado el momento, las víctimas eran sacrificadas por los druidas o sacerdotes; unos eran derri­bados a flechazos, otros empalados y otros más quemados vivos del si­guiente modo. Construían imágenes colosales de cestería o de madera y yerbas, que rellenaban de hombres vivos, ganado y animales de otras clases; después prendían fuego a las imágenes, que ardían con todo su contenido viviente.

Así eran los grandes festivales de cada cinco años. Junto a estas fiestas quinquenales, celebradas en tan gran escala y al parecer con tan gran derroche de vidas humanas, creemos razonable suponer que tenían festivales anuales de igual clase, sólo que en menor escala, y que de estos festivales anuales descienden directamente por lo menos algunos de los festivales ígnicos que, con sus vestigios de sacrificios humanos, se celebran todavía año tras año en muchas partes de Europa. Las gigan­tescas imágenes construidas con mimbres o cubiertas de yerbas en las que los druidas encerraban a sus víctimas nos recuerdan el armazón de follaje en el que todavía suele introducirse el representante humano del espíritu del árbol. Por esto, viendo que se suponía que la fertilidad del país dependía de la debida ejecución de estos sacrificios, Mannhardt ve en las víctimas célticas metidas entre mimbres y hojas, los represen­tantes del espíritu arbóreo o de la vegetación.

Estos gigantes mimbrosos de los druidas creemos que tuvieron hasta hace poco tiempo, si no los tienen todavía hoy, sus representantes en los festivales solsticiales de estío de la Europa moderna. En Douai, por lo menos hasta la primera mitad del siglo xix, tenía lugar una procesión

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anual el domingo más próximo al día 7 de julio. La principal atracción de la procesión era una colosal figura de ocho a diez metros de alto, hecha de cestería y llamada "el gigante", que llevaban por las calles mer­ced a unos rodillos y a cuerdas maniobradas por hombres que iban dentro de la efigie. Esta figura estaba caracterizada de guerrero, con lanza y espada, yelmo y escudo. Tras él marchaban su mujer y sus tres hijos, construidos todos los mimbres y de modo parecido, aunque en menor escala. La procesión de los gigantes en Dunkerque tenia lugar el día del solsticio, el 24 de jumo. Este festival, que se conocía con el nom­bre de Folies de Dunkerque, atraía muchedumbre de espectadores. El gigante era una figura altísima hecha de cestería que en ocasiones tenía hasta quince metros de altura, vestida con un largo manto azul con galones dorados, que le llegaba hasta los pies y que ocultaba una docena o más de hombres que le hacían bailar y saludar con la cabeza a los espectadores. Esta efigie colosal llevaba el nombre de Papá Reuss1 y llevaba en su bolsillo un desmesurado infante de proporciones "brob-dingnagianas".2 Detrás venía la hija del gigante, construida, como su padre, de mimbres, y poco o nada inferior en tamaño. La mayoría de los pueblos y aldeas de Brabante y Mandes tienen o han tenido gigan­tes de cestería parecidos, que eran paseados para delicia del populacho, que amaba estas figuras grotescas, hablaba de ellas con entusiasmo patriótico y nunca se cansaba de contemplarlas. En Amberes el gigante era tan enorme que no había puerta en la ciudad lo bastante alta para darle paso y por eso no podía visitar a sus hermanos gigantes de los pue­blos vecinos, como hacían otros gigantes belgas en ocasiones solemnes. También creemos que en Inglaterra los gigantes artificiales han sido un rasgo permanente del festival del solsticio de verano. Un escritor del siglo xvi refiere que "en las procesiones solsticiales de verano en Lon­dres, lo que hace maravillarse a la gente es cuando salen los inmensos y disformes gigantes marchando como si estuviesen vivos y armados de punta en blanco, pero rellenos por dentro de papel de estraza y estopa, hasta que los muchachos traviesos escudriñan por debajo y descubren la superchería, convirtiéndose entonces en la mayor irrisión". En Chester, la procesión anual de la víspera del solsticio estival comprendía las efi­gies de cuatro gigantes, con animales, caballos de cartón y otras figuras. En Coventry parece ser que la mujer del gigante figuraba junto a él. En Burford, en el Oxfordshire, se acostumbraba a celebrar con gran algazara la víspera del solsticio de estío llevando de acá para allá por la ciudad a un gigante y un dragón. El único superviviente de estos gigan­tes ingleses deambulantes alcanzó en Salisbury al año 1844, en que un anticuario lo encontró desmoronándose y apolillado en el abando-

1 El autor dice en su obra de doce tomos: "Podemos conjeturar que el flamenco
Reuze así como el Reuss de Dunkerque son solamente otras formas del alemán Refse
(esto es, gigante)".

2 Conservamos la adjetivación del autor, con sufijo castellano; se refiere al País
de los Gigantes (Brobdingnag), de los conocidos Viajes de Gulliver.
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