Sir james george frazer la rama dorada



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2. teoría solar de los festivales ígnicos

Al principio de esta obra vimos cómo los salvajes recurren a hechi­zos para hacer que luzca el sol y no debe extrañarnos que el hombre primitivo hiciera lo mismo en Europa. En verdad, si consideramos el clima frío y nebuloso de Europa durante una gran parte del año, en­contraremos natural que los encantamientos para el sol hayan jugado una parte mucho más prominente en las prácticas supersticiosas de los pueblos europeos que entre aquellos salvajes que viven próximos al ecua­dor y que por consiguiente en el curso de la naturaleza, pueden tener más luz solar de la que quisieran. Esta idea de los festivales puede de­fenderse con argumentos varios deducidos en parte de las fechas, en parte de la naturaleza de los ritos y en parte también de la supuesta influencia de los festivales sobre el clima y la vegetación.

En primer lugar, respecto a las fechas de los festivales, no puede ser simple accidente que las dos fiestas más importantes y más extensa­mente difundidas coincidan más o menos con los solsticios estival e in­vernal, es decir, con los dos puntos críticos en el curso aparente del sol

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cuando alcanza respectivamente la mayor y menor altura a mediodía. Claro está que con respecto a la celebración solsticial de Navidad no hay lugar a dudas; sabemos por el testimonio expreso de los antiguos que fue instituida por la Iglesia para reemplazar un viejo festival pagano del nacimiento del sol, del cual parecía creerse que renacía en el día más corto del año, tras de su luz y su calor se veían crecer hasta obtener su plena madurez en el solsticio de verano. Por esto no es hipótesis muy arriesgada suponer que el leño pascual, que figura tan prominentemente en la celebración popular de la Pascua de Navidad, tenía originalmente por objeto ayudar al parturiente) sol de invierno a reencender la que creían luz expirante.

No sólo la fecha de algunos festivales, sino también la manera de ce­lebrarlos sugiere una imitación consciente del sol. La costumbre de echar a rodar una rueda ardiendo cuesta abajo, que con frecuencia se observa en esas ceremonias, muy bien puede pasar como una imitación de la ca­rrera del sol en el ciclo y la imitación sería especialmente apropiada en el día solsticial de verano, cuando el sol principia su declinación anual, y así ha sido interpretada por algunos de los que la han recordado. No menos gráfica podemos decir que es la imitación de su aparente revo­lución, haciendo girar un barril de alquitrán ardiendo alrededor de un palo largo. También la práctica común de lanzar al aire durante los fes­tivales discos ardiendo, de los que se ha dicho expresamente que algunas veces tenían la forma de discos solares, muy bien puede ser una forma de magia imitativa. En éste, como en otros muchos casos, se ha su­puesto que la fuerza mágica tiene efecto por medio de la imitación o simpatía (atracción simpatética); imitando el resultado que se desea, se producirá en la realidad; copiando el progreso del sol por los ciclos se ayuda realmente a la luminaria a proseguir su jornada celeste con pun­tualidad y eficacia. El nombre "fuego del cielo", con el que en ocasio­nes es popularmente conocido el del solsticio de estío, implica con cla­ridad una conexión consciente entre la llama terrena y la celeste.



También se ha alegado el método con que en su origen parece ha­berse producido el fuego en estas ocasiones en apoyo de la idea de que se le consideraba como un sol imitado. Como han advertido algunos investigadores, es muy probable que en los festivales periódicos, en sus primeros tiempos, se obtuviese el fuego por la fricción de dos trozos de madera y así se lo procuran todavía en algunos lugares, tanto en Pascua de Resurrección como en los festivales solsticiales de verano, y expresa­mente se nos dice que así se procuraba en tiempos antiguos en la cele­bración de Beltane, lo mismo en Escocia que en Gales. Pero lo que hace casi seguro que tal fuera el procedimiento invariable de encender el fuego en estos festivales periódicos es la analogía del fuego de auxilio, que casi siempre se ha producido por la fricción de maderas y en oca­siones por la rotación de una rueda. Es una conjetura plausible la de que la rueda empleada a este propósito representa al sol, y si los fuegos en las celebraciones recurrentes y regulares fueron primero producidos

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por el mismo procedimiento, podría considerarse como una confirmación de la hipótesis de que constituían encantamientos solares. En realidad, como ha indicado Kuhn, hay pruebas que indican que el fuego del sols­ticio estival se produjo así originalmente. Ya hemos visto que muchos porqueros húngaros hacen una hoguera la víspera del solsticio de verano haciendo girar una rueda en un eje de madera envuelto en cáñamo y que después conducen sus piaras por entre el fuego producido de este modo. En Obermedlingen, en Suabia, el "fuego del cielo", como se le llamaba, lo encendían el día de San Vito (15 de junio), prendién­dolo a una rueda de carro untada de brea y cubierta de paja que suje­taban en el extremo de un palo de cuatro metros de alto y cuyo extremo se encajaba en el cubo de la rueda. Hacían este fuego en la cúspide de un monte y cuando las llamas crecían, la gente pronunciaba cierta fórmula con la mirada y los brazos elevados al ciclo. Aquí, la colocación de una rueda encendida en la punta de un palo sugiere que originalmente se producía el fuego como en el caso del "fuego de auxilio" o emergencia, por la revolución de la rueda. El día que tenía lugar la ceremonia (15 de junio) está próximo al solsticio de verano y, como hemos visto, en Masuren, en realidad es o era encendido el día solsticial haciendo girar con rapidez una rueda encajada en un palo de roble, aunque no se dice que con el fuego nuevo así obtenido encendieran una hoguera. Sin em­bargo, debemos pensar que en todos estos casos el uso de una rueda puede no ser más que un artificio mecánico para facilitar la operación de hacer el fuego por incremento de la fricción sin que por necesidad haya de tener significación simbólica.

La supuesta influencia que ejercen estos fuegos, ya sean periódicos u ocasionales, sobre el clima y la vegetación, puede citarse también en apoyo de la idea de que eran encantamientos solares, puesto que los efectos que se les atribuye recuerdan los de la luz solar. Así, la creen­cia francesa de que en un junio pluvioso el resplandor de las hogueras solsticiales hará cesar la lluvia, parece presumir que puede dispersar las nubes obscuras y conseguir que el sol luzca su radiante esplendor, se­cando la tierra húmeda y enjugando los árboles. De igual modo, el uso del fuego de auxilio por los niños suizos en los días de neblina, para aclararla, puede interpretarse con naturalidad como un hechizo solar. En las montañas de los Vosgos, la gente cree que las hogueras del solsticio de verano les ayudan a preservar los frutos de la tierra y asegurar buenas cosechas. En Suecia, el calor o el frío de la estación subsiguiente se infiere de la dirección de las llamas de la hoguera del día 1° de mayo; si flamean hacia el sur será caliente y si al norte será fría. No es dudoso que la dirección de las llamas se considere únicamente como un augurio del tiempo pero no como un modo de influir sobre él. Podemos estar casi seguros de que éste es uno de los casos en que la magia ha dege­nerado en adivinación. Así también, en las montañas Eifel, el humo que deriva hacia los campos de mieses es un augurio de que la recolección será abundante; pero la idea antigua puede haber sido no sólo el que

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las llamas y el humo pronosticasen, sino que unas y otro, en efecto, pro­dujeran una cosecha abundante, actuando el calor de las llamas sobre la mies a semejanza de la luz y el calor solar. Quizá era esto lo que se proponía la gente de la isla de Man al encender hogueras a barlo­vento de sus mieses para que el humo derivase hacia ellas. También .en África del Sur, hacia el mes de abril, los matabeles encienden grandes hogueras a barlovento de sus huertos, "con el propósito de que el humo, pasando sobre sus cosechas, las ayude a madurar". Los zulúes también "queman medicina en una hoguera colocada en la dirección del viento respecto a la huerta para que la fumigación que así reciben las plantas aumente la cosecha". Y lo mismo nuestros campesinos europeos, que creen que el grano crecerá tanto mejor cuanto más visibles sean los res­plandores de la hoguera, lo que puede interpretarse como una supervi­vencia de la creencia en el poder acelerado y fertilizante de las hogue­ras. Puede argüirse que la misma creencia reaparece en la idea de que los tizones cogidos de las hogueras y clavados en los campos promoverán el crecimiento de los sembrados y creerse que tal puede ser el funda­mento de las costumbre de sembrar el lino en la dirección que las llamas toman, de mezclar las cenizas de la fogata con las simientes al sembrar, de esparcir las cenizas por los campos para fertilizarlos y de incorporar al arado un trozo de leño pascual para que la simiente prospere. La opinión de que el lino o el cáñamo crecerá tan alto como haya sido la altura de las llamas o la altura a que la gente salte sobre ellas, perte­nece claramente a la misma clase de ideas. También en Konz, a orillas del Mosela, si la rueda ardiendo que era conducida cuesta abajo llegaba al río sin apagarse, la cosa se consideraba como un indicio de que la vendimia sería abundante. Tan firmemente creían esto que el éxito en la ejecución de la ceremonia daba derecho a los aldeanos a imponer una contribución a los propietarios de los viñedos de las cercanías. Aquí se podría considerar que la rueda no apagada representaba al sol claro y sin nubes, lo que a su vez presagiaba una abundante vendimia; es po­sible que la carga de vino blanco de la carreta que los aldeanos recibían de los cosecheros de los contornos fuese como la retribución de la sola­nera que habían conseguido para las uvas. De modo semejante, en el valle de Glamorgan acostumbraban a rodar cuesta abajo una rueda ar­diendo el día del solsticio de estío; si se apagaba antes de llegar al pie de la colina la gente esperaría una mala cosecha, mientras que si se man­tenía encendida no sólo en toda la cuesta, sino durante más tiempo aún, los labradores preveían magníficas cosechas en aquel verano. También es natural suponer en este caso que la mente rústica establecía una conexión directa entre el fuego de la rueda y el del sol, del que dependen las cosechas.

En la credibilidad popular, la influencia aceleradora y fertilizante de las hogueras no se limita al mundo vegetal; se extiende también a los animales. Aparece esto plenamente corroborado por la costumbre irlandesa de conducir por entre las llamas de las hogueras del solsticio

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de estío al ganado estéril; por la creencia francesa de dejar en los abre­vaderos trozos de leño pascual porque ayuda a concebir a las vacas; por la idea francesa y serbia que se tendrán tantos pollos, terneras, corderos y chivos como chispas salgan al golpear el leño pascual; por la costumbre francesa de colocar ceniza de las hogueras en los nidales de las gallinas para que éstas pongan huevos, y por la práctica alemana de mezclar las cenizas de las hogueras en la bebida del ganado para que medre. Ade­más hay señales evidentes de que inclusive a la fecundidad humana se le supone promovida por el calor cordial de los fuegos. En Marruecos, la gente cree que los matrimonios sin hijos pueden obtenerlos si la pa­reja salta sobre las hogueras del solsticio estival. Es también una creen­cia irlandesa que la muchacha que salte tres veces la hoguera solsticial se casara pronto y será madre de muchos hijos; en Flandes, las mujeres sal­tan sobre el fuego solsticial para tener un parto fácil. En varias partes de Francia se cree que una moza que baile alrededor de nueve hogueras tiene casorio seguro dentro del año, y en Bohemia creen que ocurrirá lo mismo sólo con que ella mire nueve hogueras del solsticio de verano. Por otro lado, en Lechrain dice la gente que si un hombre y una mujer jóvenes saltan juntos un fuego solsticial y escapan sin chamuscarse, la mujer no será madre en doce meses, pues las llamas no la han tocado y fertilizado. En algunos lugares de Suiza y Francia el encendido del leño de Pascua de Navidad va acompañado de una oración para que las mujeres tengan hijos, las cabras chivos y las ovejas corderos. La regla, observada en algunas localidades, de que las hogueras deben ser encen­didas por la última persona que se casó, creemos que corresponde a la misma clase de ideas, ya se suponga que dicha persona recibe del fuego una influencia generativa y fertilizante o que ella la comunica al fuego. La práctica común de los amantes de saltar cogidos de la mano sobre los fuegos, muy bien pudo originarse en la idea de que haciéndolo así su matrimonio será bendecido con descendencia; igual motivo puede expli­car la costumbre que obliga a las parejas casadas en el año a bailar a la luz de las antorchas. Y las mismas escenas de libertinaje que al parecer señalaron la celebración estival entre los estonianos y la del día-mayo entre nosotros, pueden haber surgido, no de la mera licencia de los fes­tejantes, sino de la idea tosca de que estas orgías están justificadas, e incluso son requeridas por algún lazo misterioso que liga la vida de los hombres a los movimientos celestes en los puntos críticos del año.

En los festivales que nos ocupan, la costumbre de encender hogue­ras está comúnmente asociada a la costumbre de portear antorchas en­cendidas a través de campos, huertos, pastizales, rebaños y ganados; difí­cilmente podemos dudar de que estas costumbres no son más que dos métodos diferentes de conseguir los mismos propósitos, principalmente los beneficios que se creen fluir del fuego, sea éste fijo o móvil. Por con­siguiente, si aceptamos la teoría solar en cuanto a las hogueras, nos cree­mos obligados a aplicarla también a las antorchas; debemos suponer que la práctica de andar o correr con hachas encendidas por el campo es

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sencillamente un medio de difundir a lo largo y a lo ancho la influencia cordial de la luz solar, de la cual estas llamas fluctuantes son una débil imitación. En favor de este punto de vista puede decirse que algunas veces las antorchas se llevan por los campos con la expresa finalidad de fertilizarlos y con la misma intención se colocan algunas veces tizones encendidos de las hogueras en las tierras para prevenir el añublo.1 La víspera del día doceno, hombres, mujeres y niños corren en Nonnandía desatinadamente por las tierras de labor y los huertos con antorchas en­cendidas que blanden por entre las llamas y golpean contra los troncos de los frutales, con el propósito de quemar los líquenes y ahuyentar los topos y ratones campesinos. "Creen que la ceremonia cumple el doble objeto de exorcizar a las sabandijas, cuya multiplicación sería una verda­dera calamidad, y conferir fecundidad a los árboles, a los campos y hasta al ganado", e imaginan que cuanto más se prolongue la ceremonia, ma­yor será la cosecha de frutos en el próximo otoño. En Bohemia dicen que el grano crecerá tan alto cuanto suban por el aire los escobones ar­diendo. No están estas ideas confinadas a Europa. En Corea, algunos días antes del festival de Año Nuevo, los eunucos de palacio lanzan al aire antorchas encendidas al tiempo que cantan invocaciones, lo que su­ponen que asegura óptimas cosechas para la próxima recolección. La cos­tumbre de rodar por los campos una rueda ardiendo, tal como se solía hacer en Poitou, con el expreso propósito de fertilizarlos, puede creerse que encarna la misma idea en una forma todavía más gráfica, puesto que, siguiendo esta línea de pensamiento, es el mismo sol imitado el que pasa de hecho por el terreno, que así recibe su influencia aceleradora y be­neficiosa. Una vez más, la costumbre de portear ramas encendidas alre­dedor del aprisco del ganado es manifiestamente equivalente a hacer pasar al ganado por la hoguera, y si ésta es un encantamiento solar, las antor­chas también deben serlo.

3. teoría purificatoria de los festivales ígnicos

Hasta aquí hemos considerado lo que puede aducirse respecto a la teoría de que en los festivales ígnicos europeos se enciende la hoguera como un encantamiento para asegurar un abundante abastecimiento de rayos solares para hombres y animales, para mieses y frutas. Nos queda considerar qué puede decirse contra esta teoría y en favor de la hipótesis de que estos ritos no se empleaban como agente creador, sino como agente detersivo que purifica a hombres, animales y plantas, quemando

1 El añublo es un liquen ( hongo y alga) que ennegrece, atizona las cañas y es­pigas. Liquen en griego es leichen o leixen, que en otra acepción es flamear, pasar las llamas (leicheoo, quemado) y en otra lamer (las llamas que lamen al flamear). En inglés la palabra para este liquen es blight (b más light, luz). Luz o fuego que con sus llamas lame y atizona podría ser el concepto entero sobre este tizón o añublo. ¿Acaso el tizón de la hoguera tiene profilaxia homeopática por el principio similia simi-libus curantur?

728 INTERPRETACIÓN DE LOS FESTIVALES ÍGNICOS

y consumiendo los elementos nocivos, ya sean materiales o espirituales, que amenazan todo lo viviente con enfermedades y muerte.

Tenemos, pues, que observar primeramente que las gentes que prac­tican las costumbres ígnicas no parecen alegar nunca la teoría solar como explicación de ellas, mientras que, por el contrario, lo hacen frecuente y enfáticamente con la teoría purificadera. Esto es un fuerte argumento en contra de la teoría solar y en favor de la purificación, pues la expli­cación popular de una costumbre popular nunca debe rechazarse sin gra­ves razones; y en el caso presente no creemos que haya causa alguna ade­cuada para rechazarla. El concepto del fuego como agente destructivo que puede utilizarse para la destrucción de las cosas malas es tan sencillo y evidente que difícilmente puede escapar a la inteligencia ni aun del campesino más rudo, entre el que estos festivales tuvieron su origen. Por otro lado, la idea del fuego como emanación del sol, o, en todo caso, ligado a él por un lazo de simpatía física es mucho menos sencilla y evidente, y aunque el uso del fuego como hechizo para tener sol parece innegable, nunca debemos intentar explicar costumbres populares recu­rriendo a una idea tan recóndita, si tenemos a la mano otra más sencilla y que además está apoyada por el testimonio explícito de las mismas gentes. Ahora bien, en el caso de los festivales ígnicos, la gente insiste una y otra vez en el aspecto destructivo del fuego y es muy significativo que el gran mal contra el que dirigen el fuego parece ser la hechicería. Una y otra vez se nos dice que las hogueras se hacen para quemar o ahuyentar las brujas, intención que es gráficamente expresada algunas veces con la quema de una efigie de bruja en la hoguera. Por esto, cuando recordamos la gran preocupación que el miedo a la hechicería ha producido en la mente popular europea de todas las épocas, sospe­chamos que la intención primaria de todos estos festivales del fuego era simplemente destruir o por lo menos librarse de las brujas, consideradas como las causas de casi todas las desgracias y calamidades que recaían sobre los hombres, sus ganados y sus cosechas.

Esta sospecha se confirma cuando examinamos los males que por medio de las hogueras y antorchas se suponía remediar. Quizá podemos reconocer como el primero de esos males las enfermedades del ganado, y de todos los males que se cree causan las brujas ninguno es afirmado con tanta insistencia como el daño que producen en los ganados, sobre todo robando la leche de las vacas. Es muy significativo que el fuego de auxilio, al que podemos considerar como el generador de los festiva­les periódicos del fuego, se encienda sobre todo como una panacea para las enfermedades del ganado, en especial la morriña o comalia; esta circunstancia sugiere lo que creemos posible en un sentido general, y es que la costumbre de encender fuegos de auxilio o emergencia se remonta a una época en la que los antepasados de los pueblos europeos subsistían principalmente de los productos de sus rebaños y la agricultura jugaba aún un papel subordinado en su modo de vivir. Brujas y lobos son los dos grandes enemigos que todavía temen los pastores en muchas partes

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de Europa, y no debe sorprendernos que recurran al fuego como medio poderoso de alejar a ambos. Entre los pueblos eslavos parece que los enemigos contra quienes imaginan, combatir con el fuego de auxilio no son tanto las brujas vivientes como los vampiros y otros espíritus diabó­licos, y la ceremonia tiende más a rechazar a estos seres funestos que a consumirlos verdaderamente entre las llamas; mas para nuestro propó­sito actual, estas distinciones carecen de importancia. Lo que sí nos inte­resa observar es que entre los pueblos eslavos el fuego de auxilio, que probablemente es el origen de todos los fuegos ceremoniales que esta­mos considerando, no es un hechizo solar sino clara e inequívocamente nada más que un medio de proteger a hombres y bestias contra los ata­ques de los seres maléficos que los campesinos creen quemar o ahuyen­tar por el calor del fuego, de la misma manera que queman o ahuyentan a los animales salvajes.
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