Sir james george frazer la rama dorada



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Hacia mediados del siglo pasado, el viejo rito del leño de Pascua fue sostenido en algunas partes de Alemania central. Así en los valles del Sieg y Lahn, el trashoguero leño de Pascua era una pesada toza de roble que se encajaba en el fondo del hogar donde, aunque carbonizán­dose lentamente bajo el fuego, difícilmente se reducía a cenizas en todo el año. Cuando se colocaba el nuevo trashoguero del año, los restos del anterior se pulverizaban y después se desparramaban por los cam­pos durante las doce noches,1 con lo que creían promover el crecimiento de la mies. En algunas aldeas de Westfalia la práctica era sacar del

1 Corresponden al docenario de días desde Navidad a Epifanía o Reyes Magos.

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fuego al leño de Pascua (Christbrand) en cuanto estaba ligeramente carbonizado y tenerlo bien guardado para volver a colocarlo en el fuego siempre que hubiera tormentas con rayos, pues el pueblo creía que los rayos no fulgurarían la casa en cuyo hogar estuviera carbonizándose un leño de Pascua. En otros lugares de Westfalia la costumbre era envolver el leño de Pascua en el último haz segado en la recolección.

En varias provincias de Francia y particularmente en Provenza, la costumbre del leño de Pascua o tréfoir, como la llamaron en muchos lugares, fue observada durante mucho tiempo. Un escritor francés del siglo xvii denuncia como supersticiosa "la creencia de que un leño tréfoir o tizón de Navidad, que se ponga en el fuego la primera vez la víspe­ra de Navidad y continúe poniéndose en el fuego un rato cada día hasta la noche duodécima, pueda, si se guarda bajo la cama, proteger la casa del incendio y del rayo durante un año entero; de que pueda evitar a los moradores tener sabañones en los talones durante el invierno; de que pueda curar al ganado de muchas enfermedades; de que, si se deja un trozo de ese leño en el bebedero de las vacas, las ayudará a tener ter­neras, y por último de que, si las cenizas del leño son desparramadas por las tierras de labor, salvarán al trigo del añublo".

En algunas comarcas de Flandes y Francia se guardaban corriente­mente los restos del leño de Pascua bajo un lecho como protección contra el rayo y el trueno; en Berry, cuando oían tronar, un miembro de la familia tomaba un astilla del leño y la arrojaba al fuego, con lo que creían evitar el rayo. También en Perigord, la carbonilla y las cenizas se recogen con sumo cuidado y se guardan para curar las glán­dulas hinchadas;1 la parte del tronco que no se ha carbonizado en el fuego la usa el labrador para hacer con ella la cuña de su arado, pues alegan que esto es causa de que la simiente dé más rendimiento, y las mujeres guardan trozos de él hasta la noche duodécima, para la seguridad de sus pollitos. Algunos creen que tendrán tantos pollitos cuantas chis­pas salten de los tizones del leño cuando se le remueve. Otros colocan los tizones apagados debajo de la cama para ahuyentar los bichos. En varias partes de Francia creen que el leño trashoguero les resguarda la casa contra las hechicerías y los rayos.

En Inglaterra, las costumbres y creencias concernientes al leño de Pascua de Navidad fueron semejantes. En la noche de la víspera de Navidad (Noche Buena), dice el folklorista John Brand, "nuestros ante­pasados solían encender cirios de un tamaño inusitado llamados Cirios de Pascua (Cirio Pascual) y ponían en el fuego una toza de madera, llamada leño de Pascua o de Navidad, para iluminar la casa y, como quien dice, hacer de la noche día". La costumbre vieja era encender el leño de Pascua con un fragmento de su predecesor, que se guardaba para esta ocasión durante todo el año; donde así se guardaba, el demonio no podía hacer daño. Los restos del leño preservaban la casa del incen­dio y de los rayos.

1 ¿Paperas, parótidas (parotiditis epidémica)?

FUEGO DE AUXILIO 717

Hoy día el ritual de la traída a casa del leño de Pascua se cumple con mucha solemnidad entre los eslavos meridionales, especialmente los serbios. El leño suele ser un enorme bloque de roble, pero algunas veces es de olivo o de haya. Al parecer creen que tendrán tantas terneras, corderos, cerdos y cabritos cuantas chispas salgan al golpear el leño ardiendo. Algunas gentes llevan a los campos un astillen del leño para protegerlos contra el granizo. En Albania hasta hace poco era costumbre corriente quemar un leño pascual en Navidad y esparcir sus cenizas en los campos para hacerlos fértiles. Los huzules, pueblo eslavo de los Cár­patos, encienden el fuego por fricción de madera en la víspera de Navi­dad (cómputo antiguo, el 5 de enero) y lo mantienen ardiendo hasta la noche duodécima.

Es verdaderamente notable cuán corriente parece haber sido la creencia de que si se guardan los restos del leño de Pascua durante todo el año, tendrán poder para proteger la casa contra incendios y especial­mente contra las fulguraciones. Como el leño trashoguero con frecuencia era de roble, creemos posible que esta creencia sea una reliquia del viejo credo ario que asociaba al roble con el dios del trueno. Que las virtudes curativas y fertilizantes atribuidas a las cenizas del leño de Pascua, del que se cree que sana tanto al ganado como a las personas, que habilita a las vacas para tener terneros y que promueve la fertilidad de la tierra, puedan derivarse o no de la misma fuente antigua, es una cuestión que merece considerarse.

8. El. FUEGO DE AUXILIO



Los festivales ígnicos tratados hasta aquí se celebran todos periódica­mente en ciertas fechas fijas del año. Mas junto a esas celebraciones recurrentes y periódicas, los campesinos de muchas partes de Europa han sólido recurrir desde tiempo inmemorial a un ritual de fuego a inter­valos irregulares, en épocas de angustias y calamidades, sobre todo cuando sus rebaños eran atacados por enfermedades epidémicas. Ninguna rela­ción de los populares festivales ígnicos de Europa seria completa si no se mencionasen estos ritos tan curiosos, que llaman grandemente nues­tra atención a causa de poder ser considerados quizá como fuente y origen de todos los otros festivales de fuego; seguramente pueden fecharse en una antigüedad muy remota. El nombre general por el que son conocidos entre los pueblos teutónicos es el de "fuego de auxilio", de necesidad o emergencia. Algunas veces este fuego se conocía como "fuego salvaje", sin duda para distinguirlo del "fuego doméstico", producido por los medios ordinarios. Entre los pueblos eslavos se le conoce como "fuego vivo".

La historia de la costumbre puede seguirse desde la Edad Media, cuando fue denunciada por la Iglesia como una superstición pagana, hasta mediados del siglo xix, en que todavía se practicaba ocasional­mente en varias partes de Alemania, Inglaterra, Escocia e Irlanda. Entre

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los pueblos eslavos parece haberse prolongado más aún. La ocasión corriente para verificar el rito era la aparición de una epidemia o enfer­medad del ganado, para lo que el "fuego de auxilio" se creía remedio infalible. Entre los animales sometidos a este remedio se incluían vacas cerdos, caballos y en ocasiones los ánsares. Como un preliminar necesario para encender el fuego de emergencia, tenían que apagarse todos los demás fuegos y luces de los contornos, de tal manera que ni una simple chispa quedase encendida, pues dejando aunque fuese sólo una candileja o mariposa encendida en la casa, el fuego de auxilio no podría encenderse. Algunas veces se consideraba suficiente apagar todos los fuegos del pueblo, pero en otras se extendía el apagón a las aldeas de los alrededores y hasta a una parroquia entera. En algunos lugares de las serranías escocesas la regla era que todos los propietarios que habitasen en tierras li­mitadas entre dos ríos cercanos deberían apagar todas sus luces y fuegos el día señalado. Usualmente se hacía el fuego de auxilio al aire libre, aunque en algunos sitios de Serbia se encendía en una habitación a obscuras; otras veces el lugar elegido era una encrucijada o un decli­ve del camino. En las sierras de Escocia el lugar apropiado para ejecutar el rito debió ser alguna loma o isleta de un rio.

El método usual de producir el fuego de auxilio o emergencia era por fricción de dos piezas de madera; no podía hacerse golpeando acero con pedernal, aunque muy excepcionalmente leemos de los eslavos del sur que entre algunos de ellos se encendía un fuego de auxilio golpeando un pedazo de hierro sobre un yunque. Cuando se especifica la clase de madera empleada, generalmente se dice que es de roble; pero en el Bajo Rin encendían este fuego de necesidad por fricción de madera de roble o de abeto. Oímos que en los países eslavos se ha usado para este propósito álamo, peral y cornejo. Con frecuencia se describe el material como nueve pedazos de maderas distintas, aunque mejor quizás para quemar en la hoguera que para frotarlas juntas en la producción del fuego de auxilio. El método particular de encender este fuego variaba en los diferentes territorios. Uno muy común era éste: clavaban dos estacas en el suelo separadas como medio metro la una de la otra. Las es­tacas tenían en los lados afrontados una cavidad que servía de encaje a otro palo travesaño alisado de extremos giratorios dentro de los encajes, que estaban rellenos de lino, con lo que quedaban las dos puntas del travesaño estrechamente ajustadas dentro de las cavidades. Para hacer más fácil la combustión del travesaño giratorio era frecuente darle una mano de brea. Después, le enrollaban una cuerda cuyos términos, por ambos lados, asían dos o más personas, que tirando alternativamente de ellos comunicaban al travesaño un movimiento giratorio rápido en ambas direcciones, hasta que por la fricción ardía el lino de las puntas del travesaño encajadas en las cavidades. Recogían las chispas en estopa o yesca que avivaban agitándola circularmente hasta que formaba llama con la que prendían paja; esta paja ardiendo era la que servía para encender el combustible acumulado en la hoguera. Con frecuencia for-

FUEGO DE AUXILIO 719

maba parte del mecanismo una rueda de carro y aun de rueca; en Aberdeenshire se llamaba la muckle wheel (la rueda grande de una rueca); en la isla de Mull daban vueltas a la rueda en dirección Este-Oeste sobre nueve ejes de madera de roble. Otras veces se dice solamente que frotaban dos planchas de madera y otras se prescribía que la rueda de carro usada para hacer el fuego y el eje sobre la que daba vueltas tenían que ser nuevos. Igualmente se decía que la cuerda que hacía dar vueltas al travesaño giratorio debía ser nueva y de ser posible trenzada con ramales tomados de cuerda de ahorcado; pero esto era un consejo de refinamiento más bien que una necesidad estricta.

También se prescribía en varias reglas la clase de personas que podían o debían hacer el fuego de auxilio o necesidad. Unas veces se decía que las dos personas que debían tirar de la cuerda enrollada al palo giratorio teman que ser hermanos o por lo menos tocayos; otras, se consideraba suficiente que ambos fueran mancebos castos. En algu­nas aldeas de Brunswick las gentes creían que sería vano el trabajo de todos los que echasen una mano para encender el fuego de auxilio y no llevasen el mismo nombre personal cristiano. En Silesia, el árbol usado para el fuego de auxilio o de necesidad tenía que ser talado por her­manos gemelos. En las islas occidentales de Escocia encendían este fuego ochenta y un hombres casados, que frotaban dos grandes maderos por turnos de nueve hombres. En Uist del Norte, los que hacían el fuego de emergencia eran nueve veces nueve hijos primogénitos, pero no sabe­mos si habrían de ser casados o solteros. Entre los serbios, el fuego de auxilio es encendido en ocasiones por un muchacho y una muchacha, de entre once y catorce años de edad, y tal trabajo deben hacerlo com­pletamente desnudos y en una habitación a obscuras; otras veces lo encienden, también en la obscuridad, un viejo y una vieja. También en Bulgaria se quitan las ropas los que lo encienden. En Caithness (Esco­cia) se despojaban de toda clase de metales; si después de estar largo tiempo frotando la madera no sacaban chispa, lo atribuían a que algún fuego estaría ardiendo todavía en la aldea y, en consecuencia, hacían un registro minucioso de casa en casa para apagarlo si lo encontraban y castigar o reconvenir al convecino negligente; también podían impo­nerle una fuerte multa.

Cuando por fin conseguían encender el fuego de auxilio, prendían con él la hoguera, y en cuanto las llamas comenzaban a extinguirse, ha­cían pasar por las ascuas a los animales enfermos, en ocasiones con cierto orden de precedencia; primero los marranos, después las vacas y los últi­mos de todos, los caballos. Otras veces los hacían pasar y repasar hasta tres veces por entre el humo y las llamas, de tal manera que, por acci­dente, alguno de los animales podía recibir mortales quemaduras. Des­pués de pasar todos los animales, la chiquillería se arrojaba desatinada­mente sobre las cenizas y el rescoldo para encenizarse y tiznarse unos a otros; los que resultaban más tiznados marchaban triunfalmente tras del ganado a la aldea y no se lavaban en mucho tiempo. De la hoguera lle-

720 INTERPRETACIÓN DE LOS FESTIVALES ÍGNICOS

vaban ascuas las gentes a sus casas para volver a encender sus hogares Después apagaban estos tizones en agua y los ponían en las pesebreras del ganado, donde los dejaban por algún tiempo. También recogían las cenizas del fuego de auxilio, que esparcían por las tierras de labranza para proteger los sembrados de sabandijas; otras veces las llevaban a casa para emplearlas como remedio en las enfermedades, espolvoreando la parte dañada o mezclándolas con agua como bebida para el paciente. En las islas occidentales de Escocia y en el continente próximo, en cuanto se volvía a encender el fuego del hogar con el de auxilio ponían un puchero lleno de agua y con esta agua así calentada se asperjaba a las personas infectadas con la plaga o sobre el ganado atacado por la mo­rriña. Atribuían virtud especial al humo de la hoguera. En Suecia, los árboles frutales y las redes se fumigaban con el humo, para que dieran mucha fruta y cogieran muchos peces. En las serranías escocesas, el fuego de auxilio se consideraba remedio soberano contra las hechice­rías. En la isla de Mull, cuando prendían este fuego de auxilio como cura para la morriña, sabemos que el rito iba acompañado del sacrificio de una vaquilla enferma, que despedazaban y quemaban después. Los campesinos eslavos y búlgaros conciben la plaga del ganado como un he­diondo demonio o vampiro al que se puede mantener a raya interpo­niendo una barrera de fuego entre él y los rebaños. Quizá una idea semejante fue en todas partes el origen del uso del fuego de auxilio como remedio contra la morriña. Parece que en algunas partes de Alemania las gentes no esperaban que se desatase una epidemia en el ganado y se adelantaban a tal posibilidad encendiendo anualmente un fuego de au­xilio para prevenir la calamidad. De igual modo se dice que en Polonia los campesinos encienden hogueras en las calles de los pueblos todos los años el día de San Roque y hacen pasar por ellas a los animales tres veces para protegerlos contra la morriña. Hemos visto que en las islas Hébridas llevaban los ganados todos los años a dar vueltas alrededor de los fuegos de Beltane con el mismo propósito. En algunos cantones de Suiza, todavía la chiquillería enciende un fuego de auxilio frotando maderas para dispersar la neblina.

CAPITULO LXIII



INTERPRETACIÓN DE LOS FESTIVALES ÍGNICOS 1. sobre los festivales ígnicos en general

El anterior examen de los festivales ígnicos populares en Europa su­giere algunas observaciones generales. En primer lugar, difícilmente po­demos librarnos de la extrañeza ante la semejanza que tienen las cere­monias unas con otras, cualquiera que sea la época del año y el lugar de Europa donde se celebren. La costumbre de encender grandes ho-

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gueras, saltar sobre ellas y hacer pasar los rebaños y ganados por encima o dando vueltas a su alrededor, creemos que se ha practicado casi uni-versalmente en Europa y lo mismo podemos decir de las procesiones o carreras con antorchas encendidas a través de sembradíos, huertas, pasti­zales o establos. Menos extendidas están las costumbres de lanzar al aire discos incendiados y de echar a rodar cuesta abajo una rueda ardiendo. El ceremonial del leño de Pascua se distingue de los otros festivales ígni-cos por verificarse caseramente y en privado, lo que le caracteriza; pero esta distinción bien puede deberse simplemente a las inclemencias del tiempo en pleno invierno, que se presta no sólo a hacer desagradable una reunión pública al aire libre, sino también a destruir el objeto de la reunión extinguiendo la hoguera, absolutamente necesaria, bajo un turbión de lluvia o una nevada. Aparte de esas diferencias de sitio o de estación, el parecido general de los festivales ígnicos en todas las épocas del año y en todos los lugares es estrecho. Y como todas las ce­remonias se parecen entre sí, también se parecen los beneficios que la gente espera conseguir de ellas, ya sea aplicado bajo la forma de hogue­ras ardiendo en determinados puntos, de antorchas llevadas de un lado a otro o de ascuas y cenizas tomadas del humeante montón de combusti­ble, se cree que el fuego promueve el crecimiento de las mieses y el bienestar de los hombres y los animales, ya estimulándolos positiva­mente, ya evitándoles los peligros y calamidades que temen, como el trueno y los rayos, el incendio, la cizaña y el añublo, las sabandijas, la esterilidad, las enfermedades y, no menos que todo, las brujerías.

Naturalmente se nos ocurre preguntar: ¿Cómo puede suponerse que todos esos beneficios tan grandes y variados se consigan por medios tan sencillos? ¿Por qué mecanismo imagina la gente que puede procurarse tantas cosas buenas o evitar tantas otras malas, mediante fuego y humo, ascuas y cenizas? Los modernos investigadores han dado dos explicacio­nes diferentes de las fiestas de fuego. Por un lado se ha mantenido que son hechizos solares o ceremonias mágicas, fundados en la ley de la ma­gia imitativa, cuyo objeto es asegurar la provisión indispensable de luz solar para los hombres, animales y plantas, encendiendo fuegos que imi­ten en la tierra al gran manantial de luz y calor en el cielo. Ésta era la especulación de Wilhelm Mannhardt y que puede denominarse teoría solar. De otro lado se ha mantenido que los fuegos ceremoniales no se refieren necesariamente al sol, sino que su finalidad es simplemente puri­ficatoria, estando enderezados a quemar y destruir todas las influen­cias dañinas, ya concebidas en forma individualizada como brujas, de­monios o monstruos, ya en forma imprecisa, a modo de impregnación inficionante o corruptora del aire. Tal es la idea del Dr. Eduardo Wester-marck y al parecer del profesor Eugenio Mogk, y podemos denominarla teoría purificatoria. Es evidente que estas teorías proponen dos concep­ciones muy distintas del fuego, que juega la parte principal de estos ritos. En una teoría, el fuego, como la luz solar en nuestras latitudes, es un confortante poder creador que nutre el desarrollo de las plantas

722: INTERPRETACION DE LOS FESTIVALES ÍGNICOS

y el desenvolvimiento de todo lo que sirve para la salud y felicidad; y en la otra teoría, el fuego es poder destructivo y voraz que abrasa y con­sume todos los elementos nocivos, materiales o espirituales, que amena­zan la vida de los hombres, animales y plantas. Según una de las teorías el fuego es un estimulante y de acuerdo con la otra, es un desinfec­tante; en la una tiene una virtud positiva y en la otra negativa.

Aunque las dos explicaciones difieren en el carácter que atribuyen al fuego, quizá no son irreconciliables del todo. Si suponemos que los fuegos que se encendían en estos festivales se proponían originalmente imitar la luz y el calor solar, ¿no podremos considerar las cualidades pu­rificantes y desinfectantes que la opinión popular parece adscribirles como atributos derivados directamente de las cualidades purificantes y desin­fectantes del sol? Siguiendo este camino, podemos deducir que mientras la imitación de los rayos solares en estas ceremonias fue primaria y ori­ginal, la purificación atribuida fue secundaria y derivada. Esta conclusión, que ocupa una posición intermedia entre las dos teorías en oposición y que reconoce en ambas algún elemento de verdad, fue adoptada por nos­otros en las primeras ediciones de esta obra; pero mientras tanto, el Dr. Westermarck arguye tan poderosamente a favor de la teoría purificadora sola que nos encontramos obligados a decir que su argumentación tiene gran peso y que una revisión completa de los hechos inclina decidida­mente a su favor el peso de las pruebas. Sin embargo, el caso no es tan claro como para justificar un abandono de la teoría solar sin más exa­men, y en consecuencia nos proponemos aducir las consideraciones que la apoyan antes de proceder a ocuparnos de las que le contradicen. Una teoría sostenida por tan sabio y sagaz investigador como W. Mann-hardt tiene derecho a ser respetuosamente acogida.
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