Sir james george frazer la rama dorada



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La costumbre de encender hogueras en el solsticio de verano ha sido observada en muchas partes de Inglaterra y como es usual, la gente bailaba alrededor del fuego y saltaba sobre él. En Gales se considera-

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ban necesarias para hacer la hoguera, que por lo general se formaba en terreno elevado, tres o nueve clases distintas de madera y se guardaban cuidadosamente gavillas de leña carbonizada del último solsticio de ve­rano. En el valle de Glamorgan envolvían en paja una rueda de carro, la encendían y la echaban a rodar colina abajo. Si se mantenía ardiendo mientras rodaba y después daba llamas mucho tiempo, era indicio de una cosecha excelente. La víspera del solsticio estival, la gente de la Isla de Man encendía hogueras a favor del viento en cada campo, de modo que el humo pasase por encima de la mies y metían los reba­ños en apriscos a los que daban varias vueltas llevando aliagas o ginestas ardiendo. En Irlanda, el ganado, especialmente el estéril, era conducido por entre las hogueras solsticiales y las cenizas se desparramaban en los campos para fertilizarlos o también ascuas encendidas para evitar el cor­nezuelo. En Escocia son pocos los vestigios que quedan de los fuegos solsticiales, pero en esa estación del año los vaqueros de las sierras de Perthshire acostumbraban a dar tres vueltas alrededor de los rediles en la dirección del sol, portando antorchas encendidas. Hacían esto para purificar los rebaños y ganados y que no cayeran enfermos.

La práctica de encender hogueras en la víspera del solsticio de estío y bailar o saltar sobre ellas es o era hasta hace poco corriente en toda España y en algunas partes de Italia y Sicilia. En Malta encendían gran­des fuegos en las calles y plazas de los pueblos y aldeas en la víspera de San Juan (víspera del solsticio de verano). Antiguamente el Gran Maestre de la Orden de San Juan acostumbraba a prender fuego a un montón de barriles de brea colocado frente al santo hospital. Se dice que también es todavía general en Grecia la costumbre de encender fuegos la víspera de San Juan y saltar por encima. Una razón asignada para esto es su deseo de escapar de las pulgas. Según otro relato, cuando saltan por encima del fuego, las mujeres gritan: "Dejo mis pecados detrás de mí". En Lesbos, las hogueras de la víspera de San Juan son encendidas en grupos de tres y la gente salta tres veces cada una de ellas llevando una piedra en la cabeza y diciendo: "¡Salto el fuego de la liebre; mi cabeza, una piedra!" 1 En Calymnos, el fuego solsticial se supone que asegura abundancia en el año que principia, y que salva de las pulgas. El pueblo baila alrededor de los fuegos cantando y lle­vando piedras sobre las cabezas, y después saltan las llamas o las ascuas. Cuando el fuego ha decrecido tiran las piedras en él, y cuando ya está próximo a apagarse se hacen cruces en las piernas y acto continuo van a bañarse en el mar.

La costumbre de encender fogatas el día del solsticio de verano o la víspera está muy extendida entre los pueblos mahometanos del norte de África, particularmente en Marruecos y Argelia; es corriente lo mismo entre las tribus bereberes que entre muchas de las árabes o tribus de lengua árabe. En estos países, el día del solsticio (24 de junio, cómputo

1 Recordamos al lector que en Lesbos la liebre es el espíritu del grano que huye al campo vecino, todavía sin segar.

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antiguo) se denomina l'ánsâra. Encienden fogatas en los patios, en las encrucijadas, en los campos y alguna vez en la era. Las plantas que queman dan un humo denso y un olor aromático y son muy buscadas para combustible en esas ocasiones; entre las plantas están la cañaheja el tomillo salsero, la rueda, semillas de perifollo, manzanilla, geranio y poleo. La gente procura sahumarse con ello y especialmente sahumar a los niños y dirigen el humo hacia sus huertos y mieses. También saltan las hogueras y en algunos lugares todos intentan repetir el salto siete veces. Además cogen ramas ardiendo de las hogueras y las pasean por el interior de sus casas para fumigarlas. Pasan por las hogueras objetos y traen a los enfermos para ponerles en contacto con la hoguera mientras pronuncian oraciones para su restablecimiento. También creen que las cenizas de las fogatas poseen propiedades benéficas; por eso en algunos lugares se frotan con ceniza la cabeza y el cuerpo. En otros sitios piensan que saltando sobre las hogueras se liberan de todas sus desgracias y los matrimonios sin hijos conseguirán ser fértiles. Los bereberes de la re­gión del Rif, en Marruecos del norte, hacen un gran uso de fogatas en el solsticio de estío para su propio bien, el de sus rebaños y el de sus árboles frutales. Saltan las hogueras en la creencia de que hacerlo les conservará en buena salud y encienden fuegos bajo los árboles frutales para que las frutas no se caigan antes de sazón. Creen que frotándose el pelo con una pasta hecha de las cenizas se evita la caída del cabello. En todas estas costumbres marroquíes se nos muestra que el efecto benéfico es atribuido totalmente al humo, al que suponen una cualidad mágica que remueve todas las desgracias de los hombres, animales, árboles fru­tales y mieses.

La celebración de un festival del solsticio de verano por los pueblos mahometanos es notable, particularmente a causa de que siendo el calen­dario mahometano solamente lunar y no hallándose corregido con inter­calaciones, necesariamente omite los festivales que ocupan puntos fijos en el año solar; como todas las fiestas mahometanas estrictas se hallan sujetas a la luna, van corriendo con la luminaria nocturna a través del período total de la revolución de la tierra alrededor del sol. Este hecho por sí mismo nos prueba que entre los pueblos mahometanos del África septentrional, como entre los pueblos cristianos de Europa, el festival solsticial es por completo independiente de la religión que el pueblo profesa públicamente y constituye como la reliquia de un paganismo anterior.

6. LOS FUEGOS DE LA VÍSPERA DE TODOS LOS SANTOS



De nuestro examen precedente podemos inferir que entre los antepa­sados paganos de los pueblos europeos, el festival ígnico anual más po­pular y extendido fue la gran celebración de la víspera del solsticio o la del día del solsticio estival. La coincidencia del festival con el solsticio de verano es muy difícil que sea accidental. Mejor aún, debemos suponer

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que nuestros antepasados paganos se propusieron fechar la ceremonia del fuego en la tierra coincidiendo con la llegada del sol al punto más alto de su carrera en los cielos. Si esto fuese así, se deduce que los fundadores antiguos de los ritos solsticiales habían observado los solsticios o puntos críticos del camino aparente del sol en el cielo y de acuerdo con ellos regularon su calendario festal,1 en cierto modo por consideraciones astro­nómicas.

Pero mientras esto puede darse por hecho cierto para los que pode­rnos llamar aborígenes de una gran parte del continente, parece no serlo en cuanto a los pueblos célticos que habitaron el "fin de la tierra" europea 2 y las islas y promontorios que se internan en el Océano Atlán­tico por el noroeste. Las fiestas pirofóricas más importantes de los celtas, que han sobrevivido, aunque en un área muy restringida y con pompa amenguada, hasta los tiempos modernos y aún hasta nuestros días, estaban fechadas aparentemente sin referencia alguna a la posición del sol en el ciclo. Eran dos, con un intervalo de seis meses, una en la víspera del día mayo (1° de mayo) y la otra en la víspera del "día de todo lo sagrado" (Hallowe'en, como ahora se llama)3 que es el 31 de octubre, víspera del día de Todos los Santos. Estas fechas no coinciden con ninguno de los cuatro grandes goznes sobre los que gira el año solar, es decir, los equinoccios y los solsticios. Tampoco concuerdan con las épocas principales del año agrícola, la siembra en primavera y la reco­lección a principios de otoño, pues cuando llega el día-mayo, hace ya tiempo que la semilla fue confiada a la tierra, y cuando aparece noviem­bre, hace va tiempo que la cosecha ha sido segada y entrojada, los campos y los árboles frutales están desnudos y hasta las amarillentas hojas caen revoloteando al suelo. Mas el de mayo y el 1° de noviembre señalan momentos críticos culminantes de cambio del año en Europa; el uno es precursor del amable calor y de la vegetación espléndida del verano y el otro anuncia el frío y esterilidad del invierno, si no es una parte de él. Ahora bien, estos momentos especiales del año, como ha dicho muy bien un ilustre e ingenioso escritor, mientras son de poca importancia comparativamente para el agricultor, afectan profundamente a los pas­tores europeos, pues es en las proximidades del verano, cuando sacan sus ganados al campo para pastar la yerba nueva, y en las cercanías del in­vierno, cuando los vuelven a conducir al amparo y refugio del establo. Por eso no creemos improbable que la división céltica del año en dos mitades, a comienzos de mayo y de noviembre, proviene de una época en que los celtas eran un pueblo dedicado principalmente al pastoreo, dependiendo su subsistencia de los rebaños, y que, por consiguiente, las grandes épocas del año eran para ellos los días en que los rebaños salían de sus establos a principios del verano y volvían a ellos a principios del

1 Festa, plural de Festuin, fiesta.

2 Finisterre, español.

3 Hallowe’en, es la forma moderna inglesa del antiguo All-hallow Even, Víspera
de Todo lo Sagrado.

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invierno. Hasta en la Europa central, lejos de la región ocupada ahora por los celtas, puede trazarse una bisección parecida del año por la gran popularidad que tiene, de una parte, el día-mayo y su víspera (noche de Walpurgis) y de otra, la fiesta de las ánimas1 en el principio de noviem­bre, que bajo un delgado velo cristiano oculta la antigua fiesta pagana de los muertos. Podemos conjeturar, pues, que por todas partes de Europa la visión celestial del año, de acuerdo con los solsticios, iba pre­cedida por la que llamaremos división terrenal del año de acuerdo con los comienzos del verano y del invierno.

Sea como sea, las dos grandes fiestas célticas del 1° de mayo y del 1° de noviembre, o más precisamente, las vísperas de esos dos días, concuerdan estrechamente una con otra en la manera de celebrarlas y en las supersticiones asociadas a ellas, así como por el carácter arcaico impreso en ambas, que nos conduce a un origen remoto y puramente pagano. Ya hemos descrito el festival del día-mayo o Beltane, como los celtas le llamaron, y que abría las puertas del verano; nos queda dar alguna idea descriptiva del festival correspondiente a la víspera de Todos los Santos, que anunciaba la llegada del invierno.

De las dos fiestas, quizá de antiguo fue la más importante la de la víspera de Todos los Santos, puesto que los celtas creemos que fechaban el comienzo del año por ella mejor que por la de Beltane. En la isla de Man, una de las fortalezas en que las costumbres y el lenguaje céltico se mantuvieron más largo tiempo contra el asedio de los invasores sajo­nes, el 1° de noviembre, cómputo antiguo, fue considerado como año nuevo hasta época reciente. Así, acostumbraban los de Man ir disfraza­dos la víspera de Todos los Santos (cómputo antiguo) cantando en el lenguaje nativo una especie de villancico que comienza: "Esta noche es la noche de Año Nuevo, Hogunnaa". En la antigua Irlanda se acos­tumbraba a encender un "fuego nuevo" cada año en la víspera de Todos los Santos o de Samhain 2 y de esta llama sagrada se recncendían to­dos los fuegos de Irlanda. Esta costumbre señala directamente a Samhain o día de Todos los Santos (1° de noviembre) como día de Año Nuevo, puesto que el encendido anual de un "fuego nuevo" tiene lugar, como es natural, al principiar el año, para que la influencia bienhechora del fuego nuevo pueda durar el período completo de doce meses. Otra con­firmación de la hipótesis según la cual los celtas fechaban el año a partir del 1° de noviembre constituyen las múltiples formas de adivinación a que recurrían corrientemente los pueblos celtas en la víspera de Todos los Santos, para averiguar su sino, especialmente su fortuna en el año entrante; pues ¿cuándo poner en práctica mejor estos medios de otear el futuro que al comienzo del año? Como época de presagios y augurios, creemos que la víspera de Todos los Santos sobrepasó con mucho a Beltane en la imaginación celta, por lo que podemos deducir con alguna



1 Conmemoración de los Fieles Difuntos o Día de las Animas, 2 de noviembre.

2 Quizá deriva de Sam, junto y Dadhami, yo coloco (como Rig Veda Samhita).
La Víspera, Oidhche Shamhna, los espíritus, hadas, etc., pululan por el aire.

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probabilidad que computaban su año desde entonces mejor que desde Beltane. Otra circunstancia de gran peso y que nos lleva a la misma con­clusión es la asociación de esta fecha con lo muerto. No sólo entre los celtas, sino en toda Europa, la noche de la víspera de Todos los Santos, que señala la transición del otoño al invierno, creemos que ha sido de antiguo el momento del año en el que se supone que las almas de los difuntos volvían a sus antiguos hogares para calentarse en el fuego y confortarse con la buena acogida que se les hacía en la cocina o en la sala por sus parientes cariñosos. Era quizá un pensamiento natural que, al aproximarse el invierno, los espíritus ateridos y hambrientos abando­nasen los campos desnudos y las deshojadas arboledas buscando el abrigo de la cabaña con su hogar familiar; ¿no vuelve la turba mugidora de los pastos veraniegos en las selvas y montes para ser alimentada en el establo y gustar de él, mientras el viento crudo silba por entre el ondulante ramaje y arremolina la nieve en los hondonadas? ¿Podrían el hombre honrado y la mujer buena negar a los espíritus de sus muertos la bien­venida que dan a las vacas?

No son sólo las ánimas de los difuntos las que se supone que revo­lotean invisibles en el día "en que el otoño cede el empalidecido año al invierno". Las brujas también aumentan sus errabundeos dañinos, unas volando por el aire montadas en sus escobas, otras golpeando por los caminos sobre gatas que al anochecer se transforman en caballos negros. También andan sueltas todas las hadas y los duendes de todas clases vagan libremente.



Aun cuando un hechizo de misterio y miedo se asigna siempre a la víspera de Todos los Santos en las mentes de los campesinos celtas, la celebración del festival, al menos en los tiempos modernos, no ha tenido un matiz triste predominante, pues, por el contrario, se ha acom­pañado de rasgos pintorescos y de alegres pasatiempos que la convirtieron en la más alegre del año. Entre las cosas que contribuían en las serranías de Escocia a prestar al festival una belleza romántica estaban las hogueras

que se encendían a intervalos frecuentes en las alturas. "El último día d otoño, la chiquillería reunía helechos, barriles de alquitrán, los tallos largos y delgados del llamado gainisg y todas las demás cosas a propósito para una hoguera, las amontonaban sobre alguna elevación del terreno cerca de la casa y al anochecido les prendían fuego. Estos fuegos se lla­maban Samhnagan. Había uno por cada casa y existía una competencia por conseguir el más grande. Distritos enteros se iluminaban con las hogueras, y sus resplandores reverberando en un lago montañés desde muchas alturas formaban una escena magníficamente pintoresca". Como los fuegos de Beltane en el día 1° de mayo, las hogueras de la víspera de Todos los Santos creernos que se encendían más corrientemente en las serranías de Perthshire. En la parroquia de Callander todavía podían verse casi a finales del siglo XVIII. Cuando se extinguían, reunían las cenizas con cuidado formando con ellas un círculo y colocaban dentro de él una piedra por cada miembro de las familias interesadas en cada

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hoguera. A la mañana siguiente, si alguna de estas piedras estaba remo­vida o estropeada, la gente daba por seguro que la persona a quien correspondía estaba fey o elegida, y a contar de ese día no sobreviviría doce meses. En Balquhidder, hasta finales del siglo xix, tenía su ho- guera en la víspera de Todos los Santos, pero la costumbre era observada principalmente por los niños. Encendían la hoguera en cualquier loma cercana a la casa; no bailaban a su alrededor. Fuegos de la víspera de Todos los Santos se encendían también en algunos distritos del noroeste de Escocia, tales como Buchan. Lo mismo aldeanos que labriegos tenían sus hogueras. En los pueblos los muchachos iban por las casas pidiendo turba a cada vecino, usualmente con las palabras: "Denos turba para quemar las brujas". Cuando habían reunido bastante turba, formaban un montón añadiéndole paja, retamas y otros materiales combustibles, y lo encendían. Después cada uno de los muchachos, uno tras otro, se tendían en el suelo lo más cerca posible del fuego sin quemarse y así ten­dido, dejaba eme el humo le envolviera. Los demás corrían por entre el humo y saltaban sobre su camarada tumbado. Cuando el montón se había consumido, esparcían las cenizas, compitiendo todos para ver quién esparciría más.

En la parte septentrional de Gales era costumbre que cada familia hiciese su gran hoguera llamada Coel Goeth la víspera de Todos los San­tos. La encendían en el sitio más elevado y cerca de la casa: cuando casi se había apagado, cada cual tiraba en las cenizas una piedra blanca previamente señalada. Después de decir sus oraciones alrededor del fuego, se marchaban a la cama, y a la mañana siguiente, en cuanto se levantaban, iban a buscar las piedras, y si alguno no encontraba la suya, todos creían que el que la arrojó moriría antes de que transcurriese un año. Según Sir John Rhys, el hábito de celebrar la víspera de Todos los Santos encendiendo fogatas en las colinas todavía subsiste en Gales, y hombres que viven aún pueden recordar cómo las gentes que asistían a las hogueras esperaban que saliera la última chispa y entonces echaban a correr, gritando tan fuerte como podían: "Que la cerda negra y rabona coja al zaguero". El dicho, como Sir John Rhys señala oportunamente, denota que en su principio uno de la reunión era víctima de una muerte de verdad. Hasta la época actual, este dicho es corriente en Carnar-vonshire, donde todavía en ocasiones, para atemorizar a los chicos, se alude a la marrana negra y rabona. Ahora podemos entender por qué en la Baja Bretaña cada persona tira una aguja en la hoguera solsticial; sin duda allí, como en Gales y en las serranías de Escocia, tuvieron en algún tiempo la costumbre de deducir agüeros de vida y muerte según la po­sición y estado de los guijarros en la mañana del día de Todos los Santos. La costumbre encontrada entre las tres ramas separadas del tronco céltico data probablemente del período anterior a su dispersión, o por lo menos de la época en que las razas extranjeras aún no habían llegado a establecer cuñas de separación entre ellas.

En la isla de Man, otro país céltico, también se celebraba la víspera

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de Todos los Santos hasta tiempos modernos haciendo hogueras acom­pañadas de todas las ceremonias usuales para prevenir la influencia maléfica de hadas y brujas.

7. LOS FUEGOS DEL SOLSTICIO INVERNAL

Si la gentilidad de la Europa antigua celebraba, y tenemos buenas razo­nes para creerlo, la época del solsticio de verano con un gran festival ígnico, del que han quedado vestigios hasta nuestros tiempos, es natural suponer que festejasen con ritos parecidos la época del solsticio de invierno, pues estas épocas o, para emplear un lenguaje más técnico, el solsticio estival y el solsticio hiemal son los dos puntos críticos en el camino aparente del sol por el cielo, y desde el punto de vista del hombre primitivo, nada puede ser más apropiado que encender fuegos en la tierra en estos momentos, cuando el fuego y el calor de la gran luminaria empieza en los ciclos a menguar o crecer.

En la cristiandad moderna, el antiguo festival pirofórico del solsticio de invierno parece sobrevivir o haber sobrevivido hasta hace poco en la vieja costumbre de la toza o leño trashoguero de Pascua, como se deno­mina en Inglaterra y otras partes. La costumbre estaba extendida por Europa, mas creemos que floreció especialmente en Inglaterra, Francia y entre los eslavos meridionales; al menos, de estos sitios nos llegan los relatos más completos. Que el leño de Pascua fuera solamente un dupli­cado, contrahaz o envés de la hoguera del solsticio estival, encendido puertas adentro y no al aire libre en consideración a la inclemencia del tiempo frío de la estación del año, fue señalado hace tiempo por el arqueólogo inglés John Brand y la idea está apoyada por muchas supers­ticiones extrañas agregadas al leño pascual, supersticiones que no tienen conexión aparente con el cristianismo, pero en cambio llevan evidente el sello de un origen pagano. Pero aunque las dos celebraciones solsticia­les eran festivales ígnicos, la necesidad o el gusto de tener la celebración hiemal a puerta cerrada le prestaba carácter de fiesta privada o casera, contrastando fuertemente con la publicidad de la celebración estival, en la que las gentes se reunían en algún sitio al aire libre o altura visible, encendían una enorme hoguera entre todos y bailaban y se divertían juntos.

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