Sir james george frazer la rama dorada



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También en Badén la chiquillería iba colectando combustible de casa en casa para la hoguera del solsticio el día de San Juan y muchachos y muchachas saltaban el fuego en parejas. Aquí, como en otras partes, existía una conexión estrecha entre estas hogueras y la recolección. En algunos lugares se pensaba que el que saltase las hogueras no padecería de dolor de riñones cuando segase. Otras veces, al saltar las llamas, los mozos gritaban: "Crece, que el cáñamo tenga tres anas de alto". Cree­mos que esta idea de que el cáñamo o la mies crecerá tan alto como las llamas, ha estado muy extendida en Badén. Se sostenía que los pa­dres ,de los muchachos que saltasen más alto sobre el fuego tendrían las cosechas más abundantes y por el contrario, si alguno no contribuía para la hoguera, creían que no sería bendecido en sus cosechas y que, en particular, su cáñamo no crecería nunca. En Edersleben, cerca de San-gerhausen, plantaban un palo alto y dejaban colgando de él una cadena que llegaba hasta el suelo y de la que se enganchaba un barril de al­quitrán. Prendían fuego al barril y le hacían girar alrededor del palo, entre gritos de alegría.

En Dinamarca y Noruega también encendían hogueras solsticiales la víspera de San Juan, en los caminos, espacios abiertos y montes. Mu­chos en Noruega pensaban que las hogueras alejaban las enfermedades del ganado. Todavía se dice que encienden hogueras la víspera del sols­ticio de verano en toda Noruega; las encienden con objeto de ahuyentar las brujas que vuelan esa noche desde todas partes al Blocksberg, donde vive la gran bruja. En Suecia, la víspera de San Juan (San Hans) es la noche más bulliciosa de todo el año. En algunas partes del país, espe­cialmente en las provincias de Bohus y Escania y en los distritos fron­terizos de Noruega, se celebra por todos lados con descargas frecuentes de las armas de fuego y con grandes hogueras, antiguamente denomina­das Fuegos de huesos de Bálder3 (Balder's Bâlar), encendidas en el cre­púsculo vespertino sobre las alturas y colinas, las que arrojan destellos que iluminan el paisaje. El público baila a su alrededor y brinca por encima de las llamas o por entre ellas. En partes de Norrland encienden hs hogueras en los cruces de los caminos la víspera de San Juan. El

1 24 de junio, día del solsticio de verano, día de San Juan, etc.

2 Medida antigua muy poco usada actualmente. Variaba mucho en los distintos
países, desde 65 centímetros (Dinamarca) a la inglesa de 1 metro 15 centímetros.

3 "Fuego de Bálder nuestro Señor (Baal)."

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combustible consiste en nueve clases distintas de leña y los espectadores meten en las llamas una especie de hongos venenosos (Bäran) para con­trarrestar el poder de los Trolls y otros espíritus malignos que en esa noche se cree que pululan, pues en esta época mística del año las mon­tañas se abren y de sus entrañas cavernosas salen sus pavorosos morado­res a bailotear y retozar un rato. Los campesinos creen que si hubiera algún Troll en las cercanías se dejaría ver y si algún animal, por ejemplo un macho cabrío o una cabra, es visto por casualidad cerca de las crepi­tantes llamaradas, los campesinos están firmemente persuadidos de que no es otro que el diablo en persona. Además merece anotarse que en Suecia la víspera de San Juan es un festival tanto de agua como de fuego, pues a ciertos manantiales santos se les supone en esos momentos dotados de maravillosas virtudes medicinales y mucha gente enferma acude a ellos para curar sus achaques.

En Austria, las costumbres y supersticiones del solsticio de verano son parecidas a las de Alemania. Así, en algunas partes del Tirol en­cienden hogueras y arrojan al aire discos encendidos. En la parte baja del valle de Inn, llevan en un carro una efigie zarrapastrosa por todo el pueblo el día del solsticio y después la queman. Le llaman el Lotter, palabra que es una corrupción de Lutero.1 En Ambras, uno de los pue­blos donde así queman en efigie a Martín Lutero, dicen que el que pa­see por el pueblo entre once y doce de la noche de San Juan y se lave en tres fuentes o pozos distintos, verá a todos los que van a morir en el año siguiente. En Gratz, el día de la víspera de San Juan (23 de junio) el populacho acostumbraba a fabricar un muñeco llamado el Tatermann, que arrastraban por el suelo polvoriento y golpeaban con escobones ar­diendo hasta que le prendían fuego. En Reutte, Tirol, la gente creía que el lino crecería tan alto como la altura a que brincasen sobre la hoguera solsticial y cogían después los tizones de madera ennegrecida y los clavaban en sus linares la misma noche, dejándolos allí hasta que se había hecho la recolección del lino. En la Baja Austria encienden hogueras en los sitios altos y los muchachos hacen cabriolas alrededor blandiendo antorchas encendidas empapadas de resina. Todo el que salte tres veces cruzando el fuego, se librará de padecer fiebres en todo el año. Con frecuencia embadurnaban ruedas de carro con brea, las encendían y las echaban a rodar llameando ladera abajo desde las cum­bres de las lomas.

En toda la Bohemia queman todavía piras solsticiales de estío. La tarde de la víspera, van los muchachos con carretillas de casa en casa, pidiendo combustible y amenazando con las peores consecuencias al ta­caño que les rehuse la dádiva. Algunas veces, los mozos derriban un abeto alto y recto en el bosque y lo emplazan derecho en una altura,

1 Hay muchas corrupciones "casuales" y paralelas; por ejemplo, en la ciudad de Salamanca (España) hubo antiguamente una calle titulada "Calle del Otero", que por irrupción se denominó después "Calle de Lutero" y como panacea para las corrupcio­nes (año de 1611) hoy se llama Calle de Jesús.

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donde las muchachas lo adornan con ramilletes, guirnaldas de hojas y cintas rojas. Después amontonan maleza alrededor del abeto y al caer la noche le prenden fuego a todo. Mientras se elevan las llamas, trepan los mozos por el abeto para coger los adornos con que lo engalanaron las muchachas. Entonces, los mozos se ponen a un lado de la hoguera y las mozas al otro para mirarse a través de las guirnaldas y ver si van a ser fieles y si se casarán dentro del año. También las muchachas tiran las guirnaldas a los hombres a través de las llamas, y ¡ay del novio cham­bón que marre al atrapar la guirnalda que le arrojó su novia! Cuando el fuego disminuye, cada pareja se coge de la mano y salta tres veces la hoguera. Los que lo hagan se verán libres de calenturas todo el año y el lino crecerá tan alto como sea el salto que dio el mozo. Una moza que vea nueve hogueras en la víspera del solsticio de verano se ca­sará antes de que termine el año. Llevan a sus casas las guirnaldas cha­muscadas y las guardan con todo cuidado el año entero. Durante las tormentas, queman en el hogar un pedazo de la guirnalda y rezan una oración; algo de ella se le da a las vacas enfermas o parturientas y algo también sirve para fumigar la casa y los establos, a fin de que las personas y animales estén buenos y sanos. Algunas veces untan con re­sina una rueda de carro inservible, le prenden fuego y la echan a rodar ladera abajo. Con frecuencia los muchachos recogen todos los escobones viejos, los empapan de brea, les prenden fuego y los blanden y tiran al aire tan alto como pueden. También bajan de la colina en grupos co­rriendo y blandiendo escobas encendidas y dando gritos. Recogen muño­nes de las escobas y tizones de la hoguera y los clavan en las huertas, entre las coles, para protegerlas de las orugas y el jején. Algunos clavan también en sus prados y tierras de labor los palos carbonizados y cenizas de las hogueras solsticiales y en sus huertos y en los techos de sus casas, como un talismán contra rayos y tiempos tormentosos; o imaginan que las cenizas puestas en el tejado evitarán cualquier incendio de la casa. En algunos distritos se coronan o enguirnaldan ellos mismos con arte­misa mientras arde la hoguera del solsticio de verano, porque esto se tiene como una protección contra espíritus, brujas y enfermedades; en particular, una guirnalda de artemisa es un preservativo seguro contra las inflamaciones de los ojos. Otras veces, las muchachas miran las ho­gueras a través de guirnaldas de flores silvestres, orando al fuego para que fortifique sus ojos y párpados. Las que hagan esto tres veces no padecerán de inflamaciones en los ojos en todo el año. En algunas partes de Bohemia tenían por costumbre hacer pasar las vacas por encima de las hogueras solsticiales de estío, para protegerlas de hechicerías.

En los países eslavos también se celebra el festival del solsticio esti­val, y con ritos parecidos. Ya hemos visto que en Rusia, en la víspera de San Juan, los mozos y mozas saltan en parejas sobre una hoguera llevando en sus brazos una efigie de Kupalo hecha de paja. En otras partes de Rusia queman o tiran al río la efigie de Kupalo en la noche de San Juan. También en algunos distritos de Rusia la gente moza lleva

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guirnaldas de flores y coronas de yerbas benditas cuando brincan por entre el humo o las llamas y algunas veces también hacen pasar al ganado por las hogueras para proteger a los animales contra hechiceros y brujos que van codiciosos tras de la leche. En la Pequeña Rusia, la noche de San Juan clavan un pilote de madera en el suelo, lo envuelven en paja y le prenden fuego; mientras arde, las campesinas echan al fuego ramas de abedul, diciendo: "Mi lino será tan alto como esta rama". En Rutenia encienden esta clase de hogueras con llama conseguida por la fricción de madera. Mientras los hombres están enfrascados en sacar fuego por el frote, los demás de la reunión mantienen un silencio res­petuoso, pero en cuanto las llamas prenden en la madera, rompen en cantos de gozo. Tan pronto como la hoguera está encendida, la gente moza se coge de la mano por parejas y brincan por entre el humo, a través de las llamas, y después pasan a su vez a los rebaños por en­tre el fuego.

En muchas partes de Prusia y Lituania se encienden hogueras muy grandes la víspera del solsticio de estío. Todas las alturas relumbran con ellas hasta donde puede alcanzar la vista. Suponen que los fuegos son una protección contra las brujerías, el rayo, el granizo y las enfer­medades del ganado, especialmente si a la mañana siguiente se hace pasar al ganado sobre el sitio donde estuvieron encendidas estas hogue­ras. Sobre todo las hogueras aseguran al labrador contra las artimañas de las brujas que procuran robar la leche de sus vacas con sortilegios y conjuros. Por esto, al día siguiente, por la mañana, los mozos que en­cendieron la hoguera solsticial van de casa en casa recibiendo jarras lle­nas de leche. Y por la misma causa ponen abrojos y artemisas en la puerta o el seto por donde las vacas van a pastar, pues suponen que es una seguridad contra la hechicería. En Masuren, distrito de la Prusia Oriental habitado por una rama de gente polaca, es costumbre, al ano­checer del solsticio de verano, apagar todas las lumbres del pueblo y después poner una estaca de roble hincada en el suelo y fijar en ella, sirviendo de eje, una rueda. A esta rueda le dan vueltas los vecinos con gran rapidez, y trabajan así, relevándose unos a otros, hasta que la fric­ción produce el fuego. Cada cual enciende en éste una ramita que lleva a su casa para encender de nuevo su hogar apagado. La víspera del sols­ticio de estío, en Serbia, los pastores encienden antorchas de corteza de abedul y marchan alrededor de los establos y rediles; después suben a las colinas y allí dejan las antorchas para que se consuman.

Entre los magiares de Hungría el festival del solsticio de verano se señala por los mismos rasgos que encontramos en muchas partes de Euro­pa. La víspera del solsticio, es costumbre en muchos lugares encender hogueras sobre los terrenos altos y brincar sobre el fuego; de la manera como salta la gente joven deducen los mirones cuándo se casarán. En este día también muchos porquerizos húngaros hacen el fuego por rota­ción de una rueda en un eje de madera envuelto en cáñamo y hacen



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pasar sus piaras por la hoguera para preservar a los puercos de enfer- medades.

Los estonios, que como los magiares, pertenecen a la gran familia turania de la humanidad, también celebran el solsticio de verano del modo usual. Piensan que el fuego de San Juan libra al ganado de las brujas y dicen que al que no vaya al fuego la cebada se le llenará de cardos y la avena se le plagará de cizaña. En la isla estoniana de Oesel mientras van echando combustible a la hoguera solsticial, exclaman-"¡Cizaña, al fuego; lino, al campo!", o tiran tres leños a la hoguera mientras dicen: "¡Lino, crece mucho!", y toman los palos chamuscados de la hoguera y los llevan y guardan en su casa para que el ganado prospere. En algunas partes de la isla forman la hoguera apilando leña y otros combustibles alrededor de un árbol en cuya rama mas alta sujetan una bandera. El que consiga derribar la bandera tirando palos antes de que comience a quemarse tendrá buena suerte. Antiguamente las fiestas duraban hasta el amanecer y terminaban con escenas de liber­tinaje doblemente repugnantes a la lívida luz de la mañana estival.

Cuando pasamos del este al oeste de Europa, encontramos todavía que el solsticio estival se celebra con ritos del mismo carácter general. Hacia la mitad del siglo xix, tan corriente era en Francia la costumbre de encender hogueras solsticiales, que, según nos dicen, era difícil en­contrar pueblo o aldea donde no se encendieran. La gente bailaba a su alrededor y brincaba sobre las llamas; llevaba los carbonizados tizones de la hoguera a sus casas para protegerlas de fulguraciones, con­flagraciones y embrujamientos.

En Bretaña, al parecer, la costumbre de las hogueras del solsticio de verano se conserva hasta hoy. Cuando las llamas están ya moribun­das, toda la reunión se arrodilla alrededor de la hoguera y un anciano reza en alta voz. Después todos se ponen en pie y dan tres vueltas en ronda al fuego; al dar la tercera vuelta se paran y cada cual coge un guijarro y lo tira al fuego, tras de lo cual se marchan todos. En Bre­taña y en Berry se cree que la muchacha que baile alrededor de nueve fuegos solsticiales se casará aquel año. En el valle del Orne la costum­bre era encender la hoguera exactamente en el mismo instante en que el sol se ocultaba tras del horizonte y los campesinos hacían marchar sus rebaños por encima de las hogueras para protegerlos de hechicerías, especialmente contra los conjuros de brujos y brujas que intentaban robar la leche y la manteca. En Jumièges, Normandía, el festival sols­ticial en la primera mitad del siglo xix se señala por ciertos hechos sin­gulares que parecen de una antigüedad muy remota. Cada año, el 23 de junio, víspera de San Juan, la hermandad del lobo verde elegía un nuevo jefe o maestre, que siempre era escogido de la aldehuela Conihout. Al ser elegido, la nueva cabeza de la hermandad tomaba el título de lobo verde y se ponía una vestimenta muy curiosa, consistente en un manto largo y verde y un sombrero altísimo de figura cónica, sin alas y de color verde. Así ataviado, marchaba solemnemente a la cabeza de los herma-

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nos, cantando el himno de San Juan, con cruz alzada y el gonfalón ben­dito que guiaba hasta un sitio llamado Chouquet, donde la procesión se reunía con el sacerdote, chantres y coro, que conducían a la hermandad a la iglesia parroquial. Después de oír misa se reunía la compañía en la casa del lobo verde, donde se les servía un sencillo refrigerio. Por la no­che se encendía una gran hoguera al sonido de las esquilas, tocada por una moza y un mozo adornados ambos con flores, y acto seguido el lobo verde y sus hermanos, con sus caperuzas derribadas a la espalda y co­gidos de la mano unos a otros, corrían alrededor del fuego tras del hom­bre que había sido elegido para lobo verde del año siguiente. Aunque sólo el primero y el último de la cadena de hermanos tenía una mano libre, su designio era rodear y capturar por tres veces al futuro lobo verde, que en sus esfuerzos para escapar golpeaba con una vara larga a sus hermanos. Cuando al fin era cogido, le llevaban hasta la pira ar­diendo y hacían el simulacro de arrojarle a las llamas. Terminada esta ceremonia, volvían todos a la casa del lobo verde, donde les esperaba una cena aun más escasa que el almuerzo. Hasta la medianoche, reina­ba una especie de solemnidad religiosa, pero al dar las doce todo cam­biaba; el recogimiento cedía a la licencia, los himnos piadosos eran reemplazados por cantinelas báquicas y las notas inciertas y chillonas del violinista lugareño apenas se llegaban a distinguir entre el fragor del vo­cerío que levantaba la alegre hermandad del lobo verde. El día si­guiente, 24 de junio o día del solsticio de estío, se celebraba por los mismos personajes y con la misma ruidosa alegría. Una de las ceremo­nias consistía en llevar procesionalmente una enorme hogaza de pan de varios pisos superpuestos y coronada por una pirámide de verdura adornada con cintas. Después entregaban como insignia el cargo al hombre que iba a ser el lobo verde del siguiente año las esquilas ben­decidas y depositadas al pie del altar.

En Chateau-Thierry, departamento del Aisne, la costumbre de en­cender hogueras y bailar a su alrededor en el festival del solsticio de verano duró hasta cerca del año 1850, encendiéndolas especialmente cuando junio había sido lluvioso y la gente creía que el resplandor de las hogueras haría cesar la lluvia. En los Vosgos es todavía costumbre en­cender hogueras sobre las cúspides de los montes la víspera del sols­ticio de verano; la gente cree que los fuegos ayudan a conservar los frutos de la tierra y aseguran buenas cosechas.

En la' mayoría de los villorios de Poitou encendían hogueras la vís­pera de San Juan. La gente daba tres vueltas a la pira llevando en la mano una rama de nogal. Las pastoras y sus criaturas repasaban tallos de gordolobo (verbascum) y nueces por las llamas. Suponían que las nueces quitaban el dolor de muelas y el gordolobo protegía a los reba­ños contra enfermedades y hechicerías. Cuando el fuego se extinguía, la gente se llevaba las cenizas, ya para guardarlas en casa, como preser-vadoras de las fulguraciones o para esparcirlas por las tierras de labor con el propósito de destruir la cizaña y otras yerbas. En Poitou también

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se acostumbró la víspera de San Juan rodar por los campos una rueda empajada y ardiendo, para fertilizarlos.



En la parte montañosa de Comminges, provincia del mediodía de Francia, hacen el fuego del solsticio de verano abriendo una hendidura en el tronco de un árbol alto, rellenando el hueco de virutas y pren­diéndole fuego a todo. Sujetan en lo alto del árbol una guirnalda de flores y en el momento de prender fuego, el último hombre que se casó tiene que trepar por una escalera y bajar las flores. En las llanuras del mismo distrito los materiales para las hogueras solsticiales consisten en combustibles amontonados de un modo corriente, pero deben apilarse por los hombres que se han casado desde la última celebración del sols­ticio estival y cada uno de estos recién casados está obligado a poner una corona de flores en lo alto del montón.

En Provenza, los fuegos solsticiales son todavía populares. Los mu­chachos van pidiendo de puerta en puerta combustible y raramente se van con las manos vacías. Antiguamente el sacerdote, el alcalde y los concejales acostumbraban a ir en procesión a la hoguera y aun condes­cendían a encenderla; después la reunión daba tres vueltas alrededor de la pira incendiada. En Aix presidía toda la fiesta del solsticio de ve­rano un mozo titulado rey, escogido entre la mocedad por su habilidad en cazar a tiros pájaros picamaderos. Él mismo elegía sus oficiales y escoltado por una brillante comitiva marchaba a la pila de leña, la en­cendía y era el primero en bailar alrededor de la hoguera. Al día si­guiente distribuía obsequios a su comitiva. Su reinado duraba un año, y durante él gozaba de ciertos privilegios. Le era permitido asistir a la misa ordenada por el comendador de los Caballeros de San Juan el día de San Juan, se le concedía licencia de caza gratuita y los soldados no po­dían ser alojados en su casa. En Marsella, también en este día, uno de los gremios elegía un rey de la badache o doble hacha, pero no parece que fuese él quien encendía la hoguera y se decía que la encendían con gran ceremonial el prefecto y otras autoridades.

En Bélgica, hace mucho tiempo que la costumbre de encender ho­gueras solsticiales ha desaparecido de las grandes ciudades, pero todavía se cumple en los distritos rurales y en los pueblos pequeños. En este país celebran la víspera del día de San Pedro (29 de junio) con hogue­ras y bailes exactamente iguales que los que conmemoran la víspera de San Juan. Algunos creen que los fuegos de San Pedro, como los de San Juan, se encienden para alejar los dragones. En el Flandes francés, hasta el año 1789, quemaban en la hoguera solsticial un muñeco de paja que representaba un hombre y el día de San Pedro (29 de junio) quemaban una efigie de mujer. Algunas gentes del pueblo belga saltan sobre los fuegos solsticiales como un preventivo del cólico y guardan las cenizas en casa para impedir que estalle un incendio.

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