Significado y contexto: de la semántica a la pragmática



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UNIDAD 20

Significado y contexto: de la semántica a la pragmática





Índice temático

Preliminares conceptuales

- Signo-tipo y ejemplar de un signo

- Proferencias y prolata

- Oración, enunciado y proferencia de una oración

La pragmatica y su objeto

- Verdad y literalidad

- Los fenómenos pragmáticos

La crítica a la concepción semiótica de la comunicación lingüística


  • Significado oracional y significado proferencial

- La función de la pragmática en el análisis del significado comunicativo y el modelo inferencial de la comunicación lingüística.



Preliminares conceptuales

Signo-tipo y ejemplar de un signo
La lengua es un sistema de signos, se suele afirmar. La lengua es una realidad abstracta constituida por un conjunto de elementos y un conjunto de reglas para combinar esos elementos. Por otro lado, esa realidad abstracta que es la lengua sólo se nos hace presente a través del habla, de un conjunto de acciones individuales y concretas, localizadas espacio-temporalmente, que incluimos en el comportamiento lingüístico verbal de individuos pertenecientes a una comunidad lingüística. Esta dualidad, tan conocida, se puede generalizar y concretar al mismo tiempo en la propia noción de signo. Independientemente de la noción de signo que se prefiera, resulta evidente que se puede distinguir en tal realidad un aspecto concreto, el de la utilización efectiva por parte de un emisor de ese signo, utilización única aunque repetible y, por otro lado, un componente abstracto, el del conjunto de rasgos comunes a las diversas utilizaciones de un mismo signo. Esa realidad concreta del signo, resultado de la acción de un usuario, ha sido denominada de diferentes maneras (Hierro, 1980). Siguiendo una terminología ampliamente utilizada en filosofía del lenguaje (Acero, Bustos y Quesada, 1982), vamos a denominar ejemplar o muestra de un signo, o prolatum, a cada uno de los resultados de la utilización de un signo, a cada una de esas realidades físicas que son el residuo perceptible de tal uso. En el caso del lenguaje humano, tales ejemplares son primariamente acontecimientos físicos consistentes en la emisión de determinadas ondas provocadas por la expulsión de aire a través de las cuerdas vocálicas y la cavidad bucal de individuos, que impresionan los órganos perceptores de otros individuos. Esa realidad concreta es la realidad primaria del lenguaje humano y sólo a través de ella es posible acceder a realidades subyacentes de carácter más abstracto.

Por otro lado, están las características no individuales de los signos, las características comunes que hacen a diversas muestras ejemplares particulares de un mismo signo. El signo, considerado desde este punto de vista no concreto, sino abstracto, es un tipo, una realidad que no es identificable con ningún acontecimiento físico concreto, sino que es común a muchos de ellos. Es el signo en cuanto tipo, en cuanto realidad abstracta el que es componente o elemento del sistema que constituye la lengua. De la misma forma que la lengua es una realidad abstracta, así lo son también sus elementos, los signos-tipo. Además, las relaciones que se dan entre los ejemplares de una secuencia de signos son relaciones concretas que encarnan y remiten a relaciones existentes entre los correspondiente signos-tipo. El canto de cortejo de un pájaro, por poner un ejemplo de sistema semiótico no humano, es una realidad estructurada, compleja, que se puede contemplar y describir desde dos puntos de vista: en cuanto acontecimiento concreto, localizado en un punto del espacio y un momento del tiempo (este canto de este pájaro), es una colección de ejemplares de signos, correspondientes a las notas de las que se compone la melodía del canto. En cuanto realidad abstracta, subyacente y común a todos los acontecimientos concretos pertenecientes a esa misma especie, el canto del cortejo es una secuencia de signos-tipo, reproducidos con mayor o menor fidelidad en cada acción concreta en que un pájaro produce un ejemplar del canto.

Constituye un problema de la lingüística el aislamiento y la identificación de los signos-tipo componentes de una lengua, y constituye también un problema, pero diferente, la explicación de la relación de esas realidades abstractas con realidades físicas, fonéticas, concretas. La distinción entre los aspectos abstractos de las entidades lingüísticas y sus aspectos físicos concretos debe constituir un principio metodológico constante que tenga aplicación en los diferentes niveles del análisis lingüístico y, en nuestro caso particular, en el de la teoría del significado.
Proferencias y prolata
La distinción entre proferencias y prolata está estrechamente relacionada con la distinción establecida en el apartado anterior, aunque se aplica en un ámbito más reducido que ésta. En efecto, la diferencia entre tipo y ejemplar de un signo se puede considerar aplicable a cualesquiera tipo de signos, incluso a los elementos de sistemas semióticos no humanos. En cambio, las proferencias y los prolata hacen referencia al ámbito específico del lenguaje humano. Dicho brevemente, la proferencia es el acto o la acción de emisión, generalmente de un mensaje lingüístico completo, mientras que los prolata son los ejemplares lingüísticos resultantes de tales actos. Así explicada, la proferencia no constituye una noción que permita separar el lenguaje natural de otros tipos de sistemas semióticos, y quizás no sea necesario hacerlo para ciertos propósitos. No obstante, entenderemos que el concepto de proferencia utilizado se refiere específicamente a las acciones comunicativas lingüísticas humanas, distinguiéndolas de otras acciones comunicativas, o bien no verbales, o bien no humanas. Desde este punto de vista, las propiedades principales de las proferencias son las de la intencionalidad y la racionalidad. La proferencia es una acción comunicativa intencional, que persigue alcanzar los objetivos comunicativos de un individuo, y de carácter racional, que constituye un medio adecuado para la consecución de tales objetivos. De este modo quedan excluidas muchas otras acciones, humanas o no, que tienen un contenido informativo y que pueden transmitir información, pero que carecen de las características básicas de la intencionalidad y la racionalidad.

Aunque la distinción entre proferencias y prolata no es frecuente, la utilizaremos ocasionalmente como un instrumento que nos permite captar de modo preciso la naturaleza de algunos fenómenos lingüísticos. En particular, ciertas propiedades y relaciones de carácter semántico y pragmático sólo tienen sentido cuando se aplican un una noción u otra. Esta distinción, que se puede concebir como un caso concreto de la distinción entre acción y resultado de la acción, será especialmente relevante en los fenómenos relacionados con las condiciones de los actos de habla: en efecto, éstos, en cuanto cuya efectiva realización está sujeta a un conjunto de condiciones, son distinguibles, por una parte, de las proferencias lingüísticas asociadas habitualmente con ellos y, por otra, de los resultados de tales proferencias. Realizar un acto de habla supone, como condición necesaria, pero no suficiente, la proferencia de expresiones lingüísticas. Pero tales proferencias, por sí solas, no constituyen mas que una parte de un acto de habla. Para que tal acto se realice efectivamente, para que el resultado de una proferencia se pueda describir y cuente como un acto de tal o cual clase, es necesario además que se cumplan otras condiciones contextuales. Habrá propiedades, por consiguiente, que tendrá sentido aplicar a los actos de habla mismos y otras propiedades que sólo serán adscribibles a las proferencias en cuanto tales.

Las proferencias, las acciones lingüísticas de emisión de signos, son los datos primarios que maneja el lingüista. Constituyen la realidad perceptible que, en última instancia, es descrita o explicada por la teoría de éste. Es una tesis muy difundida, a partir de la obra de N. Chomsky, que la lingüística es una rama de la psicología cognitiva, que es una teoría sobre la naturaleza, adquisición y utilización de una clase específica de conocimiento, el conocimiento lingüístico. Sin embargo, sin descartar la fecundidad de este punto de vista, preferimos considerar la lingüística en cuanto fundamento de una teoría de la comunicación mediante el lenguaje natural y, en ese sentido, como una rama de la teoría de la acción. Lo que la lingüística así concebida debe explicar, en última instancia, son los comportamientos concretos de individuos, las acciones verbales en el caso de la teoría del lenguaje, teniendo en cuenta por supuesto el conocimiento o la competencia que constituye la condición de posibilidad de tales comportamientos, pero considerando igualmente de la máxima importancia las intenciones, las creencias, los deseos y los fines que dotan a tales acciones de pleno significado (social, interactivo). Como argumentaremos, en la explicación de una acción se dan dos componentes: 1) por una parte, el conjunto de principios o reglas que el actuante sigue en la realización de la acción, que posibilitan su comprensión por receptores que comparten con el agente ese mismo conjunto de reglas y principios, y 2) por otra parte, los objetivos cuya consecución persigue la acción en particular, que son los que contribuyen a dotas a ésta de sentido en un marco comunicativo concreto. Tales objetivos, hacia cuya prosecución está dirigida la acción están, en el caso del comportamiento lingüístico, en estrecha relación con las creencias mantenidas por quien realiza la acción. En efecto, son tales creencias quienes determinan, en el curso de cualquier interacción comunicativa, los objetivos que la acción lingüística ha de perseguir racionalmente. No es posible entender cuáles son esos objetivos, ni en definitiva el significado de una acción, si no se conocen o infieren las creencias pertinentes que hacen coherentes a dichos objetivos con las acciones que se realizan para su consecución. Si la lingüística aspira a dar cuenta del comportamiento lingüístico en su integridad, debe dar cuenta de estos dos aspectos de toda acción comunicativa, sin renunciar a ninguno de ellos y sin otorgar primacía a uno sobre el otro. Esta es la perspectiva integradora que subyace a una concepción general de la lingüística en cuanto teoría científica y, en particular, a la teoría del significado que se expone.

Otros autores han puesto de relieve esta distinción entre proferencias, prolata y expresiones-tipo. En general, han destacado cómo el camino que lleva al lingüista desde los datos primarios de la conducta lingüística a su objeto de estudio, las expresiones tipo en cuanto componente del sistema constituido por la lengua, es un camino de abstracción. Por ejemplo, Schnelle (1973) llega a distinguir al menos cinco pasos en ese proceso de abstracción de las proferencias de oraciones a sus descripciones sintácticas. El paso de un nivel a otro está determinado por la construcción de una clase de equivalencia o de una idealización metodológicamente justificada. Así, por ejemplo, se pasa de los acontecimientos fonéticos individuales a clases estándar de acontecimientos fonéticos y, de éstos, a descripciones morfofonológicas, morfológicas, sintácticas,... neutrales con respecto a las realizaciones físicas concretas. Ese proceso de abstracción permite depurar los factores ajenos al interés puramente lingüístico que, para Chomsky, establecen la diferencia entre la competencia y la actuación de los hablantes-oyentes de una lengua. Los errores, lapsus, rectificaciones, etc. pueden, a pesar de su interés intrínseco, ser extraídos del comportamiento lingüístico, puesto que constituyen factores de distorsión en lo que es el objetivo del lingüista: la explicación del comportamiento comunicativo realizado de una forma normal (aunque recogiendo toda la riqueza creativa de los hablantes-oyentes) y correcta, en el sentido de emplear procedimientos estándar en la comunidad lingüística en su conjunto (no de grupos comunicativos reducidos).


Oración, enunciado y proferencia de una oración

La distinción entre ejemplar de una expresión lingüística y tipo correspondiente a esa expresión es una distinción que se puede establecer en cualquier nivel de análisis lingüístico. Sin embargo, en la medida en que nuestra exposición de la teoría del significado se desarrolla principalmente en los niveles semántico y pragmático, la utilizaremos como herramienta teórica para el tratamiento de fenómenos lingüísticos cuya explicación corre a cargo de estas dos disciplinas. Como tanto una como otra, pero sobre todo la primera, explican fenómenos que se establecen en un nivel oracional, la distinción la aplicaremos sobre todo a este tipo de entidades lingüísticas. Ahora bien, ¿qué son las oraciones? Aunque hay muchas respuestas esta pregunta dependiendo del nivel lingüístico en que uno se sitúe (sintáctico, semántico...), nos basta con establecer por ahora que las oraciones, se caractericen como se caractericen, son tipos de expresiones lingüísticas, esto es, entidades lingüísticas de carácter teórico o abstracto. Las oraciones no son entidades materiales, perceptibles y discretas como lo son sus proferencias o prolata. Unicamente éstas tienen naturaleza material, física, y sólo a partir de ellas podemos acceder a sus correspondientes tipos. Por supuesto, tanto el lingüista como el filósofo del lenguaje están interesados en las propiedades generales de las proferencias de oraciones, quieren establecer hipótesis explicativas para los conjuntos de proferencias que pertenecen aun mismo tipo. Pero tales propiedades generales sólo son observables en la medida en que encarnan esas entidades físicas discontinuas que son las proferencias. El olvido de esta verdad elemental del análisis lingüístico ha llevado a muchos autores a equivocar, de raíz, sus planteamientos teóricos. Mucha estéril polémica filosófica de los años 50 sobre fenómenos pragmáticos, como el de la presuposición, está viciada justamente por este defecto. Y fue un filósofo, P.F. Strawson (véase la Unidad 9), quien introdujo de un modo sistemático, aunque quizás no con la claridad necesaria, esta distinción conceptual dentro de su teoría lógica y de su teoría semántica. El progreso filosófico en el ámbito del análisis lingüístico refleja en realidad una creciente conciencia de que las relaciones entre los niveles concreto y abstracto del análisis del lenguaje no son tan "mecánicas" como G. Frege y B. Russell las concibieron a comienzos de siglo. Por ejemplo, para estos autores (véanse las Unidades 8 y 9), no existían problemas a la hora de asignar valores veritativos a las oraciones, puesto que no distinguían estas entidades de sus proferencias efectuadas en contextos y condiciones normales (lo cual era una idealización con escaso sentido de la realidad). En cambio, P.F. Strawson ya advirtió que, si bien la distinción entre la proferencia de una oración y la oración misma no tiene mucha importancia en la teoría lógica (las fórmulas lógicas no suelen estar temporalizadas ni contener elementos deícticos, por ejemplo), tiene un papel importante en la teoría de la verdad. P.F. Strawson mantuvo que las propiedades de verdad y falsedad se ha de aplicar a las fórmulas lógicas (o sus trasuntos lingüísticos) sólo en la medida en que esas entidades representan enunciados, esto es, afirmaciones concretas de contenidos semánticos. Con ello, P.F. Strawson introdujo una noción, la de enunciado, que pretendía constituir un puente entre las abstracciones lógico-semánticas de la teoría lógica y el análisis lingüístico concreto. El problema con la noción strawsoniana de enunciado es que era susceptible de ser mirada desde muy diferentes puntos de vista e interpretada de modo consecuentemente heterogéneo. En realidad, tal noción no vino sino a oscurecer relativamente las relaciones entre las proferencias de las oraciones y las oraciones mismas, porque no resultaba claro, al menos en la obra de P.F. Strawson, si los enunciados eran una u otra cosa. El mismo Strawson, a medida que su enfoque analítico iba inclinándose cada vez más del lado de la pragmática, dotó de nuevos matices a tal noción. Lo que en un principio identificó Strawson con una oración declarativa o en modo indicativo, o con una proferencia de tal oración, susceptible de ser verdadera o falsa, pasó a ser el contenido comunicativo de un determinado acto de habla, el de la aserción a aseveración, ambigüedad que sigue perdurando en algunos libros de texto de semántica. J. Lyons (1977, I, 6.2) ha hecho notar esa ambigüedad relacionándola además con la inherente a la noción de proposición o idea. Aunque a veces se identifican las nociones de enunciado e idea, el punto de vista más extendido entre quienes admiten a estas últimas entidades teóricas dentro de la semántica es que las ideas son los significados de los enunciados, que los enunciados expresan ideas. Según la expresión clásica de la distinción entre oración, enunciado e idea (Lemmon, 1966), las tres nociones están sistemáticamente relacionadas, pero no se identifican entre sí. En primer lugar, hay oraciones que no constituyen, cuando se profieren, ningún enunciado (por ejemplo, las oraciones imperativas). En segundo lugar, a cada enunciado corresponde, si no es ambiguo, una idea, que es el contenido semántico de tal enunciado al que se aplican los predicados veritativos. Son las ideas y no los enunciados, según parafrasea Lyons (1977), los que son verdaderos o falsos. En tercer lugar, lo que hace de una determinada proferencia un enunciado son ciertas condiciones contextuales, como por ejemplos la referencialidad de las (proferencias de las) expresiones que componen el enunciado, las intenciones del hablante de realizar una aserción o afirmación...

Por nuestra parte, de acuerdo con argumentos que hemos expuesto en otro lugar (Acero, Bustos y Quesada, l982), prescindiremos casi por completo de la noción de enunciado, por considerarla innecesaria, y sólo la utilizaremos como abreviatura terminológica de oración declarativa o indicativa. En todo caso, no identificaremos la noción de enunciado con el correspondiente acto de habla con el cual suele estar y ser asociada. Si bien, en una mayoría de ocasiones, los actos de habla de aserción o aseveración suelen ser efectuados mediante la proferencia de oraciones declarativas, de enunciados en nuestro sentido, hay ocasiones en que esto no sucede así, por lo que encontraremos injustificable la identificación. Por otro lado, prescindiremos igualmente de la noción de proposición o idea como entidad teórica de la semántica. La razón última es bien sencilla, aunque no su justificación: la teoría semántica o pragmática no tiene necesidad de tales entidades abstractas para explicar los fenómenos lingüísticos que caen bajo su ámbito. En cierto modo, pues, nuestra postura puede ser calificada de materialista, aunque quizás no en el sentido más habitual, puesto que no admite entidades lingüísticas abstractas cuya existencia e identificación sea independiente de las concretas constituidas por las proferencias de las expresiones. Desde nuestro punto de vista, es suficiente el arsenal conceptual constituido por las nociones de proferencia, prolatum y expresión tipo como punto de partida para el análisis del comportamiento comunicativo. Utilizando esas tres nociones básicas, junto con otras generales procedentes de la teoría de la acción, se pueden abordar con esperanzas de éxito las explicaciones de fenómenos semánticos y pragmáticos.


LA PRAGMATICA Y SU OBJETO

Verdad y literalidad


Una idea común es que la frontera entre la semántica y la pragmática corre paralela a la distinción entre los conceptos de oración y proferencia de una oración. Mientras que la semántica se ocuparía de unidades abstractas generadas por las reglas gramaticales, asignándoles una interpretación semántica igualmente abstracta, la pragmática se ocuparía del significado de actos locutivos concretos, de entidades lingüísticas físicas que son el resultado de esos actos. Ahora bien, ésta es una tesis que no es universalmente compartida por los lingüistas, lógicos y filósofos del lenguaje que practican de uno u otro modo la disciplina. En particular, en el campo filosófico, que fue donde se originaron las modernas teorías pragmáticas, es posible encontrar al menos dos teorías básicas sobre la naturaleza de la pragmática. En primer lugar, por orden histórico, estuvo vigente la teoría que asimilaba el objeto de la pragmática a la explicación de los elementos indéxicos en el lenguaje. Por ejemplo, según Kalish (1967, 356): "la pragmática, concebida de este modo, es simplemente la extensión de la definición semántica de verdad a los lenguajes formales que contienen términos indéxicos". se puede advertir, esta concepción de la pragmática se fundamenta en el supuesto de que la diferencia entre los lenguajes formales y los naturales sólo es una diferencia de grado. Precisamente una de las características que separan a las lenguas naturales de los lenguajes formales es la existencia de esos elementos indéxicos (pronombres, adverbios de tiempo y lugar, etc.) que remiten directamente a las ocasiones o situaciones de la proferencia. La idea rectora de esta concepción era que, si se potenciaran los lenguajes formales mediante la incorporación en el formalismo de esos elementos indéxicos, la diferencia entre el lenguaje formal y el natural se iría aminorando. Como el núcleo de la teoría semántica lo constituía la teoría de la verdad, la pragmática no sería sino una extensión de esa teoría de la verdad, una "variedad de jardín" (G. Lakoff) de la semántica.

La otra concepción filosófica tradicional de la pragmática es mucho menos restrictiva, pero es en cambio mucho más vaga. Se trata de la clásica concepción de W. Morris (véase la Unidad 7) según la cual la pragmática trata de las relaciones de los signos lingüísticos con sus usuarios. En esta concepción, es preciso incluir todos los aspectos biológicos, psicológicos y sociales de la comunicación, por lo que la pragmática acaba resultando una mezcla de psicolingüística y sociolingüística cuyo principio unificador queda inmerso en la oscuridad.

En la década de los 70, otros autores, como L. Karttunen (1975), R. Stalnaker (1970), R. Thomason (1977) y G. Gazdar (1979) propusieron una concepción de la pragmática según la cual éste se ocuparía de los aspectos del significado que quedan fuera o no pueden ser manejados por una teoría de la verdad para una lengua natural. Tal como Gazdar (1979) lo expresó: "PRAGMATICA = SIGNIFICADO - CONDICIONES DE VERDAD". Esta forma de considerar la pragmática hizo que no coincidiera por una parte con el ámbito definido por Morris ni, por otro lado, con el tratamiento técnico de Kalish y Montague de los elementos indéxicos. En efecto, si los elementos indéxicos son manejables dentro de una teoría de la verdad, entonces forman parte de la semántica y quedan fuera del ámbito de la pragmática. Ahora bien, ¿cuáles eran esos aspectos del significado que no podían ser manejados por una teoría de la verdad? Ciertamente se trataba de aspectos del significado de las proferencias de las oraciones (o de sus resultados, los prolata), aspectos del significado que se puede considerar que dependen del contexto de uso de la oración y que, por tanto, varían o pueden variar de una ocasión a otra. Pero, bajo esta tesis general, se pueden dar amplias divergencias acerca del alcance de esos aspectos del significado que no quedan cubiertos por la semántica, concebida ésta en el sentido de teoría de la verdad. Para empezar, recuérdese que, de acuerdo con la distinción fundamental entre oración-tipo y proferencia de una oración, la pragmática se ocupa de acciones concretas, acciones verbales, y la semántica de abstracciones operadas sobre conjuntos de acciones. En este sentido, la propia noción de verdad es una noción semántica sólo en un sentido derivado, a saber, en la medida en que aplica a entidades abstractas, teóricas. La noción de verdad se puede considerar desde dos puntos de vista: como una propiedad que, en forma estricta, sólo tiene sentido atribuir o predicar de las entidades concretas que son las proferencias verbales (se entiende que de un subconjunto de éstas). Ahora bien, cuando de estas proferencias se abstraen determinadas características relativas a las circunstancias en que se utilizan, se les puede seguir aplicando el predicado `verdad' .

La teoría semántica de la verdad es, de acuerdo con esta concepción, la teoría pragmática de la verdad menos el contexto, o la teoría de la verdad de contexto nulo. Con un ejemplo, quizás resulte más clara esta diferencia. Considérense las siguientes oraciones:


(1) las ballenas son mamíferos marinos

(2) esta ballena ha muerto por asfixia



En la primera no hay elementos deícticos (se puede considerar que el verbo se encuentra en presente "atemporal"), mientras que son patentes en la segunda (el adjetivo demostrativo, el pretérito perfecto). La asignación de valor de verdad a una y otra oración (proferencia) tiene un carácter diferente. Mientras que en el caso de (1) podemos prescindir casi completamente del contexto de emisión o de uso para afirmar que es verdadera, esto es, podemos estar relativamente seguros de que, sea cual sea la ocasión en que se emplee, será utilizada para hacer una afirmación verdadera, en el caso de (2) la asignación de valor de verdad depende crucialmente del contexto de su utilización: en ocasiones se utilizará para hacer una afirmación verdadera y en ocasiones haciendo una afirmación falsa. Diríamos pues que en la primera proferencia el contexto es igual o se aproxima a cero, mientras que en la segunda es pleno o igual a uno. Pero de ello no se puede concluir que la asignación de valor de verdad a (1) es asunto de la semántica y (2) de la pragmática. Más bien es preciso concluir que la verdad o falsedad de ambas oraciones es objeto de la semántica a través de la pragmática, es decir, que la semántica ha de asignar un valor de verdad a los tipos de los cuales las proferencias son diferentes muestras o ejemplares (verdaderos o falsos). En el caso de (1) esta asignación plantea menos problemas que en (2), pero ambas oraciones, en cuanto abstracciones operadas a partir de proferencias, pueden y deben ser acomodadas dentro de una teoría semántica de la verdad para el español.

Si la teoría de la verdad no sirve sin más para trazar una frontera clara entre la semántica y la pragmática, ¿cuál es la alternativa? ¿cómo determinar los aspectos del significado que son propiamente el objeto de la pragmática? Entre las propuestas avanzadas en la década de los setenta, una de las más interesantes fue la de D. Wilson (1975) que pretendió trazar una distinción entre la semántica y la pragmática utilizando el concepto de convención. Según Wilson, la semántica se ocuparía de los aspectos del significado que se atribuyen convencionalmente a las expresiones lingüísticas, mientras que la pragmática se ocuparía de los aspectos del significado que surgen de una forma no convencional, cuando las convenciones lingüísticas se utilizan en situaciones comunicativas concretas. La pragmática tendría como uno de sus objetivos fundamentales la formulación de un conjunto de principios de interpretación proferencial que explican por qué tanto el hablante como su auditorio manejan en el intercambio comunicativo más información de la estrictamente afirmada en el uso de las expresiones. Dicho de otro modo más coloquial, cuáles son los principios que nos permiten sugerir algo mediante nuestras expresiones - no sólo enunciarlo, afirmarlo, etc. - y que permiten a nuestro auditorio captar o comprender esas sugerencias. Evidentemente esos principios no pueden ser subjetivos, puesto que representan procedimientos que una comunidad lingüística comparte para dominar esos recursos de la comunicación. Esos principios han de tener pues la forma de máximas generales que regulan, o al menos enmarcan, el comportamiento lingüístico de los pertenecientes a una comunidad de comunicación.

Ahora bien, en cuanto máximas, los principios de interpretación proferencial son igualmente de naturaleza convencional, reglas compartidas por una comunidad y fruto de un desarrollo histórico. La frontera entre la semántica y la pragmática no se puede plantear como la separación entre los aspectos convencionales y no convencionales de la asignación de significado a las expresiones lingüísticas, puesto que toda interpretación, basada en principio semánticos o pragmáticos, mediada por la naturaleza sistémica de la lengua o por los aspectos intersubjetivos de la interacción, se basa en convenciones, en reglas sociales que se comparten comunitariamente. Si se admite la teoría de N. Chomsky (1976, 1979, 1982, 1986) sobre el conocimiento lingüístico, es preciso sostener que parte de las reglas que rigen la interpretación de las expresiones lingüísticas (por ejemplo, las que atañen a su estructura) han perdido su carácter convencional, social e histórico para incorporarse a nuestra naturaleza, para adquirir realidad psicológica o biológica. Esos principios formales, asimilados por nuestra estructura psicológica, constituyen un límite externo a la convencionalidad de la asignación de significado. Pero, exactamente en el mismo sentido, se puede mantener que las máximas de interpretación proferencial están "determinadas" en alguno de sus aspectos por imperativos biológicos acerca del procesamiento de la información. En cuanto mecanismos que computan información, también los seres humanos están limitados por exigencias internas de ese proceso, de tal modo que la forma de las reglas sociales que utilizan está en algún sentido restringida para satisfacer esas necesidades internas.

De cualquier modo, sea cual sea la idea que se mantenga sobre la naturaleza de las reglas de interpretación lingüística, lo que queda claro es que la separación entre lo convencional y lo no convencional no puede coincidir en sus límites con los de la semántica y la pragmática.

Una propuesta para delinear tal separación, relacionada con ésta, es la que utiliza como criterio la distinción significado literal/significado no literal. Esta dicotomía no fuerza a distinguir entre aspectos convencionales y no convencionales de la asignación de significado a las expresiones lingüísticas, sino a esbozar una noción medianamente clara de literalidad. Es de hecho una oposición que es claramente compatible con la tesis de que todos o casi todos los principios de asignación de significado a los mensajes verbales son de naturaleza convencional, variando únicamente la naturaleza del significado que asignan. Sin embargo, la de literal/no literal no es una dicotomía libre de problemas, la mayor parte de los cuales reside en la dificultad de determinar lo que en las expresiones lingüísticas es literal y diferenciarlo de lo que no lo es. Generalmente esa determinación se ha realizado acudiendo, una vez más, a la noción de contexto del siguiente modo: el significado literal de una expresión es lo que queda cuando se despoja a esa expresión del contenido informativo que depende del contexto, esto es, para cuya computación es preciso atender a aspectos ajenos a la expresión lingüística misma. Dicho más brevemente, significado literal = contenido comunicativo - significado contextual. En principio, la fórmula no ayuda mucho, porque en ella hay elementos que es preciso determinar. Bajo una interpretación restrictiva, es fácil entender lo que quiere decir `significado dependiente del contexto: los elementos deícticos de la expresión lingüística. Desde este punto de vista, los elementos deícticos (casi) no tienen significado literal, sólo pueden ser interpretados atendiendo a las circunstancias en que son empleados, proferidos. Por tanto, una oración enunciativa (empleada para hacer una afirmación) que contenga elementos deícticos expresará una u otra idea dependiendo de esa circunstancias. Por ejemplo, considérese (3) como una oración de esta clase

(3) Hoy hace cincuenta años que murió José Ortega y Gasset

Como hay elementos deícticos en esta frase, como los adverbios temporales, el tiempo verbal..., diferentes proferencias de esta oración podrán expresar ideas diferentes o, si se prefiere, la misma idea con diferentes valores de verdad. Esos elementos deícticos determinan, según las circunstancias de la proferencia, las ideas que la oración expresa y su valor de verdad. De acuerdo con esta concepción, la semántica estudiaría las ideas (o las condiciones veritativas) expresadas por las expresiones lingüísticas y la pragmática los factores que, con ocasión de la proferencia de esas entidades lingüísticas, ayudan a determinar esas ideas. Para hacer honor a esta tesis, hay que advertir que no sólo son los elementos deícticos los factores de esa determinación, sino que también hay otros, como la fuerza ilocutiva. Aunque más adelante tendremos ocasión de extendernos sobre ello, basta en este punto advertir que una oración puede ser empleada para hacer una afirmación, como es el que caso de muchas oraciones enunciativas, o con otros propósitos u objetivos. En el primer caso, la expresión del contenido ideacional o proposicional de la expresión agotaría todo su significado; en los demás casos, ese contenido ideacional sólo sería parte del significado de la oración, siendo preciso tener en cuenta también los objetivos comunicativos que el uso de la expresión pretende. Así pues, la pragmática no sólo se ocuparía de la aportación de los elementos indéxicos a la determinación de las ideas expresadas por oraciones enunciativas, sino que también se ocuparía de del contenido informativo de esas oraciones que no coincide con el contenido ideacional o proposicional. Esta concepción de la pragmática fue la esbozada, por ejemplo, por R. Stalnaker en los años setenta: "Existen dos tipos principales de problemas que se han de resolver dentro de la pragmática: en primer lugar, definir tipos interesantes de actos de habla y productos de esos actos; en segundo lugar, caracterizar los aspectos del contexto que ayudan a determinar qué idea es la expresada por una oración determinada. El análisis de los actos ilocutivos es un ejemplo de un problema de la primera clase; el estudio de las expresiones deícticas es un ejemplo de la segunda" (R. Stalnaker, 1970). En esta concepción, por tanto, la pragmática desempeña un papel importante en la determinación de lo que es el significado literal de una expresión, en la medida en que ese significado literal se identifica en unos casos con la idea expresada y, en otros, con el acto realizado con ocasión de la proferencia de una expresión.



Por el contrario, si se adopta un punto de vista radicalmente diferente, de acuerdo con el cual el significado de una expresión lingüística es inseparable de las circunstancia en las cuales se emplea, nos encontramos con un disminución radical del significado literal. En efecto, si se hace depender casi totalmente el significado de las expresiones lingüísticas de su uso en situaciones concretas, el residuo literal de ese significado queda reducido prácticamente a cero. Ahora bien, por muy radicalmente partidario que se sea de las tesis de Wittgenstein, ningún investigador de la pragmática cree que el significado de las expresiones es adscrito ex ovo por las intenciones del hablante y las creencias de la audiencia. Es cierto que, como se ha visto (Unidad 19), la teoría pragmática del significado de H.P. Grice otorga una primacía epistemológica y metodológica al significado que el hablante otorga a sus expresiones, en función de sus intenciones y de los medios por los cuales éstas se expresan y son reconocidas por un auditorio. Pero la concesión de esta primacía no ignora, o no debe ignorar, que el hablante, al otorgar significado a sus expresiones, está haciendo uso de una realidad cultural e histórica relativamente fija, que es el sistema de su lengua. Esto quiere decir que el hablante se encuentra en una especie de libertad vigilada cuando se expresa lingüísticamente: la libertad procede del hecho de su utilización intencionada de expresiones lingüísticas, que puede dar a éstas nuevos aspectos o nuevas dimensiones: su limitación estará determinada por el hecho de que esas intenciones son expresadas bajo la importantísima restricción de la necesidad de su reconocimiento. Es esta necesidad la que hace que el hablante utilice medios socialmente fijados e intersubjetivamente compartidos por los miembros de su comunidad comunicativa. Uno de estos medios es evidentemente la propia lengua, ese conjunto de principios o reglas socialmente compartidos y culturalmente transmitidos para la expresión e interpretación de información. Pero, aparte de la lengua o junto a ella, existen además otros medios, otras reglas o principios de interpretación que posibilitan al hablante una cierta libertad, una cierta flexibilidad en el proceso de transmisión e interpretación de información por medio del lenguaje. Es posible que estas reglas no formen parte de la competencia, en el estricto sentido chomskiano, del hablante de una lengua, pero de lo que no hay duda es que forman parte del conocimiento que fundamenta su utilización. Porque el conocimiento que tiene el hablante de su lengua no se ha de entender sólo en el sentido del conocimiento del sistema de la lengua, sino también en el conocimiento del uso del sistema, de su funcionamiento en situaciones concretas. Este último aspecto incluiría la habilidad o capacidad para captar los rasgos pertinentes de los contextos y manejarlos de una forma creativa, algo que sin duda no puede relegarse a una teoría de la actuación en acepción chomskiana.
Los fenómenos pragmáticos
¿Cuáles son las propiedades y los hechos lingüísticos que una teoría pragmática, equilibradamente concebida, debe explicar? La dicotomía comentada entre el significado literal y el no literal puede servir de guía, por lo menos en este estadio, en la determinación y clasificación de los fenómenos que son el objeto de estudio de la pragmática. Se puede reinterpretar la noción de significado literal como significado sistémico, esto es, como el significado de la expresión tipo, de la cual, cuando se utiliza en una ocasión concreta, se hace una proferencia. Ese significado es, por supuesto, una entidad teórica determinada por la semántica al margen del contexto de la proferencia. Si se trata de una oración, la semántica nos proporcionará una representación de ella, que constituirá precisamente su significado sistémico. Por el contrario, el significado no sistémico de una expresión sería el significado de la proferencia de esa expresión, en la medida que en él se encuentra representada información que no coincide con la figurada en el significado sistémico. Esta matización es importante, porque aclara las relaciones entre ambas nociones. Si por el momento suponemos que el significado sistémico es equivalente al significado literal, podemos distinguir entre dos casos: por una parte, a veces queremos decir lo que literalmente decimos y, en consecuencia, a veces nuestro auditorio entiende que decimos lo que literalmente decimos; en estas ocasiones el significado de nuestras proferencias coincide punto por punto con su significado literal. Por otro lado, a veces queremos comunicar algo más de lo que decimos, y nuestro auditorio así lo entiende, complementando o sustituyendo el significado literal de lo que decimos con una información a la que se puede acceder a través de aquello que decimos: en este caso nuestras expresiones tienen un significado no sistémico o no literal. No existe pues una relación necesaria de inclusión entre ambas nociones, lo cual podría pensarse si se confunde la noción de significado no sistémico con la noción introducida por H.P. Grice (1968, v. la Unidad 19) de significado ocasional del hablante. Si se entiende bien esta noción, que es central en la teoría pragmática del significado de Grice, el significado ocasional del hablante se corresponde con el significado de la proferencia del hablante, y esta noción puede incluir tanto al significado sistémico como al no sistémico. Es posible que el significado sistémico y el no sistémico difieran completamente, que, en muchas ocasiones lo primordial para representar el significado de una proferencia sea el significado no sistémico, siendo el sistémico prácticamente irrelevante. Pero siempre habrá un hilo conductor, un nexo causal que lleve del uno al otro. Ni se puede despreciar el componente literal de una proferencia lingüística, considerándolo completamente irrelevante, ni se puede hacer residir en él el núcleo principal de la representación del significado proferencial. Es decir, aún habiendo una dependencia entre ambos, no se puede afirmar la supremacía epistemológica o metodológica de uno sobre otro.

Si el significado sistémico de una proferencia (de tenerlo) es asunto de la semántica, es objeto de la pragmática su significado no sistémico. La pragmática, de forma análoga a la semántica ha de dar cuenta de la significatividad de las proferencias en su dimensión no sistémica, esto es, ha de contener elucidaciones de los predicados

I. a. P significa...

b. P significa no sistémicamente...

En contraste con lo que literalmente significa una expresión se suele situar lo que el uso de esa expresión sugiere, da a entender, presupone, implica o entraña no lógicamente, etc. Todas esas propiedades y relaciones son candidatas a formar parte, quizás independiente, de ese significado no sistémico a que se refiere I.b. Por ello, es necesario descomponer este punto en diferentes factores, de los que por el momento destacaremos dos:

b.1. P presupone...

2. P implica no lógicamente...

La distinción entre implicaciones lógicas y no lógicas se suele marcar denominando a estas últimas implicaturas y, como veremos, se distribuyen a su vez en diferentes clase, con sus propios criterios de identificación.

Hemos hecho referencia al hecho de que la pragmática ha de dar cuenta de la competencia del hablante para utilizar el sistema lingüístico de una forma coherente con la situación en que ese hablante se encuentra. Esto significa que la pagmática ha de describir los criterios que permiten decidir si un hablante se está comportando lingüísticamente de una forma racional, lo cual equivale a establecer, una noción de aceptabilidad pragmática (D. Hymes, 1971). De modo análogo a como la sintaxis especifica el conjunto de oraciones que, desde el punto de vista estructural, pertenecen a una lengua y la semántica determina las oraciones que son admisibles desde el punto de vista de su significado sistémico, la pragmática ha de especificar cuándo una proferencia constituye un acto de habla adecuado o coherente con una situación comunicativa. Esto significa, en primer lugar, una elucidación del concepto de acto de habla y, quizás, una descripción y clasificación de los actos de habla, una formulación de sus condiciones constitutivas, de sus relaciones internas, etc. Por lo tanto, se puede afirmar que la pragmática trata también de predicados como

I. c. P es un acto de habla

1. directo...

2. indirecto...

I.d. P tiene una fuerza ilocutiva

Además, la pragmática ha de definir un marco conceptual mediante el cual se pueda analizar el intercambio de expresiones o actos de habla que constituye la comunicación lingüística, de forma que dé adecuada cuenta de las principales propiedades que caracterizan a ésta. Con ello se quiere decir que la pragmática ha de especificar unos criterios mediante los cuales se pueda juzgar si un acto de habla es consistente con la situación comunicativa, esto es, si es un acto racional respecto a los fines de la interacción lingüística. En este punto, la principal relación que ocupa a la pragmática es

I.e. P es coherente con el contexto comunicativo K

El resultado es que la teoría pragmática ha de contener al menos una teoría pragmática del significado, una teoría de los actos de habla y un marco teórico general en el que analizar la interacción comunicativa.


La crítica a la concepción semiótica de la comunicación lingüística
El objetivo principal de una teoría general de la comunicación es el de explicar cómo nos comunicamos mediante la realización de cierta clase de acciones, cuáles son las características especiales que tienen esas acciones. que posibilitan la comunicación, y de qué modo funciona todo el proceso de producción y comprensión del significado ligado a esas acciones. Un modelo de tal teoría general ampliamente utilizado a lo largo de este siglo es el modelo semiótico, el modelo cuyo concepto central es el concepto de código. De acuerdo con este modelo, comunicar consiste en cifrar información mediante un código que, conocido por el receptor o destinatario del mensaje, es utilizado para descifrarlo. El ejemplo clásico para ilustrar la naturaleza de la noción de código es el del código Morse: un emisor traslada un mensaje lingüístico a secuencias de rayas y puntos que, trasmitidos a través de un canal, son recibidos por un destinatario. Este destinatario, utilizando un manual del código, descifra las secuencias, convirtiéndolas de nuevo en expresiones de una lengua natural

I. Diagrama clásico del proceso de comunicación




mensaje
Mensaje

CÓDIGO


CÓDIGO

RUIDO



MENSAJE

CODIFICADO



MENSAJE

CODIFICADO



CANAL


EMISOR



RECEPTOR

Con respecto a este modelo y ejemplo, hay que resaltar lo siguiente: en primer lugar, que la codificación consiste en un cifrado, en una forma de reescritura, de tal modo que, si lo trasmitido es `S.O.S', la secuencia codificadora es `-. -'; en segundo lugar, que la información codificada es la de que `-.-' equivale a `S.O.S', y nada más. En particular, conviene advertir que no se ha codificado, ni transmitido el significado de `S.O.S' (lo que se suele denominar información semántica). Una vez transmitida la señal, el significado de `S.O.S' ha de ser interpretado, o averiguado, por el receptor del mensaje, para lo cual no le sirve de nada el código Morse. Que la señal en cuestión constituya una petición de socorro, o una contraseña acordada, o una broma privada entre emisor y destinatario, no es una información que viaje o se traslade a través del canal de la transmisión telegráfica. A través del canal telegráfico lo único que viaja son señales eléctricas, pero no significados. Para descifrar éstos, el destinatario ha de ser capaz de manejar un manual descodificador que puede tener poco que ver con lo corrientes, hasta el punto de que quizás no merezca la pena denominarlo así.

El modelo de Shannon y Weaver de la comunicación, y el concepto de información que llevaba aparejado, utilizados para describir los aspectos esenciales de la telecomunicación, han desempeñado el papel de una metáfora raíz, o metáfora constitutiva, de la teoría de la comunicación mediante el lenguaje natural. Esto no es una calificación negativa: como sabemos, en muchas ocasiones es la única forma posible en que se puede conformar y progresar una determinada disciplina. Pero, en el manejo de una metáfora de este tipo siempre subsiste el riesgo de considerarla algo literal (algo parecido ha sucedido con la metáfora raíz de las ciencias cognitivas: la mente es un ordenador). Es preciso saber cuáles son los límites de la metáfora, hasta qué punto resulta útil en la investigación de un nuevo campo y cuándo es preciso abandonarla, porque ya ha perdido su valor hermenéutico. Esto último resulta particularmente difícil cuando la metáfora ha calado tan profundamente que ha impregnado el uso cotidiano del lenguaje, incluso hasta el punto de constituir campos de expresiones lexicalizadas cuyo carácter originariamente metafórico ya no se percibe como tal.

El fundamento de la aplicación metafórica de la noción de código a la comunicación lingüística es que una lengua natural puede considerarse como un código similar al Morse. La utilizaríamos para "cifrar" nuestro pensamiento (los significados) de tal modo que fueran descifrables por un destinatario que tuviera conocimiento de ese código. El esquema resultante de esa aplicación sería el siguiente:

II. Conducta lingüística verbal


Pensamiento



Pensamiento

interpretado

Codificación

lingüística



Señal

Acústica


emitida

Descodificación

Lingüística

Ruido

Señal


Acústica

recibida

Nótense las similaridades y las diferencias porque ambas son importantes para la comprensión de la extensión metafórica de la noción de código a la comunicación. Lo que en el modelo original es en realidad un proceso de cifrado, de reescritura en una notación diferente, en este modelo es un proceos de traducción de pensamiento a expresiones lingüísticas. Incluso si dejamos por un momento la cuestión de si los pensamientos tienen ya una forma lingüística (si forman parte de un lenguaje interior, como sostenía Agustín de Hipona y mantiene el psicólogo J. Fodor), es evidente que la codificación lingüística no es literalmente comparable al del modelo original. Del mismo modo sucede con el proceso de descodificación, en el que no se produce una simple retranscripción, sino una auténtica traducción, si suponemos que el destino final del pensamiento es el lenguaje mental del destinatario. Entre otras cosas importantes, un elemento esencial que distingue ambos modelos es la existencia de una gramática: en el supuesto proceso de codificación lingüística interviene ese conjunto de reglas que nos permite producir una entidad que, de algún modo, contiene la información que contiene la representación mental que queremos transmitir al destinatario. La existencia de ese conjunto de reglas, entre otras cosas, separa al lenguaje natural de un código. Para expresarlo de una forma contundente (R. Harris, 1989): "una lengua no es un código, y tampoco un código es una lengua. Sólo las lenguas en sentido corriente - lenguas como el inglés, francés o latín -tienen gramáticas. Un código no tiene una gramática, ni podría, de alguna forma `generar' una gramática". De tal modo que no existe, ni puede existir, una gramática Morse o Braille, aunque efectivamente existen tablas de equivalencias entre los signos del código y los signos lingüísticos (las letras): lo característico del código es que puedo utilizarlo sin tener ni idea de la lengua en que están escritos los caracteres que cifro. Ello no afectaría a la transmisión, que podría ser descifrada por un receptor igualmente ignorante.

Conviene distinguir pues entre procesos distintos, relacionados con la comunicación, que no obstante pueden no tener nada que ver entre sí: 1) en primer lugar, y considerando lo más elemental, el proceso de transmisión de una señal. Este proceso no implica necesariamente una codificación: por ejemplo, la transmisión telefónica consiste en la transformación de energía dinámica - las ondas acústicas - en impulsos eléctricos, los impulsos eléctricos recorren un canal -el hilo telefónico- y son retransformados a su vez en ondas acústicas que impresionan nuestros tímpanos. En ningún momento del proceso es correcto hablar literalmente de codificación. Lo único que se ha producido es la transformación de una forma de energía en otra de acuerdo con ciertas leyes físicas.

2) En segundo lugar, hay que distinguir los procesos de codificación de mensajes, en los que tales mensajes son cifrados, esto es, reescritos de acuerdo con un procedimiento, la clave del código, posiblemente transmitidos en esa forma cifrada, y finalmente descifrados por un receptor, mediante la aplicación de la clave. Como he dicho, tales procesos de codificación y descodificación son independientes de que emisor y receptor tengan conocimiento del significado (sea esto lo que sea) de los mensajes transmitidos, no requieren ningún conocimiento lingüístico en particular y la competencia codificadora consiste esencialmente en una habilidad mecánica - en el sentido que lo es la del perforador de tarjetas de ordenador, por ejemplo.

3) En tercer lugar, los procesos de traducción, que implican el conocimiento lingüístico, la comprensión de los mensajes que se trasladan, y que persiguen la conservación de la información semántica.

Uno de los inconvenientes de la metáfora semiótica es que hace suponer que lo comunicado se encuentra de alguna forma contenido, encerrado, en la representación semántica de la expresión fonéticamente realizada. Sin embargo, si lo que se comunica en la comunicación tiene algo que ver con la información a que se da acceso al destinatario de la comunicación, con la información que éste adquiere en virtud de una relación causal con la expresión lingüística utilizada por el emisor, entonces tal supuesto es radicalmente falso. La representación semántica de una oración no contiene toda la información que es transmitida por medios lingüísticos en la comunicación. A veces ni siquiera es esa información la que se transmite, a pesar de ser irreprochable la comunicación. Por decirlo de otro modo, el esquema II omite precisamente lo que es la médula de la comunicación, el hecho de que la información comunicada no está dentro del mensaje, sino que, por decirlo así, el mensaje sólo es la llave que da acceso a esa información.

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