Señoras y Señores



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Conferencia pronunciada en la Segunda Semana Guenoniana de Buenos Aires, auspiciada por la Biblioteca del Congreso de la Nación y las revistas 'Symbolos' y 'Estudios Tradicionales'.

Señoras y Señores:

Estudiar los escritos, ideas y concepciones de René Guénon y Carlos Marx parece una osadía, ya que a primera vista se trataría de proyectos raigalmente diferentes, uno espiritualista y el otro, materialista. Sin embargo ésta es una interpretación sumaria y un estudio metodológico, sin prejuicios, permite encontrar aspectos que se escapan a las visiones dogmáticas.

El pensador francés René Allau fue el primero que intentó una aproximación al tema en su ensayo De Marx a Guénon: de un 'crítico radical' a un 'crítico de principios' de las sociedades modernas, en el libro de homenaje a Guénon, en 'Les Dossier H', compilación dirigida por Pierre-Marie Sigaud, en la colección 'L'Age d'Homme', publicado en París en 1984.

Pero hay otros elementos que ayudan al investigador a efectuar un estudio comparativo de las ideas de ambos pensadores. Fue el filósofo italiano Rodolfo Mondolfo en su obra Marx y marxismo. Estudio histórico-crítico, quien destacó la influencia en Marx y Engels, especialmente en Marx y, anteriormente, en los socialistas utópicos, de pensadores antiguos y modernos, en cuanto a la formulación del materialismo dialéctico e histórico y a propósito de la enunciación de un concepto de la historia, particularmente los filósofos jónicos (Heráclito, Demócrito y Leucipo), en pensadores romanos como Lucrecio, y especialmente en escritores herméticos como Giordano Bruno, Francis Bacon y Baruch Spinoza. Silvio Frondizi aportará otro elemento que conocí cuando realicé el curso sobre historia de las ideas en la Facultad de Derecho de La Plata en 1962, como se verá en este trabajo, la formulación de la dialéctica de la naturaleza en Marx y Engels que fue tributaria del teósofo y místico alemán del siglo XVI, Jacobo Böehme.

Marx murió en 1883, en Londres, y tres años después, nacía René Jean Marie Joseph Guénon, en Blois, Anjou, en el apacible Valle del Loira. Seguramente, en el caso de Guénon tuvo referencia sobre las ideas de Marx y Engels, aunque su camino cultural-espiritual fue distinto, diferente, al de los comunistas.

En ambos casos, Guénon y Marx condenaron la modernidad burguesa de la que fueron críticos especialmente por sus deformaciones cientificistas, tecnocráticas y manipuladoras de la persona humana. También rechazaron el positivismo, el cientificismo, el consumismo, el lucro y la alienación de los seres humanos en el trabajo y por la explotación del hombre por el hombre, en lo material y en lo cultural-espiritual.

Otro error muy común al abordar la metafísica guenoniana es creer que esta metafísica tiene raíces teológicas o religiosas exotéricas. Trataré de explicar que lo de Guénon tiene como fundamento dos cuestiones esenciales: su carácter iniciático y su explicación del simbolismo porque el mundo y la vida humana se desarrollan en un contexto simbólico sobre lo cual Ernest Cassirer se refirió en sus estudios Filosofía de la Ilustración y Antropología filosófica (Introducción a una filosofía de la cultura). Prueba de ello es que hoy cuando el mundo académico, las ciencias oficiales, la filosofía y la teología, miran con despreocupación los textos antiguos, es decir, los escritos hermético-alejandrinos y otros linderos o signos que vienen de edades pretéritas, incluso desde Sumeria y aún antes, sin embargo reconocen que no se puede explicar la matemática filosófica, la lingüística, la cibernética, la semiótica, las ecuaciones infinitesimales o la física nuclear y quántica, si no se recurre a la explicación simbólica, a una explicación de sus símbolos.

En la búsqueda de las esencias

El objetivo central de Guénon, de sus escritos, es llevar al hombre y la mujer al término de su destino verdadero, a su identificación con su propia esencia, la realización espiritual que consiste en la toma de conciencia efectiva de la realidad del Espíritu. Probablemente su principal escrito en este sentido sea Los estados múltiples del ser. Pero ello se realiza a partir de una vía iniciática activa que se logrará por un camino distinto de las religiones exotéricas o del conocimiento filosófico o metafísico académicos. Desde luego ese método tampoco se encuentra en los pseudoespiritualismos y el llamado ocultismo, atajo intelectual producto de una insuficiencia cultural o de las perversiones del pensamiento.

En Occidente, donde Guénon cree que las formas tradicionales se han perdido, considera que las únicas organizaciones que siguieron siendo iniciáticas son la Francmasonería y el Compagnonnage. Así lo afirma en Aproximación a la iniciación.

Para ello, el metafísico francés estudia la manifestación universal o macrocosmos, que siempre es una manifestación y no una creación, e indaga sobre el hombre: centro y microcosmos. Así lo había hecho Cornelio Agripa. ¿No fue acaso testimoniado en los escritos alejandrinos y en la Tabla de esmeralda? Para lograr el estudio del mundo simbólico y la verdadera iniciación, Guénon realizó un esfuerzo intelectual enorme penetrando en el corazón de las tradiciones más misteriosas de la humanidad. 'Aquello de lo que nos hablan las leyendas -dice Jean Borella- y los cuentos de todos los países, los saberes enigmáticos y las antiguas creencias de relatos inmemoriales, todo eso por una especie de milagro, adquiere sentido y se torna posiblemente verdadero. Leer esta obra es, en cierto aspecto, reencontrar la infancia perdida de las primeras edades'. Para ello Guénon dice que es necesaria una reforma intelectual, una crítica del mundo moderno burgués y un replanteo de la metafísica y un reconocimiento del simbolismo. Tradición quiere decir transmisión. Se logra como decían los viejos alquimistas medievales, mediante una 'transmutación psicológica' que se alcanza por la interpretación del mundo simbólico. Ese mundo simbólico contiene los símbolos, las pistas, los landmarks, de la conciencia de la especie. Para lograr la comprensión del mundo simbólico y del acceso a una filosofía perenne o primordial considera Guénon que es necesario someter a la crítica la modernidad y el racionalismo, entendido como un dogma que no debe ser confundido con la razón intelectiva. Allí es donde encuentra limitada la razón científica transformada en tecnocracia manipuladora de la persona humana, no cuestiona la ciencia como saber práctico, él mismo participaba de ella como matemático, tema que dejó testimoniado en su obra Los principios del cálculo infinitesimal. Lo que cuestionó Guénon es lo mismo que cuestionó la Escuela de Frankfurt en su misma época: la 'razón científica' elevada a dogma impide el desarrollo de todas las condiciones intelectuales. Así lo señalaron Herbert Marcuse en Razón y Revolución y Theodor Adorno y Max Horkheimer en Dialéctica del Iluminismo. Otro de sus exponentes, Walter Benjamin, buceó en el significado del mundo simbólico. Por eso lo menciona Victoria Cirlot, la hija del autor del Diccionario de símbolos en su retrospectiva sobre la de su padre, incluida en la edición en castellano publicada Ediciones Siruela.

Guénon no menospreciaba la inteligencia sino que buscaba un acto intelectual, una intuición intelectual que revelara lo metafísico, al intelecto. Eso se logra mediante la comprensión de los símbolos y la iniciación. Para Guénon, los símbolos y la iniciación, producen en el intelecto una concentración pura sobre el Absoluto, y se llega a ese conocimiento, independientemente de todo medio revelado. Por eso creía que las grandes revelaciones religiosas o de otro tipo no son más que cristalizaciones formales de una Realidad en sí informal.

Tanto Marx y como Guénon enseñaron que hay que pensar de otra manera y no continuar repitiendo los pensamientos aprendidos. En el caso de Guénon, es allí, en la iniciación donde reside la verdadera función de lo que denominé 'transmutación psicológica'. Lo de Guénon se distingue de las filosofías contemporáneas como también de los sistemas occidentales clásicos. Es importante no confundir la 'realización metafísica' en el sentido de Guénon, con una 'metafísica' tal como la entienden los historiadores de la filosofía. Por eso no se puede equiparar la metafísica con la ideología porque esta, para Guénon, sería solamente una consecuencia de aquella.

Es por eso que rechaza la religiosidad externa o exotérica. Y también la idea de progreso lineal, salvo en el plano de la fuerza material. Rechaza la superstición de la ciencia transformada en dogma tecnocrático y llama a superar la 'vida corriente' de la sociedad de consumo. Dice Borella con acierto que rechazó 'la ideología capitalista de la civilización anglosajona'.

Cuando mencioné la conciencia de la especie he querido significar la conciencia del pasado, que no es para nada, inmobilista, según algunos creen, ya que se renueva, momento a momento, en el iniciado que vive en sus mínimos detalles, reinterpreta incansablemente, revisa, intuye, los signos que se transforman en sentidos, en inferencias, en evidencias, en esos tejidos del tiempo.

Las civilizaciones tradicionales tuvieron cronistas pero no historiadores, porque como dijo Lao Tse, 'el hábil caminante no deja vestigios'. El iniciado, entonces, debe encontrar esa filosofía perenne que forma parte de la conciencia de la especie. Y eso, repito, no tiene nada de inmobilidad. Por el contrario, es todo actividad. Lo expresó claramente Ibn Arabi, el sufí nacido en Murcia, en el siglo XII, en su bella obra Las revelaciones de la Meca: 'la conducción divina consiste en que el hombre sea llevado a la perplejidad; ahora bien, la perplejidad es no-inercia, inestabilidad, movimiento, y el movimiento es vida, de manera que no hay inercia ni muerte, sino existencia pura sin ausencia. Tal es también la naturaleza del agua, que comunica vida a la tierra y provoca el movimiento, de acuerdo a la palabra del Corán: 'Y tu ves la tierra desierta, y cuando Nosotros descendemos sobre ella del agua, ella tiembla y concibe, y produce todo tipo de parejas bellas' (Corán, VI, 122).

Es posible, entonces, que se comprenda dentro de un siglo que todo el desarrollo del análisis crítico de las sociedades modernas estuvo marcado por dos enfoques metódicos, no menos rigurosos uno que el otro, uno 'radical', el de Marx, el otro 'de principios', el de Guénon, y bien dice René Alleu que 'a pesar de estar situados en las antípodas uno de otro, han aclarado de alguna manera las bases 'terrestres' y las cúspides 'celestes' de las sociedades 'modernas' y 'tradicionales'. Es así que más allá de una oposición bastante evidente, el historiador futuro percibirá mejor que nosotros la profunda complementariedad de dos rebeliones de estos dos exiliados que fueron, con bases muy diversas, Marx y Guénon. A través de ellos, pueden oírse dos grandes voces: la de un proletariado aún oprimido al este y al oeste; la de un Tercer Mundo culturalmente devastado y económicamente esclavizado por la sociedad industrial occidental'.

Castas, artesanos, trabajadores

Guénon trató de comprender, desde el punto de vista tradicional, a su tiempo. Mostró que los conflictos entre la casta real y la casta sacerdotal (conflictos fundados en el orgullo del rango y sobre la lucha por el poder) han jugado un rol fundamental en la historia de las civilizaciones. Dice René Alleau que 'la aparición de estas divisiones corresponde precisamente al desarrollo cíclico de la teoría tradicional de las cuatro edades de oro, plata, bronce y hierro, y esta última está marcada por una 'lucha final' entre la casta de los comerciantes y las clases populares'.

La interpretación tradicional no tiene nada de místico ni de abstracto. Guénon se pronunció claramente en el campo económico, por ejemplo, con respecto a la moneda, al artesano y a las condiciones del trabajo.

La tecnificación y la mecanización de la mano de obra dividió a los trabajadores en dos clases más alejadas una de otra, al mismo tiempo que la máquina reemplazó la herramienta, mientras que la fábrica reemplazó al taller.

Advierte Guénon que la desaparición del artesanado eliminó el carácter concientemente creador, personal y cualitativo del trabajo artesanal colocando el conjunto de la producción industrial bajo sistemas abstractos administrativos burocráticos y tecnocráticos, que no tienen el más mínimo interés por el trabajador. La sociedad tradicional, dice Guénon, no diferencia entre arte y oficio, entre artista y artesano ya que no existe una sola actividad humana, aún entre las más humildes, que no estuviesen relacionadas con principios superiores metafísicos, teológicos o cosmológicos. La actividad del trabajador es no solamente útil, como plantea la sociedad burguesa, sino que está revestida de una belleza y de una dignidad sagrada. Por eso, sostiene Guénon que se debe encontrar la armonía entre la tierra y el cielo, entre la naturaleza y la cultura, entre la fe y la razón y toda civilización futura deberá encontrar las llaves de una tarea más importante que la transformación del mundo y de la sociedad por la historia y en la historia; debe encontrar la transfiguración de la vida cotidiana de cada hombre y mujer, aquí y ahora.

Tradición y ciclos

Guénon confirió a las palabras tradición e iniciación un sentido riguroso. Es lo que el hombre y la mujer reciben y lo identifican con el Logos de la humanidad. Ese despliegue no se produce por un progreso lineal. Repito, lo sabía Hegel cuando habló de los cambios dialécticos superando el racionalismo aristotélico. Cambios cuantitativos o cualitativos.

Para Guénon su doctrina cíclica, que extrae de la India, excluye toda repetición, ya que los cambios se producen agotándose en cada período sucesivo. Lo ejemplifica con la sucesión de las cuatro edades mencionadas, oro, plata, bronce y hierro, proveniente de la tradición de Hesíodo y Platón. Nos encontraríamos, según la India, al final de la edad de hierro o de los conflictos (el Kali-Yuga) de acuerdo a la terminología hindú, período al que le seguirá un cambio cualitativo, según la explicación del metafísico.

Fue Heráclito de Éfeso, quien planteó una teoría de los ciclos, según lo han desarrollado Oswald Spengler, Theodor Gomperz y Rodolfo Mondolfo. Decía mi maestro Mondolfo en su Heráclito. Textos y problemas de su interpretación: 'El principio universal divino representa para Heráclito la inteligencia y la vida universales (Zeus) que en todo ser, así como en todo el cosmos, se manifiestan como ciclos incesantes de construcción y destrucción, que se han realizado y se realizarán infinitas veces en el curso infinito del tiempo. La teoría de los ciclos cósmicos se asocia a la del flujo universal de la materia 'eternamente viviente', comparable con el fluir de un río cuyas aguas cambian sin cesar. Todo se mueve y cambia incesantemente, aun cuando sus transformaciones escapan a nuestra percepción, lo que le parece a Gomperz una anticipación heraclítea del descubrimiento de los movimientos invisibles, que explicará más tarde la teoría atomista'.

'Sin embargo -agrega Mondolfo- Heráclito nos reserva una sorpresa aún mayor con la intuición de una ley única que domina en la vida de la naturaleza tal como en la de los hombres: ley de medida, ley divina, logos eterno, cuyo imperio sustituye a la multiplicidad arbitraria de los dioses del politeísmo. Gomperz juzga semejante idea inspirada a Heráclito por los descubrimientos pitagóricos de la ley del número en la astronomía y en la acústica'.

Sigue Mondolfo expresando que Heráclito 'Esta impelido hacia la intuición de la ley universal por la exigencia de una permanencia eterna frente al flujo universal de las cosas; esta permanencia la encuentra en la ley inmutable que se unifica con la materia animada e inteligente, en la concepción mística de la razón universal. No es fácil de reconocer esta ley o razón universal, porque la naturaleza ama ocultarse; pero (agrega Heráclito) hay que esperar lo inesperado y ver, aun en las leyes humanas, la ley divina que lo domina todo'.

Concluye aquí Mondolfo: 'Por esta idea de una ley eterna inmutable -dice Gomperz- heráclito pudo ser fuente de una corriente religiosa y conservadora; por el principio de la relatividad, en cambio, fue iniciador de una corriente escéptica y revolucionaria. De él procede, por un lado, el fatalismo resignado de los estoicos y la identidad hegeliana entre real y racional; por otro lado, el radicalismo de la izquierda hegeliana y Proudhon. Puede decirse, según Gomperz, que Heráclito es conservador porque ve en toda negación el elemento positivo y es revolucionario porque en toda afirmación ve el elemento negativo. La relatividad le inspira la justicia de sus valoraciones históricas, pero le impide considerar como definitiva cualquier institución existente'. Es que en Heráclito no solo se presenta el naturalismo jónico sino también la influencia pitagórica y del orfismo iniciático.

¿Cómo pasaron estas concepciones, desde la antigüedad al esoterismo y a la masonería moderna? Por las enseñanzas de la ciencia y del humanismo renacentista y por la filosofía denominada hermética. Un papel importante tuvieron los estudios de Giordano Bruno (su concepción del 'infinito Universo') que lo llevaron a la hoguera inquisitorial el 17 de febrero de 1600. Sobre la influencia del hermetismo en Bruno, la estudiosa Frances A. Yates ha dilucidado la cuestión en una obra documentada, de carácter científico y para nada ligada al charlatanismo ocultista. Me refiero al libro Giordano Bruno and the Hermetic Tradition.

El hermetismo entre dos épocas

Pero la conexión de Bruno no es la única, otros pensadores modernos, fueron influenciados por el hermetismo en algún momento, o se encontraron con él a lo largo de sus investigaciones. Dos personalidades de la modernidad como el barón de Holbach, enciclopedista y autor del Sistema de la Naturaleza, exponente del materialismo mecanicista, y Carlos Marx, que descubrió el materialismo histórico y dialéctico, fueron influenciados, de alguna manera, por doctrinas herméticas.

Holbach conoció las ideas del martinismo o martinecismo, es decir las de Martínez (Martínes) de Pasqually (o Pascalis o Pascualis), célebre taumaturgo, para algunos nacido en 1715 ó 1727 en Grenoble y para otros en Portugal y fallecido, probablemente en 1774, para unos en Santo Domingo y para otros en Haití. Este sorprendente personaje fue autor del libro Traité de la réintégration des êtres dans leur premiéres propietés, vertus et puissance spirituelle et divine, de mucha influencia entre los masones iluministas e iluminados del siglo XIX. Su discípulo, Luis Claude de Saint-Martin, (Amboise, Francia, 1743-Aulnay, 1803), también místico y espiritualista, interesó por las doctrinas de su maestro al revolucionario de la Conspiración de los Iguales y uno de los precursores del socialismo utópico, Filippo Buonarroti, compañero del revolucionario Graco Babeuf.

En cuanto a Carlos Marx, él y su amigo y colaborador Federico Engels, extrajeron de las doctrinas del teósofo y esoterista alemán, Jacobo Böehme, la idea sobre el movimiento de la materia (el 'tormento de la materia', según Böehme) de la que dejaron referencias claras, Marx en La Sagrada Familia y Engels, en Del socialismo utópico al socialismo científico y de Giordano Bruno tomaron elementos para elaborar la teoría de la dialéctica de la historia y el concepto de historicidad, previstos por Bruno antes que Hegel.

Dice Marx en La Sagrada Familia: 'La más importante propiedad de la materia es el movimiento, pero no solamente un movimiento mecánico y matemático, sino más como tendencia, como espíritu vivienda, como tensión, o según la expresión de Jacobo Böehme, como 'tormento' de la materia' (ver Teorías políticas contemporáneas, Ediciones Macchi, pág. 145).

Engels vuelve sobre el teósofo Böehme y sobre su cosmogonía esotérica y expresa en Del socialismo utópico al socialismo científico; 'Entre las propiedades innatas a la materia, la primera y más importante es el movimiento, concebido no sólo como movimiento mecánico y matemático, sino más aún como impulso, como espíritu vital, como tensión, como 'Qual' (tormento) -para emplear la expresión de Jacobo Böehme- de la materia. Las formas primitivas de la última son fuerzas sustanciales vivas, individualizantes, a ellas inherentes, las fuerzas que producen las diferencias específicas'.

En la primera edición inglesa de este libro, corregida por el propio Engels, hay una nota que luego desapareció en las ediciones posteriores, ya fallecidos Marx y Engels. Este explicaba ''Qual' es un juego de palaras filosóficas. 'Qual', en alemán, significa, literalmente, la tortura que incita a realizar una acción cualquiera. Al mismo tiempo, el místico Böehme transfiere a la palabra alemana algo del término latino qualitas (calidad). Su 'Qual' era -por oposición al dolor del desarrollo expontáneo de la cosa, de la relación, o de la personalidad sometida a su influjo y que, a su vez, provocaba este desarrollo'.

Dice acertadamente Erich Fromm: 'Para Marx, el hombre se caracteriza por el principio del movimiento y es significativo que cite al gran místico Jacobo Böehme en relación con este punto. El principio del movimiento no debe entenderse mecánicamente sino como un impulso, vitalidad creadora, energía; la pasión humana, para Marx es la fuerza esencial del hombre buscando enérgicamente su objeto'.

Es probable que el conocimiento sobre Jacobo Böehme lo puede Marx haber obtenido de su padre, el masón Enrique Marx, ya que en las logias alemanas del siglo XVIII y XIX los libros de Böehme eran de lectura común. Todavía los masones escocistas estudian, entre otros, a Böehmen. Si bien Ramón Martínez Zaldúa lo incorpora a Carlos Marx como miembro de la masonería o iniciado en algún momento de su vida, no existen pruebas concluyentes de ello. En cambio, hay documentación sobre el carácter de masón de Enrique Marx, su padre, difundido recientemente por la masonería nórdica.

Considero, sin embargo, que el conocimiento sobre Jacobo Böehme podría haberlo adquirido Marx del propio Hegel, que le dedicó al sabio y místico del siglo XVI un capítulo en sus Lecciones sobre Historia de la filosofía. Sobre la vinculación posible aunque no probada suficientemente de Hegel con la masonería me he referido en mi libro La masonería. Política y sociedades secretas.

La idea de alienación en Marx, principalmente en sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844, proviene de una suerte de fetichismos que el hombre adopta como amuletos: el dinero, la técnica, la máquina, o el Dios antropomórfico, trasformados en objetos exteriores, extraños que lo manipulan. ¿De dónde tomó Marx este concepto? Del concepto de idolatría, la idolatría del pecado, que describió magistralmente San Agustín. La idolatría del pecado que encadenaba a los hombres en su caída. Por otra parte, en Marx hay un profetismo, que viene de la cultura judeocristiana.

Dejando de lado estas cuestiones, es indudable la presencia masónica en el impulso de la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional), fundada en 1864, por Carlos Marx y Mijail Bakunin. Este último perteneció a la masonería rusa como muchos otros anarquistas. Encontré una sugestiva tarjeta editada por el comité de base de Londres por la cual se invitaba a participar de reuniones a los delegados. Ese comité no era anarquista sino que estaba vinculada con los grupos cercanos a Marx y Engels.

La tarjeta-invitación mostraba, al centro un grabado de un sol sus rayos. Al centro del sol había dibujados una escuadra formando con una regla el Delta clásico de los masones. Desde el centro de la escuadra bajaba una plomada. En el medio del sol se consignaba la triada 'Libertad, Igualdad, Fraternidad' y en el tarjetón se incluye la frase, 'Todos los hombres son hermanos', en nueve idiomas, los correspondientes a las nacionalidades de los miembros de la hermandad obrera denominada 'The Fraternal Democrats' a la que perteneció Federico Engels. Puede ser casual pero si se tiene en cuenta que los masones participaron activamente en la creación de los sindicatos obreros en Europa, Estados Unidos y la Argentina y formaron parte de los batallones de milicianos en la defensa de la Comuna de París de 1871, y sacrificaron por centenares sus vidas por ella, se puede pensar que tuvieron una presencia significativa en la actividad organizativa de la Primera Internacional.
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