Sentido del sinsentido (2ª Edición Revisada) Dario Ergas Benmayor



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SENTIDO DEL SINSENTIDO

(2ª Edición Revisada)


Dario Ergas Benmayor

Dedico este escrito a la memoria de Laura Rodríguez Riccomini.

Los primeros esbozos de este trabajo fueron realizados en el otoño de 1991. A partir de ahí circuló a través de fotocopias entre gente del movimiento humanista de distintas partes del mundo. Las fotocopias circularon con el título de "Los Estados Oscuros de la Conciencia".

Para ese entonces Lala ya era reconocida en la sociedad chilena como una parlamentaria dedicada a luchar contra la violencia generada por la discriminación de la mujer, de los pueblos indígenas y contra la marginación a que son sometidos los pobres de nuestros países. Día a día fuí conociendo a través de ella el sufrimiento del pueblo y también su alegría. Aprendí con ella lo que era el ejercicio del poder para beneficiar a la gente, y también lo que era el poder cuando los "representantes" estaban en esas posiciones por "méritos personales", olvidando el esfuerzo de muchos para ubicarlos ahí. Aprendí que el cuerpo no es " lo humano", sino una prótesis para expresar en el mundo la intención humana. "Yo no soy mis presas" me explicaba cuando los músculos de las extremidades dejaron de responder y comenzaba a ejercitarlos como un niño recién nacido.
Fue Lala quien insistió en cambiar el título de este escrito. Yo embelesado escuché sus argumentos, y tuve que reconocer que ella sí sabía interpretar el sentir de la gente. Poco antes de morir hacemos una revisión de nuestras vidas y recordando esta escena, me confiesa que en esa discusión ella todavía no lo había leído. Reímos mucho, con la intensidad que tienen las risas cuando la conciencia de la finitud invade el alma.
Cuando te vayas, anda tranquilo

Yo, mi amor, te estaré esperando

Cuando te vayas, anda tranquila

Yo, mi amor, te estaré buscando

PROLOGO A LA PRIMERA EDICION

Hace un tiempo tuve oportunidad de encontrarme con estos escritos por primera vez. Tenían otro título y estaban siendo terminados. A la primera lectura me impactaron por las verdades que allí se enunciaban, "verdades sicológicas" como las describe el autor. Con el valor que provoca la concordancia entre lo que se expone y el propio sentir. Se asiste a las propuestas de solución para algunos nudos, posibles, novedosas, y con un aire de exactitud, de "eso es".


Pero ¿cómo clasificar este libro? ¿A qué género pertenece?

Esta es una dificultad con la que ya se han encontrado los lectores, algunos de ellos eruditos. Incluso llegaron a expresar disgusto por su aparente falta de sistema y rigurosidad de pensamiento. Y sostengo en forma expresa el "aparente" porque así puede ser como se nos aparece. Pero es imposible no reconocer una gran severidad para llegar a enunciar la globalidad presentada, no habiendo dejado de lado el autor las particularidades del tema.

Salta a la vista que un libro así puede generarse sólo por el rigor en la investigación sobre sí mismo, tarea más que interesante, necesaria para los tiempos que corren en que la falta de parámetros sociales obliga, a veces, volcarse a la propia interioridad no para terminar allí los afanes, sino tal como lo propone Dario Ergas, para ordenar y dar un sentido a la propia tarea que finaliza en los otros.

¿Es pertinente este trabajo?

Lo es. Y me parece que la propuesta debe ser estudiada en su globalidad, pues la forma de estructuración de las ideas está hablando de una secuencia que une cada parte al todo, y que lleva al lector a un tránsito del "caer en cuenta" en anillos concéntricos y cuya orientación, obviamente, se dirige a la Acción Social, penúltimo capítulo de la obra.

Sin embargo, también hay que dejar en claro que la pertinencia será tal si quien lee efectivamente se deja llevar por una especie de juego propuesto, en que a través del cual, a poco andar uno se da cuenta que no es sólo a la cabeza a la que el autor se está dirigiendo.

Es probable que este libro choque, remueva, que se tienda a cerrarlo, pero en el estado de reposo un ojo permanecerá alerta e intranquilo. Será el punto de partida para decir: es oportuno.
Leo los títulos de los capítulos : "La verdad interna", "La realidad sicológica", "El sinsentido", "El fracaso", "La contradicción", "El resentimiento", "Las relaciones humanas", "La acción social", "El problema de la existencia"; el lector coincidirá conmigo en que al menos estamos enfrascados en una aventura.

Juan Chambeaux

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

El núcleo central de este libro fue escrito en 1991. Siete años después he podido revisarlo y entregarles una versión corregida, de lo que empezó siendo, un recorrido por los estados oscuros de la conciencia.

En esta revisión he profundizado en el estado de “fracaso”. El fracaso es quizás la experiencia más importante de las que aquí se relata y no había logrado que se le prestara la atención que requiere. Me he apoyado en esta idea no sólo para abrir la puerta a una nueva realidad interior, sino además, para interpretar el mundo social y abrir la puerta a una nueva realidad humana.

Además he aprovechado esta oportunidad, para caminar algunos pasos en la elaboración de un proyecto vital y también para hacer algunas aproximaciones sobre el sentido de la vida.


“El Sentido del Sinsentido” es, en rigor mi vivencia de la filosofía de Mario Rodríguez Cobos, más conocido como Silo. Aclaro esto porque si bien en algunos momentos hago mención explícita de los libros de ese autor, en muchos otros párrafos no hago mención alguna, pero sus textos siguen estando presentes en las líneas que vas leyendo.


He preferido dejar las llamadas a las notas y las referencias bibliográficas al final para no interrumpir la conversación que intentaré tener contigo en las próximas páginas.



INTRODUCCION

Este escrito habla de lo que los seres humanos experimentan como sufriente.


Intento a través de estas páginas, cooperar en la comprensión del mundo interno. No de todo el mundo interno, sino de aquellos estados en donde he encontrado mayor confusión y donde he visto que se aprisionan los nudos de sufrimiento.

Hace tiempo adquirí el compromiso de ayudar a aquellos que, cayendo en la confusión, fueran atrapados por su mundo interno. Quería tratar de mostrar las claves que permiten avanzar desde los estados oscuros de la conciencia.


Tomé este compromiso cuando cansado de buscar soluciones a mis problemas, cansado de caminar por la delgada cornisa que separa la vigilia de la locura, decidí recorrer los senderos, conocer los laberintos y descubrir las trampas del mundo interno.

Este escrito quiere ser un paso para avanzar en ese compromiso.



CAPITULO I : LA VERDAD INTERNA.

1.-La Verdad Absoluta o Ingenua.
Desde antes de los griegos el "Conócete a ti mismo" está grabado en la conciencia humana como aspiración o como necesidad. Cobrando distintas formas ha conducido las búsquedas de los hombres.
Durante años he visto en mucha gente esta preocupación.
Me ha llamado siempre la atención escuchar decir cosas tales como "yo me conozco a mí mismo". A otros más modestos resaltar que, en la vida, lo importante es conocerse. A algunos, cuya búsqueda de sí mismos parecía tener gran valor, abandonar ese intento cuando alcanzaban pequeñas metas con las que creían sentirse realizados.
También he observado a aquellos que no se conocen. "Mi problema es que yo no me conozco a mí mismo", dicen. Estos experimentan impulsos por viajar, por visitar al psicoterapeuta, por pasar experiencias fuertes con el afán de encontrarse con ellos mismos.
Luego otros, que recitan cosas como "uno nunca termina de conocerse", dejando así esta búsqueda entre los intereses utópicos que se suelen tener.
Así, en esta confusión generalizada, yo seguí consejos de unos y otros sin poder, francamente, entender sus propuestas.
Escuchaba todo esto a mi alrededor, y pasó mucho tiempo antes de darme cuenta que esta confusión que yo experimentaba, no era una tara personal o algo genético con lo que debía acostumbrarme a vivir. Esta confusión era el estado cotidiano de todos los seres humanos que estaban en mi entorno e incluso el de aquellos que decían tener las cosas claras.
Me costó aceptar que "las verdades" que la gente afirmaba, eran una expresión no rigurosa y sólo indicaban un estado de ánimo. Aunque proclamaban sus puntos de vista como absolutos y universales, en realidad lo que enunciaban era: "Esto que digo en este momento de mi vida, dada esta situación familiar y social que me toca vivir, dado lo que me ha sucedido anteriormente, y dados mis intereses a futuro, es así, no admite discusión y para mí es vital y fundamental que así sea. Si alguien se opone, está equivocado o miente deliberadamente para perjudicarme y perjudicar a los que me rodean". Supuse que explicitar este discurso en cada afirmación era un poco excesivo, de modo que se lo dejaba de lado. Luego, observé que se lo omitía no por consideración al interlocutor, sino por desconocimiento de sí mismos.
Entendí estas "verdades" no como absolutas, sino como ingenuas. Lo ingenuo, entonces, ya no era el desconocimiento de la intención (tal vez malévola) del otro, sino el desconocimiento de la propia intención. Esto marca un abismo de diferencia entre "verdad absoluta" (o ingenua) y lo que llamo Verdad Interna .

No era omisión del reconocimiento del propio punto de vista. Era un desconocimiento total de que en ellos existía una intención. Incluso cuando pontificaban que "nadie posee la verdad completa" (otro absoluto), lo decían sin la comprensión de que en ellos existe una intención previa al punto de vista desde donde se emite el juicio sobre la realidad.


Llamo “verdad absoluta” a las construcciones intelectuales que realiza mi mente para interpretar un fenómeno del mundo externo, en que, creo que existe una correspondencia exacta entre la construcción intelectual y el fenómeno externo, con total independencia de mí y por un tiempo eterno. Agrego el atributo de “ingenuo” al atributo “absoluto”, para graficar que en la enunciación de esa verdad se niega a la conciencia como constructora del modelo interpretativo de esa realidad y, se niega por tanto, la intención de mi conciencia. Cualquier formulación de una “verdad”, es inseparable de la intención de mi conciencia de su historia y de su futuro.
Es habitual catalogar de infantil el desconocimiento de la intención de los otros y, por tanto, la aceptación ingenua de todo lo que se dice. Pero lo que me parece verdaderamente ingenuo es desconocer la propia intención cada vez que emitimos un juicio.

Cuando algo pasaba alrededor de ellos (los de la verdad absoluta), fallaban en un examen o en un negocio, o la persona amada tomaba un nuevo rumbo, o moría alguien, o un niño les pedía limosna, cualquier pequeña desestabilización en el medio circundante, todas esas verdades experimentadas como "absolutas" dejaban de serlo y entonces podía reconocer en ellos, lo que yo experimentaba habitualmente. Así, no intentando cuestionar esas "verdades" sino aceptándolas como tales, observé que al pasar el tiempo, no eran sostenidas ni siquiera por aquellos que me las habían asegurado. Y concluí que mi confusión no era mayor que la del resto.



2.- Qué Nos Pasa.
Me parecía que la propuesta de conocerse a sí mismo era interesante, pero ¿qué había que hacer? ¿por dónde se empezaba? Los sicólogos decían que uno era introvertido, o tímido, o de carácter esquizoide, o con muy alto o muy bajo CI, o que la familia de la cual uno provenía no era sólida, etc. Muchas frases con sabor a verdades absolutas que no me acercaban al encuentro conmigo mismo.
Es tal vez por esto que cuando escuché a alguien comentar que "el ser humano sufre", esta simplicidad resonó en mí. Verdadera o falsa esa sentencia, a mí me pasaba, y además le sucedía a todo el género humano. A partir de ahí, ya no era el único confundido, angustiado y desorientado. ¡Qué frase tan simple y tan obvia! Pero su importancia radicaba en el hecho de que a mí me pasaba y no me había dado cuenta. Me pasaba y no era circunstancial. No había visto lo obvio. Además le pasaba a otros.

Para conocerse a sí mismo hay que partir del conocimiento de lo que "me pasa". Aquello que me pasa no puede ser encuadrado en categorías de verdadero o falso, bueno o malo. "Me pasa", eso es lo fundamental. Tampoco es conveniente basarse en las interpretaciones que dan otros sobre lo que "me pasa", sobre todo después de comprobar que son justamente esos otros los que menos toman en cuenta lo que "les pasa".


Las hipótesis de los físicos no se demuestran a priori. Es necesario acumular bastante información antes de interpretar o teorizar sobre un fenómeno. La rigurosidad en la medición del fenómeno es tal, que toma en cuenta los errores de medición producidos por los instrumentos e, incluso, por el propio observador. ¿Por qué el conocimiento del llamado "sí mismo" habría de ser menos riguroso? (1)
Conocerse a sí mismo parte del hecho de acumular información sobre uno mismo. Si el punto de vista es sicológico, se tiene que aprender a acumular datos sicológicos.
Cuando digo, por ejemplo: Sufro porque estoy solo, debo aceptar el hecho de que esa frase no dice absolutamente nada sobre mí mismo. Más bien, interpreta una serie de sensaciones displacenteras que englobo como "sufrir", atribuyéndolas al hecho de estar solo. Para avanzar en la verdad de mí mismo, la frase debe quedar construida de esta forma: creo que sufro porque estoy solo.
Esto me lleva a preguntarme qué me hace decir que sufro. Cuáles son las cosas internas que me pasan (registros), qué englobo con la palabra "sufro". Esta descripción es diferente a decir: estoy solo. Esto último es la razón que yo atribuyo al displacer que experimento. Pero debo asumir el hecho de que se trata de una interpretación de lo que me sucede, interpretación que puede ser correcta o no. En cualquier caso, es una interpretación de lo que me pasa y no la descripción de lo que me pasa.
Es muy habitual que uno tenga una interpretación de todo lo que le sucede y, sin embargo, esa interpretación no sirva para nada. Por ejemplo, no sirve para dejar de estar solo, si eso es lo que me preocupa. La mayoría de las veces, esas interpretaciones son frases que he escuchado a otros, a gente más inspirada que yo, o he leído en libros que - he creído - dicen verdades. Pero no me han ayudado a conocerme internamente y el alivio que han producido, si han producido alguno, ha sido momentáneo y estático, sin dejarme las herramientas necesarias para avanzar en un medio siempre cambiante.
Si mi interés es conocerme, no puedo hacerlo partiendo de un comportamiento humano abstracto descrito por otros y forzándome a reconocer eso en mi experiencia. No puedo partir de frases hechas como "la vida no tiene sentido" o "yo soy yo y tú eres tú" o "soy un librepensador", etc.
Si quiero conocerme, debo aprender a observar lo que me pasa y a diferenciarlo de lo que "interpreto" que me pasa. Observar los puntos del cuerpo tensos, la forma en que respiro, las imágenes que se me cruzan en la cabeza, qué cosas aumentan mi tensión, qué otras la disminuyen, cuáles son mis pensamientos y mis acciones en distintas circunstancias, etc. Aquello que interpreto es parte de mi observación, y me doy cuenta que no puedo dejar de interpretar, pero reconozco que es una construcción de mi mente y no una verdad en sí.
Aprender a observar lo que me pasa es aprender a vivir con la verdad interna. Diferenciar lo que me pasa de la interpretación que hago de ello, es acercarse a la verdad interna.
No estoy enunciando leyes de comportamiento cuando explico mi sufrimiento por mi padre que destruyó mi vida, o porque alguien me perjudicó, o porque mi pareja me abandonó, o porque tengo poco dinero para vivir, o necesito una casa mejor. Todas estas son cosas que creemos y nos movemos tratando de superarlas. Pero, en definitiva, nada dicen de nosotros mismos. Vamos tras nuestra felicidad buscando conseguir lo que suponemos que nos aliviará el dolor. La mayor parte de las veces no lo logramos y si lo hacemos, descubrimos que eso que suponíamos que nos haría felices, no era suficiente para calmar nuestra inquietud.

Son tantas las cosas que creemos, que si nos basamos en ellas no podremos avanzar en el conocimiento de nosotros mismos. Necesito diferenciar lo que "me pasa" de lo que "creo que me pasa". No está en discusión si eso que creo es verdad o no. Interesa diferenciar lo que me pasa de lo que creo. Sólo eso. Lo que creo lo llamo "interpretación" y lo que me pasa lo puedo "observar".


Esa observación es lo que reconozco como verdad interna.
Conocerse entonces ya no es una idea de mí mismo, sino la acumulación de información que obtengo gracias a la observación de mí mismo.

3.- El Olvido de Mí Mismo.
Este tema de la verdad interna tiene su dificultad en el hecho de que uno está acostumbrado y educado, para no verse a sí mismo. Más bien, uno está educado para salirse de sí mismo. Para apartar la mirada de sí y no ver lo obvio. Me parece tan importante el trabajo que realizo, la novela que leo, la conversación que sostengo, la película de la TV, que la mayoría de las veces estoy concentrado de manera tal en eso, que me "olvido que existo". Ese olvido es lo que experimento como interés, motivación, entretención. Cuando algo sale mal en esa situación aparentemente tan importante y esencial debido a la cual necesité olvidarme, cuando algo sale mal, experimento una súbita toma de conciencia de mí, una frustración y un llanto interno.
Entonces decimos: como eso salió mal, yo sufro. Esto nos parece lógico y obvio. Si algo sale mal allá yo debo sufrir acá. Obvio.
Bien, no me parece nada de obvio. Me parece de importancia el hecho de que mi actividad cotidiana la efectúe olvidado de mí. Aún más, si observo bien, notaré que las actividades que me parecen más interesantes son justamente aquellas que me facilitan ese "olvidarme que existo".
Este olvido de mí mismo es distinto a esto que llamo la verdad interna, que se refiere a mirar, a describir y observar lo que a uno le sucede. Se me dirá que si uno hace eso, verá con mayor nitidez su sufrimiento, su sinsentido, su fracaso. Así es, pero verá también su alegría y su unidad. Si se piensa que es mejor olvidarse de sí para no sufrir, habrá incompatibilidad de puntos de vista para seguir lo que planteo en este texto. La verdad interna es que me olvido de mí. Como consecuencia de ello, me olvido de mi sufrimiento y también de la posibilidad de conocerme y superarlo.

4.- La mirada interna.(2)

En una historieta de Quino, Mafalda le dice a Felipe: tienes que conocerte a ti mismo, y Felipe angustiado responde ¿y si no me gusto? Creo que el temor de Felipe es la primera dificultad que debemos sortear para entrenar una mirada sobre nosotros mismos.


Observar lo que me pasa tiene el problema de que habitualmente lo que me pasa, no es lo que me gustaría que me pasara. Lo que me pasa generalmente está muy lejano a lo que “se supone” que me debiera ocurrir. En este choque entre lo que observo y lo que quisiera observar, produzco una huida de mí mismo. Huir de sí mismo debiera ser difícil, sin embargo es tan fácil como pestañear. Si miro un cuadro que me disgusta, simplemente cierro los ojos o miro otro cuadro. Basta que me concentre en cualquier otra cosa para que en segundos haya olvidado lo que me disgustaba. Si soy pintor en cambio y me interesa la pintura, seguramente volveré sobre el primer cuadro y observaré la composición de los colores, los trazos irregulares, el tema de la pintura y descubriré que es lo que no me gusta. Si el interés es el “sí mismo”, mi mirada registrará al menos, que me están pasando cosas que me disgustan.
Mientras lees lo que te propongo, seguramente estás sintiendo cosas, o te aburres, o te entusiasmas, o te identificas, además estás pensando cosas, discutes lo que expongo, o lo apruebas o vas más allá con ideas que a mí no se me habían ocurrido. Si observas todo esto mientras lees este párrafo es porque has despertado una mirada sobre ti mismo. Sigues mi discurso, pero además vas observando suavemente lo que mi discurso te provoca. Si lo has intentado, has rozado la mirada interna: la mirada que mira, al que mira.

La mirada interna es la que nos muestra lo que nos pasa, a través de ella podemos acceder al conocimiento de nosotros mismos. Cuando observo el cuadro del ejemplo, no voy con unas tijeras a romperlo, ni me pongo a discutir si es horrible o si es bello. Simplemente lo observo y mientras más aprendo de pintura, puedo mirarlo desde más ángulos, observo muchas más cosas en él, a cuando recién comenzaba mi interés por el dibujo.


Desde pequeños estamos acostumbrados a percibir el mundo externo, pero no estamos para nada acostumbrados a despertar la mirada sobre nosotros mismos. No acostumbramos a dirigir una mirada sobre la mirada que observa el mundo externo.

Esto que digo puede parecer extraño ya que esa mirada no se nos da mecánicamente como las percepciones que recibimos a través de los cinco sentidos. Te preguntarás por qué has de hacer algo que mecánicamente no te sucede. Cuando Galileo decidió investigar el movimiento de los planetas, tuvo que inventar un instrumento que le permitiera acercar su mirada a la luna y las estrellas, tuvo que descubrir el telescopio. Para conocer el espacio necesitamos de telescopios, para los átomos requerimos de microscopios y para el "sí mismo" de la mirada interna. Esta mirada no se despierta todas las mañanas cuando abrimos los ojos, hay que despertarla. No es una mirada "natural". Requiere de mi intención para ser despertada.


Cuando me levanto en las mañanas, el mundo de las cosas empieza a impresionar mis sentidos, la mirada hacia el mundo se despierta y con ella puedo desenvolverme perfectamente durante todo el día. Podría vivir toda mi vida sin nunca rozar la mirada que me muestra a mí mismo. Sin embargo, hay momentos de la vida en que esta mirada interna despierta casi por casualidad. Son los momentos de profundas crisis y fracasos que hemos vivido. En esos momentos difíciles o en situaciones muy especiales, algunas veces sucede que la mirada interna despierta y me provee de alguna información útil para sortear las dificultades y pasar a una nueva etapa vital. Así que es probable que en más de una ocasión hayas estado en contacto con esto de que estamos hablando.
Si queremos profundizar en la verdad interna y el conocimiento de nosotros mismos es posible despertar, entrenar y profundizar una mirada sobre nosotros mismos que llamamos la mirada interna y que puede estar activa mientras lanzamos las múltiples miradas hacia el mundo externo. Esto lo podemos hacer tal como aprendemos a jugar tenis, o a nadar o a manejar. En la medida que nos ejercitamos es cada vez más fácil y con el tiempo incorporaremos un sistema de movimientos reflejos que disminuirán el esfuerzo que requeríamos al principio para jugar. Esta actitud deportiva o lúdica es muy saludable porque cuando juego, todo es entretención y aprendizaje. En el juego me divierto con lo que va sucediendo y no juzgo a mis contrincantes, ni me castigo cada vez que mis movimientos son torpes. Lo principal del juego es la diversión y no los errores. Lo que la mirada interna observe es maravilloso, no requiere de juicios ni castigos, y si los hubiera los considero como parte de las maravillas que observo.
No vayas a creer que despertar la mirada interna requiere de cerrar los ojos, o realizar una especie de introspección. La mirada interna la despierto cuando observo lo que me pasa mientras actúo en el mundo. Ese "observarme" es suave, cariñoso, cuidadoso, como a un niño que empiezas a conocer.
Te he estado hablando de dos miradas. Una mirada habitual, que se nos da mecánicamente, que llamamos la mirada hacia el mundo y una mirada hacia nosotros mismos que llamamos mirada interna.


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