Semiótica, historia y materialismo crítico



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SEMIÓTICA, HISTORIA Y MATERIALISMO CRÍTICO. SEGMENTACIONES SOCIALES Y PROCESOS SEMIÓTICOS: LA DIALÉCTICA BASE-SUPERESTRUCTURA

(RESUMEN DE LA TESIS DOCTORAL)



Lic. Edgardo Adrián López

Director: Juan Magariños de Morentin

Facultad de Humanidades

Universidad Nacional de Salta

Tesis presentada en diciembre, 2004


I

En lo que cabe a la estructura del trabajo, aceptando las distinciones marxianas de separar entre exposición e investigación hemos dispuesto un nodo “central” y tres apéndices.

En la Primera Parte, se discuten las dos hipótesis que articulamos en el Plan de Tesis elevado oportunamente al Departamento de Post-grado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta (Provincia de Salta, Argentina).

Hay tres grandes secciones integradas por varios capítulos. En la Sección I se da cuenta de los modelos causales propuestos por algunas corrientes marxistas, se relevan los sentidos de “economía” que Marx emplea y son subrayadas las imágenes asociadas con la dialéctica base/superestructura. En la II, nos detenemos en los interpretantes articulados alrededor de la retroinfluencia en juego. En la III, efectuamos una síntesis de la Sección II y preparamos el arribo a las Conclusiones.

En la Segunda Parte se inserta el primero de los tres apartados arriba aludidos. El Apéndice I está compuesto por tres subconjuntos: en el “A”, se reflexiona sobre la pertinencia de la Semiótica; en el “B” es delimitado un glosario básico; en el “C” se lleva adelante un autosocioanálisis. Éste es impostergable a los fines de “garantizar” alguna objetividad mostrando los “gránulos” de subjetividad que atraviesan cualquier opción epistemológica, metodológica, etc. Asimismo, es compatible con una visión marxista: la autocrítica es un intento de objetivar al agente que desmantela ideologías, programas, posiciones, alianzas, etc.

Por los rigores de la impresión y a causa de las imposiciones enlazadas con la necesidad de conservar alguna unidad, la Primera Parte y el conjunto del Apéndice I fueron destinados al Volumen I.

La Tercera Parte es inaugurada con el Apéndice II, el cual es una síntesis del tomo 1 de los Grundrisse que se aprovecha para hacer notorias las divergencias con las lecturas canónicas del pensamiento de Marx, apuestas que exceden lo que dictaron las ortodoxias políticas y filosóficas.

El Apéndice III se divide en dos fracciones: la “A” justifica los criterios que orientaron el semanálisis de “B”, que convierte en enunciados los sintagmas, lexemas relacionados, isotopías, etc. del epílogo “Formas que preceden a la producción capitalista” (1971 e). Ambos apéndices conforman el Volumen II.

Ahora bien y a partir de la apreciación de Engels (“Yo –el editor- me permito ... una observación marginal”; 1983 c: 436), es creíble sentenciar que uno de los inconvenientes con Marx es que su escritura densa, sinuosa, difícil, nos hace estallar en “Yos” que colonizan su rica poliestructuralidad. Si agregamos el contexto de la primera “Guerra Fría” (puesto que existe una segunda; cf. Chomsky 2000), el rechazo institucional, etc. es casi “natural” que el “economista” inglés sea “desconocido”. Una de las enormes tareas que quedan pendientes para “abrir” a Marx a la lectura de un siglo que no parece desmentir sus asertos, es aceptar que no ha sido frecuentado con la necesaria paciencia. El segundo paso, es asumir que el homo academicus puede enredarse en las barreras someramente mencionadas que impiden el acceso a la firma/Marx (algunas otras se articularon en la “Introducción” a la tesina de Licenciatura –cf. López 1998 a: 2-5).

Con ese propósito es que, concluida la redacción de la Segunda Parte, retornamos sobre nuestros puntos de partida; nos percatamos de una serie de paradojas iniciales que, de no ser salvadas, comprometían seriamente la investigación en curso.

Con fines meramente expositivos, secuenciaremos las “aporías” por orden de amplitud, comenzando por las más restringidas.

Una Tesis Doctoral es una investigación de carácter científico, lo que supone formulación acotada de hipótesis, delimitación del problema, distinción entre tema y objeto de estudio, utilización de métodos, procedimientos y técnicas precisas, etc. Sin embargo, según diferenciaciones que empezaremos a explicitar en el glosario del Apéndice I, el cuerpo desplegado en las páginas que siguen se ubica entre crítica y ciencia. La primera con capacidad de autoobjetivación; la segunda, con la necesidad de asumir ciertos presupuestos para no incurrir en una demostración ilimitada de nociones. Este “desencaje” se explica porque la praxis científica que introyectamos se halla surcada por la crítica (en especial, en sus versiones deconstructiva y de autorrecusación).

Una aporía enlazada con el status de crítica y praxis de resistencia en un análisis como el emprendido, es el apuntado por Iurij Lotman cuando señala que los textos culturales artefactuados para hacer circular, comunicar, producir y reproducir sentidos, no por eso son masivos necesariamente (1996 c: 67). Los pormenores de una polémica extensa “en clave” casi “escolástica”, pone barreras a la difusión de una postura deconstructora y de una toma de partido en la lucha de clases, que restringe los efectos en la pugna ideológica y política que hilvanan el debate de ideas.

Tal cual lo afirmó Althusser junto a tantos, es adecuado reconocer que se esgrimen espadas/palabras para defender otras. Mas en este contexto, la batalla puede acaso resumirse en un mero “ejercicio”.

Otra paradoja consiste en que el “método” de exposición que parece ser un instante de la investigación científica, rige el asomo de los momentos críticos (como el Apéndice I) que tendrían que sobrepasar a dicho “método”. Sin embargo, sólo un presupuesto apresurado nos motiva a creer que ambos “métodos” son patrimonio exclusivo de la práctica científica. Si nos atenemos a lo efectuado por el texto-Marx, pertenecen con igual derecho al ámbito de la crítica deconstructora.

La cuarta “aporía” radica en que las hipótesis se formulan con apoyo en el cuerpo de la teoría/objeto, pero empleando elementos que no pertenecen a ella (semiótica, psicoanálisis, etc.). Sin incurrir en anacronismos, es factible afirmar que Marx tenía una notable inteligencia semiótica y psicoanalítica para su época.

Por ejemplo, en su empeño por argüir que la Economía Política se estructura a partir de conceptos que margina (“plustrabajo”, “plusvalía”, etc.) y que, por ello, se convierten en su centro “vacío” y, por derivación, en centrales, alude a lo “implícito”, “denotado”, “inconsciente”, lo que es sabido sin poder decirlo, entre otras figuras. Por lo demás y a fin de sostener hipótesis que no están del todo explícitas en el conjunto del pensamiento del “autor” que comentamos, se requieren de componentes que provengan de campos como los mencionados, que ofrecen las herramientas para hacer emerger a la “superficie” lo no dicho. Se plantea otra lectura del “universo” Marx que, al estar descentrada de lo frecuente, exige el impacto de otros conocimientos.

Una paradoja si se quiere más incisiva, es la de que la teoría-objeto es al mismo tiempo instrumento de análisis. Pero en esta “circularidad” no nos encontramos solos ya que igual ocurre con el Diccionario de Greimas y Courtés (1982; 1991): el lexema “semiótica” se define apelando a la Semiótica; el sentido es acotado presuponiéndolo (Greimas 1973: 1/2; Jameson 1980: 12). Podrá razonarse que acaso los semiólogos en liza no afrontaron el dilema; preferimos la alternativa de una enseñanza: los “autores” franceses mostrarían que ese tipo de paradoja epistémica y procedimental, se resuelve en las praxis crítica y científica mismas.

Una versión modificada de una de las “aporías” anteriores es que para explicitar conceptos “ocultos” del Materialismo, se envía a la Semiótica pero su pertinencia sólo puede ser justificada con el pensamiento de Marx explicitado. Id est, cuando el palimpsesto de la teoría/objeto está presente in toto y de manera simultánea. La solución radica en impugnar semejante desmesura. Sin embargo, para una paradoja menos fuerte es oportuno un rodeo: la teoría-objeto es “particionada” de manera tal que una fracción permanece en estado latente o en lo no dicho, otra es analizada y otra es convocada en calidad de instrumento de estudio. Son los momentos de exposición los que por su decurso disuelven la antinomia.

Por último, estas paradojas exceden la dialéctica pero están formuladas gracias a ella.

Para nosotros, marxistas no metafísicos y comprometidos con la transformación activa de la sociedad contemporánea, la dialéctica (sea ésta la “clásica” o la de cuatro tiempos), no es el único “método” para pensar y delimitar entes conceptuales. Tampoco sabemos si la existencia de innumerables “métodos”, y de vastas clases de nexos entre teoría y praxis (en particular, político/revolucionaria) tienen que resolverse mediante una suerte de “concurrencia” que “decante” los más “eficientes”. En una perspectiva ortodoxa, la dialéctica se presentaría en carácter de tal efectividad.

Empero, consideramos que no existen razones “externas” al objeto que se estudia, a los parámetros con los que se desgajó el problema, etc. que indiquen a la interacción en juego como la estrategia obligada. A pesar de las objeciones que le dirigimos a Althusser, puesto que llega a sostener que no habiendo una filosofía lo suficientemente “elaborada” en Marx, él se la proveyó (1993: 296), pensando en su lugar lo que el forastero epicúreo mismo debió haber considerado (op. cit.: 297), sus dardos contra la dialéctica (ibíd.), contra sus leyes supuestamente “universales” (loc. cit.: 298) y contra el Materialismo Dialéctico (Dia-Mat) de raigambre post/leninista (ibíd.), son luminosos.

Pero si lo anterior se aparta de un Marx que trataba de fundamentar su proceder dialéctico en la inevitabilidad y eficacia de dicha retroinfluencia, evaluamos que el paso que damos le evita al materialismo incurrir en un esencialismo metodológico idealista. [universo de los “axiomas” con carácter de ciencia –a partir de este momento, toda vez que alteremos el ritmo de las demostraciones lo señalaremos con un cambio de tipo]

Aunque se tendría que efectuar un estudio paciente, desesperante sobre los aspectos que son más propensos que otros a ser abordados por una dialéctica “menor”, astuta, no lineal, abierta a lo estocástico, podríamos indicar quizá unos temas en los que ésta alcanzaría un óptimo: los vínculos entre teoría y acción, el deconstructivismo y el autosocioanálisis, los enlaces entre crítica, ciencia y praxis política, el mutuo condicionamiento de base y superestructura, entre otros cabos [plano de la crítica]. De ahí que parte de la solución de la paradoja referida a la dialéctica consista en postular que las isotopías en escena, a pesar de desbordarla, se prestan a ser asimiladas en sus momentos, siempre que seamos conscientes de ese “avasallamiento” y que, reconocido, lo aceptemos.

En lo que respecta a las “peticiones de principio” inscritas en el Apéndice I, hay una que se enlaza con el hecho de que, si bien partimos de la Semiótica y del Materialismo Histórico, nuestro léxico es, tal como lo indicamos supra, un entrecruce de varias disciplinas. Por ende, no sólo contamos con los términos provenientes de las áreas que deseábamos utilizar como herramientas, sino de las que nos proveen otros saberes.

La “aporía” así formulada se disuelve ella misma, puesto que nada impide que en la aclaración de cómo habrá de usarse un conjunto de herramientas, sean funcionales otros lexemas que ayuden a tal fin. Hemos apreciado que la Semiótica puede ser un “método” general para las Humanidades y las Ciencias Sociales y que el Materialismo Histórico también ocupa ese rol, en la medida en que no es una ciencia en particular, sino su crítica desbordante. Of course, siempre que se evite caer en una Metodéutica al estilo de Peirce y de innumerables pensadores.

Sin embargo, el empleo de ambas puede ser más efectivo si contamos tanto con las deconstrucciones que acercan Semiótica y Materialismo Histórico respecto a sí mismos, como si nos servimos de los aportes provenientes de un Pierre Bourdieu (que no era marxista) o Foucault (que prefería la Hermenéutica y minusvaloraba la Semiótica –1970: 40/42).

La segunda paradoja invaginada en el citado Apéndice, consiste en que nuestro diccionario es un importante eslabón en el “método” de investigación pero se encuentra “relegado” a un apartado, a causa de lo que exige el “registro” de exposición. En realidad, más que una paradoja procedimental señala una incomodidad para el investigador y para el lector “in fabula” (Eco 1981). Acaso habría una “aporía” si el “método” de exposición fuese también un “método” de comprensión y/o intelección, de manera que nos encontrásemos en la situación difícil de colocar el carro delante de los caballos. Pero la aclaración de los conceptos es una empresa previa, aun cuando se difiera su aparición en el corpus.

En lo que respecta a las “aporías” del Apéndice II, evaluamos que éstas se resumen en una que ya consideramos: la reconstrucción de una teoría-objeto empleando sus herramientas conceptuales.

La paradoja propia del Apéndice III es que en virtud de la “liminal” toma de partido por una epistemología flexible, el enorme esfuerzo que supone hacer aflorar en el segmento de lo denotado procedimientos que permanecen en lo connotado (y, por ende, en lo ideológico y no racional), no agota las ambigüedades, las imprecisiones, etc., en suma, aquello que, robando con amabilidad el lenguaje de la estadística, se llama “margen de error”. Los enunciados reconstruidos son paráfrasis; por ende, no supone que “habla” por sí misma la firma-Marx sin mediación de Interpretantes. Pero esto tampoco hace impugnable el trabajo de lectura, dado que no es viable una “hermenéutica” de “grado cero”. Incluso, si se citaran fragmentos del alemán o si fueran transcriptos segmentos a partir de los cuales mostrásemos por qué y cómo confeccionamos las paráfrasis que hemos numerado, esos gestos ya implicarían una selección que no sería menos arbitraria que nuestras paráfrasis, aunque lo “ocultase” convincente y convenientemente. Borges sugirió que si alguien escribiera/“plagiara” El Quijote de un modo “literal”, el espaciamiento temporal que respira entre el siglo XVII y mediados del siglo XX, haría de la obra copiada un palimpsesto distinto, tal como si no respondiera a Cervantes.

Por último, tenemos la paradoja de la elaboración del semanálisis: el “índice analítico de isotopías” o de ideas “principales”, similar al que Marx emplea en el vol. III de los Grundrisse al comentar a Ricardo y al resumir sus propios cuadernos, hace un relevo de categorías pero utilizando la teoría-objeto. En sustancia, esta “petición de principio” no se distingue de la involucrada en reflexionar en torno de la razón empleándola, en especular sobre el Sentido inmersos en él o en hablar del significado del Significado, apelando a su “intuición” previa. Vimos en teóricos como Greimas y Courtés salvar tales paradojas “simplemente” denunciándolas (Greimas 1973), o avanzando en el proyecto (Greimas y Courtés 1982; 1991). Pero si esto no resultara satisfactorio, podría argüirse que la dialéctica ínsita en el Materialismo Histórico supone un grado de recursividad tal que le permite autotematizarse, autorreferencialidad que sería casi improbable de justificar si se desechara la dialéctica. Ahora bien, ¿a partir de qué confiamos que la interacción curva del Materialismo Histórico puede autodiscutirse, autoaclararse y autolegitimarse?

El problema no es menor y una solución de fondo implicaría la redacción de un apartado voluminoso, lo que es prohibitivo, en especial por la cantidad de páginas que desfilaron en el cuerpo de la Tesis. Sin embargo, si demostráramos que la dialéctica marxista se autoobjetiva y, en ese autoponerse como tema de reflexión, es apta para autojustificarse, el razonamiento estaría coronado. Precisamente, existe un aspecto de la dialéctica revolucionaria y anti/sistema (sin necesidad de discutir si se trata de una ajustada al “canon” o de una que responda a Lucrecio), que permite arribar a destino. Marx es consciente, tal como lo comprobaremos en el Volumen I, Segunda Parte, Apéndice I, “B”, de que la crítica dialéctica y que la dialéctica crítica permiten explicar la interferencia de la lucha de clases en la constitución de un conocimiento científico. Sostiene incluso, que la deconstrucción de la Economía Política ha sido posible cuando el dominio del capital comenzó a ser evidente para grandes sectores de la población. Por lo tanto, la dialéctica y la crítica materialista se proponen explicarse a sí mismas a partir de un diagnóstico acerca de su contexto histórico. Entre otros elementos, tienen a mano la interacción base-superestructura.

En cuanto a las limitaciones que acotan el estudio, podemos anunciar algunas. [registro de lo canonizado con las figuras de lo científico]

Si bien se tiene como fondo de polémica una deconstrucción continua a la post-modernidad (con su culto al capitalismo y al fin de las ideologías, de la lucha de clases –Lyotard 1993: 37-, al “deseable” ocaso de las revoluciones, etc., y que, parafraseando a un Lévi-Strauss que dirá igual acerca de la política –Gruppi 1974 div: 85-, es una mitología adecuada a la fragmentariedad de lo contemporáneo), los referentes inmediatos, a causa del tema de Tesis, son los marxismos ortodoxos. Empero, de éstos no se efectuó un “estado de la cuestión” que revele al detalle las líneas clásicas respecto a la dialéctica base/superestructura y sus innovaciones postreras. Tampoco se comentaron exhaustivamente las perspectivas más actuales, como las provenientes del marxismo analítico.

Siendo mi campo específico el de las investigaciones históricas, no se relevaron las opiniones de los profesionales del área que marcaron tendencias (Fontana, Assadourian, Hobsbawm, Wallerstein, Samir Amin, entre otros), ni se llevó adelante un estudio de caso que permita “testar” las hipótesis arriesgadas. Sin embargo, el hecho de que se proceda a una (auto)aclaración de los enunciados productivos vinculados con una interacción desacreditada, no justifica una posible objeción de mero ejercicio “hermenéutico” o logografía. “Antes” de cualquier estudio empírico, era impostergable indagar acerca de lo que Marx habría afirmado de una dialéctica simplificada y repudiada. Sin esta tarea previa de escritorio, se encontrarían objetos históricos que serían complejos respecto a una retroinfluencia mecanicista entre base y superestructura. Así, “confirmaríamos” que es una dialéctica desechable, lineal y que entorpece el acceso a la realidad de los procesos sociales.

Una barrera adicional que cercena los alcances de la investigación en curso, es la consulta de las fuentes. En un procedimiento académico consagrado, las ediciones en alemán de las obras largamente citadas del teórico epicúreo, tendrían que haber sido el eje de la Tesis. Si se trata de “restablecer” una dialéctica desplazada de las lecturas tradicionales, lo adecuado era una confrontación con los campos semánticos de los términos germanos, habida cuenta de la riqueza semántica de los lexemas en liza. Pero una empresa de semejante magnitud exigiría duplicar el Apéndice del semanálisis-muestra, con el riesgo de que la Tesis completa se transforme en una discusión de la versión en alemán y de su traducción al castellano. Para esquivar la desmesura elegimos trabajar sobre la edición cuidada de Miguel Murmis. Por añadidura, la logografía, la disposición escolástica resultante y la exégesis “talmúdica” de los palimpsestos involucrados, serían operaciones reforzadas y no mitigadas; en consecuencia, la praxis no se elevaría de su estatuto. La paradoja acerca de los alcances políticos modestos o nulos de una investigación que confía en el impacto de lo razonado en el ámbito de la lucha de clases, se haría casi insondable.

Sin embargo, la elección de las traducciones en nuestra lengua (en particular, las de los Grundrisse) no se acompaña de una crítica de las versiones que responden a las directrices del IMEL de Moscú, fundado por el leninista Riazanov (cf. Maiello 2003 c: 15). La lentitud del desarrollo de un trabajo como el emprendido, vuelve prohibitivo prolegómenos sin duda necesarios, pero remisibles a una eventual ampliación de los resultados logrados en el contexto actual.

Una limitación adicional proviene de que el vol. I estudiado es intrincado, pero no es suficiente por sí para emprender una reconstrucción en gran escala. No obstante, ésta es insoslayable si se anhela obtener un comentario lúcido, que no sea la puesta en escena de lo incansablemente dicho, acerca del tomo primero de los Borradores.

Por último, no se realizan las pausas respecto a la “evolución” del pensamiento de Marx. Tal cual lo advierte Althusser, se corre el riesgo de enredarse en la libre asociación de ideas (1973: 43), en una “teoría” de las “verdaderas” fuentes (op. cit.: 44), o en “anticipaciones” por las cuales enunciados anteriores a una fecha (por ejemplo, 1848) son interpretados por lo que se expresará después (1857 –loc. cit.: 44/45, 48). Igualmente, ciertas posiciones se comprometen con una “deconstrucción” que procura diferenciar entre un Marx materialista y un Marx todavía idealista, con lo cual se extravía la unidad de los textos (op. cit.: 45, 47). Sin la escenificación de tales matizaciones, se es proclive a que la apuesta de lectura se mire a sí misma en los objetos que procura elaborar (loc. cit.: 48). Entonces, se despliega a ella misma en su propio seno (ibíd.) y no se ocupa de la teoría que reconstruye. Empero, las advertencias que el caso amerita podrían convertirse en el tema desplazando indefinidamente la demostración de las hipótesis.

Despejadas las “aporías” que tornaban defectuosa la argumentación y explicitados los alcances del estudio en desarrollo, recordaremos algunos ítems abocetados en el Plan de Tesis.

Asumiendo que el tema incluye al problema, el primero es sin duda la dialéctica en juego. Dentro de ella, las cuestiones que nos interesan investigar son, por un lado, que dicha interacción acaba por ser más sutil, compleja, dinámica y variada de lo que enunciaron los marxismos políticos, los marxismos filosóficos y las diversas corrientes contemporáneas del pensamiento que la referenciaron (incluido el trabajo de algunos historiadores). Por otro lado, que la conocida imagen del edificio sobre sus cimientos no agota los intrincados nexos entre ambas esferas sociales, siendo factible postular “eidolas” menos deterministas.

Finalmente, si bien hay que poner en suspenso el causacionismo lineal que atravesó la exposición de la dialéctica entre tales ambientes, que se pueda predicar que, en los colectivos que existieron al presente, aquélla discurre según un materialismo estrecho, cuasi/mecanicista, no envuelve a la teoría misma en un pensamiento no complejo. Antes de Morin (1995), Marx llevó a cabo un paradigma de la complejidad.

El problema que anhelamos resolver es el de obtener, mediante el análisis semio-semántico del “epílogo” del vol. I de los Grundrisse, una versión de la dialéctica aludida que no sea lineal y, sin embargo, que permita explicar el materialismo grosero en el que incurren las sociedades previas al comunismo (cabe aclarar que la referencia al lexema no supone ninguna escatología, como tampoco la hay en Marx, a pesar de las acusaciones de Althusser –1993: 300-, quien confiesa que accede al que se opone, no a través de sí sino por las mediaciones de Maquiavelo, Spinoza y Rousseau –op. cit.: 289).

A su vez, esa interacción “lineal”/no lineal se diferencia de las hipótesis establecidas por los post-modernos, los post-estructuralistas (Foucault, Guattari), los neo/estructuralistas (Bourdieu), la Escuela de Frankfurt, los pos-marxistas (Negri), los anti/marxistas y por los diferentes marxismos al uso en el siglo XX. A través de aquella estrategia de estudio se reconstruiría la semiótica o lenguaje de Marx. Sin embargo, esa re-elaboración no es producto de una técnica infalible ni de cerca formalizable según las previsiones de Magariños de Morentin (cf. 1996 b y 1998 b), mas tampoco es arbitraria (la limitación de lo subjetivo en el estudio, es conseguido con la meditación escalonada y la extensión de la Tesis es una prueba de ello –1040 páginas).

La tradición política marxista (a la que denominaremos “ortodoxa”) no tuvo ocasión de esbozar una interacción entre base y superestructura sutil, compleja, no mecanicista ni determinista, ya que algunos de los textos principales sólo se conocieron en la época de Stalin (ése es el caso de los Grundrisse). La vertiente filosófica, desde Gramsci a Althusser, pasando por Goldmann, Della Volpe, Badaloni, entre otros, intentó ofrecer una versión menos metafísica, pero en su empresa tuvo que diferenciar entre un Marx idealista y otro “maduro”.

Por su lado, Foucault y Guattari aconsejaron abandonar dicha dialéctica por considerarla sencilla en relación con el funcionamiento del poder y en conexión con los procesos de heterogénesis libertaria.

Bourdieu cree que la interacción entre estructuras estructuradas y objetivas, y estructuras estructurantes y subjetivas (el habitus –lexema que también habría sido cincelado por Andreas-Salomé; cf. 1980: nota 78 de p. 236), es una opción menos rígida que una dialéctica erosionada (1995 a). No cesa de acusar a Marx de ser mecanicista (1997: 160). Los post/modernos (Castoriadis, Baudrillard, Lyotard, Vattimo) y los anti-marxistas (Hayek, Schumpeter, Paul Veyne, Ariès, Giddens, Le Roy Ladurie –quien en 1948 era miembro del PCF; cf. Althusser 1993: 271-), poco dejan “vivo” del pensamiento todavía actual, del exiliado en Inglaterra. Uno de sus “flancos” preferidos de ataque es el de la interacción en juego, a la que acusan de hipótesis poco atinada.

Por su lado, la Escuela de Frankfurt, que ha sido evaluada por muchos como una intersección fructífera entre Marx y Freud, terminó por ser una revisión “a fondo” de las tesis más caras a una teoría social crítica con vocación insurgente: Habermas declara que se atreverá a esclarecer a Marx de una forma que él mismo no consiguió en sus escritos (1982: 89; Mardones 1991: 319). Estipula que los conceptos de “base” y “superestructura” y sus conexiones, son representaciones triviales de las influencias entre disímiles “subsistemas” colectivos en complejización abultada (1989 c: 485). El “tratado” materialista de insumisión se convierte en una teoría de la acción comunicativa que se inserta cómodamente en la legalidad parlamentaria de una “izquierda” liberal.

Por último, Toni Negri en su afán de presentar otros perfiles del crítico germano, acaba por negar la eficacia de innumerables conceptos, entre los que se cuentan aquellos intervinientes en la dialéctica en liza.

Ahora bien y tal cual lo advertimos supra, en la tesis no se discutirá cada una de las vertientes aquí delineadas por cuanto el estudio de cualquiera de ellas por separado sería ocasión para un post-grado en sí. En la oportunidad se mencionan los distintos “zócalos” discursivos desde los cuales ya se habló de la dialéctica base/superestructura, con el objeto de que, a través de la explicitación de los tópicos que encierran a la semiótica-Marx en lecturas canónicas, se aprecie lo nuevo que aún queda por decir de un objeto que fue polemizado hasta las fronteras del interés.


II

Antes de ventilar cuestiones relativas a las técnicas empleadas y al método, conviene efectuar una explicitación del marco a partir del que evaluamos “necesaria” la utilización de tales categorías, gesto que es previo a aclarar cómo se intervino en el “taller” de la investigación concreta.



Uno de los tópicos que debemos abordar es el de las distinciones entre crítica, ciencia y praxis política. A la sazón, Boves Naves nos ayuda con un argumento que elucubró para otro contexto, pero que sirve para justificar las diferencias perfiladas.

La semióloga entiende que la ciencia, en contraste con la filosofía (vocablo que recusamos por considerarla una ideología, id est, un saber con apariencia de argumentación racional), no se ocupa de una reflexión constante en torno al método, a la eficacia de los resultados logrados (1973: 54); no se interroga por la validez del objeto que estudia, sino que, luego de depurarlo de lo que aprecia el sentido común, lo asume (1973: 48, 60, nota 31 de p. 60). Por ende, es la crítica (en lugar de la filosofía, tantas veces declarada muerta y resucitada) la que tiene esas funciones generales. En este punto, aclaramos que en el mismo espacio de la ciencia se tiene que proceder a un “despeje” mínimo del objeto, problema y tema, operatoria que no es de competencia estricta de la crítica deconstructiva. De no ser así, se corre el peligro, denunciado por Bourdieu en numerosos pasajes de sus obras, de internalizar objetos capturados por el sentido común, las ideologías, etc.

Pero ¿cómo fundamentamos los asertos precedentes con base en el pensamiento de Marx? Tal cual es sabido, los marxismos políticos que perfilaron la tradición de los partidos/aparatos de izquierda y los críticos de sus propuestas, entendieron que el lucreciano fue un economista y que quiso deslindar una Economía Política ideológica, poco científica, de una Economía Política con estatuto de ciencia. Más todavía, evalúan que él mismo se consideraba un científico y que tenía en más alta estima a la ciencia en general. En particular, creía que el modelo de cientificidad era el de las ciencias exactas, naturales y físico-químicas.

Pero si leemos que Marx es uno de los críticos externos al campo de la Economía Política (1971 b: 10), las consecuencias de este desvío respecto de la ortodoxia son de largo alcance. En primer lugar, no es economista ni funda ninguna ciencia, en general, ni con relación a lo económico, en particular (cf. las opiniones leninistas de Althusser 1998 e: 142-143, 149, de Nikitin en 1962: 5 y de Stepanova en 1957: 148, 164, 185-187, 228, 294, 300, 303, 309, 311). Así, no existiría una Economía Política socialista, marxista, proletaria. Por ejemplo, Rubio Llorente opina que “... el pecado de la Economía ... consiste en ... hacerse la ilusión de que puede” ser una ciencia; de ahí la rebelión de Marx contra ella y su intento de articular, antes bien, una metaeconomía (1985 b: 15).

En segundo término, es un crítico de las grandes formaciones de saber: ideologías “prácticas” (tradiciones, costumbres, hábitos), ideologías “teóricas” (mitos, religiones, filosofías) y sistemas semióticos al estilo de la ciencia (cf. una postura similar en Politzer 1997: 157, un teórico muy ortodoxo del leninismo). Incluso Engels, que se dejó apresar por cierto positivismo de la época, llegó a estipular (en una misiva a Konrad Schmidt del 27 de octubre de 1890) que la ciencia es un saber que reemplaza antiguos disparates por otros nuevos (1975: 385). Se comprende con facilidad que no habrá de tenerse una fe excesiva en una práctica que suscita contrasentidos, arbitrariedades, etc.

Otro argumento, además de la cita de “autoridad” que impone la institución académica, es el que nos ofrece la división de tareas: la ciencia se vuelve sospechosa porque surge de obreros improductivos ocupados en trabajos intelectuales, mientras otros, los obreros productivos, se hallan enlodados en el extrañamiento de la producción real, cotidiana, concreta, urgente. En el caso de las llamadas Ciencias Humanas (que según Foucault son “problemáticas” de definir –1991: 49), esas funciones desiguales ocasionan que sus practicantes articulen recomendaciones, como ocurre con los consejos malthusianos acerca del control de la natalidad, que deben aceptarlas y/o padecerlas quienes contribuyen a sostener las ciencias, pero que no participan de ellas (cf. López 2000 b: nota 8 de p. 12, nota 9-10 de p. 13).

En el Engels de 20 años, encontramos una afirmación luminosa, que casi encandila, respecto al despotismo que habita en la ciencia que se erige en Tribunal con relación a otros saberes: “... podría tratar (muy mal) al señor Schelling o a cualquier otro, ... de un modo puramente científico’”, encubriendo con esta violencia soterrada, la efectivamente ejercida. “Pero ¿quién soy yo, para hacer esto?” (1981 i: 45).

En tercera instancia, tal vez haya que sospechar de los lexemas “socialismo científico”. En una página perdida del vol. III de Teorías sobre la plusvalía, el muriente en Londres diferencia entre economía vulgar y economía crítica (1975 b: 411). Como es conocido, a los estudios enfocados por Ricardo también los denomina “científicos”; por ende, homologa (bajo determinadas circunstancias) “ciencia” con “crítica”. Dadas así las palabras, ¿no habría que pensar acaso que por “socialismo científico” entendía Marx un socialismo crítico, deconstructivo, capaz de autoobjetivarse (qué otra cosa sería la autocrítica)? Sin duda, no faltarán los que, al estilo de Ricoeur, Derrida, Foucault, etc., verán en el empleo de la categoría “ciencia” para la Economía Política, una contradicción lógica con lo que se afirmó acerca de ella. Si fuese válida la salida, diríamos que es perfectamente viable realizar sentencias científicas en ámbitos no científicos: Adam Smith procedía acorde al racionalismo cientifista, pero en un campo que no podía ser científico por su misma irracionalidad.

Por último, uno de los aportes de Habermas consiste en hacer factible diferenciar niveles de análisis y de acción (1995), que son aplicables para leer lo que Marx realiza con su escritura. En el plano más elevado y que regula los otros, se situaría la crítica deconstructiva: por su flexibilidad, tendría la capacidad de dilucidar su contexto de génesis, de pensar sus propios huecos temáticos, de desmantelar los resultados no emancipatorios de las ciencias y de señalarles las limitaciones epistemológicas, metodológicas, lógicas y procedimentales. Todavía más: acorde a lo que nos depara una misiva del 01 de febrero de 1858 del “epistemólogo” deconstructor, mientras comenta el libro de Lassalle acerca de Heráclito, opina que la crítica detenta tal capacidad de autorrecursividad que puede poner en tela de juicio a la misma dialéctica (por añadidura, encontramos una prueba adicional respecto a que es factible una dialéctica no completamente dialéctica –Marx y Engels 1975: 93). De ahí que consideremos que estos rasgos atribuibles al autosocioanálisis y a la reflexividad sociológica en Bourdieu, no sean competencia de ninguna sociología sino de la crítica tal cual la definimos. No obstante, esta crítica apta para autodeconstruirse no haría ni epistemología, ni metodología, ni enaltecería la lógica como “organon”, ni filosofía de la ciencia, ni teoría del conocimiento. Dada la precaución y el estado de expectativa con los que Marx observa la ciencia, no puede acusárselo de metodólatra ni de cientifista.

También en este punto, apoyar con citas y referencias precisas lo que comunicamos requeriría un arduo esfuerzo que no es adecuado enfrentar en un prolegómeno; sin embargo, podemos apelar a otro atajo, esta vez proveniente de Hegel. En efecto, ciertos pasajes de la “Introducción” (1966 b) de la Fenomenología del Espíritu desmantelan de una vez para siempre la necesidad y la eficacia de cualquier gnoseología. Por inferencia, si es prescindible toda teoría del conocimiento, también lo son sus socios discursivos más inmediatos: la filosofía de la ciencia, la epistemología, la metodología y la lógica. Empero, si esto se desprende de Hegel, que ponía en escena una dialéctica especulativa, que saturaba un sistema metafísico, idealista, asfixiante, ¿cuánto más cabe esperar de Marx?

Por añadidura, de lo que encontramos en Lenin (1972: 218) es factible argüir que si Marx y Engels rechazaban el sistema, y si Hegel consideraba que el método se amplía en sistema, entonces el materialismo crítico tenía que cuestionar el “camino recto” en cuanto condición de la caída en estructura de un pensar flexible.

Ahora bien, ello no significa que Marx sea irracionalista, anti-científico y que haya que proceder sin diferenciar correctamente niveles de abstracción, sin método alguno y sin coherencia. Lo que establecería es que “... (la) metafísica, toda filosofía ... se resume en el método” (1984: 114); dada la resistencia hacia la filosofía-institución, es legítimo inferir que cualquier preocupación demasiado obsesiva sobre el método, y por extensión, sobre aquellas cuestiones es sospechosa de metafísica. Del Barco, aunque a veces parece darle lecciones de marxismo al mismo Marx (1982 c: 13, 16, 19), sentencia que el rigor científico es un fetichismo y que esta enseñanza era inherente a la práctica analítica del “economista” en escena (op. cit.: 12).

Continuando con lo abocetado, el registro de la crítica es el de la conjetura y el de la formulación de preguntas y problemas, más que el de respuestas y soluciones. La ciencia es la que se corresponde con los efectos de verdad (que duran mientras son reconocidos por consenso), y/o con el campo de las probabilidades (f. e., la meteorología, etc.). Su finalidad es la descripción y análisis sobre cómo funcionan los objetos que delimita cada una.

El último plano sería el de las instancias colectivas de intervención (organizaciones de base, grandes centros planetarios –como la Primera Internacional-, los partidos, etc.), que no tienen el estatuto ni de la crítica ni de la ciencia. Por consiguiente, los manifiestos, los diagnósticos, las propuestas, etc. de tales instancias no operan con conjeturas ni formulan verdades; tampoco pueden polemizarse en términos de aproximación y error, ni de verdadero/falso o probabilidad. Lo que les corresponde es adoptar decisiones cuerdas, asumidas sin coacción y de manera democrática por los interesados que procuran autoilustrarse y autoemanciparse. Marx opinará que los conjuntos deliberativos, como las asambleas, convenciones, etc., son guías para actuar (1972 b: 273; Politzer 1997: 182 -Baudrillard sentenciará que llegó el momento de arrojar la adiposidad que es el partido; cf. 1985: 54, 100).

Para concluir, acaso sea probable sostener que dos de los tantos factores que influyeron a los fines de convertir en autoritarios y dogmáticos a los aparatos-partidos de izquierda del siglo XX, fueron que: a) eligieron un Marx cientifista, antes que deconstructivo en calidad de orientador de sus posiciones, tomas de posición, visiones, divisiones y pasiones; b) no segmentaron los diversos registros de pensamiento y de acción, aconsejados por Habermas y reinterpretados por nosotros, con lo que el disidente político es colocado en el plano del error imperdonable y de la falsedad. [nos ubicamos en el espacio de la praxis política]

Otro de los ítems impostergables para dilucidar en la polémica por Marx-a favor de él, es el referido al lexema “dialéctica”. ¿Cómo habrá de entendérsela en el contexto de un pensar post-metafísico? A modo de aproximación, es viable sostener que en la Facultad de Humanidades, el Lic. Jorge Lovisolo insiste en que el Marx de El capital, junto al Adorno de la Dialéctica Negativa, no es dialéctico, y que el autor de los Grundrisse y el de la teoría del valor sí, pero de manera contradictoria. Caracteriza a la dialéctica como una “estrategia” déspota, imperial, “carnívora” (por cuanto deglute al objeto) y que niega cualquier alteridad posible. El horizonte que adopta es el de sostener enfáticamente y sin amortiguaciones, que un intelectual dialéctico asume “in toto” la dialéctica de la Esencia, expresada por el Hegel de la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas (Lovisolo y Simesen de Bielke 2002 c: 135, 137), en la que la categoría viene con “ente” incluido (op. cit.: 133-135). De esta suerte, son dialécticos Habermas, Benjamin, Lukács, Della Volpe, etc.

Asimismo (y sin ser especialistas en el “viejo Titán”, compartimos la “periodización”), la dialéctica practicada por el joven Hegel es una interacción del oxímoron (1) y de las antinomias (2); el de la Fenomenología es una en la cual las contradicciones se disuelven en la Figura siguiente (3) y no en el nivel que imposibilita la conciliación de la Aufhebung (loc. cit.: 138). El de la Ciencia de la Lógica es una dialéctica de las Categorías (Ser, Infinito, Calidad, Nada, Cantidad, etc.) (4). Por lo demás, Adorno reelabora la dialéctica del período de Berna y Frankfurt, y la vuelve una interacción de la “síntesis” diferida (op. cit.: 137/138), mientras que Benjamin la cincela como una dialéctica de lo que permanece en suspenso, sin resolución, abierto a las chances que se inscriben en las coyunturas (loc. cit.: 138).

Ahora bien, uno de los lexemas asociados con una dialéctica “madura”, que es la del Concepto/Esencia y que se separa de las “otras” versiones, es vg., la “abstracción real” que el Marx científico no emplea en sus estudios de El capital por el distanciamiento que procura tomar de cualquier filosofía (op. cit.: 148), luego de los alejamientos lentos, traumáticos, vacilantes respecto a Hegel y cuyos jalones son textos posteriores a La ideología alemana. En lo que cabe a los Borradores, en particular, la “Introducción”, Marx ejecuta una dialéctica del Espíritu que lo conduce al autoritarismo epistemológico y gnoseológico de sostener que las ideas que pergeña son la realidad en sí (loc. cit.: 146-148), pero emplea, contradictoriamente, una noción de “conocimiento” anterior a Kant y Hume (op. cit.: 146).

Tal como lo hemos propalado en López 2000 a: nota 18, p. 27, nos aflora una exigencia extrema axiomatizar que sólo es dialéctico el pensador que invagina la interacción del Concepto. Ni siquiera la breve historia de la Filosofía que efectúa el mismo Hegel sanciona una filología tan rigurosa, puesto que él coloca como intelectuales dialécticos a los griegos en general, incluyendo a los eleatas, a Platón, a los escépticos, etc. bajo tal epíteto (1977). Lovisolo y Simesen asumen sin más lo que tendrían que demostrar, a saber: que no hay más dialéctica que la canonizada por el Hegel de la Enciclopedia y que, correlativamente, toda dialéctica es sí o sí metafísica, “idealista”, logocentrista, occidentalizante.

Por otro lado, es un verdadero problema determinar con qué clase de interacción se manejaba Hegel, dado que nuestras investigaciones, a partir de una revelación fulgurante de Lenin (1972: 217), nos conducen a postular que es legítimo concebir una dialéctica de cuatro tiempos o más (Hegel 1956 b: 734/735). Las dialécticas “jóvenes” de Berna, Frankfurt o de la Fenomenología, no pueden ser descuidadas en calidad de versiones “autorizadas” de la dialéctica hegeliana, a riesgo de impugnar el propio punto de partida por el cual se brega: herramientas analíticas plurales que dejen el juego sin imperativos. Desde otro ángulo, lo que implícitamente se reconoce con la enumeración es que en el pensador alemán es viable entender que hay dialécticas que no son, in stricto sensu, la dialéctica de la Esencia. Por añadidura, los autores aceptan que otros filósofos, como los pertenecientes a la glorificada Escuela de Frankfurt (exceptuando a Adorno), son aptos para ser considerados dialécticos, aunque en calidad de “representantes” de una interacción “aberrante”, extraña.

Pero si, por un lado, Hegel eleva dificultades para ser encorsetado en una definición proveniente de una “hermenéutica” sin contrapeso, y si, por el otro, se constata el asomo de escritos dialécticos contrarios a la Enciclopedia, ¿cómo apuntalamos una visión tan cerrada respecto a Marx? ¿No sería legítimo concluir, dadas las “excepciones” anteriores y que Lovisolo y Simesen se obligan a abocetar, que Marx también articula una interacción alterna con relación a la Gran Dialéctica? De otra manera, con un criterio cuasi-althusseriano (que impulsó a considerar que Marx sólo alcanzó a ser marxista pocos años antes de su fallecimiento), nos veríamos con un Hegel reducido a ser él mucho después de la Enciclopedia.

Retornando por un instante al hecho de que el “auctor” de la Ciencia de la Lógica des/dogmatizó la dialéctica tripartita, con semejante enunciado se deshilvanan alternativas para una hipótesis no ortodoxa: en Marx cabría la posibilidad de una dialéctica de cuatro fases, “heredada” de Epicuro, Demócrito, Lucrecio y del joven Engels. Acaso la genial tesis doctoral sobre los antiguos (1988 b), justificaría que se resalte el lexema “declinatio” a manera del cuarto compás. Por su lado, el refinado comerciante de Manchester habría formulado que la Historia “cae”, se curva, “avanza”, declina, etc. en espiral, id est en una “línea” que se (re)tuerce a sí misma: “... prefiero atenerme ... a una espiral trazada libremente, cuyas vueltas no sean muy precisas. La historia comienza lentamente, partiendo de un punto invisible, en torno al cual va dando vueltas, como adormilada; pero, con el tiempo, describe órbitas cada vez más rápidas y agitadas, ... tan pronto recorriendo su vieja trayectoria como cruzándola, para acercarse ... al infinito.” (1981 f: 18).

Ahora bien, dicho significante es continuo en todas las obras de Marx traducidas hasta hoy, de forma que una dialéctica del Desvío, epicúrea o engelsiana, pulsaría las más diversas investigaciones.

En definitiva, estamos de acuerdo en que el “fundador” del materialismo post-metafísico no es dialéctico en el sentido de la dialéctica de la Esencia; mas lleva a cabo otra dialéctica (Jameson también concibe la probabilidad de una interacción descentrada, no hegeliana en un intelectual conservador como Georg Simmel -1999: 216). Y si retenemos que el “filósofo” en polémica hace crítica como una práctica diferenciada respecto a la ciencia y la filosofía, crítica que es deconstructiva de los encarcelamientos que estructuran la “razón científica”, la “razón crítica”, la “razón práctica” y la “razón filosófica”, entonces el significante en escena no es previo a Kant o a Hume; no tiene referentes sino hasta Derrida o Nietzsche. Por supuesto, un diálogo de tal magnitud no puede caber en un resumen ni le rinde la necesaria justicia.



Uno de los “caminos” para probar que la dialéctica funciona, cuando menos, de una forma curiosa en Marx, es la redacción de la Contribución a la crítica de la Economía Política: mientras el refugiado de Europa especula acerca del dinero, el capital, la mercancía, entre otros ítems, su escritura interrumpe un discurrir dialéctico típico [especulaciones deconstructoras]. Descontando que ello sea un problema de estilo o de error en la exposición, nos induce a sopesar que la dialéctica crítica no va necesariamente desde la a-tesis al cuarto momento, sino que puede iniciar series “paralelas” en puntos previos:

Si lo anterior es aceptado allende las apariencias de “heterodoxia”, entonces la dialéctica tiene lugar para lo estocástico, imprevisible, etc., tal cual lo tallamos en la Tercera Parte, segundo Apéndice (sobre cada pausa de esta dialéctica lucreciana, cf. el “Glosario”). Por añadidura, cada uno de los instantes se desgrana en los otros dándole aire a un esquema fractal.

Finalmente, los procesos no inexorablemente prosiguen una a una las “cadencias” puesto que, tal como lo imagina Engels, luego de aplastar un insecto se interrumpe cualquier dialéctica (1972 a: 154). Pero en virtud de que es factible abocetar otro plano en que cierta dialéctica tenga respiro (por ejemplo, el de la acción de los descomponedores), hay que aceptar que existen niveles en los que acontecen desiguales clases de dialécticas. Vg., uno en que la interacción se “detiene”, otro en que se desvía en paralelo, etc.

Por lo precedente es que en la Naturaleza se puede optar por enfocar fenómenos mediante las claves dialécticas o no. Cabe la alternativa de que no haya una dialéctica lo suficientemente compleja para abordar un suceso o, por el contrario, que el fenómeno sea tan “sencillo” que el razonar dialéctico sea prescindible. Incluso, puede significar una falta de “economía” en la explicación.


Ahora bien y tal cual lo anticipamos, luego de la discusión emprendida estamos en condiciones de “desmotar” los horizontes que nos guiaron para convertir lo dado en los datos que analizamos bajo el aspecto de enunciados numerados de forma correlativa (incluidos en el Segundo Volumen, Tercera Parte, Apéndice III, “B”).

Según lo advierte Saltalamacchia, los datos no son lo que “simplemente” está ya allí sino que deben ser producidos (1997 a: 1, 17), lo que supone un intenso trabajo del cual es impostergable dejar registro a los fines de que otros puedan acordar o no con lo efectuado. Al mismo tiempo, ello se enlaza con una práctica de análisis que no procura borrar la “presencia” de quien investiga (op. cit.: 4).

Por lo demás, la observación de lo dado, la elaboración de los datos, la construcción del objeto, la distinción entre tema y problema, la elección de las técnicas y métodos, la apuesta por determinado paradigma, la preferencia por una teoría en lugar de otra, etc. son encrucijadas en las que el investigador se revela como un sujeto que busca ser reconocido por los pares (loc. cit.: 34). Las socializaciones pasadas actúan en las socializaciones del presente y ambas influyen en las expectativas sobre el futuro (op. cit.: 44). Por ende, los nexos entre sujeto y objeto no son transparentes sino que se encuentran encandilados por la interferencia ineludible de las socializaciones en escena.

Pero la dinámica de estudio que quisimos impulsar se aleja del Paradigma Positivista o de la epistemología de las certezas, acercándose al Paradigma Comprensivo o epistemología de la incertidumbre. En el primero (que abarca al positivismo en sí), el mundo “exterior” es concebido en tanto algo estable, ordenado, objetivo y regido por leyes a descubrir. En la explicitación de leyes y regularidades, se abandonan las dimensiones múltiples del espacio y del tiempo. En cambio, en la epistemología de la incertidumbre (donde situamos a Marx aun cuando se oigan los abucheos de retóricos al estilo de Habermas o Gouldner) no hay una realidad “sencillamente” exterior, sino que debemos añadir una esfera social. Los dos multiversos son sistemas infinitos, abiertos, fluidos, difíciles de captar, atravesados por el azar, el caos y el desorden, etc. Si hasta cierto punto es viable idear regularidades y leyes, el investigador tiene que preguntarse por los factores que condujeron a que emergieran automatismos. Sin embargo, una de tales condiciones es que los individuos naturalizan, internalizan, legitiman y le dan consenso a relaciones de violencia, jerarquía, poder, dominio, explotación, hegemonía, desigualdad, etc. que de ninguna manera van de suyo. Id est, no se deben únicamente a estructuras estructuradas u objetivas sino a la acción central de estructuras estructurantes o subjetivas.

Con el propósito de “coronar” lo anterior y después de haber reseñado en la Tesis las corrientes semióticas en oferta, podemos afirmar que emplearemos las teorías que ponderamos operativas y capaces de mantener las lecturas en fronteras aceptables; éstas son las elaboradas por Greimas, Ducrot y Pêcheux.

Del marxista lituano, asumiremos las nociones de “lexema”, “enunciado”, “campo semántico”, “semema”, “isotopía”, etc. (cf. Apéndice I, “B”). De Ducrot, “no dicho”, “implícito”, “explícito”; de Pêcheux, “proceso enoncivo”, “imágenes de enunciación”, entre otras.

Puesto que el colega de Courtés fue explanado al interior de la Tesis, nos abocaremos a presentar las conclusiones cinceladas por los dos últimos. Para ello, adoptaremos unos cuadros elaborados por la Prof. Amalia Rosa Carrique Ibáñez (docente por la Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta), gentilmente cedidos para la ocasión.

La propuesta de Pêcheux (1978: 49-50) tiene dos niveles de análisis respecto a la enunciación: en el primero, la define como movimiento que estructura, luego de sacarlos del flujo semiótico social, los términos que conformarán lo No-Dicho y así delimita el campo de lo Decible. A su vez, de la virtualidad decible, la enunciación constituye el campo de lo Dicho. Y en un segundo plano, la enunciación es un conjunto de formaciones imaginarias, esto es, que los elementos intervinientes en la maquinaria enonciva son imágenes y no entes, como en la teoría de la comunicación (Carrique y López 1997 c: 56-58). En lo que respecta a las formaciones imaginarias, se estipula lo siguiente (cuadro 1):



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