Segunda parte La “democracia real” contemporánea



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Segunda parte

La “democracia real” contemporánea

El marco histórico y teórico

Introducción
Una tesis de este trabajo es que la correspondencia entre la democracia qua régimen y la desigualdad es perfectamente posible y de ningún modo una novedad histórica de las últimas décadas del siglo xx; en todo caso, éstas sólo la han potenciado. Ahora, si la producción de este largo desarrollo histórico fue extraordinariamente compleja, de manera resumida puede plantearse empero con simplicidad. Digamos, así, que la desigualdad en cuestión fue y es la consecuencia (en parte, su parte) de las características “colaboracionistas” que, junto a otros rasgos más positivos, pudo tomar y tomó la democracia desde avanzada la edad moderna y que mantiene en la actualidad, aun al cabo de su extensión a más y más territorios y poblaciones y una mucho mayor aceptación ideológica que en el pasado, pero paralelamente a una verdadera, creciente hibridación de su naturaleza misma. Las características de la democracia existente son en buena medida explicativas de la relación que nos preocupa en este trabajo.

La pregunta por hacerse versa, por tanto, sobre la identidad de la democracia en su existencia contemporánea. En la materia, obviamente, ninguna respuesta puede ser satisfactoria respecto de cada caso nacional. Sin embargo, no es menos cierto que todos parecen compartir una serie de aspectos fundamentales y esta generalidad es entonces verdaderamente significativa. En tal nivel básico, por consecuencia, existe algo así como “la” democracia contemporánea. Lo trataremos en los siguientes tres capítulos, todos primordialmente abstractos aunque informados por las evoluciones históricas e intelectuales que parecen salientes.

Hablando ahora de ella, pues, o sea de “la democracia real” contemporánea, seis resultan ser los rasgos que se destacan en aquellos términos más universales, o como las tendencias más sostenidas en el largo plazo. Los seis están ciertamente vigentes en este fin del siglo xx. Ahora, lo notable a su respecto sería que quedaron establecidos ya hacia el fin del siglo xviii y primera parte del xix y desde entonces sólo han venido como desenvolviéndose (cosa que hicieron francamente o bien, contra las apariencias de superficie, de maneras complejas y sutiles, en combinación con lo que quiera se les atravesara).

En cualquier caso, han dado por resultado una forma política

1) parcial, según su propia mixtura con otras formas políticas, en el sentido de que no existe sino combinada con las mismas,

2) ya por su parte (fuera de la combinación, o sea analíticamente)

- limitada en su naturaleza y alcances,

- de corte “defensivo”, liberal e institucionalista antes que democratista,

- “representada”, mucho más que representativa,

- con un sujeto (el ciudadano) pasivo, retraído, y un objeto (el poder al pueblo) reconducido en dirección del estado.

Lo primero será pues echar una mirada a esos seis rasgos. Con todo, por lo dicho, esta mirada se dirigirá a menudo desde los corrientes finales del siglo veinte hacia los términos de la modernidad burguesa que -proponemos- ya en el xviii y el xix estaba proyectada sobre nuestro tiempo. En el primer capítulo que sigue consideraremos por tanto el proceso último, privilegiando repetidamente aquel perfilamiento suyo inicial que -en nuestro criterio- se hizo definitivo. Si fue entonces que la democracia real tomó sus rasgos de ahora, nos parece que vale especialmente atender a la criatura como de novo instalada en la historia porque, en ese primer momento, naturalmente, lo hizo con la nitidez propia de las impresiones originales. Sobre la marcha o en el capítulo 4 subsiguiente consideraremos los ajustes y pormenores a tener en cuenta en nuestro área de análisis a la fecha.

Capítulo 3



La marca indeleble de la modernidad burguesa
N o es entonces una ironía que para comprender lo actual debamos más abajo detenernos con frecuencia (quizás desconcertante para quien está buscándole explicaciones al “aquí y ahora”) en obras y autores que se dirían ya viejos, abundando en un racconto a primera vista extemporáneo. Insistimos: existen unos rasgos fundamentales del presente democrático que traen la marca indeleble de la modernidad burguesa. En este capítulo iremos para atrás en el tiempo, pues, las veces que lo hagamos, sólo para mejor entender el presente inmediato, de ningún modo por hacer Historia ni Arqueología. De todas formas, dado el objeto del escrito y también para no exagerar la nota, procederemos otra vez de la manera más rápida y esquemática posible.

Y ahora, sin más, a los rasgos; a las características relativas a la matriz, los contenidos, la forma, el sujeto y el objeto de “la democracia real contemporánea”.



La matriz: de popular a liberal, limitada

El cuño ideológico y doctrinario moderno que da su contorno a la concepción de la democracia contemporánea, siempre como régimen político y ejercicio del poder, lo hace en (y le mantiene) una faz doble. Ello es evidente en la propia designación ordinaria de la concepción: democracia liberal. El cuerpo ideológico y doctrinario democrático llegado a nuestro tiempo es pues como un cuerpo bicéfalo -y ha pensado simultánea o alternativamente con las dos cabezas: libertad individual y soberanía popular.23

Este primer aspecto parece claro y puede completarse brevemente. Por un lado, la idea se nutre, se nutrió originalmente (en la modernidad, típicamente frente al feudalismo y las monarquías absolutas), de la voluntad de combatir al poder despótico y arbitrario; de defenderse o ponerse a salvo las personas de las imposiciones pensadas ilegítimas del poder aristocrático o del real; el aspecto se volvió casi excluyente en épocas más próximas a nosotros, cuando en muchos países el Estado de Derecho constitucionalista-liberal fue arrasado. Por el otro, la idea es y era (ya desde la antigüedad clásica, pero eclipsada durante siglos y retomada también en la última fase de la modernidad) obtener el poder mismo: lograr que el pueblo en su conjunto sea el titular del poder, o el soberano, y de tal modo se auto-gobierne.24 Y cada hemisferio de la idea, cada manera de pensar o de priorizar sus términos, devino la matriz de una orientación democrática contemporánea más “liberal” o más “popular”, así como la fuente de una actitud política frente al poder más defensiva y legalista o (recurro a la mención usual) más participativa y finalista, muchas veces bajamente respetuosa de las leyes en curso, como también de las jerarquías sociales establecidas. Fuera de eso, desde luego, las dos han sabido estar en tensión y enfrentarse.25

En la América Latina no ha sido muy distinto, a excepción del hecho de que puede haber cruzado ambas líneas -o combinaciones de ellas- una composición según los casos más clasista o policlasista de los apoyos y coaliciones sociales vinculados, con incidencia sobre sus políticas, discursos, estrategias, etcétera, también dependientes de los contextos y la propia cultura latinoamericana.26

Lo que también parece claro es que, sobre la marcha de los últimos doscientos años y montada en las “tres olas” que ha recontado Samuel P. Huntington, la democracia se fue extendiendo y asentando en cada vez más territorios y poblaciones; tanto que, a la caída seriada de las dictaduras del sur del Europa y de América Latina, y la del comunismo en la Unión Soviética y los países del este europeo, hacia el fin del siglo se la ha considerado como mundial e históricamente triunfante.27 Sólo que, si así es, ha triunfado de una manera particular.

En efecto, ha triunfado (i) a medio hacerse, esto a pura correspondencia con unas condiciones de posibilidad aquí o allá más o menos limitadas, pero limitadas al fin en todas partes, y (ii) de suyo en la versión más liberal, defensiva y representada o delegada, según lo despuntamos con anterioridad y lo trataremos más abajo.

De la democracia limitada en función de lo precarias que son (más o menos pero por doquier) sus condiciones de posibilidad,28 ya habla por sí mismo con elocuencia el problema que nos ha traído a esta investigación: el sostenido crecimiento de la desigualdad en las últimas décadas. Ninguna condición necesaria (aunque no suficiente) es tan relevante y expresiva. Aun si a la fecha la participación electoral está legalmente abierta a todos y en general es amplia, fuera de los países más desarrollados muy grandes sectores de la población apenas tienen una condición ciudadana auténtica, es decir, en términos políticos de verdad democráticos se encuentran discapacitados: no gozan de la cantidad y calidad de la educación, información, autonomía mínima, etc., necesarias. Así las cosas, bien podemos dejar aquí y momentáneamente aparte este primer aspecto, sobre el cual en una síntesis como la presente no hace falta extenderse ni tampoco entrar en discusiones finalmente bizantinas, y pasar a ocuparnos sucesivamente de los otros.

Los contenidos desarrollados: individualista,

defensiva y representada
La democracia moderna se desenvolvió contemporáneamente mucho más en la versión liberal de la idea, con unos rasgos defensivos y delegativos contenidos en ésta por razones lógicas e históricas en concurrencia. Es situándonos de entrada en la vena afín original cómo, tal vez, podamos entenderlo mejor -y, a este propósito, nuestro anunciado “retorno a las fuentes” empieza a hacerse conspicuo.

Fue Madame de Staël quien en su momento hizo célebre, aplicada a Francia, la sentencia que Montesquieu había pronunciado unas décadas antes respecto de España: “La libertad es antigua, el despotismo es moderno”. En cualquier caso, estas palabras resumían el verdadero temperamento de las revoluciones (que luego se vieron y llamaron burguesas) en la Inglaterra de los siglos xvii al xviii y la Europa continental o la América del norte y aun la del sur del xviii al xix. Como más cerca de nuestros días remarcaron desde Hanna Arendt (para Europa y América del norte) hasta Francois-Xavier Guerra (para Hispanoamérica), dichas revoluciones se llevaron adelante en nombre de los “derechos históricos” de cada nación y sector: los derechos supuesta o realmente antiguos de las “libertades políticas” anteriores al poder monárquico absolutista y, en su caso, colonial.29

Individuos, cuerpos, gremios, Stände, pueblos, ciudades, desde antes habían sido respetados en sus fueros o privilegios, pactados y derivados o ancestrales. Por lo menos normativamente, si no siempre en la práctica.30 Ahora se reclamaba, una de dos, por la vigencia de los derechos más individuales o los más globalmente colectivos. Entre ellos, sin embargo, los de autonomía y hasta “soberanía” política -que demasiadas veces habían sido solamente escritos y teorizados, con frecuencia barrocamente- sabían portar un efecto empírico en suspenso, aunque no eran tan raros; los más personales y corporativos, en cambio, estilaban ser reconocidos (o negados, pero entonces sujetos a reivindicaciones en modos cotidianos muy vivenciales y hasta destemplados).

Al punto, Montesquieu y Tocqueville, entre tantos otros, supieron señalar que los seres humanos “sienten en estos tiempos” un amor natural por su bienestar individual y el de los suyos mayor que por la patria (Rousseau y Marx, en frases llenas de desprecio, lo rebajaban al valor de los billetes de banco). Y sin contar con que los dos pensaban que la igualdad es en la república valiosa por sí misma, aunque no tanto como pasión individual ni siempre por sus efectos, mientras que la libertad lo es invariablemente por sus consecuencias no menos que por sí o como principio, para la comprensión última de los nuevos desarrollos, puestos a elegir, se inclinaban (si no por la premisa iusnaturalista moderna de self preservation, de autoconservación individual) por la perspicacia del egoísmo, mientras Tocqueville hallaba dudosa la penetración psicológica romántica del Contrato Social.31

Históricamente, en efecto, después de todo la pujante burguesía moderna que ocupaba el escenario estuvo reclamando libertad e igualdad mientras las quiso para sí, olvidando la cuestión después de haber conseguido suficientemente su propósito. Más aun: la burguesía se movió sin duda por puro interés propio, pero al fin de cuentas tanto como -todas las otras explicaciones y las ideologizaciones de lado- lo hicieron también las clases populares en medio de la miseria, en la primera parte del siglo xix (o envueltas por la bonanza, en la segunda mitad del xx).32

La explicación del fenómeno es, al cabo, que ya la civilización toda se había hecho a lo largo de los siglos progresivamente más y más individualista. Ello, a tenor de la acumulación de las lecciones inaugurales de Sócrates y el estoicismo, y luego, sobre todo, la del Cristianismo, como más adelante la del Humanismo, la Reforma protestante, el Renacimiento, la filosofía natural del libre comercio, hasta los Derechos del Hombre (y el Ciudadano) y más acá; en este sentido, el posmodernismo hoy à la page sería sólo el remate último de la historia. Los lazos de la Gemeinschaft que durante ese proceso intercaló por partes la Edad Media, también se fueron disolviendo sin prisa pero sin pausa a lo largo de la modernidad -aun cuando supieron sobrevivir más acá de ella en medios más “atrasados” o “tradicionales” y sectores sociales bajos.33 La globalización de fines del siglo xx también contribuye de algún modo al individualismo a través de la ruptura de las cohesiones anteriores más generales.

Tampoco hace falta recordar, por fin, que las dos primeras potencias globales sucesivas y a la vez modelos paradigmáticos de democracia en el mismo último tiempo, desde el surgimiento de la versión democrática más moderna, entiéndase la liberal, fueron los países con los caracteres culturales y religiosos individualistas de los angloamericanos, Inglaterra y los Estados Unidos, mundialmente hegemónicos en tantos sentidos, con lo que ello implica. El impacto de este “sentido común” británico-norteamericano ha sido en los últimos dos siglos ininterrumpido, creciente, cada vez más global, masivo y penetrante.

Así, en suma, una idea política predestinada no menos que orientada a ser individualista y defensiva o, también, “garantista”, se acompasó pues con el ethos dominante de la libertad del yo personal y el interés. Lo primordial en tiempos modernos (y sucesivos) se hizo el quedar los individuos, en primer lugar los burgueses, a salvo o a cubierto del poder político y su “interferencia”, asegurado cada quien en el goce “libre” de los derechos personales -pero especialmente, en fin de cuentas, como homo economicus protegido por el marco político.34

Fenómenos como la cuantía y la multiplicación natural de las poblaciones, sumados a su crecimiento políticamente causado por la extensión e incorporación o unificación de estados y gobiernos, lo mismo que la acelerada centralización política y administrativa correspondiente, por supuesto llevaron por otro lado, de suyo, a pensar la factibilidad de la democracia liberal emergente en términos de básica y regularmente indirecta, representativa. Lo que significó todo un cambio, un verdadero cambio de naturaleza de la idea.35

Pero lo otro también contó: el individualismo de las gentes mismas, el ansia de mejorar cada uno su lote en la vida, la dedicación al interés privado o familiar de cada cual por encima de cualquier otro llamado, especialmente a la larga o bien al cabo de revoluciones y guerras que pasaron de épicas a crueles, muy sufridas y aun de resultados desilusionantes (tan desilusionantes como decepcionantes fueron y siguieron siendo los resultados del ensimismamiento selfish de la nueva clase dirigente burguesa, de entrada encaramada además políticamente vía aquella representación).

Es decir, impuso por su parte una especie de “división del trabajo” también en el plano político y, a la vez, una delegación de las obligaciones y responsabilidades de gobierno en los representantes. Unos representantes entre elegidos y, claro, “naturales”.36

En círculo vicioso que Tocqueville, nuevamente, describió de manera magistral cuando recién se insinuaba, un pueblo así cada vez más pasivo y más “masa” en el orden cívico (etapas de movilización clasista, emergencias extraordinarias y estallidos aparte), dió en reproducir exponencialmente el papel y la importancia de los poderes y las instituciones del estado y el gobierno. Hubo sin duda, desde entonces, en Europa como en América Latina, ciclos y períodos durante los cuales, con distintas modalidades aquí y allá, sobre todo el movimiento obrero y socialista o de algún modo popular estuvo activo, tuvo iniciativa y aun rebeldía, pero para ser posteriormente absorbido de esa misma y otras maneras, cuando no derrotado, con un mismo si no más rotundo final de la historia.

Si, pues, de cualquier modo regresamos así y en este punto a los temores que conocimos de Tocqueville al principio del primer capítulo, bien que al cabo de pruebas de experiencia positiva y negativa entre tanto acumuladas para lo sucesivo, también llegamos ahora a la democracia no tanto representativa cuanto representada. Tocqueville no paró suficientemente en esto, quizás porque en su tiempo corría como por debajo de unos cursos históricos que en Inglaterra, Francia y Estados Unidos eran tan agitados como disímiles. No se trataba sólo de la igualdad crecida pero desde ahí eventualmente alienada (o perdida). Como no es sólo y apenas la democracia en manos de delegados. Esta es cierta clase de democracia en cierta clase de contexto, aun en los momentos en que se la ve en progreso. ¿Una democracia de clases en un contexto de clases?

La forma: mixta, à dominante
Quizás siglo y medio más tarde las cosas han cambiado. Una sociedad de masas ahora muy extendida, ampliación general del sufragio, partidos también de masas, elecciones generales, una competencia política “abierta”, lo que trajo el Estado de Bienestar y lo que queda de él; incluso, hasta donde cuentan, las experiencias históricas. Pero ¿cuánto y cómo han cambiado?

El paisaje de la sociedad civil y la sociedad política, o de la sociedad y el estado, paisaje que sigue mutando, no parece haber incidido mucho sobre la orientación que tratamos. Tal vez, en muchos países, la misma sociedad de masas está hoy en algún proceso de (el término médico) “regresión”, o simplemente perdiendo homogeneidad, resquebrajándose y debilitándose, así como lo ha hecho la sociedad sin aditamentos;37 de otro lado, el estado ha sufrido cierta reforma, apuntada -se dice- a algo así como un estilizamiento de su silueta para alcanzar mayor agilidad en su accionar más básico o “propio” y también ocupar menos espacio, aunque sigue muy grande, inmensamente enorme, y en nuestra acepción de estado quizás inconmensurable (si se mira bien, aun y no menos el “reformado”: no lo requieren tanto las propias reformas como lo implica el encuadramiento político de la sociedad necesario para ellas).

Como sea, permanece el hombre o mujer-masa como tal sin embargo individualista. Y tenemos siempre las clases sociales. Y la desigualdad, que ahora se ha potenciado. Y el desencanto, los descreimientos, el escepticismo, renovados. El ensimismamiento burgués, el aburguesamiento de la burguesía, repitiéndose constante, mientras los grandes sectores populares miran por su existencia, cuando no por sobrevivir, simplemente. Todos, los burgueses y los populares, son ciudadanos “de baja intensidad”, están hoy como personas encasillados cuando no reducidos a la calidad de consumidores, clientes, usuarios más ricos o más pobres (y mayormente numerados), y hasta excluídos como tales, sin Salud, Educación, Trabajo, Justicia efectivos.

Eso no es todo: está situado. Situado en y atravesado por las realidades fantásticas de un mundo tecno-económico verdaderamente alucinante que a la vez parece como espiritualmente vaciado. Digo la realidad de los grandes poderes económicos, los organismos más las organizaciones, todos fantasmales, y los bancos, y las corporaciones multinacionales, y más bancos, y bancos más grandes, más superempresas poderosas, las megafusiones, los igualmente poderosos medios, inescapables, las redes electrónicas. Una realidad empapada a su vez por el marketing de cuanto es o pueda tornarse mercancía (lo que es decir absolutamente todo) en una sociedad inflacionariamente travestida en lo que en sí es al fin y al cabo un común mercado: por debajo de sus vestiduras, una feria hoy muy sofisticada pero cuyo valor último es simplemente la realización del capital, cuando no tan sólo el dinero, y que se puede desnudar como lo que es porque lo primero que deja saber es una falta completa de pudor, el hecho de que no respeta ni tampoco encuentra límites morales.38 Una realidad inyectada con las formidables dosis no siempre y necesariamente imbecilizantes pero sí de divertimento distractivo que, como nuevo “opio de los pueblos”, distribuye ese intangible pero colosal Ejército de Ocupación que responde al ridículamente inocente apodo de “la tele” (eventualmente complementada por las patéticas sectas surgidas “como hongos” para que unos charlatanes conforten y esquilmen a multitudes de pobres desesperanzados).39

Cruza el conjunto todo, cada hilo de la trama, una atmósfera, una “civilización”, cuya marca es la misma de todos los últimos siglos: el individualismo burgués desenfrenado, un (como se decía antes) materialismo arrasador, aplastante. En la actualidad fenomenalmente instrumentado en paralelo a la manera consumista por esos actores fetichizados que son las empresas u organizaciones, ellas mismas en competencia tanto o menos concertada que desconcertada y anárquica -pero en cualquier caso entregadas a una danza frenética supuestamente dedicada a conjurarla.

Saltan de inmediato algunos interrogantes. ¿Tiene así, todavía, un objeto la democracia, entendiendo por esta algo más que Estado de Derecho liberal formalmente constitucionalizado? Según lo expuesto, ¿resulta por otra parte de difícil control por nadie ni nada? Tendremos que parar más en esto. Entre tanto, o bien para empezar, digamos que de suyo posee aún, cuanto menos, una lógica.40 Ciertamente, si en un plano vivimos en algún desorden con un tinte anárquico, en general no vivimos en un “estado de naturaleza”: una guerra de todos contra todos no es para nada sinfónica, ni tiene el equivalente de las partituras y las batutas que el cuadro actual no deja de mostrar. Y es esa lógica la que entreteje la malla que intenta (y consigue suficientemente) contener en general las cosas, imprimirles una silueta, en cada sociedad y estado a través del régimen político inter alia. Vamos a terminar pues con él antes de avanzar más en la materia.

Al respecto y por lo pronto: lo que hoy corre convencionalmente designado como democracia, sobreentendido como tal sin reservas (véanse el citado Huntington y tantos otros autores, sin hablar de los políticos y del propio público en general) es lo que puede ser en el contexto en que se inscribe, y a lo sumo eso. Mucho menos que un régimen democrático propiamente dicho, aun el limitado por las condiciones de posibilidad existente. En verdad, algo diferente. Es en rigor un régimen político mixto de gobierno del estado.41

Todo lo que hemos visto -su propio desarrollo o carácter limitado, sus sesgos individualistas y de ahí defensivos y delegativos, el contexto general por detrás, que impone sus condiciones, aquéllas y otras- ha estado el último par de siglos concurriendo para que la realidad efectiva del régimen democrático lo muestre como tal únicamente en coexistencia con otros modos regulares de hacer política, de gobernar o cogobernar el estado.

En ese tiempo se han multiplicado los regímenes concurrentes, a tenor de un paisaje que ya contemplamos. Pero la democracia que existe, existe entonces siempre entrelazada de hecho con otros regímenes, con modalidades regulares quizás ilegales, no dispuestas ni previstas (tampoco siempre prohibidas) por las leyes, modalidades en parte tradicionales o que se cuelan por huecos e intersticios imposibles de sellar en la práctica y que en cada unidad política están como “auspiciadas” por el pays reél.

Unos modos, de otro lado, por principio incongruentes en parte no sólo con la legalidad sino también con la legitimidad establecida, es decir, con la ideología democrática; son modos, en todo caso, tampoco muy legítimos, aun cuando (recordemos el concepto de legitimidad, su relación con lo que acepta la sociedad) no necesaria y completamente ilegítimos en todos los casos. Si el régimen en definitiva mixto no estuviese amparado por una legitimidad igualmente mixta, aun corriendo por debajo de una primera napa, según la teoría y toda la experiencia tendría que saltar por los aires en el largo o medio plazo -como no salta.42



Las formas políticas que coexisten entrelazadas con la democracia, que en la realidad la componen y entonces hacen de ella un régimen en verdad mixto, son cinco principales: oligarquía, burocracia, tecnocracia, partidocracia y corporatismo. La importancia relativa de cada una es variable según lugares y tiempos, países y períodos o ciclos, y así también es variable la fisonomía del conjunto que cada vez o en cada circunstancia constituyen junto con el eje democrático (no siendo éste, necesariamente, el que domina la trama, sí el que en todo caso le aporta su legitimidad básica: la forma dominante no es siempre y necesariamente la misma). Las tratamos lo más sucintamente:43

La oligarquía. Como régimen de gobierno funciona a la manera de las dos acepciones que tiene el concepto. Una, la manera clásica (y tan antigua como que ya fue en su tiempo agudamente descifrada por Aristóteles), refiere el modo regular, habitual si no constante, en que los sectores establecidamente más ricos y poderosos ejercen o influyen como tales sobre el gobierno en dirección de sus propios intereses de grupo privilegiado. La otra, no menos concurrente al conjunto que todas las otras formas de las que estamos hablando, tiene la impronta contemporánea: es la propia de la sociedad de masas y organizaciones que alumbra ya la última parte del siglo xix y que remite al gobierno de y por las cúpulas dirigentes de esas mismas organizaciones características del nuevo tiempo, incluyendo entre ellas (como lo develó Robert Michels)44 a los mismos partidos y sindicatos que primeramente articulan y canalizan la voluntad y los intereses de las clases populares. Son, pues, dos maneras oligárquicas, en algún caso combinadas, que filtran y entretejen sus concepciones, estilos y rutinas en lo que se llama democracia.

La burocracia. Como forma de gobierno, o sea qua régimen de reglas de procedimiento, cuerpo a cargo y patrón de comportamientos, no ya en el sentido más ordinario o coloquial de la palabra sino en el de los estudios típicos de Max Weber (y la preocupación política de éste ante su avance),45 es el gobierno de los funcionarios por sí, en los términos de la moderna configuración administrativista-racional del estado. En los hechos, a la par del poder Legislativo y el Ejecutivo (las instituciones representativas y únicas fundamentales del gobierno regular en la teoría democrática), ella ejerce con apreciable autonomía en la propia producción de no pocas de las decisiones políticas del estado, no ya sólo en la implementación de las mismas -que en cualquier caso tiende a ser decisiva de suyo.46

La tecnocracia. Es el modo de gobernar prototípico de los grupos de expertos (que entran y salen de la “alta burocracia” nacional o internacional y circulan entre ésta y ciertas comunidades en el límite entre lo universitario-superior y lo empresario) y de los expertos mismos, o sea los individuos técnicamente más informados y capacitados en los asuntos más complejos y eventualmente delicados, para quienes la sociedad de nuestro tiempo ha desarrollado a su vez las formas más altas de educación y entrenamiento. Lo suyo es por naturaleza ajeno a las opiniones exclusivamente mayoritarias o simplemente públicas, según son en principio las democráticas, a las que presupone por lo general desinformadas y/o bajamente “educadas” vis à vis las de esta élite del conocimiento -a su turno, “por definición sociológica”, integrada por miembros de las clases medias a más altas.

La partidocracia (según el término que acuñó en la primera parte del siglo una derecha contraria al antiguo régimen parlamentario y favorable a dictaduras autoritarias, pero con un alcance politicológico que ciertamente ha sobrevivido en la práctica a ese tiempo reaccionario de negra memoria) importa una deformación de la democracia en el seno mismo del principal vehículo y sistema representativo de la ciudadanía. Conforme ella, y según mostraron el paradigma de la república italiana hasta hace unos pocos años y, en América Latina, los casos de Venezuela y Colombia, las dirigencias de los partidos se independizan de facto de la población que las vota y en cuyo nombre e interés dicen actuar y se legitiman. Así, por una suerte de apropiación-expropiación de mandatos se convierten en los titulares reales de la soberanía popular a nombre de los partidos, ahora fuente última verdadera de las decisiones del régimen político que se dice en vigencia, y también recipientes de una variedad de beneficios de origen y orden público.47

El corporatismo. O neo-corporatismo, como lo designó Philippe C. Schmitter, para distinguirlo del “corporativismo” propio de un tipo de regímenes dirigistas-autoritarios característicos del período de entreguerras (el fascista a la cabeza), pero tanto posterior como aún anterior a ellos: de la última vuelta de siglo en Europa y creciente al cabo de aquel intervalo o desde la segunda posguerra.48 Aparece como un régimen “complementario” del gobierno liberal democrático en materia de representación, en su caso representación de los intereses y las organizaciones o sectores socioeconómicos como tales, y tiende a favorecer -es la explicación, tal vez su defensa- la “gobernabilidad” de esas sociedades por demás complejas y conflictivas que han pasado a ser las emergentes a posteriori de la segunda gran guerra mundial tanto en los centros como en las periferias más movilizadas.

En síntesis, la democracia es en primer lugar un régimen “representativo”, es decir, entonces, indirecto-fiduciario, pero en los hechos, y en gran medida por eso mismo, según todas las puertas que ello abre, penetrado por una variedad de otras stricto sensu formas de gobierno; y no separable de ellas excepto analíticamente. No es lo que debería ser sino lo que en efecto es, empírica y no prescriptivamente hablando; y esta cara suya compagina con las otras que le vamos exponiendo. Por ejemplo, con la importancia que en el escenario adquieren o pierden su sujeto colectivo y el sujeto individual de la democracia, tanto el pueblo como el ciudadano -que es el primordial en la democracia (liberal) de nuestra época.

Consideremos ahora eso mismo, el sujeto de la democracia.

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