Segregación en el habitar urbano. Análisis de grupos de discusión en Montevideo



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Segregación en el habitar urbano. Análisis de grupos de discusión en Montevideo

Sebastián Aguiar. Investigador y docente del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

Resumen

Se describe la segregación urbana en Montevideo ensayando estrategias de análisis de información proveniente de grupos de discusión, presentadas acumulativamente, que permiten dialogar con enfoques distributivos aportándoles “estructuralidad”. Primero se presentan datos cuantitativos sobre segregación residencial, de la que se desprenden posiciones geográfico-económicas, que junto a las de edad y de sexo estructuraron el muestreo. Luego se realiza un análisis de contenido del discurso acerca de los barrios y algunos espacios públicos; de este modo aparecen juegos urbanos que muestran la fragmentación social. El tercer apartado establece un sistema de referencias propias y de otros, con mundos urbanos asociados. Esto permite constatar fronteras, distancias sociales y tipificaciones con distinto grado de anonimia. En cuarto término se toma como objeto el principal malestar en el habitar urbano: la inseguridad. Siguiendo el esquema de J. Ibáñez se muestra un conjunto de alegorías que clausuran con miedo la segregación urbana.


Introducción


En los abordajes sociológicos de la segregación urbana predominan enfoques cuantitativos, concentrados en las características de la zona de residencia de las personas. Los acercamientos a la distribución de las desigualdades sociales en el espacio, apoyados en el desarrollo de estrategias cartográficas y de GIS, de algún modo han monopolizado la representación general de la ciudad en sintonía con una perspectiva “gubernamental” que encuentra eficientes estas miradas centradas en las “poblaciones”, en normalidades y desvíos.

En simultáneo, también opera una sobrerrepresentación de las ciudades: conocemos la vida urbana a través de nuestra experiencia, pero su magnitud global nos es devuelta, representada, en productos culturales; la aprendemos por televisión, en películas, novelas, prensa. Y algunas voces hablan públicamente, construyen ciudad mucho más que otros. La articulación entre los enfoques cuantitativos, distributivos en torno a normalidades, y la sobrerrepresentación de la vida urbana es de algún modo peligrosa, sesgada. Las distribuciones muchas veces se tiñen de imaginarios, que sin la adecuada interpretación acrecientan la hostilidad urbana.

Una cierta responsabilidad sociológica invita a presentar estrategias de análisis al menos complementarias, que sean eficientes y compitan en el terreno performativo, de los efectos, con los abordajes distributivos pero permitan acercamientos más estructurales, más comprensivos, de las dinámicas de segregación. El habitar urbano ha sido espacio de reflexión específico ya desde F. Engels, M. Weber, F. Tonnies o G. Simmel, autores clásicos fundacionales, y así desde blasés a flaneurs, los mapas cognitivos, la glocalidad, el espacio de flujos, líquido, culturas y subculturas o multiculturas, todos tienen lugar en la ciudad. Esa responsabilidad sociológica, esa orden de comprender, ha animado también multitud de investigaciones cualitativas referidas a la espacialización de diferencias sociales. Desde observación hasta etnografías, pasando por entrevistas o análisis textuales, numerosos especialistas han indagado situaciones específicas de segregación e incluso dinámicas urbanas generales, en abordajes culturalistas como los de la escuela de Chicago en sociología, en investigaciones que desde lo específico apuntan a lo global más “antropológicos, y en multitud de trabajos “críticos”, ya sean Lefebvre o Castells, o Wacquant, o reflexiones de corte geográfico-social como las de Harvey o Soja… Todos ellos se acercan a la segregación urbana, cuentan sus consecuencias e implicancias.

Sin embargo la infinitud, la polisemia de la vida urbana implica un espesor que vuelve necesariamente esos análisis más opacos, algo elusivos y así aparentemente menos prácticos en una “explicación por abajo, que no es la explicación más simple, elemental y clara sino la más confusa, oscura y desordenada, la más condenada al azar” (Foucault 2000:242). Es que por supuesto, las ciudades son en cada instante distintas; el habitar urbano, el ser-ahí, reconoce infinitas aristas y herencias.

M. Heidegger (1994) planteaba, en el entendido de que “el habitar es el rasgo fundamental del ser”, que éste tiene dos dimensiones fundamentales: en tanto construcción, edificación, y en tanto cuidado, cultivo, cultura. El análisis de la segregación urbana parece haber seguido estas dos avenidas propuestas por el filósofo alemán en forma relativamente escindida.

En lo que sigue se presenta un conjunto de caminos, de estrategias de análisis para el acercamiento a una comprensión estructural de la ciudad, basadas en grupos de discusión conformados según las “posiciones económico-geográficas” que se distinguen en el nivel residencial de la ciudad. Los grupos de discusión permiten acercarse a distintos contextos significativos y sobre estas “distribuciones” establecer distintos tipos de escuchas “estructurales” para comprender qué pasa, acercarse a la segregación efectiva.

Este tipo de abordajes es específicamente pertinente en las ciudades de América Latina. Los estudios sobre segregación urbana se concentran en Estados Unidos particularmente en la dimensión racial, y en Europa en los inmigrantes. En el continente más desigual del mundo, con ciudades en la mayoría de los casos relativamente recientes, atravesadas por el colonialismo, los asentamientos urbanos presentan otras configuraciones. La intersección del factor racial es relevante en todos los países, pero particularmente el vivir en las ciudades latinoamericanas se estructura en términos económicos; más bien “geográfico-económicos” en lo que refiere a la forma de las ciudades. Montevideo, en Uruguay, es a la vez típica y excepcional en estos sentidos. La capital más al sur del continente, que concentra casi la mitad de los habitantes del país, fue poblada mayormente a partir de inmigrantes en el período entre 1850 y 1950. En esta ciudad trasplantada, el componente racial es relevante; por ejemplo existe una fuerte segregación hacia las personas afrodescendientes (Cabella et. al 2013), que representan algo menos del 10% de la población. Las personas que se autoidentifican como descendientes de indígenas alcanzan el 4,5% de la población, y también se encuentran en conflictos de redistribución y reconocimiento (Arocena y Aguiar 2007). Aunque resta avanzar mucho en el análisis de la evidente “colorización” de la pobreza, los principales factores de ordenamiento urbano fueron económicos y administrativos. Excepcional por su composición racial, típica en cuanto a su disposición radialmente centrada en torno a un puerto de salida de materias primas y en función del peso de lo económico en la distribución de la edificación urbana.

Varias de las principales dinámicas que modularon la situación urbana montevideana en las últimas décadas han sido diagnosticadas fehacientemente. En primer lugar, el establecimiento de los asentamientos irregulares como forma de marginalidad y exclusión avanzadas, que comienza en los años 50, crece fuertemente en los años 70 y se consolida en los 90. Mayormente se agrupan en la periferia de la ciudad; entre el 10 y el 20% de la población en las últimas décadas reside en asentamientos en las últimas décadas. En segundo término, la consolidación de la forma en la que se plasman las desigualdades sociales en la ciudad, con algunas áreas crecientemente homogéneas: un centro urbano mixto y dos franjas prósperas que se extienden, la más importante por el sur hacia el este, sobre la rambla, y la menor hacia el norte, hasta el barrio el Prado. En torno a estas áreas un primer cinturón mixto y particularmente un segundo anillo periférico con extensiones hacia el oeste y noreste concentran las distintas dimensiones de la pobreza. En tercer término, también hay una fuerte acumulación en cuanto a la asociación de la segregación residencial con “consecuencias negativas”, que pautan la retroalimentación de estas dinámicas1.


El camino


El grupo de discusión es una técnica de investigación cualitativa en ciencias sociales con definido potencial por su alto rendimiento heurístico: consisten en reuniones de diálogo con participantes seleccionados según un conjunto de criterios variables en cada investigación, moderadas sistemáticamente, sobre tópicos que buscan incentivar un “habla orientada” del grupo. La conversación permite comprender fundamentaciones, consensos, divergencias, supuestos, opiniones, actitudes y valores de los contextos sociales seleccionados.

Partiendo de estos dos supuestos, en el marco de la investigación “Usos y apropiaciones de los espacios públicos y relaciones de edad”, financiada por la CSIC y coordinada por la Dra. V. Filardo, en 2007 se realizaron 26 grupos de discusión conforme a dos criterios base de homogeneidad entre sus integrantes: el de la edad de los individuos y el de su nivel socio-económico2. Asimismo, se realizaron 5 grupos de discusión en 2014, que tomaban como contextos relevantes para la selección de sus integrantes las posiciones discursivas en las relaciones geográfico-económicas, de edad y de sexo.

Con esta base empírica y dadas las consideraciones antes expresadas respecto a la pertinencia de abordajes cualitativos mediante grupos de discusión, que complementen la perspectiva distributiva y gubernamental imperante, los objetivos de esta ponencia son, por una parte, describir la segregación urbana en Montevideo desde la perspectiva del habitante, pero sobre todo, por otra parte, se busca ensayar varias estrategias de análisis, de captura, desde lo distributivo a lo estructural, de la palabra. Se presentarán varias alternativas, posibilidades todas ellas sencillas, eficientes y con alto rendimiento heurístico, en forma sucesiva, acumulativamente.

Como idea rectora, se señaló que la segregación podía entenderse como la espacialización de las diferencias sociales en la ciudad. Como idea operativa, se parte de una de las definiciones más recurrentes (Sabatini, Cáceres y Cerda 2001), que establece que la segregación urbana tiene tres dimensiones principales: “1) la tendencia de los grupos sociales a concentrarse en algunas áreas de la ciudad; 2) la conformación de áreas o barrios socialmente homogéneos; y 3) la percepción subjetiva que los residentes tienen de la segregación “objetiva” (las dos primeras dimensiones)”. La definición práctica de la tercera dimensión, pese a que se asegura que es “clave no sólo para explicar el origen de la segregación, sino que también para entender sus efectos más negativos, que hoy se están agravando” (Sabatini 2001), permanece considerablemente más oscura que la de las dos primeras. En ese texto fundacional, se limitan a señalar “Sentimientos de marginalidad y de estar de más” y la “estigmatización de barrios o áreas” (Sabatini et. al. 2001). Más adelante agregarán: por una parte “la identidad y prestigio asignados a barrios o zonas completas de la ciudad”; en segundo término: “la percepción que la gente tiene del hecho de formar parte de un grupo social que tiene una peculiar forma de ocupar el espacio” (Sabatini et. al. 2006).


Desarrollo

Posiciones


Este apartado toma como punto de partida el primer nivel de análisis de la “dimensión subjetiva de la segregación” que propone Sabatini: la identidad y prestigio asignados a espacios de la ciudad. Una primera posibilidad para la información surgida en los grupos de discusión, es el análisis de contenido cuantitativo. Simples conteos de palabras ya indican presencias diferenciales en el habitar urbano; elementos reiterados, más presentes en el imaginario sobre la ciudad, otros menos relevantes o solo objeto de atención para grupos de algunas posiciones sociales. Así, en los grupos de discusión hubo cerca de 1000 menciones a barrios concretos. Y algunos de ellos están muy presentes en el imaginario sobre la ciudad: Ciudad Vieja, el Centro, Pocitos y el Cerro se llevan cada uno entre un 12 y un 15% de las menciones a barrios específicos.

Cada uno de ellos tiene “significados”, funciona más allá de su mero nombre propio, retóricamente, en forma diferente: se rodea de adjetivos, se vuelve uno de ellos, con denotaciones y connotaciones específicos –la verosimilitud referencial. Ciudad Vieja representa la “mezcla en la ciudad”, de día centro bancario y también un lugar para salidas nocturnas, sentido como propio para algunos y ajeno para otros. Pocitos es símbolo de la clase “media alta”, del montevideano que consideran “medio” las personas de mayor nivel socioeconómico y “rico” los habitantes con menor nivel socioeconómico (“capaz que la gente de Pocitos es la que va al museo, nosotros no”). El Centro es, como su nombre lo indica, un núcleo económico y funcional de la ciudad. El Cerro simboliza el lugar “pobre”, de la “clase baja”, peligroso para las posiciones económicas superiores (“hay lugares que no se puede ir, no iría al Cerro”) y no tanto para las inferiores, que lo consideran “normal”. Otros lugares, que aparecen con menor frecuencia, son señalados como los “barrios-barrio”, en referencia a los barrios de trabajadores, con vida vecinal, familias. Por su parte, algunos barrios son señalados con particular intensidad, como epítome de las “zonas rojas”, “marginales”: así las referencias a Casavalle, el Borro o 40 Semanas. Es claro un proceso de segregación a nivel de las imágenes de los barrios, su identificación y estigma, con el Cerro y Pocitos como extremos imaginarios a los que se asocian connotaciones económicas claramente definidas, espacios de mezcla, más híbridos, “barrios-barrios” y “zonas peligrosas”.

Más allá de este acercamiento cuantitativo, en un análisis de contenido cualitativo aparecen con claridad algunos grandes núcleos semánticos que se asocian con el barrio, en particular una mirada nostálgica del “barrio perdido”, la percepción por los habitantes de que por varios motivos la vida de barrio, el "amigo del barrio", la comunalidad, disminuyen paulatinamente. Los más adultos invocan su proceso vital como atestiguando ese proceso: en 20 años todo empezó a cambiar radicalmente. La nostalgia se justifica en sus infancias, que asocian al “cordón de la vereda”, el “lugar donde me hice persona”, que se añora, igual que la vida vecinal, porque ahora “quedan pocos barrios donde salís y está todo bien con los vecinos”. No se conocen entre ellos, y eso no pasaba antes: ahora quedarse en una esquina o en la calle ha pasado a no ser para los niños, sino para jóvenes amenazantes.

Tras ese acuerdo en el deterioro de la vida barrial, pueden encontrarse distintas formaciones discursivas en función de las posiciones geográfico-económicas de los hablantes. Los que viven en las zonas que definen como “mejor situadas” en Montevideo, califican el barrio en el que se vive como “tener fortuna”; y uno de los principales argumentos que utilizan es que en sus lugares todavía se puede hacer algo de “vida de barrio”. Por su parte, se apunta un deterioro creciente de la vida barrial más dramático en las zonas menos prósperas; una “pérdida de códigos”. Antes sus barrios pobres eran humildes y trabajadores y así era la vida de barrio; ahora, en muchos casos “el barrio” dejó de existir, centralmente por el incremento de la inseguridad y la apropiación de espacios públicos “por los más jóvenes”.

Radicalizando levemente el sentido original del término, las zonas o espacios urbanos aparecen como “significantes vacíos” (Laclau 1996; Zizek 2005), sustantivos de carácter ambiguo o polivalente, sin fijación estable, espacio de operaciones hegemónicas en el discurso, en un mecanismo mediante el cual diferentes “proyectos o voluntades intentan hegemonizar los significantes vacíos de la comunidad ausente” (Laclau 1996:86). Las formaciones discursivas se presentan como relativamente independientes, parecen coexistir en paralelo, como “topoi” en los significantes vacíos (A.S. Montero 2012). Así, tras el análisis de contenido centrado en el consenso, los puntos que se sostienen en común y que diseñan el imaginario urbano general sobre en este caso los barrios, cabe profundizar en los disensos, en los “tópicos típicos” de las distintas posiciones sociales.

Espacios públicos


El análisis del uso y las percepciones de los hitos urbanos, entre ellos los barrios pero también de muchos otros espacios públicos, permite profundizar en la retroalimentación, la necesidad de análisis conjunto, de las relaciones de edad y las geográfico-económicas para entender la segregación en la ciudad, y evidencia la relevancia de agregar las diferencias de género.

Por ejemplo, considerando las referencias a la rambla y la playa de la ciudad, las personas de nivel económico medio y alto aluden tácitamente la rambla sur-este. En cambio, muchas veces para los de nivel económico más bajo, que residen en la periferia oeste, la rambla es tácitamente la bahía de Montevideo. Para las personas de nivel económico medio y alto sólo en contadas ocasiones se asocia con el veraneo; esto es mucho más frecuente en las posiciones inferiores. El discurso de las edades y posiciones económicas medias en cuanto a esos espacios públicos es que es uno de los espacios más compartidos y que más valoran, lugares relativamente seguros, donde ven una clara segmentación de horarios y actividades, en particular en base a relaciones de edad: se denuncia por ejemplo la “apropiación” por los jóvenes de la rambla; éstos señalan por su parte que son excluidos. Se montan así circuitos, espacios segmentados, estrategias de segregación por horarios, para administrar el conflicto potencial entre las posiciones de edad (Filardo 2007). Los más jóvenes de posición económica media alta la califican como un “espacio de encuentro de todos los niveles” (pese a la evidente sobrerrepresentación de sus posiciones económicas) al que van seguido y también zonifican claramente usos diferenciales; mientras, los de nivel económico bajo sólo van puntualmente y en grupitos –que asustan a los demás-, y explican que es un lugar barato. Las diferencias por sexo son claramente segregadas también, actividades como tomar el sol o correr son más femeninas, otras más masculinizadas.



Todos los espacios públicos sobre los que se discute se vuelven topicales, muestran estas formaciones discursivas diferenciales, calificaciones típicas en distintos espacios sociales. Las ferias son algo diferente para los jóvenes de posiciones económicas superiores, que las comparan a los shoppings, como lugares pintorescos a los que van a veces, y se refieren tácitamente a las tres o cuatro ferias más connotadas de la ciudad, en particular la de Villa Biarritz en Pocitos. En el otro “extremo”, las personas más mayores y de menor nivel socioeconómico se refieren a las ferias de frutas y verduras o a otras barriales que venden productos usados o robados. Por su parte, para las mujeres de nivel económico medio y bajo unas son espacios de compras cotidianas y otras “paseos”, en clara mayor medida que para los hombres.


Ilustración 1. Posiciones discursivas sobre las plazas barriales
Se configuran así un conjunto de posiciones discursivas segregadas, en las relaciones económico-geográficas, de edad y de sexo. Las formaciones discursivas de cada posición varían en función del tema en cuestión. Pero con claridad, muestran de algún modo mundos urbanos segregados.

Es que en el discurso de las personas, la recursividad del propio hablar como mecanismo de ubicación relacional aparece en un “efecto Munchhausen”; con esta afortunada imagen, M. Pecheux (2005) se centra en los mecanismos discursivos que generan la evidencia del sentido, la evidencia del sujeto como idéntico a sí mismo, parecido a otros, “la respuesta absurda y natural ‘¡Soy yo!’, tras la cual está en juego que la evidencia de la identidad oculta el hecho de que se trata del resultado de una identificación-interpelación del sujeto, cuyo origen ajeno es sin embargo ‘extrañamente familiar’ para él” (Pecheux 2005:162).

Efectivamente, existen imaginarios urbanos segregados que pueden vislumbrarse con sencillos análisis de contenido cuantitativos y cualitativos. Parece clara también la relevancia del análisis mediante grupos de discusión, que permite encontrar acuerdos –habitares urbanos compartidos- y diferencias, y del muestreo exhaustivo, que permite profundizar en éstas últimas entre distintos contextos. Aparecen formaciones discursivas en torno a tópicos, que pueden situarse como posiciones discursivas en las relaciones económico-geográficas, de edad y de sexo, que parecen hablar lenguas distintas3.

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