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Carmen Vicién (2015). La función de producción: breve reseña histórica. En:

Notas sobre Economía de la Agricultura y las Empresas Agropecuarias y

Agroindustriales. Carmen Vicién (E...

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 · March 2015

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Carmen Vicien

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Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



La función de producción: breve reseña histórica

Carmen Vicién

Cátedra de Administración Rural.

Facultad de Agronomía, Unoversidad de Buenos Aires



Introducción

Pensamos que un breve ‘‘recorrido’’ por la evolución de las ideas funda-

mentales sobre la noción de la función de producción, puede ayudarnos a

situar algunas cuestiones centrales, especialmente aquellas referidas a

la utilización hecha por los economistas de este concepto que pertenece

al área de las ciencias físicas y biológicas, y a los problemas derivados de

la agregación de bienes no homogéneos, en la construcción de las fun-

ciones de producción.

Al respecto, conviene tener presente a W. Leontief (1988), cuando men-

ciona que la comprensión del mundo observable implica un trabajo ince-

sante del pensamiento teórico sobre una multiplicidad infinita de informa-

ción bruta. Sin esta tarea, el esfuerzo de la investigación se queda en la

superficie de los datos empíricos. A la inversa, si se deja libre curso a la

especulación teórica, sin que ella esté firmemente guiada por datos rea-

les cuidadosamente obtenidos, el resultado puede ser una suerte de exal-

tación intelectual, pero lamentablemente nuestra comprensión del mundo

real no habrá avanzado.

La formalización matemática de las ideas es, por lo general, una exce-

lente disciplina para la organización de los datos, un poderoso instru-

mento para ‘‘saltar’’ de las premisas a las conclusiones y, un punto de

‘‘pasaje’’ casi obligado de toda tentativa de verificación experimental de

una teoría (Boussard, 1980).

Sin embargo, en muchas ocasiones, cuando un modelo matemático

se presenta, la atención suele concentrarse en la derivación de las pro-

piedades formales. De tal forma, al llegar a la interpretación de las con-

clusiones, con frecuencia se dejan de lado las hipótesis en las cuales

ese modelo se ha basado, olvidando que la utilidad del esfuerzo cientí-

fico realizado depende precisamente de la validez empírica de esa hi-

pótesis (Leontief, 1988). En otras palabras, premisas falsas necesaria-


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NOTAS SOBRE ECONOMÍA DE LA AGRICULTURA Y

LAS EMPRESAS AGROPECUARIAS Y AGROINDUSTRIALES

Carmen Vicién - Susana Pena de Ladaga - Gerardo Petri

mente conducirán a conclusiones erróneas, aún si el razonamiento in-



termedio es correcto.

En forma reiterada, suele hacerse hincapié en la importancia de no des-

cuidar la pertinencia de los problemas prácticos a los cuales los econo-

mistas dedican sus esfuerzos. No obstante, también debería reflexionarse

acerca de la insuficiencia de muchos de los medios científicos con los que

se intenta resolver dichos problemas.



Los conceptos fueron tomados de los trabajos de A. Monza (1971, 1972 y 1985),

así como del libro de C.E. Ferguson (1969); textos que recomendamos revisar.

¿Cuál es el origen del concepto de función de producción?

a) Ricardo ‘‘primera versión’’ o El principio del margen extensivo

La primera pregunta que surge es: ¿dónde se ha originado el concep-



to de función de producción?

Como ya hemos mencionado se trata de una idea que proviene de las

ciencias físicas y biológicas pues las funciones de producción son la base

de la descripción de las leyes de la naturaleza. A pesar de ello, la noción

de función de producción fue desarrollada y utilizada especialmente por

los economistas (Heady y Dillon, 1961). Es así como se puede afirmar

que la noción de función de producción ha nacido, desde el punto de vista

histórico, en el seno de la economía clásica, especialmente con David Ri-

cardo: la ley de los rendimientos decrecientes de la rama agrícola, central

en el razonamiento clásico, bien puede ser expresada en términos de una

función de producción.

Ricardo consideraba una agricultura donde la utilización de capital era

poco importante. Es posible admitir entonces que la cantidad de capital

acumulado en ese nivel de desarrollo de las fuerzas productivas era es-

casa en relación a la cantidad de tierras disponibles. De tal forma, la fun-

ción de producción clásica permite relacionar, por una parte, las cantida-

des de producto, y por la otra, las cantidades de trabajo y de tierra.

A pesar que ninguno de los tres componentes es un conjunto de bie-

nes físicamente homogéneos, en lo referido a la producción, el hecho

de restringir el análisis a mercancías agrícolas específicas, permite ase-

gurar su homogeneidad. En todo caso, si un cierto grado de agregación

es necesario, bastará con emplear un índice de volumen físico. En cuanto

al trabajo, la exigencia de homogeneidad era satisfecha suponiendo la

homogeneidad física de los diferentes tipos de trabajo.



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Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



Con respecto a la tierra, su heterogeneidad da lugar a la ley de rendi-

mientos decrecientes. En efecto, en la medida que la cantidad de traba-

jo empleado en la producción agrícola aumenta, deberá utilizarse tierras

de calidad inferior, provocando un crecimiento menos que proporcional

del producto total obtenido.

Es importante subrayar que este enfoque supone un conjunto dado de

técnicas de producción. Esto significa, en primer lugar, que no se conside-

ra la innovación tecnológica, y luego, que la posibilidad de sustitución en-

tre la tierra y el trabajo no es tenida en cuenta. El primer punto, es sola-

mente una anticipación parcial de la forma cómo la idea de progreso téc-

nico sería desarrollada más tarde por la mayor parte de los economistas.

Por el contrario, la segunda hipótesis parece muy sorprendente puesto

que implica que la noción de función de producción fue en sus comienzos

completamente extraña a la de sustitución entre factores (Monza, 1972).

Los economistas clásicos elaboraron una teoría de rendimientos decre-

cientes específica para la tecnología agrícola. Este análisis cuya caracte-

rística principal es el tener en cuenta la especificidad de las condiciones

de la producción agrícola, con relación a los otros sectores de la econo-

mía, ha sido denominado, el principio del margen extensivo (Monza, 1972).

Así, el razonamiento clásico puede ser representado mediante una fun-

ción de producción que vincula las cantidades de producto y de trabajo.

La derivada de esa función es positiva y decreciente, en razón del carác-

ter heterogéneo de la tierra que (Monza dixit) ‘‘juega su papel detrás del

escenario’’ (es decir, la tierra es un factor de cantidad fija y de calidad va-

riable). Podemos entonces concluir (siguiendo también a Monza, 1972)

que las tres propiedades que constituyen la base de esa función son las

que siguen:

• Todas las variables pueden ser medidas en unidades físicas, sin la

ayuda de un sistema de precios relativos.

• La derivada de la función es decreciente; puesto que teniendo en cuenta

que el conjunto de la tierra es de calidad variable, la producción sólo

puede aumentar mediante la utilización de tierra de inferior calidad (hi-

pótesis de validez más teórica que empírica).

• La función permite describir un proceso histórico que reposa en el cre-

cimiento de la fuerza de trabajo, en una economía en la cual la dota-

ción de tierra no está totalmente puesta en producción. La noción tiene

una dimensión temporal.


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LAS EMPRESAS AGROPECUARIAS Y AGROINDUSTRIALES

Carmen Vicién - Susana Pena de Ladaga - Gerardo Petri



b) Ricardo ‘‘segunda versión’’ o El principio del margen intensivo

Una segunda versión de la teoría ricardiana de la renta, que fue reto-

mada más tarde por la escuela marginalista, modificó en cierto sentido

la idea original de la función de producción clásica.

Ricardo había considerado dos tipos de inversiones, sea en tierra de

calidad diferente, sea sucesivamente en la misma tierra (Bennetti, 1975).

Así, la nueva presentación de la teoría de Ricardo considera la existen-

cia de una cantidad fija de tierra de calidad heterogénea en la cual se

aplican los diferentes niveles de trabajo, en el marco de una economía

donde la frontera agrícola ya está definida. Este planteo recrea la fun-

ción de producción clásica, aunque ella permanece todavía como una

relación entre cantidades de producto y de trabajo.

El hecho que la capacidad de producción de una cierta cantidad de

tierra sea limitada, para un nivel de conocimiento dado, conduce nueva-

mente a la condición decreciente de la pendiente de la función. El aná-

lisis ha sido llamado, el principio del margen intensivo (Monza, 1972).

Esta versión de la función de producción clásica pertenece al mismo

orden de ideas que la original, en la medida en que ella está fundada

sobre las tres características citadas. En primer lugar, la relación se es-

tablece entre las mismas variables (es decir, entre la producción y el tra-

bajo, mientras la cantidad de tierra es fija), y su medición no exige de un

sistema de precios relativos. En segundo lugar, el carácter decreciente

de la derivada se basa en una particularidad del mundo físico. Final-

mente, la noción tiene una dimensión temporal ya que está diseñada

para explicar una realidad histórica.

Gráfico 1. El funcionamiento del sector agrícola en el modelo ricardiano.



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Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



El funcionamiento del sector agrícola en este modelo puede ser repre-

sentado por un diagrama simple (Gráfico 1), donde OY mide las canti-

dades de ‘‘grano’’ (que representa todo el producto físico) y OX, la can-

tidad de trabajo empleado en la agricultura. Para un cierto nivel de cono-

cimiento y con recursos naturales considerados como dados, la curva

P-Ap representa el producto por unidad de trabajo, mientras que la cur-

va P-Mp es el producto marginal de trabajo. La existencia de dos curvas

diferentes para el producto medio y el producto marginal es una conse-

cuencia de la tendencia decreciente de la curva del producto medio, es

decir, del supuesto de rendimientos agrícolas decrecientes.

Así, la producción de grano está determinada solamente por las fuer-

zas del trabajo (OM), que es también una variable exógena. La produc-

ción está representada por el rectángulo OCDM.

Al suponer que la cantidad de trabajo es un dato, se excluye la posibi-

lidad de variaciones de la producción por cabeza debidas a un cambio

en el capital fijo por unidad de trabajo, para cada nivel tecnológico con-

siderado. Por lo tanto, el modelo implica, por una parte, relaciones cons-

tantes entre el capital y el trabajo y, por la otra, coeficientes variables en-

tre el trabajo y la tierra (Kaldor, 1955-56).

c) La generalización de las ideas: Walras y Fisher

A pesar que en su origen la utilización de la función de producción ha-

ya estado restringida a la rama agrícola, tiempo después, la noción se

propagó a nuevos campos de aplicación. Con el fin de estudiar esta di-

fusión es necesario considerar otras corrientes del pensamiento econó-

mico desarrolladas a medida que la escuela neoclásica se establecía.

Examinaremos las proposiciones de Walras y de Fisher.

Walras introdujo la noción de equilibrio general como un método ‘‘di-

señado’’ para tratar, en forma comprensible, la determinación de los pre-

cios relativos en el marco de un contexto económico estático. La oferta

de cada bien, así como la demanda de cada recurso productivo, derivan

de funciones de producción subyacentes

1

.

1 En la primera y segunda edición de ‘‘Elementos de Economía Política Pura’’, Walras empleó coeficientes de



producción fijos. Mientras que, tanto en la tercera edición como en la presentación habitual de su modelo, se

introduce  la sustitución continua entre factores de producción (Monza, 1972).



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La función de producción del modelo walrasiano establece una relación



de naturaleza microeconómica entre las cantidades de productos y las de

insumos. Todas las variables pueden ser medidas en unidades físicas,

como en la función de producción clásica. Por el contrario, el resto de las

analogías ha desaparecido.

Primeramente, la hipótesis de rendimientos decrecientes de la fun-

ción de producción, con relación a cada insumo (es decir, la proposición

que la frontera de posibilidades técnicas sea un conjunto convexo del

especio n-dimensional) no es más que una generalización de la ley clá-

sica de rendimientos decrecientes de la agricultura. Porque, al menos

en lo que respecta al sector industrial, la hipótesis no está basada en

ninguna evidencia empírica. En efecto, esta generalización es solamen-

te el resultado de una exigencia teórica para que el modelo ‘‘cierre’’. En

segundo lugar, el modelo es de naturaleza estática y, en consecuencia,

las interpretaciones históricas son poco verosímiles (Monza, 1972).

Así, la noción original de Ricardo fue transformada en el marco pro-

puesto por Walras. Pues, esta vez encontramos la función de produc-

ción del esquema de asignación de recursos, la cual permite describir el

conjunto de técnicas que pueden ser utilizadas con el fin de producir un

bien determinado. En tal contexto la diferencia entre las técnicas se da,

en general, en la combinación de insumos, todos medidos en unidades

físicas.

La segunda corriente del pensamiento neoclásico sobre la función de

producción fue desarrollada por Fisher. Este economista, trabajando en

el campo de la Teoría del Capital (en lugar de la Teoría del Valor), intro-

dujo la noción de tasa de retorno del capital. El empresario individual

elegirá cuánto y dónde invertir basándose en la tasa de retorno del capi-

tal. El capital ya se ha convertido entonces en un concepto puramente

monetario.

El análisis de Fisher se basa en la existencia de una función de pro-

ducción microeconómica que difiere de la presentada por Walras. En

Fisher la relación se establece entre, por una parte, la cantidad o el valor

de la producción y, por la otra, la cantidad de trabajo y el valor del capi-

tal. En esta función no se encuentran ya las propiedades de la función

de producción clásica. En efecto, tal como lo señala A. Monza (1972) se

tienen en cuenta los aspectos que se indican a continuación.


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Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



• Todas las variables no pueden ser medidas en unidades físicas. En par-

ticular, la variable capital es medida en unidades de valor, puesto que

representa el valor de un conjunto de bienes de capital, físicamente ho-

mogéneos, ligados a técnicas de producción diferentes

2

.

• La hipótesis de una pendiente decreciente de la función de producción



carece de toda justificación empírica. Nada permite afirmar que si con-

sideramos un trabajador equipado con bienes de capital diversos (que

corresponden a las diferentes técnicas de producción), el aumento su-

cesivo del valor del capital causará un aumento menos que proporcio-

nal de la productividad.

• El modelo presentado por Fisher trata de representar la asignación de

un monto dado de inversiones financieras en forma instantánea, es de-

cir atemporal. Más tarde el mismo modelo será usado para analizar

los procesos históricos de acumulación del capital.

La parábola Neoclásica

a) La función de producción agregada

La etapa siguiente del desarrollo de las ideas sobre la noción de función

de producción se encuentra en el campo de la macroeconomía neoclásica,

en el momento del desarrollo del equivalente agregado de los modelos de

Walras y de Fisher.

En la búsqueda de la simplicidad, antes que el rigor teórico, la macro-

economía neoclásica fue construida por analogía a la teoría microeconó-

mica. En consecuencia para ‘‘saltar’’ del nivel micro al macro de la Ciencia

Económica debe necesariamente hacer uso de un método de agregación

(Ferguson, 1969).

El análisis neoclásico se basa entonces en el supuesto que el sistema

económico agregado posee también, una función de producción agrega-

da que utiliza dos clases de insumos: el capital y el trabajo. Este sistema

remunera cada insumo (cada ‘‘factor de producción’’, en la denomina-

ción neoclásica) por su productividad marginal (o ‘‘remuneración con-

currencial’’).

2 Como lo indica Monza (1972) en la medida en que el análisis se limite al equilibrio parcial competitivo, la

pérdida de la primera propiedad del esquema clásico no provoca un error en la lógica interna del modelo,

puesto que los precios relativos así como las condiciones técnicas de producción son, por definición, un dato.


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Para que la última suposición sea válida desde el punto de vista me-



todológico deben satisfacerse las proposiciones siguientes:

i. Con respecto a la esfera de la producción

La función de producción agregada debe ser homogénea de grado 1

con relación a dos insumos también homogéneos: el capital y el trabajo.

De esta manera, con una presentación análoga la de la teoría microeco-

nómica, la función de producción mencionada será la siguiente:

                                                Y = g(K, L)

donde, YK y L son respectivamente, la producción, el capital y el trabajo.

Todavía será necesario agregar que el comportamiento de la economía

debe asemejarse al de una empresa competitiva que maximiza su bene-

ficio, en forma paramétrica, en relación a insumos y precios considerados

exógenos. Finalmente, en la región fundamental del proceso productivo

los productos marginales serán positivos (f’ > 0, f’1>0, es decir, con deri-

vadas primeras positivas), y aumentarán en forma monotónica (f’’k < 0,

f’’< 0, es decir, con derivadas parciales negativas).

ii. Con respecto a la esfera del mercado

Tanto los mercados de insumos como los de productos son perfecta-

mente competitivos y se encuentran en equilibrio.

En consecuencia, la función de producción macroeconómica puede ser

interpretada como una descripción de las posibilidades técnicas de pro-

ducción, expresadas como relaciones entre la cantidad física del pro-

ducto y la cantidad de factores utilizados en la producción. La elabora-

ción de esta descripción ‘‘obecede’’ a criterios muy precisos.

En primer lugar, se toma como punto de partida el stock de técnicas

disponibles en un momento dado para la producción la cual, sobre la

base de una hipótesis simplificadora, representa el producto nacional o

una producción agregada cualquiera. Ese stock representa el estado

del conocimiento tecnológico en el momento considerado.

Luego se deduce la función de producción aplicando el principio de

‘‘racionalidad económica’’ (o de eficiencia), según la cual, sobre la base

de los datos existentes, la elección de los empresarios obedece al crite-

rio de maximización de la tasa de beneficio. A partir de tal criterio de ma-


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La función de producción: breve reseña histórica



ximización, se opera, en cada situación considerada, una selección de

las técnicas. El resultado de ese proceso es la función de producción

macroeconómica (Benetti, 1975).

La esencia de la noción presentada consiste en la existencia de una

relación agregada y puramente técnica entre el capital, el trabajo y el

producto. Esta relación permite caracterizar las condiciones técnicas de

producción a nivel macroeconómico (Monza, 1985).

A partir de los años 1950 la función de producción macroeconómica

ha conocido una considerable vuelta a la popularidad, ligada en particu-

lar al desarrollo de la teoría neoclásica del crecimiento.



b) El capital neoclásico

Sin embargo, para llegar al nudo del esquema neoclásico es necesario

profundizar otra idea. En el marco de la escuela neoclásica, la Teoría del

la Distribución deriva de la Teoría de la Producción, mientras que la Teoría

del Crecimiento encuentra su origen en la Teoría del Capital. No obstante,

todo el análisis neoclásico se funda en una sustancia esencial: el capital

(Ferguson, 1969).

Esta parte de la historia de la macroeconomía neoclásica comienza con

J.B. Clark y su noción de capital real homogéneo, cual puede ser presen-

tada en la siguiente forma: ‘‘Si se ignora el progreso técnico, existe una

sustancia real llamada capital cuyo consumo es reemplazado en forma

continua para que la sustancia permanezca homogénea’’ (Ferguson,

1969)

3

.



A partir de una noción tan simple como la de Clark, muchos economis-

tas han desarrollado la versión moderna de la teoría neoclásica, que ha

sido denominada la parábola neoclásica de J.B. Clark. Esta parábola

nos da la relación directa entre las esferas de la producción y del merca-

do y, asimismo, permite establecer la base de la teoría microeconómica

de la determinación de los precios.

3 ‘‘That is, ignoring technological progress (…), there is a real substance called capital whose depletion is

continuously replaced so that the substance itself remains homogeneous’’ (Ferguson, 1969).



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c) Las proposiciones  neoclásicas

El modelo descripto que supone la existencia de funciones de produc-

ción continuas y de un capital único y homogéneo conduce a las conclu-

siones que siguen.

Bajo la hipótesis de mercados competitivos se cumple:

• La tasa de beneficio del capital es la tasa de interés del capital, sea

público sea privado.

• Los salarios varían inversamente a las tasas de interés.

• La relación capital-trabajo varía en forma directa con respecto a la re-

lación salario-tasa de interés.

• El criterio de distribución de la producción está claramente definido.

• El producto nacional por trabajador varía en forma inversa a la tasa de

interés.

El Gráfico 2 resume las ideas presentadas.

Gráfico 2. Hipótesis de las ideas neoclásicas.

donde,


= salario.

= relación capital-trabajo.

= tasa de interés.

Brevemente, la característica fundamental de la función de produc-

ción macroeconómica es que ella expresa una relación decreciente en-

tre la tasa de beneficio por una parte y, por la otra, las relaciones K/L, K/



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Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



Y y Y/L (donde K es el capital, L es el trabajo e Y es la producción). En

otros términos, el orden de clasificación de las técnicas según la canti-

dad de capital por unidad de trabajo, o la cantidad de capital por unidad

de producto, o la productividad del trabajo, es la inversa de la obtenida

según el nivel de la tasa de beneficio (Benetti, 1975).

d) La última controversia del capital

En los años 1950 se desarrolló una célebre controversia en el marco

de la Teoría del Capital cuyos dos oponentes podrían ser encontrados,

de un lado en la Universidad de Cambridge (Cambridge University) y,

del otro, en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (Massachusetts

Institute of Technology). El debate de las ‘‘Dos Cambridge’’ ha estado

precisamente centrado en la parábola neoclásica que hemos presenta-

do. En particular, a propósito de la posibilidad de definir, a nivel agrega-

do, una cantidad de capital, así como sobre la conclusión que afirma

que, teniendo en cuenta el equilibrio de largo plazo (en ausencia de pro-

greso técnico), el aumento en la intensidad del capital (el valor del capi-

tal por hombre) se traduce por la baja de la tasa de beneficio, como ya

mencionamos.

En su comienzo, la esencia de la crítica fue la constatación que una

tasa de interés decreciente podía ser acompañada por un aumento en

la intensidad del capital empleado en los diferentes métodos de produc-

ción. En otras palabras, la tasa de interés no sería más un medio válido

para seleccionar la intensidad de capital, es decir, un ‘‘índice de la rare-

za de la cantidad de capital’’ (Pasinetti, 1969). Esta afirmación, que es

conocida como el fenómeno de reversión del capital o reswitching, nie-

ga la existencia de una relación unívoca entre las relaciones capital-

trabajo y salario-trabajo, causando la pérdida de la lógica interna de la

macroeconomía agregada

4

.



Más tarde, la discusión se volvió más profunda al encontrarse que no

era verdaderamente necesario hacer frente a un caso de reversión de

capital para destruir la parábola neoclásica. Así, la verdadera crítica a la

4 Las críticas de la escuela de Cambridge sobre la teoría neoclásica han sido dirigidas, especialmente por J.

Robinson, N. Kaldor y L. Pasinetti. Mientras que los neoclásicos más célebres en este debate fueron R. M.

Solow y P. Samuelson.



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Teoría del Capital se presenta de la siguiente manera: ‘‘Las variables en la



función de producción agregada –esto es, producto por hombre y capital

por hombre– deben necesariamente estar medidas en unidades de valor,

ya que las mismas se refieren a conjuntos de bienes físicamente hete-

rogéneos. Se requiere por lo tanto un conocimiento que no sea posterior

acerca de los precios relativos para estar en condiciones de definir la re-

lación agregada. A nivel macroeconómico el sistema de precios no puede

considerarse dado sino que, en el equilibrio de largo plazo al cual se refie-

re la idea de función de producción agregada, está establecido que los

precios relativos dependen de las condiciones técnicas prevalecientes y

de la distribución del producto. Resulta así que para poder definir la fun-

ción f es imprescindible conocer previamente los métodos de producción

en uso y la distribución del producto neto resultante, lo cual es inconsis-

tente con el uso que se le da a la relación agregada’’ (Monza, 1971).

La teoría neoclásica se encierra entonces en un razonamiento circu-

lar: para conocer la tasa de beneficio será necesario conocer la produc-

tividad marginal del capital, por lo tanto, la cantidad de capital de equili-

brio y entonces la tasa de beneficio de equilibrio (Benetti, 1975)

5

.



En consecuencia, la primera dificultad consiste en encontrar una uni-

dad en la cual el capital pueda ser medido como una cifra o un número.

En otras palabras, se busca un índice que sea independiente tanto de las

relaciones de los precios, como de la distribución de los ingresos a fin de

incorporarlo en una función de producción donde, con el trabajo (también

correctamente medido), pueda explicar los diferentes niveles de produc-

ción (Harcourt, 1969).

Además, en una economía perfectamente competitiva con transpa-

rencia perfecta, esta unidad debe ser tal que la derivada parcial del pro-

ducto con relación al capital sea igual a la remuneración del capital,

mientras que la derivada parcial con respecto al trabajo debe represen-

tar el salario de los trabajadores. Si se llega a cumplir la tarea de encon-

trar tal unidad podremos, como dice Harcourt (1969), ‘‘matar dos pája-

ros de un tiro’’, ya que llegaremos a hacer dos análisis simultáneos. En

primer lugar, el de un sistema productivo donde el capital (es decir, los

5 ‘‘la contradiction se manifieste dans l’absence de relation univoque entre la valeur du capital et le stock des

moyens de production. La théorie de la productivité marginale prétend donc expliquer la rémuneration de ce

qu’elle designe comme ‘‘facteurs de production’’ á partir du principe unique de leur productivité marginale

dans une situation donnée’’ (Benetti, 1975).


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La función de producción: breve reseña histórica



medios de producción ‘‘producido’’) constituye una ‘‘ayuda’’ al trabajo

(característica de toda sociedad desarrollada). Y, en segundo lugar, el de

la distribución de los ingresos en una economía capitalista.

El elemento central del debate es, por lo tanto, que las leyes de la dis-

tribución tienen un fundamento técnico-económico, en el sentido que

ellas son la expresión a la vez de las técnicas de producción y de la efi-

ciencia económica (Bennetti, 1975).

Sin embargo, el nudo de la controversia reside en la aplicación del con-

cepto de función de producción a objetivos poco apropiados. La noción de

catálogo de técnicas disponibles, que coexisten en el tiempo y entre las

cuales los empresarios pueden elegir, es útil y presenta un sentido opera-

tivo auténtico. La única restricción se halla en la complicación de su apli-

cación al mundo real (Robinson, 1953-54).

Por el contrario, frente a la determinación de la distribución de la pro-

ducción, entre trabajo y capital, la función de producción ‘‘fracasa’’: ella

no distingue entre el capital, en el sentido de medio de producción (con

características técnicas particulares), y el capital, como un ‘‘derecho al

manejo’’ de los recursos monetarios. La función de producción ‘‘fraca-

sa’’ aún, cuando ella ‘‘trata’’ de representar un proceso de acumulación

del capital. Esta vez ella no distingue las comparaciones de posiciones

de equilibrio, de los desplazamientos entre diferentes posiciones de equi-

librio (Robinson, 1953-54).



La poscontroversia

La actitud de los economistas neoclásicos vis-á-vis estas objeciones

fue la aceptación de su veracidad afirmando, al mismo tiempo, que la

validez de la teoría neoclásica era una cuestión de orden más bien em-

pírico que teórico

6

.



6 En este sentido la opinión de Ferguson es bastante clara: ‘‘…there is no doubt that the Cambridge Criticism is

valid. Indeed, it is broader than it was first thought to be, in that reswitching is not a necessary condition to

invalidate the simple’’ ‘‘J.B. Clark neoclassical fairy tale’’. If we live in a fixed-proportions world, which may or

may not be true, and if capital goods are heterogeneous, which is unquestionably true, there may not exist an

invariant relation between factor proportions and the factor-price ratio…The question that confronts us is not

whether the Cambridge Criticism is theoretically valid. It is. Rather the question is an empirical or an econometric

one: is there sufficient substituability within the system to establish the neoclassical results? (Ferguson, 1969).


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No obstante, frente a las críticas de Cambridge una crisis intelectual



fue abierta: parecía que no era posible seguir trabajando como antes.

Así la tendencia más manifiesta fue refugiarse en los ‘‘valores seguros’’:

la evidencia empírica y la exigencia formal (Henin, 1978).

De tal forma, los trabajos que buscaban aproximarse a la evidencia

empírica se encontraban frente al desafío de tener en cuenta la hetero-

geneidad del capital. Y, esta se halla en todos los niveles, pues no con-

ciernen solamente los bienes de producción durables, sino también los

procesos de producción en los cuales los bienes se insertan.

Por otra parte, los economistas que deseaban presentar enunciados ge-

neralizables debieron buscar la seguridad que aporta la formalización ma-

temática. Pero el riesgo de tal posición es exigir que una realidad tecno-

lógica se adapte a los rigores de su representación matemática (Henin,

1978)

7

.



Finalmente, la vía intermedia fue la búsqueda de ‘‘compromisos prac-

ticables’’. En primer lugar, dado que la ausencia de una agregación co-

rrecta del capital puede conducir a resultados contradictorios en rela-

ción a los postulados de la teoría neoclásica, en el plano econométrico

el acento fue puesto en las condiciones requeridas para la agregación

del capital. Desde el punto de vista econométrico, si esas condiciones

de agregación no son satisfactorias, las estimaciones de las funciones

de producción pueden tener en cuenta variables de mercado, violando

así las hipótesis que suponen que sólo deben considerar variables téc-

nicas. La búsqueda fue entonces orientada hacia el desarrollo de condi-

ciones de agregación poco restrictivas (Brown, 1976).

Otros ejemplos de esta búsqueda de un ‘‘realismo practicable’’ se en-

cuentran en los trabajos que tratan de profundizar los aspectos tecnoló-

gicos de los procesos de producción o que tienden a una mayor desa-

gregación del capital (Henin, 1978).

Sin embargo, la consecuencia más valiosa dejada por esta célebre

controversia fue el haber contribuido a profundizar las reflexiones sobre

la noción del capital y, en particular, sobre su medición. Porque ‘‘a partir

7 ‘‘La justice est un cube parfait dit l’ancien sage, et la conduite rationnelle une fonction homogène, ajoute le

savant moderne’’ (Edgeworth, 1904) citado en Henin, (1978).



73

Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



del momento en que se admite que no existe una ‘‘cosa’’ llamada capi-

tal, sino que el capital es un conjunto de bienes heterogéneos que con-

viene agregar, utilizar ‘‘más’’ o ‘‘menos’’ capital resulta inconcebible

(Abraham-Frois y Berrebi, 1976)

8

.

Con respecto a este tema encontramos posiciones muy extremas, y



al mismo tiempo (a nuestro parecer) muy justas como la evocada por J.

De Brandt, (1976): ‘‘Es forzoso entonces que nos situemos frente a los

economistas que, luego de J. Robinson, han afirmado que el capital no

existía más... Hay por una parte la muerte del capital neoclásico, ese

stock de capital homogéneo, que no existe, que no es posible concebir,

y que no es posible en consecuencia de medir. No es posible concebirlo

a nivel global, puesto que de eso se trata, de un stock de capital al cual

es factible de aplicar los llamados esquemas microeconómicos en los

cuales las relaciones de productividades marginales se igualan con las

relaciones de precios’’

9

.

Reflexiones finales



La evolución seguida por la noción de función de producción en el se-

no de la Economía parte de una aplicación precisa con el fin de compren-

der mejor una realidad concreta: el mundo agrícola en la Inglaterra del

siglo XIX. Más tarde la idea se generalizó pues otras ramas de la eco-

nomía presentaban realidades más complejas de aprehender y, por otra

parte, debido a su utilización para objetivos diferentes de la simple des-

cripción de las posibilidades técnicas de producción.

En nuestros días, el contrasentido es pretender construir funciones de

producción agrícolas empleando las abstracciones que el concepto ha

8 ‘‘à partir du moment où l’on admet qu’il existe pas une ‘‘chose’’ appelée capital, mais que el capita est un

ensemble de biens hétérogènes qu’il convient d’agréger, utiliser ‘‘plus’’ ou ‘‘moins’’ de capital devient au sens

propre inconcevable’’ (Abraham-Frois y Berrebi, 1976).

9 ‘‘Force nous est donc de nous situer par rapport aux économistes qui, à la suite de J. Robinson, ont affirmé

que le capital n’existait pas…Il y a d’une part la mort du capital néo-classique, ce stock de capital homogène,

qui n’existe pas, qu’il n’est pas possible de concevoir, et qu’il n’est pas possible par conséquent de mesurer. Il

n’est pas possible de concevoir au niveau global, puisque c’est surtout de cela qu’il s’agit, un stock de capital

susceptible de voir s’appliquer disons les schémas microéconomiques dans lesquels des rapports de productivité

marginale s’égalisent avec des rapports de prix’’ (De Bandt, 1976).



74

NOTAS SOBRE ECONOMÍA DE LA AGRICULTURA Y

LAS EMPRESAS AGROPECUARIAS Y AGROINDUSTRIALES

Carmen Vicién - Susana Pena de Ladaga - Gerardo Petri

adquirido en el curso de los años, lo cual implica olvidar las característi-



cas que son propias del sector agropecuario (Vicién, 1989).

Al respecto, tal como expresó J. Chombart de Lauwe (1990)

10

, se ne-


cesitan economistas ‘‘sobre el terreno’’, que se ocupen de ajustar méto-

dos de trabajo. El estudio de los métodos científicos ha sido descuidado

con demasiada frecuencia.

Bibliografía consultada y citada

Abraham-Frois, G.; Berrebi, F. (1978): «Progrès technique et Théorie du capital» pp. 203-318. En: Le



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433-444.  En: Le capital dans la fonction de production. CNRS. París. 444 p.

10 ‘‘On voudrait bien voir les chercheurs plus souvent sur le terrain (tant dans leur pays qu’à l’étranger) notamment

pour mettre au point les méthodes de travail (en s’inspirant de Descartes, Claude Bernard, Alfred Marshall,

Colin Clark, Rostow, Samuelson, etc.). Cette étude des méthodes scientifiques est bien souvent négligée’’

Chombart de Lauwe (1990).


75

Carmen Vicién

La función de producción: breve reseña histórica



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