Sábado 1 de noviembre de 2008 Todos los Santos



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LA «TRAICION» DE RAAB, LA PROSTITUTA /

DE ZAQUEO, EL ARCHIRRECAUDADOR

Para interpretar esta escena nos hemos de guiar por el pasaje de Josué 6, según la versión griega de los Setenta. Raab, la prostituta, y Zaqueo, el archirrecaudador, son figura (femenina y masculina) del hombre marginado por una determinada socie­dad. Josué (en griego, «Jesús») / Jesús, al entrar en Jericó, «sal­van» respectivamente a Raab y su familia (Jos 6,17.23.25) / y a Zaqueo, en representación de todos los marginados israelitas (Lc 19,9-10). Las marcas que relacionan estos dos pasajes son muy indicativas, pero difíciles de traducir a nuestras categorías. Raab dio alojamiento a los emisarios/espías de Josué, y salvó así su vida y la de toda su familia; Zaqueo dará acogida a Jesús. Uno y otro son considerados traidores por sus respectivas sociedades. La «traición» de Zaqueo recaerá sobre Jesús, como veremos en seguida, y se volverá contra él en la traición de Judas, «uno de los Doce», que encarna - como indica su nombre: «Judas/ju­daísmo» - los valores nacionales del pueblo judío (22,3s).
ZAQUEO, QUE SE ENCARAMA AL TEMPLO,

ENCUENTRA LA SALVACION EN SU CASA

Lucas es un maestro en el arte de relacionar escenas. El texto prosigue: «Cuando (Jesús) llegó a aquel lugar...» (19,5a). «El lugar», con artículo (aquí lo lleva), siempre dice relación en los evangelios con el templo, el Lugar por excelencia. (Los lugares altos son siempre los emplazamientos escogidos para edificar ermitas, iglesias o templos.) Zaqueo, el excomulga­do, se ha encaramado al punto más alto de la institución religiosa, convencido de que desde allí podrá ver a Jesús, a quien él todavía identifica con lo bueno y mejor de la sociedad religiosa, de la cual se ha automarginado por intereses personales y crematísti­cos. En el libro de Josué hay una expresión que puede iluminar la presente: «El general del ejército (lit. "el archiestratega", a comparar con el "archirrecaudador") del Señor dijo a Josué: "Desátate las sandalias de tus pies, porque el lugar sobre el que te encuentras es santo" » (Jos 5,15). Pero, para Jesús, «el lugar» ya ha dejado de ser «santo». (De hecho, está subiendo a Jerusalén para enfrentarse con él.) Por eso le dice: «Zaqueo, baja en seguida (no fuera que equivocadamente se afianzase en la institución religiosa a la que se había encaramado), porque hoy (el presente salvífico) tengo que (la forma griega impersonal connota el desig­nio divino) alojarme en tu casa» (19,5). Jesús contrapone «el lugar» a «la casa»: empieza a vislumbrarse la futura «casa» de la comunidad de salvados provenientes del paganismo, de quie­nes el «archirrecaudador» es figura representativa en el Evange­lio. «El bajó en seguida (obedece puntualmente: la repetición subraya la presteza con que se aleja de la institución) y lo recibió muy contento» (19,6). La alegría es señal aquí de estar en línea con el proyecto de Dios sobre el hombre. Las caras tristes son reveladoras. La presencia de Jesús conlleva siempre alegría en la comunidad que lo acoge.
CRÍTICA DE LOS INSTALADOS AL PROYECTO LIBERADOR

DE JESUS


La historia -por lo visto- se repite. «Al ver aquello, todos se pusieron a criticarlo diciendo: "¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!"» (19,7). El hombre no les importa; lo que les importa es que sea un descreído (hoy diríamos un ateo) y que Jesús haya entrado en contacto con él: se ha convertido en impuro porque, en el diálogo con él, se ha imbuido de sus categorías y manera de pensar. No es la primera vez que se lo echan en cara, sino la tercera (cf. 5,30, caso de Leví, y 15,2, cuando «se le iban acercando todos los recaudadores y descreí­dos»). Y a la tercera... Lo que es muy indicativo es que aquí se diga con énfasis que sean «todos» los que se ponen a censurar a Jesús: la primera vez los criticadores eran los fariseos y sus letrados/teólogos del sistema, y el reproche lo dirigían a los discípulos de Jesús con idénticas censuras (5,30); la segunda eran «tanto los fariseos como los letrados» los que censuraban, y el reproche iba dirigido indirectamente a Jesús: «Este (despec­tivo) acoge a los pecadores (descreídos) y come con ellos» (15,2); la tercera, en cambio, son «todos», sin más precisiones.

¿Quiénes son esos «todos»? Evidentemente que detrás se ocultan los defensores acérrimos del sistema. Pero ¿y los discípu­los? ¿Acaso también éstos se habrían dejado imbuir por el siste­ma, haciendo frente común con ellos contra el archienemigo de la patria? Es muy posible, ya que Lucas, en realidad, ha hecho entrar en Jericó solamente a Jesús. (Los demás, por lo que se ve, ya estaban allí.) La crítica que les dirigieron al principio (5,30) habría hecho mella en ellos finalmente. Dentro de ese tríptico imaginario, los relatos de Leví y Zaqueo constituirían las tablillas laterales, mientras que en el centro se encontrarían «todos los recaudadores y descreídos», que habrían dado pie a la parábola central (véase 15,3: «Entonces les expuso esta pará­bola», en singular, a saber: las analogías de la oveja perdida y de la moneda o dracma perdida y la parábola propiamente dicha de los dos hijos, el joven/pródigo y el mayor/esquivo). Así todo quedaba atado y bien atado.


LA RAZON DE SER DE LA QUINTA COLUMNA

Ya hemos visto antes que Raab y Zaqueo son personajes paralelos: la mujer representaba la quinta columna dentro del territorio del enemigo, puesto que ayudó a Israel a conquistar la ciudad; aquí es Zaqueo. Ahora veremos cuál es la contribución que presta a Jesús, el nuevo Josué, en la «conquista» de la socie­dad: «Zaqueo se puso en pie y, dirigiéndose al Señor, le dijo: "He aquí que la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si he estafado algo a alguien, se lo restituiré cuatro veces"» (19,8). La decisión de Zaqueo sobrepasa con mucho lo que estaba prescrito en el Levítico (véase Lv 5,20-26) para repa­rar un fraude. Cumple de sobra lo que Juan Bautista exigía a los recaudadores que se le acercaban para bautizarse: «No exijáis más de lo que tenéis establecido» (Lc 3,12-13). Zaqueo está dispuesto a luchar por una sociedad más justa, él que era el símbolo personificado de toda injusticia. En el fondo, esto no gusta a los teólogos del sistema judío, porque, a la larga, si no a rascarse el bolsillo, a lo que no están dispuestos, se verán obligados a recoger velas, en la medida en que se les escape el poder de las manos, cifrado como siempre en el dinero. La quinta columna es, pues, el super-rico que, en lugar de venderse por dinero, como había hecho hasta entonces (se entiende que se le compare con la prostituta), está dispuesto a servirse del injusto dinero para ganarse a los pobres. Dentro de la fortaleza de los ricos, que tienen sus bancos a manera de torre de home­naje... al dios Dinero, y su apartheid amurallado, a fin de no oír el clamor de los miserables, bien aconsejados por sus propios predicadores moralizantes, se ha abierto una brecha, que a la larga destruirá el sistema. Entre tanto, demos vueltas y más vuel­tas y toquemos trompetas, pues, desde el sistema, hay quienes promueven la justicia y están a punto de entregarnos la ciudad.


TODOS LOS QUE PROMUEVEN LA JUSTICIA ESTAN SALVADOS

Jesús le contestó: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán» (19,9). Jesús no le propone renunciar a todos sus bienes ni lo invita a seguirlo para hacerse discípulo suyo, como había hecho con el recaudador Leví (5,27) y con el magistrado rico (18,22). Por un lado, se subraya nueva­mente (repetición de la palabra «hoy») que la salvación ya es un hecho en esta comunidad humana representada por Zaqueo; por otro, es restituido al linaje universal de Abrahán, del cual había sido excluido. Una nueva paradoja: ahora resulta que los exclui­dos/sometidos a la institución (Zaqueo/la mujer encorvada) son «hijo»/«hija de Abrahán» (19,9/13,16), mientras que los que alardeaban de «tener por padre a Abrahán» (3,8a), tuvieron que escuchar de boca de Juan Bautista: «Os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacarle hijos a Abrahán» (3,8b). Las «piedras» deben ser aquellos a quienes ellos, los seguros y observantes, tienen por pecadores/descreídos, encorvados/sometidos a su al­bedrío. La reintegración de Zaqueo a la casa de Israel recuerda de cerca la conclusión de la escena de Raab: «Josué perdonó la vida a Raab, la prostituta, y a toda su familia paterna, y vivió en medio de Israel hasta el día de hoy» (Jos 6,25).

La última frase: «Porque el Hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo» (19,10), es la clave que traba el tríptico imaginario antes citado. De hecho, en términos equi­valentes, la encontramos en las tres tablillas (Leví: 5,32; centro: 15,7.10.24.32; Zaqueo: 19,10). Ahora bien: mientras que Leví fue invitado por Jesús a integrarse en su comunidad, la comuni­dad del reino, y Zaqueo ha sido reintegrado a la casa de Israel, de los recaudadores y descreídos que se acercaban en masa a Jesús en el centro de ese tríptico no se dice explícitamente ni una cosa ni otra. Es cierto que la parábola y las dos analogías que la preceden hablan de un encuentro/retorno de lo que estaba muerto/perdido, pero Lucas deja abierto, intencionadamente, el relato. Será en el libro de los Hechos donde retomará la temática de ese relato central, con el fin de ejemplarizar con nombres y apellidos la entrada /encuentro/retorno de los paganos a la comu­nidad cristiana, lo que provocará -como era de esperar y, des­graciadamente, habrá que seguir esperando- la reacción fanáti­ca de los que se tienen por justos/puros/observantes (cf. Hch 11,2s; 15,1.5).

Jesús, el Hombre, viene a buscar al hombre con el fin de salvarlo de la situación de autodestrucción en que él mismo se había sumergido, después de que haya experimentado en su propia carne la marginación a que lo ha conducido la falsa escala de valores de la sociedad.

II
En el relato de la conversión de Zaqueo están reunidas todas las palabras y conceptos preferidos del evangelio de los pobres: hoy; salvación; para salvar lo que estaba perdido; pequeño, pecador, publicano; el “convenía” de la voluntad salvadora de Dios; la prisa, la acogida en la casa, la alegría. La Gracia rebosante de Dios y la buena voluntad desbordante del hombre se manifiestan en Jericó, ciudad sobre la que pesaba una antigua maldición (Jos 6,26), en casa de los jefes de los publicanos, y con un pecador que es rico. Jericó es la ciudad de donde Jesús emprende la subida a Jerusalén; es como la puerta para la ciudad en la que aguarda la consumación de la historia de la salud, de la que proviene la salvación.

La misión de Jesús se cumple mediante la acogida de los pecadores. Dios lo envió para que aportara salvación, no perdición; salud, no condenación; vida, no muerte. “Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores” (1Tm 1,15); por él se cumple lo que el profeta había anunciado acerca del tiempo de salvación: “Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré y curaré la enferma” (Ez 34,16). Lo que Jesús significó en las parábolas relativas al amor a los pecadores, se efectúa en la realidad de la vida. Jesús es el salvador de los que estaban perdidos..

Miércoles 19 de noviembre de 2008

María de la Divina Providencia – Andrés Avelino


EVANGELIO

Lucas 19, 11-28


11Como ellos lo estaban escuchando, añadió una pará­bola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el reinado de Dios iba a despuntar de un momento a otro. 12Dijo así:

-Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguir el título de rey y volver después. 13Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, encar­gándoles:

-Negociad mientras vuelvo.

14Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron de­trás de él una delegación que dijese: "No queremos a éste por rey".

15Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo habían ganado. 16El primero se presentó y dijo:

-Señor, tu onza ha producido diez.

17Él le contestó:

-Muy bien, empleado bueno; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades.

18El segundo llegó y dijo:

-Tu onza, Señor, ha producido cinco.

19A éste le dijo también:

-Pues tú toma el mando de cinco ciudades.

20El otro llegó y dijo:

-Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en un pañuelo; 21te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siem­bras.

22Él le contestó:

-Por tu boca te condeno, empleado perverso. ¿Conque sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? 23Entonces, ¿por que razón no has puesto mi dinero en el banco? Así, al volver yo, lo ha­bría cobrado con los intereses.

24Dijo entonces a los presentes:

-Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez.

25Le replicaron:

-¡Señor, si tiene ya diez onzas!

26-Os digo que a todo el que produce se le dará, y al que no produce se le quitará hasta lo que había recibido. 27Y a esos enemigos míos que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia.

28 Y, dicho esto, echó a andar delante, prosiguiendo la subida a la ciudad de Jerusalén.

COMENTARIOS


I
JESUS VA A CONSEGUIRSE EL TITULO DE REY

CON SU MUERTE

La parábola anticipa el rechazo de que será objeto Jesús por parte de Israel. Lucas combina la parábola, que tiene en común con Mt 25,14-30 (Mateo: parábola de los «talentos»/millones; Lucas: parábola de las «onzas» de oro), con el tema del «hombre noble que se marcha a un país lejano (la casa del Padre) para conseguir el título de rey (con su entrega hasta la muerte) y volver después (resurrección)» (Lc 19,12). Esta temática, típica de Lucas, es fácilmente separable de la que tiene en común con Mateo (vv. 11.14-15a.27), inspirándose probablemente en el ul­timo versículo mateano (Mt 25,30), que él omite. Lucas contrasta, así, la «proximidad de Jerusalén» (expectación mesiánica de Israel) con la «lejanía» del lugar donde se encuentra la verdadera realeza (en oposición a la sociedad imperante: aquí, la teocrática; hoy, la sociedad de despilfarro y falso bienestar, consumista y egoísta). Israel no aceptará este Mesías/rey: «No queremos a éste por rey» (Lc 19,14), y lo hará ostensible crucificándolo como un falso Mesías (letrero de la cruz: «El rey de los judíos es éste» [23,38, en tono despectivo e injurioso]). El final de la parábola insinúa el final trágico del pueblo escogido (19,27).

La parábola pone en evidencia tres opciones (todas) posibles ante la ocasión que se acerca: dos son positivas y una negativa. Los criados cumplidores, que han hecho producir la onza que habían recibido cada uno, ganando, respectivamente, «diez/cin­co» (19,16.18), participarán en la gobernación del reino, «diez/ cinco ciudades» (19,17.19). El criado inútil y miedoso, que no la ha hecho producir, no tendrá parte en el reino de Dios. La sentencia conclusiva es todo un programa para los miembros de la comunidad cristiana: «Os digo que a todo el que produce (correlativo de «tener», lit.) se le dará, pero al que no produce, se le quitará hasta lo que había recibido» (19,26). No hay otra alternativa. El «criado» ejemplifica la dimensión característica de la futura comunidad, el servicio a los demás. En el reino de Dios no se pasan cuentas de si se ha rendido más o menos, sino de si se ha producido. «Producir» y «tener» son correlativos no sólo a nivel del significado lingüístico (semántica), sino sobre todo a nivel del significado teológico (teología): en el reino de Dios, quien «produce» tiene dentro de sí el tesoro/perla; quien no produce, está vacío por dentro; quienquiera «produce», tiene ya la experiencia del hombre maduro; ya se le pueden confiar tareas dentro de la comunidad.

II
El tercer criado no había emprendido nada con su dinero; lo había guardado y custodiado. Los reproches contra su señor vienen de su mala conciencia. Lo acusa de déspota, avaro y rapaz. Por su parte quiere estar seguro, y por eso no se arriesga. Quizá se trasluce aquí el sentido originario de la parábola, que quería alcanzar a los fariseos. Éstos conciben a Dios como alguien que exige sin misericordia. Observan con ansiedad la letra de la ley, levantan una cerca alrededor de ella para que no pueda ser violada; observan, pero no se arriesgan. Jesús, en cambio, concibe a Dios como el que da y el que ama. Exige más que la ley, pero enseña que la justicia es don de Dios; que su reino lo exige todo porque lo da todo.

El nuevo rey no se contenta con que sólo le sea restituido el dinero confiado. Mantiene su encargo: negocien. El criado perezoso no lo ha cumplido. Ha impedido incluso que el dinero no trabajado por él reportara ganancia en el banco. Lo que exige el Señor es fidelidad en la administración, valor para obrar, trabajo acucioso.

Jueves 20 de noviembre de 2008

Edmundo – Félix de Valois – Bto. Andrés Solá y comps. mrs.


EVANGELIO

Lucas 19, 41-44


41Al acercarse y ver la ciudad, le dijo llorando por ella:

42-¡Si también tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no, no tienes ojos para verlo. 43Por eso van a llegar días en que tus enemigos te rodeen de trincheras, te sitien, aprieten el cerco, 44te arrasen con tus hijos dentro y no dejen en ti piedra sobre piedra; porque no reconociste la oportunidad que Dios te daba.

COMENTARIOS


I
LAS LAGRIMAS DE JESUS SOBRE LA CIUDAD SAGRADA

«Al acercarse y ver la ciudad, le dijo llorando por ella: "¡Si también tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no, no tienes ojos para verlo. Y la prueba es que llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te asedia­rán, estrecharán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has reconocido la oportunidad que Dios te ofrecía"» (19,41-44). Terrible profecía contra la ciudad santa, que tendría que servir de escarmiento y toque de atención para todos los pretendidos lugares sagrados. Estas «piedras» son inútiles, vacías de sentido, pues «no tienen ojos», no son humanas ni están abiertas al plan de Dios en la historia del hombre. La ciudad sagrada ha quedado a merced de las ambiciones de los poderosos. Las armas y fortificaciones, en que confiaba, se han revelado insuficientes en esta lucha desigual dentro de una misma escala de valores. ¡Siempre habrá uno más fuerte, que se preparará para la guerra espacial o de las galaxias! La «oportunidad» era el reconocimiento de un Me­sías dispuesto a trastornar todos los valores y falsas seguridades del hombre. Jesús «llora» por el gran fracaso del pueblo escogido, un fracaso histórico, amargo, porque están en juego tantas vidas humanas. ¡Cuántos ayatolás no ha tenido la historia del hombre! Y, como siempre, ¡en nombre de Dios!

II
La ciudad no acepta la oferta de la paz hecha por Dios. En lugar de rendir tributo a Jesús como Mesías, lo reprobará y lo llevará a la cruz. Lo que significa esta hora de la entrada en Jerusalén está oculto a sus ojos por Dios. La incredulidad de Jerusalén y su empedernido repudio de Jesús forma parte de lo que debe suceder por designio divino, al igual que su muerte. Pero esto no impide que la lamentación de Jesús sea auténtica y que la culpa de Jerusalén sea igualmente auténtica. Jesús, en su llanto por Jerusalén, por la perdición de la ciudad, reconoce a Dios como Dios y le da razón. Cuando en su actividad de predicación vio que los sabios no oían sus palabras y que los pequeños creían, dijo: “yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y la has revelado a la gente sencilla.” (Lc 10,21).

Jerusalén no reconoció a Jesús como Mesías, y por eso ha sido herida de una ceguera espiritual que hace irrealizable el deseo de Jesús. La sentencia se ha fallado ya.

Negarse a reconocer en Jesús el camino por el cual se pueda obtener la paz y la justicia entre los hombres, es negarse a la acción de Dios.

Viernes 21 de noviembre de 2008

Presentación de María – María de Quinche
EVANGELIO

Lucas 19, 45-48


45Entró en el templo y se puso a echar a los vende­dores, 46diciéndoles:

-Escrito está: Mi casa será casa de oración, pero voso­tros la habéis convertido en una cueva de bandidos.

47Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes y los letrados trataban de acabar con él, y lo mismo los notables del pueblo, 48pero no encon­traban modo de hacer nada, porque el pueblo entero lo es­cuchaba pendiente de sus labios.

COMENTARIOS


I
JESUS SE ENCARA CON EL BASTION DE LA RELIGION

«Entró en el templo y empezó a expulsar a los vendedores, diciéndoles: "Está escrito: Mi casa será casa de oración (Is 56,7), pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos (Jr 7,11)"» (Lc 19,45-46). Lucas no hace entrar a Jesús en la ciudad, sino directamente «en el templo», el bastión de la piedad judía, símbolo de todo lugar sagrado edificado por mano de hombres (cf. Hch 7,48; 17,24). Dios quería una «casa» de reunión y de oración, y le han construido un templo que la ha convertido en una cueva de traficantes y mercaderes religiosos (cf 7,46-50). No nos hemos de extrañar cuando «los enemigos» no dejen de ella «piedra sobre piedra». Sería señal de que participamos de su escala de valores.

Culmina aquí la gran Sección del Viaje, que ha empezado en 9,51. La denuncia de la institución religiosa por parte de Jesús marca un hito histórico, y es irrepetible, ya que la ha hecho de una vez por siempre y en el lugar más señalado, en la ciudad sagrada, en el Lugar más consagrado. Esta denuncia le conllevará la muerte, pero él ya la había asumido en el Jordán, al sumergirse en las aguas. Desde ahora el camino está ya trazado. Los segui­dores de Jesús disponen de hitos bien marcados, para que puedan interpretar los signos de los tiempos.

II
Con la purificación del Templo se acarreó Jesús la hostilidad de las autoridades religiosas del judaísmo. Los sumos sacerdotes y la aristocracia sacerdotal no estaban al margen del tráfico que se practicaba en la plaza del Templo. El sumo sacerdote en funciones es presidente del consejo supremo o sanedrín, suprema autoridad del judaísmo. El sanedrín está constituido por la aristocracia sacerdotal, los doctores de la ley y los seglares conspicuos. Los dirigentes judíos traman la muerte de Jesús; también después de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles continuarán sus manejos para impedir que se vaya formando la Iglesia. El pueblo, sin embargo, sigue adherido a Jesús, está pendiente de sus labios. La gran masa está de su lado; escucha su palabra. Cuando los apóstoles comiencen a edificar la Iglesia sucederá lo mismo. El pueblo acudía junto a Pedro y Juan (Hch 3,11). Estos hablan al pueblo (4,1) el que tenía en gran estima a la Iglesia naciente (5,13). En este pueblo se diseña el verdadero pueblo de Dios de Israel, que está pronto aceptar el mensaje de Dios anunciado por Jesús. Por temor al pueblo no osa el sanedrín proceder abiertamente y con violencia contra Jesús. En éste, su Señor, ve la Iglesia naciente su propio destino.

Sábado 22 de noviembre de 2008

Cecilia
EVANGELIO

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