Sábado 1 de noviembre de 2008 Todos los Santos



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Al escribir esto, me acuerdo de la parábola de los talentos. "Un hombre, que se iba de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, según sus capacidades; luego se marchó". En cualquier caso, una inmensa fortuna. (El talento era la más alta moneda griega de cuenta, correspondiente a un peso de plata que variaba, según las apreciaciones, de 26 a 41 Kgs. y valía 6.000 denarios, el sueldo de dieciséis años de trabajo de un jornalero agrícola). "Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a saldar cuentas con ellos". Los dos primeros, negociando, habían duplicado el capital: el tercero, receloso de su señor, enterró el talento y se lo devolvió íntegro. El señor, indignado por su actitud negligente y cobarde, ordenó: "Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez".
Entre nosotros -me atrevo a diagnosticar no sólo sucede esto último, sino algo más y peor de lo que cuenta la parábola. Hay, sin duda, quien ante la situación belicista de las grandes potencias se cruza de brazos, enterrando el talento que Dios le da: ¿Qué puede hacer un ciudadano de a pie para detener la horrible carrera de armamentos? -dicen. Pero hay -y esto es mucho más grave- quienes negocian con sus talentos de mala manera: invirtiéndolos para la guerra y la destrucción y no para la paz y la distensión; esto es aún más terrible que enterrarlos. Si es deplorable la inactividad de quien, ante este estado de cosas, se cruza de brazos, mucho peor es la mala inversión de quienes fomentan, alientan, admiran o aplauden la beligerancia; con su actitud pueden hacernos perder incluso todo lo que la humanidad -a base de sudor de siglos- ha conseguido.
Para quienes actúan así vale también la sentencia evangélica: "Y a ese empleado, inútil, echadlo fuera a las tinieblas, allí será el llanto y el apretar de dientes".

II
FOMENTAR LA PRODUCCION



La parábola de este domingo parece ir en la misma direc­ción que las empresas capitalistas: hay que producir; y el que no produzca se queda en el paro. O aún peor. ¿Será posible que en el evangelio se haya colado una cosa así?
AUMENTAR LA PRODUCTIVIDAD

En el evangelio de hoy se lee la parábola «de los talentos», o «de los millones». Se trata de aquel «hombre que, al irse de viaje, llamó a sus empleados y les dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco millones, a otro dos, a otro uno, según sus capacidades; luego se marchó». A su vuelta les pidió cuentas. Y a los que habían hecho producir su dinero, les dijo: «Muy bien, empleado fiel y cumplidor. Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de mucho; pasa a la fiesta de tu señor». Pero a uno que conservó, sí, la cantidad que había recibido, pero improductiva...: « Empleado negligente y co­barde! ¿ Sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues entonces debías haber puesto mi dinero en el banco, para que al volver yo pudiera recobrar lo mío con los intereses. Quitadle el millón y dádselo al que tiene diez». La parábola del evangelio termina con esta frase: .... porque al que produce se le dará hasta que le sobre, mientras que al que no produce se le quitará hasta lo que había recibido». (En la mayoría de las traducciones, incluida la oficial, se lee: «porque al que tiene se le dará hasta que le sobre, mientras que al que no tiene se le quitará hasta lo que había recibido». Pero está claro, por lo que se cuenta en el conjunto del relato, que el que tiene es el que ha producido) y el que no tiene es el que no ha producido. El último, el que sólo recibió un millón, tenía ese millón, pero improductivo.)

Eso de aumentar la productividad es una consigna vigente en todas las empresas capitalistas: lo importante es producir mucho y muy rápido, aunque al final se produzca más de lo que se vende y... sea necesario reconvertir la empresa convir­tiendo en parados un buen puñado de trabajadores. Pero para el capital la ganancia habrá sido abundante, rápida y con pocos riesgos.

Leída con esta mentalidad resulta difícil encuadrar esta parábola en el conjunto del evangelio: ¿Cómo compaginar esta parábola con otros pasajes del mismo evangelio de Mateo («Di­chosos los que eligen ser pobres...», «No podéis servir a Dios y al dinero», etc.: Mt 5,3; 6,24)?


PRODUCIR... ¿QUE?

Dos cuestiones es necesario resolver: en qué consisten, qué son esos millones y qué es lo que hay que producir.

Y no nos debe resultar demasiado difícil. Porque si Dios es incompatible con la riqueza, es imposible que sea dinero lo que entrega a los suyos. Por tanto, esos millones -esos ta­lentos- que aquel señor entrega a sus empleados tienen que representar un valor más cercano al ideal evangélico: los millo­nes deben de estar en relación con aquel tesoro escondido del que habla otra parábola (Mt 13,44), han de ser riquezas no de

las que se amontonan en la tierra, sino de las que se amonto­nan en el cielo. Los millones, en general, son las cualidades de cada persona y, más en concreto, la capacidad de cada cual de contribuir a la realización del proyecto que Dios tiene para la humanidad. Concretando aún más: el capital que hemos reci­bido de Dios es la fe, el haber encontrado a Jesús y conocido su mensaje, el saber que Dios es Padre y quiere que todos sea­mos hermanos, habernos enterado de que este mundo no tiene por qué ser un valle de lágrimas, sino que Dios quiere que convirtamos la existencia humana en una fiesta y que alcan­cemos la felicidad de todos por medio del amor. El capital es Dios mismo, que se nos ha mostrado en Jesús como amor basta la exageración y que se nos da en su Espíritu como fuerza para amar de esta manera; y es un capital más o menos grande en la medida en que nosotros tengamos capacidad para recibirlo y aceptarlo.

Ese es el capital. Y el producto que se espera es doble: hacer eficaz el amor que Dios nos manifiesta contribuyendo, junto con todos los que han asumido ese mismo compromiso, a que el proyecto de Dios se realice, colaborar para que la co­munidad cristiana, la Iglesia, viva y realice de verdad el evan­gelio; y, en segundo lugar, compartir esa riqueza con todos aquellos que la quieran aceptar, dar a conocer la Buena Noti­cia de Jesús a quienes no la conozcan e invitarlos a sumarse a la tarea de convertir este mundo en un mundo de hermanos, siendo así un canal a través del cual corre y se comunica el amor de Dios a los hombres.
PRODUCIR... ¿ CUANTO?

El cuánto es relativo: cada uno debe producir según su ca­pacidad. Y todos los que lo hagan así recibirán el mismo pre­mio: «Muy bien, empleado fiel y cumplidor. Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de mucho; pasa a la fiesta de tu señor».


De esto se deducen dos conclusiones: la primera es que Dios no da su amor para que se guarde escondido, ni para que se disfrute en exclusiva, sino para que se comparta, para que se comunique, para que, actuando en nosotros, produzca más amor.

Y la segunda es que no estamos participando en una com­petición, a ver quién produce más. No se trata de producir más que los demás, sino de producir el máximo que cada uno pueda.

Por tanto, al evaluar nuestro compromiso cristiano no nos desanimemos si vemos que nuestro esfuerzo no consigue los resultados que a nosotros nos gustaría; pero tampoco nos des­cuidemos pensando que otros hacen menos. Dios no nos va a comparar con lo que han producido los demás (Dios no es un patrón capitalista); nos preguntará si hemos dado todo el fru­to que correspondía a nuestras capacidades.

III
Otra parábola para inculcar el sentido de la responsabilidad: los dones que cada uno ha recibido no pueden estar ociosos; hay que hacerlos fructificar al máximo.

Lo intolerable es la pusilani­midad y el miedo al riesgo, que nace en la parábola de un falso concepto del Señor (25). Es la idea expresada en 13,12, donde se refería a la fecundidad de la tierra buena y a la esterilidad de la mala.

IV
La parábola de los talentos es sin duda el texto capital entre los tres de hoy. Un comentario pastoral a esta lectura podrá ir por la senda usual con este texto: Mateo acaba de hablar de la venida futura del Hijo del Hombre para el juicio, y a continuación nos dice cuáles son las actitudes adecuadas ante esa venida, a saber, la vigilancia (parábola de las diez vírgenes) y el compromiso de la caridad (parábolas de los talentos y del juicio de las naciones). La parábola de los talentos es, en este contexto interpretativo, un elogio del compromiso, de la efectividad, del trabajo, del rendimiento. Podrá ser aplicada fructuosamente al trabajo, la profesión, las realidades terrestres, el compromiso secular...

Sin embargo, el contexto de la hora histórica que vivimos es tal que este mensaje, en sí mismo bueno y hasta ingenuo, se puede hacer funcional respecto a la ideología actualmente dominante, el neoliberalismo. Éste, en efecto, predica, como grandes valores suyos, la eficacia, la competitividad, la creación de riqueza, el aumento de la productividad, el crecimiento económico, los altos rendimientos de interés bancario, la inversión en valores, etc. Son nombres modernos bien adecuados para lo que se presenta en la parábola, aunque si se los utiliza en la homilía, no pocos oyentes pensarán que el orador sagrado se salió de su competencia... Por una casualidad del destino, esta parábola se hizo bien actual, y los teólogos neoconservadores (también hay «neocons» en teología) la valoran altamente. Algunas de sus frases, sin necesidad siquiera de interpretaciones rebuscadas, avalan directamente principios neoliberales. Pensemos, por ejemplo en el enigmático versículo de Mt 25, 29: «Al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce, se le quitará hasta lo que tiene». No será fácil hacer una predicación aplicada que no haga el juego a un sistema que, para muchos cristianos de hoy, está en los antípodas de los principios cristianos.
La eficacia, la productividad, la eficiencia... no son malas en principio. Diríamos que no son valores en sí mismas, sino "cuantificaciones" que pueden ser aplicadas a otros valores. Se puede ser eficiente en muchas cosas muy distintas (unas buenas y otras malas) y con unas intenciones muy diversas (malas y buenas también). La eficacia en sí misma, abstraída de su aplicación y de su intención... no existe, o no nos interesa. El juicio que hagamos sobre la eficacia dependerá pues de la materia a la que apliquemos esa eficiencia así como del objetivo al que se oriente.

Cabe entonces imaginar una "eficiencia" (agrupando en este símbolo varios otros valores semejantes) cristiana. El mismo evangelio la presenta en otros lugares, en su célebre inclinación hacia la praxis: No todo el que dice 'Señor, Señor', sino el que hace..., la parábola de los dos hermanos, Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra y la ponen en práctica... y más paradigmáticamente, el mismo texto que continúa al de hoy, que meditaremos el domingo próximo, Mt 25,31ss, donde el criterio del juicio escatológico será precisamente lo que hayamos "hecho" efectivamente a los pobres...

La eficiencia aceptada y hasta encomiada por el evangelio es la eficiencia "por-el-Reino", la que está puesta al servicio de la causa de la solidaridad y del amor. No es la eficiencia del que logra aumentar la rentabilidad (reduciendo trabajadores por la adopción de tecnologías nuevas), o la del que logra conquistar mercados (reduciendo la capacidad de auto-subsistencia de los países pequeños), o la del que logra ingresos fantásticos por inversiones especulativas del capital "golondrina"...

La eficiencia por la eficiencia no es un valor cristiano, ni siquiera humano. Quizá sea cierto que el capitalismo, sobre todo en su expresión salvaje actual, sea "el sistema económico que más riqueza crea"; pero no es menos cierto que lo hace aumentando simultáneamente el abismo entre pobres y ricos, la concentración de la riqueza a costa de la expulsión del mercado de masas crecientes de excluidos. El criterio supremo, para nosotros, no es una eficiencia económica que produce riqueza y distorsiona la sociedad y la hace más desequilibrada e injusta. No sólo de pan vive el ser humano. Cristianamente no podemos aceptar un sistema que en favor del (o en culto al) crecimiento de la riqueza sacrifica (idolátricamente) la justicia, la fraternidad y la participación de masas humanas. Poner la eficiencia por encima de todo esto, es una idolatría, la idolatría del culto del dinero, verdadero dios neoliberal. Sobre la "idolatría del mercado" y el carácter sacrificial de la ideología neoliberal, ya se ha escrito mucho.

No, no es pues que nosotros no queramos ser eficientes, competentes (más que competitivos), o que no seamos partidarios de la "calidad total", ni mucho menos... Somos partidarios de la mayor eficacia en el servicio al Reino, así como de la competencia y la calidad total en el servicio al Evangelio. (In ordinariis non ordinarius, decía un viejo adagio de la ascética clásica, queriendo llevar la calidad total a los detalles más pequeños de la vida ordinaria u oculta).

Y no es que no haya que reconocer que con frecuencia los más "religiosos" hayan estado ajenos a las implicaciones económicas de la vida real, predicando fácilmente una generosa distribución donde no se consigue una producción suficiente, esperándolo todo de la limosna o los piadosos mecenas. También en el campo de la economía teórica -sobre todo en esta hora- se necesita el compromiso de los cristianos.

Si Jesús se lamentó de que los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz, ello significa que la «astucia» (otro tipo de eficacia) no es mala; lo malo sería ponerla al servicio de las tinieblas y no de la luz.
Para la revisión de vida

En distintas ocasiones nos llama el Evangelio a que estemos atentos, alertas. No se trata de una invitación a prepararnos a bien morir, sino de un llamado a «bien vivir»... ¿Vivo «alerta», viviendo siempre bien? ¿Soy de los que vivien obsesionados por la muerte, o más bien de los que viven ocupados en transformar esta vida?


Para la reunión de grupo

La llamada del Señor a estar alertas, ¿la entiendo como una llamada a vivir con miedo a la muerte, o como una llamada a vivir en libertad, lleno de esperanza, trabajando por la construcción de ese Reino que sé que Él nos dará un día en toda su plenitud? ¿Me da miedo soñar en la utopía del Reino, o estoy convencido que el Reino será aún mayor y mejor que mis mejores y mayores sueños?

Eficiencia, responsabilidad, trabajo, calidad, «calidad total»... ¿son virtudes «neoliberales», «conservadoras», o «de derecha»...? Acaso no están incluidas en aquel «sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto»?

El mercado premia al más competitivo, o sea, al que, en igualdad de otras condiciones, paga menos al factor trabajo y vende por tanto más barato. Si el mercado es absolutamente libre, la sociedad acabaría en una explotación inmisericorde de los trabajadores, o por prescindir de ellos. ¿Es humana una sociedad de mercado libre? ¿Es viable humanamente el neoliberalismo a ultranza?

A pesar de las apariencias, que «la mujer debe tener una participación plena en la Iglesia, igual a la del varón» es ya una conciencia que ha ganado la mayoría de las Iglesias cristianas. Las estadísticas así lo confirman. Teológicamente se diría que hoy esa percepción forma parte del sensus fidelium. Lo demás son, simplemente, retrasos institucionales de la acogida de lo que Dios nos pide por los «signos de los tiempos». ¿Qué pasos concretos debemos dar en nuestra comunidad?
Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia sea siempre el siervo fiel y cumplidor del mandato del amor a todas las personas. Roguemos al Señor.

Para que sepamos valorar y agradecer los servicios que otros nos prestan a nosotros. Roguemos...

Para que las personas que viven encerradas en sí mismas descubran la alegría y la grandeza del compartir. Roguemos...

Para que sepamos vivir con temor de Dios, es decir: contando con Él y con su Reino en nuestra vida. Roguemos...

Para que no vivamos anclados en conservadurismos estériles y nos lancemos a nuevas formas de vivir nuestra fe, más actuales y evangélicas. Roguemos...

Para que el prójimo, y especialmente el más necesitado, tenga siempre un lugar preferente en nuestros planes y en nuestra vida. Roguemos...
Oración comunitaria

Señor, haznos artesanos del Reino que Tú quieres que construyamos entre todos, con nuestro trabajo y con los talentos que tu nos has dado, y que así estemos siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a Ti y a los hermanos consiste el gozo pleno y verdadero. Por Jesucristo.

Lunes 17 de noviembre de 2008

33º Ordinario

Isabel de Hungría
EVANGELIO

Lucas 18, 35-43


35Cuando se acercaba a Jericó había un ciego sentado junto al camino, pidiendo. 36Al oír que pasaba gente pre­guntaba qué era aquello, 37y le explicaron:

-Está pasando Jesús el Nazoreo.

38Entonces empezó a dar voces, diciendo:

-¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!

39Los que iban en cabeza lo conminaban a que se ca­llara, pero él gritaba mucho más:

-¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!

40Jesús se paró y mandó que se lo llevaran. Cuando lo tuvo cerca le preguntó:

41-¿ Qué quieres que haga por ti? El dijo:

-Señor, que recobre la vista.

42Jesús le contestó:

-Recobra la vista; tu fe te ha salvado.

43En el acto recobró la vista y lo siguió bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

COMENTARIOS


I
EL CONCEPTO DE MESIAS / SUCESOR DE DAVID

HA CEGADO A LOS DISCIPULOS

Nos encontramos a las puertas de Jericó. (Jericó fue la primera estación, después del paso del Jordán, en la conquista de la tierra prometida.). La inminencia de la subida a Jerusalén, todo un símbolo para un peregrino judío, se expre­sará a continuación con los hitos concretos que se irán enumeran­do. El «camino» es el camino de Jesús (entrega / servicio / amor), no el que proponía el tentador. Los discípulos están que arden, no pueden seguirle los pasos y se han quedado a la «vera del camino», donde no germina la semilla del mensaje (cf. 8,5.12), obcecados por sus reivindicaciones nacionalistas, llenas de odio y de rencor, ávidos de venganza: «había un ciego sentado a la vera del camino» (18,35). Se trata de un personaje representativo («un» / lit. «cierto»). No está, sin embargo, inactivo: «pidiendo limosna». Esto quiere decir que no está satisfecho, sino que tiene necesidad de los demás. Los satisfechos y seguros de sí mis­mos se pasean por las plazas ampulosamente y con tonos graves de voz.

Oye que pasa una multitud: son los discípulos que siguen a Jesús sin dificultad, ya que han aceptado de lleno su proyecto y lo comparten. Le explican que «Está pasando Jesús el Nazoreo» (18,37), el retoño de Jesé (cf. Is 11,1) natural de Nazaret, pero sin connotaciones nacionalistas (cf., en cambio, 4,34; 24,19: «Na­zareno»). El mendigo, empero, necesita, para realizar los proyec­tos que lo han dejado en la cuneta, de un hombre poderoso: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí» (18,38.39: la repe­tición recalca las convicciones del ciego: está convencido de que Jesús es el «hijo/sucesor de David», el Mesías davídico, triunfador y guerrero. «Los que iban delante lo conminaban a que se callara» (18,39): son los que van más aprisa porque han comprendido a fondo los planes de Jesús; lo conminan como si fuese un endemoniado, pues está poseído por una ideología contraria al plan de Dios. Jesús se detiene y ordena que le traigan al ciego. «¿Qué quieres que haga por ti?»: quiere que tome conciencia de lo que se siente falto. «¡Señor, que recobre la vista!» (18,40-41). Ya no se dirige a él como sucesor de David (se lo han sacado de la cabeza los otros discípulos), sino como Señor, título mesiánico de Jesús resucitado. Gracias a su fe/ad­hesión a Jesús (v. 42: la de antes) recobra la vista (vuelve a ver como al principio) y puede seguir a Jesús (cf. 5,11). El ciego es figura de los Doce, que, después de detenerse, vuelven a andar. «Todo el pueblo» de Israel alaba a Dios porque el nuevo Israel continúa haciendo camino (18,43).

II
La curación maravillosa confirma la confesión mesiánica del ciego. Lo que había hecho Dios en él interiormente, se muestra al exterior. La fe en el Señor lo salva. Sigue a Jesús. Para hacerlo como discípulo hay que empezar por la profesión de fe: confesar que Cristo es el Señor. El camino hacia Jerusalén debe ser recorrido por causa del pueblo ciego. El ciego cree aunque no ve a Jesús; la multitud le amenaza: con sus gritos se trastorna el orden sagrado de la procesión. En el camino hacia Jerusalén, donde se consumará la historia de la salud con la muerte y resurrección de Cristo, recibe el ciego la luz de los ojos; el ciego, que por los judíos era tenido por muerto, es resucitado a la vida; el que era excluido de la comunidad cultual se convierte en discípulo de Jesús. Por su parte Jesús, que en su camino ha predicho su pasión, en el mismo camino halla discípulos.

Las obras de Jesús suscitan las alabanzas de Dios. El ciego sigue a Jesús glorificando a Dios. Gracias a él, el pueblo entero da gracias a Dios. El ciego, con su fe, reúne una nueva comunidad cultual. La imagen de la Iglesia se hace visible. A la elevación de Jesús sigue la alabanza de Dios por su Iglesia naciente.

Martes 18 de noviembre de 2008

Dedic. Basílicas S. Pedro y S. Pablo – Elsa – Rosa Filipina Duchesne

EVANGELIO

Lucas 19, 1-10


19 1Entró en Jericó y empezó a atravesar la ciudad. 2En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de recauda­dores y además rico, 3trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera, porque iba a pasar por allí. 5Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo:

-Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa.

6Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. 7Al ver aquello, se pusieron todos a criticarlo diciendo:

-¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!

8Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo:

-La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los po­bres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces.

9Jesús le contesto:

-Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. 10Porque el Hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo.

COMENTARIOS


I
ZAQUEO, EL ARCHIRRECAUDADOR DE IMPUESTOS,

BLANCO DE TODOS LOS DESPRECIOS

En el marco de una sociedad teocrática como la de Israel, invadida por una nación extranjera y obligada a pagar pesadísi­mos impuestos de guerra, la figura del «recaudador», aunque fuese de nacionalidad judía, era el símbolo del renegado y mer­cenario al servicio del poder despótico de Roma. Zaqueo, nom­bre propio, señal de realismo histórico, presentado como «jefe de recaudadores de impuestos» y «rico» (19,2), polariza en su persona todas las iras de la sociedad israelita, puesto que se había enriquecido a costa de la miseria del pueblo sometido. Por eso se recalca que «era bajo de estatura»: no tenía la altura adecuada para poder ver a Jesús. Con todo, «quería ver quién era Jesús, pero no podía hacerlo a causa de la multitud» (19,3). Un «ver» parecido se había constatado a propósito de Herodes (9,9, cf. 23,8). Pero, a diferencia de Herodes, no espera a que se lo traigan, sino que «se adelantó corriendo (forma semítica de ex­presar las ganas de realizar algo), se subió a una higuera (símbolo de Israel, del que había sido excomulgado), para verlo (la repe­tición del tema subraya el interés y la finalidad), porque Jesús iba a pasar por allí» (19,4). Con una serie de rasgos, Lucas nos ha descrito la calidad del personaje y sus intenciones.

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