Sábado 1 de noviembre de 2008 Todos los Santos



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La tercera condición es reasuntiva: «Esto supuesto, todo aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío» (14,33).

Después se formula una pregunta doble, donde se insiste en la absoluta necesidad de calcular/deliberar antes de tomar una decisión tan importante: «¿Quién de vosotros, en efecto, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos...? Y ¿qué rey, si quiere presentar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente...?» (14,28-32). Los dos ejemplos propuestos sirven para demostrar que la decisión no puede hacerse a la ligera. Los medios humanos con que se puede contar son del todo insuficientes para acometer la construcción del reino de Dios y para afrontar las dificultades humanamente insuperables que se derivan de ello. La única escapatoria inteligente de este callejón sin salida es sopesar la gravedad de la situación, renun­ciando a contar exclusivamente con los propios medios. Sola­mente así se podrá hacer la experiencia del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para la construcción del reino.

II
El que viene a Jesús para ser su discípulo tiene que ponerlo por encima de todo, dejar todo lo demás en segundo lugar. Lo que esto significa lo formuló Jesús con una palabra que en el idioma original es tremendamente dura, extrema y provocativa, imposible de pasar inadvertida: “odiar”. ¿Odiar todo lo que amamos y tenemos el deber de amar?: las personas que están unidas a nosotros por los vínculos más fuertes; la familia, que asegura protección y abrigo. La expresión presupone la “gran familia”, la propia vida; Jesús se propone a sí mismo como el único objeto de mayor amor y preocupación, como el único refugio, como el dispensador de vida.

Jesús ha predicado el amor, no el odio. No pensó, por lo mismo, en dejar sin vigor el cuarto mandamiento. Según la manera de hablar semítica, “odiar” significa poner en segundo lugar, posponer. Mateo explica lo que quiere decir Lucas con estas palabras “el que ama a su padre o a su madre más que a mí...” (Mt 10,37). “Odiarse” a sí mismo significa, por tanto, lo mismo que “negarse a sí mismo”.

Padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, la propia vida, deben pasar a segundo término delante de Jesús. La adhesión a él es condición ineludible para alcanzar el reino de Dios, el más alto de todos los valores.

Jueves 6 de noviembre de 2008

Leonardo de Noblac
EVANGELIO

Lucas 15, 1-10


15 1Todos los recaudadores y descreídos se le iban acer­cando para escucharlo; 2por eso tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo:

-Éste acoge a los descreídos y come con ellos.

3Entonces les propuso Jesús esta parábola:

4-Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo va en busca de la descarriada hasta que la encuentra? 5Y cuando la encuentra, se la carga a hombros, muy contento; 6al lle­gar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:

-¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la oveja que se me había perdido.

7Os digo que lo mismo dará mas alegría en el cielo un pecador que se enmienda, que noventa y nueve justos que no sienten necesidad de enmendarse.
8Y si una mujer tiene diez monedas de plata y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? 9Y cuando la en­cuentra, reúne a las amigas y vecinas para decirles:

-¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la moneda que se me había perdido.

100s digo que la misma alegría sienten los ángeles de Dios por un solo pecador que se enmienda.

COMENTARIOS


I
RESPUESTA EN MASA DE LOS MARGINADOS

«¡Quien tenga oídos para oír, que escuche!» (14,35a): así concluía el primer cuadro, una invitación a aceptar sin condicio­nes el magisterio de Jesús. En el segundo cuadro (15,1-32) se constata la reacción del auditorio: «Se le iban acercando todos los recaudadores y descreídos para escucharlo; por eso tanto los fariseos como los letrados se pusieron a murmurar diciendo:

"Este acoge a los descreídos y come con ellos"» (15,1-2). Los proscritos por la sociedad teocrática, atraídos por los plantea­mientos radicales de Jesús, reaccionan en masa y aceptan sus condiciones. Son los que han hecho ya la experiencia de la mar­ginación..., insatisfechos por la vida que llevaban dentro de aque­lla sociedad religiosa. Jesús habla un lenguaje distinto y, sobre todo, muestra hacia ellos una actitud abierta, compartiendo su situación. La flor y nata de la religiosidad judía reacciona hacien­do aspavientos, porque «acoge a los descreídos», rompiendo con el apartheid religioso, y «come» con ellos, sin importarle su men­talidad arreligiosa. «Comer» comporta participar de una misma manera de pensar, crea comunidad.

II

En las dos parábolas se dice que Dios se alegra por el pecador que se convierte. No se suprime la distinción entre pecador y justo, no se pasa expresamente por alto, y menos aun se trata irónicamente. Jesús no habló nunca como si el pecado no fuera pecado. El también, como los profetas, reclama conversión y penitencia. La exige más radicalmente que cualquiera de los profetas que lo precedieron. Llamar a la conversión lo considera como la razón de su misión: “el reino de Dios está cerca; conviértanse”.



Todos deben hacer penitencia, porque todos son pecadores delante de Dios. Al llamar a la penitencia y conversión amenaza con el juicio y la perdición. También la predicación del amor de Dios a los pecadores es predicación de conversión, predicación de salud y predicación de penitencia.

Jesús anuncia el alborear del tiempo de salvación: “el reino de Dios está cerca”. De este reino de Dios que se inicia forma parte la gozosa misericordia de Dios con todos los que vuelven a su gracia salvadora. El rasgo más original e incomparable del anuncio del reino de Dios por Jesús es la revelación del amor que Dios tiene a los pecadores.

El pastor va en busca de la oveja perdida, la mujer busca la moneda. La alegría se expresa así: “encontré lo que se me había perdido”. En esto consiste el amor.

Viernes 7 de noviembre de 2008

Ernesto / Ernestina
EVANGELIO

Lucas 16, 1-8


16 1Y añadió dirigiéndose a sus discípulos:

-Había un hombre rico que tenía un administrador, y le fueron con el cuento de que éste derrochaba sus bienes. 2Entonces lo llamó y le dijo:

-¿Qué es eso que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu gestión, porque no podrás seguir de administrador.

3El administrador se dijo:

-¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. 4Ya sé lo que voy a hacer, para que, cuando me despidan de la administración, haya quien me reciba en su casa.

5Fue llamando uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero:

-¿Cuánto debes a mi señor?

6Aquél respondió:

-Cien barriles de aceite.

Él le dijo:

-Toma tu recibo; date prisa, siéntate y escribe "cin­cuenta".

7Luego preguntó a otro:

-Y tú, ¿cuánto le debes?

Este contestó:

-Cien fanegas de trigo.

Le dijo:

-Toma tu recibo y escribe "ochenta".

8El señor elogió a aquel administrador de lo injusto por la sagacidad con que había procedido, pues los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su gente que los que pertenecen a la luz.

COMENTARIOS


I
«LO HAN DEJADO TODO»... MENOS LAS RIQUEZAS

Se ha hecho tanta literatura sobre la frase «y, dejándolo todo, lo siguieron» (5,11) y se han fabricado sobre esto tantas reglas e ideales comunitarios, que sorprende la insistencia apabullante de Lucas, precisamente dentro de la doble instrucción que Jesús imparte a los discípulos, en términos que pertenecen al arco semántico de la «riqueza»: bodega, despensa, vender, valer, repartir la herencia, codicia, cosas superfluas, posesiones, frutos, graneros, bienes, tesoro, amontonar riquezas, preocuparse, se­ñor/esclavo, servir, administrador, administración, administrar, deber, deudor, el Dinero, «un hombre rico» (¡tres parábolas!...)/«un pobre», etc. Sorprende igualmente que la palabra clave de estas secuencias destinadas al aleccionamiento de los discípu­los sea la administración de los bienes. En un caso precedente se alababa «al administrador fiel y sensato» (12,42), ahora «el amo felicita al administrador de lo injusto por la sagacidad con que había procedido» (16,8). El administrador que derrochaba los bienes de su amo (cf. 16,1) y a quien el señor le va a quitar el empleo por la malversación de sus bienes (16,2-3), no defrauda a su amo rebajando notoriamente la cantidad que le debían en especie cada uno de sus deudores («cien barriles de aceite / cincuenta», «cien fanegas de trigo / ochenta», 16,5-7), sino que ante la imposibilidad física («para cavar no tengo fuerzas») o moral («mendigar me da vergüenza») de ganarse la vida, opta por hacer un último y sonado «derroche», ahora en beneficio propio, renunciando a la comisión que le correspondía. Así, los acreedores de su amo, muy agradecidos por su generosidad, lo recibirán «en su casa» (16,4) una vez el dueño lo haya despe­dido.

Todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa para «ga­narse amigos», hace una buena inversión, no en términos bursá­tiles ni bancarios, sino en términos cristianos y humanos.

II
No en todos los sentidos son los hijos de este mundo más sensatos que los hijos de la luz. Son más sensatos en el trato con los suyos, con la generación que es la suya, en la esfera de los asuntos de la tierra, en la vida económica y en los negocios, dondequiera que se trate de procurarse una vida próspera. En una cosa no son sagaces: su mirada no se extiende más allá de la tierra; no reconocen el mundo futuro. Sagaz, tal como lo entiende Cristo, sólo es aquél que no se sumerge de tal modo en la existencia terrena que se olvide que se acerca el reino de Dios. Es sagaz “el criado a quien su Señor, al volver, lo encuentra haciendo así”, es decir, dedicado fielmente a su servicio.

Los hijos de la luz tienen ojos que ven lo que es la vida, el hombre, el mundo delante de Dios. En la fe en la Palabra de Dios reconocen el mundo futuro que se descubre tras el presente; el reino de Dios con todas sus promesas; la vida eterna. En cambio los hijos de la luz, comparados con los hijos de este mundo, son irresolutos y flojos en su acción cuando se trata de cuidar de su espléndido futuro. Jesús tiene razón en quejarse.

Sábado 8 de noviembre de 2008

Godofredo
EVANGELIO

Lucas 16, 9-15


9Ahora os digo yo: Haceos amigos con el injusto di­nero, para que cuando se acabe, os reciban en las moradas definitivas. 10Quien es de fiar en lo de nada, también es de fiar en lo importante; quien no es honrado en lo de nada, tampoco es honrado en lo importante. 11Por eso, si no ha­béis sido de fiar con el injusto dinero, ¿quién os va a con­fiar lo que vale de veras? 12Si no habéis sido de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo va a entregar? 13Ningún criado puede estar al servicio de dos amos: porque o abo­rrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del di­nero, y se burlaban de él. 15Jesús les dijo:

-Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encum­brarse entre los hombres le repugna a Dios.

COMENTARIOS


I
Es la conclusión que saca el propio Jesús, después de que el amo alabase la conducta de su administrador (16,8): «Ahora os digo yo: Haceos amigos con el injusto dinero», designado con el término arameo mamôn, personificación de la riqueza, «para que, cuando se acabe, os reciban en las moradas definitivas» (16,9). Ahora sí que la sorpresa es mayúscula. Por un lado, no exige una renuncia absoluta al uso del injusto dinero (cf. 12,33: «Vended vuestros bienes y dadlo en limosna»), a pesar de la solemne declaración de intenciones inicial (cf 5,11); por otro, presupone que los discípulos deben hacer uso de él, si bien no como el mal administrador para ganarse amigos que lo «reciban en su casa» cuando le quiten la administración, sino para ganarse amigos que los «reciban en las moradas definitivas». El cristiano debe servirse del injusto dinero compartiéndolo con quien no tiene. Debe hacer una «mala» inversión, cuyos intereses se pa­guen en especie -como quien dice-, es decir, en agradecimien­to y en realización personal.

«Si no habéis sido de fiar con el injusto dinero, quién os va a confiar lo que vale de veras?» (16,11). El injusto Dinero, como personificación de la escala de valores de la sociedad civil (sea la que sea), sirve de piedra de toque para ensayar la disponibili­dad de todo cristiano en poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados: «Si no habéis sido de fiar en lo ajeno, ¿quién os va a entregar lo que es vuestro?» (16,12). Hay otra escala de valores, «lo que vale de veras», «lo que es vuestro», que sólo se nos puede confiar a medida que renuncia­mos a los valores del mundo. El cristiano debe entrenarse en ello para poder administrar correctamente el don del Espíritu. Y el campo de entrenamiento es el mundo, la sociedad, donde malviven los oprimidos y desposeídos, los desheredados.


LAS INCOMPATIBILIDADES DE DIOS. EL SEÑOR DINERO

«Ningún criado puede estar al servicio de dos amos: porque o aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (16,13). No hay otra alternativa. «Dios», el Dios creador / la creación querida por él, personifica todos los valores del reino (vida, alegría, paz, servicio...); el Mamôn (personificación de la rique­za), todos los intereses creados por la sociedad idolátrica (preñados de muerte, guerras, tristeza, egoísmo...). Toda componenda desemboca tarde o temprano en idolatría: «Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él» (16,14). Los fariseos se han parapetado detrás de un sistema religioso, para poder continuar al servicio del dios dinero. Desde su situación de privilegio se burlan de Jesús, tildándolo de utó­pico y soñador. Son la quintaesencia de la religión: los perfectos y los observantes. Jesús los desenmascara: "Vosotros sois los que presumís de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro y ese encumbrarse ante los hombres le repugna a Dios" (16,15).

II
El discurso sobre el reino y el capital se cierra con unas palabras de amonestación: el servicio de Dios y el culto a la riqueza son dos cosas incompatibles. Dios y las riquezas reclaman al hombre entero, cada uno por su lado. Dios quiere ser amado “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”. Como muestra la experiencia, también la riqueza absorbe al hombre entero. Dinero, propiedad, ganancia encadenan al hombre, absorben sus fuerzas, lo dominan. ¿Cómo se suele conciliar tal servicio a dos señores, cada uno de los cuales exige entrega completa? ¿Puede un esclavo servir como tal a dos amos? Cada uno de éstos puede exigir a cada momento un servicio total. Nadie es capaz de prestar tal servicio simultáneo a dos señores. Las palabras de Jesús tienen por imposible un comportamiento doble. Servir a Dios y servir a Mamón exigen una decisión: servir a Dios o servir a Mamón.

En el poseer hay peligro de que ello quite al hombre la libertad de seguir la llamada y la palabra de Dios: “lo que cayó en zarzas son los oyen, pero con las preocupaciones y las riquezas y placeres de la vida se van ahogando y no llegan a madurar”.


Domingo 9 de noviembre de 2008

32º Ordinario

Dedicación de la Basílica S. Juan de Letrán – Teodoro

Primera lectura: Sabiduría 6, 12-16

Salmo responsorial: 62, 2-8

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 4, 13-18


EVANGELIO

Mateo 25, 1-13


25 1Entonces se parecerá el reino de Dios a diez mucha­chas que cogieron sus candiles y salieron a recibir al no­vio. 2Cinco eran necias y cinco sensatas. 3Las necias, al co­ger los candiles, se dejaron el aceite; 4las sensatas, en cam­bio, llevaron alcuzas de aceite además de los candiles.

5Como el novio tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. 6A medianoche se oyó gritar:

-¡Que llega el novio, salid a recibirlo!

7Se despertaron todas y se pusieron a despabilar los candiles. 8Las necias dijeron a las sensatas:

-Dadnos de vuestro aceite, que los candiles se nos apagan.

9Pero las sensatas contestaron:

-Por si acaso no hay bastante para todas, mejor es que vayáis a la tienda a comprarlo.

10Mientras iban a comprarlo llegó el novio: las que es­taban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. 11Cuando por fin llegaron las otras mu­chachas, se pusieron a llamar:

-Señor, señor, ábrenos.

12Pero él respondió:

-Os aseguro que no sé quiénes sois.

13Por tanto, manteneos despiertos, que no sabéis el día ni la hora.

COMENTARIOS


I

ACEITE-AMOR



El aceite de oliva era símbolo de riqueza y bendición de Dios en la antigüedad bíblica. Maravillosa fuente de recursos: ayuda para preparar comidas, medicamento, cosmético tonificante y abrillantador de la piel, combustible de lámparas, componente de los más variados perfumes, artículo importante de exportación al mercado común del Antiguo Oriente; en las excavaciones del palacio real de Samaria (S.IX a.C.) se encontraron óstraca -fragmentos de vasos de arcilla- con la inscripción “shemen rahus", aceite purificado, refinado, podríamos traducir.
Una parábola del Evangelio de Mateo gira en torno al tema del aceite como combustible para lámparas o candiles: "Diez muchachas, cinco sensatas y cinco necias, cogieron sus candiles y salieron a recibir al novio...”
La celebración del matrimonio en Israel era un asunto puramente civil que no culminaba en ningún acto religioso. Civil, pero sumamente festivo. La ceremonia principal consistía en la entrada de la novia en casa del esposo. El novio, con la cabeza adornada por una diadema y acompañado de sus amigos, se dirigía a casa de la novia. Esta lo esperaba ricamente vestida y adornada de alhajas, pero cubierta con un velo que no se quitaba hasta entrar en la cámara nupcial, a la que era conducida acompañada de sus amigas y el cortejo del novio entre panderetas y cantos. El asunto del velo dio motivo, en una ocasión al menos, para meter gato por liebre: recuérdese el caso de Labán que sustituyó bajo el velo a su hija Raquel, la hermana mayor y pretendida de Jacob, por Lía, la menor. Jacob se dio cuenta del cambio a la mañana siguiente, tras dormir con ella... (Gn 29,15-30).
Aquella noche, el novio de la parábola se retrasó más de lo debido, y las muchachas, amigas de la novia, se durmieron esperando. "A media noche se oyó gritar: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Se despertaron todas y se pusieron a despabilar los candiles. Las necias dijeron a las sensatas: Dadnos de vuestro aceite, que los candiles se nos apagan. Pero las sensatas -aparentemente poco amigables y caritativas- contestaron: "Por si acaso no hay bastante para todas, mejor es que vayáis a la tienda a comprarlo". Mientras iban, llegó el novio; las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta". Las necias no pudieron entrar.
La boda de la parábola simboliza la instauración del Reino de Dios en el mundo. Nada se dice en ella del simbolismo del aceite, pero todo hace suponer -por el resto del capítulo del Evangelio donde se encuentra esta narración- que el aceite que permite mantener encendida la lámpara de la vida cristiana es el amor a los que no cuentan en la sociedad, a los de abajo, a los marginados, haciendo producir en bien de ellos los talentos que Dios nos da. Quien tenga esta actitud entrará en el Reino de Dios: "Venid, benditos de mi padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogístesis; estuve en la cárcel y fuisteis a verme...
La provisión de aceite-amor nos asegura la entrada en el Reino de Dios. Este aceite no es posible recibirlo de otros ni prestarlo a nadie. Es algo personal e intransferible. Cada uno debe disponer de él para alimentar la lámpara de su propia vida, vida que, sin él, se apaga por instantes.

II
SENSATEZ Y NECEDAD



Durante mucho tiempo se ha considerado que lo impor­tante, lo sensato para un cristiano era prepararse a bien morir; se nos ha dicho que lo que al final contaba era alcanzar la vida eterna. Y quizá pensando en la otra vida hemos cometido la necedad de olvidarnos de la vida presente.
FIESTA DE BODAS

En los tiempos de Jesús, después de que la pareja llevara un año de noviazgo oficial, se celebraba la boda. La ceremonia, en sus rasgos más generales, se desarrollaba así: el novio, con sus amigos, que lo acompañaban cantando y tocando instru­mentos, se dirigía a la casa de la novia, donde era recibido por las amigas de ésta, que llevaban lámparas encendidas. Después de recoger a la novia, se dirigían juntos, entre cánticos y dan­zas, al lugar en el que se celebraba el banquete nupcial, con el que se iniciaba la fiesta de bodas, que podía durar varios días.

Desde otro punto de vista, la boda, el banquete o la fies­ta de bodas se usa muchas veces en la Biblia para referirse a quienes, antes o después de su muerte, viven junto a Dios. Es un modo de describir la cercanía de Dios como una situación en la que reinan el amor y la alegría.

En la parábola que comentamos hoy, la llegada del novio representa el momento del encuentro definitivo de los creyen­tes con el Padre.


NECIAS Y SENSATAS

En la parábola del evangelio, entre las muchachas que es­peraban al novio, se presentan dos tipos, cada uno de los cuales describe un modo distinto de prepararse para ese definitivo encuentro con Dios: uno lo constituyen las muchachas necias, el otro las sensatas.

En el evangelio de Mateo se considera sensata aquella per­sona que escucha el mensaje de Jesús y lo pone por obra; ne­cia, la que conoce el mensaje de Jesús, pero no lo practica:

«Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato... Y todo aquel que escucha estas palabras mías y no las pone por obra, se parece al ne­cio. . . » (Mt 7,24-27). El aceite que las necias habían olvidado no es sino la práctica del mensaje de Jesús.

Las muchachas necias podrían representar a todos aquellos que tienen una cierta fe y una cierta esperanza: creen, en teo­ría, que Jesús de Nazaret es el Mesías, enviado de Dios, sal­vador de la humanidad; creen sinceramente que Dios es Padre y que todos los hombres somos hermanos; creen en la Iglesia y en su doctrina, creen lo que dicen el credo y los artículos de la fe... Y esperan; quizá sobre todo esperan, como las muchachas, el encuentro con el Señor; y su esperanza, quizá muy fuerte y muy firme, no tiene otra perspectiva que el más allá, la otra vida, el otro mundo...



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