Sábado 1 de noviembre de 2008 Todos los Santos



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Sábado 1 de noviembre de 2008

Todos los Santos


EVANGELIO

Mateo 5, 1-12


5 1Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2É1 tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

3Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.

4Dichosos los que sufren,

porque ésos van a recibir el consuelo.

5Dichosos los sometidos,

porque ésos van a heredar la tierra.

6Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados.

7Dichosos los que prestan ayuda,

porque ésos van a recibir ayuda.

8Dichosos los limpios de corazón,

porque ésos van a ver a Dios.

9Dichosos los que trabajan por la paz,

porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.

10Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.

11Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. 12Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

COMENTARIOS


I
vv. 1-2: Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. É1 tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone pre­ceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey». Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»). De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación. La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondien­te promesa del futuro.
v. 3: Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.

«Los que eligen ser pobres » El texto griego se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu y 2) pobres por el espíritu. La primera, a su vez puede tener un sentido peyorativo («los de pocas cualidades») o bien el de «los interiormente despegados del dinero», aunque lo posean en abundancia Este último sentido está excluido por el significado del termino «pobres» ('anawim/'aniyim), por la explicación dada por Jesús mismo en la sección 6,19-24 y por la condición puesta al joven rico para seguir a Jesús y así entrar en el reino de Dios (19, 21-24).

En la tradición judía, los términos 'anawim/'aniyim designaban a los pobres sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia en la sociedad. Jesús recoge este sen­tido e invita a elegir la condición de pobre (opción contra el dinero y el rango social), poniéndose en manos de Dios

El término «espíritu», en la concepción semítica, connota siempre fuerza y actividad vital. En este texto donde va articulado y sin referencia a una mención anterior, denota el «espíritu del hombre» (artículo posesivo). En la antropología del AT, el hombre posee «espíritu» y «corazón» Ambos términos designan su interiori­dad; el primero, en cuanto dinámica, su actividad en acto; el segundo, en cuanto estática, los estados interiores o disposiciones habituales que orientan su actividad (cf. 5,8). La interioridad del hombre pasa a la actividad en cuanto inteligencia, decisión o sentimiento. Dado que lo que Jesús propone es una opción por la pobreza, el acto que la realiza es la decisión de la voluntad. El sentido de la bienaventuranza es, por tanto, «los pobres por decisión», oponiéndose a «los pobres por necesidad». Es la interpretación que Jesús mismo propone en 6,24, la opción entre dos señores, Dios y el dinero. Transponiendo el nombre verbal «decisión» a forma conjugada, se tiene «los que deciden» o «eligen ser pobres».

Como se ve, además del sentido bíblico del término «pobres» y de los textos paralelos de Mt citados más arriba (6,19-24; 19,21-24), el significado de «espíritu» (acto) en la antropología semítica, con­trapuesto al de «corazón» (disposición/estado), basta para excluir la interpretación «pobres en cuanto al espíritu».

«Tienen a Dios por rey». El griego basileia no significa aquí «reino», sino «reinado» (cf. 3,2). «Suyo es el reinado de Dios» quiere decir que este reinado se ejerce sobre ellos, que sólo sobre ellos (ésos) actúa Dios como rey. La traducción requiere una fórmula que exprese el sentido activo de basileia.

Los efectos negativos de la opción por la pobreza (necesidad, dependencia) quedan neutralizados por la declaración de Jesús: «Dichosos». Cuando Dios reina sobre los hombres, se produce la felicidad. Esto significa que esos pobres no van a carecer de lo necesario ni van a tener que someterse a otros para obtener el sustento. La pobreza a la que Jesús invita significa una renuncia a acumular y retener bienes, a considerar algo como exclusivamente propio; estos pobres estarán siempre dispuestos a compartir lo que tengan. Así lo explica Jesús en los episodios de los panes (14, 13-23; 15,32-39).

Esta es la buena noticia a los pobres, el fin de su miseria, anun­ciado por Is 61,1 (cf. Mt 11,5).

La opción inicial que propone Jesús realiza lo prescrito por el primer mandamiento de Moisés. «No tendrás otros dioses frente a mí» (Dt 5,7). La idolatría que amenazaba a Israel en sus prime­ros tiempos se concreta en la posesión de la riqueza (cf. Mt 6,24). Por eso, el enunciado de esta bienaventuranza, como el de las que siguen, es exclusivo: porque «ésos», y no otros, «tienen a Dios por rey». Solamente los que han roto con el ídolo del dinero entran en el reino de Dios. La opción por la pobreza es la puerta de en­trada en el reino y la que incorpora a la nueva alianza.

En relación con la proclamación de Jesús: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios», la opción propuesta por la primera bienaventuranza lleva a su perfección la metanoia o enmienda, pues quien elige ser pobre renunciando a acaparar riquezas, y con ello al rango y al dominio, excluye de su vida toda posibilidad de in­justicia.


v. 4: Dichosos los que sufren,

porque ésos van a recibir el consuelo.

Comienzan las tres bienaventuranzas que mencionan una si­tuación negativa del hombre y la correspondiente promesa de libe­ración. «Los que sufren»: el verbo griego denota un dolor profun­do que no puede menos de manifestarse al exterior. No se trata de un dolor cualquiera; el texto está inspirado en Is 61,1, donde los que sufren forman parte de la enumeración que incluye a los cau­tivos y prisioneros. En el texto profético se trata de la opresión de Israel, y el Señor promete su consuelo para sacar a su pueblo de la aflicción, del luto y del abatimiento.

«Los que sufren» son, por tanto, víctimas de una opresión tan dura que no pueden contener su dolor. Como en Is 61,1, el consue­lo significa el fin de la opresión.
v. 5: Dichosos los sometidos,

porque ésos van a heredar la tierra.

El texto de esta bienaventuranza reproduce casi literalmente Sal 37,11. En el salmo, los praeis son los 'anawim o pobres que por la codicia de los malvados han perdido su independencia económica (tierra, terreno) y su libertad y tienen que vivir sometidos a los poderosos que los han despojado. Su situación es tal que no pueden siquiera expresar su protesta. A éstos Jesús promete no ya la posesión de un terreno como patrimonio familiar, sino la de «la tierra» a todos en común (cf. Dt 4). La universalidad de esa «tierra» indica la restitución de la libertad y la independencia con una plenitud no conocida antes.


v. 6: Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados.

Las dos bienaventuranzas anteriores se condensan en ésta. «Los que tienen hambre y sed de la justicia (= de esa justicia).» El hambre y la sed indican el anhelo vehemente de algo indispensable para la vida. La justicia es al hombre tan necesaria como la comida y la bebida; sin ella se encuentra en un estado de muerte. La justi­cia a que se refiere la bienaventuranza es la expresada antes: verse libres de la opresión, gozar de independencia y libertad. Jesús pro­mete que ese anhelo va a ser saciado, es decir, que en la sociedad humana según el proyecto divino, «el reino de Dios», no quedará rastro de injusticia.


v. 7: Dichosos los que prestan ayuda,

porque ésos van a recibir ayuda.

Comienzan las bienaventuranzas que mencionan una actividad o estado positivos. «Los que prestan ayuda»: no se trata de misericordia como sentimiento sino como obra ( = obras de misericordia); es decir, de prestar ayuda al que lo necesita en cualquier terreno, en primer lugar en lo corporal (cf 25, 35s) Dios derramará su ayuda sobre los que se portan así


v. 8: Dichosos los limpios de corazón,

porque ésos van a ver a Dios.

La expresión «los limpios de corazón» está tomada de Sal 24,4, donde «el limpio de corazón» se encuentra en paralelo con «el de manos inocentes». «Limpio de corazón» es el que no abriga malas intenciones contra su prójimo; «las manos inocentes» indican la conducta irreprochable. En el salmo se explican ambas frases por «el que no se apega a un ídolo ni jura en falso a su prójimo» (LXX). En la primera bienaventuranza, Jesús ha identifi­cado al ídolo con la riqueza (5,3; cf. 6,24); es el hombre codicioso el que tiene una conducta malvada. Lo que sale del corazón y mancha al hombre se describe en Mt 16,19: los malos designios, que desembocan en las malas acciones. La limpieza de corazón, disposición permanente, se traduce en transparencia y sinceridad de conducta y crea una sociedad donde reina la confianza mutua.

A «los limpios de corazón» les promete Jesús que «verán a Dios», es decir, que tendrán una profunda y constante experiencia de Dios en su vida. Esta bienaventuranza contrasta con el concepto de pureza según la Ley; la pureza o limpieza ante Dios no se con­sigue con ritos ni observancias, sino con la buena disposición hacia los demás y la sinceridad de conducta. La conciencia de la propia impureza retraía de la presencia divina (cf. Is 6,5) y el co­razón puro era una aspiración del hombre (Sal 51,12). Para Jesús, el corazón puro no es sólo una posibilidad, sino la realidad que corresponde a los suyos. En el AT, el lugar de la presencia de Dios era el templo (Sal 24,3; 42,3.5; 43,3); su función ha cesado de exis­tir: Dios se manifiesta directa y personalmente al hombre.
v. 9: Dichosos los que trabajan por la paz,

porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.

«La paz» tiene el sentido semítico de la prosperidad, tran­quilidad, derecho y justicia; significa, en suma, la felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Esta bienaventuran­za condensa las dos anteriores: en una sociedad donde todos están dispuestos a prestar ayuda y donde nadie abriga malas intenciones contra los demás, se realiza plenamente la justicia y se alcanza la felicidad del hombre. A los que trabajan por esta felicidad promete Jesús que «Dios los llamará hijos suyos»; es decir, esta acti­vidad hace al hombre semejante a Dios por ser la misma que él ejerce con los hombres. Como cima de las promesas se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la ayuda que él presta y tener la experiencia de Dios en la propia vida. El reinado de Dios es el de un Padre que comunica vida y ama al hijo. Cesa, pues, la relación con Dios como Soberano propia de la antigua alianza, sustituida por la relación de confianza, intimidad y colaboración del Padre con los hijos.


v. 10: Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.

La última bienaventuranza, que completa la primera, expo­ne la situación en que viven los que han hecho la opción contra el dinero. La sociedad basada en la ambición de poder, gloria y ri­queza (4,9) no puede tolerar la existencia y actividad de grupos cuyo modo de vivir niega las bases de su sistema. Consecuencia inevitable de la opción por el reinado de Dios es la persecución. Esta, sin embargo, no representa un fracaso, sino un éxito («Dichosos») y, aunque en medio de la dificultad, es fuente de alegría, pues el reinado de Dios se ejerce eficazmente sobre esos hombres.

El hecho de que en la primera y última bienaventuranzas la promesa se encuentre en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey», y las demás en futuro: «van a ser consolados», etc., indica que las promesas de futuro son efecto de la opción por la pobreza y de la fidelidad a ella. Se distinguen, pues, dos planos: el del grupo que se adhiere a Jesús y da el paso cumpliendo la opción propuesta por él, y el efecto de esto en la humanidad. En otras palabras, la existencia del grupo que opta radicalmente contra los valores de la sociedad provoca una liberación progresiva de los oprimidos (vv. 4-6) y va creando una sociedad nueva (vv. 7-9). La obra liberadora de Dios y de Jesús con la humanidad está vincu­lada a la existencia del grupo humano que renuncia a la idolatría del dinero y crea el ámbito para el reinado de Dios.

Aunque Jesús dirige su enseñanza a sus discípulos (5,2), las bienaventuranzas se encuentran en tercera persona, son invitacio­nes abiertas a todo hombre. La multitud que ha quedado al pie del monte, pero que escucha sus palabras (7, 28) puede considerarse invitada a aceptar el programa de Jesús. La nueva alianza no está destinada solamente a Israel, sino a la humanidad entera. Según la concepción de Mt, el Israel mesiánico comprende a todos los pueblos, que pasan a ser hijos de Abrahán (3, 9) Por eso la genealogía del Mesías no comenzaba con Adán, sino con Abrahán (1,2), pues con él se inició la formación de la humanidad según el proyecto de Dios: la integración de la humanidad en el pueblo del Mesías (1,21), el descendiente de Abrahán, será el cumplimiento de la promesa.

En las bienaventuranzas promulga Jesús el estatuto del Israel mesiánico y constituye el nuevo pueblo representado en este pasaje por los discípulos que suben al monte con él. De ahí que Mt, al contrario de Mc (3,13-19), no narre la constitución de los Doce, sino solamente su misión (10,1ss). El número Doce es el del Israel mesiá­nico, fundado con las bienaventuranzas o código de la alianza. «Los doce discípulos» (10,2) representan a todos los seguidores de Jesús, sea cual fuera su número.
vv. 11-12: Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

Desarrolla Jesús para sus discípulos la última bienaven­turanza, la más paradójica de todas La persecución mencionada en 5,10 se explicita en insulto, persecución y calumnia por causa de Jesús. La sociedad ejerce sobre la comunidad una presión que tiene diversas manifestaciones más o menos cruentas. Busca desacreditar al grupo cristiano, presentar de él una imagen adversa, y puede llegar a la persecución abierta. El motivo de esa hostilidad no puede ser otro que la fidelidad a Jesús y a su programa. La reacción de los discípulos ante la persecución ha de ser de alegría. Tendrán una gran recompensa.

La locución del original («en los cielos») designa a Dios como agente (« desde los cielos»); él actúa como rey de los que viven perseguidos; ésa es su recompensa. Los discípulos toman en la historia el puesto de los profetas de antaño, pero, según este pa­saje, la acción profética es la vida misma según el programa propuesto por Jesús. La persecución no es, por tanto, motivo de depresión o desánimo; todo lo contrario, ella demuestra que la vida de los discípulos causa impacto en la sociedad ambiente, y éste es su éxito. Relacionando estas palabras de Jesús con el conjunto de las bienaventuranzas, puede afirmarse que la vida de la comunidad va produciendo la liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad y a eso se debe la persecución de que es objeto.

II

Las lecturas de la festividad de Todos los Santos sirven para definir las características exigidas a toda la sociedad que quiera colocar su fundamento en la conducción de Dios y del amor, y que desee presentarse como alternativa a las sociedades que se fundamentan sobre el egoísmo humano.



La situación presente se describe en los textos como “gran persecución”(Ap.7,14), propia de un mundo que “no ha reconocido a Dios” (1 Jn 3,1) y en la que son visibles las carencias (Mt 5,3-6) y persecuciones del discípulo (Mt 5,10-11).

Desde este trasfondo, los textos delinean las características de una nueva sociedad capaz de ofrecer una respuesta que pueda responder a los anhelos más profundos de la familia humana y una forma de asegurar una existencia digna para todos los seres humanos y, de esta manera, la realización del designio divino.

Por ello en todos los textos se insiste en el modo de realizar la vida según ese designio. Se trata de definir un “espacio”, “un ámbito” en que se pueda realizar una vida en comunión con Dios. Por ello se presentan las características de los que “no sólo se llaman sino que son hijos de Dios” (1 Jn 3,1), la creación de un ámbito de un culto auténtico al que puede integrarse toda persona que tenga “manos inocentes y puro corazón”(Sal 23,4) y de los que pueden estar “de pie ante el trono y ante el Cordero (Ap 7,9b).

En vistas a constituir esta nueva sociedad, Jesús proclama las bienaventuranzas, único medio de poder alcanzar una relación auténtica entre los seres humanos. La propuesta está presentada exclusivamente de forma positiva, a diferencia de Lc 6,20-26 donde las bienaventuranzas son continuadas por ayes de condenación (malaventuranzas).

Sin embargo, las exigencias no son menores que las que presenta este último texto. La necesidad de su obediencia alcanza a todo ser humano. Pues, si bien Jesús habla de forma directa a los discípulos, se dirige también a la multitud, cuya presencia se señala en el texto: “Al ver Jesús el gentío” (Mt 5,1). Y el alcance universal del mandato se revela también en las palabras condenatorias del capítulo 23 que se presenta como contrapartida de las bienaventuranzas y que alcanzan a los fariseos, que a lo largo de la actuación de Jesús han rechazado la propuesta.

La obligatoriedad de la Ley se refleja también en las indicaciones referidas al lugar de la enseñanza y a la posición que adopta Jesús. La montaña evoca el Sinaí, donde Dios proclamó la legislación israelita, y el “sentarse” es otro símbolo de la “autoridad” del legislador, varias veces mencionada en el bloque de los capítulos 5-9, de los que las bienaventuranzas son el inicio.

Frente a las sociedades de marginación, económica y política, creadas por el egoísmo humano, la nueva legislación privilegia a los que sufren dicha marginación: los pobres (v. 3) y los perseguidos (v. 9). En los pobres y en los perseguidos se revela el señorío de Dios y se hacen realidad las promesas sobre el Reino de Dios. Ellos son quienes han reconocido ese señorío en su vida y, por consiguiente, pueden experimentar el significado de la verdadera felicidad ya en el presente: “ellos tienen a Dios por Rey” (v. 3 y 9).

Se trata de categorías que han hecho una opción clara, opción que los ha puesto al margen de la sociedad de acumulación y de la sociedad de injusticia. En el fondo, su actitud consiste en una opción decidida por el proyecto de Jesús, como se transparenta en el v.11, que concreta la felicidad de quien es perseguido por la justicia, a los discípulos “perseguidos” por Jesús (v. 11).

Esta opción tiene consecuencias negativas en el presente. Sobre los que se deciden por este tipo de vida se desencadena el “sufrimiento” (v. 4), la impotencia propia de los “sometidos” (v. 5), “el hambre y la sed”(v. 6) reflejo de la ausencia de la justicia. Pero en esas carencias, Dios está actuando para el cambio de la situación, y a ellos corresponderá “el consuelo”, el “heredar la tierra” y el "ser satisfechos” (ibíd.), frutos de la acción divina.

Por otra parte, se promete la plenificación de una vida realizada en “misericordia”, “limpieza de corazón” y “trabajo por la paz”(vv. 7-9). Dicha vida se sitúa en un ámbito que asegura la comunión con Dios, y, de esa forma, tales sujetos “alcanzarán misericordia”, gozarán de “visión” divina y pertenecerán a la misma familia de Dios. “A ésos Dios los va a llamar hijos suyos”(vv. 7-9).

A partir de los marginados económicos y políticos se da la posibilidad de la estructuración presente de la sociedad futura del Reino. En continuidad con los “profetas” que anuncian un mundo nuevo, la comunidad de discípulos puede, con sus opciones, realizar su inauguración.

El v. 12 retoma la confrontación con las sociedades del presente edificadas en torno a la recompensa monetaria y a la aceptación del orden establecido por los gobernantes de turno. Y frente a ellas se promete una “recompensa en el cielo” y el compartir la suerte de los profetas “perseguidos antes de ustedes”.

También la sociedad opulenta del presente coloca en la acumulación el modo de obtener la realización humana y recurre a la fuerza para mantener la situación de injusticia por medio de medidas represoras más o menos evidentes. En medio de ellas, la comunidad cristiana está llamada a ser signo de otros valores, los únicos que pueden satisfacer los anhelos más profundos del ser humano. La comunión con los pobres y los perseguidos surge del mismo seguimiento de Jesús y en ella se juega la fidelidad al proyecto divino.
Para la aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentum”, del Vaticano II, con su “Universal llamado a la santidad”.

Recomendamos también el artículo de P. Delooz, “La canonización de los santos y su significación social” en «Concilium» 149(1979)340-352, accesible también en la RELaT (http://servicioskoinonia.org/relat/150.htm)

Domingo 2 de noviembre de 2008

31º Ordinario

Los Fieles Difuntos
Primera lectura: Job 19,1.23-27

Salmo responsorial: 24

Segunda lectura: Flp 3,20-21
EVANGELIO

Marcos 15,33-39;16,1-6


33Al llegar el mediodía la tierra entera quedo en tinieblas hasta media tarde

34A media tarde clamo Jesús dando una gran voz

-¡Eloi, Eloi, lema sabaktani! (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

35Algunos de los allí presentes, al oírlo, dijeron:

-Mira, está llamando a Elías.

36Uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber, mientras decía:

-Vamos a ver si viene Elías a descolgarlo.

37Pero Jesús, lanzando una gran voz, expiro, 38y la cor­tina del santuario se rasgó en dos de arriba abajo.

39El centurión que estaba allí presente frente a él, al ver que había expirado de aquel modo, dijo:
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