Salman rushdie



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Salman Rushdie - Los versos satánicos http://elortiba.galeon.com

LOS VERSOS

SATÁNICOS


SALMAN RUSHDIE
ÍNDICE


I EL ÁNGEL GIBREEL 5

II MAHOUND 53

III ELEOENE DEERREEESE 74

IV AYESHA 116

V UNA CIUDAD VISIBLE PERO NO VISTA 136

VI REGRESO A JAHILIA 200

VII EL ÁNGEL AZRAEEL 220

VIII LA RETIRADA DEL MAR DE ARABIA 262

IX UNA LÁMPARA MARAVILLOSA 283

AGRADECIMIENTOS 305

GLOSARIO 306

Cubierta: detalle de



Rustam mata al Demonio Blanco,

Victoria and Albert Museum

(foto: Bridgeman Art Library)
Título original: The Satanic Verses
Traducción del inglés: J. L. Miranda
Primera edición: mayo 1989
© 1988, Salman Rushdie
Depósito legal: B. 13.329 - 1989
Impreso en España


A Marianne.

Satanás, relegado a una condición errante, vagabunda, transitoria, carece de morada fija; porque si bien a consecuencia de su naturaleza angélica, tiene un cierto imperio en la líquida inmensidad o aire, ello no obstante, forma parte integrante de su castigo el carecer... de lugar o espacio propio en el que posar la planta del pie.


DANIEL Defoe, Historia del diablo.

I

EL ÁNGEL GIBREEL



1

«Para volver a nacer —cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos— tienes que haber muerto. ¡Ay, sí! ¡Ay, sí! Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. ¡Ta-taa! ¡Takachum! ¿Cómo volver a sonreír si antes no lloraste? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer...» Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido.

«Yo te digo que debes morir, te digo, te digo...», y así una vez y otra, bajo una luna de alabastro, hasta que una voz estentórea rasgó la noche: «¡Al diablo con tus canciones! —Las palabras pendían, cristalinas, en la noche blanca y helada—. En tus películas sólo movías los labios porque te doblaban, así que ahórrame ahora ese ruido infernal.»

Gibreel, el solista desafinado, hacía piruetas al claro de luna, mientras cantaba su espontáneo gazal, nadando en el aire, ora mariposa, ora braza, enroscándose, extendiendo brazos y piernas en el casi infinito del casi amanecer, adoptando actitudes heráldicas, ora rampante, ora yacente, oponiendo la ligereza a la gravedad. Rodó alegremente hacia la sardónica voz. «Hola, compañero, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué hay, mi buen Chamchito?» A lo que el otro, una sombra impecable que caía cabeza abajo en perfecta vertical, con su traje gris bien abrochado y los brazos pegados a los costados, tocado, como lo más natural del mundo, con extemporáneo bombín, hizo la mueca propia del enemigo de diminutivos. «¡Eh, paisano! —gritó Gibreel, provocando otra mueca invertida—. ¡Es el mismo Londres, chico! ¡Allá vamos! Esos cabritos de ahí abajo no sabrán lo que se les vino encima, si un meteoro, un rayo o la venganza de Dios. Llovidos del cielo, muñeca. ¡Puummmmba! Cras, ¿eh? ¡Qué entrada, Yyyaaa! Yo te digo... Flas.»

Llovidos del cielo: un big bang seguido de catarata de estrellas. Un principio de Universo, un eco en miniatura del nacimiento del tiempo... el jumbo Bostan, vuelo AI-420 de la Air India, estalló sin previo aviso a gran altura sobre la grande, putrefacta, hermosa, nivea y resplandeciente ciudad de Mahagonny, Babilonia, Alphaville. Claro que Gibreel ya ha pronunciado su nombre, de manera que yo no puedo interferir: el mismo Londres, capital de Vilayet, parpadeaba, centelleaba y se mecía en la noche. Mientras, a una altura de Himalaya, un sol fugaz y prematuro estallaba en el aire cristalino de enero, un punto desaparecía de las pantallas de radar y el aire transparente se llenaba de cuerpos que descendían del Everest de la catástrofe a la láctea palidez del mar.

¿Quién soy yo?

¿Quién más está ahí?

El avión se partió por la mitad, como vaina que suelta las semillas, huevo que descubre su misterio. Dos actores, Gibreel, el de las piruetas, y el abotonado y circunspecto Mr. Saladin Chamcha, caían cual briznas de tabaco de un viejo cigarro roto. Encima, detrás, debajo de ellos, planeaban en el vacío butacas reclinables, auriculares estéreo, carritos de bebidas, recipientes de los efectos del malestar provocado por la locomoción, tarjetas de desembarque, juegos de vídeo libres de aduana, gorras con galones, vasos de papel, mantas, máscaras de oxígeno... Y también —porque a bordo del aparato viajaban no pocos emigrantes, sí, un número considerable de esposas que habían sido interrogadas, por razonables y concienzudos funcionarios, acerca de la longitud y marcas distintivas de los genitales del marido, y un regular contingente de niños sobre cuya legitimidad el Gobierno británico había manifestado sus siempre razonables dudas—, también, mezclados con los restos del avión, no menos fragmentados ni menos absurdos, flotaban los desechos del alma, recuerdos rotos, yoes arrinconados, lenguas maternas cercenadas, intimidades violadas, chistes intraducibies, futuros extinguidos, amores perdidos, significado olvidado de palabras huecas y altisonantes, tierra, entorno natural, casa. Un poco aturdidos por el estallido, Gibreel y Saladin bajaban como fardos soltados por una cigüeña distraída de pico flojo, y Chamcha, que caía cabeza abajo, en la posición recomendada para el feto que va a entrar en el cuello del útero, empezó a sentir una sorda irritación ante la resistencia del otro a caer con normalidad. Saladin descendía en picado mientras que Farishta abrazaba el aire, asiéndolo con brazos y piernas, con los ademanes del actor amanerado que desconoce las técnicas de la sobriedad. Abajo, cubiertas de nubes, esperaban su entrada las corrientes lentas y glaciales de la Manga inglesa, la zona señalada para su reencarnación marina.

«Oh, mis zapatos son japoneses —cantaba Gibreel, traduciendo al inglés la letra de la vieja canción, en semiinconsciente deferencia hacia la nación anfitriona que se precipitaba a su encuentro—, el pantalón, inglés, pues no faltaba más. En la cabeza, un gorro ruso rojo; mas el corazón sigue siendo indio, a pesar de todo.» Las nubes hervían, espumeantes, cada vez más cerca, y quizá fuera por aquella gran fantasmagoría de cúmulos y cumulonimbos, con sus tormentosas cúspides enhiestas a la luz del amanecer, quizá fuera el dúo (cantando el uno y abucheando el otro) o quizás el delirio provocado por la explosión que les evitaba apercibirse de lo inminente..., lo cierto es que los dos hombres, Gibreelsaladin Farischtachamcha, condenados a esta angelicodemoníaca caída sin fin pero efímera, no se dieron cuenta del momento en que empezaba el proceso de su transmutación. ¿Mutación?

Sí, señor; pero no casual. Allá arriba, en el aire-espacio, en ese campo blando e intangible que el siglo ha hecho viable y que se ha convertido en uno de sus lugares definitorios, la zona de la movilidad y de la guerra, la que empequeñece el planeta, la del vacío de poder, la más insegura y transitoria, ilusoria, discontinua y metamórfica —porque, cuando lo arrojas todo al aire, puede ocurrir cualquier cosa—, allá arriba, decía, se operaron, en unos actores delirantes, cambios que habrían alegrado el corazón del viejo Mr. Lamarck: bajo extrema presión ambiental, se adquirieron determinadas características.

¿Qué características respectivamente? Calma, ¿se han creído que la Creación se produce a marchas forzadas? Bien, pues la revelación tampoco... Echen una mirada a la pareja. ¿Observan algo extraño? Sólo dos hombres morenos en caída libre; la cosa no tiene nada de particular, pensarán, treparon demasiado, se pasaron, volaron muy cerca del sol, ¿no es eso? No es eso. Presten atención.

Mr. Saladin Chamcha, consternado por los sonidos que manaban de la boca de Gibreel Farishta, contraatacó con sus propios versos. Lo que Farishta oyó tremolar en el fantasmagórico aire nocturno era también una vieja canción, letra de Mr. James Thomson, mil setecientos a mil setecientos cuarenta y ocho. «... por orden del cielo —entonaba Chamcha con unos labios que el frío ponía patrióticamente rojos, blancos y azules— surgió del aaaazul... —Farishta, consternado, se desgañitaba cantando a los zapatos japoneses, los gorros rusos y los corazones inviolablemente subcontinentales, pero no conseguía ahogar la atronadora voz de Saladin— ... y los ángeles de la guaaaarda entonaban el estribillo.»

Desengañémonos, era imposible que se oyeran mutuamente, y no digamos que conversaran y compitieran en el canto de esta manera. Acelerando hacia el planeta, con la atmósfera silbando alrededor, ¿cómo habían de oírse? Pero, desengañémonos nuevamente, se oían.

Se precipitaban hacia abajo y el frío invernal que les escarchaba las pestañas y amenazaba con helarles el corazón estaba a punto de despertarles de su ensueño exaltado, ya iban a percatarse del milagro del canto, de la lluvia de extremidades y de niños de la que ellos formaban parte y del horrible destino que subía a su encuentro cuando, empapándose y congelándose instantáneamente, se sumergieron en la ebullición glacial de las nubes.

Se hallaban en lo que parecía ser un largo túnel vertical. Chamcha, atildado, envarado y todavía cabeza abajo, vio cómo Gibreel Farishta, con su camisa sport color púrpura, nadaba hacia él por aquel embudo con paredes de nube, y quiso gritar: «No te acerques, aléjate de mí», pero algo se lo impidió, un agudo cosquilleo que se iniciaba en sus intestinos, de manera que, en lugar de proferir palabras hostiles, abrió los brazos y Farishta nadó hacia ellos y quedaron abrazados cabeza con pie, y la fuerza de la colisión les hizo voltear y caer haciendo molinetes por el agujero que conducía al País de las Maravillas. Mientras se abrían paso, surgieron de la blancura una sucesión de formas nebulosas, en metamorfosis incesante de dioses en toros, mujeres en arañas y hombres en lobos. Nubes-criaturas híbridas se precipitaban hacia ellos, flores gigantes con pechos humanos colgadas de tallos carnosos, gatos alados y centauros, y Chamcha, en su aturdimiento, tenía la impresión de que también él había adquirido calidad nebulosa y metamórfica, híbrida, como si estuviera convirtiéndose en la persona cuya cabeza estaba inserta entre sus piernas y cuyas piernas se enlazaban alrededor de su largo y estirado cuello.

Aquella persona, empero, no tenía tiempo para tales fantasías; es más, era incapaz de entregarse al más nimio fantaseo. Y es que acababa de ver emerger del remolino de las nubes la figura de una seductora mujer de cierta edad, con sari de brocado verde y oro, brillante en la nariz y moño alto bien defendido por la laca de los embates del viento de las alturas, que viajaba cómodamente sentada en alfombra voladora. «Rekha Merchant —saludó Gibreel—, ¿acaso no has podido encontrar el camino del cielo?» ¡Impertinentes palabras para ser dichas a una muerta! Pero, en descargo del osado, puede aducirse su condición traumatizada y vertiginosa... Chamcha, agarrado a sus piernas, profirió una interrogación de perplejidad: «¿Qué diablos?»

«¿Tú no la ves? —gritó Gibreel—. ¿No ves su recondenada alfombra de Bokhara?»

No, no, Gibbo, susurró en sus oídos la voz de la mujer; no esperes que él confirme. Yo soy única y estrictamente para tus ojos, excremento de cerdo, mi bien. Con la muerte llega la sinceridad, amor, y ahora puedo llamarte por tu nombre.

La nebulosa Rekha murmuraba agrias trivialidades, pero Gibreel gritó otra vez a Chamcha: «Compa, ¿la ves o no la ves?»

Saladin Chamcha no veía, ni oía, ni decía nada. Gibreel se encaró con ella solo. «No debiste hacerlo —la reprendió—. No, señora. Es un pecado. Una enormidad.»

Oh, y ahora me riñes, rió ella. Ahora tú eres el que se da aires de moralidad, qué risa. Tú me dejaste, le recordó su voz al oído, como si le mordisqueara el lóbulo de la oreja. Fuiste tú, luna de mis delicias, el que se escondió en una nube. Y yo me quedé a oscuras, ciega, perdida por amor.

Él empezaba a tener miedo. «¿Qué quieres? No; no me lo digas, sólo márchate.»

Cuando estuviste enfermo, yo no podía ir a verte, por el escándalo; tú sabías que no podía, que me mantenía apartada por tu bien, pero después me castigaste, lo utilizaste de pretexto para marcharte, de nube para esconderte. Eso, y también a ella, la mujer de los hielos. Canalla. Ahora que estoy muerta he olvidado cómo se perdona. Yo te maldigo, mi Gibreel, que tu vida sea un infierno. Un infierno, porque ahí me mandaste, maldito seas, y de ahí viniste, demonio, y ahí vas, imbécil, que te aproveche la jodida zambullida. La maldición de Rekha y, después, unos versos en una lengua que él no entendía, secos y sibilantes, en los que repetidamente creyó distinguir, o tal vez no, el nombre de Al-Lat.

Gibreel se apretó contra Chamcha y salieron de las nubes.

La velocidad, la sensación de velocidad volvió, silbando su nota escalofriante. El techo de nubes voló hacia lo alto, el suelo de agua se acercó y ellos abrieron los ojos. Un grito, el mismo grito que aleteaba en su vientre cuando Gibreel nadaba por el cielo, escapó de labios de Chamcha; un rayo de sol taladró su boca abierta liberándolo. Pero Chamcha y Farishta, que habían caído a través de las transformaciones de las nubes, también tenían contorno vago y difuso, y cuando la luz del sol dio en Chamcha, liberó algo más que un grito.

«Vuela —gritó Chamcha a Gibreel—. Echa a volar, ya.» Y, sin saber la razón, agregó lada orden: «Y canta.»

¿Cómo llega al mundo lo nuevo? ¿Cómo nace?

¿De qué fusiones, transubstanciaciones y conjunciones se forma?

¿Cómo sobrevive, siendo como es tan extremo y peligroso? ¿Qué compromisos, qué pactos, qué traiciones a su íntima naturaleza tiene que hacer para contener a la panda de demoledores, al ángel exterminador, a la guillotina?

¿Es siempre caída el nacimiento?

¿Tienen alas los ángeles? ¿Vuelan los hombres?

Cuando Mr. Saladin Chamcha caía de las nubes sobre el canal de la Mancha, sentía el corazón atenazado por una fuerza tan implacable que comprendió que no podía morir. Después, cuando tuviera los pies firmemente asentados en tierra, empezaría a dudarlo y atribuiría lo implausible de su tránsito al desbarajuste de sus sentidos, provocado por la explosión, achacando su supervivencia y la de Gibreel a un capricho de la fortuna. Pero en aquel momento no tenía la menor duda: lo que le había ayudado a salir del trance era el deseo de vivir, franco, irresistible y puro, y lo primero que hizo aquel deseo fue informarle de que no quería tener nada que ver con su patética personalidad, con aquel apaño semirreconstruido de mímica y voces, que se proponía desentenderse de todo ello, y Saladin descubrió que se rendía, sí, adelante, como si fuera un espectador de sí mismo en su propio cuerpo, porque aquello partía del centro de su cuerpo y se extendía hacia fuera, convirtiendo su sangre en hierro y su carne en acero, aunque también lo sentía como un puño que lo envolviera sosteniéndolo de una manera que era a la vez intolerablemente dura e insoportablemente blanda; hasta que se apoderó de él por completo y pudo hacerle mover los labios, los dedos, todo lo que quisiera y, una vez estuvo seguro de su conquista, dimanó de su cuerpo y agarró a Gibreel Farishta por los testículos.

«Vuela —ordenaba a Gibreel aquella fuerza—. Canta.» Chamcha permaneció abrazado a Gibreel mientras éste, al principio lentamente, y después con rapidez y fuerza crecientes, batía los brazos. Más y más vigorosamente braceaba y, al bracear, brotó de él un canto que, como el canto del espectro de Rekha Merchant, se cantaba en una lengua desconocida para él, con una música nunca oída. Gibreel en ningún momento negó el milagro; a diferencia de Chamcha, que trataba de descartarlo por medio de la lógica, él nunca dejó de afirmar que el gazal era celestial y que, sin el canto, de nada le hubiera servido mover los brazos a modo de alas y, sin el aleteo, era seguro que habrían golpeado las olas como pedruscos o cosa así, estallando en mil pedazos al tomar contacto con el tenso tambor del mar. Mientras que ellos, por el contrario, empezaron a frenar. Cuanto más briosamente aleteaba y cantaba, cantaba y aleteaba Gibreel, más se acentuaba la desaceleración, hasta que, al fin, planeaban sobre el canal como papelillos mecidos por la brisa.

Fueron los únicos supervivientes de la catástrofe, los únicos pasajeros caídos del Bostan que conservaron la vida. Fueron depositados por la marea en una playa. Cuando los encontraron, el más expansivo de los dos, el de la camisa púrpura, deliraba frenéticamente, jurando que habían caminado sobre el agua, que las olas los habían acompañado suavemente hasta la orilla; mientras que el otro, que llevaba un empapado bombín pegado a la cabeza como por arte de magia, lo negaba. «Por Dios que tuvimos suerte —decía—. Toda la suerte del mundo.»

Yo conozco la verdad, naturalmente. Lo vi todo. Por lo que respecta a omnipresencia y omnipotencia no tengo pretensiones, por el momento, pero una cosa sí puedo afirmar, espero: Chamcha lo deseó y Farishta cumplió el deseo.

¿Quién obró el milagro?

¿De qué naturaleza —angélica o satánica— era la canción de Farishta?

¿Quién soy yo?

Digamos: ¿quién sabe los mejores cantos?

Éstas fueron las primeras palabras que Gibreel Farishta pronunció al despertar en la nevada playa inglesa, con una sorprendente estrella de mar junto a la oreja: «Hemos vuelto a nacer, compa, tú y yo. Feliz cumpleaños, paisano, feliz cumpleaños.»

Y Saladin Chamcha tosió, escupió, abrió los ojos y, como es propio de un recién nacido, se echó a llorar tontamente.

2

La reencarnación siempre fue tema de gran importancia para Gibreel, durante quince años la mayor estrella del cine indio, antes ya de que venciera «milagrosamente» al Virus Fantasma que, según empezaba a creer la gente, parecía que iba a cancelar todos sus contratos. Por lo tanto, quizás alguien hubiera podido prever, pero nadie previó, que, cuando se restableciera, podría, por así decirlo, triunfar en lo que habían fracasado los gérmenes, y abandonar para siempre su vieja vida, a menos de una semana de cumplir los cuarenta, esfumándose en el aire, ¡puf!, como por ensalmo.

Los primeros en notar su ausencia fueron los cuatro componentes del servicio de la silla de ruedas de los estudios. Mucho antes de su enfermedad, Gibreel había adquirido la costumbre de hacerse transportar de plató en plató de los grandes estudios D. W. Rama por este grupo de atletas veloces y fieles, porque un hombre que rueda hasta once películas a la vez necesita ahorrar energías. Guiándose por un complicado código de rayas, círculos y puntos que Gibreel aprendiera en su niñez de los legendarios repartidores de almuerzos de Bombay (de los que luego hablaremos más extensamente), los mozos de silla lo transportaban raudos de papel en papel, depositándolo con la misma seguridad y puntualidad con las que otrora su padre entregara los almuerzos. Y, después de cada sesión, Gibreel volvía a la silla, en la que, a marchas forzadas, era conducido al plató siguiente, donde lo vestían y maquillaban y le entregaban los diálogos. En cierta ocasión, él dijo a su equipo de leales: «La carrera de un actor de cine en Bombay se parece a una gymkhana en silla de ruedas.»

Después de la enfermedad, del Germen Fantasma, del Mal Misterioso, del Virus, Gibreel volvió al trabajo, pero con menos agobio, haciendo sólo siete películas a la vez... hasta que, ¡zas!, desapareció. La silla de ruedas quedó vacía en los mudos platós; la ausencia del actor dejó al descubierto la artificiosidad barata de los decorados. Los mozos de silla, losa cuatro a la una, no sabían qué excusas dar cuando los directivos, enfurecidos, cayeron sobre ellos: Oh, sí, debe de estar? enfermo, siempre tuvo fama de puntual, ¿no?, ¿por qué criticar, maharaj?, a los grandes artistas hay que consentirles un poco de temperamento de vez en cuando, vaya, y, por sus protestas, ellos fueron las primeras víctimas del mutis inexplicado de Farishta, siendo lanzados, cuatro, tres, dos, uno, ekdumjaldi, por las puertas de los estudios, y la silla de ruedas quedó abandonada y polvorienta bajo los cocoteros pintados en torno a una playa de serrín.

¿Dónde estaba Gibreel? Los productores, dejados en siete estacadas, fueron presa de pánico por onerosa desaparición. Vean ahí, en el golf del Willingdon Club —sólo nueve hoyos quedan, porque, de los otros nueve, han brotado rascacielos como hierbajos gigantes o, digamos, como lápidas funerarias que marcan los lugares en los que yace el cadáver despedazado de la ciudad vieja—, ahí, mismamente ahí, altos directivos fallan los putts más fáciles; y, si levantan la mirada, verán evolucionar en el aire mechones de cabello arrancado de principales cabezas angustiadas y arrojado desde las ventanas de los últimos pisos. La agitación de los productores era comprensible, porque, en aquellos tiempos de deserción de espectadores cinematográficos, nacimiento de los folletones históricos y reivindicación del televisor por las amas de casa, no quedaba más que un hombre que, colocado encima del título de una película, ofreciera garantía total de Superéxito y Sensación, y ahora el dueño del nombre había partido, no se sabía si hacia arriba, hacia abajo o hacia un lado, pero lo cierto era que se había esfumado...

Por toda la ciudad, después de que los teléfonos, los motoristas, los guardias, los hombres-rana y las dragas del puerto hubieran trabajado infructuosamente, empezaron a pronunciarse epitafios por la estrella apagada. En uno de los siete impotentes platós de los estudios Rama, Miss Pimple Billimoria, el último explosivo descubrimiento de la industria —no una tierna y pálida azucena, sino un despampanante barril de dinamita—, ataviada con gasas de danzarina sagrada y colocada bajo sinuosas reproducciones en cartón de las figuras tántricas del período Chandela sorprendidas en el acto de la cópula —al tener noticia de que su escena cumbre no se rodaría y su gran oportunidad estaba malograda—, hizo el número del desdén ante un público de técnicos de sonido y electricistas que sostenían beedis entre cínicos labios. Pimple, acompañada por un ayah muda de dolor, toda codos, trataba de simular alivio. «¡Caray, qué suerte! —exclamó—. Hoy teníamos la escena de amor, chhi, chhi, y yo estaba desesperada pensando en cómo acercarme a ese bocazas que huele a guano de cucaracha putrefacta. —Dio una patada en el suelo, haciendo sonar los cascabeles del tobillo—. Suerte ha tenido de que las películas no huelan, o no hubiera encontrado papel ni de leproso.» Aquí el soliloquio de Pimple subió de tono, trocándose en un torrente de obscenidades de un calibre tal que los fumadores de beedis se irguieron en sus asientos por primera vez y empezaron a comparar animadamente el vocabulario de Pimple con el de Phoolan Davi, la famosa reina de bandidos, cuyos juramentos fundían los cañones de los fusiles y convertían en goma los lápices de los periodistas.

Mutis de Pimple, llorosa, censurada, una tira de celuloide en el suelo de una sala de montaje. Mientras se alejaba, de su ombligo iban cayendo ágatas que reflejaban sus lágrimas..., aunque en lo de la halitosis de Farishta algo de razón tenía; incluso quizá se quedara corta. Las exhalaciones de Gibreel, nubes ocre de sulfuro y azufre, siempre le dieron —conjuntamente con el pico que la línea del nacimiento del pelo le trazaba en la frente y su melena negra como ala de cuervo—, le dieron, decía, un aire más saturnino que celestial, a pesar de las arcangélicas resonancias de su nombre. A raíz de su desaparición, se dijo que no tenía que ser difícil encontrarlo, que lo único que se necesitaba era una nariz medianamente sensible... y, una semana después de su desaparición, un mutis más trágico que el de Pimple Billimoria acrecentó el tufo diabólico que empezaba a adherirse al nombre que tan dulces fragancias evocara antaño. Digamos que se había salido de la pantalla y entrado en el mundo, y en la vida real, a diferencia del cine, la gente nota si hueles.

Somos criaturas del aire, / con raíces en los sueños / y las nubes renacidas / en el vuelo. Adiós. La enigmática nota descubierta por la policía en el ático de Gibreel Farishta, situado en la cúspide del rascacielos Everest Vilas de Malabar Hill, el hogar más alto del edificio más alto de la parte más alta de la ciudad, uno de esos apartamentos con vistas dobles, desde los que, por este lado, dominas el collar nocturno de Marina Drive y, por el otro, el cabo de Scandal Point y el mar, dio mucho juego en los titulares, FARISHTA SE ZAMBULLE BAJO TIERRA, pregonaba Blitz, tétrico, mientras que «Abeja Laboriosa», de The Daily, optaba por GIBREEL LEVANTA EL VUELO DESDE su PALOMAR. Se publicaban muchas fotografías de la fabulosa residencia, en la que decoradores franceses, provistos de cartas de recomendación de Reza Pahlevi por el trabajo realizado en Persépolis, gastaron un millón de dólares en reproducir, a tan considerable altitud, el interior de una tienda de beduino. Otra ilusión deshecha por su ausencia: GIBREEL LEVANTA EL CAMPAMENTO, vociferaban los titulares; pero ¿había ido hacia arriba, hacia abajo o hacia un lado? Nadie lo sabía. En aquella metrópoli de lenguas y cuchicheos, ni los oídos más finos oían algo fidedigno. Pero Mrs. Rekha Merchant, que leía todos los periódicos, escuchaba todas las noticias de la radio y no se despegaba del televisor, entresacó algo del mensaje de Farishta, percibió una nota que había escapado a todos y subió con sus dos hijas y su hijo a pasear por la azotea del edificio en que vivían. Se llamaba Everest Vilas.

Una vecina; en realidad, la vecina del piso de abajo. Vecina y amiga. ¿Para qué decir más? Por supuesto que las maliciosas revistas de escándalo de la ciudad llenaron columnas con insinuaciones y frases de doble sentido, pero ello no nos autoriza a ponernos a su nivel. ¿Por qué manchar su reputación ahora?

¿Quién era ella? Era una mujer rica, desde luego, porque Everest Vilas no es precisamente un inmueble de viviendas de tipo social, ¿eh? Casada, sí, señor, trece años, con un hombre importante en el sector de los cojinetes de bolas. Independiente; sus tiendas de alfombras y antigüedades iban viento en popa en el mejor punto de la zona de Colaba. Ella llamaba a sus alfombras klims o kliins, y a los objetos antiguos, antijuedades. Sí, y era hermosa, con la belleza dura y reluciente de los etéreos habitantes de las casas altas de la ciudad, con unos huesos, un cutis y una manera de moverse que atestiguaban su largo divorcio de la tierra empobrecida, pesada y pululante. Todos convenían en que poseía una gran personalidad, bebía como una esponja en copas de cristal de Lalique, colgaba el sombrero desvergonzadamente en una Chola Natraj y sabía lo que quería y cómo conseguirlo pronto. El marido era una rata con dinero y buena muñeca para el squash. Rekha Merchant leyó el adiós de Gibreel Farishta en los periódicos, escribió una carta a su vez, llamó a sus hijos, tomó el ascensor y subió (un piso) al encuentro del destino que había elegido.

«Hace muchos años —decía en su carta—, me casé por cobardía. Ahora, por fin, obro con valentía.» Dejó encima de la cama un periódico en el que había enmarcado y subrayado enérgicamente en rojo —con tres fuertes líneas, una de las cuales había roto el papel— el mensaje de Gibreel. La prensa del chismorreo, naturalmente, echó el resto con EL SALTO DE LA HERMOSA DESCONSOLADA y BELDAD AFLIGIDA SE LANZA AL VACÍO. Ahora bien:

Acaso también ella tuviera la comezón de la reencarnación y, por otra parte, Gibreel, sin comprender el poder terrible de la metáfora, recomendaba el vuelo. Para volver a nacer, antes tienes que... y ella era criatura del cielo, bebía champán en Lalique, vivía en Everest, y uno de sus compañeros de Olimpo había volado. Si él pudo volar, también ella podría tener alas y echar raíces en los sueños.

Ella no lo consiguió. El lala que estaba empleado de portero del complejo de Everest Vilas ofreció al mundo su rudo testimonio. «Yo andaba por aquí, por aquí, sin salir del complejo, cuando oigo un golpe, eras. Me vuelvo. Era el cuerpo de la hija mayor. Tenía el cráneo aplastado. Miro arriba y veo caer al chico y, después, a la niña. Cómo les diría..., casi me caen encima. Yo me tapé la boca con la mano y me acerqué. La niña gemía un poco. Luego miro para arriba por cuarta vez y entonces veo venir a la Begum. El sari flotaba como un globo. Tenía el pelo suelto. Yo aparté la mirada, porque ella bajaba y no es correcto mirar debajo de la ropa.»

Rekha y sus hijos cayeron del Everest; no hubo supervivientes. Las habladurías culparon a Gibreel. Dejémoslo así por el momento.

Oh, que no se olvide, él la vio después de muerta. La vio varias veces. Fue mucho antes de que la gente comprendiera lo muy enfermo que estaba el gran hombre. Gibreel, la estrella. Gibreel, el que venció a la Enfermedad sin Nombre. Gibreel, el que temía al sueño.

Después de su partida, sus ubicuas efigies empezaron a deteriorarse. En los gigantescos y vistosos carteles desde los que él contemplaba al vulgo, sus lánguidos párpados se desmenuzaban y desprendían, entornándose más y más, hasta hacer que sus iris parecieran unas lunas gemelas cortadas por las nubes o por el fino cuchillo de sus largas pestañas. Por fin, los párpados desaparecieron del todo y sus ojos pintados adquirieron una mirada atónita y protuberante. En las fachadas de los cines de Bombay, las colosales figuras de Gibreel en cartón piedra se desintegraban y desmoronaban, colgaban fláccidas del armazón, perdían brazos, se desteñían y doblaban el cuello. En las portadas de las revistas, su rostro adquirió una palidez de muerte, una mirada abúlica, una vacuidad, hasta que al fin, sencillamente, se borró, y las relucientes portadas de Celebrity, Society e Illustrated Weekly quedaron en blanco en los quioscos, y los editores echaron a la calle a los impresores y culparon a la mala calidad de la tinta. En la misma pantalla, en las salas oscuras llenas de fieles, su fisonomía, supuestamente inmortal, empezó a pudrirse, a llagarse y difuminarse; los proyectores se encallaban inexplicablemente cuando pasaba él, las películas se pararon y el calor de las lámparas quemó su memoria de celuloide: una estrella convertida en supernova por el fuego de sus labios, como es de ley.

Fue la muerte de Dios. O algo parecido; porque ¿acaso aquel rostro gigante, suspendido sobre sus devotos en la noche artificial del cinematógrafo, no brillaba como el de un Ente sobrenatural que tuviera su morada, por lo menos, a medio camino entre lo mortal y lo divino? A más de medio camino, dirían muchos, porque Gibreel había dedicado la mayor parte de su excepcional carrera a encarnar, con toda propiedad y convicción, la infinidad de divinidades del subcontinente, en el popular género de las llamadas «películas teológicas». Y es que él poseía el mágico don de trasponer las barreras de la religión sin irreverencia. Con la tez azul de Krishna, bailaba, flauta en mano, entre las bellas gopis y sus vacas de pesadas ubres; con las palmas de las manos vueltas hacia arriba, meditaba, sereno (en el papel de Gautama Buda), sobre los sufrimientos de la Humanidad, al pie de un endeble árbol hodhi fabricado en los estudios. En las raras ocasiones en que descendía de los cielos, nunca bajaba demasiado, limitándose a interpretar, por ejemplo, los papeles del Gran Mogol y de su astuto ministro en el clásico Akbar y Birbal. Durante más de década y media, para cientos de millones de fieles, en un país en el que, aún hoy, la población humana supera la divina en menos de tres a uno, Gibreel representó la más aceptable y reconocible faz del Ser Supremo. Para muchos de sus incondicionales, hacía tiempo que se había borrado la línea divisoria entre el actor y sus personajes.

Los incondicionales, sí, ¿y...? ¿Y Gibreel?

Aquella cara. En la vida real, reducida a tamaño natural, colocada entre simples mortales, no tenía nada de estelar. Aquellos pesados párpados le daban, incluso, un aire de agotamiento. La nariz tenía cierta rudeza; los labios eran excesivamente carnosos para resultar enérgicos, y las orejas, de lóbulos alargados, recordaban el fruto del arlocarpo. Una cara de lo más profano y sensual. Y una cara en la que, últimamente, se advertían las líneas marcadas por su reciente y casi fatal enfermedad. Pero, a pesar de su aire terrenal y su decadencia, seguía siendo una cara íntimamente asociada a la santidad, a la perfección, a la gracia: materia de Dios. Hay gustos para todo, desde luego. De todos modos, convendrán en que no es tan sorprendente, a fin de cuentas, que semejante actor (cualquier actor, tal vez, incluso, Chamcha, pero, sobre todo, él), no es tan sorprendente, decía, que sienta cierta preocupación por los avatares, como el multimetamórfico Vishnu. La reencarnación, otra buena cosa.

Oh, sí, ya salió otra vez... pero no siempre. También hay reencarnaciones profanas. Gibreel Farishta recibió al nacer el nombre de Ismail Najmuddin. Era natural de Poona, la Poona británica, y vino al mundo en los estertores del Imperio, mucho antes de que aquella población se llamara Pune de Rajneesh, etcétera. (Pune, Vadodara, Mumbai: hoy hasta las ciudades pueden adoptar nombres artísticos.) Se llamaba Ismail por el niño involucrado en el sacrificio de Ibrahim, y Najmuddin significa estrella de la fe, o sea que también era todo un nombre el que dejó para tomar el del ángel.

Después, cuando el avión Bostan estaba en poder de los secuestradores, y los pasajeros, temerosos por su futuro, regresaban al pasado, Gibreel confió a Saladin Chamcha que, al elegir seudónimo, quiso rendir homenaje a la memoria de su madre, «mi mummyji, compa, mi querida mamo, porque quién, sino ella, empezó con lo del ángel, su ángel particular, y me llamaba farishta porque, al parecer, yo era un encanto de criatura, más bueno que el recondenado oro».

Poona no tuvo el privilegio de albergarlo durante mucho tiempo; siendo aún muy niño, lo llevaron a la ciudad-perra en su primera emigración. Su padre consiguió un empleo en la flota, modalidad de a pie, en la que se inspirarían los futuros cuartetos de mozos de silla de ruedas: me refiero a los repartidores de almuerzos o dabbawallas de Bombay. Y, a los trece años, Ismail, el farishta, siguió los pasos de su padre.

Gibreel, rehén a bordo del AI-420, se sumía en disculpable éxtasis al explicar a Chamcha, con ojos brillantes, los misterios del código de los repartidores: svástica negra, círculo rojo, raya amarilla, punto..., repasando con los ojos de la mente todo el itinerario, de la casa hasta la mesa de la oficina, un sistema curioso gracias al cual dos mil dabbawallas entregaban más de cien mil almuerzos al día y, en el peor de os casos, compa, se extraviaban quince. La mayoría no sabíamos leer, y los signos eran nuestro lenguaje secreto.

El Bostan volaba en círculo sobre Londres, los terroristas paseaban por los pasillos y las luces de la cabina del pasaje estaban apagadas, pero la energía de Gibreel iluminaba la oscuridad. Sobre la mugrienta pantalla de a bordo, en la que Walter Matthau, inevitable compañero de todos los vuelos, había exhibido su andar lúgubre y desgarbado antes de ceder el paso a Goldie Hawn, otra habitual de las líneas aéreas, se movían ahora las sombras proyectadas por la nostalgia de los rehenes, y la más nítida de todas era la del espigado adolescente Ismail Najmuddin, el ángel de su mamá, con su gorra Gandhi, portando almuerzos por la ciudad. El joven dabbawalla se deslizaba ágilmente entre la multitud de sombras porque estaba acostumbrado a estas situaciones, figúrate, compa, treinta o cuarenta almuerzos en la cabeza, en una bandeja larga, y cuando para el tren de cercanías tienes apenas un minuto para subir o bajar, y luego, a correr por la calle, por el arroyo, ¡hala!, con los camiones, los autobuses, las motos, las bicicletas y demás, uno-dos, uno-dos, el almuerzo, el almuerzo, los dabbas no paran y, en el monzón, corriendo a lo largo de la vía cuando el tren se averiaba, o con el agua por la cintura en una calle inundada, y luego las pandillas, chico, de verdad, bandas organizadas de ladrones de dabbas, porque aquélla es una ciudad hambrienta, tú, para qué te voy a contar, pero nosotros nos defendíamos, estábamos en todas partes, sabíamos mucho, hasta qué ladrones tenían que escapar de nuestros ojos y oídos; nosotros no íbamos a la policía, nos bastábamos para defendernos.

Por la noche, padre e hijo volvían exhaustos a la chabola que tenían en Santacruz, al lado del aeropuerto, y cuando la madre de Ismail lo veía llegar, iluminado por el verde, rojo y amarillo de los reactores que despegaban, solía decir que sólo verle hacía que todos sus sueños se convirtieran en realidad, lo cual era la primera indicación de que Gibreel tenía algo especial, ya que, al parecer, desde muy joven podía satisfacer los más íntimos deseos de las personas sin saber cómo. A su padre, Najmuddin senior, no parecía importarle que su esposa sólo tuviera ojos para el hijo, ni que los pies del chico recibieran masaje todas las noches mientras los del padre se quedaban sin él. Un hijo es una bendición, y una bendición exige la gratitud de los benditos.

Naima Najmuddin murió. La atropelló un autobús y se acabó. Gibreel no estaba allí para escuchar su plegaria pidiendo vida. Ni padre ni hijo hablaron de dolor. En silencio, como si fuera lo normal y obligado, sepultaron su pena en el trabajo extra, empeñándose en muda competición a ver quién conseguía portar más dabbas en la cabeza, quién adquiría más contratos al cabo del mes, quién corría más, como si más esfuerzo demostrara más amor. Cuando, por la noche, Ismail Najmuddin veía las hinchadas venas del cuello y de las sienes de su padre, comprendía que el viejo había tenido celos de él y que ahora quería derrotarlo en la competición para recobrar la usurpada primacía en el amor de la esposa muerta. Al comprenderlo, el joven aminoró el esfuerzo, pero el padre no cejó y, al poco tiempo, ascendía de simple repartidor a muqaddam supervisor. Cuando Gibreel cumplió diecinueve años, Najmuddin padre ingresó en el gremio de repartidores de almuerzos, la Bombay Tiffin Carriers Association, y, cuando Gibreel cumplió los veinte, su padre había muerto; lo paró un colapso que casi lo hizo estallar. «Se mató a correr —dijo babasaheb Mhatre en persona, secretario general del gremio—. Al infeliz se le acabó el aliento.» Pero el huérfano sabía que no era así. Él comprendía que, por fin, su padre había corrido con el ímpetu suficiente para cruzar la frontera entre los mundos, dejando atrás la propia piel, y llegado a los brazos de su esposa, a la que había demostrado, de una vez para siempre, la superioridad de su amor. Hay emigrantes que se alegran de partir.

Babasaheb Mhatre tenía un despacho azul detrás de una puerta verde, encima de un laberíntico bazar. Era una figura imponente, orondo como un buda, una de las grandes fuerzas motrices de la metrópoli que poseía el don oculto de poder permanecer absolutamente estático, sin salir de su despacho, y, al mismo tiempo, estar en todos los lugares importantes y relacionarse con todos los personajes preeminentes de Bombay. Un día después de que el padre del joven Ismail cruzara la frontera para reunirse con Naima, el babasaheb llamó al joven a su presencia. «¿Qué? ¿Muy triste?» La respuesta, con la mirada baja: Ji, gracias, babaji, estoy bien. «Cierra la boca —dijo babasaheb Mhatre—. A partir de hoy, vivirás conmigo.» Peropero, babaji... «Nada de peros. Ya he informado a mi buena esposa. Está decidido.» Perdón, babaji, pero ¿cómo que por qué?» «Está decidido.»

A Gibreel Farishta nunca se le explicó por qué el babasaheb había decidido apiadarse de él y sacarlo del mundo sin futuro de las calles, pero al cabo de algún tiempo empezó a sospecharlo. Mrs. Mhatre era una mujer muy delgada —si el babasaheb era cuadrado y macizo como una goma de borrar, ella parecía el lápiz—, pero hubiera tenido que estar gorda como una patata para contener todo el amor maternal que llevaba dentro. En cuanto el baba llegaba a casa, ella le ponía dulces en la boca y, por las noches, Ismail oía protestar al imponente secretario de la BTCA: Quita, mujer, que ya sé desnudarme solo. A la hora del desayuno, ella servía grandes platos de papilla a Mhatre y se la daba en la boca, a cucharadas, y antes de que se fuera al trabajo, le cepillaba el pelo. El matrimonio no tenía hijos, y el joven Najmuddin comprendió que el babasaheb pretendía que él le ayudara a llevar la carga. Pero, por extraño que pueda parecer, la begum no trataba al joven como si fuera un niño. «Es que él es muy mayor», dijo a su marido cuando el pobre Mhatre le suplicó: «¿Por qué no das al chico esa maldita papilla malteada?» Sí; pero él es mayor, «hemos de hacer de él un hombre, esposo, no debemos mimarlo». «¡Por todos los demonios! —explotó el babasaheb—. ¿Por qué me mimas a mí?» Mrs. Mhatre se echó a llorar. «Tú lo eres todo para mí —sollozó—: mi padre, mi amante y mi niño. Tú eres mi señor y mi bebé. Si te desagrado, no tengo vida.»



Babasaheb Mhatre aceptó la derrota y tragó la cucharada de papilla malteada.

Él era un hombre bondadoso, pero disimulaba su condición con imprecaciones y grandes voces. En el despacho azul trataba de consolar al huérfano hablándole de la filosofía de la reencarnación, y le decía que sus padres ya estaban a punto de volver a entrar en el mundo por donde fuera, salvo, naturalmente, que sus vidas hubieran sido tan santas que ya hubieran alcanzado la gracia final. Es decir, Mhatre fue quien inició a Farishta en lo de la reencarnación, además de otras cosas. El babasaheb era un espiritista aficionado, golpeador de patas de mesa e introductor de espíritus en vasos. «Pero ya lo dejé —dijo a su ahijado, con el gesto y ademanes melodramáticos que el caso requería—; lo dejé el día en que me llevé el susto de mi vida.»

Una vez (relató Mhatre), el vaso fue visitado por un espíritu auténticamente servicial, un tipo supersimpático, sabes, y yo pensé que era la ocasión de hacer preguntas fuertes. ¿Hay Dios? Y aquel vaso, que hasta entonces corría como un ratoncito, se paró en medio de la mesa, quieto, lo que se dice clavado. Y entonces yo digo está bien, si no contestas a ésta, probemos con esta otra, y le suelto: ¿Hay diablo? A esto, el vaso, ¡chinchinchin!, empezó a temblar —¡tápate los oídos! — , al principio, despacio y, después, aprisa aprisa, como un flan, hasta que saltó — ¡aaa hop!— por el aire, cayó de lado y — ¡cras!— se hizo mil pedazos, pulverizado. Lo creas o no, dijo babasaheb Mhatre a su pupilo, en aquel momento yo aprendí la lección: Mhatre, no te metas en lo que no entiendes.

Este relato causó honda impresión en el joven oyente, porque ya antes de la muerte de su madre, él estaba convencido de la existencia del mundo sobrenatural. A veces, al mirar en derredor, especialmente en las tardes calurosas en las que el aire se aglutinaba, el mundo visible, sus formas y habitantes y todas las cosas parecían asomar a la atmósfera como una profusión de icebergs calientes, y le parecía que, bajo la superficie del aire denso, todo continuaba: que las personas, los coches, los perros, los carteles de los cines, los árboles, hurtaban a sus ojos las nueve décimas partes de su realidad. Él parpadeaba y la ilusión se desvanecía, pero la idea no le abandonaba. El pequeño Najmuddin creció creyendo en Dios, ángeles, demonios, afreets y djinns con la misma naturalidad con que creía en los carros de bueyes o en los faroles, y el no haber visto nunca un espíritu lo atribuía él a un defecto de su visión. A veces, soñaba que descubría a un óptico mago al que compraba unos lentes verdes que corregían su lamentable miopía, permitiéndole ver el mundo fabuloso que había detrás del aire turbio y cegador.

Su madre, Naime Najmuddin, le contaba muchas historias del Profeta, y si sus versiones contenían alguna que otra inexactitud, él prefería no averiguarlo. «¡Qué hombre! —pensaba—. ¿Qué ángel no querría hablar con él?» A veces, no obstante, se le escapaba algún que otro pensamiento blasfemo como, por ejemplo, cuando, sin querer, al cerrar los ojos en su catre de la casa de Mhatre, su cerebro adormilado empezaba a comparar su propia condición con la del Profeta en la época en que aquél, huérfano y pobre, pasó a administrar con éxito los bienes de la rica viuda Khadija y al fin se casó con ella. Y se quedaba dormido viéndose sentado en un estrado sembrado de rosas y haciendo mohines de timidez bajo el sari-pallu con el que se cubría recatadamente la cara, mientras su nuevo esposo, babasaheb Mhatre, acercaba la mano amorosamente para apartar la tela y mirarse en el espejo que él tenía en el regazo. Este sueño de su boda con el babasaheb le hacía despertar abochornado y le producía preocupación por la impureza de su espíritu, que tan terribles visiones le sugería.

De todos modos, en general, su religiosidad se mantenía en un tono menor, era una parte de su ser que no requería mayor atención que cualquier otra. El que babasaheb Marte lo llevara a su casa reafirmó al joven en la creencia de que o estaba solo en el mundo, de que algo velaba por él, y no le sorprendió, pues, que, en la mañana de su vigesimoprimer cumpleaños, el babasaheb lo llamara a su despacho azul y lo echara a la calle sin apelación.

«Estás despedido —silabeó Mhatre sonriendo ampliamente—. Cesado, des-pa-cha-do.»

«Pero, tío...»

«Cierra la boca.»

Y entonces el babasaheb hizo al huérfano el mejor regalo! que éste recibiera en su vida al informarle de que le había conseguido una entrevista en los estudios del legendario magnate cinematográfico Mr. D. W. Rama: una prueba. «Es sólo para cubrir las apariencias —dijo el babasaheb—. Rama es un buen amigo y ya estamos de acuerdo. Para empezar, un papel pequeño; después, dependerá de ti. Ahora desaparece de mi vista y deja de hacerte el humilde. No te va.»

«Pero, tío...»

«Eres muy guapo para pasarte la vida transportando almuerzos en la cabeza. Ahora márchate, fuera, hazte actor del cine homosexual. Te eché hace cinco minutos.»

«Pero, tío...»

«He dicho lo que tenía que decir. Da las gracias a tu buena estrella.»

Najmuddin se convirtió en Gibreel Farishta, pero tardó cuatro años en llegar a estrella, cuatro años de aprendizaje en una serie de papelitos cómicos de payasada. Él se mantenía tranquilo y sereno, como si pudiera ver el futuro, y su aparente falta de ambición hizo de él un extraño en la industria de los egoístas. Le tomaban por estúpido, o por orgulloso, o por las dos cosas. Y durante aquellos cuatro años de desierto, no besó en la boca ni a una sola mujer.

En la pantalla hacía de idiota, el que se enamora de la hermosa y no ve que ella no le haría caso ni en mil años, de tío chiflado, de pariente pobre, de tonto del pueblo, de criado, de granuja torpe, es decir, papeles en los que no cabe una escena de amor. Las mujeres le daban puntapiés, le abofeteaban, se reían de él, pero nunca, en el celuloide, le miraban, le cantaban o danzaban alrededor de él con amor cinematográfico en los ojos. En la vida real, Gibreel vivía solo en dos habitaciones vacías, cerca de los estudios, y trataba de imaginar cómo eran las mujeres sin la ropa. Para distraer el pensamiento del tema del amor y el deseo, se dedicaba al estudio y se convirtió en omnívoro autodidacta, devorador de los metamórficos mitos de Grecia y de Roma, los avatares de Júpiter, el buen mozo que se convirtió en flor, la mujer-araña, Circe y demás; y la teosofía de Annie Besant, y la teoría del campo unificado, y la incidencia de los versos satánicos en los comienzos de la carrera del Profeta, y la política del harén de Mahoma, después de su triunfal regreso a La Meca; y el surrealismo de los periódicos, en los que las mariposas volaban a la boca de las niñas, ansiosas de ser consumidas, y los niños nacían sin cara, y los muchachos soñaban con anteriores encarnaciones con imposible detalle, por ejemplo, con una fortaleza de oro y piedras preciosas. Él se llenaba la cabeza de sabe Dios qué cosas, pero no podía negar, en la madrugada de sus noches insomnes, que estaba lleno de algo que nunca había sido usado, algo que él no sabía cómo usar, es decir, de amor. En sus sueños era atormentado por mujeres de una dulzura y una belleza insoportables, y por ello prefería mantenerse despierto obligándose a repasar una parte de sus conocimientos generales, a fin de ahogar la trágica sensación de estar dotado de una capacidad amatoria superior a lo normal y no tener a quién ofrecerla.

Su gran oportunidad surgió con la llegada de las películas teológicas. Una vez explotada la fórmula de las películas a base de puranas, con el habitual aderezo de canciones, danzas, tíos chistosos, etcétera, cada uno de los dioses del panteón tuvo su apotesosis cinematográfica. Cuando D. W. Rama preparaba la producción basada en la vida de Ganesh, ninguno de los actores cotizados del momento se avino a pasarse toda la película escondido dentro de una cabeza de elefante. Gibreel accedió encantado. Aquél fue su primer éxito, Ganpati Baba. De la noche a la mañana se había convertido en una gran estrella, pero sólo cuando llevaba puestas trompa y orejas. Después de seis películas representando al dios con cabeza de paquidermo, Gibreel pudo quitarse la gruesa máscara gris de pendular proboscis y colocarse una larga y peluda cola para encarnar a Hanuman, el rey-mono, en una serie de películas de aventuras que se hicieron utilizando más material de una serie barata hecha en Hong Kong para la televisión, que de la Ramayana. Aquella serie se hizo tan popular, que las colas de mono se pusieron de moda entre los jóvenes elegantes de la ciudad en las fiestas frecuentadas por las niñas de los colegios de monjas, llamadas «petardos» por su predisposición a dispararse con una detonación.

Después de Hanuman, Gibreel estaba ya imparable, y su fenomenal éxito robusteció su fe en la existencia de un ángel de la guarda. Pero tuvo también consecuencias funestas.

(Ya veo que, al fin y al cabo, voy a tener que revelar el secreto de Rekha.)

Antes ya de que sustituyera la falsa cabeza por la cola Postiza, Gibreel resultaba irresistiblemente atractivo para las mujeres. La seducción de su fama era tan poderosa, que más de una dama le pidió que se pusiera la máscara de Ganesh para acostarse con ella, a lo que él se negaba, por respeto a la dignidad del dios. A causa de lo ingenuo de su educación, en aquella etapa de su vida Gibreel no podía distinguir entre cantidad y calidad y, por consiguiente, sentía la necesidad de recuperar el tiempo perdido. Tenía tantas amantes que muchas veces, antes de que la mujer saliera de la habitación, ya no se acordaba de cómo se llamaba. No sólo se convirtió en un mujeriego de la peor especie, sino que, además, aprendió el arte del disimulo, porque el hombre que encarna a los dioses tiene que estar por encima de todo reproche. Tan bien supo ocultar su vida de disipación, que babasaheb Mhatre, cuando se hallaba en su lecho de muerte, una década después de haber lanzado al joven dabbawalla al mundo de la ilusión, el dinero negro y la lujuria, le rogó que se casara para demostrar que era hombre. «Mira, muchacho —suplicaba el babasaheb — ; cuando te dije que te hicieras homosexual no creí que lo tomaras al pie de la letra, porque la obediencia a los mayores tiene un límite.» Gibreel alzó las manos al cielo y juró que él no era algo tan deshonroso y que, cuando encontrara a la mujer adecuada, con agrado contraería nupcias. «¿Y a quién esperas? ¿A una diosa del cielo? ¿A Greta Garbo, Gracekali, a quién?», exclamó el anciano, tosiendo y escupiendo sangre; pero Gibreel se despidió con una sonrisa enigmática que no le dejó morir tranquilo.

La avalancha de sexualidad que Gibreel Farishta atrajo sobre sí sepultó tan profundamente su mayor don, que éste hubiera podido quedar inédito. Me refiero al don para querer de verdad, profundamente y sin reservas, una facultad delicada y singular que él no había podido ejercitar. En la época de su enfermedad casi había olvidado la angustia que le producían sus ansias de amor, que le traspasaban las entrañas como el puñal de un brujo. Ahora, después de una noche de gimnasia, dormía plácida y largamente, como si nunca le hubieran atormentado las mujeres de ensueño, como si nunca hubiese deseado entregar el corazón.

«Tu desgracia es que siempre se te ha perdonado todo —le dijo Rekha Merchant cuando salió de las nubes—. Sabe Dios por qué, siempre te libraste con bien, no se te acusó del delito. Nadie te hizo responder de tus actos.» Él no pudo negarlo. «Es un don de Dios —le chilló ella—. Dios sabe de dónde viniste, miserable advenedizo del arroyo, Dios sabe las enfermedades que traías.»

Pero en aquel entonces él pensaba que para eso estaban las mujeres, que eran los vasos en los que él podía derramarse y que, cuando él se iba, tenían la obligación de perdonarle. Y es cierto que nadie le reprochaba su abandono, sus mil y un atolondramientos, y cuántos abortos, preguntaba Rekha en el hueco de la nube, cuántos corazones destrozados. Durante todos aquellos años, él fue beneficiario de la infinita generosidad de las mujeres, pero también su víctima, porque tanto perdón hizo posible la más profunda y más dulce de todas las corrupciones, es decir, la idea de que no hacía nada malo.

Rekha: ella entró en su vida cuando Gibreel compró el ático de Everest Vilas y, en su calidad de vecina y comerciante, ella ofreció enseñarle sus alfombras y antigüedades. Su marido estaba en un congreso mundial de fabricantes de cojinetes de bolas que se celebraba en Goteborg, Suecia, y, en su ausencia, ella invitó a Gibreel a su apartamento con celosías de piedra del palacio de Jaisalmer y barandillas de madera tallada del palacio de Keralan, y con la chhatri o cúpula mogólica convertida en baño de hidromasaje; apoyada en pared de mármol, le servía champán francés, sintiendo en la piel las frías vetas de la piedra. Cuando él empezó a beber el champán, ella comentó, burlona, que los dioses no bebían, a lo que él replicó con una frase leída en una revista, de una entrevista hecha al Aga Khan: Oh, el champán es sólo aparente, porque, tan pronto como llega a mis labios, se convierte en agua. Después de esto, ella no tardó en llegar a sus labios y licuarse en sus brazos. Cuando sus hijos volvieron del colegio con el ayah, la encontraron hablando con él en el salón, impecablemente vestida y peinada, revelándole los secretos del comercio de la alfombra, por ejemplo que seda art quiere decir seda artificial, no artística, y que no se dejara engañar por el catálogo, en el que se explicaba arteramente que determinada alfombra se fabrica con la lana del cuello de corderos lechales, porque en realidad significaba que era lana de baja calidad, y es que la propaganda es la propaganda, ya se sabe y qué se le va a hacer.

Él no la amaba, no le era fiel, olvidaba sus cumpleaños, hacía caso omiso de sus llamadas telefónicas, se presentaba en su casa en el momento menos oportuno, cuando ella tenía a cenar a gente del mundo de los cojinetes de bolas, y ella, como todas las demás, le perdonaba. Pero su perdón no era callado y resignado como el que le concedían las otras. Rekha protestaba furiosamente, le mortificaba, le insultaba, le maldecía, le llamaba lafanga inútil y haramzada, y saleh, y llegó a atribuirle la imposible hazaña de joder a la hermana que no tenía. No le ahorraba nada, acusándole de ser una criatura superficial, sin más profundidad que una pantalla de cine, y luego acababa perdonándole y permitiendo que le desabrochara la blusa. Gibreel no podía resistirse a los espectaculares perdones de Rekha Merchant, tanto más conmovedores por cuanto que su propia posición era falsa, ya que se apoyaba en su infidelidad al rey de los cojinetes de bolas, circunstancia que Gibreel se abstenía de mencionar, aguantando el chaparrón como un hombre. De manera que, mientras que los perdones que recibía de sus otras mujeres le dejaban frío y los olvidaba tan pronto como le eran dispensados, volvía a Rekha una y otra vez, para que le insultara y luego le consolara como sólo ella sabía.

Entonces estuvo a punto de morir.

Estaba en Kanya Kumari, el vértice de Asia, rodando una escena de pelea en el mismo cabo Comorin, donde, según se dice, chocan tres océanos. Tres grandes olas, Oeste, Este y Sur, respectivamente, colisionaron en colosal palmada de acuíferas manos, con perfecta sincronización, en el instante en que Gibreel recibía un directo en la mandíbula y caía de espaldas a la trioceánica espuma. No se levantó.

En el primer momento, todos echaron la culpa a Eustace Brown, el gigantesco especialista inglés que le había propinado el puñetazo. Él protestó con vehemencia. ¿No había actuado él en las muchas películas teológicas del Gran Jefe N. T. Rama Rao? ¿No había perfeccionado el arte de hacer que el viejo quedara bien en las peleas sin causarle el menor daño? ¿No se había quejado él de que NTR nunca pegaba al aire, con el resultado de que él, Eustace, siempre acababa morado, machacado por un vejestorio enclenque al que hubiera podido desayunarse sobre una tostada? ¿Había perdido él los estribos siquiera una vez? ¿Y entonces? ¿Cómo podía haber quien pensara que él era capaz de hacer daño al inmortal Gibreel? De todos modos, lo despidieron y la policía lo encerró, por si acaso.

Pero no fue el golpe lo que derribó a Gibreel. Después de que la estrella fuera trasladada al Breach Candy Hospital de Bombay en un reactor prestado por las Fuerzas Aéreas para tal fin; después de que los minuciosos análisis y pruebas no detectaran casi nada; mientras él se hallaba inconsciente, moribundo, con una tensión sanguínea que había descendido de su normal valor de quince a un mortífero cuatro coma dos, un portavoz del hospital se dirigía a la prensa nacional en la amplia escalinata blanca del Breach Candy. «Es un misterio —dijo—. Pueden llamarlo, si quieren, un acto divino.»

Gibreel Farishta, sin causa aparente, había empezado a tener hemorragias internas, es decir que, sencillamente, se desangraba dentro de su piel. En el peor momento, la sangre empezó a salir por el recto y el pene, y parecía que, de un momento a otro, iba a manar, torrencial, por nariz, ojos y orejas. Siete días estuvo sangrando y recibiendo transfusiones y todos los coagulantes conocidos por la ciencia médica, incluido un raticida concentrado, y, aunque el tratamiento determinó una mejoría marginal, los médicos abandonaron toda esperanza.

Toda la India estaba junto al lecho de Gibreel. Su estado era la noticia más importante en todos los boletines de la radio, tema de avances informativos emitidos cada hora por la red nacional de televisión, y la muchedumbre congregada en Warden Road era tan grande que la policía tuvo que dispersarla con cargas al lathi y gases lacrimógenos que fueron lanzados a pesar de que todos y cada uno del medio millón de afligidos circunstantes ya lloraban y gemían. La Primera Ministra aplazó todos sus compromisos y voló a hacerle una visita. Su hijo, el piloto de aviación, estaba en la habitación de Farishta, sosteniéndole la mano. Un sentimiento de aprensión cundió por toda la nación, porque, si Dios castigaba de este modo a su más célebre encarnación, ¿que reservaría al resto del país? Si Gibreel moría, ¿podría tardar en seguirle el resto de la India? Las mezquitas y los templos de la nación se llenaron de fieles que rezaban no sólo por el actor moribundo, sino por el futuro, por sí mismos.

¿Quién no fue a visitar a Gibreel al hospital? ¿Quién no escribió ni llamó por teléfono, ni mandó flores o exquisitos tiffins caseros? En tanto que muchas amantes, sin el menor recato, le enviaban tarjetas y pasandas de cordero, ¿quién, queriéndole más que ninguna, se mantenía impasible, sin que su marido, el de los cojinetes de bolas, llegara a sospechar? Rekha Merchant recubrió de hierro su corazón y siguió con su vida diaria, jugando con sus hijos, charlando con su marido y recibiendo a sus invitados cuando era necesario, sin revelar en ningún momento la lúgubre desolación de su alma.

Él sanó.

La curación fue tan misteriosa como la enfermedad, y tan repentina. También fue considerada (por el hospital, los periodistas y las amistades) acto divino. Se declaró fiesta nacional en todo el país y se dispararon fuegos artificiales. Pero, cuando Gibreel recobró las fuerzas, se puso de manifiesto que había cambiado, y cambiado de un modo sorprendente, porque había perdido la fe.

El día en que le dieron de alta en el hospital, escoltado por la policía, cruzó por entre la inmensa muchedumbre que se había reunido para celebrar su propia salvación al mismo tiempo que la de él, subió a su Mercedes y dijo al conductor que despistara a todos los vehículos que le seguían, maniobra que llevó siete horas y cincuenta minutos, al final de la cual él ya se había trazado un plan de acción. Gibreel se apeó del coche en el hotel Taj y, sin mirar a derecha ni izquierda, fue directamente al gran comedor, en el que había un bufete que crujía bajo el peso de alimentos prohibidos, de los que él se llenó el plato: salchichas de cerdo de Wiltshire, jamón de York, lonchas de bacon de Sabediosdónde; jamones del descreimiento y manos de cerdo de secularismo; y entonces, de pie en el centro del vestíbulo, delante de unos fotógrafos aparecidos como por arte de magia, Gibreel empezó a comer lo más aprisa posible, metiéndose en la boca con tanto afán los cerdos muertos, que las lonchas de tocino le colgaban de las comisuras de los labios.

Durante la enfermedad, había pasado todos sus minutos de lucidez invocando a Dios, hasta el último segundo de cada minuto. Oh Alá, tu siervo está sangrando, no me abandones ahora, después de haber velado por mí durante tanto tiempo. Oh Alá, hazme una señal, dame una pequeña muestra de tu favor, para que pueda encontrar en mí la fuerza necesaria para curar mis males. Oh Dios bondadoso y misericordioso, acompáñame en ésta mi hora de necesidad, de extrema necesidad. Entonces se le ocurrió que aquello debía de ser un castigo y, durante algún tiempo, este pensamiento le permitió sobrellevar el sufrimiento; pero al fin se sublevó. Basta, Dios, y su muda indignación exigía respuesta. ¿Por qué he de morir, si yo no he matado? ¿Tú eres venganza o eres amor? El furor le ayudó a pasar otro día, pero luego se disipó y en su lugar quedó un terrible vacío, una infinita soledad, al darse cuenta de que hablaba al aire, que allí no había absolutamente nadie, y entonces se sintió más ridículo que nunca en la vida, y empezó a suplicar al vacío, oh Alá, sólo te pido que existas, maldición, sólo que existas. Pero no sentía nada, nada, nada, y un día descubrió que ya no necesitaba sentir algo. Aquel día de metamorfosis, la enfermedad hizo crisis y la curación empezó. Y, para demostrarse a sí mismo la no existencia de Dios, ahora estaba en el comedor del más famoso hotel de la ciudad, dejando que los cerdos le resbalaran por la cara.

Al levantar la mirada del plato, vio a una mujer que le miraba. Su cabello, de tan rubio, era casi blanco y su cutis tenía la tonalidad y el resplandor del hielo de la montaña. Ella se rió de él y le volvió la espalda.

«¿No me entiendes? —gritó él, lanzando fragmentos de salchicha por la boca—. No me ha caído un rayo del cielo. Ésta es la cuestión.»

Ella volvió atrás y se paró delante de él. «Vives —le dijo—. Vuelves a tener la vida ante ti. Ésta es la cuestión.»

Se lo dijo a Rekha: en el mismo instante en que ella dio media vuelta y retrocedió, yo me enamoré. Alleluia Cone, escaladora de montañas, conquistadora del Everest, yahudan rubia, reina del hielo. No pude resistirme a su desafío: cambia tu vida, ¿o crees que te ha sido devuelta para nada?

«Ya estás otra vez con tus bobadas de la reencarnación —bromeó Rekha—. Cabeza de chorlito. Vuelves del hospital desde el mismo umbral de la muerte, y la alegría se te sube a la cabeza, loco, en seguida tienes que hacer una escapada, y allí está ella, a punto, la dama rubia. No creas que no te conozco, Gibbo; ¿qué quieres ahora, que te perdone o qué?»

No es necesario, dijo él. Salió del apartamento de Rekha (su dueña lloraba, de bruces en el suelo) para no volver.

Tres días después de que él, con la boca llena de comida impura, la conociera, Allie subió a un avión y se fue. Tres días fuera del tiempo, detrás de un letrero de «no molesten», pero al fin ambos convinieron en que el mundo era real, que lo que es posible es posible y lo que no, imposible; encuentro fugaz, barcos que se cruzan, amor en una sala de espera de pasajeros en tránsito. Cuando ella se fue, Gibreel descansó, trató de cerrar los oídos a su desafío y decidió volver a su vida normal. La sola circunstancia de haber perdido la fe no significaba que no hubiera de poder hacer su trabajo y, a pesar del escándalo de las fotos de la comida del jamón, el primer escándalo que se asoció a su nombre, firmó contratos de películas y volvió al trabajo.

Hasta que, una mañana, una silla de ruedas se quedó vacía y él ya no estaba. Un pasajero con barba, un tal Ismail Najmuddin, embarcó en el vuelo AI-420 con destino a Londres. El 747 había sido bautizado con el nombre de uno de los jardines del Paraíso, no Gulistan, sino Bostan. «Para volver a nacer —diría mucho después Gibreel Farishta a Saladin Chamcha— antes hay que morir. Yo expiré sólo a medias, pero en dos ocasiones, en el hospital y en el avión; por lo tanto, suma, cuenta. Y ahora, compa, amigo mío, aquí me tienes en el mismo Londres, Vilayet, regenerado, un hombre nuevo con una vida nueva. Cándido, ¿no es de puta fábula?

¿Por qué se marchó Gibreel?

Por ella, por su desafío, por la novedad, por la fiereza de su conjunción, por el inexorable de un imposible que reivindica su derecho a ser.

Y quizá también porque, después de haber comido los cerdos, empezó el castigo, un castigo nocturno, una pena de sueños.




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