Rudolf Steiner la práctica pedagógica 3ra conferencia 17 1923



Descargar 124 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión25.04.2017
Tamaño124 Kb.
  1   2   3   4
Rudolf Steiner

LA PRÁCTICA PEDAGÓGICA – 3ra conferencia – 17.4.1923


Ayer ya he mencionado que en realidad en la apropiación del caminar, hablar y pensar, estas significativas maneras de actividad de la vida del niño, está contenido algo más. Y no podemos observar al hombre, si no podemos diferenciar su lado exterior de su lado interior. Justamente con referencia a aquello que está contenido en el hombre, según cuerpo, alma y espíritu, tenemos que adquirir una refinada capacidad de diferenciación, si queremos tratar al hombre de modo pedagógico-didáctico.

Para empezar, acerquémonos a aquello que popularmente se denomina aprender a caminar. Ya ha dicho: allí, en realidad está contenida la manera toda, con la cual el hombre se coloca en equilibrio con el mundo físico exterior que lo rodea. Allí está contenida toda una estática y dinámica de la vida. Y hemos visto también cómo esa búsqueda del equilibrio, esa emancipación de las articulaciones de la mano y del brazo de los miembros pierna y pié, a su vez conforma la base para la capacidad lingüística del hombre; y, cómo de la capacidad lingüística recién puede nacer la facultad del pensamiento. Sucede empero, que en ese sistema dinámico-estático, que el hombre adquiere mediante el caminar, yace aún, algo esencialmente diferente. Ayer, asimismo he mencionado todo esto, pero, tenemos que observarlo con mayor detención. Recordamos, que el hombre es todo órgano sensorial, sobre todo en su primera infancia, pero luego, hasta el cambio dentario. De esta manera, como ser humano pleno es susceptible a todo aquello que actúa desde su entorno, pero, por el otro lado es motivado a reproducir a través de sí mismo aquello que actúa en su medio circundante. Al valernos de un órgano sensorial, podríamos decir: el hombre es todo ojo. Del mismo modo, como el ojo recibe impresiones del mundo exterior, como empero el ojo, mediante su organización propia reproduce aquello que aparece en su entorno, así, el hombre en su primer período de vida reproduce aquello, que acontece en su entorno. Pero, asimila todo aquello que acontece en su entorno, mediante una forma vivencial interior muy particular. Cuando, siendo niños, vemos que el padre o la madre mueven la mano, o mueven el brazo, de inmediato en el niño se produce el impulso interior, de realizar un movimiento igual. Y, de los movimientos agitados, irregulares, pasa a movimientos determinados, al imitar los movimientos de su medio circundante. De esta misma manera, el niño también aprende a caminar. En el caminar no tenemos que ver un elemento de herencia en la misma medida, como lo propone la moda científica-natural –de hecho, se trata de una moda, ese constante apelar a la herencia-, sino, el apoyar del pié en un niño con el talón, y, en el otro, con la punta del pié, también eso proviene de la imitación del padre, de la madre, o de otra persona. Y lo decisivo para esta –diríamos- elección del niño, ya sea con orientación mayor hacia el padre o a la madre, es la inclinación hacia el ser en cuestión, al que el niño está imitando. Aquí, nos hallamos de hecho frente a un delicado proceso psico-fisiológico, que no puede ser evaluado con los burdos medios de la actual teoría hereditaria, científica-natural. Podría decirse: de la misma manera, como los cuerpos más finos caen hacia abajo, al ser pasados por un colador, quedando únicamente los más gruesos, así, de inmediato se nos cae por el colador de las ideologías de la actualidad aquello, que en realidad tiene lugar, y nos queda únicamente lo burdo del parecido entre el niño y el padre o la madre, etc. Son empero las bastezas de la vida, que quedan atrás, y no, sus finuras. Y el maestro, el educador, necesita una sutil capacidad de observación para lo específicamente humano.

Podríamos decir entonces: por cierto, allí tiene que imperar el amor, justamente para con ese ser especial, hacia el cual el niño se orienta. Al observar empero las manifestaciones del amor en la posterior vida del hombre –aún tratándose de una persona muy cariñosa- tendremos que descubrir, que ni siquiera damos satisfacción a las particularidades especiales que imperan en el niño, cuando meramente decimos: el niño elige según el amor. Porque está eligiendo según algo más elevado que el amor. Elige según aquello que, si lo buscamos más adelante en la vida en el hombre, es la entrega religiosa. Parecer ser algo muy paradójico, pero es así. Todo el comportamiento sensorial-físico del niño al imitarlo todo, es una emanación de aquello que el cuerpo del hombre hasta la segunda dentición –naturalmente, decreciendo paulatinamente, con fuerza especial en la primera infancia, pero, llegando hasta el cambio dentario- busca una compenetración con tales sentimientos, que más tarde llegan a la expresión en la entrega religiosa, o durante la participación en el acto cúltico.

El cuerpo del hombre, al entrar a la vida física, se encuentra sumergido por completo en demandas religiosas, y el amor, más adelante es una reducción de aquello, que en realidad es el sentimiento de entrega religiosa. Podemos decir: hasta el cambio dentario, esencialmente es un ser imitador, pero aquella forma de vivencia que pasa por esa imitación a modo de la sangre de la vida, es una religión física –no deben mal-interpretar esta expresión, para señalar algo que es tan ajeno a la cultura contemporánea, a veces tenemos que emplear también expresiones no-convencionales, como la religión corporal. Hasta el cambio dentario, el niño vive dentro de la religión del cuerpo. No tenemos que sub-estimar aquellas influencias muy delicadas, podríamos decir, imponderables, que parten del entorno del niño, a través de la mera contemplación, dentro de la demanda imitadora del niño. De ninguna manera debemos sub-estimarlo, dado, que es lo más importante para la edad infantil. Luego veremos, qué resultados pedagógicos-didácticos enormemente significativos surgen justamente de este hecho.

Cuando la ciencia natural de la actualidad se ocupa de estas cosas, cobran un efecto enormemente basto. También en esta oportunidad quiero referirme a un hecho, que en esta ocasión se puede comprender perfectamente: se trata de los caballos matemáticos, que durante algún tiempo han hecho furor. No he visto personalmente los caballos de Elberfeld, pero, he estudiado fehacientemente, el caballo del señor von Osten, quien, durante algún tiempo ha ejercido un importante rol en Berlín. Era, de hecho algo asombroso, la capacidad matemática de este caballo. El asunto ha provocado mucha atención y apareció también un detallado tratado de un docente privado, que había llegado a la conclusión: Este caballo tiene la particularidad de percibir los gestos más sutiles, que el hombre no percibe, los gestos que realiza el señor von Osten, mientras que está parado junto al caballo y cuando el señor von Osten luego le pide la solución de un cálculo, él mismo ya tiene en mente la solución y hace un gesto sutil, el caballo lo percibe, y entonces lleva a cabo los golpes con la pata. De hecho, si se estuviese pensando con exactitud aún mayor como la exacta ciencia natural de hoy, se le pudiera preguntar al docente privado, de qué manera puede comprobar lo dicho. Y no lo podría comprobar. –Mis observaciones me mostraron, que algo muy diferente cobraba importancia para todo el curso del asunto. Sucedía, que el señor von Osten, dentro de su abrigo marrón-grisáceo tenía grandes bolsillos, y, constantemente, mientras hacía la demostración, puso en la boca del caballo pedacitos de azúcar, terroncitos. De esta manera se estableció una relación especialmente íntima, entre el corcel y el señor von Osten y, sobre ese último comportamiento físico, sobre esa íntima inclinación constantemente mantenida entre el hombre y su caballo, se basaba esa relación anímica. Y se trata de un proceso mucho más íntimo, que la observación superficial, intelectual de los gestos: se trata de hecho de una comunicación del alma.

Si en un caso así, ya puede ser observado en el animal, entonces, tenemos que tener en claro la comunicación anímica –siendo, que aún se encuentra transpuesta por esa entrega religiosa- presente en la edad infantil, siendo, que todo aquello que el niño adquiere, emana de esa orientación anímica religiosa, siendo, que el niño se deja influenciar a través de esa entrega religiosa al medio circundante. Y quien puede diferenciar de aquello que de esta manera acontece aquello que el niño vuelca a esa estática y dinámica justamente de modo individual, dentro de esa expresión exterior del niño ya encuentra la disposición de los impulsos del destino posterior. Es muy peculiar, pero, absolutamente cierto, lo que ha afirmado KNEBEL, un amigo de Goethe, a avanzada edad: Quien retorna su mirada a lo vivido, podrá darse cuenta que, si tenemos un acontecimiento decisivo en la vida y cuando revisamos aquello que sucedió con anterioridad, veremos que ha sido como si hubiésemos sido conducidos a ese acontecimiento decisivo, tal, como que no sólo el paso anterior al hecho, sino muchos pasos anteriores, a partir de un impulso anímico interior, lo hemos buscado.

Cuando el acontecimiento señalado es de manera tal, que está relacionado con una persona, entonces, el ser humano, cuando realmente puede desprenderse del bullicio de la vida, y puede orientar su mirada hacia los sentimientos más refinados, se podrá decir: no se trata tan sólo de una ilusión, algo soñado, sino, si has encontrado una persona en una determinada estación de tu vida, con la cual quieres relacionarte más íntimamente como con otras personas, en realidad la has buscado. Ya la has conocido con anterioridad a la primera vez que la has visto.- Las cosas más íntimas de la vida, se sitúan justamente al lado de este hallar el camino de encuentro con estática y la dinámica. Y quien adquiere una capacidad de observación en esa dirección, notará, que los destinos de la vida se expresan de una peculiar forma de imagen, dentro del modo de cómo el niño comienza a dar los pasos, en como flexiona las rodillas, como inicia a utilizar los dedos de sus manos. Todo ello, no es algo meramente externo-material, es en cambio, justamente la imagen de lo más espiritual del hombre.

Y, cuando el niño comienza a hablar, se trata de un círculo mayor, al cual se adopta. Cuando tan sólo está aprendiendo su lengua materna, en un principio es el círculo de la nacionalidad y ya no aquel círculo más estrecho de aquellas personalidades, que constituyen un medio social más íntimo. El círculo se ha ampliado. Al penetrar en el habla, el niño se va adaptando a algo, que ya no es tan estrecho como aquello, a lo cual se adapta mediante la estática y la dinámica. Razón por la cual podemos decir: con el habla, el niño va participando del genio popular, el genio lingüístico. Y al ser el habla algo íntegramente espiritual, el niño todavía va penetrando a algo espiritual, pero, ya no lo espiritual individual, lo cual para él se torna destino, destino directamente personal sino en algo, que recibe al niño dentro de un círculo vital mayor.

Y, cuando el niño luego aprende a pensar sucede, ya no nos integramos de manera individual. En Nueva Zelanda, las personas están pensando de la misma manera como nosotros hoy aquí. Es todo el orbe al cual nos adaptamos al ir desarrollando el pensar a partir del hablar. Vale decir, que mediante el hablar nos hallamos aún dentro de un círculo vital de menor envergadura; en el pensar, estamos integrados, a la humanidad toda. De esta manera, estamos ampliando nuestro círculo de vida, en el caminar, hablar y pensar. Y, al tener una capacidad de discernimiento, podremos hallar las diferencias específicas, contundentes, entre aquellas expresiones de vida humana, dadas, en la apropiación de la estática y la dinámica con el destino. Y vemos, que allí actúa aquello, que en la Antroposofía nos hemos acostumbrado llamar al ser del yo del hombre. No queremos cultivar una diferenciación abstracta, sino únicamente lo específico, que actúa en el hombre, fijándolo con ello. Vemos, asimismo, que en el habla llega a la expresión algo completamente diferente que esa naturaleza humana totalmente individual. Es por ello que decimos: En el habla tiene colaboración del accionar, el cuerpo astral del hombre. Este cuerpo astral puede ser observado también en el animal empero, no actúa hacia fuera, sino más bien hacia adentro, promoviendo la figura del animal. También nosotros formamos la figura, pero, ciertamente, quitamos un poco de ese elemento plasmador de la figura, y lo empleamos para desarrollar el habla. Es decir, que allí está actuando el cuerpo astral. Y en el pensar, el cual a su vez es completamente generalizado, y asimismo específicamente diferente de lo demás, en el pensar desarrollamos aquello que delimitamos de manera tal que decimos: allí, presta su colaboración el cuerpo etérico del hombre. Y recién en las percepciones sensorias, cobra acción todo el cuerpo físico del hombre.

En principio, tomemos estas cosas como la constatación de una terminología; no es lo determinante ahora, realmente, no se trata de algunas sutilezas filosóficas, sino de una fuerte indicación a la vida misma. La misma debe servir de fundamento a aquel conocimiento del hombre, que puede conducir a una verdadera pedagogía y didáctica.

En una secuencia tal podemos ver entonces, que en primer lugar aparece lo más elevado, el yo, luego, el cuerpo astral y después el cuerpo etérico. Y todo lo espiritual-anímico, que actúa en el yo, el cuerpo astral y el cuerpo etérico, lo vemos actuar entonces sobre el cuerpo físico, hasta la segunda dentición. Todo esto, actúa dentro del cuerpo físico.

Con el cambio dentario, se produce un gran cambio en toda la vida del niño. En un principio, podemos observar este cambio en un determinado elemento. Dado que, ¿qué es en realidad en el niño aquello, que es lo decisivo? De hecho es aquello que acabo de caracterizar, esa entrega física-religiosa al entorno. Eso, es lo realmente decisivo. Luego, el niño pasa por el cambio dentario, después obtiene una constitución ciertamente anímica-espiritual, justamente en la edad de la escolaridad primaria, entre el cambio dentario y la madurez sexual.

Vemos entonces: Aquello que actúa físicamente en el hombre en el primer período de la vida, aparecerá a modo de pensamientos recién más tarde, después de haber pasado por la madurez sexual. No es el caso, de que el niño ya tenga una facultad del pensar, que dentro del niño podría relacionarse con la vivencia de la entrega religiosa. En la edad infantil, -en principio, hasta el cambio dentario, pero, hasta la madurez sexual- estas dos cosas se encuentran en una situación mutua tal, que –podríamos decir- se mantienen alejados entre sí. Hasta en la época entre el cambio dentario y la madurez sexual, el pensar del niño aún no toma posesión del elemento religioso. Acontece algo similar, como en el caso de los ríos alpinos, que nacen en las alturas y luego aparentemente desaparecen en las cavernas de las montañas siguiendo su recorrido en profundidad, para re-aparecer luego y seguir su curso en superficie. Aquello, que en la edad infantil, hasta el cambio dentario aparece como esa entrega religiosa, se retira hacia el interior del hombre y se torna plenamente anímico, de modo tal que se da la impresión de desaparición; y recién más tarde, cuando el hombre realmente se convierte en un ser de percepción religiosa, entonces se vuelve a aparecer, apoderándose de la facultad conceptual del pensar. Al poder observar algo así, la observación externa –que de ninguna manera desapruebo, que, como ya lo he dicho en la primera conferencia, encuentro justificada, que empero no de manera directa puede constituir la base para el arte de la educación –esa observación, por este motivo recién se torna significativa. La psicología pedagógica experimental a su vez ha constatado que es muy extraño, que los niños de los padres tales que constantemente expresan a través de las palabras que marcan su postura religiosa y ciertamente le quieren inculcarle la religión al niño, de esta manera, estos niños son flojos en la materia-religión en sus rendimientos escolares; siendo, que no existe el más mínimo coeficiente correlativo entre el rendimiento escolar de los niños en la escuela primaria y la convicción, el modo de pensar religioso de los padres. Estos coeficientes de correlación son muy bajos.

Al profundizar la entidad humana, podemos descubrir los motivos de este fenómeno. Por más que los padres hablen de sus convicciones religiosas, por más que le digan cosas bellas al niño acerca de ello, esto no cobra sentido ni valor para el niño; el niño pasa de largo frente a todo aquello que debe actuar sobre su intelecto y hasta el cambio dentario, aún pasa de largo frente a aquello que debe actuar sobre su ánimo. Y no pasa de largo únicamente cuando aquellas personalidades que se encuentran en el entorno del niño, en sus actos, y ya a través de sus gestos, mediante el modo de su comportamiento, le dan la posibilidad al niño, imitar en entrega religiosa y recepcionar lo religioso, hasta las articulaciones más finas del sistema vascular. Esto luego es elaborado en el interior del hombre entre aproximadamente el séptimo y decimocuarto año de vida; sigue de largo abajo, de la misma manera, como río en la montaña, y aparece recién, cuando el niño ha alcanzado la madurez sexual, dentro de la capacidad de la imaginación. No debe extrañarnos entonces que no tengan efecto en el niño las fórmulas externas de la devoción ni las convicciones religiosas. Un efecto obrante lo podemos ver únicamente aquello que está contenido en los actos que rodean al niño; todo lo demás pasa de largo y no llega al niño. Dicho de manera paradójica, el niño pasa de largo, sin tomar en cuenta, sin participación alguna, junto a las palabras, las advertencias y hasta las convicciones de los padres, del mismo modo que lo hace el ojo frente a todo aquello que no posee color. Sucede que el niño es un ser plenamente dedicado a la imitación hasta el cambio dentario.

Y con la segunda dentición, se produce el gran cambio en el niño; se acaba esa entrega física-religiosa. No tenemos que asombrarnos de que el niño, que no se ha dado cuenta de toda esa convicción religiosa, se comporta de manera diferente entre el cambio dentario y la madurez sexual. Pero justamente aquello que he dicho nos muestra que el niño recién con la madurez sexual llega a la comprensión intelectual. El pensar del niño aún no capta lo intelectual, sino que el pensar del niño, desde el cambio dentario hasta la madurez sexual, sólo se relaciona con aquello que cobra efecto a través de la imagen. Las imágenes cobran efecto sobre los sentidos. En el primer período de la vida, cobran efecto de por sí las imágenes de los acontecimientos, de hacer, del medio circundante. Con el cambio dentario el niño comienza a recepcionar también aquello que tiene que ver con la imagen. Y ese elemento referido a la imagen lo tenemos que volcar, ante todo, en aquello mediante lo cual acercamos al niño lo que debe saber, lo que le debe ser transmitido y es mediante del habla.

Con ello les he caracterizado todo lo que se aproxima al niño mediante el elemento estático-dinámico. Con el elemento del habla se aproxima al niño algo más, algo de enorme envergadura. El habla es tan sólo un eslabón de una extensa cadena de vivencias anímicas. Y todas aquellas experiencias anímicas que pertenecen al círculo del habla con las vivencias artísticas del alma. El habla misma es un elemento artístico; y es el elemento artístico que preferentemente debemos tomar en cuenta, justamente para el período del niño entre el cambio dentario y la madurez sexual.

No crean ustedes que ahora, en este momento quiero recomendar una educación estetizadora, el remplazo de los elementos primarios de la enseñanza mediante algo fingido, y artístico tal vez auténticamente artístico. No es mi propósito. De ninguna manera quiero remplazar al elemento filisteo, que de hecho es decisivo en nuestra civilización actual, por el elemento bohemio. Quiero acotar con respecto a nuestros amigos checos, que con el término de elemento bohemio no me estoy refiriendo al elemento de un pueblo, ni de un paisaje, sino a aquello que significa la dejadez en la vida, la irresponsabilidad, sin reglamento exento de seriedad. No se trata entonces de que lo no-regulado, lo poco serio, deba ocupar el lugar del elemento filistroso, que ha entrado a nuestra civilización, sino que se trata de algo muy diferente, para la época desde el cambio dentario hasta la madurez sexual. Tenemos que tomar en cuenta que todo el pensar del niño aún no contiene lógica; en cambio está referido a la imagen. Y por su naturaleza interior el niño, en un principio, rechaza lo lógico. Quiere tener la imagen, lo referido a la imagen. Sobre el niño de los siete, los nueve, los once y hasta los trece años, las personas de mucha inteligencia no le causan mayor admiración. A estos niños aún le es bastante indiferente la inteligencia de las personas. Una fuerte impresión en cambio, tiene sobre ellos las personas que poseen frescura de ánimo, las personas amables, aquellas que hablan de manera tal, que ya con sus palabras, por así decirlo, reparten caricias; dicho de manera algo extremada, aquellas personas cuyas palabras pueden acariciar, elogiar, dar un reconocimiento, mediante el tono de su voz. Estas personas, que pasan por la vida conservando su frescura, pero sin irreflexión, con las que pueden cobrar un efecto especial sobre los niños de esa edad, y todo depende de ese efecto personal. Dado que con el cambio dentario despierta en el niño justamente esa entrega, ahora ya no tan sólo a los actos del entorno, sino hacia aquello que los hombres están diciendo. En aquello que los hombres dicen, en aquellos que adquirimos mediante una natural autoridad, en eso yace el elemento esencial de la vida infantil desde el cambio dentario hasta la madurez sexual.

Siendo que he escrito la “Filosofía de la libertad” hace treinta años atrás, no podrán suponer que pueda abogar por la autoridad de manera indebida, pero para el niños entre el cambio dental y la madurez sexual, la vida, bajo la autoridad sobrentendida, es una ley natural de la vida; y aquel que a esa edad nunca ha aprendido a elevar su mirada hacia una autoridad natural, hacia un entorno que lo educa y le brinda enseñanza, jamás podrá experimentar la libertad, jamás podrá ser un hombre libre. Adquirimos la libertad justamente mediante la entrega a la autoridad en esa época de la vida. Y justamente así como el niño en la primera época de la vida imita aquello que se está llevando a cabo en su entorno, en la segunda época de la vida sigue a aquello que se dice en su entorno, naturalmente, lo que se dice en un sentido abarcativo. Y a través de lo hablado, a través del habla que, según el requerimiento del niño debe basarse en la imagen, es descomunal, colosal, el flujo que llega al niño.

Al observar cómo aquello que se predispone en el primer aprendizaje del habla, en el niño es seguido –diríase, como sumido dentro de un sueño- hasta el cambio dentario, produciéndose entonces su despertar, entonces se tiene una concepción de aquello, que mediante nuestro manejo del habla, del lenguaje, en el medio circundante del niño se acerca a él en la segunda época de su vida. Es así que, justamente para esa edad, se tendrá que tomar en cuenta de manera especial el modo mediante el cual se puede cobrar efecto sobre el niño a través de aquello, para lo cual el habla es determinante. Ciertamente, todo debe ser aproximado al niño de manera hablada, y aquello que no es aproximado a él de esa manera, el niño no lo comprende. Cuando al niño le estamos describiendo una planta, es lo mismo que si al ojo le estuviéramos exigiendo que comprenda la palabra rojo; solamente comprende al color rojo. Nada entiende el niño de la descripción de la planta, pero comienza a entender de inmediato cuando le contamos cómo habla y actúa la planta. Tenemos que tratar al niño, según el conocimiento del hombre. De ello hablaremos en la parte pedagógica-didáctica, lo que estoy diciendo ahora debe constituir más bien un fundamento.

Por lo tanto, aquello que vemos dispuesto en el niño en la trinidad de caminar, hablar y pensar, lo contemplamos amalgamado en el elemento de las imágenes. También aquello que el niño ha asimilado primeramente en lo sensorial, a modo de estar soñando, de los hechos del entorno, en esta segunda época de vida, de la segunda dentición hasta la madurez sexual, es transformado en imágenes. Podríamos decir que el niño comienza a soñar de aquello que hace su entorno, mientras que en su primer período de la vida lo ha tomado con toda naturalidad, naturalidad a su manera, al imitarlo interiormente.




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal