Rodolfo j. Walsh



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RODOLFO J. WALSH

OPERACIÓN MASACRE




EDICIONES DE LA FLOR

Vigésima edición: febrero de 2000


Diseño de tapa: Magdi Kelisek


© 1972 by Ediciones de la Flor S.R.L.

Gorriti 3695, 1172 Buenos Aires, Argentina

Queda hecho el depósito que dispone la ley 11.723

Impreso en la Argentina
Printed in Argentina

ISBN 950-515-352-X


RODOLFO WALSH: TABÚ Y MITO
Osvaldo Bayer
No tengo otra forma de definir a Rodolfo Walsh que to­mar la frase de Madame de Staél referida a Schiller: “La con­ciencia es su musa”. Su conciencia lo seguía a todas partes. (“Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.”) Ése es el pa­rámetro de su vida: su conciencia. Predestinación de mez­clarse con la vida, de meterse. No fue consciente, tal vez, de su predestinación. La sangre que circulaba por sus venas no lo dejaba tranquilo con los productos que le depositaba en el cerebro. Sus mejores cualidades literarias fueron alma y hu­manidad. (Y precisamente ésas no son las que hay que tener para ser considerado un creador literario. Los mandarines oficiales de la cultura del '83 lo quisieron apostrofar con aque­llo de “esteta de la muerte”. Arrogancia y profundo descono­cimiento humano propios de cierta cultura académica sos­tenida con papeles de Harvard y Cambridge.) Sí, porque Rodolfo Walsh era de Choele-Choel y había cabalgado dos­cientos kilómetros para salvar el caballo de su padre muerto. Ésa es su verdadera universidad; esas horas plenas de dolor del chico ante ese mundo amenazante, ante ese Dios ontológicamente injusto con los débiles, que son siempre los faltos de malicia. La inspiración de Walsh siempre vino de las con­trapartidas, porque sospechó de la miopía que crece en la ru­tina de los claustros. Por eso Walsh se les escapa a los críti­cos establecidos -los frígidos y los infibulados- que no lo pueden encasillar. Y no van a poder nunca. Esos examinado­res sinodales no se atreven a aplazarlo pero no le dan el pase para ser admitido en las órdenes sagradas. Lo califican de pe­riodista para enviarlo al depósito de mercaderías varias. Walsh -creo- habría aceptado gustoso la definición de “au­tor de novelas policiales para pobres” si hubiera leído el en­sayo que le dedicó un buen hombre, tal vez un tanto confun­dido por la enorme fuerza de este autor y su obra, por la mezcla salvaje de ética y rebeldía, con una imaginación don­de se notan las precoces transfusiones de la sangre de Georg Büchner, de Roberto Arlt y de aquel increíble “reportero fre­nético” Egon Erich Kisch, el genial cronista de la república de Weimar que desnudó la falacia de Hitler y sus protectores, y lo previo todo antes del '33. No sé si Walsh quiso hacer con su máquina de escribir más pedagogía social que literatura; si se lo propuso o se lo preguntó a sí mismo. Sus respuestas son irónicas a este respecto. Su idioma dominaba todos los registros; le interesaba ser breve y claro para que lo compren­diese el lector pobre de novelas policiales. Esto no se lo van a perdonar jamás ni la sociedad argentina establecida ni sus acólitos, que nunca quieren perder el tren del poder y se sien­ten cómodos en sacralizar a sus intelectuales octogenarios hundidos en el suave desencanto de la vida con la metáfora siempre elegante de la duda y el pesimismo.

A Walsh no lo van a perdonar porque él sobrevoló su pro­pio laberinto para acompañar en calles cuadradas y simétri­cas, numeradas del uno al cien, al desconocido que es con­denado a muerte todos los días por las circunstancias y sus custodios.

Tabú y mito quedará para siempre Rodolfo Walsh entre nuestra sociedad argentina y sus mandarines culturales, por un lado, y los que divagan entre la poesía, el sueño y la jus­ticia con sol.

A Walsh lo han llamado “el anti-Borges”. Qué rara coin­cidencia. Al joven Büchner (apenas con su magistral frag­mento Lenz, con su Woyzeck, su Leonce y Lena, su Muerte de Dantón) lo califican el “anti-Jünger” (y a éste, el “Borges alemán”). Büchner era -como Walsh- un agitador. Walsh era, como Büchner, un contrabandista de la literatura. Büchner era un comunista precoz; Walsh, un revolucionario latinoa­mericano consecuente y sin prisa. Ernst Jünger (el Borges alemán -o Borges, el Jünger argentino) ha sido denominado no sin cierta ternura en un seminario cumbre de Berlín un fascista noble de frialdad proporcionada, donde el calificati­vo de fascista no fue pensado en peyorativo sino como cate­goría de pensamiento. Tal vez para evitar confusiones, el so­ciólogo Oskar Negt se apresuró a corregir aquel título por el de un antidemócrata constitucional. De cualquier manera, Jünger (el Borges alemán) ha construido los fuertes pilares del edificio teórico de la revolución conservadora. Un pione­ro. ¿Walsh, el anti-Borges? Tal vez una definición excesiva­mente ampulosa, un poco para asustar al descuidado. O más bien una búsqueda desesperada de congruencia entre los con­ceptos de moral, estética y política. Walsh es siempre joven, impetuoso. Vuelo y profundidad. En su conversación con el lector pobre de novelas policiales hay genio, tragedia, miste­rio, ansia. (¿Qué es literatura, acaso?)

Nunca le van a perdonar a Walsh eso: que ha quedado siempre joven. Se les escapa de los moldes y las escuelas. Supo ver y desnudó a toda la sociedad argentina cuando de­jó de jugar al ajedrez y se asomó a ver qué pasaba. Así nació Operación Masacre. En esas pocas páginas está toda esa sociedad argentina que no dejó de gobernar nunca. Están los uniformados pero también la justicia, en esos personajes próceres del derecho: Sebastián Soler, Alconada Aramburu, Amílcar Mercader. Que van y vienen y cambian de nombre pero no de rostro y están en todas las épocas, desde 1810.

Operación Masacre es el gran grito de alerta. Nadie como Walsh supo describir a los verdaderos fundadores de la gran masacre que vendría después. El teniente coronel Fernández Suárez no es nada más que la reencarnación del otro tenien­te coronel Héctor Benigno Várela, fusilador de las peonadas patagónicas, y el predecesor contemporáneo de esas figuras casi inverosímiles en su crueldad y su brutal soberbia: Menéndez, Massera, Camps. El método de Fernández Suárez es el mismo: la bravata, el golpe, la intimidación, la tortura, el robo de las pertenencias, el asesinato. Walsh pone una a una las pruebas sobre la mesa. Los Aramburu, Rojas, Manrique Quaranta recurren a los civiles. Los civiles encuentran siem­pre la solución. El discurso de Aguirre Lanari -hombre de to­das las dictaduras y de nuestras pobres democracias- en La Plata, lo dice todo. El asesino será aplaudido. Walsh no se queja: demuestra. Cuando uno lee Operación Masacre puede entender muy bien el porqué de la reacción de la juventud en los sesenta y setenta. Ahí está la raíz de la violencia. Había que ser muy pequeño, como joven, para no sentir vergüenza. Vendrá el golpismo como profesión, con aquellos protago­nistas dignos de sainetes y novelones de principios de siglo, como los Toranzo Montero, Sánchez de Bustamante, López Aufranc. Y después de ellos aparecerá un Aramburu fran­quista: el triste Onganía con su general Fonseca, aquél de los bastones largos. Todo esto y mucho más. Ése era el ejemplo de democracia que se daba a nuestra juventud. Se sembró violencia. Y sus obispos representativos fueron generales y almirantes de gestos mesurados, respaldados por intelectuales afincados en la aristocracia de la cultura y políticos ansio­sos asomados a la puerta de los cuarteles, mientras se apalea­ba y se metía picana al vulgo, a los plebeyos. No había más censura para las clases lectoras pero se metía bala en los ba­surales. Un pueblo, de la mano de la democracia peronista a la nueva década infame de los cincuenta y sesenta; la prime­ra, de trece años; la segunda, de dieciocho. Pero lo que más aflige es la ofensa que el hombre lleva adentro, le basta es­cribir a Walsh.

Y más adelante: Entonces estamos todos avergonzados. Ahí le está dictando su conciencia, él se limita a teclear. Él tampoco es un héroe de película sino solamente un hombre que se anima; sí, al hablar de otro, Walsh se está describien­do a sí mismo. Y toma contacto con los que van a ser sus per­sonajes: He hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados, prófugos, delatores presuntos, hé­roes anónimos. Walsh, como Arlt, no sublimiza a la gente de pueblo. Para Walsh es como es y en tres líneas la retrata al hablarnos de un vecino, don Pedro: Sus ideas son enteramen­te comunes, las ideas de la gente del pueblo; por lo general acertadas con respecto a las cosas concretas y tangibles, ne­bulosas o arbitrarias en otros terrenos. Walsh no se hace ilu­siones, los toma como son, pero no por eso hay que fusilarlos ni picanearlos. Los describe como Arlt pinta en aguafuerte el fusilamiento de Di Giovanni, cuando ve morir a un hombre, no al más perseguido de la sociedad. No hay adjetivos ni me­táforas. Es un hombre que muere. Un hombre más que mue­re: el protagonista verdadero es toda la sociedad lasciva y soplona que lo fusila.



Operación Masacre es el prólogo de la tragedia que ven­drá después. Aramburu y Rojas serán el prólogo de Videla y Massera. Rodolfo Walsh se convertirá de testigo en protago­nista. Será asesinado a balazos, como sus personajes de José León Suárez. Nuestra sociedad aplaude frenética a nuestros intelectuales que cumplen ochenta años y nos han ayudado tanto a tener siempre prestos el punto final y la obediencia debida.

Rodolfo Walsh no existe. Es sólo un personaje de ficción. El mejor personaje de la literatura argentina. Apenas un de­tective de una novela policial para pobres. Que no va a mo­rir nunca.



A Enriqueta Muñiz

Agrega el declarante que la comisión encomendada

era terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de

todas las funciones específicas de la policía.
COMISARIO INSPECTOR

RODOLFO RODRÍGUEZ MORENO



PRÓLOGO

La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se habla­ba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana.

En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorpren­dido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la fracasada revolución de Valle. Recuerdo có­mo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué feste­jo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo, y cuan­do entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revo­lución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un nota­ble Mauser del año 1901.

Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía es­tar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos ho­ras más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me po­nía nervioso, y esa noche más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estába­mos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía.

Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”.

Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido eje­cutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?

Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela “seria” que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es perio­dismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ven­tanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.

Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:

–Hay un fusilado que vive.

No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia di­fusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pi­do hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.

Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuan­do oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.

Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto.

Así nace aquella investigación, este libro. La larga noche del 9 de junio vuelve sobre mí, por segunda vez me saca de “las suaves, tranquilas estaciones”. Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi traba­jo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, du­rante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, lleva­ré conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente: Livraga bañado en sangre caminando por aquel interminable callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él disparando por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supie­ra, y los que no se salvaron.

Porque lo que sabe Livraga es que eran unos cuantos y los llevaron a fusilar, que eran como diez y los llevaron, y que él y Giunta estaban vivos. Ésa es la historia que le oigo repetir ante el juez, una mañana en que soy el primo de Livraga y por eso puedo entrar en el despacho del juez, donde todo res­pira discreción y escepticismo, donde el relato suena un po­co más absurdo, un grado más tropical, y veo que el juez duda, hasta que la voz de Livraga trepa esa ardua colina detrás de la cual sólo queda el llanto, y hace ademán de desnudarse para que le vean el otro balazo. Entonces estamos todos aver­gonzados, me parece que el juez se conmueve y a mí vuelve a conmoverme la desgracia de mi primo.

Ésa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, pa­ra que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterar­se. Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de repor­teros y fotógrafos como en las películas. En cambio se en­cuentra con un multitudinario esquive de bulto.

Es cosa de reírse, a doce años de distancia porque se pue­den revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió ni existe.

Así que ambulo por suburbios cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un sótano de Leandro Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hom­bre que se anima. Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película. Y la historia sale, es un tremolar de hojitas amarillas en los kioscos, sale sin firma, mal diagramada, con los títulos cambiados, pero sale. La miro con cariño mientras se esfuma en diez millares de manos anónimas.

Pero he tenido más suerte todavía. Desde el principio es­tá conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enri­queta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo “hice”, “fui”, “descubrí”, debe en­tenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”. Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los exiliados Troxler, Benavídez, Gavino. En esa época el mundo no se me presentaba como una serie ordenada de ga­rantías y seguridades, sino más bien como todo lo contrario. En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad, valor, inteligen­cia que me parecían tan rarificados a mi alrededor.

Así que una tarde tomamos el tren a José León Suárez, llevamos una cámara y un pianito a lápiz que nos ha hecho Livraga, un minucioso plano de colectivero con las rutas y los pasos a nivel, una arboleda marcada y una (x), que es donde fue la cosa. Caminamos como ocho cuadras por un ca­mino pavimentado, en el atardecer, divisamos esa alta y obscura hilera de eucaliptos que al ejecutor Rodríguez Moreno le pareció “un lugar adecuado al efecto”, o sea al efecto de tronarlos, y nos encontramos frente a un mar de latas y espe­jismos. No es el menor de esos espejismos la idea de que un lugar así no puede estar tan tranquilo, tan silencioso y olvi­dado bajo el sol que se va a poner, sin que nadie vigile la his­toria prisionera en la basura cortada por la falsa marea de me­tales muertos que brillan reflexivamente. Pero Enriqueta dice “Aquí fue” y se sienta en la tierra con naturalidad para que le saque una foto de picnic, porque en ese momento pasa por el camino un hombre alto y sombrío con un perro grande y sombrío. No sé por qué uno ve esas cosas. Pero aquí fue, y el relato de Livraga corre ahora con más fuerza, aquí el cami­no, allá la zanja y por todas partes el basural y la noche.

Al día siguiente vamos a ver al otro que se salvó, Miguel Ángel Giunta, que nos recibe con un portazo en las narices, no nos cree cuando le anunciamos que somos periodistas, nos pide credenciales que no tenemos, y no sé qué le deci­mos, a través de la mirilla, qué promesa de silencio, qué clave oculta, para que vaya abriendo la puerta de a poco, y va­ya saliendo, cosa que le lleva como media hora, y hable, que le lleva mucho más.

Es matador escuchar a Giunta, porque uno tiene la sensa­ción de estar viendo una película que, desde que se rodó aquella noche, gira y gira dentro de su cabeza, sin poder pa­rar nunca. Están todos los detallecitos, las caras, los focos, el campo, los menudos ruidos, el frío y el calor, la escapada en­tre las latas, y el olor a pólvora y a pánico, y uno piensa que cuando termine va a empezar de nuevo, como es seguro que empieza dentro de su cabeza ese continuado eterno, “Así me fusilaron”. Pero lo que más aflige es la ofensa que el hombre lleva adentro, cómo está lastimado por ese error que come­tieron con él, que es un hombre decente y ni siquiera fue pe­ronista, “y todo el mundo le puede decir quién soy yo”. Aun­que eso ya no es seguro, porque hay dos Giuntas, éste que habla torrencialmente mientras se pasa la gran película, y otro que a veces se distrae y consigue sonreír y hacer un chis­te como antes.

Parece que aquí va terminar el caso, porque no hay más que contar. Dos sobrevivientes, y los demás están muertos. Uno puede publicar el reportaje a Giunta y volver a aquella partida que dejó suspendida en el café hace un mes. Pero no termina. A último momento Giunta se acuerda de una creen­cia que él tiene, no de algo que sabe, sino de algo que ha ima­ginado o que oyó murmurar, y es que hay un tercer hombre que se salvó.

Entretanto la gran divinidad de la picana y sus metralletas empieza a tronar desde La Plata. La hojita del reportaje flota en los pasillos de la Jefatura de Policía, y el teniente coronel Fernández Suárez quiere saber qué bochinche es ése. El re­portaje no estaba firmado, pero al pie de los originales figu­raban mis iniciales. En el diarito trabajaba un periodista con las mismas iniciales, aunque a él le tocaron en otro orden: J. W. R. Una madrugada se despierta para contemplar una inte­resante concentración de fusiles y otros implementos silogís­ticos, y su espíritu experimenta esa gran emoción previa a una verdad por revelarse. Lo sacan en calzoncillos y lo tras­ladan en un vuelo a La Plata y a la Jefatura, lo sientan en un sillón y enfrente está sentado el teniente coronel, que le dice, “Y ahora por favor, hágame un reportaje a mí. El periodista aclara que no es a él a quien corresponden esos honores, mien­tras por lo bajo se acuerda de mi madre.

La rueda sigue girando, hay que ir por esos andurriales en busca del tercer hombre, Horacio di Chiano, que se ha vuel­to lombriz y vive bajo tierra. Parece que ya nos conocen en muchas partes, los chicos por lo menos nos siguen, y un día una nena nos para en la calle.

–El señor que ustedes buscan –nos dice–, está en su casa. Les van a decir que no está, pero está.

–¿Y vos sabes por qué venimos?

–Sí, yo sé todo.

Bueno, Casandra.

Nos dicen que no está, pero está, y hay que ir venciendo las barreras protectoras, las cautelosas deidades que custo­dian a un enterrado vivo, esta pared, esta cara que niega y desconfía. Se pasa del sol de la calle a la sombra del porch, se pide un vaso de agua y se está adentro, en la obscuridad, se pronuncian palabras-ganzúa, hasta que la más oxidada del manojo funciona, y don Horacio di Chiano sube la es­calera tomado de la mano de su mujer, que lo trae como un chico.

Así que son tres.

Al día siguiente llega al periódico una carta anónima y di­ce que “lograron fugar: Livraga, Giunta y el ex suboficial Gavino”.

Así que son cuatro. Y Gavino, dice la carta, “pudo meter­se en la embajada de Bolivia y asilarse a aquel país”.

En la embajada de Bolivia no encuentro pues a Gavino, pero encuentro a su amigo Torres, que sonríe, cuenta con los dedos, me dice: “Le faltan dos”, y me habla de Troxler y Benavídez.

Así que son seis.

Y ya que estamos, ¿no serán siete? Puede ser, me dice To­rres, porque había un sargento, con un apellido muy común, algo así, como García o Rodríguez, y nadie sabe qué ha sido de él.

A los dos o tres días vuelvo a ver a Torres y le disparo a quemarropa:

–Rogelio Díaz.

Se le ilumina la cara.

–¿Cómo hizo?

Ya no recuerdo cómo hice. Pero son siete.

Entonces puedo sentarme, porque ya he hablado con so­brevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados, pró­fugos, delatores presuntos, héroes anónimos. En el mes de mayo, tengo escrita la mitad de este libro. Otra vez el pa­seo en busca de alguien que lo publique. Por esa época los hermanos Jacovella han sacado una revista. Hablo con Bru­no, después con Tulio. Tulio Jacovella lee el manuscrito, y se ríe, no del manuscrito, sino del lío en que se va a meter, y se mete.

Lo demás es el relato que sigue. Se publicó en “Mayoría”, de mayo a julio de 1957. Después hubo apéndices, corola­rios, desmentidas y réplicas, que prolongaron esa campaña hasta abril de 1958. Los he suprimido, así como parte de la evidencia que usé entonces y que reemplazo aquí por otra más categórica. Frente a esta nueva evidencia, creo que la polémica queda descartada.

Agradecimientos: al doctor Jorge Doglia, ex jefe de la di­visión judicial de la policía de la provincia, exonerado por sus denuncias sobre este caso; al doctor Máximo von Kotsch, abogado de Juan C. Livraga y Miguel Giunta; a Leónidas Barletta, director del periódico “Propósitos”, donde se publi­có la denuncia inicial de Livraga; al doctor Cerruti Costa, di­rector del desaparecido periódico “Revolución Nacional”, donde aparecieron los primeros reportajes sobre este caso; a Bruno y Tulio Jacovella; al doctor Marcelo Sánchez Sorondo, que publicó la primera edición en libro de este relato; a Edmundo A. Suárez, exonerado de Radio del Estado por dar­me una fotocopia del libro de locutores de esa emisora, que probaba la hora exacta en que se promulgó la ley marcial; al ex terrorista llamado “Marcelo”, que se arriesgó a traerme in­formación, y poco después fue atrozmente picaneado; al in­formante anónimo que firmaba “Atilas”; a la anónima Casandra, que sabía todo; a Horacio Manigua, que me dio albergue; a los familiares de las víctimas.

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