Roderic al camp



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RODERIC AL CAMP

(COORDINADOR)

VISIONES CIUDADANAS DE LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA


DEMOCRACIA A TRAVÉS DE LA LENTE LATINOAMERICANA: UNA EVALUACIÓN RODERIC AL CAMP 2

DEMOCRACIA Y SISTEMAS MASIVOS DE CREENCIAS EN LATINOAMÉRICA ALEJANDRO MORENO 42

¿ES IMPORTANTE LA CONFIANZA? CONFIANZA INTERPERSONAL Y VALORES DEMOCRÁTICOS EN CHILE, COSTA RICA Y MÉXICO 83

COSTA RICA: RETRATO DE UNA DEMOCRACIA ESTABLECIDA MARY A. CLARK 119

EL EXCEPCIONALISMO COSTARRISENSE: ¿POR QUE SON DIFERENTES LOS TICOS? 151

TRANSICIÓN HACIA LA DEMOCRACIA UNA PERSPECTIA MEXICANA 179

LOS LEGADOS DEL AUTORITARISMO: ACTITUDES POLÍTICAS EN CHILE Y MÉXICO 204



MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS: ¿DOS CULTURAS POLÍTICAS D1FERENTES FREDERICK? 273

POLÍTICA Y MERCADOS EN LATINOAMÉRICA: ¿UNA VISIÓN DIFERENTE SOBRE EL PAPEL QUE DESEMPEÑA EL ESTADO EN lA PROVISIÓN DE SERVICIOS? 321


DEMOCRACIA A TRAVÉS DE LA LENTE LATINOAMERICANA: UNA EVALUACIÓN RODERIC AL CAMP


RODERIC Al CAMP
En los años noventa, cuando trabajé como asesor para la Comisión Bilateral de la Fundación Ford en México, me di cuenta de que los especialistas y la comunidad política de los Estados Unidos entendían muy poco, si es que lo hacían, acerca del significado mexicano de democracia .Más aún, creo que existen diferencias fundamentales en relación con la visión y la puesta en práctica del concepto de democracia entre los norteamericanos por un lado y los mexicanos y los ciudadanos de otros países latinoamericanos por el otro. Cuando la Comisión Bilateral completó su reporte, el único punto de disenso en el documento final fue justamente el relacionado con este tema, y dicho reporte concluyó estableciendo que “los gobiernos de México y los Estados Unidos conciben a la democracia de distintas formas, y esto constituye una fuente de problemas bilaterales”.1
Sorprendentemente, el término democracia, tal como el ciudadano promedio latinoamericano lo entiende, no ha sido analizado cuidadosamente desde que ese informe fue publicado.2 Esto conlleva consecuencias potencialmente tremendas para las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, y aftcta directamente las características individuales de la evolución de la democratización y la liberación política en la región.
¿Pero cómo determinamos qué es la democracia? ¿En qué consiste? Determinar si un modelo político posee ciertas características estructurales que se consideran asociadas a la democracia como las elecciones competitivas, el intercambio de poder entre dos o más partidos políticos, una división de poderes, etc., supone un proceso bastante simple. Los especialistas difieren, sin embargo, en qué as-
1 Comisión Bilateral para las Relaciones Futuras de Estados Unidos-México, The challenge of interdependence: Mexiro and tlie (inded States, Latiham, ?vld, University Press of America, 1989, p. 237.
2 La excepción, en un intento de analizar muchos de los valores que se cree están asociados con la democracia, es el trabajo de Richard S. Hiliman en Venezuela. Véase su trabajo ‘Politjcal culture and democracv: attitudes, values and beliefs ir’. Venezuela” (presentado en el encuentro de la Asociación ele Estudios Latinoamericanos, Guadalajara, México, abril de

pectos definen mis caracteristicamente a la democracia hasta qué punto, cualitativamente hablando, están en realidad presentes en cualquier sociedad tomada en fórma indis idual. Ellos tienen incluso diferencias más marcadas en relación con las precondiciones necesarias para la democracia. Por decenios, varios autores han analizado numerosas variables para brindar explicatioli( s sobre el crecimiento de la democracia, incluyendo condiciones estructurales, corno el nivel de desarrollo económico o características relacionadas cultural- mente, como el nivel de confianza interpersonal o apoyo al cambio revolucionario.


¿Cómo puede analizarse en la práctica el interior de la mente del ciudadano latinoamericano promedio? Creo que. a pesar de la existencia de varias limitaciones, el método más eficaz para identificar los salores de los ciudadanos hoy en día es diseñar una herramienta para realizar una encuesta de investigación, en este caso, un cuestionario sobre democracia, para ser aplicado a una muestra de encuestados de distintos países seleccionados en la región. La Fundación Hewlett, con ayuda adicional proveniente del Roger Thayer Stone Center para estudios en Latinoamérica y el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Tulane, financiaron generosamente este esfueizo entre los años 1998 y 1999. Solicité a un grupo de especialistas en investigación por encuestas en Latinoamérica, así corno a especialistas de mi país, reunirnos a principios de 1998 para formular un cuestionario detallado.4
México; Alejandro Moreno, Instituto Tecnológico Autónomo de Méxko, Pablo Parás, s Freclei ik furnei tnisei sidad tIc Connecticut.
Como estábamos interesados en medir cambios en las opiniones de los ciudadanos a trasés del tiempo, incorporamos alguna.s preguntas compiladas por Matthess Kenne pertenecientes a encuestas previas hechas en México s Latinoamérica.5 Estábamos específicamente interesados en posibles comparaciones cori los resultados de la pionera y masis a Encuesta Mundial de Valores (World Values Survrv), un detallado proyecto multipaís llevado a cabo en 1981, 1990 y 1995; las encuestas del Latinoharómetro llevado a cabo en los años nosenta.
Dadas las fuentes disponibles y el deseo de captar una visión lo más amplia posible del concepto de democracia en la región, elegimos tres países para realizar la encuesta: Costa Rica, México y Chile. Estos países fueron elegidos por razones específicas.
Por decenios, Costa Rica ha sido considerado por los especialistas como el país más democrático tic la región de acuerdo cori los estándares occidentales tradicionales en lo que respecta a las instituciones democráticas, y por el hecho de que su política ha estado caracterizada por elecciones genuinamente conipetitivas por más de medio siglo. 6 Evidencia reciente proveniente de las encuestas del Latinobarómetro sugiere que el de Costa Rica es un caso claramente diferente del resto de Latinoamérica, con valores generales ms similares a los de España, una visión que tanto Mitchell Seligson como Mary Clark apoyan en este volumen. Costa Rica, dentro de un contexto latinoamericano, puede incluso ser pensada como la generadora de una norma política “democrática”.
En el momento cii que la encuesta fue realizada, en el serano de 1998, Costa Rica continuaba disfrutando de una democracia que hincionaba, A diferencia de Chile o México, existe una división más equilibrada de sus tres poderes (le gobierno (Legi.slatis o, judicial s Ejecutivo). Más recientemente la separación de poderes ha llevado a provocar un cierto nivel de descontento en el proceso de toma de decisiones, similar a la encrucijada ocurrida entre el Congreso y la presidencia de los Estados Unidos durante el segundo mandato (le la administración Clinton. El cambio político más importante que los costarricenses visieron durante el año 1998 fue la instrumentación
emocran ÍhrougI L,iió A,nOi(afl levite vires ej 1/se s/tsznss (propuesta a la FundaCiÓn Hewlett en sepunnhre de 1997), apéndices 1 2, “Sunes un Popular Cota epnon 5 of Democrac
6 Véase, p01 ejemplo, la encueste de imagen chile expertos de Kcnneih F.Johnson, he 1980 image-index sun ev uf l,atin American political deinocracv”, I.aliss AsneO (41)) Research J?pvi, 19, 1982, pp. 193-201.

de nuevas leyes electorales. Por primera vez, los ciudadanos eligieron alcaldes en vez de administradores para hacerse cargo de los gobiernos locales. Este cambio en la estructura institucional en el nivel local recalcó indudablemente la tradición pluralista tanto en los gobiernos como en las políticas electorales de Costa Rica.


Existen dos partidos que dominan la escena política en Costa Rica, el Partido de liberación Nacional (PIN) y el Partido Unidad Social Cristiana (usc). Este último, que combina una herencia de reforma social con políticas neoliberales, controlaba el Poder Ejecutivo en el momento en el que se realizó la encuesta.
México, por otro lado, puede verse como un país en movimiento, de alguna manera expectante, de un gobierno autoritario a uno democrático. 7 Más aún, su proximidad a los Estados Unidos lo convierte en un caso interesante para analizar el nivel de influencia cultural que recibe de su prominente vecino. De los tres países, es el que menos pasos ha dado institucionalmente hacia la democracia. Durante el verano de 1998, México estaba apenas saliendo de una seria recesión económica que había comenzado abruptamente a principios de 1995. Políticamente hablando, se encontraba en uno de los momentos de mayor división de su historia reciente.
El partido dominante, el Ptirtido Revolucionario Institucional (pp), perdió en el año 1997 el control de la cámara baja del Congreso ante una coalición de partidos opositores cuyos miembros provienen principalmente del Partido Acción Nacional (PN) y del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Los mexicanos, por lo tanto, se encontraban experimentando por primera vez los conflictos que típicamente surgen cuando los poderes Ejecutivo y Legislativo son controlados por partidos opositores entre sí. Anticipaban, asimismo, futuros cambios políticos considerables, debido a que los tres partidos políticos líderes estaban contemplando reformas electorales adicionales, incluida la instrumentación de nuevas elecciones primarias para candidatos presidenciales dentro de sus propias organizaciones, como anticipo al proceso de nominación presidencial en 1999 y las elecciones en el 2000.
Finalmente, se incluyó a Chile porque se considera que tuvo una transición hacia un modelo político democrático equivalente al modelo anterior al año 1973, pero sufrió dos decenios de extrema reprePara obtener información general de México, véase Roderic Al Cainp, La políti(a
en México: el declive del autoritarismo,
4a. ed. aumentada, México, Siglo XXI, 2000.

Sión política luego de un violento golpe militar. Sin embargo, a pesar de estas experiencias terriblemente autoritarias, parece haber alcanzado una rápida transición democrática en los noventa. En lo que respecta a sus variables culturales generales, sin embargo, continúa dentro de los casos latinoamericanos de mayor autoritarismo.


Chile se considera un caso de estudio excelente relacionado con el desafío entre las influencias democráticas y autoritarias, proveniente de una generación que experimentó dos experiencias políticas extremas, y relacionado también con el grado en el cual las preferencias democráticas o autoritarias podrían persistir en un ambiente político alterado. Al momento de la encuesta, Chile se caracterizaba por poseer un electorado en el cual aquellos pertenecientes al centro, ideológicamente hablando, llegaban a ser casi la mitad de la población, mientras en 1973, en el momento del golpe militar, representaban sólo un cuarto de ésta.
Los chilenos fueron gobernados en el año 1998 por Eduardo Frei, un demócrata cristiano perteneciente a una familia que ostenta una larga historia política en Chile; fue el segundo presidente electo desde que el general Augusto Pinochet fue rechazado en 1988. No obstante, las fuerzas armadas siguieron teniendo una activa intervención en los procesos de gobierno a través de sus aliados conservadores:
continuaron frustrando las reformas constitucionales. Los legados del militarismo y autoritarismo permanecen institucionalizados y visibles a pesar de los significativos logros democráticos chilenos correspondientes al periodo inmediatamente anterior a 1998. El electorado también continúa polarizado en varios aspectos, como por ejemplo si corresponde que Pinochet sea juzgado o no en España por crímenes contra la humanidad.
Después de haber realizado una encuesta piloto de los tres países en marzo de 1998 a través de MORI internacional, de Princeton, NuevaJersey, y presentado nuestros resultados iniciales en el David Rockefeller Center para estudios latinoamericanos, en la Universidad de Harvard en mayo, surgió una nueva herramienta para la encuesta. El cuestionario estaba compuesto de 43 preguntas, formuladas a 3 396 personas en los tres países enjulio de 1998 (véase apéndice 2). MORE internacional publicó los resultados finales en septiembre de ese mismo año, y un grupo de especialistas internacionales se reunió en la Universidad de Tulane en enero de 1999 para analizar la información disponible.
Los resultados de la conferencia de Tulane y una subsiguiente en

La univesidad de California en San Diego, cii noviembre de 1999 son presentados aquí, cuidadosamente revisados. A mediados de marzo de 1999, quien escribe se encargó de dirigir a través de uoii internacional una encuesta, que incluyó siete de las preguntas básicas que se centran en el concepto de democracia, en el Wall Streei Jouiial de hispanos no hispanos en los Estados Unidos. Esa infinmación nos permite obtener las primeras respuestas comparables en relación con el concepto de democracia entre americanos no hispanos, hispanoamericanos y latinoamericanos.


Toda la información de la Encuesta Hewlett del año 1998 está disponible en el CD-ROM que se incluye en este libro. Los contrihu entes (le este proyecto consideran que dicha información debe ser disti 1 buida lo más ampliamente posible, y que el material debe estar disponible de forma clara y mcii de usar. Cualquier indisiduo que esta familiarizado con el uso de una computadora puede utilizar lúcilmente el programa de gráficos de dicho Cn-ROM. Este programa, diseñado por el Roper Center en la universidad de Connecticut, pernil- te al lector tabular en forma cruzada cualquiera de las variables provenielites de la encuesta en varias presentaciones (le gráficos tra(licionales, incluyendo gráficos de pastel y gráficos de barras.
Cada lector puede explorar varias relaciones entre las 43 variables en los tres países, de las cuales sólo algunas específicamente seleccionadas serán analizadas en los próximos capítulos. Hasta donde sabemos, ésta es la primera vez que disponemos de información general (le encuestas, sin mencionar la correspondiente a los valores democráticos (le esta región, la cual se halla disponible para los lectores en ña - ma de CD—ROM. Aquellos lectores más hábiles en el manejo de información estadística sofisticada pueden también obtener la base de (latos original del Global Quality Research, Princetori, Nuesajersev.
Este libro estudia tres preguntas relacionadas entre sí. Primero, ( posible formular algunas hipótesis acerca de por qué ciertas variables, en forma individual o combinadas, ejercen una mayor influen cia para explicar los puntos de vista ciudadanos de la democracia ce Latinoamérica? La segunda tarea, basada en el supuesto de que he

ciudadanos provenientes de una misma y de distintas sociedades ofrecen definiciones heterogéneas de democracia, es identificar cuál es efectivamente el concepto de estos ciudadanos en relacióni con este término. Por ejemplo, ;consideran el concepto de democracia como equivalente al de libertad; está la justicia social por sobre todas las cosas en sus percepciones? En suma, ;cuáles son los conceptos más importantes que surgen (le las definiciones latinoamericanas de (le— mocracia? En tercer lugar ;tiene el concepto de democracia (le una determinada persona alguna consecuencia sobre sus otras percepciones, y ejerce dicha consecuencia algún efecto potencial en su comportamiento social, político y económico?


Al plantearnos estas tres preguntas, es imposible evitar un complejo debate teórico en la literatura sobre democratización: el relacionado con la interacción entre cultura y comportamiento democrático. La razón de dicho debate es simplemente que los valores y actitudes son una parte integrante de las más ampliamente utilizadas definiciones de cultura. Siendo que liemos elegido explorar las actitudes ciudadanas a través de una metodología de investigación por encuestas que formula preguntas sobre los alores latinoamericanos, hemos ingresado naturalmente, a la esfera de la cultura política.8
La cultura está típicamente compuesta por aquellas actitudes, valores, creencias, ideales, y experiencias que predominan en una sociedad dada.9 La cultura política comprende los mismos componentes pero se concentra en cómo esos valores son trasladados a las visiones políticas de la gente, sus juicios acerca de los sistemas políticos, y su propia participación en política.1° Surgen al menos tres preguntas relevantes con respecto a la cultura y su relación con el gobierno democrático.
La pregunta polémica y más importante acerca de la relación entre cultura y política es cómo la cultura en forma general y la cultura política en forma específica afectan las actitudes hacia la democracia, y si estas actitudes a su vez alientan y sostienen ampliamente la conducta democrática en una sociedad. El trabajo de Ronald lnglehart ofrece soporte empírico para esta controversia. La proposición inverSa es igualmente desafiante: ¿hasta qué punto contribuye la existencia y práctica de la democracia a ciertos valores culturales y actitudes? Mitchell Seligson y Edward Muller, quienes encontraron evidencia sobre esta relación, sintetizan en forma convincente este debate:
Si las inferencias causales de Inglehart son válidas, debe darse prioridad a aquellas explicaciones sobre democracia que destacan actitudes hacia la cultura política por sobre aquellas que lo hacen con respecto a la importancia de las condiciones socioeconórnicas a niel marro. El problema reside en el hecho de que la posibilidad de un efecto luego de años de democracia continua en la cultura cívica es ignorada. Un defensor de la hipótesis alternativa de que la democracia causa actitudes de cultura cívica podría sostener razonablemente que el supuesto “efecto” de cultura cívica en la democracia es en realidad un efecto de esta última en la primera.11
Finalmente, si de hecho existe una relación entre la cultura y el modelo de democracia, ¿puede la cultura explicar las características específicas de la democracia en una sociedad comparada con otra?
Estas tres preguntas han proocado controversia en las ciencias sociales por decenios.12 Dicha controversia surgió a partir del argumento de que la existencia de una cultura cívica caracterizada por valores ciudadanos conducentes a la democracia tiende a fomentar instituciones democráticas y pluralismo político.
Por ejemplo, algunos especialistas han argumentado que el grado en el cual los ciudadanos se encuentran involucrados en la toma de decisiones fmiliares durante la niñez tiene un efecto directo sobre su inclinación hacia modelos políticos autoritarios o no autoritarios en la edad adulta. En otras palabras, los ciudadanos asimilan las normas de comportamiento de otras experiencias que se trasladan a su comportamiento político adulto.
Esta relación potencial entre experiencias y valores depende de un proceso general referido a la socialización. La socialización tiene lugar mediante varios agentes y experiencias que determinan cómo ciertos valores Son aprendidos)4 Los estudiosos de la socialización han típicamente identificado diehos agentes importantes conm la familia, el colegio y los amigos. Indirectamente, uno de los temas fundamentales analizados en este libro es cómo estos valores son aprendidos. Sin embargo, la dificultad existente al examinar la relación entre cultura e ideologías políticas democráticas es que la cultura es tan abarcadora que el determinar cualquier tipo de relaciones causales entre variables culturales específicas y actitudes democráticas rcsult.a desafiante, o en el peor de los casos imposible. 15 Para ilustrar este dilema, uno debe solamente hacerse una pregunta: ¿Producen las instituciones democráticas ciudadanos con valores democráticos, o son los mismos ciudadanos con valores democráticos producto de los valores culturales generales, los que producen dichas instituciones democráticas?16
¿Qué podemos decir, brevemente, acerca de la democracia? Algunos especialistas, incluyendo a Kenneth Bollen y Paul Cammack, nos advierten en contra de conceptualizar a la democracia como el logro de ciertos principios políticos y confundir sus aspectos políticos con los sociales.17 Sin embargo, puede perfectamente ocurrir que ciudadanos individuales definan de propia voluntad a la democracia en términos no políticos. En principio, debería quedar claro que ni los Estados Unidos, ni cualquier otra democracia occidental que haya perdurado por largo tiempo, puede ser vista como portadora de la definición del concepto de “democracia”.
La mayor parte de la teoría reciente sobre la definición de una democracia en funcionamiento proviene de las sociedades postirmdustriales. Una lectura de la literatura tradicional revela la existencia de consenso en relación con dichos componentes básicos relacionados con la normativa de las leyes, libertades civiles, responsabilidad de los gobernadores, elecciones competitivas, etc. Por lo contrario, desde
15 Estos argumentos son adecuadamente sintetiiados por Ruth Lane en “Political culture: residual category nr general theor?”, (.‘omparative Politá- cii Studies 25, núm. 4, 1992, Pp. 362-387.
16 Gabriel Almond, mm dc los colaboradores iniciales de la encliesta cte iilvestigaCión sobre cultura cívica, sugiere que definitivamente afecta el desempeño y estructu fa gubernamental pero no determina esos modelos. “Foreword: a rcturmm to political Culture”, en Diamonci, PolJtri al culta re, ix.
17 Kenneth A. Bollen, Polmtical demnocra: conceptual and measurement traps”, OIt MeasurmngDemocrae, Alex Inkeles, cd., New Brunswick, j, Transaction Publishers, 1991, p. 8; Paul Cammack, “Democratmiatjon and citizenship in t.atjmi America”, Dernocracy and Deinocrcitzzat ion, Geraint Perry y Michael Moran, eds., Nueva York, Routledge, 1994, p. 177.

una perspectiva proveniente del tercer mundo o de Latinoamérica. se agregan componentes significativos no existentes en la literatura prmeniente de Norteamérica.18 Uno de los analistas que se acerca a la concepción latinoamericana de este término ambiguo es Valeric Bunce, quien, además de la lista usual de principios democráticos que la mayoría de los teóricos incluye, incorpora, como ingrediente fundamental, la distribución de los recursos económicos.


A diferencia de la mayoría de la investigación reciente sobre democratización, nuestra información no mide primordialmente el análisis de los especialistas, independientemente de las variables analizadas, acerca de si un país dado es más o menos democrático o si el sistema democrático ha perdurado por mayor tiempo en un país X comparado con un país Y En cambio, la mayoría de la investigación presentada aquí permite a los ciudadanos hablar por sí mismos, en vez de seleccionar algunas variables que a priori se considera que miden la presencia de democracia. Se centra en la visión de los ciudadanos sobre qué tipo de democracia existe en su sociedad, si ellos creen fehacientemente que el modelo democrático se encuentra realmente en funcionamiento en su país, y qué expectativas tienen en relación con la democracia.
La información proveniente de nuestra encuesta apoya claramente la visión de que la mayor parte de los latinoamericanos no conceptualiza la democracia de la misma manera en que lo hacen los teóricos o ciudadanos estadunidenses. Más aún, la vasta mayoría de los latinoamericanos no tiene las mismas expectativas sobre la deinocracia que los norteamericanos. Parece probable, ciadas sus respuestas, que existe cierta relación entre cómo los ciudadanos conceptualizan la democracia y qué esperan de la misma como modelo político en funcionamiento. Finalmente, lo que distingue a las versiones latinoamericana y norteamericana de democracia es la importancia que cada una de ellas le da a la igualdad social y económica y al progreso.
Los resultados provenientes de la información obtenida a través de la encuesta poseen importantes implicaciones para la comprensión del
Véase, por ejemplo, Mehran Kamrava, “Political culture and a new clefinition of the third world”, Third World Quarterly 16, núm. 4, 1995, pp. 698-699.
9 Para un breve debate acerca de estos principios, véase Shannan Mattiace y Rodenc Ai Camp, “Democracv and development: an overview”, Democrmy ¿n Latin Amecho:
paltcou and yeles, Roderic Ai Cainp, cd., Wilmington, Del., Scholanly Resources, 1996. pp. 3-19.

éxito potencial y la permanencia de la ola de liberalización política que se ha expandido a través de la región desde fines de los años ochenta conio parte de una tendencia documentada y globalmente generalizada. 20 La obtención de una comprensión más profunda y nunuciosa de lo que significa la democracia para el ciudadano promedio en los tres países latinoamericanos que encuestamos ayuda a comprender las dificultades que entraña una completa democratización más allá del establecimiento de simples estructuras electorales.


La información de la encuesta nos permite también explicar más detalladamente hasta qué punto el éxito de la democracia en Latinoamérica depende de las condiciones estructurales y las instituciones (por ejemplo, la división de poderes) o de valores fuertemente arraigados, y si aquellos importantes valores ciudadanos contradicen o facilitan el logro de los objetios democráticos. Estos hallazgos nos permitirán no sólo evaluar y entender los (lesarrollos políticos dentro de cada país y en la región como un todo, sino que también cobrarán significativa importancia al contribuir al entendimiento de la democratiLación latinoamericana por parte de la comunidad de política exterior de los Estados Unidos. Por ejemplo, uno (le los aspectos más importantes de la relación bilateral actual entre México y el país del norte es el ritmo, dirección y contenido de la política de liberalización mcxicana.
La conceptualización de democracia tiene también implicaciones relacionadas con el desarrollo económico y la aceptación de ciertos tipos de conducta económica, como Kenneth Coleman lo sugiere en su trabajo. Varios analistas encuentran una mayor relación entre liberalización económica y política.2’ Sin embargo, esta conexión plantea un enigma similar al de la relación democracia-cultura: la dirección de la relación causal. Si efectivamente existe una relación, entonces aquellos valores democráticos fuertemente arraigados, dependiendo de cuáles sean específicamente, pueden ofrecer impor20 Samuel P. Huntington, “Demociacn’s third was e”, 1 he Global lic igetue o/Dono
Cracy, I,arrv Diamond s Marc F. PlatInar; eds., Raltirnore, Joinis l—lopkins t iriversiD Press, 1993, pp. 3-25.
21 Robert ¡—1. Dix, “History and democ rau revisited”, (.nmp’iraln’e Poli/ics 27, octubre de 1994, p. 94. Lo excelente analisis acerca de las posibles relaciones causales entre el liberalismo politico y económico es presentado por Peter Fi. Smith, “The politiCal impact of free trade ¡o Mexico”, /ournal o/lo/cromen ron 3/ud/es und 1lorld lfJoirs 34, flúm. 1, primavera de 1992, pp.

tantes datos acerca de la receptividad cultural hacia ciertas couductas económicas y el deseo de ponerlas en práctica.22


Se puode plantear hipotéticamente que el tema de la desigualdad social, ur10 de los principales obstáculos hacia una estructura de crecimiento económico más equitativa y exitosa en Latinoamérica, está ligada a Ciertos valores que poseen algún poder explicativo para comprender la conducta política, específicamente, democrática. Según Marta L4gos, los ciudadanos latinoamericanos de ocho países, (incluidos :hile y México), quienes se encuentran insatisfechos con las condiciones económicas de sus países, están reclaInando que la democraci4 se convierta en un sistema más eficiente en lograr un rápido creeiluiento económico. Más aún, su investigación sugiere que la instrumc.ntación de instituciones democráticas en la región ha aumentadc incuestionablemente las expectativas económicas de sus ciudadam10523
El prpósito de este libro no es sugerir que los valores culturales, en este taso aquellos relacionados con la democracia, ofrecen una explicadón de la conducta política. Existen muchas variables que llevan a diterenciar los procesos políticos y el comportamiento, de las cuales la cultura —específicamente la cultura política— es sólo una Más aún, este volumen no establece, de ninguna manera, debates teóricos o empíricos sobre la relación entre cultura y democracia.
Este broyecto sugiere como punto fundamental que, aunque muchos ciudadanos latinoamericanos permanecen deseosos de un sistema democrático y han erigido estructuras democráticas formales, éstos coi1ciben la democracia de forma completamente distinta entre sí y, más fehacientemente, se diferencian de sus contrapartes estadunidensei, Incluso, sus conceptualizaciones pueden afectar otras actitudes y Conductas políticas y, posiblemente, la eficacia de las instituciones democráticas tradicionales de Occidente. Ronald Inglehart y Manta arballo afirmaron, de manera incuestionable, que Latinoamérica —culturalmente hablando, desde una perspectiva de valores básicos (rspeeíficos— es una región que se diferencia de otros grupos de sociedades, incluidos aquellos como los conglomerados del sur de
22 Par4 intormación detallada en relación con este aspecto en los Estados Unidos, vease Herljeri McClosky yjolus Zaller, IIse Arnerieau ethos: poblü altitudes towards cajsito mm aud demacro0, Cambrige, Harvard University Press, 1984.
23 Mar.ia Lagos, “AcOmodes económicas y democracia en Latinoamérica”, Este País, enero de 1997, pp. 2-9.

Asia, el norte europeo, Africa, Europa Oriental, e incluso la Europa católica.24


Es probable que exista algún vínculo entre cómo los ciudadanos definen el término democracia y la puesta en práctica de éste y el apoyo hacia las instituciones democráticas a largo plazo; algunos de los autores en este volumen consideran esta relación potencial. Otros exploran la posible existencia de una relación entre los valores democráticos y preferencias por políticas económicas específicas en la región. Finalmente, este libro propone identificar cuáles son las variables más importantes, si es que existen, que vinculan las conceptualizaciones latinoamericanas de democracia, y de esta manera —se espera— contribuir a la teoría futura y a las investigaciones que surjan en relación con estos aspectos.
La primera investigación por encuestas entre países que afirmó la existencia de una conexión entre la cultura política y la conducta política fue Dic civic culture—un clásico en la actualidad— realizada por Gabriel A. Almond y Sidney Verba, en la cual se examinaron cinco países en 1959, incluido México. Los autores buscaron específicamente un vínculo entre las actitudes culturales y una inclinación hacia conductas democráticas. Las dificultades para establecer dicho vínculo fueron completamente exploradas por teóricos como Arend Lijphart.25
Ls instrumentos encuestales utilizados por Almond y Verba contienen serias limitaciones metodológicas y debilidades, pero dicha inve;tigación demostró que los ciudadanos mexicanos no podían ser caracterizados como completamente autoritarios ni eunspletamente democráticos en relación con sus valores subyacentes sino que poseían, por lo contrario, una combinación de creencias que apo3aban y al mismo tiempo contradecían las prácticas democráticas. Desgraciadamente no existe, para este periodo, información comparativa para Chile y Costa Rica. Hoy, cuatro decenios más tarde, el interrogante es cuáles son los valores y experiencias compartido; por estos tres países y cómo conciben sus respectivas culturas cmvras”.
24Ronald Inglehart y Manta Carballo, “Does Latin America exisi? (and is ihere a Confician cultnre?): a global analysis ot cross-cultural differcnces”, 11$ J’olitieut Science andlslitzes 29, marzo de 1997, p. 46.
2tArend Lijpbart, “I’he stroctnre ot inference”, ‘1’he riele culture revisited, Grabriel A. Alnond y Sidney Verba, eds., Boston, Liule, Brown, 1980, pp. 37-

En su análisis de democracia y sistemas (le creencias masivas cr1 Latinoamérica, Alejandro Moreno ofrece un razonamiento equilibrado y razonable. Su análisis hace hincapié en temas específicamente relacionados con la visión latnsoamericana (le la democracia, cómo los la— tmoamericanos se en a sí mismos como demócratas, y las consecuencias (le sus Sisiones “democráticas”. Uno de los aspectos más interesantes en los que se centra su contribución a este s olumen es el nivel de apoyo a la democracia entre “demócratas” y “autoritarios respectis amente.


La clase social a la cual pertenece un individuo es una de las varia- bies que, según él descubre, ejerce una marcada influencia en las actitudes democráticas. Esta es conceptualizada cori la información disponible de la encuesta y está compuesta por las distinciones entre ocupación, ingreso y educación.
Cuanto ma) ores son el ni el (le ingreso ‘,‘ el fis el educatis o, mas prodemo (rati( o es un mdisiduo. Más aún, la breha entre los mcles (le ingreso más altos mas bajos es signific ilti’. amente mayor (lUC la brecha entre los ni’. eles (le educación más altos más bajos. En otras palabras, el ingreso parece lilas importante qtie la edti ación al explicar la divergencia en el apoyo a la democracia. La ocupación es una ariable que refleja los efectos (le ambos, el ingreso la educación.
Moreno sostiene que estas conclusiones ponen en tela tIc juicio la evidencia encontrada en estudios preios (le la cultura política latinoamnericana, que han minimizado el impacto de la variable de clase en relación con el apoyo (le los ciudadanos a los valores e instituciones democráticas.
Cuando Moreno desglosa las respuestas de los ciudadanos en relación con el grado en que apoyan los valores democráticos en oposición a los que apoyan los valores antidemocráticos, encuentra diferencias significativas en cuanto a sus expectatuas políticas. Por ejemplo, el 26% de los costarricenses que revelan preferencias hacia la democracia ven a las elecciones como el principal objetivo de ésta. Por lo contrario, entre los costarricenses que prefieren una alternativa autoritaria, sólo el II (,4 considera a estas últimas como un ohjetiyo primordial del sistema democrático. Patrones similares, aunqlim. no tan extremos, existen en Chile y México.
El país que mejor representa el vínculo potencial entre la culttira su modelo político (en este caso la democracia), independientemen

te de la dirección tIc éste, es Costa Rica. Como Mary Clark afirma en su ensayo, este país se distingue no sólo por tener el sistema democrático más antiguo (le la región, sino también como un país en el cual el sistema político descansa sobre una única cultura política.26


El apoyo de los costarricenses a las institticiones democráticas, a pesar de un nivel de satisfacción sustancialmente menor en lo que respecta al modo en el que ellas funcionan, se e reflejado en la universalidad de sus preferencias hacia la democracia. Un 80% de los ciudadanos de Costa Rica (84% si aquellos que no respondieron son excluidos) prefiere la democracia a cualquier otra forma de gobierno. Al medirse esta preferencia a través de variables estándares como género, edad, educación, ingreso, residencia, grupo étnico, la variación en la respuesta fue bastante pequeña, lo cual sugiere una marcada uniformidad en el apoyo.
Los habitantes de pequeñas ciudades fueron los que mostraron menor preferencia hacia la democracia, de los cuales sólo el 73% afirmó preferir este sistema. El mayor apoyo fue encontrado entre los costarricenses de raia negra, de los cuales el 88% prefiere este modelo político. Como concluye Clark,
Considerando el hecho (le que aproxirriadamente la mitad (le los ciudadanos de esta nación ccntroameri(alta continuan visiendo en áreas rurales y pie la gente negra constituye una dfha distinta tina minoría cultural en Costa Rica, estos resultados constituyen un buen presagio para la auiplitud del apoyo y el nivel de satjsfac sión en relación con la deniocracia alli.
Según Clark, una de las conclusiones más llamativas de la Encuesta Hewlett entre los costarricenses es su nivel de participación en instituciones sociales como la familia, las escuelas y el ámbito laboral. Lo que resulta extraordinario es el hecho de que el 51% (lijo que sus padres les permiten a sus hijos participar, generalmente o siempre, en las decisiones familiares. Clark coicluye que cifras elevadas en medidores de participación social “parecen indicar que la crianza de los costarricenses los prepara para una ciudadanía en tina sociedad democrática.”
Dichos niveles de participación familiar han sido considerados como generadores de principios participati vos en un área sociopolítica
26 Para inforniacmómm genci al de (,osta Rica, éase Bruce M. Wilsomm, Costa Ron: o/i tlcs, econoilz(s, (1!>d (I(fl>000fl. ISoi] (tel, ( 5 )l( >1.1(10.

más amplia. En efecto, la participación familiar fue una de las variable originalmente analizadas en The civic culture Sin embargo, en vez de proporcionar un fuerte apoyo a la visión de que una experiencia crucial socializadora, como la toma de decisiones familiares, ayuda a explicar una inclinación hacia prácticas políticas democráticas, nuestra investigación arroja importantes interrogantes acerca del vínculo teórico entre cultura y democracia, un tema que el mismo Gabriel Almond revisó en 1980.27


Dada la longevidad y la profundidad de la experiencia democrática en los Estados Unidos, sería de esperar que sus ciudadanos tuviesen altos grados de participación en la toma de decisiones familiares, lo cual efectivamente ocurrió en la encuesta del año 1959. Notablemente, sin embargo, en marzo de 1999, en una encuesta del Wall Street Journal, sólo el 38% de los encuestados de este país admitió experiencias similares. ¿Cómo es posible que el nivel de participación de los costarricenses en las decisiones familiares alcance valores significativamente mayores que en el caso de los estadunidenses, y qué nos dice esto en relación con el vínculo cultura-democracia?
Surgen algunas respuestas posibles. Si la relación entre los valores culturales generales y la democracia existe específicamente, entonces el pluralismo en la toma de decisiones familiares puede ser importante en la construcción de una conducta política democrática pero no necesariamente en lo que respecta a mantenerla. Segundo, si una democracia en funcionamiento estimula la participación en otras instituciones de la sociedad, incluida la familia, entonces la democracia. como nuevo sistema, produce una influencia más fuerte y más inmediata; la encuesta de Cultura cívica fue realizada sólo un decenio después del establecimiento de instituciones democráticas en Costa Rica, pero más de ciento cincuenta años después de comenzar en Estados Unidos. Tercero, existen probablemente diferencias sustanciales en la estructura familiar entre las dos culturas, y por lo tanto, las respuestas al interrogante pueden no ser comparables. Sin embargo, hay evidencia empírica que sugiere que los niños mexicanos criados en familias con un entorno autoritario se inclinan en mayor medida hacia una conducta política autoritaria que aquellos que no comparten esa experiencia. 28
27 Gabriel A.lmond, “The intellectual history of the civic culture concept”, Almoncí y Verba, The civic culture revi2ited, p. 26ff.
25 Véase el estudio clásico de Rafael Segovia, La politización del niño mexicano, México, Él Colegio de México, 1975, p. 152.

Una segunda contradicción importante surge de la información de Costa Rica. La confianza interpersonal ha sido considerada por mucho tiempo un indicador importante del potencial de los ciudadanos para funcionar cii una organización política democrática.29 De hecho, Rcnald Inglehart, quien nos ayudó a diseñar la encuesta, vinculó esta variable en gran medida a las democracias estables en estudios amplios, es decir, multipaís.30 Contrariamente a lo esperado, Clark descubrió que los costarricenses son altamente desconfiados; no obstante, a pesar de los bajos niveles de confianza, ellos prefieren el compromiso y 1a negociación antes que el conflicto. Seligson tampoco encontró inicial mente alguna relación entre la confianza y la preferencia por la dem cracia, contradiciendo el reciente trabajo de Robert Putnam en Italia. 31 Sin embargo, cuando Seligson realizó un análisis Inultivariable de la información > eliminó la variable relacionada con la nacionalidad, concluyó que la confianza interpersonal se torna importante y estadísticamente significativa entre otras variables influyentes.


Es muy difícil explicar esta contradicción. Nuevamente, es posible que los altos niveles de confianza política sean más significativos al iniciar y mantener un proceso democrático en las fases iniciales. Por otro lado, puede ocurrir que la pregunta utilizada en la encuesta para medir la confianza sea limitada. Timothy Power y Mary Clark de. muestran que un sentido de responsabilidad cívica —o lo que Putnam califica como capital social, una combinación de varias variables— proporciona una apreciación más precisa de la confianza de los ciudadanos.32
Este tema relacionado con la confianza interpei-sonal es considerado con vital importancia, pero con resultados contradictorios, en la información de México. Según el análisis de Matthew Kenney, uno de los cambios más destacados que ha tomado lugar en los valores de los
29 Por ejemplo, Muller Seligson sugieren, basándose en la investigación de las e1-
Cuestas, que las políticas democráticas faorecen la conllania, Civic culture asid demo_
Cracy, pp. 645-652. El argumento opuesto, es decir, que las políticas democráticas no
producen confiania, ha sido ofrecido por Robert D. Putnam Con Robert Leonardi y
Raifaella Y. Nanetti, Makrng deroocrmy work: dvic traditions ¿a rnodern Ital), Princeto
Princeton Linversity Press, 1993,
Ronald Inglehart, Culture shrjt rn advanced industdal laúd3, Princeton, Princeton University Press, 1990.
31 Robert Putnam, Making deorocracy work..., op. cit.
32 Robert D. Putnarn, “Tuning in, tuning out: the strange disappearance of social Capital in America”, PS: Poluzcal Scrence and Politics 27, núm. 4, diciembre de 1995, pp. 66683

ciudadanos a través del tiempo es un aumento en la confianza interpersonal. En la información del año 1998 proveniente de la Encuesta Hewlett, el 44% de los mexicanos opinaba que podía confiar en los demás individuos, una cifra comparable a la de Estados Unidos y Canadá en los noventa. En 1991, sólo el 31% de los mexicanos creía en la confianza hacia los demás. Un decenio antes, en 1980, únicamentu rl 17% de los ciudadanos mexicanos expresaba dicha opinión.


Estas cifras, en el transcurso (le dos decenios, indican un incremento fuerte y sostenido en la confianza interpersonal. Como lo sugiere Kenney, es difícil atribuir esta tendencia a variables de causalidad específicas, al menos en lo que respecta a la información disponible proeniente de la presente encuesta. Lo que él sí encontró es que, no sorprendentemente, existe casi el doble de probabilidad (le que aquellos mexicanos que están satisfechos con la democracia confien en los demás.
¿Qué es lo que explica este patrón en México? Como los ciudadanos de este país pasaron de un sistema autoritario a tina organización política democrática, éstos se han vuelto más confiados, a pesar de numerosas tensiones. Además, durante las etapas iniciales de dicha transición, una confianza en aumento es la respuesta a una ma\ nr responsabilidad. Según el propio Kennev, quizá “los mexicanos están comenzando a (larse cuenta de que no pueden seguir esperando que el estado resuelva los problemas del país y que, por lo contrario, deben dar un giro hacia ellos mismos”. Existe evidencia anecdótica para apoyar este punto de vista. Corno respuesta al des astador terrernotu en la ciudad de México en 1985, los residentes ignoraron la incompetencia gubernamental y por consiguiente organizaron espontáneainente equipos de rescate para salvar a las familias, vecinas y extrañas por igual.33 Como resultado (le esta colaboración el terremoto llevó al florecimiento de distintos grupos con orientaciones políticas y organizaciones no gubernamentales.34
Joseph Klesner encuentra también un vínculo entre mexicanos chilenos de la preferencia por los modelos autoritarios o democráticos y el nisel de confianza interpersonal. Por ejemplo, aquellos ciii dadanos que son desconfiados y no están politizados tienden a mm—
Carlos B. Gil, hope and frufration: inteivieu,s wjlh ¿codeo of Mexico p011001 opJo lion, Wilmington, I)el., Sc holarly Resources, 1992, pp. 48-57.
ii Sheldon Annis, “Gis ing voice mo he poor”, lorelgo Po(uy níirn. 84, otoñO de 199!.

trarse más insatisfechos con la democracia y a preferir regímenes no democráticos. Corno conclue Klesner,


[...] algunos sefrncntos de la población de cada país se mantienen profundamente antideiiioeráticos [.1 éstos pueden crear problemas en la práctica demnocrática y someter a prueba la tolem am ja (le aquellos que se manifiestan como profmmndarccnte democráticos en sus abres. Éste es un desafío que tanto Chile corno México enfrentarán en los próximos años.
Klesner considera, sin embargo, que algunas características específicas de lm recientes regímenes autoritarios en México y Chile amoldaron las actitudes de los ciudadanos dentro de un contexto en evolución, de mayor pluralismo en sus respectivas organizaciones políticas. El autor sugiere que mexicanos y chilenos tuvieron distintas experiencias en los años setenta y ochenta y que las experiencias de estos últimos contribuyeron a una situación en la cual, en respuesta a la severa represión bajo la dictadura de Pinochet y las divisiones ideológicas extremas, mostraron altos niveles de desconfianza con respecto a sus compatriotas y se convirtieron en los “despolitizados” de los noventa. Esta actitud es representada por el hecho de que muchos chilenos no sólo expresan poco interés por cualquier partido político, sino que tampoco votan. Los mexicanos, por otro lado, muestran altos niveles de confianza según Klesner, quien se basa en los resultados provenientes de los ensayos de Kenney y Frederick Turner y Carlos Elordi; pero los mexicanos carecen de confianza en las instituciones políticas —partidos políticos, gobierno y congreso— las cuales han ignorado o se han aprovechado de sus intereses.
¿UNA DEMOCRACIA lATINOAMERICANA?
El segundo aspecto que esperarnos clarificar es el concepto que tienen los latinoamericanos de la democracia. Los resultados en este aspecto son más directos que aquellos relacionados con el vínculo entre cultura y democracia; no obstante ello, son igualmente llamativos. La información sugiere tres conclusiones fundamentales. Primera, entre los latinoamericanos no existe consenso en relación con lo que el término democracia significa. Segunda, sólo los costarricenses ven la democracia e términos completamente políticos, muy similares en contenido al punto de vista expresado por los estadunidenses. Tercera, los mexicanos y los chilenos, que se espera sean más representativos de Latinoamérica que otros países, ven a la democracia en términos sociales y económicos, no políticos.
La respuesta de los costarricenses a la definición de democracia yace en un valor básico: la libertad. Más de la mitad de los encuestados eligió definir la democracia como sinónimo de libertad (cuadro 1). Solamente un quinto de los mexicanos ven a la democracia como libertad, el mismo porcentaje que aquellos que la ven como sinónimo de igualdad. Los altos porcentajes restantes de mexicanos identifican a la democracia con el proceso de votación, con el progreso, como forma de gobierno, o como respeto. Los chilenos, por su parte, responden a la pregunta en cifras que se aproximan bastante a las de los mexicanos. Como algunos de los colaboradores de este volumen sostienen en sus ensayos, los costarricenses se diferencian de los demás en lo que respecta al concepto de democracia.
Lo que resulta interesante es el hecho de que las respuestas de los costarricenses relacionadas con este tema son mucho más similares a las de los estadunidenses que a las de los mexicanos o chilenos. Los costarricenses también prefieren la democracia en un porcentaje mucho mayor que los chilenos o mexicanos. Según muchos de los colaboradores, la pregunta fundamental se basa en por qué existe ima diferencia tan grande en la medida en que los ciudadanos de Costa Rica se encuentran a favor de la democracia en comparación con los mexicanos y chilenos.
Para explicar lo que él describe como “el excepcionalismo costarricense”, Mitchell Seligson examina algunas variables importantes que los teóricos democráticos tradicionales consideraron asociadas a la democracia. Primero analiza variables seleccionadas en forma indi idual. Explora el nivel de tolerancia social, por ejemplo, y descubre que no ofrece demasiados datos relacionados que expliquen la razón por la cual los costarricenses expresan tan fuerte apoyo a las organi/aciones políticas. Cuando se traslada al campo de la responsabilidad. encuentra un vínculo potencial con las preferencias democráticas (le Costa Rica, pero la Encuesta Hewlett carece de suficientes preguntas adicionales para examinar esta relación en forma completa.
En pos de ofrecer un análisis más sofisticado de lo que podría explicar la importancia respectiva de distintas variables en relación coi el excepcionalismo costarricense, Seligson acude a un análisis mnitivariable de la información en el cual la preferencia por la democra ci

es la variable dependiente, mientras que utiliza las variables independientes en forma colectiva para determinar si existe una relación significativa. Su análisis estadístico lleva a algunas conclusiones importantes. En primer lugar, la nacionalidad se torna extremadamente influyente en la determinación de la preferencia por la democracia. Como él lo establece, “el factor explicativo abrumador es el ser costarricense y no mexicano o chileno”. El valor de este resultado es, sin embargo, limitado, porque la pregunta importante continúa siendo ¿cuáles son las variables que explican las diferencias entre naciones


Cuadro 1. Puntos de vista ciudadanos de la democracia en Latinoamérica y Estados Unidos (en porcentajes)
Pregunta: en una palabra, ¿podría decirme qué significa la democracia para usted?
Muestra: N = 3 396, columnas latinoamericanas N 1 659, columnas estadunidenses.
Ia información proveniente de la encuesta del Wall Street Journal de marzo de 1999, en combinación con los resultados de la Encuesta Hewlett de 1998, ilustra las diferencias en las expectativas de los Ciudadanos acerca de la democracia entre cuatro países (cuadro 2). No sólo los costarricenses chilenos y mexicanos tienen distintas conCepciones de la democracia, sino que también tienen distintas expectativas acerca de ésta. Resulta evidente que de acuerdo a como ellos definen la democracia, atribuyendo un mayor peso a la igualdad, tiene una influencia en lo que esperan de este modelo. De hecho, podría decirse que los ciudadanos de los tres países latinoamericanos espe‘ n mayor igualdad en términos económicos, haciendo hincapié en el Progreso Mientras que la mayoría de los latinoamericanos definen SUS expectativas democráticas en términos socioeconómicos de igual-

-‘


dad y progreso (los cuales constituyen en SU COfljUllto entre el 37 e] 54% de las respuestas), sólo el 18% de los estadunidenses comparl estas expectativas.
Los estadunidenses, por su parte, definen sus expectativas en tés minos definitivamente políticos, la mitad (48%) deseosos de libertaé La diferencia entre los Estados Unidos y Latinoamérica se basa nu \amente en el hecho de que sólo el 34% de los hispanos en los Esta- (los Unidos identifica la libertad como la expectativa más importallk., exactamente a mitad del camino entre la cifra para los norteamericanos no hispanos y el promedio para los tres países de Latinoaméri m (19%). Corno era de esperarse los costarricenses se encuentran mas cercanos a la respuesta de Estados Unidos, teniendo expectativas mucho más altas con respecto a la libertad y mucho menores con respeto a la igualdad que los chilenos y mexicanos.
Cuadro 2. ¿ Qué esperan de la democracia los ciudadanos latinoamericano y esladunidenses? (en porcentajes)
En una palabra, ¿podría decirme qué espera de la democracia? 1’siado,s t ‘nidos México Costa Rica

Muestra: N — 3 396, columnas latinoamericanas; N — 1 659, columnas estadunidenses.


Como lo sugiere la información presentada en el cuadro 2, distintas percepciones de la democracia tienen diferentes consecuencias en lación con las expectativas y actitudes del público sobre el gobierno. Uno de los colaboradores de este volumen, Kenneth Coleman, analia en qué medida estas creencias afectan las actitudes latinoamericanas hacia la propiedad pública, un tema primordial en la transfirmacióim hacia la economía neoliberal en la región durante los noventa.
No debería sorprender que las opiniones acerca de si ciertos servicios debiesen ser provistos por el sector público o el sector priva(i() difieran entre los ciudadanos estadunidenses y los latinoamericano’.
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