Robert louis stevenson



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ENSAYOS LITERARIOS



ROBERT LOUIS STEVENSON



INDICE
1. ENSAYOS SOBRE EL ARTE DE LA ESCRITURA
Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte

Acerca de la elección de profesión

Autores populares

Sobre algunos elementos técnicos del estilo literario

La moral de la profesión de las letras

Los libros que me han influido

Nota sobre el realismo
2. BOCETOS
Un satírico

Nuits blanches

La corona de siemprevivas Nodrizas

Un personaje
3. CRITICA LITERARIA
Las narraciones de Julio Verne

Las obras de Edgar Allan Poe

«El progreso del peregrino» de Bagster

Charla sobre una novela de Dumas

Charla sobre la novela

Una humilde reconvención

1

ENSAYOS SOBRE LA ESCRITURA
CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE
Con la seductora franqueza de la juventud me plantea una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que todo depende de la vocación.

Saber lo que a uno le gusta marca el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad totalmente experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida. Una y otra vez aúna el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante; pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna excepción ‑y el destino entra aquí en escena‑, es en los momentos en que, hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte que solamente consiste en saburear y dar cuenta de la experiencia.

Esto, que no es tanto vocación por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo inquebrantable por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas de su vocación. La ejecución dc un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista.

Si descubre en usted inclinaciones tan acusadas, no haya lugar para vacilaciones: ríndase a ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle excesivamente) que, al principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda, el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán empeñados en la tarea amada.

Mas, me recordará, pese a la devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas, a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas, arte. El artista inútil no habría sido un panadero del todo incompetente. Y el artista, incluso si no divierte al público, se divierte a sí mismo; al menos ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los beneficios directos ‑el salario del oficio‑ son reducidos, pero los beneficios indirectos ‑el salario de la vida‑ son incalculables. No existe otro negocio que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos deseables.

Pero el ejercicio del arte no sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus esfuerzus. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con facilidad, tales son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac) ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquéllos, la gran mayoría de su audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pcnsamiento, a solas en su estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su arte.

Aquí conviene hacer dos advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres. Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar. Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vìsta) por servicios que desea ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de vida más viril.

Al hablar de un estilo de vida más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde. El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su arte ya le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su derecho a tales honores.

Pero la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar: proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado. Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos a la suprema amargura de la picota, en esencia tarnbién cortejamos a la humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos! Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces (como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de comprender.

Y advierta que éste parece ser el final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su nombre, según creo. es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort y un quehacer se hacen más necesarios, el escritor debe abandonar a la par su medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una situación falsa.

Pero el escritor (pese a los notorios ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel? ¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan expresar hasta qué punto es más necesario para un hombre mantener a su familia que conseguir ‑preservar- alguna distinción en las artes. Pero si es responsable de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor) roba de forma tal que siempre sale impune.

Y ahora quizá me pregunte: si el artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre, después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su Eracaso. O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?
*
ACERCA DE LA ELECCION DE PROFESION
El manuscrito original de este ensayo permaneció entre un montón de viejos papeles durante años y siempre se había tomado como la «Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte». Sin embargo, recientemente un examen más cuidadoso reveló que se trataba de una obra inédita, y durante algún tiempo fue objeto de todo tipo de elucubraciones sobre su origen y la razón de su supresión. Su carácter general, la particular calidad del papel, incluso su misma letra, todo indicaba que se había compuesto en Saranac, en el invierno de 1887‑88. Pero ¿por qué se había suprimido?

Entonces, en la forma oscura y vacilante en que suelen suceder estas cosas, empecé a recordar su historia. Se había juzgado cínica, de un tono demasiado sombrío, que desentonaba demasiado con la filosofía habitualmente asociada a R. L. S. Se pensó que, en lugar de ayudar al joven, más bien habría de desalentarle y deprimirle. Por esa razón se había ignorado en favor de otro ensayo sobre la carrera del arte. Hasta qué punto es acertada su publicación es algo que los lectores deberán decidir. Se diría que nos oponemos a los deseos del autor, quien evidentemente se alegró de que cayese en el olvido; sin embargo, por otro lado, no parece correcto escamotear un esfuerzo tan grande, tan brillante y de un humor tan ceñudo a los muchos que encontrarían placer en ello. A fin de cuentas, debemos tener en consideración a quienes no son el joven caballero; y puestos estos últimos sobre aviso, tal vez no recibamos ningún reproche de los amantes de la literatura, sino que, por el contrario, nos granjeemos su apoyo y alabanza por la medida que hemos adoptado. (L. Osbourne.)
Me escribes, estimado amigo, pidiendo consejo en uno de los momentos más trascendentales de la vida de un hombre joven. Te dispones a elegir una profesión; y con una incertidumbre muy estimable a tu edad, dices que agradecerías recibir alguna guía para tu elección. Nada más propio de la juventud que buscar consejo; nada más adecuado a la madurez que estar en disposición de darlo; y en una civilización antigua y complicada como la nuestra en la cual las personas prácticas alardean de una suerte de filosofía empírica superior a los demás, sería muy natural que esperases encontrar una respuesta cumplida a tales cuestiones. Para los dictámenes de la filosofía empírica recurres a mí. ¿Cuáles, preguntas, son los principios que siguen habitualmente los hombres juiciosos en encrucijadas críticas semejantes? Confieso que me coges desprevenido. He examinado mis propios recuerdos; he preguntado a otros; y con la mejor voluntad por serte de más ayuda, temo que lo único que puedo decirte es que, en tales circunstancias, el hombre juicioso actúa sin atenerse a principio alguno. Te sientes defraudado; también fue doloroso para mí; pero, a fuer de sincero, te repito que la sabiduría nada tiene que ver con la elección de una profesión.

Todos conocemos las patrañas que la gente dice habitualmente al respecto. La dificultad radica en penetrar estos aspavientos y descubrir lo que piensan y debieran decir: ejecutar, en suma, la operación socrática. Cuantas más respuestas hechas se den a una pregunta, más abstrusa se vuelve ésta, pues aquellos sobre los que hacemos tales pesquisas se ven menos obligados a pensar antes de responder. Estando el mundo más o menos invadido de ansiosos indagadores de la persuasión socrática, el objeto de una educación liberal habría de ser equipar a las personas con un número considerable de estas respuestas a modo de salvoconducto; de manera que en sus quehaceres les vaya a las mil maravillas sin necesidad de pensar. ¿Cómo puede un banquero saber lo que en realidad piensa? Dirigir el Banco ocupa todo su tiempo. Si viera a un grupo de peregrinos caminando como si hubiesen hecho una apuesta, los dientes bien apretados, y se le ocurriese preguntarles uno por uno: ¿a dónde se dirigían?, y de cada uno de ellos obtuviera la misma respuesta: que, a decir verdad, tenían todos tanta prisa que nunca habían encontrado un momento de respiro para indagar sobre la naturaleza de su misión: confiese, mi estimado amigo, que le asombraría su indiferencia. ¿Acaso voy demasiado lejos si digo que ésta es la condición de la gran mayoría de los hombres y de casi todas las mujeres?

Detengo a un banquero.

«Buen amigo», digo, «concédame un instante».

«No tengo tiempo que perder», responde.

«¿Por qué?», pregunto.

«Debo dirigir el Banco», contesta. «Estoy tan ocupado todo el día dirigiendo el Banco que apenas tengo un minuto de reposo para las comidas».

«Y qué es», continúo el interrogatorio, «¿dirigir un Banco?».

«Señor», dice él, «es mi ocupación».

«¿Su ocupación?», repito. «¿Y cuál es la ocupación de un hombre?».

«¡Diantre!», exclama el banquero. «La ocupación de un hombre es su deber». Y acto seguido se aleja de mí, y le veo deslizarse hacia su lugar de esparcimiento.

Esta clase de respuesta invita a refexionar. ¿Es la ocupación de un hombre su deber? ¿No debiera quizá su deber ser su ocupación? Si mi deber no es dirigir un Banco (y sostengo que no lo es), ¿es entonces el de mi amigo el banquero? ¿Quién le dijo que era así? ¿Está escrito en la Biblia? ¿Está seguro de que los Bancos son una buena obra? ¿No habría sido quizá su deber mantenerse al margen y dejar que otro se encargara del Banco? ¿No debiera haber sido más bien capitán de un buque? Todas estas preguntas pueden resumirse bajo un mismo rótulo: el grave problema que mi amigo ofrece a la consideración del mundo: ¿por qué es banquero?

Bien; ¿por qué? Creo que hay una razón fundamental: el hombre fue atrapado. La educación, tal y como se entiende, es una forma de encinchar a los jóvenes con las intenciones más amigables. Nuestro amigo apenas empezaba a usar pantalones cuando le llevaron a fustazos al colegio; apenas acabado el colegio, lo metieron de contrabando en una oficina; apuesto diez contra uno a que, por añadidura, le casaron; y todo antes de que tuviera tiempo de imaginar que había otros caminos practicables. Pom, pom, pom; debes llegar puntual al colegio; debes hacer tu Cornelio Nepote; debes tener las manos limpias; debes ir a fiestas ‑un joven tiene que relacionarse‑ y, finalmente, debes aprovechar esta oportunidad en el Banco. Desde el principio le han acostumbrado a bailar al son de la flauta; y se alista en la legión de empleados de Banca por la misma razón que iba a la escuela al dar las ocho. Entonces, al fin, frotándose las manos con una sonrisa satisfecha, el padre guarda la flauta mágica. El encantamiento, señoras y señores, se ha cumplido; el mozalbete de nalgas montaraces ha sido domesticado; y ahora se sienta y escribe aplicadamente. De esta forma convertimos hombres en banqueros.

Sin duda has visto alguna vez cómo lavan a las ovejas, operación enérgica y arbitraria donde las haya; pero ¿qué es esto, como objeto de meditación, comparado con ese pobre animalejo, el Hombre, abandonado a su albedrío en este mundo atronador, acorralado por robustos perros guardianes, llevado por el pánico antes de tener suficientes luces para comprender su causa, que pronto corre despavorido a la cabeza de la estampida general? Puede que, con los años, siga el curso de sus pensamientos y empiece vagamente a considerar las razones que determinaron su rumbo y la desenfrenada actividad desplegada en esa dirección. Y también es posible que la imagen evocada sea de su agrado, y descubra cincuenta cosas peores por una que habría sido mejor; y aun en el caso de que tomase otra alternativa y lamentara con amargura sus circunstancias actuales, y amargamente reprobase las intrigas que condujeron a tal estado, lo cierto es que sería demasiado tarde para entregarse a tales devaneos. Cuando el tren ha partido, es demasiado tarde para deliberar sobre la necesidad del viaje: la puerta está cerrada, el expreso desgarra la tierra a sesenta millas por hora; más le valiera entregarse al sueño o leer el periódico y desechar pensamientos inútiles. Por la ventanilla contempla muchos lugares atractivos: una casa de campo en medio de un jardín, unos pescadores a la orilla del río, unos globos volando por el cielo; mas, por lo que a él respecta, todos sus días están ocupados y debe ser banquero hasta el fin.

Si las intrigas empezasen solamente en el colegio, si tan siquiera los mentores y amigos más influyentes hiciesen una elección propia, aún cabría filosofar sobre el asunto. Pero no es posible. También ellos fueron atrapados; no son más que elefantes domesticados que inconscientemente tienden una celada a su prójimo, de la misma forma que ellos fueron atrapados por elefantes previamente domesticados. Todos hemos aprendido nuestros trucos en cautividad, alentados por Mrs. Grundy y su sistema de castigos y recompensas. El chasquido de la tralla y el pesebre de forraje: la bofetada y la invitación a cenar: la horca y el catecismo: una palmadita en la cabeza y un doloroso latigazo en la palma de la mano: tales son los elementos de instrucción y los principios de la filosofía empírica.

A principios del siglo diecisiete, sir Thomas Browne ya había reparado en el hecho asombroso de que la geografía constituya una parte considerable de la ortodoxia, y de que un hombre que, por nacer en Londres, se convierte en protestante devoto, sería igualmente un devoto hindú si hubiera visto la luz por primera vez en Benarés. Esta es una parte pequeña, aunque importante, de lo que nuestro lugar de nacimiento dispone para nosotros. El inglés bebe cerveza y saborea el licor en la garganta; el francés bebe vino y lo degusta en el paladar. De ahí que una sola bebida le dure al francés toda la tarde, y que el inglés no pueda estar mucho tiempo en un café sin beberse media barrica. El inglés se da un baño de agua fría todas las mañanas; el francés, un baño de agua caliente de cuando en cuando. El inglés tiene una familia numerosísima y muere en la penuria; el francés se retira con buenos ingresos y tres hijos como máximo. De esta forma la tendencia nacional dominante nos persigue en la intimidad de nuestra vida, dicta nuestros pensamientos y nos acompaña hasta la tumba. No hacemos nada, ni decimos o usamos nada que no lleve estampado el escudo de armas de la Reina. Somos ingleses de pies a cabeza, y hasta los tuétanos. No hay un solo dogma entre aquellos que nos sirven para guiar a los jóvenes que no aprendamos nosotros mismos, entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, dejando la razón en completo suspenso.

«Pero, señor», me preguntarás, «¿entonces no existe la sabiduría en este mundo? ¿Y cuando mi admirado padre me urgió con las expresiones más conmovedoras a decidirme por algún empleo honesto, lucrativo y laborioso...?».

Basta, señor; sigo el hilo de tus razonamientos y les daré respuesta lo mejor que pueda. Tu padre, a quien profeso gran estima, es, me enorgullece saberlo, un cristiano practicante: por ello, el evangelio es o debiera ser su norma de conducta. Evidentemente ignoro los términos empleados por tu padre; pero cito aquí una carta perentoria escrita por otro padre, un hombre sensato, íntegro, de una gran energía y cristiano poder de persuasión, que quizá haya expresado el sentir general con cándida franqueza: «Has llegado a esa etapa de la vida», le escribe a su hijo, «en que tienes razones para considerar la absoluta necesidad de hacer provisión para el tiempo en que se te pregunte: ¿quién es este hombre? ¿Hace algo bueno en el mundo? ¿Tiene las condiciones para ser «uno de los nuestros»?. Te ruego», continúa con emoción contenida y llamando al hijo por su nombre, «te ruego que no juzgues esto con ligereza hasta que te suceda. Acuérdate de ti y actúa como un hombre. Ahora es el momento», y seguía en ese tono. Este caballero es franco; es sutil y tiene que habérselas, al parecer, con un hijo lo bastante sutil como para sacarle punto a la lógica; de ahí la sorprendente agudeza de todo el documento. Pero, estimado amigo, ¡qué principio de vida!: «hacer el bien en el mundo» es ser aceptado por la sociedad, al margen de afectos personales. Podría nombrarte muchas formas de maldad infinitamente más sugerentes, ya sea como futuro o como diversión. Si con esfuerzo yo hiciese algún dinero, créeme que sería con un propósito más atractivo. ¿Pero este hacer dinero con esfuerzo? Parece como si hubiese olvidado el evangelio. Su visión de la vida en nada se parece a la cristiana que el anciano caballero profesaba y se proponía sinceramente practicar. Pero no me atrevo a extenderme más sobre esto. Baste con decir que contemplando las manifestaciones de nuestra sociedad cristiana, a menudo me he sentido tentado a gritar: ¿Qué es, entonces, el Anticristo?

Como quiera que sea, una sabiduría que profesa un conjunto de principios y actúa guiada por otros no puede ser un campo en exceso íntegro o racional de conducta. Indudablemente, el dinero juega un papel importante; y por lo que a mí respecta, ningún hombre habría de sentirse en paz consigo mismo hasta ser independiente y, sobre esta base, llevar una vida tranquila y transparente. Pero en este punto se me ocurre una consideración que es, debo entender, de sorprendente originalidad. Y es ésta: que, como muchas otras cosas, esta cuestión presenta dos caras: ¿Ganar más? Sí, ¿o gastar menos? Ninguna exigencia obliga a los hombres a tener unos ingresos determinados, a menos, es verdad, que hayan empeñado su alma inmortal en ser «uno de los nuestros».

Unos ingresos razonables son los que cubren tus gastos. Unos ingresos de lujo, o la opulencia, es más de lo que el hombre gasta. Aumenta los ingresos o disminuye los gastos, y por sorprendente que pueda parecerte, amigo mío, obtendrás el mismo resultado. Ya me parece oírte; con los labios fruncidos me recuerdas las privaciones, las penalidades. ¡Ay, amigo!, las privaciones existen en los dos casos; el banquero debe estar sentado en el Banco todo el día, lo que constituye una seria privación; ¿no concibes que el paisajista, a quien tengo por el más humilde y ruinoso de nuestros contemporáneos, prefiera sincera y deliberadamente las privaciones de su mundo ‑no usar guantes, beber cerveza, alimentarse de chuletas o incluso de patatas y, por último, no ser «uno de los nuestros»‑, prefiera sincera y deliberadamente sus privaciones a las del banquero? Yo, sí. Sí, amigo mío, te lo repito; yo sí lo concibo. Créeme, ¡también hay Rivieras en la Bohemia!; pero no existe nada más difícil que hacer que la gente entienda esto: que ha de pagar por su dinero, y nada tan difícil como hacer que recuerden esto: que para la mayoría de ellos, el dinero, cuando lo tienen, sólo es un cheque con el que adquirir algún placer. ¿Qué ocurre entonces si un hombre encuentra placer en la práctica de un arte? Quizá ganara más con otro arte; pero aunque el número de billetes fuera diferente, la cantidad de placer sería la misma. Obtiene parte del mismo directamente; a diferencia del empleado de Banca, toma vacaciones de quince días y hace lo que le gusta todo el año.

Cuando se ponen por escrito, estos lugares comunes adquieren un aire muy extraño. Mas ello, querido amigo, no es culpa mía ni de los lugares comunes. Están ahí. Te lo ruego; no los juzgues con ligereza. Actúa como un hombre. Ahora es el momento.

Todo esto está muy bien, me dirás; pero no me ayuda a elegir. Una vez más, querido amigo, me coges en falta; no te ayuda. ¿Qué puedo decir? Recuerda que una elección es algo casi más negativo que positivo. Se abraza una causa; pero se abandonan mil. La profesión más liberal coarta muchos impulsos y mata de inanición muchos afectos. Si se trabaja en un Banco, no se puede ir con frecuencia al mar. No se puede ser a un tiempo violinista y pintor de primera fila: por fuerza se pierde en una de las artes si se persiste en ambas. Si tienes la certeza de una preferencia, persevera en ella. Si no es así... no, amigo mío, no me corresponde a mí ni a hombre alguno pasar de este punto. Dios lo creó; yo no. Y tampoco puedo hacerle de nuevo. He oído hablar de un maestro de escuela cuya especialidad consistía en averiguar la inclinación de cada alumno: ¡pobre maestro, pobres alumnos! Por lo que a mí concierne, si tu corazón no abriga algo innato, una preferencia viva, un desdén humano y delicado, te confío a la corriente; ella te barrerá hacia algún lugar. Si posees siquiera un adarme de inclinación, te ayudaré. Si deseas ser vendedor ambulante, no se hable más, aunque te pese al diablo; yo sujetaré el borrico. Si es tu deseo no hacer nada, una vez más te confío a la corriente.

Deploro profundamente, joven y estimado amigo, no sólo por ti, en quien veo tan esperanzadoras promesas para el futuro, sino por tu dignísimo padre y tu no menos admirable madre, que mis observaciones no sean más concluyentes. De algo puedo preciarme, y es de no haberte ocultado nada; pero éste, ay, es asunto del que puedo adelantarte muy poco. Probablemente no importe mucho aquello por lo que te decidas; pues, a la larga, la mayoría de los hombres se hunden en el grado de estupor necesario para sentirse satisfechos de sus distintas posesiones. Sí, amigo mío, esto he observado. En su mayoría, los hombres son felices, en la misma medida en que son deshonestos. Se embrutecen lo justo; su honor acepta fácilmente los hábitos rutinarios del oficio. Yo te deseo que tu degeneración no te resulte más dolorosa que a los demás, que pronto te hundas en la apatía y que, en un estado de honorable sonambulismo, te encuentres a salvo durante largo tiempo de la tumba hacia la cual nos precipitamos.
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