Robert charroux



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CAPÍTULO XII



LOS CAMINOS ENGAÑOSOS DEL LABERINTO


No es fácil dar un significado concreto a los símbolos y es todavía más difícil asignarles una jerarquía.

Generalmente, se concede una primacía al signo de Dios o del Sol: el círculo, así como también la espiral, representan lo Divino en su manifestación más total: la evolución y el espacio-tiempo.

Los otros símbolos más corrientemente evocados por los esoteristas son el agua, el fuego, la serpiente, el dragón, el laberinto, el falo, el jarro, la esvástica, la estrella, el unicornio, etc. No obstante, se olvidan con frecuencia los principales: el I, el —, el + y la O.

El I representa al hombre, el — la mujer, el + el emparejamiento y el hermafrodita, la O el punto de neutralidad, el nudo de tiempo y de espacio en el que todo es diferente o no existe: el tiempo y el espacio de lo divino.

Naturalmente, después de los símbolos principales de Dios, del Universo, del triple misterio del hombre, vienen las representaciones del falo, del jarro (copa-vulva), del fuego, de la serpiente, del agua.

EL DILUVIO CASTIGA EL PECADO


Hemos explicado con frecuencia este significado particular que se le daba, en los medios de la iniciación, al signo + que representa el ser princeps, a la vez hombre y mujer.

Este ser del Dios cogió un costado (y no una costilla) para crear a Eva, pero también para crear su compañero vulgarmente representado por Adán en la leyenda bíblica y en las especulaciones de la mayoría de los eso teristas.

No tenemos cualificación para afirmar sea lo que fuere, pero podemos decir que en alta iniciación no es cuestión de un hombre primordial, sino de un herma-frodita primordial y, esperamos que la ciencia de los biólogos aportará algún día una luz decisiva sobre este punto.

Ya, la actualidad del siglo XX podría despertar la atención e incluso las sospechas de aquellos que tienen ojos para ver.

Antaño, y hasta el siglo pasado, había la Máter-copa y el Hombre-falo.

Ahora bien, la Máter siente renuencia por su misión y, cada vez más, se niega a procrear para permanecer bonita y se transforma en Lilit egoísta y experta en erotismo.

El erotismo ha remplazado el coito amoroso.

Por su parte, el hombre se afemina y rechaza el convertirse en padre.

Este proceso evolutivo, intelectual y contestatario no se lleva a cabo sin interacción con el proceso físico. Sin duda está motivado en el inconsciente por una programación cuyo objetivo es, quizás, el de justificar por el absurdo el fin de una raza decadente.

Ya lo hemos dicho: el racismo es la ley superior del mundo orgánico y el pecado es no ser racista.

Desde que el hombre pierde de vista esta noción fundamental, se despega de Dios, de lo cósmico y se hunde en el deterioro.

Cuando el roble olvide que es roble y produzca un fruto distinto a la bellota, entonces los bosques desaparecerán y el pecado provocará un nuevo diluvio.

Porque, en la enseñanza secreta, el diluvio no tiene otro significado que el de castigar el no-respeto del legado genético y del patrimonio de la especie.

LA BOMBA ATÓMICA ES DIOS


Se ha pensado durante mucho tiempo, con Platón, que la catéresis del mundo (su destrucción, su pralaya) sería causada por el fuego o por el agua. Lógicamente, el agua que aporta la vida debe también aportar la muerte.

El símbolo del fuego —la llama— tiene también un valor generador y destructor pero, además, evoca el pecado humano o, más bien, el sentimiento de culpabilidad que ha aportado al hombre.

Por esencia, el fuego pertenece al Sol creador, a Dios y no a los profanos.

Si lo divino es pródigo en agua que se infiltra en la tierra y allí se instala, lo es mucho menos del fuego que, de todos modos, remonta hacia el cielo después de haber expresado su omnipotencia.

Y la omnipotencia divina es siempre un fenómeno de destrucción: no se contempla impunemente el rostro de Dios.

Incluso con gafas de cristales excepcionalmente negros y casi opacos, la luz «más clara que 100.000 soles» de la bomba atómica no deja de tener peligro para los ojos y para todo el cuerpo humano.

Hay que velarse el rostro para mirar a Dios que tiene también por símbolo la bomba atómica y por expresión, la explosión nuclear.

La bomba atómica es Dios, por fin vuelto a descubrir por los hombres.

Aquellos que están lúcidos lo comprenden: los otros, muy orgullosos de su ciencia fecunda, sutil, y de sus realizaciones altamente materialistas, se admiran, se reparten medallas y recompensas, pero, en lo recóndito de su conciencia, experimentan una sorda inquietud y maldicen a los brujos satánicos que, desde Joliot-Curie a Einstein, han redescubierto' el fuego de Dios y abierto la caja de Pandora.

En verdad, el fuego es tan generador de inventos, de evoluciones, tan necesario para la vida y para la muerte, tan mágicamente fértil que siempre ha estado unido a la esencia misma de Dios o a su arsenal divino (el rayo).

Al inventarlo o al recogerlo por subterfugio, el hombre ha imaginado que sobrepasaba sus derechos y hurtaba algo divino, tabú. Entonces, se ha sentido muy culpable y ha creído cohonestarse infamando a aquellos de quienes la tradición decía que habían robado el fuego del cielo.

Es así cómo el buen Lucifer y el almirable Prometeo han pagado por los humanos sin siquiera beneficiarse con su gratitud.

Todo lo que es maravillosamente mágico: el fuego, la fotografía, la Radio, el avión, la Televisión, etc., es, como la bomba atómica, salto del tabú y crimen de lesa majestad.


LA GARZA GRIS CENIZA


Bastante paradójicamente, fue el herético, pero clarividente Giordano Bruno quien, antes de ser quemado vivo en Roma por orden del «muy Santo Oficio», olfateó muy de cerca el misterio del fénix, que también como él, pero voluntariamente, ardía en vida al final de una de sus múltiples existencias.

Según G. Bruno, «los tiranos socialpolíticos y sus mercenarios de la ciencia y de las universidades [es decir, el equipo y el potencial energético de las civilizaciones] llevan en ellos los gérmenes de su destrucción por el fuego».

Se puede entender por ello que la Humanidad no puede escapar a los tiranos de la política, de la ciencia, de la cultura, que representan el fuego, un fuego de forja donde perecen y renacen unos hombres que van volviéndose sin cesar mejor templados y aptos para liberarse de su ganga física y mental.

Por lo mismo, sin duda, puesto que lo que está arriba es como lo que está abajo, los universos se consumen, se regeneran, se afinan, y cada veinte o cien mil millones de años, renacen con unos componentes más sutiles generadores de creaciones y de civilizaciones más desarrolladas y más inteligentes.

Por lo mismo, el hierro brutal arrancado a la mina, se convierte en sol destellante en el corazón del brasero, y después en reja de arado, hoja, espada, poste tras ser moldeado y templado.

Hace 4.000 años y más, para poner de acuerdo los hechos históricos y los mitos científicos de sus tiempos, los egipcios imaginaron el símbolo del fénix que representaba, esotéricamente, a la vez el ciclo cósmico, la marcha del tiempo, el transcurrir de la civilización y las crecidas periódicas del Nilo.

Estas crecidas, vitales para la vida económica del país, eran observadas por los magos (sabios, médicos, copistas y sacerdotes) de las Casas de Vida, especie de Academias egipcias de las ciencias.

Estos magos habían notado que cuando se producía la inundación, un pájaro magnífico planeaba por encima de las aguas o se posaba sobre un islote.

Era la garza cenizosa de doble airón y de largo pico que, en las auroras rosas y oro del valle del Nilo, se recortaba a veces, hierática, impresionante, sobre el disco rojo del Dios-Sol Ra.

La imaginación popular se complacía en creerlo parido por el astro de la mañana y lo asociaba con el mismo Dios, con el toro Mnevis y al betilo de donde el primer sol se había levantado al inicio de los tiempos.

Esta ave milagrosa, anunciadora de la buena noticia, los egipcios la habían llamado boinu y los griegos phénix, palabra que significa «rojo», como la palabra «fenicio» designando a Adán y a los rojos, primer hombre y primeros habitantes de la Tierra.

Cuando el ave regresaba, principalmente a Heliópolis (El Cairo) donde era objeto de culto, por todo Egipto se producía un estallido de alegría.

—¡El Fénix ha vuelto!

Entonces, se sabía que el arroz crecería en abundancia y que los niños nacidos en esta época recibirían una bendición excepcional. Poco a poco, el fénix fue identificado con el Sol; como él, parecía surgir por encima de las aguas primordiales fertilizantes y «reinaba sobre los ciclos treintañales y las fiestas de la vida regenerada», escribe el egiptólogo Serge Sauneron.


EL MISTERIO CÓSMICO DEL FÉNIX


Pero fueron los griegos, de imaginación todavía más fértil que los egipcios, quienes crearon el mito del ave maravillosa que, al final de su vida, se dejaban consumir por el sol para renacer de sus cenizas, a veces con la forma de gusano, o bien con la de un huevo.

El huevo —o el gusano— se convertía entonces en un nuevo fénix cuyo primer cuidado era transportar a Heliópolis, sobre el ara del Sol, despojos de su antigua encarnación.

Cada Fénix vivía 654 años según Suidas, 540 años si creemos a Plinio y Solinio, 500 años según Héródoto y 1.461 años según Tácito.

La época de su muerte coincidía siempre con el equinoccio vernal (de la primavera), lo cual indica claramente que los antiguos veían un ciclo en el mito.

La revista norteamericana Kronos dice que la aparición del fénix coincidía con la crecida del Nilo, los movimientos de Sotis (la estrella Sirio) y los doce signos del zodíaco, lo cual establecía una relación entre las actividades humanas cotidianas y las de la naturaleza divina.

Esta armonía tranquilizadora, recalcada adrede por los sacerdotes, persuadía a las masas sobre su pertenencia verdadera al macrocosmos, a los grandes ciclos cósmicos de los cuales el hombre, como el fénix, las crecidas, los equinoccios eran unas partes integrantes y unas manifestaciones privilegiadas.

En este concepto, los hombres podían creer en reencarnaciones sucesivas y en una vida eterna hasta el fin de los tiempos.

EL SACRIFICIO DEL PELICANO


Para los pensadores más evolucionados, se planteaba un problema: ¿el fénix, como el humano, era un «otro nacido», un otro individuo perteneciendo a la especie o, en cierto modo, a la mónada (unidad de conjunto)?

«El proceso de transformación —se lee en Kronos—, la vida profunda de la naturaleza eran advertidos por los hombres de aquellos tiempos, a través de los aspectos de la experiencia humana, como unos estados espa-ciotemporales.» (A través del espacio y el tiempo.)

El fénix aclaraba el fenómeno, lo simbolizaba y lo hacía creíble.

Su sacrificio, cuando volvía a zambullirse en el magma original, sublimaba su especie y hacía surgir un nuevo fénix en un nuevo momento, asegurando con ello el porvenir de su casta.

Este sacrificio correspondía, pues, a una transustan-ciación y a una trascendencia: inmanencia en el padre, transcendencia en el hijo.

Este concepto antiguo, bajo una forma más elaborada, es admitido siempre por los filósofos del siglo XX.

Es también el sentido esotérico del suicidio del pelícano.

En lo que concierne al ciclo, nuestra astronomía demuestra actualmente que el de Sirio no es conciliable con el del fénix.

En el siglo xrx, se encontró una cierta analogía entre el fénix y el planeta Mercurio pasando sobre el Sol, pero es probable que la explicación verdadera resida más sencillamente, a la vez en el ciclo solar diario y el mito de resurrección, de eternidad y de perennidad de las especies.

En este dédalo de tradiciones, de ciclos, de situaciones, de sacrilegios, de conquistas benéficas, de conocimientos heredados de Dios o del Diablo, o que las han sido hurtadas, es donde el Adepto debe buscar el buen camino de la iniciación.

De donde parte el mito y el símbolo del laberinto.

EL LABERINTO


En el esoterismo, el laberinto es, a la vez, el bosque y el camino azaroso que debe recorrer el Adepto para ir de la ciudad de Luz-oscuridad a la ciudad de Luz-luz.

Es el camino de vida y de adivinación del mundo con, al final del recorrido, en el centro o en el perímetro, una salida vertical o horizontal que no se puede encontrar, barruntar o calcular por ninguna ciencia por elaborada que sea.

Únicamente la intuición, la imaginación y sin duda también, la virtud, pueden guiar en este dédalo más imaginario que real del que el iniciado y el poeta se evaden atravesando los muros.

El laberinto es a la imagen del conocimiento que se adquiere, ya sea por tanteo para el científico, ya sea por intuición y revelación para el esoterista.

Están aquellos que van a extraviarse, tantear, y aquellos que, misteriosamente guiados, se dirigirán casi directamente hacia la salida. En este sentido, el hilo de Ariadna es la gracia, el tercer ojo.

El laberinto esotérico es similar al Bosque aventuro-so donde el paladín Rémondin encontró a Melusina y a los Castillos peligrosos de los romances de la Tabla Redonda.



En cierto sentido, se puede pensar que el laberinto conduce a un universo paralelo, que es la ciudad cerrada de Luz, sin puertas ni ventanas, pero con un pasadizo subterráneo que desemboca en alguna parte, sin duda en el torreón de la ciudad, en el propio núcleo más innaccesible y que, de hecho, es el más vulnerable «del intestino».



El laberinto de Chartres, como el de otras iglesias, es un condensado práctico, un sustituto del vía crucis de Jesús en Jerusalén. (Foto: R. C.)

Porque lo propio del jarrón cerrado, del hombre, del alma, es tener dos entradas secretas, dos esclusas: una para el Cielo, otra para la Tierra; una para el Arriba, la otra para el Abajo.

La concepción del laberinto se vincula con la de la espiral, de origen del universo (o más bien de su explicación) y de la nada imposible.

El laberinto es también el lugar donde gusta de vagabundear la serpiente guardiana o buscadora de tesoro, y es ritualmente una mujer —Ariadna o Melusina— la que está asociada a la serpiente, al tesoro y al héroe.

El Dictionnaire des symboles dice que el laberinto es una representación simplificada de la mándala, imagen psicológica propia para conducir a la iluminación.

Por supuesto, los judeocristianos lo acapararon y, dibujándolo sobre las losas de las iglesias —en Chartres, en Poitiers, en Sens, en Amiens— hicieron de ello un sustituto de la peregrinación a Tierra Santa y también, según se dice, la rúbrica de los constructores del edificio.

El laberinto, en ciertos monumentos antiguos (en Creta, en Clusium, en Heracleópolis), tenía por misión proteger el centro, el tesoro, la tumba y extraviar el sacrilegio, así como también suscitar la admiración de los pueblos en el futuro como fue el caso del Laberinto de Egipto, del que, desgraciadamente, no queda ya rastro.

LA MARAVILLA DEL MUNDO DE HERÓDOTO


En Egipto, hace 2.800 años según Heródoto, después del reinado de Seti, doce reyes se dividieron el país y prestaron juramento de vivir en buena armonía.

Pero citemos a Heródoto.

«Quisieron también dejar, compartiendo los gastos, un monumento a la posteridad. Tomada esta resolución, hicieron construir un laberinto cerca del lago Moeris [el actual lago Qarun] y bastante cerca de la Ciudad de los Cocodrilos.

»He visto este monumento, y lo he encontrado más allá de toda expresión. Todas las obras, todos los edificios de los griegos reunidos por el pensamiento, le serían inferiores tanto en trabajo como en gasto. Los templos de Éfeso y de Samos, merecen sin duda ser admirados, pero las pirámides están por encima de todo cuanto pueda decirse, y cada una en particular puede entrar en comparación paralela con varios de los más grandes edificios de Grecia. Ahora bien, - el laberinto aventaja incluso a las pirámides.

»Está compuesto por doce patios recubiertos de techo, cuyas puertas se dan frente, seis al Norte y seis al Sur, todas contiguas; las encierra un mismo recinto de murallas, que reina por fuera; los apartamentos son dobles; hay mil quinientos bajo tierra, mil quinientos encima, tres mil en conjunto. He visitado los apartamentos de arriba, los he recorrido, y por ello puedo hablar con certeza y como testigo ocular.

»En cuanto a los apartamentos subterráneos, solamente sé lo que de ellos me han dicho.

»Los egipcios que los guardan no permitieron en modo alguno que me los enseñaran, porque servían, me dijeron, de sepultura a los cocodrilos sagrados y a los reyes que han hecho construir por entero este edificio. Por consiguiente, no hablo de los alojamientos subterráneos más que por referencias ajenas: en cuanto a los de arriba, los he visto y los considero como lo más grande que hayan podido hacer los hombres.

Los pasadizos a través de los apartamentos, los circuitos a través de los patios nos causaban, por su increíble variedad, una admiración sin límites, mientras pasábamos de un patio a unas habitaciones, de estas habitaciones a unos pórticos, y a otros apartamentos desde donde llegábamos a más patios.

»El techo de todo este conjunto de alojamientos es de piedra así como las paredes, que están en todas partes decoradas con figuras en bajorrelieve.

«Alrededor de cada patio existe una columnata de piedras blancas perfectamente unidas entre sí. En cada uno de los ángulos del laberinto se eleva una pirámide de cincuenta "orgyas"», sobre la cual se ha esculpido en grande unas figuras de animales. Se llega a ellas por un subterráneo.»


EL LABERINTO DE CRETA


Construido por orden del mítico rey Minos, para servir de prisión al Minotauro, el laberinto de Creta supera en notoriedad al del lago Qarun. Los simbolistas más expertos se pierden en conjeturas sobre este laberinto, sin duda construido para borrar los rostros de un doble pecado: el de una ofensa a los dioses y el de un amor culpable de la bella Pasifae hacia un toro demasiado hermoso y demasiado blanco.

Ya se conoce la conclusión: Teseo conjuró la calamidad.

A partir de este elemento, ¿es posible seguir el hilo de Ariadna y adivinar el misterio?

Recordemos los hechos: el rey Minos debe ritualmente sacrificar a Neptuno los cien toros más hermosos de sus bienes semovientes.

Ahora bien, un año, hay uno tan hermoso, tan perfectamente blanco y de formas tan armoniosas que el rey se lo reserva y lo sustituye por otro animal de menor valor.

Neptuno, irritado, inspira entonces una extraña pasión a la esposa de Minos, la bella y ardorosa Pasifae: ella rechaza en lo sucesivo las insinuaciones de su marido y quiere hacer el amor con el toro.

Minos intenta hacerla entrar en razón, pero Pasifae, que es de fuego cuando contempla la espléndida bestia, permanece de mármol ante las recriminaciones.

Incluso logra persuadir al ingenioso Dédalo para que le construya una falsa vaca en cuyo interior se encierra para engañar al toro y gozar de sus favores.

Y lo que fue dicho, fue hecho.

Pasifae conoce un orgasmo maravilloso, pero algún tiempo después, da a luz a un ser medio hombre, medio toro: el Minotauro.

Minos está dolorido, pero su esposa es tan bella y, de hecho, tan inocente en esta historia erótica, que la perdona, pero recluye al hijo adulterino y monstruoso en el laberinto que construye el astuto, pero poco escrupuloso Dédalo.

¿Por qué haber encarcelado al Minotauro en un laberinto y no en una sala fortificada? Contestar a esta pregunta sería dar el bosquejo de la respuesta.

Tal vez hemos progresado en el estudio del misterio en el que inscribimos ya los elementos siguientes: impiedad, efervescencia de una vulva humana, nacimiento de un monstruo que se recluye en lo más profundo de una sucesión de salas y corredores.

Cada siete años (se dice también cada nueve años), los atenienses a los que había vencido Minos debían enviar a Creta un tributo de siete jóvenes varones y siete vírgenes, destinados a convertirse en alimento del Minotauro.

Es sabido que el héroe Teseo, gracias al hilo de Ariadna, su amada, pudo entrar en el laberinto, matar al monstruo y volver a salir siguiendo el hilo conductor.

Henos aquí un poco mejor informados con el rescate del pecado, la mujer que ayuda al héroe y le permite salir de la inextricable aventura.

En resumen, queda de relieve que de la complicidad de una mujer y del discernimiento en el camino a seguir, las consecuencias de una falta pueden ser borradas por un héroe.

HOMBRES CONTRA MONSTRUOS


Es necesario, sin duda, añadir a esos elementos la evasión de Dédalo y de su hijo Icaro, encerrados por Minos en el laberinto.

Dédalo confeccionó unas alas con plumas de pájaro y los dos prisioneros pudieron evadirse por el cielo, lo cual implica un laberinto sin techo.

Dédalo consiguió escapar, pero icaro cometió la imprudencia de volar demasiado cerca del sol y se le fundió la cera que pegaba sus alas, por lo que se precipitó contra el suelo.

De nuevo una ofensa a los dioses, de nuevo un castigo.

Todos esos elementos son frágiles, difíciles de relacionar entre ellos y retendremos finalmente aquel que nos parece esencial: el pecado de Pasifae apareándose con un animal y el nacimiento de un monstruo mitad hombre, mitad toro.

La Biblia relata, en el Levítico, capítulo XVIII:

23. No te ayuntarás con bestia, manchándote con ella. La mujer no se pondrá ante una bestia, prostituyéndose ante ella; es una perversidad.

24. No os manchéis con ninguna de estas cosas, pues con ellas se han manchado los pueblos que yo voy a arrojar de delante de vosotros.

Ahora bien, Minos era el soberano de un país muy cercano a Egipto, donde abundaban los dioses semihombres, semichacales o buitres, ibis, gatos, toros, etc.

Se puede, pues, pensar que en unos tiempos muy remotos, los hombres habían adquirido la costumbre de fornicar con unos animales con gran perjuicio de su raza.

En esta hipótesis, el laberinto sería el símbolo de la lucha difícil, azarosa, que los hombres tuvieron que librar contra unos monstruos para asegurarse el dominio de su planeta.

Otras explicaciones: culto solar contra culto del toro, lucha del pueblo griego contra la hegemonía de los cretenses (talasocracia), la imagen del circuito abdominal humano con sus diferentes salidas o del ovoide cerebral, cuya imagen representativa es un laberinto análogo al del abdomen y, por último, como decíamos más arriba, en un sentido más elaborado: encaminamiento del Adepto por la vía del conocimiento y de la luz.

Entonces, matar el Minotauro significaría: matar el monstruo de sus noches, de sus deseos nefastos para acceder a un día nuevo.

Esta última hipótesis se ve apoyada por el descubrimiento efectuado en Bulgaria, cerca de la célebre estación termal de Kustendil, de un laberinto anterior a los de la Grecia antigua, que conducía a unas aguas milagrosas muy conocidas por los tracios, pueblo pelásgico muy antiguo.


EL LABERINTO DE LAS IGLESIAS


Sea lo que fuere, desde hace dos milenios, el laberinto se ha convertido en el camino del conocimiento, de la iniciación, la vía difícil y mágica que lleva al Otro mundo.

En la literatura, los héroes, para acceder a este otro universo, utilizan el sueño, la niebla donde uno se pierde, pero que, al disiparse, revelan el lugar de destino.

La navegación antigua, la búsqueda del Vellocino de Oro, la de las Manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, la de Gilgamés y la búsqueda del Grial antes de la interpolación cristiana, obedecen a este imperativo.

Igualmente, los monjes de los primeros tiempos del cristianismo, como por ejemplo san Brandan, salían a la aventura, con frecuencia por mar y, yendo de isla en isla, franqueaban etapa tras etapa los diferentes períodos de iniciación antes de abordar, al final, allá donde Dios quería que se estableciesen.

La peregrinación se convirtió de ese modo en la marca distintiva de los monjes irlandeses de origen céltico y fue el modelo de las peregrinaciones a Palestina y a las tumbas de los santos.

Al final del camino, estaba la salvación, sino la iniciación.

Reducida a un nivel más popular, a un período más accesible, la peregrinación se hizo sencillamente en las iglesias y en las catedrales y dio origen a los laberintos que los arquitectos trazaron sobre el enlosado de los monumentos.

EL UNICORNIO Y LA DONCELLA TRAIDORA


Además de la idea del encaminamiento y el enigma del Minotauro, otra imagen se relaciona con el símbolo del laberinto: el Unicornio fabuloso, con su cuerpo de caballo, su cabeza de cabra rematada por un largo cuerno afilado con poderes mágicos; era de carácter huraño, inabordable y ninguna otra bestia podía rivalizar con él en la carrera.

Solamente una virgen podía acercarse a él y domesticarlo hasta hacerlo dormir sobre su seno o la cabeza en su regazo.

Su cuerno pasaba por ser un antídoto poderoso, pero que actuaba solamente durante su vida.

«Los llamados unicornios, apremiados por la sed, principalmente en los más grandes calores del año, acuden hacia las fuentes que en estas regiones (Etiopía) son escasas; allá donde se encuentran multitud de animales de toda clase que, padeciendo de una sed muy fastidiosa, se detienen hasta que llegue el unicornio para beber el primero, reconociendo por el instinto de su naturaleza que tales aguas han sido infectadas por los dragones y culebras que allá se encuentran en grandísimo número. Las citadas bestias que aguardan antes de beber saben que únicamente el unicornio, de entre todos los animales del mundo, podrá desinfectar el agua... que moja con su cuerno, bajada la testuz, y la remueve con aquél, y de repente bebe hasta saciarse...»

Para apropiarse del maravilloso remedio, era necesario, por supuesto, capturar el animal.

«Isidore y Tzetzés dicen que se atrae y atrapa a los unicornios con la ayuda e industria de una joven doncella a la que se aposta sedente al pie de las montañas donde se piensa que tales bestias se retiran.

»Allá donde adviene que el unicornio olfateando de lejos esta muchacha y tomando carrera con una furia aparente hacia esta virgen, repentinamente que la aborda, en vez que esta bestia deba mal hacer, atacar y destrozar cruelmente esta doncella siguiendo el impulso de su rabia natural, por el contrario, la mencionada doncella con los brazos extendidos la recibe amorosamente para hacerle caricias, esta pobre bestia inclina muy suavemente la testuz y tendiéndose en tierra, posa su testa sobre el regazo de esta doncella y toma un placer singular a que ella le frote muy dulcemente la crin y la testa con aceites, ungüentos y aguas buenas y bienolien-tes, como si ella lo hiciese por amoríos y mimos.

»Tras lo cual esta mísera bestia se duerme, y se halla prendida por un sueño tan profundo que los cazadores ahí cerca al acecho, espiando la señal que les dará la muchacha, tienen tiempo sobrado para acercarse con lazos y cuerdas para asirla y capturarla.»

El unicornio es, por consiguiente, el símbolo de la confianza y del amor traicionados y, por extensión, del amor jamás recompensado.

Por tal razón, la Edad Media tenía sus damas-unicornios y sus hombres-unicornios.

Por definición, el unicornio era el enamorado al que se obligaba a las peores humillaciones por juego, únicamente por placer y diversión. El prototipo se halla en Lancolet ou le Chevalier á la Charrette et la soumission á la dame, de Chrétien de Troyes.

EL SÍMBOLO DEL BOSQUE


Se supone que el unicornio es blanco de cuerpo y que es emblema de la castidad.

Está a menudo asociado con la luna nueva o creciente que parece mojar su cuerno en las aguas.

«Los antiguos mapas alquímicos —escribe Bertrand d'Astorg—, simbolizan comúnmente la luna, colocando un cuerno único en la mano derecha de la figura que la representa.»

Otro símbolo está misteriosamente vinculado al animal: el árbol o el bosque.

«El árbol queda por explicar —escribe Odel Shepard—. Para capturar el unicornio, la doncella debe estar en un bosque o bajo un árbol. Se encuentran con frecuencia sobre los sellos cilindricos asirios los animales unicornios representados junto a un solo árbol estilizado... ¿árbol cosmogónico, árbol de la fortuna, árbol del mundo?»

Quizá podemos esclarecer este enigma mediante una explicación que, por añadidura, servirá de preámbulo a otro misterio, fascinante, el de la Ciudad de Luz.

El bosque con el unicornio representa el laberinto en el que nos perdemos, donde nos escondemos, el refugio secreto de la Edad de Oro, la Ciudad de Luz (ciudad cerrada por todas partes, huevo filosofal, matraz) donde residía el ser, en la etapa fetal, antes de nacer hombre.

El bosque simboliza el retorno al Antro original (el vientre de la madre) y también el Otro original que éramos antes de venir al mundo.

El hombre, sobre todo cuando es joven, experimenta a veces la necesidad de ir a esconderse, a disimularse, a entrar en un bosquecillo, entre matorrales, desde donde podrá sorprenderlo todo sin que lo puedan ver. Es el retorno al vientre materno, es la andadura del unicornio.

El niño en peligro corre a refugiarse en el regazo de su madre; el proscrito, el acosado, busca refugio en el bosque, en el maquis, que son como unos laberintos.

Existe también una relación entre el unicornio y la gruta del ermitaño en el bosque.

Dada su ambivalencia, el unicornio puede también representar al ser princeps, el hermafrodita (antes de la diferenciación) en búsqueda de su paraíso perdido.


EL UNICORNIO, DAMA DEL OTRO MUNDO


Todavía más iniciáticamente, el unicornio es el símbolo de una Ciudad de Luz sin salidas, que posee y simboliza la joven «de puertas cerradas» (la doncella virginal).

En este sentido, el unicornio es la Dama de la Ciudad de Luz y la Dama del laberinto.

Pertenece, por naturaleza y por belleza, a la Edad Media de lo maravilloso, del bosque de Brocelandia, a la ciudad construida encima y debajo del mar. O al medio del lago que se franquea por un puente invisible.

El unicornio es la hermana gemela de la Dama del Lago, de Viviana y de Melusina.

En su reino secreto, como en el de la reina Rianón de la mitología céltica, el tiempo cesa de transcurrir cuando se está cerca de ella o cuando se la oye hablar.

Y regresamos a la Ciudad de Luz con sus formidables murallas, tan espesas, tan anchas, tan altas, sin almenas, sin ventanas, sin puertas.

Pero, ¿cómo entrar en una ciudad sin aberturas?

Sin embargo, bien debe de haber una compuerta. Hay una compuerta en todas partes... incluso en el laberinto que, de hecho, puede ser un Universo de dos dimensiones: anchura, longitud.

En este sentido, puede uno escaparse, ya sea por arriba como Dédalo, ya sea por abajo, ¡como el río, la serpiente, la bicha!

En esta aventura iniciática en forma de laberinto, el unicornio es quizás el carnero de cuerno único que conduce por una sola vía, hacia el destino de los Hijos de la Luz, el que sabe trascenderse.

Su cuerno tiene el poder de transmutación; por ello es esencial que el adepto se revista de lino blanco para domesticar al animal y hurtarle su conocimiento, como mataría al Dragón, a la Serpiente, con el mismo designio.

La religión judaico-occidental ha cristianizado esta imagen del unicornio transmutándolo en ciervo.

El ciervo crístico, perseguido en el bosque, se detiene, se vuelve, mira a sus perseguidores, los cazadores, y por la virtud de sus ojos de amor les insufla la fe.

El unicornio era con frecuencia mascarón de proa sobre los bajeles de alta mar pero, como la sirena, pasaba por arrastrarlos al fondo de las aguas.

Se asegura que, antaño, en los tiempos de lo maravilloso, unos marineros se arrojaron al agua, seguros como estaban de ver en ella el palacio de las sirenas y de los unicornios y habitar allí en el lujo de un harén oriental.

También antaño, se arrojaban en el agua de los lagos para ver a la Dama, Morgana, Viviana o Melusina, y aquellos que creían no morían, sino que vivían eternamente en la ciudad del fondo de las aguas.

Una ciudad o un reino del que no se podría escapar ni siquiera muriendo, porque el principio de la inmortalidad parece inherente al de los Otros Mundos.

Y regresamos a la Ciudad de Luz, la de las murallas infranqueables y de los habitantes inmortales.

Denominador común al Unicornio, a Melusina, a Morgana, a Viviana, a la Dama del Lago y a la Ciudad de Luz: la inmortalidad.

Es decir: el alimento del Grial que era el caldero mágico de Korridwen, con su néctar del conocimiento y de la inmortalidad, del que Gwyon había tragado una gota; que era también el jarrón de Amrita resultante del batido del Océano primordial (el mar de leche), con su elixir que yugulaba para siempre la muerte, por lo menos para los dioses.

Los grandes arcanos se relacionan siempre por unos lazos tenues, pero poderosos, que son invisibles para el profano.

El alimento del Grial, del Caldero, del Jarrón védico es la sangre de la Serpiente, del dragón Fafnir que en la mitología escandinava daba la iniciación y la comprensión del «lenguaje de los pájaros».

Quien bebe la sangre del Iniciado, del Rey, de Dios, adquiere sus privilegios.

Ocurría lo mismo con la sangre del unicornio al que era necesario matar para Tobarle algo precioso, divino.

Su destino era, pues, perecer, encantar pero perecer, iluminar pero perecer. Quizás era también su destino arder sobre una hoguera, como el fénix.

La vida y la muerte son todo uno, indisolublemente ligados a uno y otro destino que puede tomar la aventura humana: apartarse de la vía, obedecer a la contestación de intelectual o bien integrarse al orden en el rigor del tiempo cósmico.

Ilustra este axioma uno de los más bellos cuentos esotéricos jamás imaginado por un pueblo africano.

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