Robert charroux



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INICIACIÓN



CAPÍTULO XI



LO IMAGINARIO Y LA ILUMINACIÓN


La iniciación no se aprende en clase ex cátedra.

Es la meta, jamás alcanzada, de una lenta y difícil búsqueda en un laberinto donde abundan las salidas ocultas, los atolladeros, y es mediante unos experimentos, unos estudios laboriosos, honestos, y extravíos continuos, como el adepto llega a adquirir determinadas luces de las cuales nunca sabrá su naturaleza profunda ni su autenticidad.

Porque la verdad no puede ser alcanzada.

Es tanto como querer adivinar a Dios, los arcanos supremos, el extremo de lo infinito; es tanto como querer alcanzar lo absoluto.

Entonces, el adepto debe obrar por sus manos y por su espíritu, dejarse penetrar por lo invisible, y sobre todo: hacer trabajar su imaginación.

Pero, como gusta de repetir Christia Sylf, es necesario imaginar de verdad.


HEREDAR DE SU PADRE E IMAGINAR LO ACERTADO


Uno de nuestros grandes pensadores, Philippe Lavastine, asegura que la imaginación es el paso inicial hacia el conocimiento.

Expone que Dios se ha imaginado a través del hombre y a través de toda cosa y el hombre hereda Dios como hereda su padre y con todo su sabor primordial.

No pensar por imagen, es haber perdido el propio lenguaje de la significación, es caer al nivel del verbalismo.

Porque, para Philippe Lavastine, la imagen, la creación de imágenes, la imaginación en una palabra, son más ricas, más significativas que el verbo-maya, del que es sabido que es apenas comunicable.

«El hombre no es una idea, ni un constructor de material —añade Lavastine— y a fin de cuenta, el género humano agonizará alrededor de las fábricas, de las máquinas que construyen unos laboratorios, y en las bibliotecas, bosques enteros arrasados para elaborar el papel, que almacena las ideas huecas y vanas. ¿Y para legar esto a quién?

—¡Dios no lo querrá!

«Todo lo que ha sido creado de grande, de sublime, de sobrehumano ha sido imaginado y solamente creado en lo imaginario.»

Hornero ha inventado el noventa por ciento de la Odisea, Rabelais ha imaginado Gargantúa y Pantagruel,

Sylf ha dado a luz espiritualmente la ciudad de Kobor Tigan's pero todos han «imaginado verdadero».

Lo verdadero en su universo o en algún otro que no conocemos y donde ellos suscitan sus personajes, como Merlín el Mago, «mostrador de imágenes», hacía nacer unos castillos, unos ejércitos, unos bosques y unas damiselas por la omnipotencia de su pensamiento creador.

Como Don Quijote suscitaba unas aventuras, unas Dulcineas y unos gigantes y como Dios ha imaginado el universo o más bien: los universos múltiples que desconciertan la lógica y hacen que la mentira sea verdadera y que la verdad sea mentira.

Porque, finalmente, todo se confirma, se reúne, converge, coincide: las imágenes del mundo y las imágenes inventadas por los físicos, los poetas y los durmientes.


EL GRAN SOL ORIGINAL


Casi debemos parafrasear el Génesis o el discurso de Petit Jean de Los litigantes de Raciné para intentar una explicación de lo supranormal de los esoteristas y de los universos paralelos: en efecto, todo comienza con la creación del mundo.

Al principio, fue la Luz, dicen las mitologías, y este concepto ha sido reiterado no solamente por los cosmólogos contemporáneos, sino también por los astrónomos, tales como George Antony Gamov y Roland Omnés.

Por luz, hay que entender radiaciones electromagnéticas bajo forma de radiaciones térmicas.

Según se lee en una revista científica, «fue en la noche sin fin una bola de luz cuya aplastante reverberación se extendía en calor a través de todo el espacio. La temperatura era del orden de varios miles de grados...»

Si les parece bien, llamemos a esta bola un Sol.

Los fotones, o granos de luz, a la vez corpúsculos y ondas, emanando de ese magma, tenían una energía inconmensurable y, según opiniones, una temperatura de 100 mil millones de grados.

«La energía de los fotones —prosigue la revista—, esos granos de luz que están asociados a toda radiación electromagnética, es tal que su encuentro (con las partículas elementales de hidrógeno y de helio) produce un par partícula-antipartícula.»

Es, en cierto modo, una explicación de la creación del Universo mediante el gran «bang» original tan del gusto de Martin Ryle, de Alian Sandage y de G. A. Gamov.

Por consiguiente, la luz, supuestamente preoriginal, engendra una creación material: las partículas de naturalezas opuestas: el protón-antiprotón, el neutrón-antineutrón y el electro-positrón.

«Partículas y antipartículas reaccionan entre sí para provocar una transición de fase al interior de la radiación cósmica», es decir, que, en cierto modo, van a convertirse en isómeras, en el género muy aproximativo: agua y hielo.

Partículas y antipartículas, unas veces van a diseminarse, y otras veces (con mayor frecuencia) a reagrupar-se en el cosmos, de modo que materia y antimateria corren el riesgo de reconstituir la Luz original, lo cual resultaría en una doble transmutación puramente negativa.

Afortunadamente, unos elementos dispersos en las inmensidades cósmicas escapan a estas nuevas interacciones y van a constituir unos mundos y unos antimundos, unas galaxias y unas antigalaxias.

Él Gran Sol original de luz se ha metamorfoseado parcialmente en universo, al producir al mismo tiempo unos fantásticos campos de irradiaciones.

Por extraño que esto pueda parecerles a los empíricos, la mayoría de los físicos creen a pie juntillas en la existencia de la antimateria y de los antimundos, es decir, en uno o en unos universos paralelos.

Por principio, el antimundo estaría constituido por antipartículas, opuestas probablemente de modo simétrico a las partículas de nuestro Universo, lo cual equivaldría a decir que este antimundo podría ser como la imagen invertida del nuestro.

Lo que entre nosotros es visible, espeso, impenetrable, duro, luminoso, grávido, caliente u oscuro, sería en el antiuniverso, invisible, delgado, permeable, blando, oscuro, ingrávido, frío o luminoso, etc.

Se trata aquí de una simple especulación intelectual porque, ¿cómo sabríamos imaginarnos un antiuniverso con unas antigalaxias, unas antiestrellas, unos antiplanetas, unos antihombres, unas antimujeres, unos antiárboles, unos antirríos y unas antimontañas?

Sin embargo, según determinados físicos, ¡este mundo absurdo, increíble, impensable, por consiguiente fantástico, existiría aunque parezca imposible!

Los ocultistas manifiestan:

—Entonces, este mundo, del Diablo si se considera que Dios está con nosotros, o de Dios si se cree que Satán lleva la batuta, ¿no es este Otro-mundo del que hablan las mitologías? ¿O bien este universo paralelo que, al interferir a veces con el nuestro, explicaría las desapariciones misteriosas, la levitación, la evidencia, los OVNIS y lo supranormal en general?

Es, en cierto modo, lo que piensan los físicos a propósito de J.-P. Girard.

LA TRANSFERENCIA MUNDO-ANTIMUNDO


El Gran Sol, esta vez original, este Gran Cerebro primero y total que contenía en potencia los Universos, los seres y las cosas de la creación ¿puede ser, en una cierta medida, asimilado al cerebro humano?

Los esoteristas, para quienes la palabra de Hermes Trimegisto y de los grandes iniciados es una garantía más segura de conocimiento que las hipótesis de los científicos, admiten cómo postulado de fe que «lo que está arriba es como lo que está abajo», que lo que está en Dios está igualmente en el más ínfimo grano de arena.

Y además, como lo dice Ph. Lavastine: ¡hemos heredado Dios!

En esta óptica, el cerebro humano tendría unas propiedades y unos poderes análogos a aquellos del Gran Cerebro primero.

Es bien cierto que no sabemos utilizar esos poderes, pero no hay duda de que los poseemos.

Cuando un hombre está iluminado por una creencia intensa, el milagro está a su alcance: la madre adivina el peligro, el santo levita, camina sobre las aguas, cura enfermedades consideradas incurables, el sabio descubre, el paralítico anda y el ciego recupera la vista.

¿No se dice que la fe puede mover montañas? ¿Incurvar una vara de metal?

Al estar relacionado generalmente lo milagroso con la fe, se puede pensar, en forma de hipótesis de trabajo, que unos fenómenos singulares nacidos en el cerebro, engendran un Universo antiparticular análogo al que fue engendrado por la iluminación original.

En estas condiciones, el cuerpo físico del iluminado pasaría dentro de otro mundo. Pensamos también en el fenómeno de ubicuidad observado sobre las partículas que se colocan sobre unas órbitas más excéntricas cuando se les aporta un flujo suplementario de energía.

A la inversa, está admitido en física nuclear que unas partículas y unas antipartículas pueden entrar en combinación, desaparecer como materia y reaparecer como irradiación electromagnética, es decir, en gran parte, como luz.

En resumen: el vaivén de nuestro Universo en otro (del mundo al antimundo) estaría vinculado a una especie de transmutación de nuestras partículas materiales constitutivas en antipartículas, produciéndose el fenómeno a nivel de la vida psíquica, la cual no está gobernada por las leyes del Universo del consciente.

El agente eficiente del mecanismo y su razón residiría en una zona desconocida de nuestro cerebro y tendría como catalizador, sino como determinante, un potencial de energía-fe.

La transferencia de mundo a antimundo asegurada por el repetidor luz en el juego de los físicos, siempre ha sido asimilada por los esoteristas a la iluminación.

¿Coincidencia extraña o conocimiento empírico?


PARA DESCUBRIR UN NUEVO MUNDO


Para no dar pábulo a la controversia de los científicos sabelotodo, puntualizamos de nuevo que estas tesis son un juego intelectual a base de elementos tomados prestados del juego inseguro de los físicos.

El hombre, curioso por naturaleza, quiere intentar dar unas explicaciones allá donde la razón de los lógicos no puede dar ninguna.

Las hipótesis de George Gamov permiten cierta aproximación a la percepción de los universos paralelos, pero no la comprensión de los fenómenos más frecuentes tales como: visiones, alucinaciones, levitaciones, milagros, etc., donde lo inverosímil no abandona más que parcialmente nuestro universo cotidiano.

Philippe Lavastine se complace en decir que- el hombre es sabio en la medida en la que es sabroso, sápido (del latín, sápidas).

Ahora bien, los latinos, para designar a un imbécil decían que era insapidus.

Lo que es gráfico pertenece al lenguaje mismo de la significación y lo imaginario tiene mil veces más significación y es más cierto que el estudio demostrado, comprobado, controlado por los irrisorios criterios científicos.

Mal les pese a los científicos, los hombres tienen necesidad de soñar para «realizarse» plenamente en un universo íntimo, imaginario.

«Realizarse» es el neologismo significante: desarrollar toda su medida, dar cuerpo a sus imágenes-deseos, a sus ambiciones, convertirse en lo que se habría querido ser de grande o de sublime y no lo que se es, que por lo general, se considera pequeño, ridículo e injusto.

Sin lo imaginario, la aventura humana se convierte en inviable.

Imposible mirarse en un espejo, mirar con la verdad del objetivo fotográfico, a la esposa, los. hijos, la casa, juzgar la propia obra, el comportamiento, la situación, el porvenir, la salud, las perspectivas de vida, etc., sin mezclar en ello la esperanza, la inteligencia y la calidad.

Imposible no imaginar, esperar un mañana mejor, un éxito, un futuro agradable y tranquilizador.

Sino, sería la desesperanza, quizás el suicidio.

El hombre no puede aceptar la vida estrictamente presente y estancada.

Lo imaginario pertenece a la esencia misma de la vida, a su dinamismo y a la evolución natural.

El ritmo, lo viviente mismo están fundamentalmente en previsión imaginaria del instante que va a seguir.

El presente es actual, el futuro es siempre aleatorio.

¿Podríamos vivir sin el futuro?

Con este estado de espíritu, el mecánico sueña con ser Ford o Bugatti; la dependienta sueña con ser estrella, el infradotado, Dueño del mundo.

Sin estos sueños, la vida se convertiría en una pesadilla; con estos sueños, han sido conquistados reinos, establecido imperios, descubierto mundos.

Gracias a ello, Schliemann desenterró Troya, Cristóbal Colón llegó a América y el doctor Cabrera ha encontrado las fantásticas piedras de lea.

Su necesidad es tan vital que ciertos individuos llegan hasta a sustituir la realidad cotidiana por la irrealidad imaginada.

Ha sido el caso de todos los don Quijote de la Historia y para los buscadores de aventuras que se perdieron por las selvas vírgenes del Amazonas o los bosques insólitos de la Búsqueda del Grial.


LO IMAGINARIO ES MAS NECESARIO QUE LA CIENCIA


Todos los hombres sueñan, pues, con convertirse en lo que no son, sueñan con adquirir lo que más falta les hace.

Su individualidad es triple: lo que son, lo que creen ser, lo que quisieran ser, pero, de hecho, su aventura humana evoluciona siempre en dos planos: unas veces en la irrealidad cotidiana (trabajo, Metro, aperitivo, Mao, Mado, cama, visión benévola del «yo»), otras veces en la irrealidad de lo imaginario (sueños,- imágenes-deseos, aspiraciones políticas).

Porque lo que se llama la realidad cotidiana es una engañifa tanto en el plano físico como en el plano mental.

La «realidad» de los colores, de las formas, de los olores, de los sonidos, es, como se sabe, función de nuestras percepciones falibles y de nuestras interpretaciones aventuradas; el daltoniano no distingue el rojo del verde, Brigitte Bardot es un canon de belleza o una mujer-cita bien formada, tal olor es agradable para A., nauseabundo para B. y el jazz, según los criterios; es una música o un fárrago de decibelios.

Asimismo, el hombre gusta de juzgarse hermoso, inteligente y bueno, incluso si es horrible, necio y maligno; en resumen, vivimos en una irrealidad cotidiana que nos complacemos en calificar de realidad.

La irrealidad de lo imaginario si nos atrevemos a emplear este pleonasmo, o irrealidad del interior, participa otro Universo, ideal con la mayor frecuencia (de pesadilla, a veces), donde nos deleitamos porque lo creamos en todas sus piezas o porque corresponde a nuestras imágenes-deseos.

Nadie mejor que el admirable Cervantes ha sabido dar la imagen vibrante de la irrealidad plural y de los universos particulares por ella engendrados.


DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA


Por una campiña muy real, hace algunos siglos, cabalgaba al paso del más lamentable caballo del mundo el más grande de los caballeros errantes que nació bajo el cielo de España: Don Quijote de la Mancha.

Nutrido con las aventuras de Renaud de Montauban, de Amadís de Gaula, de Palmerín de Inglaterra, de don Galaor, y de los Caballeros de la Tabla Redonda, Don Quijote no ponía en duda ni por un instante que sería su igual sino su superior.

Era, en su pensamiento, una verdad que surgía de la evidencia.

Bajo este punto de vista, su pobre y esquelético jamelgo. Rocinante, era el más fogoso de los caballos de batalla, el digno Bucéfalo del Alejandro de los paladines.

Otra evidencia para Don Quijote: en alguna parte, al final de aquel camino polvoriento quemado por el sol del mediodía, iba a encontrar el Bosque pleno de aventuras y, probablemente, una bella joven de largos cabellos dorados, prisionera en un torreón.

Un príncipe malvado la perseguía, y la rubia heroína, inclinada sobre las almenas de la alta torre, lo llamaba, a él, Don Quijote de la Mancha, con toda la fuerza de su desesperación.

En la gran inestabilidad y las fluctuaciones de la Luna, del Sol y de los astros, esta Verdad fruto de la ilusión habitaba en el buen caballero y le confortaba en su misión.

Más vale decir de inmediato que Don Quijote vivía, digamos, al 60 por ciento en el universo cotidiano llamado real: el camino era sin duda un camino, el sol era ardiente, la coraza pesada y embarazosa, y al 40 por ciento en el universo de lo imaginario de los lances de caballería.

A su lado, Sancho Panza representaba la multitud, el mundo común, en definitiva: 90 por ciento de realidad y 10 por ciento de imaginario.

Porque, de todos modos, ¡el buen rústico tenía también sus imágenes-deseos, sus imaginaciones!

¿No le había prometido Don Quijote que le daría una ínsula para que la gobernase? Y cuando se terciaba la ocasión, le recordaba su promesa.

Para acompañar al Loco sublime, ¿no le era también necesario a él, su dosis, su brizna de locura y de esperanza en algún ideal?


LA DONCELLA Y LOS MOLINOS DE VIENTO


Ahora bien, he aquí que Sancho Panza, pensando que pasaban ya las doce del mediodía y que un almuerzo le caería muy bien, percibe en la lontananza unos treinta o cuarenta molinos.

—¡Señor —exclama—, veo allá- unos molinos de viento!

Y Sancho Panza no miente: ve perfectamente, con sus ojos, allí al final del camino, unos molinos de viento auténticos.

Don Quijote queda entonces inmerso en lo más profundo de sus quiméricas aventuras: la doncella de la alta torre le suplica que la libere; oye sus llamadas y ya no está, sino muy vagamente, sobre el camino de la Mancha. En resumen, el 70 por ciento de él mismo está en el bosque de la aventura y el 30 por ciento solamente cabalga con Sancho Panza.

Ante las exclamaciones de su escudero, alza los ojos hacia el horizonte y protesta con vehemencia:

—¡Sufres alucinaciones, mi pobre Sancho! Lo que tú crees que son molinos de viento, son ni más ni menos que gigantes. Unos gigantes que se proponen desviarme de mi aventura. Pero no lo conseguirán.

Y Don Quijote no miente. Ve, en efecto, unos gigantes; ve sus cuerpos macizos, sus largos brazos «de dos leguas de largo».

De hecho, Sancho Panza, pleno del buen sentido de los ignorantes, vivía casi en permanencia en su irrealidad cotidiana, común, mientras que su amo, en trance como Lug, Gilgamés, Sigurd y Lancelot del Lago, evolucionaba con la máxima frecuencia por los parajes de otro universo sin, por ello, abandonar físicamente el de los hombres.

En el siglo xiii, cuando un caballero de la Tabla Redonda salía en busca de aventuras o del Grial, deambulaba al 50 por ciento en un mundo geográfico que era la Pequeña o la Gran Bretaña, pero el resto de su universo estaba en sus pensamientos, en su imaginación y en su fe en el encantamiento que iba a permitirle penetrar en el Bosque peligroso.

CUANDO EL CREYENTE VACILA EN SU FE...


Cuando el potencial de su irrealidad de lo imaginario se volvía más grande que el de la irrealidad cotidiana, se producía un fenómeno análogo al de las supernovas: ese potencial se volcaba en lo cotidiano, provocando unas sustituciones de lugares, de tiempo y de acontecimientos.

Probablemente, con estallido de calor y de luz: el caballero se convertía en iluminado. Entraba en el Bosque de las aventuras, veía el castillo misterioso, el puente invisible. Podía cabalgar sobre las aguas del lago o penetrar por él, atravesar muros gruesos, realizar proezas inauditas y, quizá, percibir el Grial.

Se producían entonces unos efectos físicos que hubieran sido desconcertantes en la irrealidad cotidiana: levitación, desplazamientos en el espacio-tiempo, videncia, permeabilidad de la materia, etc.

Tal vez había ubicuidad, al permanecer el caballero por completo prisionero de su universo cotidiano y penetrando en su totalidad o parcialmente en ese mundo antiparticular, cuya existencia es barruntada y su naturaleza desconocida.

Esto es lo que imagina J.-B. Hasted con su universo que es una función de ondas únicas donde podrían existir numerosas versiones de nosotros mismos.

Este fenómeno, si pudiera producirse sin que haya ubicuidad, daría una. explicación a las desapariciones totales incomprensibles que se relatan en las mitologías, las leyendas y hasta en la actualidad del siglo XX, pero también a las facultades psi de J.-P. Girard.

Explicaría también la invisibilidad, la imponderabilidad, el paso del + al —, de lo creado conocido a la nada imaginaria, la pérdida de las cualidades inherentes a la naturaleza de lo cotidiano, por ejemplo, la anulación de la gravidez que desemboca en las levitaciones de las que fueron testigos personas cuya buena fe es difícil negar.

¿Son posibles esta clase de milagros?

Los intentos de explicaciones que se pueden exponer, ¿no son más que hipótesis fantásticas y vanas, o bien se aproximan, en ciertos aspectos, a una verdad difícil de creer e imposible de delimitar?

Sea ló que fuere, tales especulaciones que irritan a los racionalistas, son siempre bien acogidas por los investigadores y son beneficiosas para aquellos que repelen los tanteos, el ostracismo y los maleficios de una ciencia satánica cuyo resultado más claro al final de este siglo xx ha sido el de sumir al mundo en la inseguridad, el miedo y la desesperación.

Cada vez más, el hombre honrado repudia esta ciencia porque es amoral, peligrosa, sacrilega y fastidiosa. El sueño, la poesía y la irrealidad son más necesarios al humano que los cohetes espaciales, que el cráneo del «australopiteco» y la bomba atómica.

EL HOMBRE, EL ERROR Y LO IMAGINARIO


El hombre es, por excelencia, un animal dotado de razón, de inteligencia particularmente desarrollada. En consecuencia, esta inteligencia está llamada a guiarlo, a fijar sus elecciones y a gobernar su destino, es ineluctable, fatal, que sea falible.

El hombre es, de todas las criaturas, la que posee el máximo de capacidad para el error y, al romper con lo cósmico, se ha convertido en un monstruo fuera de la Naturaleza.

Edgar Morin dice que al adquirir un supercerebro, al convertirse en faber (fabricante), socius (sociable), loquens (locuaz), el hombre almacena muchos más elementos de conocimiento de los que necesita inmediatamente.

Este caudal superfluo perturba sus relaciones directas con la Naturaleza, hasta el punto que es entonces presa de incertidumbres, de perplejidades que modifican los mensajes naturales recibidos por su cerebro.

El síntoma de «stress» más evidente es la angustia.

Antes de estar dotado de su supercerebro, el hombre era cazador, únicamente cazador dedicado a la conquista de una presa.

Cuando adquirió una mayor inteligencia, se convirtió en un individuo más acomplejado, sabiendo que en su caza, podía ser vencedor o vencido, consumidor o consumido, indemne o herido.

Intentó por consiguiente programar lo mejor posible su acción y es entonces cuando se produjo la posibilidad de error.

Esta conciencia de su estado y esta presciencia de un porvenir posiblemente dramático, han desencadenado en el hombre de la primera Era todo un proceso de estados emocionales de donde brotaron la risa, la desesperación, la esperanza, el miedo, el delirio o poesía con, a fin de cuentas, unas prácticas de salvaguardia que se convirtieron en la magia, la religión, determinando la idea de Dios.

Lo imaginario se volvió entonces en el motor de la actividad humana en todas las direcciones del arte, de la industria, del comercio y de la sociedad.

La imaginación es el maravilloso resguardo del hombre inteligente.

Las mitologías y las religiones —escribe Morin—, van a florecer sobre la hipercomplejidad de sus diez mil millones de neurones y de 1014 de los sistemas y combinaciones posibles para su computadora celular.

Los riesgos de error se han vuelto infinitamente probables, tanto para la computadora biológica como para el hombre.

Nuestra civilización y nuestra evolución se hallan por este motivo automáticamente falseadas ya que los biólogos han demostrado que los azares del ADN y del ARN las condicionan fundamentalmente.

En resumen, el supercerebro del hombre lo «desconecta» de las leyes naturales y le devuelve al punto cero del verdadero conocimiento.

Cierto es que, el hombre sabio, aparentemente, ha triunfado, puesto que ha dominado a la Naturaleza, pero es una victoria pírrica de la que ya no se recuperará.

La autonomía que ha conquistado está quizás en la línea secreta y querida de su destino. En este sentido, es una criatura privilegiada, lo cual, para muchos, puede parecer evidente.

Por consiguiente, no habría azar, sino unas relaciones aleatorias que desembocan en el indeterminismo o tal vez también unos azares providenciales, necesarios y finalmente calculados por la Inteligencia superior.

En este caso, el destino del hombre estaría determinado; su imaginación y su atracción hacia los errores útiles, serían los rasgos característicos de su evolución.

EL TIEMPO, EL «YO» Y LA EDAD DE ORO


Se tiene la tendencia a considerar que el sueño pertenece a la imaginario, por consiguiente a la mentira y que solamente lo «real» de la existencia despierta tiene un valor positivo.

¡Es llegar demasiado pronto a una conclusión!

Desciframos el sueño con la clave y el lenguaje del despertar, lo cual le da una carencia de sentido porque estamos condicionados por nuestras evidencias que nos encierran en un universo restringido y en unos conceptos erróneos.

Hay que dislocar las evidencias y comprender que el cuerpo vive indudablemente en un universo tridimensional, pero no nuestro cerebro, ni nuestro pensamiento, ni nuestros sentimientos, ni nuestras facultades intelectuales y psíquicas.

Ahora bien, al constituir todo ello nuestro «yo», cabe preguntarse ¡cómo este yo puede existir a la vez en varios universos!

Es un pequeño problema que gustan de plantearse los biólogos, los filósofos y los físicos, aunque nada más fuera para afinar sus percepciones e impregnarse de la humildad luminosa de la ignorancia.

Nuestro «yo» desborda las barreras concebibles del tiempo, puesto que nuestro legado genético nos prolonga en el pasado, quizás hasta el origen del mundo.

O tal vez hasta aquella Edad de Oro de la cual conservamos el concepto-recuerdo, mito o imagen-deseo, evocando un tiempo ideal, el del sueño, de la no inteligencia, el «tiempo fetal» de la Humanidad en un universo en el que todo era posible: Papá Noel, la inmortalidad, la resurrección, la aventura, el vuelo por los aires y los océanos, el Bosque peligroso y el éxtasis ilimitado.

¿Era la Edad de Oro el tiempo precedente al advenimiento de la Humanidad, o bien este «Tiempo del sueño» que habita todavía entre los aborígenes de Australia y del que, bien sopesado, está ausente el «yo» del presente?

EL PROBLEMA DE LA BOTELLA


El «yo» es rechazado a cada segundo de nuestra vida temporal y de nuestro cuerpo físico.

Damos un paso y ya no somos el mismo: hemos envejecido en algunas fracciones de segundo, y además, cuatro o cinco de nuestras células han conocido la muerte, mientras otras tres o cuatro han sido regeneradas.

Ya no estamos en el mismo lugar, ni en el mismo tiempo, ni en las mismas ropas, nuestra sangre se ha vuelto más pesada o se ha enriquecido, nuestros cabellos han crecido... ¡en resumen, nuestros dos «yo» tienen una identidad relativa pero no absoluta!

Inventamos nuestro «yo» como inventamos nuestros sueños y la realidad de lo cotidiano, todo lo cual, podemos pensar, son unas imaginaciones de nuestro cerebro.

Sin embargo, es necesario imaginar una cierta identidad entre el «yo» que dura 1/10.000 de segundo y el otro que retoza con el tiempo, con el desgaste y con el espacio, ¡como un verdadero transformista que es!

En definitiva, este «yo» existe y no existe, del mismo modo que lo cotidiano es una realidad que se admite a priori y un fantasma cuando se le analiza en profundidad.

La botella que está sobre la mesa también puede prestarse al juego de la incertidumbre, de lo existente y de lo no existente.

¿Usted la ve perfectamente? ¡Sí!

¡Y es esto lo que resulta extraordinario!

Como diría el sabio Cosinus del buen Christophe: usted no puede verla, no debería verla, es contrario a las leyes de la física.

Intentemos explicarnos: la botella está sobre la mesa y no la vería si fuese de noche: un niño podría decírselo.

Por consiguiente usted la ve porque está iluminada y emite series de fotones o granos de luz que reproducen su forma y le dan un color.

Pasemos sobre el color, aproximadamente unos 5.000 angstróms, lo cual nps llevaría hacia nuevas especulaciones, y atengámonos a la forma que es captada por el ojo y transmitida al cerebro.

Porque es el cerebro el que registra la imagen, y no este órgano complejo, pero robótico que es el ojo.

Pero el cerebro dice no a la imagen que le envía el ojo.

Dice: no veo nada en absoluto porque no soy sensible a las ondas fotónicas.


EL FANTÁSTICO LABORATORIO DEL OJO


Es un poco como si quisiera retratar un objeto abriendo y cerrando ante él un estuche que contiene una placa sensible: obtendría una placa velada y ninguna imagen.

En cambio, el cerebro es sensible a las ondas electromagnéticas y el ojo, para realizar su misión, convierte los fotones (energía) en ondas electromagnéticas.

¡Nuestro complejo biológico es una máquina fantástica infinitamente superior a las.computadoras más perfectas!

Por consiguiente, gracias a las ondas electromagnéticas, el cerebro recibe y percibe la forma de la botella.

Tenemos un proceso análogo e inverso con el aparato de televisión que también está obligado a transformar las ondas que recibe.

«Entonces, piensa usted, ¡yo veo la botella!»

¡No es tan sencillo!

¡Su cerebro ve la botella, pero la imagen es interior a su «yo»!

Y no se comprende cómo puede verla exteriormente, es decir, fuera de usted mismo.

Quizás existe un trayecto inverso de las ondas y de los fotones, pero no se está seguro de ello, puesto que los biólogos imaginan que, para ver al exterior, nuestro «yo» estaría obligado a salir de nosotros, a exteriorizarse él también.

En esta hipótesis, se produciría un trabajo fantástico que no se limitaría al objeto y al proceso de transformación, sino que desbordaría fuera de ellos, fuera del ser humano y sin duda fuera de nuestro universo conocido.

El observador humano —usted, en este caso— trascendería entonces hasta exteriorizarse, hasta convertirse en una supraconciencia, superuniversal en el sentido en que parece tener un fenómeno de ubicuidad.

Pero el «yo» consciente y lúcido del observador no sabría nada del mecanismo, de lo irracional, de la magia de su desdoblamiento.

A menos que su prodigioso cerebro imagine el exterior como si, al salir de un cine, fuese a contemplar la película más allá de la pantalla, sobre el escenario mismo donde es filmado.

Este juego, excesivamente sabio y complicado para nuestro débil entendimiento tiene, sobre un plano menos elevado, el interés de facilitarnos la aproximación a lo Misterioso Ignoto y a los universos paralelos.

Solamente los sabios más sutiles, captan este ignoto insondable que gobierna nuestros pensamientos, nuestros comportamientos y nuestras funciones más elementales.

Como somos unos ignorantes, todo es sencillo, porque todo es magia, ilusión, maya.

EL PECADO DEL «YO»


De hecho, este «yo», este ego que tanto nos preocupa ¡no tiene una tangibilidad, una realidad muy evidente!

¿Existimos? ¡Ciertamente!

Pero, más bien, a la manera de una célula perteneciendo al himalaya universal, y no como individuo consciente, libre, unitario.

¿Hemos elegido nuestro apellido? ¿Nuestro nombre de pila? ¿El color de nuestros ojos, de nuestros cabellos, nuestras taras hereditarias, nuestra nacionalidad?

¿Hemos elegido nacer en el siglo XX?

¿Verdad que no?

Entonces, ¡intentemos acorralar, aislar nuestro «yo», muy personal!

Este «yo» que solamente aparece con la evolución, el nacimiento de las civilizaciones y la disociación de lo cósmico.

En efecto, parece ser que los hombres primitivos no tuvieron la preocupación de darse un nombre propio. Llevaban sólo el nombre del clan, y aun ni siquiera esto es seguro.

Los esquimales, no hace todavía mucho tiempo, cuando hablaban de ellos decían «este hombre».

Entré los negros, para quienes el racismo se ha identificado con el espíritu de tribu, esta ausencia del «yo» es todavía tan vivido que por un crimen cometido contra uno de sus miembros, otra tribu puede indiferentemente matar a quienquiera que sea que pertenezca al grupo adverso.

No se le ocurrirá siquiera al condenado el pensamiento de decir: no he sido yo, dado que su «yo» está enteramente integrado en el nosotros.

El mismo fenómeno impulsa al hombre mordido por una víbora a vengarse matando, más tarde, a cualquier víbora.

Porque estas víboras no tienen nombre propio, como tampoco lo tienen la nube, el árbol, la hierba, la gota de agua y el grano de arena del desierto.

Todos tienen, sencillamente, un nombre de familia: víbora berus, víbora aspis, nube cúmulo, nimbo, etc.

Cuando el hombre ha adquirido conciencia de su individualidad (cuando se ha separado voluntariamente del todo cósmico: el pecado original) ha experimentado el deseo de dar también una identidad, a las cosas y a los seres de la Naturaleza.

Primero ha clasificado por especies y por géneros para no recargar demasiado su intelecto todavía poco desarrollado: los rumiantes, las rapaces, los robles, etc.

Después, su mente ha tenido los medios para almacenar nombres más distintivos y ha inventado la vaca, el buey, el ciervo, el camello, el águila, el cernícalo, la encina, el roble, el alcornoque, etc.

El mismo proceso ha seguido en lo referente al apellido de los hombres.

Al principio fueron apellidos de profesión: sastre, herrero, carretero.

Entre los hindúes, el nombre de la mujer tenía que ser suave de pronunciar: Sita, Kali, el nombre del guerrero, rudo y sonoro, el del brahmán, poderoso y mayestático, el del paria, difícil de pronunciar y expresando la abyección.

Entre los hebreos, los nombres tenían un significado místico: Elias y Joel (dos nombres de Dios), o representaban una característica o una cualidad.

Los griegos llamaban a los niños hijos de fulano, y el hombre no adquiría un nombre propio más que cuando lo habían merecido por una reputación individual.

De este modo Aristocles se convirtió en Platón debido a la anchura de sus hombros, y fue este apodo el que le quedó.

El apodo: el tartaja, el cojo, el fuerte, el simple, el audaz, etc., ha sido siempre más representativo del individuo que el apellido decretado por las leyes.

Cabe resaltar que el «yo» puede convertirse en «nosotros» y así sucedió en tiempo de los romanos —el Nos mayestático— para significar que tal tirano, tal César tenía el poder, el valor, la fuerza, la belleza, en resumen, el valor de varias personas.


EL «YO» MANIPULADO DE LOS CHINOS


El «yo» del que nos jactamos y del cual estamos generalmente orgullosos no es, en definitiva, más que el resultado del encuentro de un óvulo y de un espermatozoide, el todo nutrido por la sangre de la madre, por su leche, por la leche de vaca, la papilla de arroz, el chocolate, el bisté, la patata, el vino tinto, etc.

Y este «todo» se desarrolla intelectualmente mediante lo que oye cuando es todavía un feto, y de lo que aprende de sus padres, de su entorno, en el colegio, en los libros, en los periódicos, por la Radio y la Televisión.

El «yo», también aquí, es terriblemente condicionado, forjado, moldeado, manipulado.

Un chino de Mao Tsé-tung, un alemán de Hitler, un ruso de Breznev, un latino cristiano o un árabe musulmán no tienen un «yo» fundamentalmente diferente al del vecino. Quizá puede situársele en el trabajo individual, en un cierto modo de coordinar las informaciones recibidas del exterior, pero esta parcela de personalidad es muy frágil e ilusoria comparada con el «todo» del maoísta-célula, del hitleriano, del ruso, del cristiano y del musulmán embrutecidos por sus dogmas.

Además, es sabido que las hormonas condicionan a todo individuo en su comportamiento psíquico.

La hormona tiroidea tiene una relación con los humores y los estados depresivos de nuestro «yo» que mil otras influencias exteriores perturban, sumergen, aniquilan.

¿Dónde está el «yo» de un soldado, de un drogado, de un hombre inscrito en un partido político o religioso?

Por último, el «yo» se opone al espíritu de masas —de los pájaros, por ejemplo— y a la integración en el orden universal.

Ésta es la razón por la que constituye el pecado

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