Robert charroux



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SUPRANORMAL



CAPÍTULO VIII



EN LAS FRONTERAS DE LO INCREÍBLE


La ciencia, tal como está concebida y es enseñada de modo oficial, está fundada sobre unos principios dudosos que será necesario revisar.

Esto es lo que admiten y declaran los físicos más abiertos a las «realidades» de la experiencia controlada.

Desde 1976, aquellos que, generosamente, son llamados los sabios, están invadidos por una gran perplejidad: ya no saben dónde se hallan en sus conocimientos y, por poco, harían encender una vela a san Antonio para que les hiciese volver a encontrar sus certidumbres de antaño.

Una cosa insignificante, un grano de arena, echa por tierra su magnífico aplomo. ¿Qué es?

Sencillamente: ¡la ciencia de los brujos, de los espiritualistas, de los esoteristas, de aquellos de quienes se han guaseado tanto llamándolos empíricos!

Y por una inversión de las cosas, se asiste a este curioso fenómeno: los físicos volviéndose más empíricos que los empíricos, más radiestesistas, más curanderos que los curanderos y más creyentes que los beatos de Saint-Nicolas-du-Chardonnet.


LOS CIRUJANOS FILIPINOS: PSIQUISMO


Lo más asombroso, lo más sabroso, lo más edificante del asunto es que el cambio súbito de opinión científica mundial ha sido determinado, principalmente, por unos charlatanes de la medicina: los cirujanos filipinos, y por un taumaturgo fantasista pero auténtico: Uri Geller.

A decir verdad, no sabemos nada concreto sobre el psicofísico Uri Geller, que mezclaría —según se dice— unos juegos de manos con unos auténticos fenómenos paranormales.

Por lo que concierne a los cirujanos filipinos que habíamos presentado desde 1973, el problema ha quedado aclarado; hay trucaje en un 100 por cien, las curaciones eventuales —y escasas— son sólo el efecto de una psicosis o psiconeurosis o, más bien, de una sugestión generadora de una misteriosa química terapéutica.

Como en Lourdes y como en el caso de la mayoría de los curanderos.

Es cierto que los cirujanos de las islas Filipinas curan ciertas dolencias, principalmente de carácter nervioso o histérico.

Quizás incluso obtienen unas remisiones o unos mejoramientos en unos casos de cáncer benigno —aunque nada lo demuestre—, pero su acción es puramente psíquica y es el propio enfermo quien, inconscientemente, se cura.

¡Este fenómeno no es nuevo en modo alguno! Muy al contrario, es antiguo como el mundo y solamente acabará con él.

Uri Geller, al negarse a dejarse controlar por los ilusionistas de profesión, plantea una duda sobre la cualidad de los poderes psíquicos que posee realmente, en opinión de los mejores especialistas.

Sea lo que fuere, hay que reconocerle un mérito innegable: es él quien, con sus llaves torcidas por simples contactos, ha vuelto a poner de actualidad el problema de los poderes del pensamiento.

EL PODER PSÍQUICO DE LOS KARIBA


Es probable que lo improbable se produzca de vez en cuando, decía Aristóteles. Entre los pueblos antiguos o llamados «atrasados», el milagro, sin ser cotidiano, no extrañaba demasiado, e incluso en nuestros días se asegura que, en el Tibet, unos yoguis entrenados en el lung-gom (técnica de los brincos) pueden, en estado de trance, recorrer sin fatiga 500 km seguidos ¡a una velocidad promedio de 17 km por hora!

¡Pero hay que desconfiar de todo lo que procede del Tibet!

En su libro, Indaba my children, el ex brujo sudafricano Vuzumazulu Mutwa habla de la tribu santa de los «Holy Ones of Kariba» («Los Santos de Kariba») cuyos-miembros vivían completamente desnudos como los dujobors de Ucrania y del Canadá, en /el desfiladero de Kariba (sin duda hacia Livingstone, en Zambia).

¿De dónde procedían? ¿De qué raza eran? Nadie sabría decirlo, pero, en cambio, se sabe que cultivaban hasta lo extraordinario el poder de sus fuerzas mentales.

«Por la intercesión de sus facultades cerebrales —escribe Mutwa—, se aventuraban en las más peligrosas operaciones quirúrgicas, llegando hasta a poner al desnudo los cerebros que operaban de sus tumores.

«Fueron los primeros en amputar miembros sin emplear instrumentos materiales; únicamente por un fantástico desarrollo de voluntad.

»Y, un día, los Santos de Kariba desaparecieron de África y de la superficie de la tierra, sin dejar rastro ¡y sin abandonar tampoco el Desfiladero!»

Lo que parece querer decir que su propio país se volatilizó a cambio de configuración.


MODERACIÓN EN LA PRETENSIÓN DE LOS FÍSICOS


Es el poder psi el que sume a los físicos en un abismo de perplejidad.

El psi del que se ignora la esencia y la naturaleza sería, según se piensa, unas ondas desconocidas detentoras de poderes físicos, emitidas por el pensamiento o por el deseo.

Tal vez podríamos decir: por la fe absoluta.

Desde hace decenios, la mayoría de los sabios materialistas se burlaban de los empíricos, ensalmadores, curanderos, espiritualistas y otros taumaturgos cuyas acciones milagrosas pertenecían, decían ellos, al arsenal de los charlatanes.

¿Los poderes de los yoguis? ¡Camelo!

La levitación, las materializaciones, la telequinesia, la psicoquinesia: ¡pamplinas sin consistencia destinadas a primos!

¿Curar a una yegua de su cólico por teléfono o mediante determinada oración? ¿Disipar, del mismo modo, las fermentaciones gaseosas de las ovejas que han comido demasiado heno húmedo?

¡Superstición! ¡Superstición!

Lo cierto es que, los físicos honrados evitaban tomar posición, dado lo mucho que les conturbaban unas manifestaciones incomprensibles que desvirtuaban sus previsiones e incluso sus experimentos más elaborados.

Ya, en 1974, los investigadores Burton Richter, del laboratorio de Stanford (California), y Samuel Ting —premio Nobel de física en 1976— daban un paso en lo conjetural al poner en evidencia unas partículas que bautizaron psi y, pronto confundidas con el nombre de gipsy.



Gipsy, o también «quark de encanto», sería la esencia de la materia con unos poderes muy poco conocidos, puesto que esta partícula se inscribe al lado de un quark (subpartícula) llamada «alto», de otro «bajo» y de un tercero denominado «extraño».

¡Denominaciones efectivamente extrañas en un vocabulario científico!

Y, después, Jean-Pierre Girard. Los «pontífices» pontificantes, perdiendo su soberbia, se inmovilizaron en una reserva prudente.

Porque con Jean-Pierre Girard, la ciencia oficial encajó un rudo golpe, ¡y tembló sobre sus bases que se creían de bronce!



EL EFECTO GIRARD

Uno de los grandes artífices de esta revolución fue «La Unión racionalista», agrupación de materialistas ferozmente dedicados a negar la evidencia, Dios y lo Misterioso Ignoto.

Tercos, imprudentes, mediocremente informados acerca de todo, estos sectarios, desaprobados por los sabios, hicieron finalmente triunfar lo paranormal debido a su mala fe y a sus torpes reacciones.

Bien es verdad que el campeón, Jean-Pierre Girard, ascendía en el firmamento de la nueva ciencia, aureolado como un joven dios, resplandeciente de luz y de cándida probidad.

Jean-Pierre Girard hace milagros, realiza lo imposible, desmantela las leyes sacrosantas de la ciencia clásica: al mirar una barra de acero, la incurva; cambia la naturaleza de un metal; hace flotar, en el espacio unos objetos relativamente pesados; descompone una computadora electrónica, tuerce las manecillas de un reloj, mata unos caldos de cultivo...

¡Todo sencillamente por el poder de su pensamiento y sin tocar nada!

A la inversa de Uri Geller, Jean-Pierre Girard hace estas demostraciones en unos laboratorios científicos, ¡ante unos jurados compuestos por eminentes físicos, biólogos renombrados e ilusionistas incrédulos!

Y sin tocar metal, objeto ni aparato.

En resumen, los milagros se realizan en unas condiciones óptimas de seguridad, de regularidad y de control. De una manera que elimina perfectamente toda posibilidad de fraude.

Entonces, los físicos no creen ya ni en sus ojos, ni en sus libros, ni en sus leyes, ni en su ciencia.

Y la mayoría de los empíricos, técnicos de lo supra-normal y a veces de la impostura, no se atreven a proclamar su triunfo ¡de tan estupefactos que están al comprobar que sus alegatos gratuitos han sido superados por unos hechos indiscutibles!

Solamente, quizá, los esoteristas saben a qué atenerse: conocen el psi desde siempre y piensan que el Apocalipsis, como su nombre lo indica, es la hora de verdad y de revelación.

En este sentido, J.-P. Girard podría muy bien ser el Ángel anunciador del fin de un mundo.


NO QUIERE SACAR DINERO DE SU DON


Joven —treinta y cuatro años—, moreno, flaco, de estatura media, casado sin hijos, el taumaturgo es jefe de la promoción médica de un laboratorio de productos farmacéuticos. Reconoce que posee un don excepcional, pero declara rotundamente que no quiere obtener de dicho don ningún beneficio pecuniario y que nunca se exhibirá en ningún espectáculo público.

Sin embargo, no oculta que ha frecuentado los ambientes de la manipulación como ilusionista aficionado. Declara:

«Quiero solamente ayudar al desarrollo de la Ciencia y estoy a disposición de los físicos que efectúen sus actividades en los laboratorios de investigación.

«Actuar en público es muy peligroso. Por dinero, casi todo el mundo tiene la tentación de cometer fraude; por consiguiente, prefiero ponerme al amparo de la tentación.»

Y cuando le preguntan la explicación de los fenómenos que él produce, responde con gran humildad:

«No comprendo lo que ocurre, pero lo que yo hago, todo el mundo podrá hacerlo algún día, estoy persuadido de que así será. Lo esencial es captar las causas desconocidas...»

Jean-Pierre Girard, ex pupilo de la Beneficencia pública, tuvo una infancia más bien difícil, tanto más por cuanto sus dones precoces de videncia y de percepciones supranormales le causaban muchas molestias.

—He aquí una multiplicación: 17 x 363...

—Igual a 6.171.

—¿Quién ha dicho esto? —preguntaba el maestro—. Otra vez Girard... siempre Girard, claro. ¿Y cómo sabes tú que el resultado es 6.171, si todavía no he hecho la multiplicación?

—No lo sé, señor. Pero debe dar 6.171.

Otra vez, el maestro iniciaba una frase:

—Veamos, hoy, vamos a estudiar... ah, sí... será...

—¡La batalla de Rocroy!

Era de nuevo el alumno Girard quien perturbaba las funciones mentales del buen pedagogo, incapaz de asimilar cómo su alumno podía adivinar el futuro o leer en sus pensamientos.

Entonces, como un verdadero héroe de liga racionalista, sucumbía al argumentum baculinum y le atizaba una paliza al joven vidente, arguyendo:

—¡Es una criatura del diablo! ¡Echa un vistazo a la página de su lección e inmediatamente la puede recitar de memoria!

¡Un cura de pueblo y un racionalista de tomo y lomo no pueden aceptar tales prodigios sin acusar al diablo o a la trampa!


LA PRUEBA ANTE VEINTE MILLONES DE TESTIGOS


He aquí lo que millones de telespectadores pudieron ver en la emisión de FR3 sobre lo supranormal el primero de abril de 1977, a las 20,30 h.

Previamente registrado, sometido a pruebas, palpado, auscultado. J.-P. Girard se instaló ante una mesa, vigilado por eminentes personalidades de la ciencia y del ilusionismo, entre ellos M. Philibert, director de investigaciones del CNRS, profesor en la Universidad París Sur y por el escéptico prestidigitador Ranky.

Un ujier tomaba nota de las diferentes fases de la escena.

Se presentaron —si nuestra memoria es buena— seis barrotes de metal denominados «performantes» procedentes de los talleres donde se fabrica el «Concorde».

Estas barras de hierro, de una dimensión aproximada a los barrotes redondos de una escalera metálica, habían sido elegidas sin saberlo Jean-Pierre, que ignoraba su naturaleza, la dimensión y el origen.

Habían sido comprobadas bajo una fuerza de 45 newtones, lo cual supera notablemente la que puede desarrollar un atleta profesional de pesas y halteras.

Ahora bien, J.-P. Girard, bajo el control riguroso de los cámaras, del ujier, del ilusionista, del físico y de 20 millones de telespectadores no podía ejercer ninguna presión sobre el material, sino solamente mirarlo y rozarlo con la punta de los dedos.

Eligió una barra, ya sea por azar, o bien sea porque le pareció más simpática que las otras, y la colocó ante él.

Hubo una pausa de espera bastante larga.

Los testigos espiaban, vigilaban, al acecho: el taumaturgo, muy sereno, parecía esperar algo... una señal, una advertencia.

Y, de pronto, se puso a acariciar la barra, muy suavemente, con la punta de los dedos, como se acaricia el seno de una mujer con, parecía, el mismo fervor, el mismo amor concentrado.

Creemos recordar que, según su costumbre, habló pero sin resultar voluble, y los testigos más sensibles notaron claramente, pero sin poderlo analizar, que «algo» estaba pasando o iba a pasar.

El experimento se prolongó durante breves minutos y J.-P. Girard dijo:

—¡Creo que está torcida!

Se echó hacia atrás en su sillón, y aguardó el resultado del control.

La barra fue examinada cuidadosamente por los señores Philibert y Ranky, y presentada en primer plano, de perfil, ante las cámaras.



Efectivamente, se había incurvado, muy claramente.

Los testigos eran formales y fidedignos: no había habido ningún trucaje posible y el milagro se había producido sin que pudiera ser explicado.

Ranky, el ilusionista, si bien muy escéptico al principio, confirmó categóricamente la autenticidad del experimento.

—¡No ha habido trucaje alguno, estoy del todo seguro!

Es de resaltar que Monsieur Ranky, creador del Comité del Ilusionismo, es un especialista en fraudes de esta índole: tuerce barrotes de acero y varas de hierro «encerradas en ampollas de cristal».

Se trata de ilusionismo, por supuesto, lo cual da a su testimonio todo su maravilloso valor.


TRANSMITE SUS PODERES


J.-P. Girard, por su poder psi, hace levitar objetos, cambia la naturaleza de un metal, frena el desarrollo de un caldo de cultivo, incurva barras indeformables por esfuerzo muscular (estas barras son llamadas probetas en metalurgia), pero puede también transmitir sus facultades.

Es lo que hizo el 23 de marzo dé 1977, de las 14 a las 15 h, en Radio-Montecarlo donde fue presentado por el profesor Robert Tocquet, eminente experto en parapsicología.

Varios asistentes y el propio Robert Tocquét pudieron, como él, incurvar varias varillas de metal.

El profesor explica los hechos en los siguientes términos, puntualizando que la «transmisión» fue involuntaria y no forzada por J.-P Girard:

«Yo me encontraba directamente a su derecha. In-curvé una barilla metálica tocándola levemente, efectuándose la flexión progresivamente y bien visible. La inflexión definitiva era aproximadamente de unos tres centímetros. En el transcurso de la emisión, algunos radioyentes habrían igualmente producido unos fenómenos análogos, pero es evidente que, dadas las circunstancias, toda comprobación seria es imposible.»

DEFORMA UNA VARILLA DENTRO DE UN TUBO SELLADO


Robert Tocquet prosigue haciéndose fiador de la autenticidad de un experimento todavía más fantástico:

«En presencia del periodista Albert Ducrocq, Jean-Pierre ha incurvado unas varas metálicas cerradas en unos tubos de cristal sellados.

»He sido testigo.

»—¿Se puede analizar el fenómeno?

»—Me inclino a pensar, pero no es más que una explicación temeraria y provisional que, en el efecto Girará, todo sucede como si el cerebro fuese capaz de enfocar su energía sobre el objeto, al modo del láser, pero probablemente no por medio de radiaciones electromagnéticas.

»Dicho de otro modo, no se trataría de la acción de una fuerza mecánica o fisiológica clásica e inventariada, sino, más bien, de una intrusión indirecta del pensamiento o de ía mente al nivel de las partículas atómicas o subatómicas.

»En este sentido, se puede pensar que la interacción es propia de individuos privilegiados que son, quizás, unos mutantes anunciadores de una nueva etapa en la evolución de la Humanidad.»

He aquí sobre el efecto Girard la opinión de un hombre honesto que, por añadidura, es un eminente especialista de lo supranormal y autor de numerosas obras que le confieren autoridad en la materia.

De ese modo, Jean-Pierre Girard realiza unos milagros de manera reiterativa, burla las leyes físicas mejor establecidas, desconcierta a los físicos y demuestra, mediante el experimento, que los fundamentos de nuestra ciencia no son más que relativos y, en todo caso, deben ser revisados.

El biólogo Gunther S. Stent, de la Universidad de California, no teme manifestar que la ciencia es empírica y retorna, cuando no puede dar explicaciones, a la noción de alma de Descartes (Science et Vie, n.'-' 703, pág. 26).

—¡Existe error en alguna parte! —claman los irreductibles «racionalistas» que se niegan a creer en lo razonable para oponer la obstinación estúpida.

Sin embargo, todo entra en la línea científica, puesto que J.-P. Girard hace sus experimentos ante los comités más temibles de la ciencia oficial de Francia, de Inglaterra, de Dinamarca, de Alemania, de Bélgica, de Suiza, de los Estados Unidos y en el prestigioso Instituto Stanford, de California.


OTRO MUNDO EN EL QUE TODO ES POSIBLE


El pensamiento y el espíritu no están sometidos a las contingencias del Universo de tres dimensiones: longitud, anchura y espesor. Ahora bien, al ser lo supranormal del dominio del pensamiento o del espíritu, los físicos han acabado por comprender que su explicación debía recurrir a unos universos particulares.

La hipótesis de los universos múltiples o paralelos es tan rica en posibilidades para explicar lo paranormal que unos físicos, tales como John Bárret Hasted, profesor en el Birbeck College, de Londres, se aventuran de buen grado por esta vía.

Estas tesis revolucionarias son ahora apoyadas por eminentes científicos.

J.-B. Hasted ha efectuado en laboratorio, con la ayuda de. niños ingleses tan dotados como lo está J.-P. Girard, unos experimentos que le han permitido medir las tensiones ejercidas sobre la materia, sin contacto físico.

Se debería concretar: sin contacto perceptible en nuestro Universo.

Los niños tenían, respectivamente, doce y nueve años; el diagrama obtenido ha demostrado que unas ondas físicas provocaban unas amplitudes como si la materia hubiese sido golpeada.

Los trances producidos por los médiums tienen una gran analogía con este fenómeno.

Otra comprobación: parece que el poder psi sea una fuerza de torsión y no de translación.

Con estos niños-médiums ha sido muy difícil conseguir curvaturas de varas metálicas colocadas en unos tubos de cristal perfectamente sellados (cosa que obtiene J.-P. Girard), y en cambio el doblamiento se hacía fácil cuando el tubo presentaba una abertura, incluso muy pequeña.

¿Por qué? ¡Misterio!

Un scrunch (entrelazado de grapas metálicas), fue obtenido en un tarro de cristal perforado con un agujero, lo cual da a esta proeza fantástica un matiz inesperado de humor.

El scrunch de J.-B. Hasted fue realizado por el niño Andrew G., de once años de edad.

Generalmente, mientras se efectúan estos fenomenales experimentos, se producen otras manifestaciones paranormales: desplazamientos de objetos pequeños (psi-coquinesia), telepatía, trances, etc.

Con Uri Geller, auténtico médium cuando desea serlo, el profesor Hasted ha obtenido una «desaparición»: sin ningún contacto, Geller habría hecho desaparecer (¿en la nada?, ¿en otro Universo?) la mitad de un pedazo de vanadio encerrado en una cápsula herméticamente cerrada.


UNIVERSOS PARALELOS Y UNIVERSOS ABERRANTES


Durante el simposio de Reims, J.-B. Hasted ha emitido, entre otras hipótesis, para explicar el doblamiento de un metal, la de un deslizamiento de planos entre los monocristales que lo constituyen. La deformación para-normal podría también, dice, producirse por un transporte de átomos en el «túnel cuántico».

** Nos encontramos aquí en las zonas de una física que es el dominio de los especialistas, aunque nos parece indispensable evocar sobriamente unas teorías que inciden con los universos paralelos caros a los esoteristas.

J.-B. Hasted respalda sus investigaciones sobre la teoría —más o menos admitida— de los cuantos, pero la hipótesis más fascinante recurre a los universos simultáneos representados por ¡un «conjunto de ecuaciones dinámicas y de relaciones de conmutaciones entre los actuantes de este espacio singular»!

En el espacio llamado de Hilbert, una infinidad de dimensiones hacen suponer la existencia teórica y simultánea de mundos que, prácticamente, no deben comunicarse entre sí.

No obstante, unas perturbaciones permitirían unas interferencias; por ejemplo, en las franjas de estos universos diferentes.

Para el físico De Witt, informa Hasted, la división del Universo provoca la de nuestro propio mundo y le da más que un don de ubicuidad: la naturaleza fantástica de existir simultáneamente en un número infinito de ejemplares idénticos.

En este sentido, hay miles de millones de Tierras, de Francias, de Brigitte Bardots, y también de Giscards d'Estaing, de Mitterrands, y de Marcháis (¡<101000 calcula Hasted!).

Estos ejemplares son independientes los unos de los otros, pero podrían comunicar y, quién sabe, incluso ayudarse de un Universo a otro.

Pero esta tesis hace abstracción de un serio obstáculo: ¡un desplazamiento de objeto y de energía entre dos mundos!

¡Qué importa! Nada es imposible para los físicos, y David Bohm imagina un tiempo característico durante el cual unas «transiciones cuánticas atómicas no radiactivas» podrían producirse, para explicar los milagros de las transferencias.

J.-B. Hasted, al límite, imagina el Universo como «una función de ondas únicas que englobaría miríadas de estados estacionarios» y este Universo sería una «combinación lineal de todos estos estados» con posibilidad de aparecer, de desaparecer, de pasar a través de lo opaco, de condensar unas energías y hacerlas pasar de un mundo a otro.

El físico inglés llega incluso hasta a admitir la existencia de los «espíritus» tan estimados por los espiritistas y de un más allá habitado por numerosas versiones de nosotros mismos, así como también por los fantasmas de personas fallecidas desde hace mucho tiempo.

He aquí algo que traerá agua al molino de los espiritistas.

No lo deploramos, sino al contrario, pero observemos el carácter revolucionario de lo supranormal vuelto a poner de moda gracias a Uri Geller, a J.-P. Girard... y a los curanderos psíquicos.


SUBCONSCIENTE COLECTIVO, ANTIFISICA Y CONSCIENCIA CÓSMICA


Por consiguiente, los esoteristas no divagaban, ahora lo sabemos, cuando evocaban unos fenómenos de telequinesia, de aparición-desaparición, de fantasmas, de remanencia que, J.-B. Hasted, por su parte, explica sabiamente mediante unas transiciones cuánticas implicando las existencias simultáneas de un mismo sujeto en un número infinito de universos.

Para ser más claro, digamos que cuando el J.-P. Girard de nuestro Universo está persuadido de que una vara de metal va a incurvarse, otro J.-P. Girard, que existe en otro mundo, aplica toda su energía a realizar el fenómeno.

El investigador metapsíquico Frédéric W. H. Myers piensa que para comprender el efecto psi, hay que imaginarlo como perteneciendo a un cierto espacio-tiempo denominado mediopsi o metaetérico.

Émile Boirac, de la Academia de Dijon, sugiere la idea de un subconsciente colectivo, una «madre-cepa» universal (la mónada) que sería como el éter del Universo y su memoria «alkáshica».

Este concepto se halla en la teoría de los cromosomas-memorias y del legado genético a partir de un antecesor común y único. «Vivimos en la superficie de nuestro ser», decía el doctor Osty y podríamos añadir: sobre la epidermis de un himalaya celular cuya inteligencia está repartida en todas las células.

«Los árboles entremezclan sus raíces en las tinieblas del suelo y las islas se reúnen por el fondo del océano.

»Del mismo modo, existe una continuidad de consciencia cósmica contra la cual nuestra individualidad solamente levanta barreras accidentales y donde nuestros espíritus están sumergidos como en un agua-madre...», escribía William James, en 1909.

Estas consideraciones, estas reflexiones de los metapsíquicos conducen a pensar que el efecto psi tiene necesidad, para manifestarse, de un medio metaetérico y de la ayuda del inconsciente colectivo, lo cual parece menos convincente que las tesis del profesor Hasted.

En las fronteras de lo comprensible, el profesor Hans Bender considera que la psicoquinesia, o acción desencadenada por la influencia del espíritu sobre la materia, ¡es «una descripción objetiva de una explicación subjetiva»!

Por último, Rémy Chauvin dice que «los físicos experimentan mucha dificultad en renunciar a sus nociones habituales de tiempo y de espacio y que la antifísica de Costa de Beauregard sería más apta para explicar lo irracional que la física tradicional».

Verdad es que el saber pretensado del que estamos impregnados nos prepara mal para captar los universos aberrantes de la antifísica y quizá la antimateria que intentan hacer incursiones en nuestro mundo.

PENSAR EN MAO Y ECHARSE A VOLAR


El doctor norteamericano Henry Ryder juzga que la barrera para un mejoramiento de los récords en deporte es psicológica más que fisiológica. Cita el caso de Bob Beamon que saltó en longitud 8,90 m en los Juegos Olímpicos de México, en un estado de trance o, por lo menos, de sobreexcitación debido a un clima político explosivo.

Los negros deseaban demostrar la supremacía de su raza sobre la de los blancos; unos atletas negros habían sido excluidos de los Juegos por unas provocaciones intempestivas; por ello, Beamon no había dormido en toda la noche y saltó en un estado psíquico muy particular, sobreexcitado por la cólera, la emoción y el orgullo racista.

Entre los japoneses, en cambio, es el misticismo el que estimula a los atletas: antes del desayuno, una hora de concentración sobre las enseñanzas de Buda.

El atleta cubano Juantorena ganó los 400 m y los 800 m de los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976, «¡sostenido por el pensamiento de Fidel Castro!».

El dictador cubano, en 1966, manifestaba:

«Unos escritorzuelos [sic] han dicho que nuestros atletas no eran unos atletas, sino unos militantes revolucionarios. ¡Es verdad!»

El saltador en altura chino Ni Chin-Chin franqueó la barra a 2,29 m y Chuang Tsé-tung es el mejor jugador en tenis de mesa porque están sobreelectrizados por el pensamiento de Mao.

«Las citas del Gran Timonel no tienen nada que ver con la brujería —declara Chuang Tsétung—, pero me sumergen en un baño regenerador y revigorizante.»

«Yo, prescindo de entrenador —dice Ni Chin-Chin—. Trabajo en el frío, en la lluvia, pero en comunión con Mao y en mi silencio interior.

»Una bomba puede caer, ¡me es igual! ¡Estoy seguro de mí! Subo solo al combate, según el principio maoísta.

»Es un arma que los occidentales no conocen, y es la más poderosa.»

Llama la atención esta similitud de juicio: «Estoy seguro de mi», dice también Jean-Pierre Girard.

Y uno se convierte en campeón del mundo, y el otro tuerce una barra de metal mediante el pensamiento creador.

Resulta muy evidente que lo que es verdad para las razas negras y amarillas, para los pueblos jóvenes y para los creyentes del comunismo y del maoísmo, ¡no lo es en absoluto para la raza blanca decadente y para los electores burgueses de las democracias!

Antaño, Mimoun fue campeón olímpico de maratón ¡por el honor azul, blanco y rojo de nuestra bandera!

En nuestros tiempos, Roger Bambuk nunca batirá un récord del mundo estimulándose con el fluido de Giscard d'Estaing.


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