Robert charroux



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CAPÍTULO VI



EL TORRENTE DESCUBRE LA GLIPTOTECA


Tras efectuar la defensa de las piedras (dentro de la medida de nuestras informaciones), vamos ahora a revelar cómo fueron encontradas las más interesantes, las del doctor Cabrera.

Son auténticas. No cabe la menor duda y lo hemos demostrado, pero lo que, con razón, intriga a los arqueólogos, es su aparición relativamente tardía.

EL RIO ICA CAMBIA DE CURSO


El periódico más importante del Perú, La Prensa, ha revelado cómo han podido ser descubiertas tantas piedras en el pequeño valle del río lea.

Después de haber recalcado que era imposible confundir los torpes bosquejos de Basilio Uchuya con los grabados auténticos de la colección Cabrera, La Prensa prosigue exponiendo:

«Se comenzaron a encontrar las piedras, de forma masiva, hace unos quince años, cuando una especie de desviación del río lea hizo afluir sus aguas sobre las tierras vírgenes de la zona de Ocucaje.

»Se hallaron entonces, grandes cantidades de piedras grabadas. Seguidamente, los huaqueros (saqueadores de tumbas, buscadores de tesoros) abundaron para negociarlas, y más recientemente, falsificaron algunas. Estos últimos son los responsables de la confusión y de la incertidumbre.»

¡Estas declaraciones no son gratuitas! Representan lo que había escrito precedentemente el prehistoriador Hermán Buse que se refería al hecho «de que, en 1961, el desbordamiento del río lea había permitido el descubrimiento, en la zona de Ocucaje, de una cantidad de piedras que, después, habían sido objeto de comercio por los huaqueros que las habían encontrado».

Con motivo del primer Congreso de Arqueología andina que tuvo lugar en Lima en 1972, Hermán Buse escribió en el periódico El Comercio, que el Congreso debía pronunciarse sobre la autenticidad de las piedras de lea, porque determinadas declaraciones arrojaban la duda sobre la maravillosa colección del doctor Cabrera.

Añadía:

«¿Diez mil falsificaciones? ¡Muchas adquiridas por algunos soles! ¡Que nos expliquen el precio irrisorio dado por un trabajo tan delicado, tan complicado, tan difícil! Unos hombres respetables creen en ellas, en su legítima y certificada autenticidad. Por ello, ante la opinión de los profanos, parece extraño que unos arqueólogos profesionales las rechacen rotundamente.»



¡Por supuesto, el Congreso peruano se desinteresó de la cuestión! Los hoteles eran confortables, las vituallas suculentas, el vino generoso... Si por añadidura fuese necesario ocuparse de arqueología, ¡hubiese sido el mundo al revés!

¡LA GANGA DE LOS CAMPESINOS!


He aquí, pues, la clave del enigma: en 1961, el río lea abandona su curso normal y va a zapar los cerros del pueblo de Ocucaje.

Las aguas arrastran las arenas de estas colinas desérticas y ponen al desnudo una necrópolis, o más exactamente un santuario, donde un pueblo desconocido ha depositado sus archivos prehistóricos. Más de 10.000 piedras tapizan el suelo: no hace falta sino agacharse para recogerlas.

El pueblo de Ocucaje está en las cercanías (aproximadamente un kilómetro) y los habitantes no tardan en notar la presencia de aquellas piedras negras o grises, pero todas grabadas con dibujos fantásticos.

Transportan estas piedras misteriosas hasta sus pobres moradas, a menudo con gran esfuerzo, ya que algunas ¡pesan 400, 600 kilos y más! Las depositan contra las paredes, en las «bodegas» oscuras que flanquean sus habitaciones, incluso las dejan sobre la plaza del pueblo.

¿Quién les robaría estos vestigios enigmáticos?

Nunca un turista se ha aventurado por Ocucaje, que está perdido entre la pampa del Hornillo y la pampa de Huayuri.

La mayoría de los habitantes de lea ignoran este pueblo sin interés, como ignoran también la arqueología. Una ciencia que les tiene muy sin cuidado y las piedras habrían permanecido largo tiempo en los patinillos de las casas, bajo el sol que las blanquea día tras día, si el doctor Cabrera no las hubiese por fin descubierto.


EL DOCTOR CABRERA COMPRA 11.000 PIEDRAS


Sin embargo, en lea, hay una «intelligentsia», una élite que se interesa en otras cosas que no sea la palabrería y el fútbol: profesores, altos funcionarios, y entre ellos un hombre de una cultura extraordinaria y refinada: el doctor Javier Cabrera Darquea.

¿Es el misterioso «Doctor Sotil» que iba, según se dice, a efectuar excavaciones con los huaqueros en las necrópolis secretas de Ocucaje? ¡Qué importa!

Fue, en todo caso, aquel que se llegó hasta el pueblo, vio millares de piedras y comprendió inmediatamente toda su importancia. Había que salvar aquel patrimonio nacional amenazado de destrucción o de éxodo hacia los Estados Unidos o el Occidente europeo.

No va a constituir por espíritu de lucro la más fabulosa colección de piedras grabadas conocida en la historia de la arqueología.

Nuestro amigo es un ardiente patriota y quiere que su país, el Perú, tenga el honor de poseer esta maravillosa herencia de nuestros Antecesores Superiores.

Quiere dar a lea, como ya lo ha hecho Carlos Belli, un museo del cual ya ha encontrado el nombre: Museo de Gliptolitos. Su colección la va a crear con su dinero, con sus esfuerzos, sus investigaciones, su inteligencia.

«Quiero que mi libro sea editado en el Perú —nos ha declarado en una carta—. Soy un buscador científico, pero ante todo soy peruano y renuncio voluntariamente de buen grado a mis intereses personales para servir la causa revolucionaria y nacionalista del Perú.»

Por consiguiente, con sus honorarios de cirujano, Javier Cabrera ha comprado, de 1966 a 1974, las aproximadamente 11.000 piedras con grabados interesantes que habían alfombrado el lecho del río lea.

No les dejó a los huaqueros más que las piedras con grabados triviales, las que nosotros hemos comprado en 1974, y en 1976, ¡las que yacían en los patios y servían de amparo a los patos!

MINA AGOTADA: PIEDRAS FALSAS


Todo tiene un final, sobre todo las cosas mejores, y llegó el día en que, después de haber recogido de 10.000 a 13.000 piedras en el valle del río (lo cual es una cifra fantástica), los huaqueros ya no encontraron más.

Quedaban las tumbas, pero era necesario detectar su emplazamiento, excavar, ¡y el rendimiento era infinitamente menor!

Por otra parte, parece ser que solamente las piedras del santuario arrasado por las aguas llevaban los grabados-mensajes reflejando la civilización y los conocimientos de los Grandes Antecesores desconocidos... En resumen, pronto ya no hubo nada para venderle al doctor Cabrera.

Era un golpe duro para estos campesinos que habitaban sobre un suelo ingrato, árido, en una región donde las posibilidades de trabajo son casi inexistentes. Fue entonces cuando Basilio Uchuya e Irma de Aparcana tuvieron la idea, muy simple —un automatismo social natural allegado al instinto de conservación— de grabar piedras falsas.

En modo alguno entraba en sus propósitos acarrear perjuicio a nadie y todavía menos agraviar la fama histórica y prehistórica de su país. Para los campesinos de Ocucaje, grabar unas piedras representaba solamente unos kilos de pan, latas de conservas, vino de lea, telas para vestirse y herramientas de uso doméstico.

Irma y Basilio pusieron mano a la obra: ¡fue un fracaso total, no vendieron una sola de sus piedras grabadas!

El doctor Cabrera se echó a reír cuando le enseñaron sus elucubraciones: ¡era como si quisieran hacer pasar un abrigo de pieles de conejo por visón!

Al no llegar nunca ningún turista a Ocucaje, las falsas piedras —poco numerosas— quedaron en poder de los cándidos falsarios.


BASILIO NO TENÍA PIEDRAS FALSAS EN MARZO DE 1974


Es casi seguro que, con fecha del primero de enero de 1975, Basilio e Irma no habían grabado más de una decena de piedras, de las cuales ninguna encontró comprador.

Fuimos a Ocucaje en marzo de 1974, con la finalidad de comprobar si, como lo dejaban entender unos vagos rumores, los campesinos grababan o tenían la posibilidad de hacer falsificaciones.

Para salir de dudas, ofrecimos fuertes cantidades (del orden de 200.000 soles) a la señora Uchuya y a algunos otros habitantes de Ocucaje que se rieron y, con toda buena fe, doy por supuesto, han asegurado que la oferta era magnífica, pero que nadie en el pueblo era capaz de efectuar el trabajo solicitado.

Hemos comprado unas piedras en casa de Basilio y en algunas otras casas.

Al día siguiente de nuestra visita —era el jueves 14 de marzo— Basilio fue a visitarnos al «Hotel Turistas», de lea. Nos hizo llamar por un camarero y, en las cercanías del hotel, tras un macizo de arbustos, ocultándose, desempaquetó una docena de piedras negras.

Le compramos algunas, pero nuestras maletas estaban ya pesadamente cargadas.

Por aquella fecha, ninguna piedra grabada se vendía en lea y toda la ciudad ignoraba que pudieran existir, aparte algunos arqueólogos cultos, tales como el doctor Cabrera y el profesor Pezzia.

¡MUNDIAL RETRATA SIEMPRE LA MISMA PIEDRA!


En su notable libro editado en 1976 y titulado El mensaje de las piedras grabadas de lea el doctor Cabrera defiende su honorabilidad con unos argumentos de gran lealtad y una nobleza de pensamiento y de estilo que imponen estima y admiración.

Con mucha pertinencia, hace observar que para demostrar la seudoimpostura de Ocucaje, la revista Mundial publica quince fotos de Basilio Uchuya con sus seudobajas obras.



Ahora bien, fenómeno extraño, este falsario que habría grabado 11.000 piedras, no ha podido ser retratado más que con una sola piedra traficada, siempre la misma (¡la que representa el grabado lamentable de una especie de monstruo muy esbozado!)

¿Por qué los muy honestos periodistas de Mundial no han retratado a Basilio con dos, diez, cien piedras... él, que habría grabado decenas de millares?

Sí, ¿por qué?

¡La respuesta es evidente!

¡No se retrata a un falsificador de dinero con un solo billete de Banco, ni a un buscador de setas con una sola seta!

Los fotógrafos no han retratado más que una sola piedra falsa, porque no había otras en Ocucaje!

DINOSAURIO + AUTO BUS + BOTELLA DE «COCA-COLA»


Sin embargo, ateniéndonos a la apariencia de los hechos, Ocucaje hubiese tenido que desbordar de piedras traficadas, de talleres de grabado, de almacenes de depósito.

He aquí, en efecto, lo que revela el doctor Cabrera en su libro, capítulo IV, página 124 y siguientes:

«A pesar de mi insistencia para que sean estudiadas y protegidas las piedras de lea, la mafia de la mentira ha encontrado una coartada para ampararse: actualmente se pueden grabar unas piedras y se ha logrado que los campesinos graben otras en presencia de personas neófitas en la materia, de modo a que puedan certificar que todas las piedras grabadas de lea son de reciente fabricación...»

El doctor Cabrera asegura que los campesinos, al ser incapaces de efectuar grabados presentables, utilizan auténticas piedras grabadas, sobre las cuales trazan sus iniciales, unas fechas y añaden dibujos de objetos actuales y a veces unas leyendas.

Dan por resultado entonces, unas mezcolanzas insólitas, por ejemplo, un dinosaurio asociado con un autobús o con una botella (de «Coca-Cola»).

Mediante este sistema, los campesinos de Ocucaje hacen suponer que todos los glifos auténticos son de reciente fabricación...


DATACIONES AZAROSAS


Personalmente, no creemos que en el estado actual de la ciencia se puedan datar unas piedras grabadas, pero debemos mencionar en el expediente del asunto las pruebas que han sido efectuadas en este sentido.

El químico y mineralogista Maurice Hochschild, de Pisco, afirma que «la oxidación natural de las piedras que se produce por el envejecimiento de los minerales, cubre del mismo modo las incisiones y la superficie no grabada» {relatado por El Comercio del 17-3-74).

El estudio de la materia de las piedras, realizado en la Facultad de las Minas de Lima, indica que se trata de andesita fuertemente carbonizada procedente de las capas de corrientes volcánicas correspondiendo al mesozoico (Era secundaria), típicas de la región (80 a 130 millones de años).

Dureza del núcleo: 4; dureza de la capa exterior: 3; por consiguiente piedra que puede ser fácilmente entallada por cualquier objeto duro y, principalmente, por la obsidiana.

Las piedras, puntualiza el peritaje, están envueltas por una fina pátina de oxidación natural que cubre las incisiones de los grabados, hecho que permite deducir su antigüedad.

Nos han reprochado el haber fechado los dibujos en 60 millones de años, lo cual es inexacto. Insinuamos bajo forma de hipótesis la fecha máxima de 40.000 años. Pero está comprobado que determinadas piedras no tienen más que algunos siglos o algunos milenios.

No tenemos ninguna certidumbre sobre su grado de antigüedad. Pretendemos solamente atestiguar que no son recientes y, por consiguiente, que son auténticamente antiguas.

UN NUEVO ASUNTO GLOZEL


Así es como están las cosas. Ésta es la verdad sobre «el asunto de lea».

Arteros, astutos, «prudentes», los conjurados de la prehistoria francesa «ignoran las piedras del doctor Cabrera».

No las han visto, ni sopesado, ni olfateado, ni sometido a peritajes, ni estudiado... ¡saben solamente que son falsas!

Cierto es que podrían ir a lea, investigar, demostrar el buen fundamento de su opinión. ¡Ni hablar!

¡Proceder a peritajes sería demostrar la autenticidad! Entonces, iban a quedar muy mal...

En la espera del veredicto del futuro, repetimos nuestras declaraciones de 1974:

«Calificamos de mentiroso e impostor a quienquiera pretenda que las piedras de lea son falsas.»

Un nuevo asunto Glozel está sobre el tapete.

La Conjura perderá prestigio. Pero, ¿cuándo?

CAPÍTULO VIl



EL ESOTERISMO DE LAS PIEDRAS Y DE LOS MENHIRES


Si se poseen algunas luces sobre los dólmenes y los crómlechs, en cambio se es mucho más evasivo por lo que concierne a los menhires.

El menhir, dice el diccionario Larousse (del bretón men = piedra e hir = larga) es un monumento megalítico formado por una piedra alzada.

Se le supone conmemorativo de acontecimiento o edificio dedicado al culto.

Existen cerca de 5.000 menhires en Bretaña, de los cuales 2.935 forman los célebres alineamientos de Carnac.

¿Los menhires son lápidas sepulcrales, jalones, acumuladores de energía telúrica, «nombres en pie», o alguna otra cosa? Esto es lo que podría revelarnos la verdadera apelación del monumento si se conociese, pero los primeros ocupantes del Occidente y, después de ellos, los celtas, no nos han dejado ningún esclarecimiento sobre este tema.

Los menhires eran objeto de un culto y pasaban por contener un poder mágico: es la única certidumbre que tenemos.


¡LA CARRETA INVENTADA ANTES QUE EL CABALLO!


Menhir significa, pues: piedra larga. No es del todo seguro que men tenga el significado de «piedra».

Men, man, memez en inglés, en germánico y en céltico, significan: hombre y montaña que somos tentados para relacionarlo con mana (grande, en sánscrito), con Manú, el Sabio héroe del diluvio hindú, con Manannan, el mago-hechicero de la isla de Man, ombligo del mundo, con Mannus, el primer hombre en la mitología germánica, con mana, el poder de las estatuas de la isla de Pascua.

Ahora bien, el menhir, en la tradición, participa estrechamente de la montaña (el roquizó), del poder, de Dios y del primer hombre de la creación.

En la arqueología clásica, el dolmen pasa por ser más antiguo que el menhir.

Pero es una costumbre para los prehistoriadores patentados decretar que el bastonazo ha existido antes que el bastón, el río antes que el valle, el temblor de tierra antes que la Tierra ¡y la bicicleta antes que la rueda!

De ese modo, nos enseñan que la edad del bronce (cobre y estaño) es anterior a la edad del hierro, y que el andamiaje —por ejemplo en Lascaux— ¡ha existido antes que la pared!

Sobre tales bases, los prehistoriadores declaran que el dolmen, formado por tres, cuatro o cinco menhires soportando una mesa de piedra, ¡es más antiguo que el menhir!

Haciéndose eco del punto de vista oficial, el periodista «científico» H. de Saint-Blanquat, en una revista especializada, después de haber escrito «que ya no existe misterio alguno en los megalitos» prosigue con estas líneas no menos asombrosas: «Se tiene, pues, la certeza de que los menhires fueron elevados en una época en que se construían también los dólmenes.

«Pero ninguna prueba existe de que estos menhires hayan sido erigidos antes del 3000 a. de J.C.»

Ahora bien, el mismo especialista concede —4.400 a —4.600 años, o sea una antigüedad de 6.000 a 6.600 años ¡ a los dólmenes del Poitou, de Normandía, de Bretaña, de Portugal y de Escocia!

Bien es verdad que el abate Breuil, que no creía en las casas de los hombres prehistóricos y en su conocimiento del cemento, escribía a propósito del horno para cocer de la Coumba del Pré-Neuf en Noaillé (Correze):

«Los huecos... habían sido cuidadosamente guarnecidos con piedras más pequeñas mantenidas por un amasado de tierra arcillocalcárea y arena», lo cual, salvo error, es precisamente el cemento empleado por los albañiles.

Seamos serios, por favor: ¡el menhir es más antiguo que el dolmen, puesto que es necesario utilizar menhires para construir un dolmen!

Y cae por su peso, para todo hombre dotado de lucidez, que la «piedra levantada» {menhir), en todos los países del mundo, se remonta a la misma fecha de las primeras tumbas que fueron edificadas.

LOS CELTAS: 2500 O 5.000 AÑOS


Si los megalitos son particularmente abundantes en Irlanda y en Bretaña, es porque estos países estaban muy apartados de las rutas frecuentadas por las migraciones de toda clase.

El prehistoriador H. Hubert opina que la invasión del Occidente por los celtas pudo ser causada por replegamientos del mar o quizá por algún invento en materia de navegación, ya que eran indudablemente navegantes.

Los celtas no son una raza, sino un pueblo o un grupo de pueblos «distintos de los grecolatinos, de los germanos, de los baltoeslavos, de los iberos y de los ligures» con los cuales tienen, sin embargo, numerosos puntos comunes.

H. Hubert los divide en cuatro grupos: goidels, pietos, bretones (incluidos los galos) y belgas.

Probablemente se apartarían del tronco indoeuropeo en Oriente.

Los primeros elementos que penetraron en la Galia, y tal vez también en España, son, dice, los pictones del Poitou, emparentados con los pictos de Escocia.

Se establecen en Occidente en la edad del bronce, lo cual resulta extremadamente vago, ya que los prehistoriadores están tan poco seguros de su «ciencia» que extienden la edad del bronce desde —2.000 años (Altine-Depe, Turkmenistán) a —8.000 años (Medzamor, Armenia soviética).

Tomemos una fecha promedio —3.000 y digamos que los celtas tienen una antigüedad de 5.000 años, que desborda la decretada en altas esferas: ¡2.500 a 3.000 años solamente!

Cierto es que la cepa ha permanecido más pura en Irlanda y en Bretaña, pero, por lo menos en lo que concierne a nuestro país, si los más importantes centros de megalitos han subsistido en el país de Amor (Bretaña), parece que los principales santuarios hayan sido edificados en otros sitios: en Chartres, en Loudun, en Saint Benoit-sur-Loire, en el Mont-Saint-Michel, en Autun, en los Vosgos y en Marsella.

DATACIÓN DE LOS MEGALITOS


Según la cronología adoptada por los medios oficiales, la civilización de los dólmenes se remontaría al tiempo del invento de la agricultura, hace 7.000 años.

Los megalitos más antiguos, de acuerdo a esta cronología, se situarían así en el tiempo:

— Poitou — Normandía — Bretaña — Portugal — Escocia: 6.000 a 6.700 años.

— Dolmen de la isla Gaignog en Landéda (Finisterre): 5.850 años.

— Bougon (Deux-Sévres): 5.850 años.

— Plouezoch (29.N. Finisterre): 5.500 años.

— Siria — Líbano — Palestina: 5.200 años. — Dólmenes del Cáucaso: 5.000 años.

— New-Grange en Irlanda: 4.500 años.

— Carnac: 4.000 años.

— Stonehenge: 4.000 años.

— Dólmenes del Macizo Central: 4.000 años.

— India — Pakistán — Irán — Filitosa: 3.500 años.

— África del Norte: 3.000 años.

— Japón — Corea — Manchuria — India — Asia — Oceanía: 2.000 años por lo menos.

Estos fechados de los dólmenes y monumentos mega-líticos son tal vez exactos, pero tenemos buenas razones para creer que los menhires son notablemente más antiguos.

Sea lo que fuera, y contrariamente a la enseñanza oficial, nosotros pretendemos que los celtas han sido unos constructores de monumentos megalíticos, por lo menos en su período tardío, y están indisolublemente ligados por su historia y sus creencias a los menhires y a los dólmenes.


EL HOMBRE VERTICAL, LA MANO Y LOS «GRAFFITI»


La historia del menhir no puede disociarse de aquella del peñasco del que ha salido y de la gran aventura humana.

No está demostrado que la cuna del hombre sea nuestra Tierra, hija del Sol, pero pensamos que nuestros antepasados más probables vieron el día sobre nuestro suelo, en tiempos inmemoriales.

En esta hipótesis, la fecha más importante de la Humanidad fue su acceso a la posición vertical que condicionó el desarrollo del cerebro, de la inteligencia y permitió la evolución hacia una civilización elaborada.

El hombre vertical tuvo la gran oportunidad de liberar sus manos (a menos que esta liberación adquirida anteriormente no haya motivado su nueva posición).

Cierto es que su pensamiento existía ya, pero se puede decir que se afirmó con la destreza de su mano que podía coger y crear.

La palabra mano, escribe Dimitri Panine, es tal vez la más antigua del mundo y de la lengua original, ya que la mano fue, en definitiva, la primera herramienta y casi el primer «pensamiento» del hombre original.

Es interesante vincular esta idea con el menhir erguido que servirá para soportar el pensamiento del hombre, incluso no formulado, incluso abstracto.

Al principio, el hombre vertical, por simple impulso mecánico tal vez, como en el niño de nuestros días, trazó con su dedo un rasgo en el suelo. Fue el primer geoglifo y después con un guijarro rudo, garabateó sobre una roca blanda, y fueron los primeros «graffiti».

Los trazados primordiales que debían culminar en el símbolo y en la escritura fueron, sin duda, el rasgo horizontal, el rasgo vertical, la cuadrícula y por fin el círculo.

El esbozo de una civilización acababa de nacer: el hombre tenía ya en lo sucesivo a su disposición los cuatro elementos esenciales: el pensamiento, la mano, la piedra y el trazado.

El agua y la arcilla le habían dado la vida, la piedra iba a darle el arranque de la civilización con el betilo, el «kudurru», el mojón, el menhir, el pilar, el obelisco.

EL PEDERNAL


En todos los tiempos, los hombres han creído que el pedernal o sílex, o silicato de aluminio, contenía el fuego del cielo y el principio-vida, y es curioso comprobar que nunca ninguna estatua fue tallada en sílex, sin duda porque es un material de una extremada dureza, pero también —quizá— por miedo a ver la estatua animarse con sentimientos homicidas contra el sacrilego que la habría esculpido.

Los celtas colocaban religiosamente unas piedras de pedernal, talladas o no, bajo los dólmenes, lo cual era una manera de aportar vida al templo y a los manes de los antepasados, tal vez para fijar el espíritu de los muertos.

Entre los dravídicos y en numerosos otros pueblos, la piedra tenía también esta propiedad de fijar los espíritus buenos o malos; por este motivo se rodeaba la tumba de los muertos con un círculo de piedras, con la finalidad de aprisionar los fantasmas y los resucitados.

«En distintos sitios, se echa una piedra sobre el camino de regreso, después de haber inhumado a un muerto. De este modo, la piedra obstaculiza el espíritu del muerto, creando un fantasma que se fija en esta piedra y se vuelve así impotente para inquietar a los vivos.» (J. Boulnois.)


PIEDRA Y AGUA DE VIDA


En la Biblia, la tierra y el cielo han sido creados primero en potencia de manifestaciones formales, escribe J. Boulnois.

«La tierra y el cielo siendo "las Aguas", míticamente separadas por Dios después de la creación de la luz, en aguas inferiores (tierra y océano) y aguas superiores (cielo).

«Solamente las aguas inferiores produjeron, por una especie de corporificación, la sustancia formal, individualizada, sensible, de la tierra y del agua. Es necesario, pues, comprender por las Aguas, una especie de sustancia primordial.»

Ahora bien, según las tesis del profesor Louis Kervran, tierra y agua son sinónimas, el calcáreo engendrando el agua y sin duda, viceversa, por el proceso de sedimentación y de infiltración.

El principio-vida está, por consiguiente, tan íntimamente ligado a la piedra andrógina (arcilla) como al agua.

Cierto es que, en la leyenda cristiana, primaria y fundamentalmente destinada al error por el hecho de que Dios es diferente del Universo y ausente de la materia, el primer hombre, Adán, fue hecho de arcilla muerta, que el Creador animó con su aliento; pero la mayor parte de las otras tradiciones respetan más la línea científica y atestiguan que la piedra o arcilla posee la vida, siendo incluso la fuente de la vida en igualdad con el agua.

En la India del Sur y en Ceilán, país de los tamul dravídicos, una piedra informe señala a veces la entrada o el centro del pueblo.

Es regada ritualmente cada día y se la llama piedra umbilical o piedra de vida, lo cual no tendría nada de extraordinario, ya que esta costumbre es casi universal, si la piedra umbilical no tuviese una particularidad notable e incluso mágica: ¡ha caído del cielo!

Todo lo que viene del país de los dioses es sagrado, por eso los aerolitos o meteoritos han gozado de una gran veneración entre los pueblos de la Antigüedad, principalmente cuando estas piedras caídas del cielo eran tectitas, es decir, piedras vidriosas de color negro.

PIEDRAS CELESTES, NEGRAS O VERDES


En el Perú, los incas construyeron el Templo del Sol del lago Titicaca, teniendo, como primer elemento, una piedra negra procedente del cielo.

Cealcoquin, ciudad mítica de Honduras, debía su fortuna y su poderío a una piedra negra traída por «una mujer blanca, de una belleza incomparable» que, tal como un ángel, había descendido un día de las nubes.

Las leyendas andinas hablan también de la «piedra negra de Ancovilca», único vestigio de una ciudad edificada en el fondo de un lago y que un temblor de tierras hizo desaparecer un día.

En La Meca, los musulmanes veneran una piedra negra, la Hadjar-el-Asuad (Hadjers'ul-Esswed) empotrada en el ángulo este de la Kaaba, el santuario de la gran mezquita.

Es considerada como prenda de la alianza que Dios hizo con los hombres en la persona de Adán, que se la llevó al abandonar el paraíso terrestre, pero otra tradición asegura que fue el ángel Gabriel quien la entregó a Abraham.

La Hadjar-el-Asuad era muy probablemente un meteorito y fue uno de los más antiguos ídolos del Hadjaz.

Los escritores de Bizancio, escribe E. Saillens, están de acuerdo en decir que la piedra representaba a Anahita, es decir, a Astarté, la estrella de la mañana.

Cuando apareció Mahoma, el templo en que se le rendía homenaje estaba, así como el betilo, rodeado de piedras y de imágenes sagradas representando las 360 tribus del desierto.

El profeta hizo desaparecer las imágenes, pero no se atrevió a tocar esta decana y desde entonces, el día de Venus, viernes, quedó como día sagrado.

Entre los celtas, una piedra verde misteriosa era quizá también de naturaleza meteorítica: la calláis. Cerca de un millar han sido encontradas bajo unos dólmenes, pero no se sabe qué poderes o virtudes se suponía que poseían.

Un enigma rodea las piedras de color verde que tienen una relación evidente con el planeta Venus.

En el templo de Chavin, en el Perú, se puede ver un gran monolito de serpiente llamado «la piedra verde del mundo», que bastaba desplazar, antaño, para provocar un diluvio.

Este monolito, según se decía, procedía de Venus, lo mismo que la piedra del Santo-Graal, la esmeralda verde caída de la frente de Lucifer.

Por otra parte, es curioso mencionar que los hongos psilocibos de México, país del Dios venusiano Quetzalcóatl, tienen la propiedad de hacer ver toda la vida de color verde.


LA PIEDRA DE SAYWITE


A 3.600 metros de altura en el Perú, a 45 km de la ciudad de Abancay, sobre una pendiente de la Cordillera que domina el río Apurimac, una extraña piedra se burla de los arqueólogos: la piedra de Saywite.

Mide 4,10 de longitud, 3,10 m de ancho por una altura aproximada de 1,20 m, y su superficie superior está esculpida con bajorrelieves que, a primera vista, parecen representar la maqueta de una ciudad incaica con sus plataformas, sus terrazas, sus templos, sus casas, sus calles, sus hornacinas y... un notable sistema de drenaje de las aguas, de tal modo que la lluvia no se estanca nunca sobre el calcáreo y se escapa hacia el exterior mediante pendientes bien calculadas y por el laberinto de acequias.

Esta ciudad en miniatura está poblada por algunos personajes, sin duda simbólicos, ya que son muy poco numerosos, por cuatro pumas orientados hacia los puntos cardinales y se notan esbozos de plantas.

En cuanto al presunto significado del monolito, oscila entre el monumento para oráculos y la maqueta de un lugar sagrado que quedaría por descubrir en las soledades de las Cordilleras de los Andes.

Los antiguos pueblos anteriores a los quichuas han tenido siempre a la piedra en gran veneración y, como los asirio-babilonios y los fenicios, hacían de ellas las moradas de los dioses.

Con una gran incertidumbre, pensamos que la piedra esculpida de Saywite es una imagen simbólica del mundo, de la esencia primitiva de Dios, del Viviente y de las civilizaciones representadas por una ciudad sagrada.


LA COMPAÑERA ASHERAT


La piedra y el agua están íntimamente ligadas, ya sea para hacer el manantial o el pozo, ya sea para designar el emplazamiento sagrado de la iglesia o de la catedral.

La iglesia, el agua y la piedra adoptan el mismo proceso de sacralización que los antiguos relacionaban con una cosmogénesis venusina.

En las más antiguas mitologías, se dice que la llegada de Istar o de Astarté a nuestro sistema solar, provocó lluvias diluvianas e inundaciones.

Enki, dios del Océano primordial en la mitología asirio-babilonia, tenía por hija a la diosa Nina, la «Dama de las Aguas», identificada a Istar como la representante del planeta Venus.

La misma tradición asirio-babilonia hace a esta diosa responsable del diluvio universal.

«El terror que se esparce por el Universo alcanza a los propios dioses... Istar, más asustada sin duda que los demás grita como una mujer en parto. Se arrepiente de haber apoyado, quizás incluso provocado la decisión de los dioses; ella no deseaba un castigo tan terrible.» (Mythologie genérale. F. Guiraud.)

Istar, en Fenicia, recibía el nombre de Astart o Asherat; ahora bien, Asherat-del-mar, la Estrella-del-mar, es la diosa de los ríos y de los océanos.

Uno de los poemas traducidos de las tablillas cuneiformes de Ras Shamra (Siria), que se remonta a 3.400 años, podría dar mucho que pensar a los francmasones todavía aferrados a la fábula del- templo de Salomón.

Baal, el más grande de los dioses después de Él, y más reciente también, «no tema —dicen las tablillas—, ni recinto sagrado ni templo como le es debido a un hijo de Asherat».

Por consiguiente, se le va a construir uno «sin intervención de seres humanos», como en el caso del templo de Jerusalén.

«Asherat-del-Mar está encargada al dios El la autorización de construir, y después ella comunica a Latpon, el dios que tiene el don de la 'sabiduría, la orden de comenzar las obras...

«He aquí que Amat Asherat confecciona los ladrillos. Una casa será construida para Baal, en su calidad de Dios, y un recinto sagrado por ser hijo de Asherat.»

Baal trabaja él mismo en la construcción y derriba con su «sierra-rayo del cielo» los cedros del Líbano.

Como puede juzgarse, los propios dioses no sienten repulsión por convertirse en' carpinteros o albañiles: Baal sierra, Venus confecciona ladrillos.

¡He aquí a dos hermosos y célebres Compañeros del Deber, dos honrados francmasones mucho más simpáticos que el tortuoso Salomón!

El templo de Jerusalén fue construido por los fenicios en el siglo XI antes de nuestra Era; las tablillas de Ras Shamra del siglo XIII son, por consiguiente, si las dataciones son exactas, doscientos años más antiguas. Sin embargo, el carácter legendario, confuso, inverosímil de la tradición referida al templo haría suponer que las tablillas fenicias relatan los verdaderos detalles de su edificación. En nuestro criterio, Salomón ha acaparado sencillamente una construcción fenicia como los hebreos habían acaparado al dios Yahvé de los beduinos del desierto.

VENUS, LLAVE DE ORO DEL PASADO


He aquí, pues, a Asherat francmasona, confeccionadora de ladrillos, y a Baal constructor de un templo que, si no es el edificio antiguo de Baalbek, sería quizás el de Jerusalén.

Salomón nunca puso la mano en la masa... Asherat, en cambio, amasaba los ladrillos.

En Egipto, donde no se espera encontrar más que a Ra el dios Sol, el planeta Venus desempeña también un papel preponderante.

El iniciador Ptah, cuyo nombre verdadero es Ptah-Sokar-Osiris, era un gran constructor y tenía por emblema la medida codo.

En cuanto a Atur, diosa del cielo, se la llamaba Afrodita entre los griegos. Dama de Biblos entre los fenicios y reina de Occidente.

Era identificada en el planeta Venus.

El lugar más alto de Egipto es, con Abidos, el inmenso emplazamiento de Saqqarah donde se encuentran las tumbas de los reyes desde la Primera dinastía, las más antiguas mastabas (tumbas egipcias) y las más antiguas pirámides (muy anteriores a las de Gizeh). La más venerable es la pirámide de gradas del rey Djéser (IIIa dinastía) llamada Pirámide de Saqqarah.

Ahora bien, Sakhara en egipcio significa: la piedra, la cometa, el planeta Venus. ¡Cuántas coincidencias!

¿Qué relación habría, pues, entre Venus, la piedra, el agua, la lluvia, el Perú, el Cercano Oriente, Egipto y, como vamos a ver, con el menhir y el betilo?

Si tomamos por referencia las tradiciones, Dios, Adán, los ángeles, los arcángeles y Lucifer habitaban juntos en el cielo y en el mismo lugar.

Ahora bien, se sabe que Lucifer, expulsado de la morada de Dios, procedía de Venus; de ello debe deducirse que Dios y los arcángeles no habitaban en un cielo simbólico, abstracto, sino en un planeta especialmente designado.

¡Es para creer que las tradiciones judeocristianas, masónicas y que las mitologías clásicas están fundadas sobre un inmenso error que hace incomprensible el pasado de los hombres y de las civilizaciones! ¡Es exactamente lo que creemos!

Y para abrir las puertas del saber, utilizamos unas llaves de las cuales una, la primera, nos llega directamente de Venus, no del planeta que se cuece a fuego lento en sus 500º entre Mercurio y la Tierra, sino que Venus-cometa que antes de convertirse en planeta estabilizado en el sistema solar, erraba flamígera por las nubes, en forma de cuernos de toro, con una larga cola incandescente que inflamaba las selvas tropicales y suscitaba terribles maremotos.

Con esta llave y clave, que es igualmente muy estimada por Emmanuel Velikovsky, nosotros encontramos una explicación lógica, razonable, al misterio de las piedras negras o verdes, de los dioses que las habitaban y del secreto de los constructores antiguos.


ASESINOS DE HADAS Y DE DAMAS BLANCAS


Henri Dontenville, a quien debemos en gran parte el despertar del pensamiento francés, o, para decirlo más apropiadamente, céltico, considera como evidente «el animismo» de la Naturaleza.

«No está nunca petrificada —escribe—, y en el espacio de las edades geológicas, las propias rocas se ponen en movimiento, las fuentes murmuran.»

Si nuestros antepasados dedicaron un culto a la piedra, es que la creían dotada de una vida, de un alma y es altamente probable que estaban más en la verdad que los materialistas de cortos alcances y los cristianos supersticiosos que creen en la materia inerte.

Ciertamente, no concedemos crédito a los menhires que crecen, a las piedras que giran sobre sí mismas o que van a beber en el río durante la misa de Navidad, pero unas leyendas extrañas transmitidas sobre estos temas ocultan tal vez en lo más recóndito un asombroso significado.

Los campesinos de otros tiempos decían que hubo una época en que las piedras eran blandas y podían conservar la huella de los pies.

Estas huellas, se encuentran por todas partes, en el Perú, y en Francia donde son atribuidas a Gargantúa, al Diablo, a la Virgen, a Jesús, como es el caso en la iglesia Sainte-Radegonde, en Poitiers, o bien a no se sabe qué milagro, como en el caso de las piedras amasadas de Amélie-les-Bains.

En el Lemosín, se aseguraba que determinadas piedras estaban habitadas por unos animales. Se hablaba, por las noches en las veladas, de la mandragora (dragón) que salía por la noche de los roquedales de Frochet (Bussiére-Boffy, Alta-Vienne), de los lobos o de las serpientes que tenían el poder sobrenatural de surgir de la piedra en ciertas ocasiones.

El menhir de Cinturat, cerca de Cieux, es capaz de defenderse contra aquellos que quieren violentarlo o escalarlo.

Millares de piedras, de peñascos, de fuentes, de árboles, eran antaño objeto del culto de nuestros antepasados, que de ese modo, auténticamente, honraban al verdadero Dios.

Con el advenimiento del cristianismo, la buena religión fue proscrita, perseguida y los sectarios de Jesús destruyeron la mayor parte de los monumentos, de los árboles y de los monolitos sagrados de la Galia.

En 681 y 682, los concilios de Toledo fulminan los veneratores lapidum; en el año 800, Carlomagno, en el Capitular de Francfort, ordena la destrucción de las piedras, de los árboles y de los bosques sagrados..

En mil años de sacrilegios sistemáticos y de insidiosa propaganda, los genios bienhecnores, las hadas y los dioses protectores del Occidente fueron remplazados por las sombrías divinidades de la Biblia y los seudosantos destructores de nuestro patrimonio nacional.

Fue el despiadado san Martín el que expulsó de nuestras fuentes y de nuestros bosques, las hadas, las ninfas, las damas blancas y de nuestros menhires los genios que los habitaban.

A partir de esta intromisión, Occidente quedó contaminado, pervertido, vaciado de su sangre rica, leal y generosa.


CUANDO DIOS HABITABA LA PIEDRA


Hace decenas de miles de años, el homo habilis —así lo suponemos— depositaba piedras sobre las tumbas de los difuntos.

Por todas partes en el mundo se encuentran unas piezas alzadas que fueron llamadas columnas o betilos por los fenicios, «kudurrus» por los asirio-babilonios, mojones o pilares por los indios y, más antiguamente: menhires, por los celtas.

Las piedras negras, los meteoritos y el sílex fueron venerados, lo mismo que la montaña que había salvado a los hombres del diluvio; los antiguos aseguraban que Dios habitaba las piedras o los peñascos, y por ello estaba prohibido tallarlas o darles forma por temor a herir la divinidad que allí estaba incorporada.

El betilo (del griego baitülos; hebreo bethel: casa de Dios) era particularmente apreciado en el Próximo Oriente, principalmente en Tiro, donde fue transportado un aerolito sagrado encontrado por la diosa Astarté.

En Pessinonte, en Galacia, la estatua de Cibeles, madre de los dioses, había, según se dice, caído del cielo.

En la leyenda hebraica, la piedra de cabecera de Jacob fue erigida en monumento y llamada «Casa de Dios» en un lugar que era primitivamente la ciudad de Luz.

Miles de años antes, los pueblos que edificaron los menhires antiguos, los de Escandinavia, de Francia, de Portugal y de Gran Bretaña, tenían la misma creencia y nunca aplicaron la herramienta sacrílega sobre la piedra bruta.

Sin embargo, en una época muy antigua, los hombres del Cro-Magnon habían osado esculpir la arcilla para hacer unas Mater y la piedra para darle una tosca forma humana.

Pero no era más que una tímida infracción del tabú —y muy raro para la piedra— pues es incontestable que, si lo hubiesen querido, los hábiles tallistas de sílex hubiesen podido producir una estatuaria.

Con modestia, se habían limitado a expresar su sentido artístico en las hachas de piedra pulimentada que, por una aberración que está en su naturaleza, los prehistoriadores toman por herramientas (no se puede en modo alguno utilizarlas como tales), cuando en la mayor parte de los casos son unos exvotos o unas creaciones artísticas.

Y después, poco a poco, con el desarrollo intelectual, la idea que los Antiguos tenían de la divinidad se amplió, y se comenzó a esculpir en la roca, y a tallarla para darle la forma de un falo, símbolo de potencia, y de un hombre, símbolo de vida.

A medida que se baja la escala de las latitudes y de la antigüedad, aparecen los menhires: sin refinar en el Norte, toscamente tallados en el Macizo Central, con forma netamente fálica y humana en Córcega y cada vez más elaborados al descender hacia el Sur.

Los más antiguos son, pues, los menhires de forma tosca; los más recientes son los mejor tallados y los más antropomorfos.

EL HOMO HABILIS Y LOS FRANCMASONES


Un paso gigantesco fue franqueado desde el peñasco en el cual el homo sapiens calaba un trazo, y el betilo-menhir donde comenzó a expresar sus pensamientos mediante el grabado y la escritura.

El pilar de Ashoka en la India, como el «kudurru» asirio-babilonio, se convirtió en un hito delimitando un territorio, y después, sobre este hito se inscribieron unas leyes, unos mandamientos y unos símbolos de dioses.

Los fenicios no dejaban nunca dé erigir una columna que les representase por todas partes donde instalaban una factoría comercial.

Destino prodigioso de la piedra: pizarra de colegio del hombre prehistórico, soporte de la primera escritura y libro primitivo al mismo tiempo que hito, poste indicador, material de creación.

Todavía en nuestros días, los hitos kilométricos jalonan las pequeñas carreteras rurales, permanencia de una costumbre que se remonta a la noche de los tiempos.

Las tablas de la Ley de Moisés, según la leyenda, eran de piedra tallada.

Tal vez se debe establecer una relación entre Emmanuel, el Señor, y manual, manos, mano la mano.

¿El Señor es la mano? ¿El dedo de Dios es el símbolo de la mano que construye?

Más tarde, los francmasones, herederos espirituales del homo habilis y de los tallistas de betilos, consagrarán con la piedra cúbica el simbolismo magistral que se relaciona con el peñasco tallado.

LOS COMPAÑEROS, LOS FRANCMASONES, LOS JUDÍOS Y EL HADA MELUSINA


Todo hombre honrado conoce —y admira— a los Compañeros del Deber, esta secta de obreros fuera de lo común que perpetúa en nuestros tiempos de delicuescencia el amor por el trabajo bien hecho.

Según la tradición, lo mismo que los francmasones, su origen se remontaría al rey Salomón y a los «yins», estos amables trasgos del buen demonio Asmodeo, que construyeron el templo de Jerusalén sin emplear ni martillo, ni hacha, ni ningún instrumento de metal «haciendo solamente uso de una determinada piedra que cortaba las otras piedras como el diamante corta el cristal».

¿Su antepasado lejano no sería el admirable Lucifer, portador de luz, que perdió su cielo por amor a los hombres y vino entre ellos ostentando en la frente, como la Bicha, una piedra verde o un carbunclo altamente simbólico?

Porque los Iniciadores de la tradición son, como el paraíso, siempre destinados al verde y aportan algo que permitirá construir la civilización de los hombres.

Incluso los «hombrecillos verdes» de los pretendidos platillos volantes, responden a este imperativo forjado por el subconsciente colectivo en recuerdo, tal vez, ¡de la lejana aventura luciferina!

Melusina, la bella hada del Poitou, verde Astarté de la fuente de Sée (del saber), traía ella también piedras para construir iglesias y castillos.

Ahora bien, rara vez —quizá nunca— Melusina es mencionada entre los antecesores simbólicos de los Compañeros del Deber y se prefiere al rey Salomón, que es el prototipo mismo del anticompañero, del antifrancmasón.

Porque Salomón era un semita, hijo del desierto, de la tienda y del vagabundeo perpetuo, un judío errante sin hogar ni lugar, hoy aquí, mañana allí, no edificando nada duradero y no echando mano ni de la regla, ni de la escuadra, ni del compás, ni del mazo, ni del martillo, ni de la escoda.

El celta, en cambio, es el hombre de hogar. Cierto que es navegante, migrador también, pero con sólidas relaciones con la casa familiar, con el recinto heredado del abuelo, con el olor de la patria, de la provincia, del feudo.

Y los dos, no obstante, fueron fieles a la tradición, el judío más que el celta, pero jamás un judío ha construido un palacio, una catedral, tallado una traviesa, cepillado una tabla, segueteado un pie de mesa.

Melusina, que edificó diez y cien iglesias, castillos y fortines, es indudablemente una Compañera y una francmasona constructora.

Ella era una Nuestra-Señora y construía unas Notre-Dame con aguja maravillosa y sin tara, pero donde faltaba con frecuencia la última piedra.

Como trabajaba de noche, se producía siempre un acontecimiento fortuito —el canto del gallo anunciando el alba, con suma frecuencia— y no tenía ella tiempo suficiente para lanzar al aire el último morrillo que había rematado la construcción. Por ejemplo: en Celles-sur-Belle y en Niort. Ahora bien, esta última piedra faltante simbólica, si no figura entre los Compañeros del Deber, se encuentra a veces en la Biblia hebraica y entre los francmasones.

— San Mateo, XXI, 32: La piedra que ha sido rechazada por aquellos que construían se ha convertido en la piedra principal del ángulo.

— Isaías, XXVIII, 16: He aquí lo que dijo el Señor Dios: «Colocaré como cimientos de Sión una piedra, una piedra a toda prueba, angular, preciosa, que será un firme cimiento.»

En albañilería, toda solidez del edificio reposa sobre las piedras angulares.

Curiosamente, los francmasones, tal vez por vinculación antigua a la religión, han conservado en su ritual la ceremonia de la piedra rechazada en primer lugar y que se convierte a continuación en el morrillo indispensable para consolidar la construcción.

FALOS Y PIEDRAS-MADRE


El agua, la piedra y la serpiente: ¡tres símbolos principales! Sin agua, punto de vida (por lo menos en el sistema biológico de nuestro Universo), sin embargo, la tradición, sin duda por alguna razón oculta, confunde el agua de vida con la piedra de vida y la mater.

La serpiente guardiana del empíreo (la parte más elevada del cielo habitada por los dioses) se enrosca en torno de la piedra genitora como se ve sobre los dos menhires del calvario de Doux (Deux-Sevres).

Esta serpiente protectora del cielo y de los dioses, y que hace pensar irresistiblemente en el espermatozoide, es el Principio actuante, activo, representa el alma, el movimiento y es la fuerza misteriosa de la Tierra-madre (el «kundalini», la Bicha, la columna vertebral-corriente telúrica, la Vena del Dragón).

La piedra, como Eva —la del nombre hendido por una v en forma de vulva, diría Henri Vincenot— es nuestra tierra madre, la matriz de la Humanidad.

Las Roches-des-Fées del Ormont, cerca de Saint-Dié, dominan una gruta en forma de vulva donde dormitan, dice la leyenda, «toda una población de bebés que espera el día señalado a cada uno de ellos por el Destino, para hacer su entrada en la vida».

«Piedras de crios», es decir, dando nacimiento a niños o facilitando su llegada al mundo, se encuentran casi por todas partes en el mundo.

En los Vosgos, las rocas madres son frecuentes. Se cita la piedra Kerlinlin, en Remiremont, las cavidades sagradas del monte Donon, la roca de la Motelotte donde, dice el Boletín de la Sociedad de Mitología francesa citando la Histoire et Folkore du Donon, de Marie Klein Adam, las hadas habían establecido una verdadera guardería infantil.

En Suiza, son las cúpulas de los peñascos las que pasan por haber dado nacimiento a unos bebés.

En las leyendas célticas, ciertos héroes, tales como el rey Conchobar, han «nacido sobre la piedra» o «de la piedra».

Tradicionalmente, la piedra es viviente, puede crecer o, por el contrario, encogerse y penetrar bajo tierra, y por consiguiente, puede dar a luz.

De ahí esta creencia universal en el poder fecundante de las piedras con forma de falo, es decir, de los menhires.

Porque la piedra por excelencia es el menhir que yergue su forma faloide desde Suecia al Niger, desde Extremo Oriente hasta la América Central. Y por todas partes en el mundo, el menhir es honrado como Padre engendrador o catalizador de engendramiento.

En numerosos lugares del Sudoeste y de Bretaña, el rito de los deslizamientos con el trasero desnudo sobre ciertas piedras vulvoides o faloides, da la medida de la creencia popular en el poder fecundante de la piedra.

En la India, este rito es igualmente practicado y lo era mucho más, antaño, en Armenia y entre los lidios, en honor de Anaitis, la Venus impúdica.

Bajo forma de menhir fálico ella recibía el homenaje anual de millares de sexos femeninos que acudían a frotarse contra la piedra para adquirir la fertilidad o la seguridad de tener hijos hermosos.

Las más bonitas muchachas del Asia Menor eran ritualmente consagradas a Anaitis y debían entregarse a aquellos que venían a ofrecerle un sacrificio.


EL CADUCEO


La piedra, asociada al agua y a la serpiente, es un talismán de fertilidad. Esta creencia, en la India, adquiere un carácter particular en un rito que explica el misterio del caduceo.

En la región de Madras y de la isla de Ceilán, los drávidas, pueblo preario de la India del Sur, tienen unos descendientes, los tamul, que colocan todavía unas piedras sagradas entre las raíces de una higuera y de una lila de Indias.

Estas piedras llamadas nagakkals están esculpidas a imagen de una o de varias serpientes; la mayor parte de las veces se trata de dos serpientes entrelazadas erguidas sobre sus colas formando tres anillas, al estilo del caduceo de los médicos, denominado caduceo de Mercurio. A veces las serpientes, unas cobras, están enroscadas en torno a un lingam o falo «que toca una figura femenina, en pie, desnuda, henchidos los senos».

Esta asociación de árboles, de la piedra y de la serpiente tiene por meta asegurar el éxito y la fertilidad de los amores, el poder fecundante dependiendo sobre todo de la piedra que... en la creencia de nuestros antepasados, estaba habitada por una vida personal o por la de los seres difuntos.

El hecho de colocar el nagakkal entre las raíces del arasu (higuera) y también del vepu (lila de las Indias o falso sicómoro), escribe J. Boulnois, sugiere el acercamiento sexual y místico de las dos divinidades: Siva y Vishnú.

Esta copulación divina figurada engendra por magia la copulación mística de los dos árboles.

Pero esta piedra, donde han sido grabadas las cobras macho y hembra copulantes, no tendría ninguna eficiencia si no hubiera permanecido sumergida varios meses en el agua de un estanque sagrado o en el pozo de la casa.

NUESTRO ANTECESOR: LA PIEDRA


Las mitologías más antiguas dejan constancia de humanidades que fueron creadas con piedras.

Después del Diluvio, para repoblar la Tierra, Deucalión, el Noé de los griegos, y su esposa Pirra, recibieron este sabio consejo del oráculo de Delfos:

—Velad vuestras cabezas, desprended los cintos de vuestros vestidos y echad tras vosotros los huesos de vuestra antigua antepasada.

Deucalión y Pirra tuvieron la inteligencia de comprender que la «antepasada antigua» era la madre de los hombres, Gea.

Ambos tiraron piedras por encima de sus hombros. Las que arrojaba Deucalión se convertían en hombres, las de Pirra se mutaban en mujeres.

Hefestos, el hábil artesano del Olimpo, moldeó a Pandora, la Miss Universo de los antiguos, con arcilla amasada en agua.

Mitra, espíritu de la luz divina en la religión mazdeísta, vino al mundo «saliendo poco a poco de la piedra, bajo un árbol sagrado,, al borde de un río», y la roca que la puso en el mundo fue después adorada bajo la forma de un piramidión.

Se ha pensado que la naturaleza de Mitra estaba vinculada a una técnica de adquisición del fuego mediante el sílex.

En las creencias hebraicas, griegas y japonesas, los dioses se encarnan a veces en el peñasco para entrar en relaciones con los humanos.

Se lee en la Odisea (XIX, 163):

«Dinos de dónde vienes tú, porque no debes ser de nacimiento fabuloso. ¿No habrás nacido de un peñasco o de un árbol?»

Los hebreos no saben muy bien a qué carta quedarse. Yahvé en el peñasco, y las doce tribus estaban simbolizadas por doce piedras inmersas en el Jordán.

Está escrito: «Has abandonado el peñasco que te engendró y has olvidado el Dios que te ha formado.» (El Señor es mi peñasco.)

Pero ésta no era la opinión de Jeremías (II, 27) que condenaba este paganismo.

«De ese modo serán confundidos las gentes de la casa de Israel que le dicen a la madera: tú eres mi padre, y a la piedra: eres tú quien me engendró.»

Según C. K. H. Iablokoff, Merea habría, lo mismo que Deucalión, convertido unas piedras en seres humanos y Mitra, «nacida de una piedra, se unió a una piedra para engendrar su hijo que fue una piedra».

Los yorubas de Guinea creen que todo hombre con muchos años es, una gran piedra y los indios paressi, del Matto Grosso, dicen que Darukavaitere, el Adán brasileño, estaba hecho de tierra.

F. H. Gaster escribe que «la tribu árabe de beni-sahr, en el Moab, hace remontar su nombre, no sin fantasía, a un antepasado muy remoto que habría sido un peñasco o sahr».

En la leyenda griega, Pigmalión, célebre escultor, para protestar contra el culto indecente que las mujeres de Amatonte (Chipre) dedicaban a Venus, resolvió vivir en el celibato.

La diosa del amor, irritada, se vengó con mucha elegancia: hizo que Pigmalión se enamorase perdidamente de una estatua representando una mujer maravillosamente bella, esculpida en un bloque de mármol y a la que él llamaba Galatea.

Finalmente convertido a los encantos del amor e incluso a los de las prostitutas del templo de Amatonte, Pigmalión obtuvo el perdón de Venus, que animó a Galatea: la estatua, convertida en criatura de carne y de vida, fue desposada por el escultor.

De esta unión, símbolo de la potencia creadora del arte sobre la materia, nació un hijo, Pafo, que fundó la ciudad de Pafos.

Por supuesto, es imposible dar vida humana a una estatua, pero está en nuestro destino esculpir, tallar, dibujar y crear «a la imagen de Dios».

El hombre tiende a poblar la Tierra de estatuas de piedra con el designio inconsciente de perpetuarse, de inmortalizarse.

Hubo un tiempo —dice una leyenda— en que todas las estatuas de nuestro planeta se animaron y entraron en lucha contra los hombres que las habían creado.

Se trata, evidentemente, de un símbolo implicando que un día —sin duda cercano de nuestro siglo xx— la creación del hombre se volverá contra él y lo aniquilará.


LA PIEDRA HABLA: LOS INICIADOS LO SABÍAN


Antes de 1976, la ciencia oficial, encorbatada de blanco, florida de rojo y bien parapetada en su coraza de dogmas, de leyes y de teoremas, pontificaba sobre lo habido y por haber y entregaba capirotes de orejas de burro o diplomas de conocimientos. Hasta que súbitamente, un imponderable ha encasquillado la enorme máquina ciega: el fenómeno «psi», es decir, los poderes del pensamiento, de la voluntad... en resumen, ¡del misterioso ignoto que nos rodea jugando a veces a engañarnos!

Unos seudosabios (los verdaderos lo sabían hacía ya mucho tiempo) han tenido que reconocer que las plantas tenían una sensibilidad, una inteligencia y que la materia llamada inerte, era sensible al pensamiento humano y que había inmensas posibilidades de intercambios psíquicos y físicos entre el hombre y el mineral.

Lo que enseñaban los iniciados desde hacía milenios, encuentra por fin su justificación y sus pruebas: la montaña sueña, la flor gusta de prodigar sus aromas, la piedra escucha y retiene, el Océano tiene una cierta consciencia del maremoto que desencadena.

Por supuesto, el esoterista es ahora propenso a exagerar su potencia en el juego «psi» y su clarividencia en el misterioso ignoto, ¡es la regla de la naturaleza humana! Pero podrá abiertamente, sin reserva, admirar las intuiciones y las revelaciones de los iniciados de la Antigüedad, incluso si nos han llegado bajo el velo de la leyenda.

Se creía, antaño, que las piedras hablaban, pero sin duda era necesario tener «las orejas para oírlas», como es necesario tener «los ojos para ver» lo que no es perceptible para el profano.

El coloso norte Memnón, en Egipto, estatua sentada del rey Amenófis III, representaba, en la imaginación popular, al héroe etíope Memnón, caído antaño en los campos troyanos.

Cada mañana, saludaba con su lamento a su madre la Aurora y las multitudes venían desde muy lejos para oír los sonidos muy melodiosos que lanzaba al levantarse el sol.

En nuestros días, los enemigos del milagro dicen que el fenómeno era físico, y que se debía a los bruscos cambios de humedad y de calor que acompañan la aparición del día.


LA SIDURITA INFALIBLE


En un poema atribuido a Orfeo, las piedras son de dos clases: las ojitos o piedras-serpientes y las siduritas o piedras-estrellas que tienen el don de la palabra, según este relato extraño que demuestra una vez más, que los investigadores científicos tendrían gran interés en consultar a los Antiguos.

«Apolo dio a Orfeo una piedra dotada de la palabra, la sidurita infalible.

»Les agradó a otros mortales darle el nombre de oreja viviente. Es una piedra redonda, bastante ruda, compacta, negra, densa; unas venas circulares parecidas a arrugas se extienden por todos lados en su superficie.»

Esta sidurita estuvo a punto de serle fatal a Heleno, hijo de Príamo y adivino famoso, a quien la piedra habladora que poseía le había predicho la ruina de Troya, su propia patria.

Ulises obligó al adivino a desvelar el porvenir, y los griegos supieron de ese modo que Filoctetes se apoderaría de Troya.

No obstante, Heleno, muy bien parado de la aventura, se casó con la bella Andrómaca y heredó el trono de Epiro.

A propósito de la sidurita, el poema órfico dice:

«He sabido que Heleno se abstuvo durante diez días de ocupar el lecho conyugal y de los baños públicos y que no se mancilló con alimento animal. Lavando la piedra dulce en un manantial, la cuidaba como a un niño en pañales muy limpios.

«Saciándola como a un dios con unciones sagradas y aceites, convertía en animada a la piedra mediante cánticos poderosos.

»Tú también, si quieres oír una voz divina, actúa del mismo modo para adquirir conocimiento de un milagro en tu alma.

«Porque cuando te pongas a hacerla oscilar entre tus manos, de repente ella te hará oír la voz de un recién nacido...»

Este relato entraría plenamente en el expediente de los cuentos inverosímiles si, en junio de 1975, el físico soviético Resvi Tilssov, de la Universidad de Moscú, no hubiese declarado de modo muy formal que dos piedras, por lo menos, hablaban: la amatista y la siderosa.

Ahora bien, la siderosa, de fórmula FE O CO2, o hierro espático atraíble por imán es, sencillamente, la sidurita de los Antiguos.

Resvi Tilssov logró hacer comunicar entre sí unas siduritas o unas amatistas distantes entre sí doscientos metros.

Las piedras emiten ondas, en determinados momentos, pero durante un tiempo muy breve, y son estos contactos los que el físico llama un lenguaje, el cual descifrado ¡podría causar algunas sorpresas en los medios oficiales!

Según Gérard Gilíes (N ostra n.- 167), un tratado de física publicado en el siglo xviii afirmaba ya que «la amatista habla a un imán cuando se le acerca a él», lo cual sucede también con la turmalina de Ceilán.

Eusebio, obispo de Cesárea, no se separaba nunca de sus ofitas que pronunciaba oráculos «con una voz tenue pareciendo un silbido».

Sanchoniatón decía de los betilos-menhires que eran unas piedras vivientes y parlantes, pero ¿qué habría pensado de la galena, ese sulfuro de plomo (PbS) que, con una inteligencia prodigiosa, detectaba en 1927 las señales eléctricas y las convertía en sonidos, palabras y música, con la connivencia de los carretes salf y de un altavoz?

¡Bien es verdad que los órganos basálticos y que las piedras de la Oreja de Denys, en Siracusa, tienen poderes análogos!

La Piedra del Destino de Fál o Coronation Stone o Lia Fail es una piedra tallada que mide aproximadamente 0,90 m de longitud, 0,30 m de altura y 0,60 m de ancho, en la cual están empotrados dos anillos de hierro. Sería una piedra sin importancia si, según un rito milenario, cada rey o reina de Inglaterra no hubiera debido, para ser entronizado, sentarse sobre ella y oírla gritar, lo cual pasa por ser la prueba de la legitimidad del soberano sobre el reino de Irlanda.

Una leyenda quiere que ella sea el bethel que sostenía el arca de alianza. Llevada por Jeremías tras la destrucción de Jerusalén, habría sido plantada sobre la colina sagrada de Tara y en nuestros días está conservada en la abadía de Westminster.

La piedra de Ptah, en una tradición egipcia, servía para la entronización de los faraones.


NÚMERO ÁUREO DE LOS PITAGÓRICOS


De ese modo se establece una ramificación lógica que, comenzando con el agua aminada, el agua-madre o surgida del calcáreo, prosigue con el peñasco, la pizarra de los colegiales de la prehistoria, y en el Cercano Oriente, con el betilo, morada de los dioses venusinos, y en Occidente con el menhir acumulador de energía.

Porque la piedra-menhir, betilo o columna, es indisociable de la vida, de la potencia viril, pero tiene, además, una estrecha relación con la transmisión del conocimiento y con las representaciones más sabias del genio humano.

Los antiguos tenían tal respeto por la divinidad y por el conocimiento que divulgaban, casi exclusivamente, sobre la piedra lo que tenía valor sacro o de secreto.

Los pitagóricos grababan sus símbolos y las cifras 1,618 y 3,1416 sobre piedrecitas que llevaban como collar.

Uno de esos símbolos era el «número de oro» que es una relación de los números entre sí. Por ejemplo, para el rectángulo, sería la relación entre la suma de dos lados y la longitud.

según Jacques Bert

Para Michel Ponge-Helmer

Es el único número, dice el director del Instituto de Tecnología preventiva, entre todos los números imaginables, que se multiplica por sí mismo cuando le añaden 1, y también el único que se invierte consigo mismo cuando se le resta 1.

Para Jean-Pierre Bayard, «la sección esotérica, o relación del círculo con el cuadrado, da el número del hombre: 2,618, de donde procede el número de oro».

Henri Vincenot expone muy claramente cómo se encuentra ese número:

«El rectángulo de proporción dos-uno, ¡tiene una diagonal igual a la raíz cuadrada de cinco!

»Si se aumenta esta diagonal con un largo de rectángulo y se divide por dos se obtiene 1,618 que es el Número de oro.»

Henri Vincenot, para quien la iniciación no es simplemente un asunto de un abrir y cerrar de ojos, de palabras huecas y de fórmulas abstrusas, añade:

1,618


------ = (1 + 1,618) = (1,618 x 1,618) = 2,618.

0,618


Y esta última cifra multiplicada por la relación doce-diez, llamada relación de Osiris, da Pi = = 3,1416, constante universal, clave del círculo y de la esfera.


ABRAXAS, PILAS, DJEDS Y VENAS DEL DRAGÓN


Unas sentencias y unas fórmulas mágicas estaban grabadas sobre las «piedras gnósticas» o basilidianas o abraxas (amuletos) en el siglo II de nuestra Era, cuando Basilides enseñaba la doctrina de los gnósticos. Estas piedras eran el sanctasanctórum, el tabernáculo de la alta ciencia. Quien supiera leer sus grabados era sabio y compañero de conocimiento de los grandes iniciados.

Más tarde, la expresión suprema del saber y de las sabidurías debía cristalizarse en la legendaria piedra filosofal, graal de los alquimistas y de los Caballeros de la quimera.

Los menhires de Bretaña que conservan tan bien sus secretos tenían un destino muy concreto en geografía y en geología.

Esto es lo que opina el arqueólogo Jean Lody, de Rostrenen (Cótes-du-Nord), para quien los menhires eran los jalones de una red viaria primitiva que conducía a los yacimientos metalíferos que explotaban los pueblos antiguos.

Es una tesis interesante que Jean Lody apoya sobre unas observaciones serias y una copiosa documentación.

Es cierto que la piedra alzada tiene múltiples significados que han variado con el transcurso de los años.

Se puede pensar, con buenas razones, que los alineamientos del Menec en Carnac eran, para la mente de nuestros antepasados, a la vez unas estelas funerarias o del recuerdo, unos guerreros defensores, unos observatorios astronómicos y unas pilas conectadas directamente sobre la serpiente telúrica —la Bicha—, generadora de flujo vital revigorizante.

Lo cual era también la función del djed egipcio y de las Venas del Dragón de los chinos.

El menhir de la isla de Yeu, que nos ha hecho conocer el doctor André Guillard, es incontestablemente un símbolo fálico, un acumulador de potencia y de virilidad.

LOS GUERREROS DE FILITOSA


En Córcega, en Palaggiu, así como en Carnac, los menhires están ordenados y dispuestos como unos guerreros dotados de vida, susceptibles de adquirir el movimiento y la posibilidad de atacar o de defender en caso en que el emplazamiento estuviera en peligro.

No obstante, es en Filitosa, al sur de Ajaccio, donde las tesis de la pila acumuladora de fluido vital y de las efigies antropomorfas protectoras, inducen más al convencimiento.

Como en la isla de Pascua con las estatuas gigantes.

En un paraje magnífico —uno de los más hermosos de la isla de Belleza— Filitosa es un lugar elevado donde los enamorados de la Naturaleza y de los megalitos pueden soñar con los tiempos pasados.

Con Stonehenge y Carnac, Filitosa es uno de los polos' de la prehistoria donde el hombre curioso y culto debe acudir para reflexionar sobre el problema obsesionante de las piedras alzadas.

Sobre un cerro rocoso se yergue la fortaleza flanqueada de estatuas-menhires que son, sin la menor duda, a la vez unos falos y unos guerreros encargados de asegurar una protección mágica.

Con sus dólmenes, sus monumentos, su recinto de menhires y sus fortificaciones, el «oppidum» de Filitosa atestigua de un pasado que se remonta de 3.500 a 5.000 años, y que presenta aún muchos enigmas.

El emplazamiento fue descubierto por Charles-Antoine Césari que, con sus propias manos, ha exhumado la mayor parte de las estatuas y de los megalitos que pueden ahora admirarse.

Es también a él a quien se debe el museo, lleno de vestigios y piedras labradas como no existen en ninguna otra parte.

Carnac, es el menhir informal donde habita todavía el dios y donde se almacena la potencia, considerada benéfica, de la tierra-madre.

Filitosa, más reciente, más suntuosa, señala desde nuestro punto de vista el final de los tiempos megalíticos y una toma de conciencia donde la magia se enlaza extrañamente con el arte antropomorfo, del cual el menhir es representativo.

LOS PILARES DEL CIELO


Tanto si se le ha llamado betilo o piedra alzada, el menhir ha gozado siempre de una reputación mágica, benéfica y con frecuencia divina.

Se le atribuyen tantos poderes que ya no se sabe cual le caracteriza y le da un significado principal.

Entonces, al tomar consciencia de la multitud de funciones posibles que se le atribuyen, se adquiere una convicción que es con toda seguridad la expresión de la verdad: según las épocas y los lugares, los menhires tenían significados muy claros.

Hay tanta diferencia entre el menhir de Carnac y el obelisco de Luxor como entre un dolmen y una catedral, entre una oruga y una mariposa.

Para los esoteristas, el menhir es el Árbol sagrado, el eje del mundo, el centro del mundo habitado por Dios, la casa y la palabra de Dios. Es también el Dios informal, el Dios en la piedra.

Es el Padre vertical, donador de vida, el falo sagrado de todos los pueblos antiguos.

En la India, es el Lingam sagrado, sustancia viviente, inteligente y genitora.

A veces es el Antepasado, la piedra-madre que da a luz a la Humanidad.

Como pilar —el djed de los egipcios— está cargado de influjo bienhechor porque, por su base, toca el «lomo de la Bicha» recorrido por las corrientes telúricas, y por su punta es receptor de las influencias celestes.

En este sentido, tiene el papel de acumulador de ondas benéficas y de agujas de acupuntura.

Para otros, el menhir es una computadora, un elemento de mira astronómica.

Parece ser que los celtas lo llamaron «pilar» en los tiempos en que los Dé Danann de Irlanda vencieron a los Fomoré en Moytura (la llanura de los Pilares, es decir: de los menhires).

Y el término «pilar», aclarado por un cuento sumerio, sugiere una explicación fantástica que pudo perfectamente germinar en la mente fértil y prendada de lo maravilloso de nuestros antepasados los celtas.

En este cuento, el dios Kumarbi creó un gigantesco monstruo de piedra con el nombre de Ullikummi que debía elevarse como un pilar creciendo sin cesar hasta sacudir el techo del cielo para desalojar de allí a los malos dioses.

Al final de la historia, Ullikummi se convirtió en un guerrero de piedra encargado de vigilar y proteger las ciudades terrestres.

Este último destino, que corresponde exactamente al de las estatuas-menhires de Filitosa y también, se dice, a los alineamientos de menhires del Menee, en Carnac, hace creer que se trataría de lo primero: los pilares de los celtas, elevados ya sea para sacudir, ya sea para sostener el cielo de Dios.

¿Los pilares de Stonehenge no soportan, dice Diodoro de Sicilia, el gran templo circular de Apolo?

El menhir, al crecer —en la creencia céltica o pre-céltica— habría debido, en esta hipótesis, elevarse hasta el cielo.

Una imagen simbólica muy fascinante acude entonces a la mente: los menhires-pilares que soportan su chapa de piedra plana representarían el cielo al convertirse en dólmenes.

¡Una visión abreviada del cosmos!

¡Analogía ficción, dirán de nuevo los «pontífices»! Como si nuestros remotos antepasados hubiesen tenido el mal gusto y la estupidez de vivir como nosotros, en unos tiempos llamados reales, cuya expresión más nauseabunda es indudablemente, en Francia, el escandaloso «Pompidólium» de Beaubourg, en París, cuyos pilares de metal soportan un dolmen atiborrado de la ciencia maléfica de nuestro siglo XX...

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