Ricardo Vicente López



Descargar 343,96 Kb.
Página1/6
Fecha de conversión01.03.2017
Tamaño343,96 Kb.
  1   2   3   4   5   6



Ricardo Vicente López



El hombre

originario



Reflexiones antropológicas sobre el egoísmo: El mito del salvaje primitivo


Cuadernos de reflexión: El origen del hombre




Parte Tercera



Tercera Parte: Apuntes para una reflexión teológica

sobre el proceso histórico



7 .- Primera aproximación al tema

El drama de le teología es que a la fe le interesa lo meta-físico, pero este campo de

interés no puede expresarse sino con lenguajes físicos. Y el drama de la ciencia es que

a ella le interesa lo físico, pero este campo de interés no puede expresarse sino con

implicaciones metafísicas.

José Ignacio González Faus

La teología se entiende a sí misma como un ámbito del conocer humano, que no puede

últimamente ser fundamentado por la ciencia de la naturaleza, y que recusa como

imposible e injustificada la pretensión de esta ciencia a ser la norma y manera

últimas y envolventes de la fundamentación del conocer y decidir del hombre. Karl Rahner
Debo decir, en primer lugar y antes de entrar en este nivel del pensamiento, que tengo conciencia de no poseer la formación requerida para una tarea como ésta. Esa es la razón por la cual titulo este parte del trabajo como sólo “apuntes”. Es un ejercicio en el que voy a abusar de las citas, para conseguir el apoyo necesario en la palabra de estudiosos y académicos, autoridades en la materia. También debo confesar que arriesgaré una interpretación de las Escrituras, sobre la que no tengo certeza de conseguir acuerdo. Tal vez, el mejor modo de caracterizar esta reflexión podría estar expresado así: mis lecturas y mis investigaciones han despertado en mí una sospecha respecto de la cantidad de concordancias que se pueden encontrar, entre la descripción del proceso histórico, que ya hemos podido leer, y el contenido que expresa la descripción mítica del Génesis. La palabra “mítica” nos está remitiendo a la necesidad de profundizar en el concepto de “mito”, por la ambigüedad que encierra. Ambigüedad que debemos interpretar también como riqueza.

Si se piensa en la significación más difundida, que hace referencia a narraciones fabulosas carentes de toda verdad, en las que intervienen dioses y héroes, no es esto lo que se pretende decir. Por el contrario, en el uso que hacen los especialistas, encontramos otro sentido: una narración dramática, a través de la cual se quiere transmitir una verdad, cargada de significados de la sabiduría humana, que no tiene un hecho histórico específico que la sustenta pero que, no por ello, carece de veracidad histórica. La historicidad de esos hechos no está presente como una cronología comprobable, pero mantiene su relación con los hechos históricos que la tradición oral recogió y revistió con el lenguaje de su cultura, para nuestro caso el pueblo hebreo. Además, el hombre recurre al pasado que se presenta narrado en esa forma, porque necesita encontrar una explicación a su presente, explicación que no se dirige a la causalidad sino al sentido que los hechos contienen. Esa historia debe darle una orientación que le permita encontrar su ubicación como pueblo en el total de los hechos históricos. Estos hechos, sin el sentido que de ellos debe extraer, se le presentan como un caos incomprensible que lo angustia. Por otra parte, la reconstrucción de la historia de un pueblo también tiene por objeto encontrar el sentido de su presente, del cual podrá salir un proyecto hacia su futuro. Recurramos a un pensador del prestigio de Paul Ricoeur:

Entendemos aquí el mito en el sentido que hoy día da la historia de las religiones: el mito no como falsa explicación expresada por medio de imágenes y fábulas, sino como un relato tradicional referente a acontecimientos ocurridos en el origen de los tiempos, y destinado a establecer las acciones rituales de los hombres del día y, en general, a instituir aquellas corrientes de acción y de pensamiento que llevan al hombre a comprenderse a sí mismo dentro de su mundo... 1

Entonces, reconstruir el pasado es el modo de reencontrar el camino y su significación. Por ello la historicidad no importa en cuanto cronología sino como comprensión. El pasado tiene una función primera en el mito: iluminar el presente. Por otra parte, y está profundamente ligado a esto, el hombre no es un mero vivir en un presente. Es una disposición permanente a lanzarse hacia un futuro, es siempre proyecto, necesita de una mirada que le demarque senderos posibles para elegir en libertad, porque la libertad es su esencia. Pero esa libertad sin la claridad de comprensión se convierte en un peso insoportable. La reconstrucción mítica del pasado, que carga de significaciones su vida, como individuo y como pueblo, le otorga un conocimiento fundamental, que le da un paso más firme en su caminar. Dice poco más adelante Ricoeur:

Hay todavía algo más fundamental: y es que el mito pretende abordar el enigma de la existencia humana, es decir, esa discrepancia entre la realidad fundamental –estado de inocencia, condición de criatura, ser esencial- y las condiciones reales en que se debate el hombre... Pero precisamente mantiene su carácter de narración porque no presenta deducción ni transición lógica entre la realidad fundamental del hombre y su existencia real, entre su condición ontológica de criatura buena y destinada a la felicidad y su estado existencial histórico, vivido bajo el signo de la alienación... Mediante su triple función de universalidad concreta, de orientación temporal y de exploración ontológica, el mito posee una forma peculiar de revelar las cosas, totalmente irreductible a todo intento de traducir a lenguaje corriente un texto cifrado.2

Estas afirmaciones nos serán útiles también un poco más adelante, cuando veamos el mito del pecado original y el tiempo que supone anterior, en el que se habría dado ese “estado de inocencia” en su “condición ontológica de criatura buena”. También en un investigador de la talla de Mircea Eliade encontramos un tratamiento similar del concepto: “el mito designa una ‘historia verdadera’, y lo que es más, una historia de inapreciable valor, porque es sagrada, ejemplar y significativa”3. Retomando el tema de los autores bíblicos y de la interpretación de las Escrituras, Flick y Alszeghy sostienen:

El autor, al buscar –bajo la inspiración divina- una comprensión intelectual y una integración afectiva de las miserias que oprimen al hombre, enseña una doctrina religiosa, concebida en el lenguaje de las formas míticas, pero que supone también hechos realmente acaecidos. Tenemos, sin embargo, la impresión de que hay más bien una tendencia a subrayar la verdad existencial de esta narración y a dar cada vez menos importancia a su valor histórico, aunque sin negarlo... El examen del material mítico se ha hecho posible cuando se ha descubierto que, por una parte, el antiguo oriente posee mitos análogos a diversos elementos de nuestra narración, y que, por otra parte, el autor... demuestra una notable independencia frente a ellos, adaptándolos a su propia perspectiva.4

El mito que se utiliza permite contar al pueblo un contenido de verdad enmarcado en las formas de comprensión de su cultura que, a su vez, estructura la conciencia de los destinatarios de estas historias, el hombre hebreo. La ambigüedad es, en este caso como en muchos otros, un plus de significaciones que desbordan el marco del concepto descriptivo, por ello hablo de riqueza, porque la narración ha ido madurando en significaciones y sentidos existenciales. “La historia es vida vivida y reflexionada. Por lo tanto, viendo y viviendo la vida podemos descubrir el futuro de la vida. Pero el futuro es aquello que todavía no es”5 dice Boff. La necesidad de conocer ese futuro encuentra en la narración mítica la orientación de los sentidos que se manifiestan en los hechos históricos. Continúan diciendo Flick y Alszeghy:

El que quiere comunicar a otro un mensaje inserta siempre sus palabras en un determinado contexto cultural, en una visión determinada del mundo; de lo contrario, no podría ser comprendido por los demás. El que habla, no siempre se da cuenta del nexo que hay entre el objeto de su intención comunicativa y los esquemas imaginativos o las estructuras conceptuales con que expresa su imaginación. A veces puede pensar que el objeto de su intención comunicativa no puede concebirse fuera de un modelo determinado de pensamiento, a pesar de que es realmente independiente de él; puede ser que dada la visión del mundo en que está inmerso el autor, él no pueda concebir su mensaje sin un determinado cuadro cosmológico, mientras que para otro, empapado de una visión distinta del mundo, ese cuadro resulta precisamente incomprensible e inadmisible del todo. La inspiración divina de los hagiógrafos no corrige su visión del mundo, sino que se sirve de ella para anunciar el mensaje de la salvación.6 (subrayado mío)

Es cierto, y no podemos soslayarlo, que el peso de la cultura occidental, de fuerte cuño científico, ha puesto el acento en la necesidad de la precisión en el manejo de los términos. La exactitud es una cualidad muy apreciada en el significado de la palabra. Pero es necesario adelantar ya, que esa exactitud es, al mismo tiempo, pobreza expresiva porque si bien dice con precisión pierde, por ello, amplitud y profundidad. No hay duda de que dentro del campo científico, especialmente en lo que se ha dado en llamar las ciencias duras o exactas, esto es un requisito indispensable, pero en la medida en que se avanza en el campo de las ciencias biológicas y, mucho más acentuadamente, en el ámbito de las humanidades y ciencias del hombre, se comienza a percibir que la exactitud no es posible, hasta se podría arriesgar ni es necesaria. Pero también es preciso decir que la presencia del logos, como discurso descriptivo-explicativo, no ha conseguido eliminar el modo que tiene el mito de encontrar el sentido del proceso histórico.

Por ello se ha podido observar de parte de importantes investigadores una vuelta al tratamiento del tema. Toda esta problemática, que gira en torno al mito, no ha encontrado una cauce más fructífero “porque, en definitiva, la correcta definición de mito es tan inaccesible como la correcta definición del ser humano”7, dice Lluís Duch, y continúa poco más adelante para colocar el tema en sus justos términos: “El alegato a favor del mythos nunca se puede desvincular de la afirmación del logos como parte imprescindible de la expresividad y de las acciones de los humanos”. La importancia, para este trabajo, de dejar aclarado el tema del mito tiene su razón en la necesidad de quitarle la aureola de desprecio que tejió alrededor de él la modernidad. Debiéramos poder comprender que esta etapa de la cultura de Occidente pretendió enterrarlo bajo el peso de la lógica de la Razón cuantitativa, sin advertir que rechazaba un mito para entronizar otro. Pero el tema escapa a los límites de este propósito8. El mito es, entonces, “una ordenación propia de la realidad humana –ni superior ni inferior a la que proporciona la razón- que se debe conocer e interpretar. Necesitamos, en definitiva, una detallada investigación de las dos direcciones interpretativas de la realidad humana puestas en circulación, respectivamente, por el mythos y el logos9.

Entrando en el campo de la teología tenemos que comprender, para nuestra lectura de textos tan antiguos, que sólo la alegoría, la metáfora o la parábola han sido los modos de expresión de aquella cultura, que debemos ubicar en el mundo oriental, pero que esto no debe llevarnos a pensar que carecían de una racionalidad. Que esa racionalidad no se exprese en los modos de la nuestra no es causa suficiente para negársela. Esto no es exclusivo de la tradición hebrea, también los griegos muestran una historia parecida respecto de su pasado. La tradición helena que se trasmitió por vía oral recoge mitos de varios siglos anteriores, como es el caso de los cantos homéricos, la Ilíada y la Odisea, que fueron recitados por los rapsodas, recitadores profesionales, y recién volcaron a la escritura Pisístrato y sus hijos, en el siglo VI a.C.10. Esto es importante retenerlo para no atribuirle a los textos bíblicos una excepcionalidad en este terreno que no tienen. Los modos de la escritura hebrea responde a condicionamientos históricos. Pero, sin olvidar, que al acercarnos a la revelación nos colocamos en la proximidad de la comprensión de un tema sobre el que apenas podremos balbucir algo: la finitud del hombre se enfrenta a la profundidad infinita del misterio. Este misterio se nos hace accesible por la luz que recibe de la revelación.


a .- Características del tema a tratar

La fe significa la máxima realización del conocimiento, precisamente al nivel

más denso y profundo de la realidad: el nivel trascendente de la persona.

Andrés Torres Queiruga
Lo dicho recién nos remite a una reflexión sobre el problema de lo humano, las formas de tratamiento que ha adquirido en este siglo y medio último, sobre todo a partir de la aparición del positivismo como filosofía del conocimiento. El peso que esa corriente de pensamiento ha colocado sobre la validez del dato, la manera de obtenerlo, su verificación, si bien en los ámbitos científicos hoy ha perdido gran parte de la fuerza de sus comienzos, ha dejado para la comprensión cotidiana del hombre medio, una impronta muy fuerte. Esto se percibe en la valoración excesiva de las formas del conocimiento de las ciencias naturales en detrimento de otras, como las que se pueden obtener en el ámbito de las humanidades. De allí la exigencia de la exactitud y de la precisión en el uso de las palabras y en el tratamiento de los temas. Pero debe ser subrayado desde ahora que ninguno de esos requisitos son aplicables al ámbito de lo humano por muchas razones, cuyo tratamiento nos alejaría demasiado del tema propuesto11, y muchísimo menos aún en el terreno de la teología por la particularidad del tema que trata. La teología, como su nombre lo indica, es un logos, un discurso, una ciencia, un esfuerzo de la razón tendiente al conocimiento de Dios; “ciencia que trata de Dios y de sus atributos y perfecciones”12. O también: “En general, todo tratado, discurso o prédica que tenga por objeto a Dios o a las cosas divinas... Aristóteles denominó Teología a su ‘ciencia primera’ o sea la metafísica, a la que entendía, al mismo tiempo, como ciencia del ser en cuanto ser, o sea de la sustancia y como ciencia de la sustancia eterna, inmóvil y separada, o sea de Dios”13. Que tiene, además, la tarea de pretender saber sobre ese especialísimo tema que es Dios, cuya primera aproximación debe partir de la toma de conciencia de que se pretende saber sobre lo que, por definición, es un misterio. Esta extraña ciencia intenta saber sobre lo que no se puede saber. Vaya paradoja! En relación a esto Tresmontant sostiene:

Llamamos filosofía el análisis racional de lo que es, de todo lo que se ofrece a nuestra experiencia, sin excluir nada, alcanzando también, por tanto, el hecho hebreo con todo lo que éste contiene. Todo lo que se ofrezca a nuestra experiencia debe pasar a ser objeto de un análisis racional y crítico. ¿Qué es entonces la teología? Es el conocimiento, también racional, de la información que Dios creador ha comunicado a la humanidad para seguir creándola y acabarla con el consentimiento y la cooperación de ésta.14

Lo que se nos presenta, en un primer intento de acercamiento, es la dificultad de tener que lidiar con una materia de tan difíciles aristas, que tiene sobre ella el peso de siglos de haber hecho estudios y reflexiones diversas. Para el caso nuestro, como cristianos, debemos partir del conocimiento de que “el cristianismo es, ante todo, una ciencia, un conocimiento cierto, bien fundado, justificado y que, como toda ciencia, también ésta puede enseñarse y aprenderse”15. Para el aprendizaje de este tema tenemos un camino de acceso a ese conocimiento en la Biblia, de la que dice el jesuita González Faus, “acaso el más extraño libro de la historia de la humanidad”. Cuya peculiar redacción se ha realizado a lo largo de más de diez siglos, por lo que podemos encontrar allí muchas contradicciones y ambigüedades, además del problema de haber atravesado sucesivas traducciones. Si cada traducción es una traición, como dice el refrán italiano, se comprenderá la distancia que media entre la redacción original y nuestras lecturas. Por ello se impone la necesidad de tomar conciencia de esa distancia, que además implica un profundo cambio de paradigma de los modos de pensar y entender la realidad. Torres Queiruga sostiene que: “Han cambiado los parámetros culturales, ha cambiado drásticamente nuestra manera de estar en el mundo y ha cambiado, en consecuencia, el modo de relacionarnos con Dios. Ahí está la raíz que, en definitiva, lo está condicionando todo”16. Para acercarnos a ese libro debemos tener en cuenta que, como describe Tresmontant:

Esta biblioteca fue traducida, primero, al griego, hacia los siglos III y II antes de nuestra era, en Alejandría. De este modo y durante siglos fue leída, traducida al griego, por los alrededores del Mediterráneo. Luego se tradujo al latín a partir del griego. Posteriormente esta traducción fue revisada y corregida sobre el texto hebreo. Las iglesias de lengua latina leyeron esta traducción latina, a partir de una traducción griega, de una biblioteca pensada y escrita en hebreo. Finalmente se tradujeron los libros de esta biblioteca a las diversas lenguas modernas, primero a partir del latín y, luego, directamente a partir del hebreo. En todas esas traducciones se ha ido perdiendo, difuminando, información. El fundador del cristianismo, el rabino Yeshúa de Nazaret, pensaba y se expresaba en un dialecto arameo galileo... no disponemos de documentos suficientes para reconstruir lo que fue la enseñanza del rabino Yeshúa en arameo de Galilea... Por eso tendremos que hacer un constante esfuerzo de traducción para que, en cuanto sea posible, la información pase nuevamente de los textos originales hasta nosotros sin que se deforme demasiado...17

La Biblia hace referencia etimológicamente a un conjunto de libros, a una biblioteca no a un libro, que fueron escritos por diferentes autores en épocas distantes unas de otras, correspondientes a etapas diversas de la historia de Israel. En estos libros se fue recogiendo una tradición oral que se remonta a Abraham, patriarca nacido en Ur, Caldea, alrededor del siglo XX, cuya escritura en hebreo comenzó alrededor del siglo X y se completó entre el siglo IV y el II, siempre a.C. para la parte que hoy conocemos como Antiguo Testamento. Su última parte, los Evangelios (la buena noticia), fueron escritos en griego entre el año 60 y el 100, aproximadamente, de nuestra era. Es por ello que aquellas primeras traducciones, hechas hace ya muchos siglos, contienen un modo de expresarse que corresponde a otras culturas, a otros mundos, a otros modos de vida, a otras comprensiones de esos mundos y vidas, a otros “parámetros culturales”, todo ello interpone para nosotros una valla de no fácil superación. Hablan una lengua casi ininteligible para nosotros, no porque no podamos comprender las palabras escritas, sino porque contienen significaciones que se nos escapan y que para aquellos contemporáneos estaban implícitas. Esta dificultad no es fácil ni sencilla de superar y crea una barrera que expulsa a mucha gente de su proximidad. Debemos agregar a ello que el avance del conocimiento científico convirtió en obsoleto el paradigma dentro del cual se escribieron aquellos textos. La mujer y el hombre no religiosos de este siglo no puede sentirse referidos en esos textos, no sienten que les habla a ellos, el lenguaje que utilizan y las imágenes corresponden a otra cultura y a otra manera de ver el universo. Por esa razón González Faus sostiene:

Quizás algunos teólogos o estudiosos del primer mundo, con más sueldo que experiencia humana, hayan creído poder “despachar” esta ambigüedad de la Biblia atribuyéndola a fuentes diversas, documentos previos diferentes o autores distintos. Y los varios estratos existían, por supuesto; pero lo cuestionable es que ellos solos expliquen adecuadamente ese carácter contradictorio de la Biblia. ¿No será que lo que se filtra a través de esa pretendida explicación es más bien el individualismo occidental, que ya no sabe que una literatura es obra de un pueblo? ¿Qué se expresa en escritos diversos, y a través de autores diferentes, pero que se expresa como una totalidad, ante esa otra totalidad siempre inabarcable que es la existencia humana? También otros hombres del siglo XX, deslumbrados por la eficacia dominadora de las ciencias, creyeron que podían apresar el misterio del hombre reduciéndolo a un problema. Con ello, el misterio dejó de ser efectivamente misterio, pero, a la larga, el hombre iba dejando de ser hombre. Y la tierra fue dejando de ser casa, y la vida fue dejando de ser vida. Pero esto era también obre del hombre...18



Queda planteado el problema en toda su dimensión. Hacerse cargo de los problemas señalados no debe hacernos desfallecer ante la tarea, es necesario conocerlos para comprender mejor el esfuerzo necesario que exige su lectura. Ese esfuerzo también hace referencia a ubicarse ante un texto que no fue pensado ni escrito por hombres que pensaran desde una racionalidad científica, de comprensión lineal, y de terminología unívoca preferentemente, como la que utilizamos hoy. Pero, no puede desconocerse que el aporte científico no sólo obligó a replantear la comprensión de esos textos, también por ese replanteo, fue posible obtener una comprensión mucho más profunda de su mensaje. De allí que el señalamiento de Torres Queiruga me parece oportuno y esclarecedor: “No se trata, claro está, de modificar la fe en Dios, y mucho menos de modificar a Dios. Repitamos: se trata tan sólo de modificar nuestras ideas acerca de Dios, nuestra imagen de Dios. Igual que no se trataba de negar que la Biblia sea palabra inspirada, portadora de revelación, sino de revisar nuestra concepción de lo que son la inspiración y la revelación”19. La mentalidad moderna exigió del creyente una fe más madura, que lo llevara a intentar colocar la lectura bíblica dentro del nuevo contexto que la mentalidad científica ofrecía. De este modo, obligó a ubicar los antiguos textos en el marco de la cultura que los concibió y escribió. Descubriendo que la mentalidad oriental hace uso y abuso de la analogía, la metáfora, la narración fantasiosa, la fábula, la parábola, etc. Equivaldría a decir, que fueron creados en una cultura de predilección por la expresión poética. Sólo desde este espíritu la aproximación a esos textos pudo ser fecunda. (Pero si nos atrevemos a asomarnos a nuestra cultura latinoamericana, expresada en las narraciones y los cuentos populares vamos a encontrarnos con el mismo modo de contar las cosas, tal vez como herencia de la cultura española que por más de ocho siglos convivió con el mundo árabe20)
b .- El problema de la creación
Para abordar el análisis de la aparición del hombre en el libro del Génesis es necesario ubicarlo dentro del contexto de la creación. Porque la aparición del hombre cobra sentido en ese marco mayor, “una reflexión cristiana sobre el fenómeno humano, reconocido como obra de un Dios personal, desemboca inevitablemente en la cuestión de la intencionalidad de la creación... Objeto de esta reflexión es todo el universo creado, del que forma parte el hombre...”21 sostienen Flick y Alszeghy. Recurriendo al diccionario encontramos: “La palabra tiene un sentido muy genérico en todas las lenguas, sentido que indica una forma cualquiera de causalidad productora, tanto la del artesano, la de un artista o la de Dios. Pero su significado específico, como particular forma de causación, se halla caracterizado: 1) por la falta de necesidad del efecto con referencia a la causa que lo produce; 2) por la falta de una realidad presupuesta respecto al efecto creado, además de la causa creadora y en este sentido se dice ‘creación desde la nada’; 3) por la inferioridad del efecto con referencia a la causa; y 4) por la posibilidad de que uno de los términos, o ambos, caigan fuera del tiempo”22.

Lo que debería causarnos sorpresa es que los teólogos hebreos hayan descrito ese proceso en términos de evolución. Para nosotros, tantos siglos después, esto pasa por materia conocida, pero no era así para las culturas y las tradiciones que rodeaban al pueblo de Israel. Las cosmogonías de la tradición oriental hablaban de un caos originario y de un ordenamiento posterior de los dioses. Para el pueblo que mayor elaboración había hecho de este tema, los griegos, la materia era eterna y el orden establecido en ella, el cosmos, era posterior. Por otra parte, el tema del universo va acompañado de ideas que apuntan hacia un universo estático, ordenado de una vez, en un solo acto, las variaciones que en el se dan son accidentales, pero nada altera su estructura básica. Los teólogos hebreos sostuvieron desde el principio que el universo era creado y que este proceso se desarrolló en un tiempo que es evolutivo. Dicen Flick y Alszeghy: “la preferencia que se les da a los esquemas dinámico-temporales, en vez de a los estático-espaciales, está ciertamente en correspondencia con las exigencias del pensamiento de los antiguos semitas”23. La importancia de esta diferenciación, entre la primacía del espacio en los relatos o la primacía del tiempo, radica en la novedad que aporta la tradición hebrea. Porque “es la cultura judía la que ha descubierto el primado del tiempo sobre el espacio, a diferencia de otras culturas circunvecinas”24 dice Juan L. Ruiz de la Peña y agrega que, en este priorizar el tiempo sobre el espacio, éste pierde sacralidad, deja de ser el lugar de los dioses, y coloca lo sagrado en el tiempo: el sábado. Tampoco el cielo, en tanto espacialidad, será su morada; sólo la eternidad, categoría temporal, podrá hacer mención a su ubicación. La novedad que entraña el mundo hebreo es, entonces, pensar a la divinidad fuera de la naturaleza, pensada como una causa externa a ella; del mismo modo, la eternidad no es una cualidad de la materia sino de Dios. Pero, se puede afirmar que su novedad avanza más aún. Leamos a Ruiz de la Peña:

  1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal