Revista investigacion y critica nro. 4 Revista del Centro de Investigaciones Sociales



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REVISTA INVESTIGACION Y CRITICA Nro. 4

Revista del Centro de Investigaciones Sociales



REFLEXIONES A PARTIR DE KANT Y ZIZEK: EL OBSCENO GOCE DE NUESTRO PASADO




Manuel Guerrero Antequera

A partir del “Informe sobre Verdad y Reconciliación” y el “Auto de Acusación a Pinochet” del Juez Baltazar Garzón es posible delimitar las fases históricas del despliegue de la represión institucional en Chile, a partir del 11 de Septiembre de 1973:1


1.- Fase del terror masivo paralizante y disciplinante de intimidación generalizada. Identificación de un Otro a eliminar como forma de purificación de la Nación. (11 de septiembre 1973 – mediados de 1974)
En esta fase se utilizan espacios públicos para detenciones masivas. Hay tortura y ejecuciones seguidas de la desaparición de los cuerpos así como exilio. La ejecución estuvo a cargo de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas viéndose directa o indirectamente avalado en un principio el Golpe Militar, y con ello el comienzo del Exterminio, por la Corte Suprema, la Iglesia Católica, y los ex presidentes de la República.2 El vínculo entre la Junta, el Derecho y parte de la Iglesia lo otorgaba una noción de enemigo común, que lentamente se fue materializando en los cuerpos de los condenados. Así, el Decreto Ley nr.1 de la Junta señala: nuestro objetivo es “restaurar la chilenidad, la justicia y la institucionalidad quebrantadas”3, esgrimiéndose como principios más amplios la lucha y erradicación total de la conspiración comunista/marxista que amenazaba a la civilización occidental. Por ello se debía actuar para preservar la moral occidental y cristiana frente al internacionalismo marxista y ateo, que se habían confabulado con los religiosos por el socialismo.4 Con estas apreciaciones se exponen los contornos del Otro del nuevo orden, que debía ser exterminado, en pro de la depuración de Chile.
2.- Fase del exterminio físico del Otro. La purificación de la Nación mediante la aniquilación de la Nación: La tortura (Mediados de 1974 y comienzos de 1978)
Es la época de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), organismo del Gobierno dependiente del Ministerio del Interior. Caracteriza a este período la represión sistemática, planificada centralmente, ya cada vez menos pública, ejecutada en recintos secretos por personal especializado que detiene, tortura y hace desaparecer los cuerpos. Se estudian y sistematizan las técnicas de tortura científicamente. El objetivo de esta fase es la eliminación selectiva de los liderazgos de los sectores institucionalmente organizados del gobierno de la Unidad Popular. Se extermina así, en seis años al 50% de la Nación Chilena, partiendo por el Jefe de Estado, el mismo 11 de septiembre de 1973, los dirigentes de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, de las Intendencias y Municipalidades, las Universidades, Iglesias, Sindicatos, Partidos Políticos y Organizaciones Profesionales y Culturales que estructuraban a la nación. A nivel poblacional, campesino e índigena se eliminan los líderes y dirigentes que cohesionaban los órganos del llamado poder popular, como, por ejemplo, los “Cordones Industriales”, “Movimiento de Pobladores Revolucionarios”, “Frente de Trabajadores Revolucionarios”, “Movimiento de Campesinos Revolucionarios”. Es la “época de oro” de la colaboración entre las dictaduras latinoamericanas en la eliminación de determinados grupos, por medio del llamado “Plan Cóndor”, que relaciona los servicios de inteligencia de Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay, además del pago a organizaciones terroristas internacionales como en el caso de Italia, la “Avanguardia Nazionale”. Se implementa la tortura como método privilegiado de extracción de información de los detenidos, en pro del exterminio.
3.- Fase del Control y Registro de Información. (Entre 1978 y 1983)
Época de la CNI, Central Nacional de Informaciones, creada en agosto de 1977 como sustituto de la disuelta DINA. Durante 1977 y mediados de 1980 desciende la tasa de desapariciones y muertes. Lo que se acentúa es el control de los movimientos político-sociales opositores, por medio de la destrucción psicológica de la víctima, la desaparición selectiva y muerte por tortura. En esta fase se introduce en forma sistemática la presencia y participación de médicos en las sesiones de tortura, que se encargan de que el daño no sea mortal y del ocultamiento de las huellas. La tortura como método se privatiza, no ocurre en el espacio público. A partir de 1980 se reacciona a la actuación de las organizaciones armadas rebeldes, se recrudece la represión y se retoma la eliminación selectiva y persecución de los líderes claves del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y Partido Comunista de Chile.
4.- Fase de obtención de información. Intimidación Pública y Destrucción operativa de grupos paramilitares (1983-1990)
Esta fase está preocupada de dar respuesta a las protestas nacionales del período, por medio de la represión masiva callejera, allanamientos, estado de sitio y la perpetuación de eliminaciones selectivas de dirigentes opositores públicos, internos y de aparatos militares subversivos. La mayoría de estas acciones son ejecutadas por la CNI, habiendo participación de otros organismos institucionales, como la Dirección de Comunicaciones de Carabineros e Investigaciones. Comienza una disputa de poder entre las distintas instancias represivas. El número de denuncias por tortura durante estos años llega a 1550 personas, y el trato cruel por detención asciende a 6874. Es decir, la tortura como práctica selectiva se ha masificado, pasando a formar parte del modus operandi de toda institución represiva a cargo del orden social.

¿Cuáles son las condiciones de posibilidad que permitieron la gestación y materialización de lo que ha sido llamado un verdadero Exterminio en Chile?. Se trata de pensar el trayecto que va desde la Caravana de la Muerte, vía Operación Albania, hasta la llegada de la Democracia, en una operación que nos debe llevar a precisar aquellas estrategias de poder que permitieron que hechos de esta naturaleza resultaran verosímiles y factibles en la historia política del Chile de los últimos 30 años. Este escrito es un intento más de ensayar una lectura particular de nuestro Chile Actual a partir de la discusión de conceptos tales como fascismo, imperativo categórico y fantasía ideológica.

Caracterizamos al período en cuestión, en esta oportunidad, como fascista y no como régimen dictatorial, autoritario o totalitario.5 Nos parece importantísima la distinción debido a que la caracterización del período como fascista alude a una dimensión de análisis particular que otros descriptores no denotan.6

Llamar al período de dictatorial posibilita la descripción de un aspecto jurídico del régimen. En este se ha eliminado el nivel intermedio de la legalidad, volviendo al mandato del soberano en la ley, por cuanto a lo que se debe obediencia no es a la Ley, sino a la voluntad del soberano directamente. La dictadura suspende el Derecho burgués tradicional, instalando un permanente estado de excepción bajo el cual, no obstante, aún se mantienen ciertos derechos normales pero bajo formas trastocadas.

El autoritarismo del período describe las relaciones de poder que se establecen prescindiendo de los procesos de legitimación previos, destacando el uso de la fuerza, aludiendo, en definitiva, a una dimensión psicopolítica del período, bien sea a partir del análisis de psicopatologías individuales o de teorías provenientes de la psicología social que intentan explicar el irracionalismo epocal.7

El totalitarismo ataca el aspecto sociopolítico, describiendo al monopolio de todas las formas y espacios de poder que son copados por el sistema político, la “panopticidad” del soberano, la pura racionalidad instrumental del sistema y la penetración de la técnica en todos los espacios de la sociedad.8 Así, por ejemplo, se concibe a las dictaduras totalitarias a partir de seis rasgos fundamentales: la presencia de una ideología oficial que proclama el fin de la historia de la humanidad, el arribo al paraíso en la tierra; una institución de masas organizada jerárquicamente, que opera como único dueño del dominio formal, asegurado por una dictadura; una policía secreta terrorista, que combate a grupos declarados enemigos del régimen; un monopolio de los medios noticiarios y de información en manos del partido y sus cuadros; el monopolio absoluto de las armas en manos del Estado; una dirección centralizada de todo el proceso productivo a cargo de una burocracia estatal.9

Llamar al período de ánimo fascista, en cambio, busca su rendimiento al nivel de una dimensión “estética” del ordenamiento social, de cierta “fantasía” que lo constituye que es lo que nos interesa destacar.

El fascismo contiene una esperanza catártica en el momento de la revolución. Esta tiene un rasgo recuperador y sanador, de manera que el fascismo es la reacción contra el presente degradado respecto al orden divino, es la aversión a todo orden consensual. Al hablar de fascismo señalamos el ejercicio de recuperación de un logos natural divino, a partir de la inversión del papel que cumple en la teoría política burguesa la distinción entre orden y caos. La visión fascista de revolución permanente recupera la mitología antigua, en el sentido que es a través del caos que se manifiesta la verdad superior. El llamado a poner orden es por medio de la instalación del caos. La estética fascista establece la división entre lo natural y lo social y su consecuente deseo de reunificación. El fascismo, por tanto, no elabora un pensamiento acerca de Dios, sino que establece una relación estética hacia él, o más bien estimula la experiencia de Dios por la cual cualquiera daría todo por ella, bajo la forma: obedece porque debes.

Este imperativo puramente formal del fascismo ha sido trabajado por Slavoj Zizek10, como incitación a la renuncia al goce, como mandato a sacrificarse sin posibilidad de preguntarse sobre el significado de ello, es decir, el asumir el sacrificio verdadero como fin en sí mismo: haz de encontrar satisfacción positiva en el sacrificio mismo, no en su valor instrumental. Hay por lo tanto una renuncia, una resignación del goce que, sostiene Zizek, produce cierto plus-de-goce.

Si a nivel ideológico el fascismo opera a partir de un imperativo puramente formal, imperativo que lo incita a limpiar la mancha de su propio cuerpo (el judío, el comunista, etc.), estamos de lleno en el terreno de la ética kantiana y su imperativo categórico. Para Zizek la ley moral es obscena “ en la medida en que es su forma la que funciona como una fuerza de motivación que nos impulsa a obedecer su mandato –es decir, en la medida en que obedecemos la Ley moral porque es ley y no por un conjunto de razones positivas…”.11 Es decir se trata de la misma descripción que dimos de estética fascista, ¡expresado en la forma del imperativo ético kantiano!.

Veamos: Kant comienza La fundamentación de la metafísica de las costumbres12 afir-mando que lo único que puede ser considerado bueno en sí mismo es la buena voluntad.

Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad” (p.27).

Una voluntad que es mentada como buena en sí misma, prescindiendo de sus objetivos o fines propuestos e incluso haciendo abstracción de lo que efectúe o realice. Por ello con respecto a la ética podemos hablar de autonomía, dado que es el propio agente el que dictamina la ley moral a través de una voluntad pensada como la facultad del querer por el querer mismo, es decir, prescindiendo de cualquier objetivo o finalidad empírica.

El hombre participa de dos mundos: un mundo inteligible determinado exclusivamente por la lógica racional, y un mundo sensible, determinado por las inclinaciones:

La dependencia en que está la facultad de desear respecto de las sensaciones se llama inclinación, y ésta se manifiesta siempre de este modo una exigencia. Cuando una voluntad determinada por contingencia depende de principios de la razón, esto se llama interés. El interés se halla, entonces, sólo en una voluntad dependiente, que no es por sí misma siempre conforme a la razón”. (Kant, 1998: p.50)

Es desde esta concepción de interés que a Kant le resulta posible introducir el concepto de deber, que no es más que la buena voluntad, pero que surge a partir del conflicto entre los mandatos de la razón y las inclinaciones que le son contrarias. Si el hombre estuviese determinado únicamente por la razón, la noción de deber no tendría sentido. Kant incluso hace referencia a que una voluntad santa o divina tampoco está constreñida por deber alguno, ya que sus máximas coinciden espontáneamente con la ley moral.

A partir de estas consideraciones Kant introduce la noción de acción moral, entendiendo por tal toda acción determinada o realizada exclusivamente por deber. Así, para que una acción reciba el estatuto de moralidad, tiene que cumplir el requisito de la universalidad: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.” Dicho en otros términos, la acción moral exige que nuestras máximas, entendidas como princi-pios subjetivos y contingentes, puedan convertirse en ley universal, es decir, considerada válida para todos.

La potencia intelectual tiene un límite, ya mostrado en Crítica de la Razón Pura, ya que esta sólo abarca a los objetos como fenómenos, es decir, sólo le es posible moverse en el reino de la naturaleza, de la experiencia posible, del mundo sensible, fenoménico. Es decir, no abarca el reino nuoménico de la metafísica.

Por esta frontera entre los diversos modos de objetividad Kant introduce la idea racional pura donde se concentra toda la analítica de la razón práctica: el concepto de libertad. Este es un pensamiento que debe suponerse para hacer posible el enjuiciamiento de la historia, de las acciones humanas, de la vida política de seres finitos.

El objetivo de Kant de pensar al sujeto como causa libre es para que sea posible una comunicación moral. Se trata de una potencia práctica como voluntad racional, pensamiento que es a la vez un querer. Así, el concepto de razón kantiano nos hace referencia a un enlace entre medios y fines, donde el querer es una subjetividad mixta, que envuelve el elemento sensual (el deseo, el interés) más una potencia racional de ponerse fines. El ser racional es deseo y querer, donde la razón al querer un fin enlaza con el querer de los medios para alcanzar el fin.

Bajo el mandato del imperativo categórico, como incondicionado, la exigencia viene de la pura razón. La voluntad racional, como razón práctica, se pone a sí misma como objeto, se exige quererse como objeto, bajo cierta restricción: que en ese querer esté incluida la idea de que es una voluntad de autolegislación. Es decir, que pueda querer al mismo tiempo que este sea un principio de autolegislación universal. Por tanto, la razón práctica se manifiesta en un sentimiento sensual, pero bajo la forma de una sumisión a la ley, que el propio sujeto se da a sí mismo.

La voluntad subordinada a leyes puede estar vinculada con la ley por un interés. Sin embargo, la idea de la voluntad de todo ser racional como voluntad legisladora universal no depende, ni se funda en ningún interés, es incondicionado el principio práctico y el imperativo que obedece. En esto consiste el principio de autonomía de la voluntad.

Como seres racionales finitos tenemos el poder de actuar con arreglo a la representación de leyes, es decir, a partir de la voluntad. Se trata, por tanto, de una relación reflexiva, como poder de pensamiento que refiere los efectos de las acciones a una pura representación de la ley. La voluntad, es razón práctica, así como deseo, potencia apetitiva. Efecto de esta constitución doble se produce una discrepancia en el estatuto modal: Aquello que la razón se representa como puramente necesario, resulta subjetivamente contingente, no necesario.

De tal forma que lo que está en tensión es la duplicidad de la voluntad racional finita. Es esta tensión la que hace necesario que la razón práctica tenga que formular leyes bajo la figura de un mandato como constricción. Es decir, debe imperar sobre el sujeto exigiendo el cumplimiento de ciertos principios.

Sin embargo, pese a esta heterogeneidad, el distingo sigue siendo nítido entre la razón, como causa noumenon (por ejemplo la idea de libertad), y el deseo, como capacidad subjetiva de una voluntad racional finita en la que está en juego lo fenoménico. Es decir, las acciones que da lugar el deseo se cumplen todas ellas en el lugar del fenómeno.

La constricción expresa la primacía de la razón sobre el deseo en el enlace, es decir, la razón eleva todo lo que es del ámbito del deseo al orden racional. Sin embargo, como hemos dicho, esto no implica su destrucción, sino más bien, el tratamiento racional del deseo. El imperativo categórico subordina el deseo a la razón, ya que su origen es únicamente racional. Sin embargo, este mandato puramente racional no puede sino referirse al deseo. Es decir, se configura como condición limitativa del deseo, indicando aquello que es posible de querer legítimamente. La capacidad de autonomía supone, por tanto, la limitación en el modo en que lo deseable ha de ser querible racionalmente.

Esta característica de la ética kantiana de excluir todos los contenidos empíricos, los objetos que producen placer, en otras palabras, esta renuncia a la condición de posibilidad de un “placer” distinto, el plus-de-goce: “Esta es la dimensión oculta, perversa y obscena del formalismo de la moral kantiana que aparece en definitiva en el fascismo…”.13 El poder ideológico del fascismo reside precisamente en el carácter vacío y formal de su llamado al sacrificio, en el exigir obediencia porque sí. Y la obediencia al imperativo se materializa en el campo de lo “fenoménico”, es decir, tiene efectos materiales de verdad. Su ejecución y aplicación se da sobre/con/contra otros objetos, otros cuerpos.

¿Por qué ciertos objetos empíricos se convierten en objetos de deseo?. “¿Cómo este objeto empieza a contener algo X, una cualidad desconocida, algo que es “en él más que él” y lo hace merecedor de nuestro deseo?”.14 Para dar respuestas a estas preguntas Zizek propone el concepto de ‘fantasía’: objetos empíricos se vuelven objetos de deseo al ingresar en el marco de la fantasía, al quedar incluidos en cierta escena de fantasía que otorga congruencia al deseo del sujeto. Para el tema que estamos tratando esto indica el lugar preideológico del goce como último soporte de la ideología.

La fantasía social que operó, y a nuestros ojos sigue operando, en Chile tiene que ver con la visión de la sociedad chilena pre-Unidad Popular como una gran familia, compuesta de padres-madres e hijos, que posibilitaban la existencia de una de las “democracias más antiguas de América”. El antagonismo social constitutivo de la “sociedad chilena”, las luchas sociales-culturales-de clase, etc, se desplazó hacia un Otro (los comunistas) como aquél cuerpo extraño, dentro del mismo cuerpo social que puso en crisis a la familia chilena. De manera tal que no es la sociedad, su antagonismo inherente, la fuente de la crisis y “decadencia”, sino este Otro. El “comunista”, tal como en Europa hitleriana el “judío”, entra en la fantasía que estructura el goce.

La fantasía es básicamente un argumento que llena el espacio vacío de una imposibilidad fundamental, una pantalla que disimula un vacío… Y la apuesta de la fantasía ideológico-social es construir una imagen de la sociedad que sí existía, una sociedad que no esté escindida por una división antagónica, una sociedad en la que la relación entre sus partes sea orgánica, complementaria…fantasía es precisamente el modo en que se disimula la figura antagónica” .15

La figura del “comunista”, del “upeliento” viene a encarnar y a negar la imposibilidad de la “sociedad”. Es un elemento extraño, ajeno, que viene a desordenar, a corroer la plenitud de la “familia chilena”. En esta figura se condensa, prácticamente se cristaliza la imposibilidad de la sociedad y es por ello que su aniquilación causa goce. El imperativo categórico de limpiar, sanar, curar, purificar eliminando se materializa en este cuerpo. Y a la vez que se extermina, amparados del desinterés del imperativo, del deber, se está haciendo un bien y se está gozando (plus-de-goce).

Toda la ideología fascista está estructurada como una lucha contra el elemento que detenta el lugar de la imposibilidad inmanente del proyecto fascista: el “judío” [o el “comunista”, etc., nota nuestra] no es más que una encarnación fetichista de bloqueo fundamental.”16

El “comunista” visto a través del marco de la fantasía de la “familia chilena” es la manzana podrida que contamina a todo el tejido social, de manera tal que su eliminación permitirá la puesta en orden, la identidad plena.

El fascismo, en el sentido en que lo hemos utilizado por tanto, no es un discurso, ni una doctrina o un pensamiento. El fascismo es algo que se resiste al pensamiento, por lo que no hay pensamiento fascista. No es un tipo específico de funcionalidad del poder político, ni se refiere a algún estrato subjetivo de poder, como no es una relación entre el poder soberano y el orden legal. El fascismo es una determinada comprensión estética del destino de un pueblo concreto. Es político por cuanto despliega una determinada intuición acerca del fin de los hombres, reclamando para sí una cierta originalidad que reacciona contra la racionalidad instrumental. El fascismo resulta ser la crítica a la vez que la encarnación más fuerte de la Modernidad. A partir de una determinada intuición del deber de los hombres de un pueblo concreto, en nuestro caso el chileno, dicta para el mundo como ha de conducirse la lucha contra la decadencia, reclamando para sí una moral superior.

En la comprensión estética del destino el concepto y su negatividad son reemplazados por la experiencia emocional, instalando una epistemología inmediatista, una positividad simple de la experiencia emocional en la forma de fanatismo tras un fetiche. Se apela a una identidad concreta, la nación, se representa el fin estéticamente como Apocalipsis, como acontecimiento absoluto. Se persigue de manera urgente la resolución final de las tensiones, la experiencia mística en la cual la purificación y la aniquilación están fusionadas. De esta manera la total purificación coincide con la total aniquilación. Esta aniquilación no está dirigida a un exterior, en el sentido de un afuera a un sí mismo, sino que el exterminio del Otro es un medio de la autoaniquilación a partir de una noción de deber como autosacrificio. La reconciliación es la experiencia final añorada, la cual es establecida a través de una relación mística entre el hombre y al amor a ciertas imágenes. Se aman imágenes porque se desprecia el concepto, el fetichismo del concepto. El fascismo ve en cada concepto la sumisión, la imposición. Las imágenes son la inmediatez de la experiencia, la admiración por el autosacrificio, por el destino trágico, por la valentía desatada al atropellar las voluntades por un determinado fin vacío, de puro deber.

Hasta aquí nuestra reflexión. La pregunta que nos inquieta la dejamos abierta: ¿Nuestra transición a la democracia ha atravesado esta fantasía ideológica?. ¿Nos hemos identificado con nuestro síntoma, es decir, reconocido que los excesos atribuidos a los “comunistas” son, en realidad, nuestro modo normal de funcionamiento?. ¿O aún estamos dispuestos a persistir en la fantasía de la “familia chilena”?. En ese caso, ¿cuál será nuestro próximo objeto de deseo, fetiche a eliminar?.




1 Las distinciones que permiten la periodización que presentamos a continuación se refieren a los ejes: 1. Temporal: Los períodos y años en que se cometieron violaciones con mayor frecuencia; 2. Espacial: Los lugares donde se efectuaron; 3. Responsabilidad: Los organismos que ejecutaron la violación; 4. Modalidad: Cómo actuaron; 5. Víctimas: Sobre quién se actúo.

2 El día 18 de septiembre del ’73 se realiza un Te Deum para la Junta Militar a cargo del Cardenal Raúl Silva Henríquez, con la asistencia del Presidente de la corte Suprema y tres ex presidentes de la República: Gabriel González Videla, Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva. Op. cit. p. 18.

3 Diario Oficial, 18/09/1973

4 Ver: Autos de procesamiento de Baltazar Garzón.

5 Los análisis de las dictaduras latinoamericanas en torno a la noción de fascismo no son nuevos. Véase al respecto: El fascismo en América, REVISTA NUEVA POLÍTICA, N° 1, México, enero-marzo, 1976; ZAVALETA, René, Las luchas antiimperialistas en América Latina, REVISTA MEXICANA DE SOCIOLOGIA, vol. 38, nro. 1, enero-marzo, 1976; BORON, Atilio, El fascismo como categoría histórica: En torno al problema de las dictaduras en América Latina, REVISTA MEXICANA DE SOCIOLOGIA, vol. 39, nro. 2, abril-junio, 1977 y en: ESTADO CAPITALISMO Y DEMOCRACIA EN AMERICA LATINA, Ediciones Imago Mundi, Buenos Aires, 1991, pp. 11-64. El uso que le damos a la noción, no obstante, es distinto a las fuentes citadas.

6 Para estas reflexiones estamos en absoluta deuda con las elaboraciones del psicólogo y sociólogo Andrés Haye, aun no desarrolladas sistemáticamente al respecto e inéditas. Los usos y abusos de las distinciones que se dan acá son de la total responsabilidad de quién suscribe este texto, y no reflejan necesariamente los pensamientos de Haye.

7 Respecto a la ‘personalidad autoritaria’ el clásico de ADORNO, Theodor (et. al): THE AUTHORIAN PERSONALITY, New York, Harper and Row, 1959. Teorías sobre el fascismo provenientes de la psicología social crítica –que cruzan a Marx y Freud-, véase: REICH, Wilhelm. DIE MASSENPSYCHOLOGIE DES FASCHSISMUS, Kopenhagen, 1933 [nosotros leímos la versión editada en 1972 en Köln, por la editorial Kiepenheuer & Witsch.]. Así también, FROMM Erich. Die Furcht con der Freiheit, Frankfurt a.M., 1966 [El miedo a la libertad, Ediciones Sociológicas]

8 Originalmente el concepto proviene de la noción que el fascismo italiano tuvo de sí mismo como “stato totalitario”, aunque a nivel de contenido surge como concepto para atacar a la Revolución Rusa de 1917, a partir de la distinción entre Dictadura y Democracia. Desde un uso conservador y liberal la democracia se caracterizaría por una pluralidad de opiniones, intereses, grupos y partidos en competencia, mientras la dictadura totalitaria por el dominio total de un partido o ideología. Así por ejemplo: FORSTHOFF, E. Der totale Staat, Hamburgo 1933. Una sistematización histórica de las teorías “totalitaristas”: JANICKE, M. TOTALITARE HERRSCHAFT, Berlin 1971, p. 59 y ss; FRITZSCHE, K. Faschismustheorien – Kritik und Perspektive, en Neumann, F. (ed), POLITISCHE THEORIEN UND IDEOLOGIEN, Baden-Baden, 2ª edición, 1977, p. 438.

9 FRIEDRICH, C. J. TOTALITARE DIKTATUR, Stutttgart 1958. Tesis semejantes en: BUCHEIN, H. TOTALITARE HERRSCHAFT, München 1962; ARENDT, Hanna. ELEMENTE UND URSPRUNGE TOTALITARER HERRSCHAT, Frankfurt a. M, 1955 [Los orígenes del totalitarismo, Ed. Alianza. Madrid, 1987; 1998.] De manera distinta Deleuze y Guattari señalarán: “Sin duda, el fascismo ha inventado el concepto de Estado totalitario, pero no hay razón para definir el fascismo por una noción que él mismo ha inventado: hay Estados totalitarios sin fascismo, del tipo estalinista o del tipo dictadura militar. El concepto de Estado totalitario sólo tiene valor a escala de macropolítica para una segmentariedad dura y para un modo especial de totalización y centralización. Pero el fascismo es inseparable de núcleos moleculares, que pululan y saltan de un punto a otro, en interacción, antes de resonar todos juntos en el Estado nacionalsocialista.” [las cursivas son nuestras] DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix. MIL MESETAS. CAPITALISMO Y ESQUIZOFRENIA, Pre-textos, 3ª edición, Valencia, 1997, p. 219.

10 ZIZEK, Slavoj. EL SUBLIME OBJETO DE LA IDEOLOGÍA, Siglo Veintuno editores, México d.f., p. 119; Por que no saben lo que hacen, Paidós, Buenos Aires, 1998, pp. 236-238.

11 ZIZEK, EL SUBLIME OBJETO …, p.118.

12 KANT, Immanuel. FUNDAMENTACIÓN DE LA METAFISICA DE LAS COSTUMBRES. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

13 ZIZEK, op. cit., p. 119.

14 Ibidem, p. 164.

15 ZIZEK, op. cit. p. 173.

16 Ibidem. p. 174.


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