Revista internacional de derecho romano



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Lo mismo podemos decir del arte andalusí, donde arcos, cubiertas, artesonados, y una rica ornamentación basada en motivos geométricos y vegetales sustituyó a la mas ruda arquitectura visigoda. Obra emblemática del arte musulmán fue la mezquita de Córdoba comenzada a mediados del s. VIII, y cuyas partes mas brillantes se deben al califa Al-Hakhem II (finales del s. X) con su espectacular mihrab en el que resplandece la riqueza de los materiales empleados (mármoles), la original estructura de sus bóvedas de nervios y su original decoración, magníficamente conservada que sigue produciendo asombro en nuestros días. Ya he hablado hace poco del palacio de Medina Zahara construído por Abd-el-Rahman III en las afueras de Córdoba, y destruído durante las guerras precedentes a la desaparición del califato. Otro ejemplo de arte musulmán fuera de la Bética fue la mezquita de Bib-Al-Mardon en Toledo, mas tarde convertida en la Iglesia del Cristo de la Luz. Otros ejemplos de arquitectura árabe-hispánica es el palacio de la Alfajería en Zaragoza, el alcázar de Sevilla construída por arquitectos musulmanes por encargo del rey de Castilla D. Pedro el Cruel, y especialmente el palacio granadino de la Alhambra obra cumbre de la arquitectura nazarí que dentro de un recinto fortificado reunió un palacio oficial con funciones administrativas, la residencia oficial de los reyes musulmanes de Granada, y unos jardines espectaculares (que inspiraron en el siglo pasado la bellísima y armoniosa composición musical de Joaquín Rodrigo “Noches en los jardines de España”).

Frente a esto la España cristiana sólo podía ofrecer lo que tenía de su contacto con los peregrinos y un arte especial: el prerrománico asturiano; mas adelante por el camino de Santiago vendría el arte románico de la mano de los cistercienses. El hecho evidente es que durante el califato omeya de Córdoba los árabes eran superiores en cultura a los españoles del norte y al resto de los países europeos de la época.

Pero la debilidad política de los musulmanes divididos en numerosos reinos de taifas fue permitiendo a los reinos cristianos del norte avanzar en la reconquista hacia el sur. La expansión de la monarquía asturiana, y mas tarde de la castellano-leonesa se hizo a través de un gran movimiento de masas que se llamó la repoblación. Los reyes procuraron ir asentando gentes en las grandes zonas desérticas de Castilla donde tenían lugar las escaramuzas con los árabes, y por tanto convenía fijar puntos de defensa contra éstos. Los reyes dan carta de población para que se establezcan cristianos en zonas sin poblar concediéndoles tierras, repoblando de este modo todo el valle del Duero. Muchas grandes ciudades castellanas actuales fueron surgiendo como áreas irradiantes de repoblación en zonas yermas y desoladas donde se fueron construyendo fortificaciones y castillos, y de ahí el hombre dado a estos territorios: Castilla, tierra que tendrá gran influencia en la evolución posterior de España, asunque también hubieron ciudades fundadas por los árabes como Almería en la Bética, Madrid en la llamada entonces Extremadura castellana, Calatayud en Aragón. Los reinos de taifas encendieron la mecha de las carencias político-estratégicas musulmanas en España. La reconquista de Toledo en 1085 por obra de Alfonso VI commocionó al mundo arábigo-hispánico que reaccionó llamando en su ayuda a los almorávides, tribus bereberes que se habían adueñado del norte de Africa hasta Gibraltar llegando hasta el Atlántico. Durante un tiempo volvieron a reunificar Al-Andalus suprimiendo los reinos de taifas y conteniendo al avance cristiano hacia el sur en las batallas de Sagrejos (1086) y Uclés (1108), pero esta unificación fue efímera y a mediados del s. XII resurgieron los reinos de taifas, nuevamente expulsados por una invasión, esta vez de los almohades, que lograron grandes éxistos militares contra el rey Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Alarcos ocurrida en 1195. Pertenece a esta época la construcción de otra pieza emblemática del arte arábigo-hispánico como la Giralda de Sevilla.

También fracasó el intento almohade de reunificar Al-Andalus ante la aplastante derrota de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), surgiendo de nuevo los reinos de taifas ya impotentes para contener el imparable avance cristiano hacia el sur. La consolidación del reino de Asturias y León por un lado, y el de Navarra por otro después de la batalla de Roncesvalles contra los francos en el 778, llega a su apogeo con el rey de Navarra Sancho III el Mayor (1000-1035) que empieza a extender sus dominios en Aragón (donde seguía siendo fuerte un núcleo musulmán importante en el valle del Ebro, y aún se conservan importantes ciudades mudéjares como Tarazona, o con edificios mudéjares importantes como Teruel) y Castilla. Detenido el avance almohade Alfonso I de Aragón reconquista Zaagoza en 1118, Jaime I el Conquistador llega hasta Valencia a mediados del s. XIII. Mientras tanto en Cataluña los francos carolingios habían establecido la Marca Hispánica ejercitando una fuerte influencia occitana de la que queda influencia en la actual lengua catalana. Organizada en condados poco a poco va adquiriendo preponderancia el de Barcelona, reconquistando el conde Wilfredo el Velloso algunos territorios a los árabes, y frente a la debilidad del reino franco posterior al tratado de Verdún del 843 que rompió la unidad centroeurpea tan trabajosamente lograda por Carlomagno, pronto dejó de prestar homenaje feudal a los francos. El reino asturiano del norte alcanzó la línea del Duero en el 910, trasladando su capital desde Oviedo a León el rey Ordoño II (914-924). Ocupado el valle del Tajo desde la reconquista de León en 1085, el reino de Castilla se independiza de León a finales del s. X con el conde Fernán González, absorbiendo Castilla a León, Galicia y Asturias avanzando hacia el sur (valle del Guadalquivir) después de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) reconquistando Sevilla el rey Fernando III el Santo en 1248. Aragón absorbió el condado de Barcelona y el reino musulmán de Valencia; Portugal se independizó de Galicia constituyéndose como reino independiente en el s. XII sindo reconquistada Lisboa en 1147, de modo que al final de la Edad Media la península ibérica estaba dividida en cuatro reinos cristianos: Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, y el reino musulmán de Granada que sería aniquilado en 1492, año mítico que con el descubrimiento del Nuevo Mundo abrió paso a la Edad Moderna.

No puedo pasar por alto un tema que entre los historiadores españoles ha sido muy polémico: las consecuencias de la invasión islámica que abre una de las páginas mas dramáticas de la historia de España y de Europa; significa un momento de tensión guerrera que España va a padecer como caso único en Europa; ningún otro pueblo europeo ha sufrido en plena Edad Media el fenónemo de ver instalado en su territorio un pueblo ajeno a la mentalidad europea con una religión una cultura y un estilo vital distinto. En este sentido la invasión árabe es una de las páginas mas singulares de la historia de España (y de Europa) dando lugar a la Reconquista, a lo largo de la cual, según algunos autores, se forjaría lo verdaderamente hispánico.

La valoración de la influencia árabe en España sigue siendo un problema abierto que todavía hay que estudiar mas profundamente para esclarecer lo que significó en su evolución histórica, y especialmente ha suscitado una gran discusión sobre lo que pudo influir la presencia árabe en la formación del carácter español, no pudiendo dejar de lado el puente de unión cultural entre árabes y cristianos que significó la Escuela de Traductores de Toledo que alcanzó su punto máximo de apogeo en el s. XIII, época de Alfonso X el Sabio que por lo que interesa especialmente fue una época de gran esplendor jurìdico con las grandes compilaciones alfonsinas: Las Siete Partidas (que significó la recepción del ius commune de tradición romanística en España constituyendo la mas refinada compilación jurídica del s. XIII, muy superior a su contemporáneo Sachsenspiegel alemán), el Espéculo y el Fuero Real. La Escuela de Toledo en la que colaboraraba cristianos, musulmanes y judíos, se encargó de traducir del árabe al latín, y mas tarde a otras lenguas europeas las grandes obras del Mundo Antiguo, realizando una labor impagable de transmisión a Europa de todo el saber oriental, griego y latino.

Acaso el autor que más ha estudiado en el pasado siglo la contextura vital hispánica ha sido don Américo Castro60 que aisladamente defiende las mayores cotas de influencia árabe en España, de modo que la contextura vital hispánica se forjó al contacto con los árabes; para Castro hay muchas actitudes del hombre español, muchos modos de vida que han sido influídos por el elemento árabe61, tanto que a su juicio lo árabe es un elemento fundamental del carácter español. Según Castro propiamente España queda cristalizada desde que comenzó el contacto entre cristianos y musulamanes que habría de influir grandemente en la historia hispánica medieval, y por tanto la valoración de la influencia árabe es un capítulo decisivo en la historia de España.

Contra esta tesis reaccionó don Claudio Sánchez Albornoz62 sosteniendo que la contextura vital hispánica no se fraguó en el contacto con los árabes, sino que es anterior a la época islámica y perduró después de la expulsión del último rey musulmán de Granada. Considera que la realización cultural de España fué muy lenta; analiza una serie de aspectos del contacto con los árabes de los que deduce la no islamización de la contextura vital hispánica. En primer lugar se refiere al bilingüismo, y frente a Castro que sostenía que los españoles fueron bilingües (árabe y latín vulgar) hasta el s. XII, Sánchez Albornoz estima que pocos españoles hablaban árabe, pero incluso si se admitiera el bilingüismo, el hecho que se hablase un árabe degenerado pruaba que el contacto con los árabes en los tiempos posteriores a la invasión no sería muy grande. Afirma Sánchez Albornoz que no puede medirse la influencia árabe en España tomando como modelo lo que los árabes crearon en Oriente, y las magníficas creaciones literarias hispano-árabes no pueden valorarse teniendo como punto de comparación la literatura árabe oriental. La relación entre los árabes y los cristianos entiende que fueron siempre o casi siempre de pugna, de lucha, por lo que no pudo haber un gran contacto entre ambos pueblos desde el momento en que existía la contienda como norma. No cree que la emigración mozárabe en el s. IX hacia el norte de España, principalmente a la región de León63, influyera grandemente en la arabización de España; sólo en los últimos decenios del s. X admite frecuentes relaciones por medio de embajadas entre ambos pueblos. Tampoco cree que los mudéjares (musulmanes que vivían entre cristianos permaneciendo en núcleos de población o en el campo a medida que avanzaba la Reconquista) hayan influído en la arabización española, porque los mudéjares eran masas vencidas, sometidas, no suficientemente orientalizadas por lo que no podían aportar un gran contagio árabe (aunque magníficos constructores aportaron el arte mudéjar viviendo entre cristianos).

A mi modo de ver en esta valoración Sánchez Albornoz no acierta plenamente, entre otros motivos porque no valora debidamente el arte mudéjar, y no hay que olvidar que los constructores y arquitectos de esta época eran fundamentalmente mudéjares, y tampoco las relaciones entre árabes y cristianos fueron siempre de pueblos en constante lucha sobre todo hasta la invasión almohade en el s. XII. Tiene razón Sánchez Albornoz al señalar que las ciudades de Córdoba y Sevilla, grandes focos de la cultura árabe de donde podía irradiar la arabización, al ser conquistadas en el s. XIII se vaciaron de gran parte de la población árabe que retornó a Africa y por tanto no influirían para nada en la arabización de España. Admite que pudieron haber adaptaciones, imitaciones de costumbres árabes, pero que no fueron decisivas en la formación de la contextura vital hispánica, y estoy de acuerdo en ello; sin embargo entiendo que el problema sigue exigiendo una valoración mas serena que se base sobre evidencias y no sobre ideas difusas. Si sabemos que Sevilla hasta 1248 y Granada hasta 1492 fueron grandes ciudades árabes, hay que pensar que la influencia árabe no sería tan somera y que debió significar algo más; es difícil señalar tajantemente que la conquista del último reino musulmán de Granada implicara la absoluta desaparición de toda huella árabe en España, porque esto no sucedió así; además quedó subyacente el problema de los moriscos (musulmantes que abrazaron la fe católica pero que siguieron practicando privadamente su religión) que causó grandes problemas en la España de los primeros tiempos de la Edad Moderna hasta que Felipe III los expulsó en el primer tercio del s. XVII. Las capitulaciones otorgadas por los Reyes Católicos permitieron permanecer en España a los musulmanes que lo desearan64 y seguir practicando su religión, eso sí, pagando gravosos impuestos a la monarquía católica. Sobre todo en Valencia y Andalucía continuaron viviendo un número importante de moriscos, hábiles agricultores, constructores y artesanos que eran necesarios para el sostenimiento de la actividad económica que decayó notablemente en los s. XVII y XVIII, y no se puede dudar que surgió una cultura mudéjar que produjo notables manifestaciones en el campo de las artes y las letras.

Los ocho siglos de presencia musulmana en España no pudieron desaparecer sin dejar huella; en este sentido la España musulmana introdujo importantes cambios en el campo económico, especialmente en la agricultura impulsando la práctica del regadío65 con la importante novedad tecnológica de la noria, con la difusión del cultivo de cítricos, arroz, algodón y azafrán, mientras que en las grandes llanuras castellanas seguía dominando el cultivo cerealista, y en general en toda España seguían habiendo viñas y olivares que desde la dominación romana habian sido fuente de exportaciones de vino y aceite. En el terreno ganadero decayó la cabaña porcina debido a la prohibición coránica de comer carne de cerdo, compensada por el crecimiento del ganado ovino y equino, y no hay que dejar de lado el crecimiento espectacular de la apicultura, que junto con la almendra son el ingrediente específico de una refinadísima pastelería árabe que con los mismos ingredientes (miel y almendras) se sigue consumiendo en nuestros días66. También fue importante la producción industrial en la época arábigo-hispánica, especialmente las manufacturas textiles en Zaragoza, los brocados cordobeses, la manipulación del cuero (los famosos cordobanes), la fabricación de armas, papel y vidrio, los trabajos de orfebrería (todavía hoy Córdoba sigue manteniendo una importante producción en joyería de oro y plata). También se desarrolló la minería (plomo, cobre, oro, plata, cinabrio). El comercio, que recibe un tratamiento benevolente en los textos coránicos siempre que sus beneficios alcancen a los mas desafortunados), tuvo gran desarrollo en esta época favorecido por la difusión del dinar de oro y el dirham67 de plata, monedas arábigo-hispánicas que también servían como medios de pago para intercambios económicos con los reinos cristianos. Ocurrió en el comercio lo mismo que había ocurrido en la Europa cristiana a partir del s. XI, que se sirvió de las grandes vías de comunicación heredadas de la dominación romana68, ejerciéndose en grandes centros de intercambio (zocos), que lógicamente requerían almacenes (alhóndigas) donde depositar las mercancías, siendo floreciente tanto el comercio interior como el exterior exportando tanto a la Europa cristiana como a los países islámicos productos agrarios e industriales, aparte de un importante tráfico de esclavos con la venta de cristianos europeos, y africanos (del centro de Africa vendidos a los cristianos).

No siempre fue pacífica la convivencia entre musulmanes y cristianos; es cierto que después de 1492 se produjeron conversiones masivas al cristianismo de los musulmanes que permanecieron en España, pronto englobados en la categoría social (y de entonación peyorativa) de moriscos cuya conversión al cristianismo había sido en ocasiones oportunista, y muy pronto se rebelaron contra sus dominadores: los Reyes Católicos en 1500 sofocaron una rebelión de moriscos en las Alpujarras, Carlos I en 1521 en Valencia, Felipe II en 1579, hasta que Felipe III entre 1609 y 1614 expulsó definitivamente a los moriscos del reino de España.

El hecho que no se haya estudiado debidamente el problema árabe en España hace que tampoco conozcamos bien su derecho69, el derecho árabe-hispánico. A mi modo de ver la huella que dejó en el pensamiento jurìdico árabe-español fué poco importante durante el califato omeya de Damasco, aunque aumentó su incidencia con el califato abbasida de Bagdad llegando el pensamiento jurídico a su punto máximo de esplendor con el cordobés Averroes que en 1168 escribió la obra cumbre jurídica árabe-hispánica: el Bidaya70. Mahoma no fue un legislador, y las poquísimas reglas que podemos considerar jurídicas (sobre el matrimonio, sucesiones, mas algunas reglas penales), están oscurecidas totalmente por el tono profético del Corán, y hubieron de pasar dos siglos para que en el 820 el jurista musulmán as-Safi’i sacara a la luz los fundamentos teóricos del derecho islámico de la sunna (costumbres y hábitos del profeta). Pero ante todo el contenido del Corán es religioso por lo que propiamente no existe un derecho islámico; la sharia o ley islámica ante todo tiene un contenido religioso. Por lo que se refiere a España conocemos la existencia de un magistrado muy importante que es el cadí o juez de corte. Cuando Abdelrahman III establece el califato de Córdoba exisitía el cadí como personaje relevante, juez supremo delegado del superior poder político. Afortunadamente se ha conservado una historia de los jueces de Córdoba (Libro del Cadí) escrita por el musulman Aljotamí en el reino árabe granadino traducida al español por don Julián Ribera.

El cadí tampoco era un magistrado en el sentido jurisdiccional que acabó teniendo este término en la Jurisprudencia europea procedente de la tradición romanística; era una especie de censor romano en cuanto a su misión, una figura con elevadísima solvencia moral elegido por loe emires, califas y gobernadores musulmanes entre personas que tenían un prestigio social reconocido, porque aunque el soberano detentaba el poder absoluto, delegaba en los cadíes la función jurisdiccional. El cadí era un hombre virtuoso y sobre todo religioso. Su personalidad moral era tan grande que consta en las crónicas árabes que a veces se enfrentaba con el emir delegado del califa o con el propio califa, representando un instrumento de moralidad pública frente a los abusos de la corte. El cadí era la esperanza del pueblo porque velaba por la justicia y si se producían arbitrariedades por parte del emir o del califa, procuraba subsanarlas o mitigarlas. La figura del cadí era la vez figura de administración de justicia y figura religiosa, como en general todas las instituciones musulmanas porque la religión es una estructura fundamental del islamismo, y sustancialmente el Estado no era otra cosa (y sigue siéndolo en la actualidad) que una comunidad de creyentes (y de ahí la exclusión, la represión y hasta la persecución de cualquier otra religión; pensemos en las matanzas en el 2009 de cristianos del sur por musulmanes del norte en Nigeria, o la reciente persecusción de cristianos caldeos en Irak, o la quema de iglesias cristianas en Turquía). El Islam no distingue entre ley civil y religiosa, por lo que los cadíes ante todo eran expertos conocedores del Corán y sus decisiones judiciales eran ante todo decisiones de conciencia sujetas a criterios religiosos, y el propio cadí a veces ordenaba y dirigía ceremonias religiosas, además de actuar como juez y notario pronunciandose en toda clase de asuntos: litigios sobre bienes muebles e inmuebles, matrimonios, divorcios, particiones de bienes, testamentos. Al igual que el pretor de Roma el cadí tenía sus delegados en las pequeñas ciudades bajo su jurisdicción, y actuaba normalmente en una sala de la mezquita o a veces en su propia casa, rodeado de asesores y ulemas que le asesoraban en materia religiosa. Levy-Provençal dice que la justicia de los árabes en su forma de actuación era la justicia menos solemne del mundo; el cadí se sentaba en el suelo y a su lado los consejeros, testigos, etc., con un mínimo de formalidades. En la Granada nazarí se desarrollaban los juicios en la llamada Puerta de la Justicia del palacio de la Alhambra.

El derecho era un aspecto de la vida religiosa árabe, y en el Corán junto con todos los preceptos que regían la vida religiosa de los mahometanos, de unos 6.000 versículos no llega ni a la décima parte los que de algún modo se refieren a materias jurídicas. El Corán por tanto es la primera fuente del derecho musulmán (que por eso no constituye una ciencia autónoma) del mismo modo que organiza y regula todos los aspectos vitales de los creyentes; la religión lo llena todo y el derecho es una proyección de la religión regulado por criterios religiosos que impregnan toda actuación de los creyentes. La ley musulmana es una ley que al modo occidental podríamos llamar canónica; es una ley revelada que resulta de la interpretación de fuentes generales y sagradas, en primer lugar el Corán, libro redactado después de la muerte de Mahoma que recoge la revelación inspirada por el arcángel Gabriel, libro revelado por Alá y sustancialmente sus preceptos son a la vez religiosos, morales y jurídicos. El Corán debía ser interpretado por los juristas que lo tenían como libro sagrado, al igual que la Biblia para los cristianos, o en cierta manera también Las Pandectas de Justiniano para los juristas de la Baja Edad Media, pero éstos solamente las veneraban como ratio scripta sin connotaciones divinas; sin duda como fuente de gran autoridad, pero sujeta a revisiones como toda obra humana, revisiones en las que empezaron a destacar los primeros humanistas.

Además del Corán, y en lo que no estaba comprendido en el Corán, los musulmanes tenían como fuente del derecho la sunna, la tradición que recogía los hechos, dichos y hasta la conducta de Mahoma en cuanto su conducta se entendía como expresión de la voluntad de Alá, y así como el Corán es la revelación explícita, la sunna era la revelación implícita. A través de la conducta de Mahoma se adivinaba una revelación divina, conducta que fue narrada por los compañeros de Mahoma en colecciones llamadas hadit, narraciones de los hechos y dichos del profeta que se iban repitiendo y constituyendo una serie de tradiciones integradas en la sunna, fuente importante en la que se inspiraban los juristas musulmanes para interpretar el derecho. Del hadit se hicieron diversas colecciones, y como es frecuente en estos casos unas se consideraban auténticas y otras inadmisibles, porque incluso a veces se contradecían y era preciso aclararlas. Al lado de estas dos fuentes del derecho existe otra que hace recordar la jurisprudencia romana: el yma’a que venía a ser la opinión autorizada de los intérpretes. También se habla de otro tipo de fuentes, el kyyás, razonamiento analógico en los casos en que las fuentes no habían previsto exactamente el caso en examen que se podía resolver mediante la analogía derivada de otros casos (en la que como decimos en España había identidad de razón).

Sobre aquel conjunto de tradiciones o sunna se construyó una ciencia de la tradición que ha suscitado distintos criterios, porque estas narraciones a veces se adulteraban, y dado el vigor de la polémica y agitación entre las escuelas y las pugnas entre los grupos políticos que más que grupos políticos eran facciones entre los árabes (y lo mismo sigue ocurriendo en nuestros días con las disputas por ejemplo entre suníes y chiíes), llegó un momento en que la tradición se interpretaba según las tendencias del grupo dominante, y hoy aparece la sunna como una maraña de ideas en las que hay distintas tradiciones árabes, y se ha discutido que muchas de ellas se han formado por un grupo o secta religiosa falsificándolas para atribuir al texto algo que favoreciese a la secta correspondiente. También pueden verse en estas tradiciones influencias judías y cristianas citando pasajes del Antiguo Testamento con apelaciones a Abraham, Moisés, y Jesús, los tres considerados profetas por los musulmanes.

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