Revista internacional de derecho romano



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Este sentido apocalíptico ya había sido tenido en cuenta en la guerra contra los belicosos guerreros persas emprendida por Justiniano, autoprocalamado defensor de la fe católica y muy inmiscuído en las disputas teológicas31 que humillantemente logró la paz pagando una cuantiosa indemnización de guerra, y siempre hubo guerra contra los persas hasta que el emperador bizantino Heraclio que reinó desde el 610 al 641 firmó la paz. En este clima en que los árabes se abaten contra Bizancio a partir del 634, dió lugar a una nueva época de terror que colocó al Islam en un contexto apocalíptico y escatológico32, teniendo en cuenta lo que en su comentario a la Biblia el teólogo sirio Efraim (s. V) había dicho de los ismaelitas, sucesores de Ismael que para Efraim era “un obstinado asno salvaje procedente del desierto”. Pero no solo es medieval esta visión escatológica de Mahoma, porque esta misma visión vuelve a surgir en Europa en el s. XVI con motivo de las razzias turcas en la Europa oriental que sustituyeron el imperio bizantino cristiano por el imperio otomano musulmán en 1453. Martín Lutero (1486-1543) en su Arenga contra los turcos (1529) había declarado la existencia de dos Anticristo (tesis que se difundió entre los protestantes): en Roma el Papa, y en Oriente los turcos, surgiendo enconadas guerras entre turcos y cristianos que se aplacaron en la batalla naval de Lepanto en la que intervinieron naves de diferentes naciones europeas al mando de don Juan de Austria al servicio de Carlos l rey de España (potencia cristiana hegemónica en aquellos momentos) y emperador del Sacro Imperio con la numeración Carlos V. En este contexto se comprende que Mahoma como fundador de la fe islámica tuviera una consideración si no como Anticristo, sí como personaje funesto contrario a la Iglesia católica, hasta que el relativismo que trajo la Ilustración por obra de Voltaire y Gibbon arrumbó aquella concepción demoníaca de Mahoma. Pero sin duda hay una cierta secuencia histórica en la lucha de cristianos contra musulmanes; si en España había acabado esta lucha en 1492, vuelve a surgir en el siglo siguiente, acabando con la expulsión de los moriscos, y como decía al principio los últimos coletazos de las tensiones entre cristianos y musulmanes han vuelto a resurgir en la recentísima ex- Yugoeslavia33.

Esta consideración enlaza con una tradición cristiana contraria a los profetas del primitivo cristianismo. El propio San Pablo (Ep. ad Cor.12,28) admite la existencia de profetas además de los apóstoles y discípulos de Jesús, hombres con ciertas doyes carismáticas34 que anunciaban revelaciones a las comunidades cristianas que desaparecieron a finales del s. III rechazadas por la organización de la Iglesia que empezaba a jerarquizarse de un modo orgánico hasta que se impuso la autoridad del papa de Roma avanzada la Edad Antigua. A todo esto hay que añadir que a mediados del s. II surgió en Frigia (Asia Menor) el profeta Montano que tomando ideas del cristianismo mas primitivo predicaba una ética muy rigurosa ante el supuestamente inminente fin del mundo imponiendo muy severos ayunos, logrando cierta difusión en Europa y norte de Africa. Enfrentada la Iglesia a Montano, desde entonces rechazó cualquier profecía como forma ilegítima de predicación de la doctrina cristiana tal como se iba perfilando en los concilios a partir del s. IV, partiendo del importantísimo concilio de Nicea del 325 que condenó el arrianismo. Arrio muerto en el 336, y mas tarde Nestorio muerto en el 451, difundían doctrinas que implicaban la negación de la naturaleza divina de Jesús. El concilio de Nicea fue convocado y presidido por el emperador Constantino iniciando una política de colaboración con la iglesia de Roma que por las injerencias políticas (y hasta dogmáticas) del emperador sobre la Iglesia convino en llamarse cesaropapismo. Poco después, en el 395 Teodosio I reconoció el cristianismo como religión oficial del Estado. Todavía siguieron surgiendo nuevas herejías y tensiones con la Iglesia oriental dedicada a cuestiones abstractas propias de una ideología hipercrítica35, hasta la total afirmación del papado de Roma especialmente con San Gregorio Magno (590-604), campeón de la unidad religiosa de Occidente en torno a la Iglesia de Roma.

En este contexto desde una óptica cristiana se comprende que Mahoma fuera para los cristianos medievales un hereje y falso profeta: desde el Libro de las Herejías se le atribuyó un conocimiento elemental y defectuoso del Antiguo y Nuevo Testamento, y está documentado que Mahoma tuvo que convivir con cristianos36 y hebreos cuyas religiones eran practicadas en Arabia antes de la predicacion del Corán37. Una vez iniciada la predicación islámica aquellas religiones comenzaton a encontrar crecientes dificultades para su práctica en territorios musulmanes que siguen persistiendo actualmente. Pero a la vez hay que pensar que también por estos contactos de alguna manera se conectaba el Corán con la Biblia; incluso se acusará a Mahoma de haber falsificado en el Corán materiales bíblicos38, y hasta haberlos trivializado como afirmó Martín Lutero. Es por eso que en la secuencia histórica de ataques a la ortodoxia cristiana, en la misma línea que Arrio primero, mas tarde Nestorio, y ahora Mahoma, se les alineara como herejes; a todo esto se suma la leyenda (no está demostrada su autenticidad) del contacto de Mahoma con un monje herético nestoriano39 (unas veces llamado Bahira y otras Sergius40) del que Mahoma tomó ciertas ideas como la consideración de Jesús sólo como profeta (sura 19,30), y la negación de hijo de Dios (sura 19,35).

He querido exponer sucintamente la historia o los primeros tiempos de la religión islámica porque tendrá grandes consecuencias en la historia de España; tampoco podemos olvidar los relatos épicos de las “chansons de geste” medievales en las que abundan narraciones poéticas de luchas entre cristianos y musulmanes, y por la incidencia que el derecho musulmán pudiera haber tenido en la España sometida al Islam; el derecho ante todo es un producto cultural (y artificial41), cuyo valor prescriptivo debe reflejar la realidad del pueblo al que sirve.

Tornando a la andadura de los musulmanes en España, el emirato cordobés dura hasta el 929 en que el emir Abdelrahman III toma el título de califa42 desvinculándose de la autoridad religiosa del califa de Bagdad, y por un tiempo restablece una cierta unidad territorial después de luchar con los gobernadores árabes de Badajoz y Toledo, sucediéndole en el trono su hijo Al-Hakhem II (961-976). Desde entonces se producirá una época de gran esplendor de la cultura árabe en España. Al-Hakhem II es incuestionablemente el principal soberano en España y no sólo le rinden homenaje los reyes cristianos (de León y Navarra) y los condes de Castilla y Barcelona, sino que recibe embajadas de Bizancio y del Sacro Imperio Romano Germánico43. Con el siguiente califa, Hissan II (976-1009), quien efectivamente ejerció el poder fue Al-Mansur (castellanizado Almanzor) muerto en el 1002 en la batalla de Calatañazor, una especie de primer ministro (hachib) y gran general que llegó hasta Santiago de Compostela (y al respecto es interesante la lectura de la Historia Compostelana iniciada bajo los auspicios del arzobispo Gelmírez), luchando tanto contra los cristianos como contra las familias nobles árabes mientras el califa vivía recluído en el palacio de Medina Zahara. De nuevo Córdoba alcanza una extraordinaria vida polìtica44, artística45 religiosa46, cultural47, científica48, con una gran tolerancia entre las religiones conviviendo en Córdoba ulemas musulmanes, rabinos judíos y un obispo cristiano. En los primeros tiempos de la predicación de Mahoma los musulmanes tenían una gran tolerancia con los llamados hombres del Libro (la Biblia), y los cristianos podían convertirse al Islam o mantener su religión pagando un tributo personal, causa de que se convirtieran a la fe de Mahoma muchos cristianos, que una vez convertidos no podían apostatar de su nueva fe (todavía hoy en las naciones musulmanas de rigurosa ortodoxia la apostasía lleva aparejada pena de muerte).

En general la actidud de los árabes fue tolerante con los cristianos, lo que hizo que en la zona ocupada por los musulmanes hubiera muchos cristianos hispano-visigodos que vivían en contacto con los árabes, los llamados mozárabes que viviendo bajo el dominio árabe seguían conservando su fe cristiana, costumbres y hasta en algunas ciudades tenían una especie de autoridad y gobierno propios; cuentan las crónicas que entre los mozárabes hubieron muchos que prestaban servicios a los árabes, incluso como recaudadores de impuestos. Los mozárabes fueron adoptando un tipo de vida y cultura muy influído por los árabes, y el arte mozárabe (que mas tarde pasaría a la España cristiana) está muy influído por el musulmán. El problema de los mozárabes49 constituye un capítulo apasionante de la historia de España, porque aún asimilando formas de vida árabe quedaba entre cristianos y árabes un punto de fricción que era la religión; en la propia Córdoba a finales del s. IX llega un momento en que comienzan a rebelarse por la agobiante presión fiscal pasando a maldecir la religión islámica estimulados por Eulogio, obispo de Córdoba, dando lugar a una serie de conflictos con gran número de mártires cristianos que ofrendaban su vida en aras de la fe cristiana, originando un grave problema religioso que obligó a las autoridades eclesiásticas cristianas en territorio musulmán (el obispo de Córdoba y el metropolitano de Sevilla) a convocar un concilio prohibiendo a los cristianos brindarse al martirio en aras de su apasionamiento religioso, medida que no frenó el problema sino que lo mitigó parcialmente.

Viviendo entre los árabes estos romano-visigodos continuaban practicando con dificultades, y muchas veces privadamente su culto cristiano, y al ser liberados de los árabes los territorios sometidos los cristianos que habían adoptado el rito romano se encontraron con que los mozárabes seguían un rito mas antiguo y menos evolucionado, el llamado rito mozárabe, que aún en nuestros días sigue practicándose en algunos sitios, y hoy en Toledo, liberado por Alfonso VI en 1085 en la catedral de Toledo hay una capilla en que la misa católica sigue oficiándose siguiendo el rito mozárabe (a la que he tenido ocasión de participar personalmente).

Los mozárabes a medida que va tomando importancia la monarquía asturiana que brindaba nuevas posibilidades de vida mas parecidas a las visigodas, procuran ir hacia el norte de España significando a su vez una renovación en los reinos cristianos. Subiendo hacia el norte los mozárabes llegan al Duero aportando un nexo cultural entre musulmanes y cristianos trayendo el arte mozárabe y un estilo de vida arabizante. Generalmente emigraban en grandes masas a medida que venían a España nuevas invasiones de musulmanes -los almorávides en 1086, los almohades en 1147- furiosos fanáticos de su fe que obligaban a los mozárabes a huir, emigración que a su vez implicó un punto tangencial de contacto entre árabes y cristianos.

La unidad territorial musulmana que había logrado Abd-el-Rahman III se fragmenta en los llamados reinos de taifas (1031-1086) que van desintegrando el califato de Córdoba disuelto en diversos principados (llegaron en algún momento a ser 23 aunque a finales del s. XII sólo quedaban 10), asimismo enfrentados entre sí hasta que a finales del s. XII una invasión de almohades restablece momentáneamente la unidad de Al-Andalus bajo mando árabe, pero muy pronto volverían a reaparecer los reinos de taifas musulmanes hasta que los Reyes Católicos a finales del s. XV unifican bajo la corona de Castilla todos aquellos territorios constituyendo de nuevo España desde entonces (antes lo había sido con la monarquía visigótica) un Estado unitario cristiano (y a la preservación de la fe cristiana se dedicaría con gran ferocidad en la Edad Moderna la Inquisición50 contra los llamados moriscos, los judíos conversos al cristianismo que privadamente seguían practicando su religión originaria, y la nueva disidencia protestante.

Las desavenencias políticas internas entre los árabes fueron las que en el fondo permitieron a los hispanos del norte ir constituyendo en el mismo s. VIII un pequeño Estado de carácter monárquico, porque además el norte nunca fue conquistado enteramente por los árabes (tampoco lo había sido setecientos años antes por las legiones romanas, (especialmente el territorio habitado por los vascones, lo que a mi modo de ver puede explicar algunas de las consecuencias que sigue teniendo el actual problema identitario vaso o la misma persistencia de su lenguaje, el euskera, que no es románico sino probablemente incluso preibérico51). A partir de la rebelión capitaneada por don Pelayo en las montañas astures, Galicia y el noroeste de España quedan libres y por aquí empieza la expansión de los reinos cristianos52. El primitivo reino cristiano del norte traslada su capital desde Cangas de Onís a Oviedo y se va extendiendo por Galicia y Portugal repoblando las zonas yermas hasta Oporto y Coimbra que constituyen una zona aislada bajo los auspicios políticos de la monarquía asturiana.

Las tierras del Duero quedaron despobladas y no había en ellas ni árabes ni cristianos, zona que será poco a poco repoblada por la monarquía asturiana a medida que se iban concretando las fronteras de lucha. En realidad la lucha entre cristianos y musulmanes se limitaba a simples campañas de verano emprendidas por los árabes en busca de saqueo y botín, pero no había una línea de frente contínuo entre ambos bandos que vivían con relativa estabilidad separados por la zona del río Duero, inmenso despoblado donde no se conocía la lucha. Por tanto el contacto entre cristianos y árabes no fue una pugna tan grande en los primeros tiempos. Frente a la idea de Sánchez Albornoz que pretende ver a árabes y cristianos en lucha permanente, quizá lo correcto sea suponer que sólo de vez en cuando había campañas militares pues hubo reyes de Asturias que nunca fueron molestados por los musulmanes que no se percataron, quizá por su indolencia y luchas internas, de la amenaza que representaba la monarquía cristiana para su futuro político. Si no se puede hablar de controversia, tampoco se puede hablar de lucha sin cuartel; eran dos mundos distintos separados por la planicie de Castilla53, mientras que el carácter montañoso del norte permitía a los cristianos vivir sin gran temor de los árabes. Una pugna constante no es probable, por lo que se puede apreciar una relativa influencia árabe en España gracias a aquella precaria paz. Es conocido que el 6 de mayo de 1085 Alfonso VI54 (1065-1109), rey de León y Castilla reconquistó Toledo casi sin resistencia por parte musulmana.

La reconquista de Toledo fue celebrada jubilosamente por toda la Cristiandad y a la vez alarmó considerablemente a los musulmanes temerosos de una gran guerra por parte de los cristianos. Ante esta amenaza el rey musulmán de Sevilla, Al-Mutamid, de consuno con los reyes árabes de Badajoz y Granada, solicita la ayuda de los almorávides, belicosos guerreros que pretendían una especie de renovación islámica que por entonces ya habían sometido a todas las tribus del norte de Africa. Los almorávides derrotan a Alfonso VI en Sagrejos en el 1086 e inmediatamente retornan a Africa, regresando a Al-Andalus en el 1089 llamados de nuevo por Al-Mutamid; esta vez permanecen asentados en la España musulmana durante cuatro décadas, pero relajado su primitivo rigor ascético de nuevo se rebelan los reinos de taifas en 1144 con la ayuda de una nueva invasión islámica, esta vez de los almohades55 que se asientan en los territorios hispánicos musulmanes derrotando a Alfonso VIII, rey de Castilla, en la batalla de Alarcos el 10 de julio de 1195. Ante la llamada del papa Inocencio III a principios del s. XIII, se unen los reyes cristianos y derrotan a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212) retirándose definitivamente los almohades de España en 1229. Desde entonces se inicia la decadencia musulmana en España hasta que son vencidos y expulsados por los Reyes Católicos en 1492.

En los primerísimos tiempos de la Reconquista los cristianos de las montañas cantábricas parecen estar orientados en cierta manera en torno al ideal visigodo que conocían con anterioridad a la conquista islámica. Aunque es polémico el tema del neogoticismo de la monarquía astur-leonesa, da la impresión de que latía la tendencia a restaurar el antiguo Estado visigodo. Parece que en este orden de ideas se manifestó Alfonso II el Casto que restauró Oviedo donde puso su corte, dando a la monarquía asturiana los primeros vuelos extendiéndose a Galicia. Este rey construye la primera basílica de Compostela inciando con el brillo del culto a Santiago uno de los factores que para Américo Castro servirá de base a la estructura política de los reinos cristianos. Acaso haya sido decisivo en la expansión de los reinos cristianos no sólo el ideal neogótico sino también otros ideales procedentes de Europa como la idea imperial romano-germánica que constituyó el gran fermento político de los reinos cristianos centro-europeos, con repercusiones en España cuando Alfonso X el Sabio a mediados del s. XIII pretendió –sin lograrlo- aspirar al torno imperial56.

En lo que había sido Imperio Romano de Occidente fermentaba ahora una nueva vida. En las antiguas Galias romanas se habían asentado pueblos francos de estirpe germánica, y uno de sus reyes, Carlomagno, va a intentar restaurar el Imperio Romano siendo coronado emperador por el papa León III en la navidad del año 800. El hecho de colocar sobre la cabeza de un rey franco la corona de emperador significaba fundir las tradiciones romana y germánica con el sello cristiano, creando los fundamentos del Sacro Imperio Romano Germánico que los emperadores Otones darán continuidad en Alemania una vez dividido entre sus hijos el imperio creado por Carlomagno en el tratado de Verdún del 843. Desde el punto de vista político Carlomagno pretendió revivir el ideal soñado por Justiniano de restaurar la grandeza política y territorial del antiguo Imperio Romano, reunificación que a pesar de los titánicos esfuerzos militares de los grandes generales bizantinos Belisario y Narsés impulsados por Justiniano, tuvo una vida efímera. Pero si no pudo dar continuidad a la reconstrucción del Imperio Romano, sí puso Carlomagno en el s. IX los cimientos de una nueva unidad europea sobre la idea romana del Imperium que desde Constantino se venía basando en la simbiosis entre poder político y poder religioso (cesaropapismo) que los emperadores de la pars Orientis habían exaltado hasta concentrar en sus manos el poder político y religioso conjuntamente de lo que da clara muestra Justiniano, frente al orden de ideas occidental que en la medida que el papa de Roma iba asentando su suprema autoridad religiosa57 a la vez se abría paso la tesis de las dos potestates tal como había sido expuesta por Gelasio58 preconizando la existencia de dos sociedades distintas pero complementarias: Imperio e Iglesia, poder político y poder religioso que en la España visigoda ya se había venido institucionalizando en los concilios de Toledo, lo que referido al Estado visigótico hispano y para poner de relieve las diferencias entre la monarquía visigoda y la teocracia imperial bizantina, hace decir a Fuenteseca59 que frente a la nobleza visigoda se percibe la supremacía de la Iglesia española que impone el sistema electivo del monarca desde el IV Concilio de Toledo, iniciando una relación entre goticismo y nacionalismo eclesiástico que perdurará en la historia de España hasta la Constitución de 1978 superada la etapa franquista.

El año 800 en que Carlomagno es coronado emperador aún estaba afianzándose la monarquía asturiana sobre los riscos del norte de España; también los reyes asturianos empiezan a utilizar el título de emperador influídos por la idea imperial agitada por Carlomagno que tiene su reflejo en España en los modestos reyes de las montañas astures; por esta vía llega a España una corriente política europea y Alfonso II utiliza el título de emperador, difundiéndose en los inicios de la Reconquista la cultura europeísta con base romanística por dos vías: una vía política a través de la idea imperial, y una vía religiosa vinculada al culto a Santiago. En este punto la España cristiana tuvo la suerte de que se difundiese la leyenda que en Compostela había una tumba apostólica, de forma que España quedó unida a Europa por una vía de espiritualidad que fue el camino de Santiago envolviendo con prestigio apostólico la tradición jacobea (que sigue vigente en nuestros días con numerosísimos peregrinos de todas las naciones, y especialmente en cada Año Santo compostelano), a la vez que ganaba adeptos la idea imperial. Se ha sostenido por algunos medievalistas que la tesis imperial y el ideal jacobeo se unen un un punto concreto: la tesis imperial significaba que los papas y los emperadores no sólo eran dos poderes paralelos sino que el emperador era coronado por el papa fundiendo el poder religioso y político. Para que los reyes de aquella época tuvieran alto prestigio político era neesario a su lado un prestigio religioso, y se entendió en España que el poder religioso procedía de Santiago cuyos obispos comenzaron a tener cada vez mayor predicamento, e incluso alguno utilizó ciertas ostentaciones pontificales.

El poder político de los reinos cristianos comienza a tener nuevos ideales: un gran foco religioso (Santiago de Compostela), y un gran poder político al igual que había ocurrido en Europa con la dinastía carolingia, inciando contactos con Francia los reinos cristianos del norte de España. El propio Carlomagno llega a intervenir en España y pretendió tomar Zaragoza siendo derrotado, o mas bien se retiró antes de tomar Zaragoza regresando a Francia y dando lugar al nacimiento de una de las grandes leyendas medievales, la Chançon de Roland, cuando los hispanos de las montañas del norte destrozan la últma parte del ejército franco surgiendo la leyenda de la gran victoria de Roncesvalles y la muerte de Roland, el mejor héroe de Carlomagno. En España las peregrinaciones a Santiago tienen a partir del s. X y sobre todo en el XII y XIII gran influencia francesa; vienen a España los monjes cistercienses que introducen una gran corriente artística (el románico), y el camino de Santiago se convierte en una ruta de espiritualidad paneuropea haciendo de punto de unión de la monarquía española con Europa.

Entre tanto el mundo árabe hispano seguía viviendo con gran esplendor, un esplendor que fascinaba a los cristianos. Los árabes vivieron una brillante época cultural y artístico, acaso solo contrarrestada por el esplendor del culto a Santiago. Al-Andalus siguió manteniendo grandes contactos con el resto del mundo musulmán que le permitió dar a conocer importantísimos textos literarios, filosóficos y científicos del Mundo Antiguo recogidos por los sabios árabe-hispánicos que difundieron su conocimiento en Europa. Desde Córdoba se irradiaba un gran movimiento cultural con grandes figuras del pensamiento árabe. En Córdoba se respiraba un ambiente de luz y cultura especialmente desde el s. X al XII; se estudiaban obras procedentes de Oriente y los grandes tratados filosóficos griegos; se cultivaban las ciencias: medicina, alquimia, astronomía, astrología, y en general esta época supuso para el mundo de la inteligencia árabe un momento de gloria que no ha sido aún superado. Cierto que la primacía de los religioso impregnaba todo el mundo andalusí, hecho que no impidió la aparición de algún disidente como Ibn Masarra. Proliferaron en Al-Andalus grandes textos literarios en verso (jézeles y muwashajas) y en prosa. Ibh Hazem (994-1063) es uno de los grandes poetas autor de “El collar de la paloma”; Ibn-Jaldun fue un historiador importante siendo muy conocida su introducción a la Historia universal (Al-Muqaddimah); Ibn-Rus conocido en el mundo cristiano como Averroes (1126-1 198) significó un hito fundamental para que fuera conocida en Europa la obra de Aristóteles, y gracias a los científicos andalusíes se difundió el sistema de numeración de origen indio (que seguimos utilizando) que acabó sustitiyendo al romano; Abulcasis (916-1013) escribió una excepcional obra en la que exponía todo el saber médico-quirúrgico que sería muy pronto traducida al latín.

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