¡Resonemos experiencias! El quehacer de los colectivos de video en México y Argentina. Carlos Francisco Baca Feldman



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¡Resonemos experiencias! El quehacer de los colectivos de video en México y Argentina.

Carlos Francisco Baca Feldman

México

Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades – BUAP

Resumen:

La ponencia que aquí se presenta tiene como objetivo poner a discusión la categoría de experiencias resonantes de comunicación para poder comprender de una manera más adecuada el quehacer de los colectivos de video en México y Argentina. En este abordaje quiero dar cuenta de que estas experiencias resonantes se pueden comprender a través de tres elementos que las diferencian de otro tipo de procesos pues son históricas, colectivas y negativas. Históricas porque en ellas se encuentra una constelación de acontecimientos vividos en las comunidades, reflejados en el producto audiovisual. Colectivas porque no sólo son aprendizajes individuales sino que se generan a partir de la conjunción de diferentes saberes y formas de comprender(se) en el mundo. Negativas porque buscan romper constantemente las formas de comunicación reificadas. A partir de ello, sin olvidar las contradicciones y límites a los que estos colectivos se enfrentan constantemente, considero que la intención de éstos no se queda sólo en la intención de generar “otra comunicación”, sino (re)plantear las posibilidades de construcción de nuevas relaciones sociales más allá del fetichismo de la mercancía.



Palabras clave:

Experiencias resonantes de comunicación / colectivos de video / luchas anti-capitalistas / proceso de producción audiovisual / grieta / débil fuerza mesiánica

En esta ponencia quiero discutir el proceso de producción audiovisual de colectivos de video en México y Argentina como experiencias resonantes de comunicación. En otras palabras, situar el punto de partida para este estudio no desde la tecnología o los colectivos en sí mismos; sino como formas de lucha dialécticas, en las que se conjugan los actores y sus herramientas como proyectos políticos en, contra y más allá del mercado y el Estado (Holloway, 2011). Desde mi punto de vista, ello nos puede ayudar a pensar en las potencialidades que representa la creación de experiencias de comunicación como prácticas emancipatorias. Para poder lograr el objetivo antes mencionado, es necesario partir del hecho de que estos colectivos no se encuentran aislados de los procesos sociales capitalistas.

Los medios de comunicación han sido a lo largo del tiempo herramientas que sirven para relacionar ideas y formas de ver el mundo entre diversos actores. En ese sentido, han jugado un papel muy importante en la construcción de esquemas sociales de jerarquización y dominación; al mismo tiempo, estas herramientas han facilitado prácticas emancipatorias y cambios en las estructuras dominantes. En este contexto, se han modificado los sistemas de actitudes, valores, representaciones y creencias para justificar una situación política y socio-económica que ha convertido la labor de los medios en la Sociedad del Espectáculo, denominada así por Guy Debord (1998).

Sin embargo, el proceso de penetración del capitalismo en las esferas de la vida nunca es total. En realidad cada una de estas contradicciones son resistencias ante procesos que intentan hacer de las relaciones entre seres humanos formas mercantilizadas de convivir. No somos completamente capital, pero tampoco podemos estar completamente fuera de él y sus procesos. De ahí la importancia del planteamiento de John Holloway (2011) al hablar de que todo aquello que conforma nuestro hacer se encuentra en, contra y más allá del Capital. En otras palabras, la tecnología desarrollada en muchos sentidos para la producción de mercancías y el control de las clases dominantes sobre la sociedad, también se ha utilizado por diferentes grupos sociales para consolidar y difundir modos de ver(se) y pensar(se) que pretenden romper con la fetichización mercantilista de la comunicación. En general, podemos decir que la comunicación, y sus medios, son elementos que permiten (re)configurar relaciones sociales entre diversos individuos, ya sea para la reproducción del capitalismo o para buscar formas de romper con él.

Por ello, considero que centrar la mirada en el proceso de producción que llevan a cabo los colectivos de video no puede partir de un examen de su condición como hecho aislado y asimilable desde su apariencia superficial. El análisis del uso de las tecnologías de la comunicación, en específico de la producción audiovisual, debe acompañarse de una estrategia que permita situarlo como parte del antagonismo propio de la sociedad capitalista. Es decir, los estudios de las formaciones sociales deben de ver en ellas los elementos que les envuelven en su contradicción como formas en constante movimiento y resignificación, más que como estructuras estáticas. Basado en estas premisas, me gustaría señalar que las experiencias resonantes de comunicación, como luchas anticapitalistas, tienen por lo menos tres elementos fundamentales: son históricas, son colectivas y son negativas.


Negar para abrir las posibilidades de construcción de “otra comunicación”


Con los argumentos vertidos en la breve introducción, pienso que resulta importante pensar el quehacer de los colectivos de video como luchas anti-capitalistas negativas en donde lo central son los sujetos que las crean y (re)crean, más allá del medio que utilizan para la creación y difusión de sus mensajes. Este elemento es el modo en el que los colectivos de video se encuentran en un proceso colectivo de lucha por la construcción de “otro mundo”. En muchos de los estudios de la comunicación se habla de medios de comunicación, lo cual deja al sujeto rebelde que hace productos comunicacionales como un elemento más del análisis, no como el centro del mismo.

La lucha que se expresa en la creación del video como experiencia de comunicación contiene en sí misma una potencialidad distinta que viene con la expansión propia de las tecnologías de la comunicación. En otras palabras, contiene las posibilidades de dar resonancia a las luchas mismas en las que se convierte como una herramienta para las prácticas emancipatorias específicas. Un ejemplo que podemos pensar sobre la resonancia, más allá de poder retratar las luchas sociales a través de documentales y hacerlas visibles ante el público que no estaba ahí, es pensar en cómo al ponerse del lado de la lucha en los momentos álgidos de enfrentamiento es necesario tomar en cuenta como fuentes de información a aquellos que no suelen ser escuchados en los medios masivos. Por ello no resulta extraño ver en videos independientes, miradas diferentes de la cámara, la cual se encuentra del lado de los manifestantes en vez de estar detrás de la policía, como lo podríamos observar en la mayoría de noticieros comerciales. De esta manera, al estar el videasta resistiendo codo a codo se vuelve parte de la lucha misma, entrega la propia experiencia, recibe experiencia de los otros compañeros y eso se ve reflejado en última instancia en el producto audiovisual.

En este orden de ideas, una perspectiva que nos ayuda a pensar este proceso es la de la débil fuerza mesiánica de Walter Benjamin (2007). Ahí se nos permite ver en todos los aspectos cotidianos de la sociedad las potencialidades de romper con el aplastamiento de la estructura capitalista. Esta visión no se centra en un “mesías” que viene desde un lugar lejano y tiene el poder para cambiar las situaciones de opresión, sino que está en cada acto humano como una capacidad de transformación escondida bajo la reificación de la vida. Así, este autor, en su análisis de la Obra de arte en su época de reproductibilidad técnica (2003), como lo decíamos más arriba, rescata en los actores y trabajadores de los medios masivos la contradicción entre el trabajo asalariado y su sujeción a las estructuras de los medios y su potencialidad para expresar sus deseos de construcción de “otro mundo” a través de la comunicación. Los colectivos de video también viven esa constante contradicción al emprender su labor desde esquemas de obtención de recursos, distribución y exhibición que pueden cercar su propia expresión colectiva como lucha anti-sistémica.

Las contradicciones son muchas y se reflejan en distintas dimensiones del quehacer de estos colectivos. Claudia Magallanes (2005), al referirse al video indígena en México, narra la manera en que diferentes colectivos enfrentan las lógicas del mercado de la producción audiovisual en las etapas de producción, distribución y exhibición. En todos estos momentos los comunicadores buscan maneras, la mayoría de forma colectiva, de poder seguir realizando su labor.

Por ejemplo, una forma de enfrentarse a las limitantes de los derechos de autor o Copyright es que, aunque la mayoría de los materiales que producen tienen audiencias seleccionadas desde un inicio, la pretensión generalizada es que no sea un impedimento para poder verlos la necesidad de comprar el producto. En este sentido, Cine en Movimiento, tiene más de 200 videos en su canal de YouTube para que puedan ser consultados por quien así lo desee. De la misma manera, Ojo de Agua difunde en su página de Internet una cantidad bastante amplia de películas realizadas por ellos.

Sin embargo, hay contradicciones más difíciles de subsanar como la manera en la que tienen que obtener recursos económicos los miembros de los colectivos para su supervivencia individual. El antagonismo entre el trabajo concreto y el trabajo abstracto, así como las formas de luchar en, contra y más allá de ello se reflejan en la vida cotidiana de los miembros de estos colectivos. Ante ello, algunos colectivos optan por restringir sus videos y obtener ganancias mediante la venta de éstos. Grupo Alavío, por ejemplo, vende sus materiales a precios muy módicos y junto con otra selección “pirata” de películas en un puesto que ponen semanalmente en la plaza de San Telmo (Pierucci, entrevista personal, 2014). Otros más como Ojo de Agua, Cine en Movimiento y el CAI han encontrado formas de financiamiento estatal o privado que permiten obtener ingresos de manera constante.

Tomando en cuenta la perspectiva que he esbozado, considero que es necesario prestar atención a todos estos procesos pues también reflejan la lucha constante que se da en el capitalismo ante la fetichización de nuestro quehacer. Por ello, pienso que resulta adecuado acercarnos a la teoría de la grieta propuesta por John Holloway. Para él, “la única manera de pensar en cambiar el mundo radicalmente es como una multiplicidad de movimientos intersticiales, partiendo desde lo particular” (2011: 33). Holloway, tomando como base el antagonismo entre trabajo abstracto y trabajo concreto desarrollado por Marx, señala que el problema esencial en el modo de producción capitalista es la negación del hacer en su proceso de abstracción y valorización que lleva a la explotación de los seres humanos sobre los seres humanos. Sin embargo, entiende esta valorización del trabajo no como algo acabado sino como un proceso antagónico continúo en el que se expresan los deseos y posibilidades de construcción de otras formas de relacionarnos más allá de la fetichización de la mercancía. Las grietas, entonces, son esos otros momentos y espacios en los que nuestro hacer se expresa más evidentemente en, contra y más allá del capital.

Sin embargo, las grietas no son ahistóricas sino que responden a contextos espaciales y temporales específicos en donde se desarrolla el capitalismo. Resulta adecuado, entonces, pensar también a las experiencias resonantes de comunicación, como los colectivos de video, desde su perspectiva histórica.


La historia y sus rupturas en la producción audiovisual


Por otro lado, este tipo de experiencias son históricas porque entienden este proceso histórico como un continuo ir y venir entre el pasado-pasado, pasado-presente y pasado-futuro en constante movimiento. Los videos que, en última instancia, generan memoria audiovisual de las comunidades en donde se desarrollan estos colectivos reflejan la redención de las luchas del pasado. Pero es una redención que no quiere comprender el pasado con nostalgia de lo que “pudo haber sido” sino con la redención de lo que “todavía puede ser” (Benjamin, 2007). En ese sentido, las luchas que retratan se nos presentan como las últimas cosas antes de las últimas (Kracauer, 2010).

Por ello, no se trata sólo de que los materiales audiovisuales que producen atiendan a una serie de contingencias y problemáticas que requieran una acción inmediata. Por ejemplo, la difusión de un determinado abuso policiaco hacia la comunidad, la denuncia de apropiación de una parte de su territorio por alguna empresa extractiva o la divulgación de una manifestación colectiva. Ni es sólo el dar continuidad a las tradiciones, fiestas, formas de organizar la vida, etc. En cada uno de estos mensajes se ve reflejada la esperanza (a veces contradictoria) de la generación de nuevas condiciones que posibiliten “otras relaciones sociales” más allá de la reificación propia del capitalismo. En este sentido, la acción política en estos colectivos traspasa lo meramente urgente y otorga un sentido histórico de transformación en cada video que se realiza. Un ejemplo que puede ayudarnos a comprender este argumento es conocer la historia de Grupo Alavío en Argentina.

Si bien es cierto que, con la crisis de 2001, como esperanza de creación de nuevas formas en las relaciones sociales no mercantilizadas, se da una expansión de experiencias de comunicación en Argentina, las formas de comunicación alternativa se han utilizado de muchas maneras a lo largo del siglo XX. Tal es el caso de la utilización de medios en el movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo o la serie de herramientas comunicacionales que favorecieron transiciones políticas en el peronismo o con la caída del Proceso de Reorganización Nacional, nombre con el que se autodenominó la dictadura existente entre 1976 y 1983.

A partir de los años noventa mucho de los videos que realiza Grupo Alavío tienen que ver con el movimiento obrero y, a partir de los sucesos de diciembre del 2001, se han centrado en el tema del trabajo autogestionado en fábricas recuperadas. Probablemente un ejemplo que refuerza la relación que tiene el colectivo con la lucha misma que quiere retratar es que el lugar en el que realizamos la entrevista y el lugar de trabajo del colectivo es el Hotel Bauen, una de las primeras empresas tomadas y que sigue funcionando colectivamente desde hace ya varios años.

El ejemplo de Grupo Alavío nos deja ver que todo ello tenía como objetivo articular las similitudes entre los diferentes movimientos que se dieron en las diferentes épocas. La intención, entonces, es la utilización del video como manera de generar intercambio de experiencias entre las diferentes luchas y hacerlas resonar para potencializar sus alcances. Sin embargo, cada una de las experiencias que resuenan a través de sus proyectos audiovisuales no sólo retratan lo inmediato de las resistencias, sino que logran a través de la memoria histórica reflejada en el material audiovisual redimir aquellas luchas del pasado que se hacen presentes en la lucha de hoy.

Así como este ejemplo, podemos encontrar que existe una relación estrecha entre las luchas anti-capitalistas dentro del proceso histórico y la creación de colectivos de video. En este sentido, podemos rastrear la genealogía de estos colectivos a partir de lo que Benjamin (2007) nombra como rupturas del tiempo lineal homogéneo, estos momentos que marcan tiempos nuevos distintos, formas de cambiar el rumbo de la historia y que constantemente seguirán latiendo en el camino de la construcción de “otro mundo”.

En México, por ejemplo, no podemos pensar la historia reciente sin comprender la importancia que tuvo una ruptura como el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1° de enero de 1994 en Chiapas. La lucha que han seguido las comunidades zapatistas comprende bien el sentido de la opresión histórica hacia los pueblos originarios desde hace más de 500 años y que han provocado una profunda segregación no sólo económica, sino también política, cultural y social. Entre muchas de las resonancias que ha tenido esta lucha se encuentra el cambio de rumbo en la comunicación de los pueblos originarios.

De la misma manera, otra ruptura que marca un cambio de rumbo en la historia de los colectivos de video en México es el movimiento generado por la Asociación Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006. En este proceso, generado a partir de las protestas de los maestros de la sección 22 del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación, se integraron grupos muy variados de personas que cansadas de los embates del gobierno en turno pedían la renuncia del exgobernador Ulises Ruiz. Además de las barricadas como formas colectivas de organización comunal, un aspecto muy relevante fue la ocupación del espacio radioeléctrico con su propia estación de radio comunitaria, Radio Plantón, y la toma de diferentes medios de comunicación públicos y privados (Baca-Feldman, 2013).

A partir de esta ruptura vivida en Oaxaca en 2006, podemos volver a plantear el cambio de rumbo que toma la historia a partir de las luchas sociales, que también va a encontrar forma en los colectivos de video. Ojo de Agua Comunicación es ejemplo de esta premisa. El colectivo no surge a partir del 2006, ya tenía varios años trabajando en la formación de comunicadores indígenas en la región con el fin de que ellos mismos pudieran retratar sus costumbres y tradiciones, pero también denunciar los abusos que han sufrido. Sin embargo, en 2006, cuando el colectivo también organiza el VIII Festival de Cine y Video de los Pueblos Indígenas, se unen al movimiento de la APPO y relatan a través del video los sucesos que se dan en las protestas de ese año.

En general el argumento que me gustaría sostener a partir de estos relatos es que los colectivos de video no son ahistóricos, sino que en el mensaje que transmiten se puede rastrear una serie de luchas históricas que hacen resonar constantemente las posibilidades de construcción de “otro mundo”. Sin embargo, esta historia que relatan nunca es individual, siempre es colectiva como el proceso histórico mismo. Ello porque “el movimiento de las grietas es un movimiento de experiencia, muy a menudo un aprendizaje en lucha” (Holloway, 2011: 46).


La comunicación se construye en colectivo


El elemento mismo de realizar proyectos audiovisuales que vayan más allá de la individualidad de los comunicadores se ve reflejado en la forma en la que nos referimos a este tipo de experiencias: “colectivos de video”. Pero, ¿qué significa la colectividad en la producción audiovisual? Dicha pregunta suele ser muy difícil de responder y, probablemente por ello, muchas de las conceptualizaciones sobre estas experiencias han buscado darles un término distinto. La premisa de que en este tipo de experiencias es más importante el proceso que el producto ha sido desarrollada por diversos autores y, sobretodo, como un objetivo constante que se persigue en los colectivos. Y esto no se da sólo en los colectivos, también cada una de las luchas que retratan y de las que forman parte lo son.

En este sentido, el concepto de medios comunitarios tiene como elemento constituyente la solución a la pregunta de ¿quién produce? En algunos casos se trata de un esquema horizontal en el que todos los actores tienen decisión y los micrófonos o cámaras están abiertos para cualquiera; en otros, hay actores y grupos específicos que “controlan” quién y cómo pueden participar en el medio. Apoyando esta concepción, Antoni Castells i Talens señala que “la videoproducción comunitaria puede contribuir al empoderamiento personal y colectivo, a la desmitificación de los medios comerciales, a revertir los roles de poder y a fortalecer la fuerza colectiva” (2003: 3).

Con este mismo objetivo, diferentes colectivos se han especializado en desarrollar y mostrar el funcionamiento de herramientas tecnológicas de la comunicación, como el video, en la construcción de espacios que permiten a los participantes en la realización de estos materiales audiovisuales la discusión y resignificación de sus propias relaciones sociales, fomentando así estrategias de cambio en las comunidades a las que pertenecen (Rodríguez, 2001).

Si observamos el trabajo de Ojo de Agua en Oaxaca, Promedios en Chiapas o de Cine en Movimiento y Grupo Alavío en Buenos Aires, nos daremos cuenta que las personas que son retratadas en los videos son las mismas que tuvieron una participación importante en las decisiones de la realización de los productos audiovisuales. Por ejemplo, el primer trabajo audiovisual realizado por Cine en Movimiento se tituló Los de andar con pies descalzos (2002). En este corto documental se retrata la vida de un grupo de jóvenes en situación de calle del barrio de Liniers en Buenos Aires. La técnica que utilizaron fue dar la cámara a estos jóvenes para que ellos eligieran lo que querían retratar de su vida cotidiana, sus amigos, la gente que les ayuda, etc. La elección del título y la canción que acompañan las imágenes también fueron decisión de ellos (García, entrevista personal, 2014).

Otros ejemplos los podemos encontrar en el quehacer de colectivos mexicanos como Ojo de Agua o el Campamento Audiovisual Itinerante (CAI), ambos del estado de Oaxaca. El primer caso, son formadores que, como ya lo habíamos mencionado, llevan ya varios años implementando talleres que permiten el acercamiento de diferentes comunidades a las TICs con el objetivo de potencializar sus luchas y tradiciones. Un ejemplo específico de este tipo de acercamientos son las videocartas que lleva a cabo este colectivo con niños de las comunidades oaxaqueñas. En ellas se relata la forma de vida que se sigue en dichas poblaciones, pero a partir de lo que deciden narrar los propios niños. De esta manera, los infantes se vuelven también realizadores y actores de su propia argumentación.

El caso de CAI es distinto pues la intención es realizar un curso que incluye todas las etapas de producción audiovisual y otros contenidos temáticos sobre la manera de abordar la realidad social audiovisualmente a partir de un enfoque comunitario. Todo ello se realiza en comunidades distintas en el interior del estado de Oaxaca, tiene una duración aproximada de un mes y pueden acceder a la convocatoria jóvenes de todo el país que deseen iniciarse o reforzar sus conocimientos sobre la producción audiovisual.

En su tercera edición, realizada en Calpulalpan de Méndez, el tema central fue el de generación de contenidos a partir de la perspectiva de la comunalidad. Ello nos deja ver que existe una relación estrecha entre los contenidos que se desean generar para los productos audiovisuales y la manera de entenderse en el mundo de los sujetos a los que retratan.

Con estos ejemplos podemos ver que los procesos de formación y las asociaciones que dedican su trabajo a esta esfera se han conformado como espacios que promueven la capacitación sobre el uso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs), así como la reflexión sobre lo que significa la utilización de estas herramientas en la trasformación social.

Sin embargo, si bien es cierto que estas experiencias se presentan como una posibilidad que permite la utilización de las TICs a sujetos que previamente no tenían acceso a ellas, no dejan de presentar contradicciones propias del modo de producción capitalista. Por ejemplo, muchos de los capacitadores se han educado en universidades y espacios formales donde se enseña la estética y utilización tecnológica propias de una forma mercantilista de la comunicación. De la misma manera, en muchos de los espacios de formación (por las limitaciones propias de estas experiencias) se recurre a convocatorias que permiten un límite de participantes, lo que hace que muchos interesados se queden fuera. Por otro lado, en dichos espacios se desenvuelven ciertos actores que ya han sido reconocidos por una comunidad de videastas, lo que suele reducir la participación de los asistentes a las mimas personas en los distintos espacios. Por último, muchos de estos esfuerzos (aunque no todos) se concentran en los días en que se reúnen los participantes para la formación, sin dar continuación a los procesos pensados más a mediano o largo plazo.

A pesar de las contradicciones descritas, considero que es importante acercarnos a este tipo de experiencias colectivas de formación por diferentes razones. En primer lugar, los espacios que se abren durante los talleres o cursos de capacitación suelen tener diálogos y discusiones en las que los participantes reflexionan críticamente sobre su hacer como videastas, pero también como miembros de una comunidad y sobre la posibilidad de pensar “otro mundo posible”. En segundo lugar, aunque los conocimientos puedan provenir de los estándares académicos del cine y la comunicación, resulta común ver que estas líneas de producción se resignifiquen y generen nuevas formas de hacer video. Otro aspecto importante es el hecho de que, al ver la posibilidad más cercana de la utilización de las TICs, los participantes comienzan a realizar sus propias estrategias para generar sus propios contenidos audiovisuales e, inclusive, apropiarse de otras tecnologías. Por último, las experiencias individuales y colectivas que se dan en estos espacios pueden tranferirise a las comunidades en las que viven los participantes, generando nuevos espacios de formación para la creación de video.

Así, desde mi punto de vista, la experiencia que se da en el proceso de producción audiovisual con miras a la utilización del video como herramienta de trasformación social debe comprenderse como un proceso dialéctico en constante contradicción, pero sin perder de vista las posibilidades de rompimiento con el capitalismo que conlleva. Considero que los procesos de formación son experiencias colectivas de lucha porque no sólo se imparten conocimientos sobre el uso de la tecnología, sino que se reflexiona ampliamente sobre la utilización de esta tecnología en el marco de las trasformaciones necesarias para los problemas sociales a los que se enfrentan los participantes en su vida cotidiana.

Para finalizar…


A manera de conclusión, si pensamos desde esta perspectiva histórica, colectiva y negativa de la experiencia, los colectivos de video son sujetos que pueden ayudarnos a penetrar en estas dimensiones de la construcción e intercambio de experiencias resonantes pues cuentan con características específicas en su hacer que permiten situarlos desde una perspectiva distinta a otras luchas sociales. Por un lado, en el mensaje mismo que emiten a través de sus productos audiovisuales suelen negar formas mercantilizadas de la comunicación, constituyen un mecanismo para que la finitud de la memoria de la lucha no se extinga con ella y suelen ser construcciones discursivas construidas desde y para la colectividad. Por otro lado, en el mismo proceso de construcción de los mensajes se dan espacios de discusión colectivos que reconstruyen el pasado de sus comunidades para hacerlo presente y se piensan procesos sociales que atañen a su vida cotidiana y que van más allá de la realización del video.

Desde esta postura, pensar a los colectivos de video y los procesos que de ellos se desprenden como experiencias resonantes de comunicación, en lugar de como medios de comunicación, puede ayudar a visualizar la manera en que dichos procesos rompen con la lógica de la separación entre sujeto y objeto. Esto no sólo en la medida en la que los miembros de una determinada comunidad pueden participar en la elaboración de un producto audiovisual, sino en la manera en que la apropiación de este proceso genera una ruptura o no con la identidad. Preguntas como ¿qué se quiere narrar?, ¿quiénes pueden o deben narrarlo?, ¿cómo narrarlo?, ¿a quién narrarlo?, ponen en constante diálogo las esferas de la opresión capitalista con los deseos y esperanzas de resignificarse contra y más allá de lo que se dice que deben ser y hacer en el capitalismo.

Desde mi punto de vista, en un primer momento, pensar estas experiencias a partir de un examen crítico nos permite ver que rompen con la identidad que permite a ciertas personas ser cineastas y a otras no. En un segundo momento, estas experiencias también resignifican constantemente la conceptualización que los enmarca en una determinada esfera de actuación, nombrándoles como indígenas, desocupados, activistas, campesinos, etc. Por lo tanto, en los procesos de producción, exhibición, recepción y discusión de los productos audiovisuales los sujetos se encuentran en una constante resignificación de lo que son, lo que quieren ser, cómo quieren serlo y, todo ello, en una permanente contradicción con lo que se ha conceptualizado de ellos en una sociedad capitalista. Sin embargo, todos estos temas deben ser ejes en la discusión pues se encuentran en constante contradicción entre lo que ocurre en la realidad y lo que se dice en el discurso.

Lista de referencias



Baca-Feldman, C. (2013). El papel de la radio comunitaria en el panorama mediático mexicano del Siglo XXI. Los casos de Radio Teocelo, Radio Huayacocotla, Radio Plantón y Estéreo Comunal [Tesis de Maestría no publicada]. Puebla: BUAP.

Benjamin, W. (2007). Conceptos de filosofía de la historia. Buenos Aires: Terramar Ediciones.

Castells i Talens, A. (2003). Cine indígena y resistencia cultural. Chasqui.

Debord, G. (1998). La sociedad del espectáculo. Recuperado el 18 de diciembre de 2010, de maldeojo.com: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/Societe.pdf

Holloway, J. (2011). Agrietar el capitalismo. Buenos Aires: Herramienta.

Kracauer, S. (2010). Historia. Las últimas cosas antes de las últimas. Buenos Aires: Las cuarenta.



Magallanes, C. (2005). Video tecnología y medios independientes. Códigos, 95-112.

Rodríguez, C. (2001). Fissures in the Mediascape. An international study of citizen's media. New York: Hampton Press.


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