Representaciones historicas



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PUEBLOS ORIGINARIOS DEL ACTUAL TERRITORIO CHILENO



Los pueblos del Norte Grande
Al finalizar el siglo XV, dos grandes modos de vida se desarrollaron en el Norte Grande: uno nómade ligado a la explotación del mar y otro sedentario de base agrícola. En este último es posible encontrar también dos tradiciones que distinguen pueblos específicos: una tradición del desierto y una tradición altiplánica que da cuenta de la población dominada por grupos andinos, especialmente los reinos aymaras.



  • Los nómades del mar:

Los historiadores se refieren al grupo nómade con el nombre de Changos. Estas bandas de cazadores-recolectores y pescadores habitaron en la costa norte hasta Taltal, y si bien tenían una economía bastante simple, intercambiaban productos con los grupos sedentarios de los valles y oasis del desierto.

La explotación marina era posible gracias a un ingenioso sistema de embarcación elaborado con cueros de lobos marinos, cocidos e inflados como flotadores, los que unidos a una plataforma conformaban las llamadas Dalcas o balsas de cuero de lobo. Provistos tan solo con esta precaria embarcación, anzuelos y arpones, practicaban la pesca del mar adentro y también cazaban algunos cetáceos.

Desarrollaron un sistema de conservación de productos a través de la desecación, aprovechando las condiciones climáticas de la región. No se tiene claridad del origen de estos grupos.


  • Los agricultores de tradición altiplánica:

En los valles del norte estaban asentados diversos grupos agrícolas, que en esta zona se ven sometidos e influenciados indirectamente por los Incas, a través del dominio que los grupos altiplánicos ejercían sobre ellos. Algunos de estos poblados corresponden incluso a colonias de esos reinos aymaras, cuya finalidad era la explotación directa de estos ambientes o pisos ecológicos y ser puntos intermediarios con los grupos costeros. La historia tradicional de Chile no les da un nombre específico a estos grupos, ya que por siglos estos territorios pertenecieron a Perú y Bolivia; sin embargo, la arqueología se refiere a ellos con el nombre de cultura Arica, para la población de los valles de Azapa, Lluta y Camarones, e incluso la desembocadura del río Loa.


  • Pueblos de tradición del desierto:

El pueblo que mejor representa la tradición del desierto es el Atacameño o San Pedro, según la denominación arqueológica, que se encuentra ubicado en torno al oasis del salar de Atacama. Sus orígenes se remontan al periodo temprano y su auge corresponde esta cultura se vincula con Tiwanaku.

La organización del pueblo Atacameño corresponde al de un señorio, es decir, una sociedad que reconoce a una autoridad principal alzada por su origen o linaje, la que cuenta con una serie de privilegios y que se sustenta en el prestigio que el dirigente logra mantener, por sus contactos con otros grupos y su manejo ritual, entre otros aspectos.

A pesar de que vive en un oasis, su economía no se ve muy limitada gracias a que tienen como principal actividad el comercio a través de caravanas de llamas, que les permite obtener productos de distintos ambientes, desde la costas hasta la selva trasandina Los productos que circulan por aquí no son solo alimenticios; una parte de ellos tiene un carácter suntuario (plumas y piedras semipreciosas) o ritual (diversas sustancias sicotrópicas o alucinógenas)

Por ser San Pedro un lugar estratégico en las rutas de intercambio, la presencia Inca fue directa en esta zona. Los Tambos (albergues y centros de acopio) y centros administrativos, se combinan con Pukaras (fortalezas) y centros de explotación minera, porque los recursos minerales fueron más importantes para los Incas que la producción agrícola local.


Los pueblos del Norte Chico
En los fértiles valles de esta región semidesértica se desarrollaba en el siglo XV, el pueblo Diaguita, cuyos orígenes se remontan hacia el 900 d.C.

Comunidades familiares llevaban una vida aldeana, en la que había un cierto grado de especialización, al menos así lo indica el refinamiento de su alfarería. Los cronistas españoles que recorrieron estos territorios junto a los conquistadores describen diferencias culturales, como la lengua, para cada uno de los valles en que habitaron; Copiapó, Huasco, Elqui, Limarí y Choapa, aun cuando se ha dicho que todos hablaban Kakan.

Los diaguitas basaban su economía en una estrategia militar múltiple; tenían una agricultura bastante desarrollada y que producía importantes excedentes (maíz, quínoa, porotos, algodón), gracias al riego artificial por medio de canales; contaban con ganados de camélidos que pastoreaban entre valles y la cordillera, y, además no habían abandonado la caza y recolección tanto en el interior como en el mar.

La ocupación incaica fue directa y tuvo como intereses fundamentales la explotación minera de cobre y la extracción de piedras semipreciosas. Sin embargo la población diaguita fue incorporada a todo el sistema incaico: se instalaron centros administrativos, se conectaron estos territorios a través del camino del Inca, sometieron a tributación a la población local y reclutando mitimaes que apoyaran el avance del imperio inca hacia el sur.


Los pueblos de la zona centro-sur
Este territorio estaba poblado por un conjunto de comunidades medianamente autónomas entre sí, aún cuando compartían muchas características culturales como el idioma, posiblemente formaban parte de la misma etnia. Entre ellos había grupos de agricultores incipientes, ubicados en el tramo norte, horticultores seminómades en el valle longitudinal y cazadores recolectores en la costa y en la cordillera.
Los aconcaguas o picunches
Entre los ríos Choapa y Tiguiririca, se desarrolló un pueblo cuyos orígenes parecen trasandinos, ya que tienen grandes diferencias con respectos de a los grupos más antiguos que habitaron este territorio.

Eran de habla mapudungun y llevaban una vida aldeana de base agrícola y posiblemente ganadera, parecida ala de los diaguitas. Sus asentamientos eran pequeños y estaban conformados por una población que mantenía lazos de parentesco.

La llegada del incanato transformó profundamente a esta sociedad, lo que se reflejó no solo en la pérdida de su independencia política, sino también en sus prácticas económicas, su forma de organizar el trabajo e incluso en sus ritos funerarios.
Los promaucaes
Al sur del Biobío, en la cordillera de Nahuelbuta, habitaban, comunidades hortícolas conocidas como arqueológicamente con el nombre de El Vergel. Los incas las llamaron promaucaes, que vendría a significar “gente incivilizada y guerrera”, ya que fueron los pueblos que no lograron subyugar.

Estas comunidades carecían de una estructura jerárquica fuerte y piramidal, porque se regían con un sistema de clanes en los que cada grupo reconocía como autoridad al hombre que está más cerca del antepasado fundador del grupo. Esa autoridad los representa frente a los jefes de as otras parcialidades, para presentar quejas territoriales, resolver conflictos o congregarse en ciertas ceremonias y ritos.

Las diferencias socioeconómicas existían pero no fundamentales, ya que no iban de la mano del poder político, los privilegios se daban únicamente en relación a la posesión de bienes y la extensión de la poligamia.

En relación a los pueblos cazadores recolectores de habla mapudungun, en la costa vivían grupos familiares que habían hecho de la explotación del mar la base de su subsistencia, especialmente la recolección de moluscos. Eran los llamados huilliches. En los bosques cordilleranos, en tanto, desarrollaban su existencia con la recolección de piñones y cazadores de animales menores y aves. Estos grupos, también organizados en bandas familiares, tienen profundas raíces históricas en la región, siendo sus continuadores, los pehuenches.

Ambos grupos mantenían relaciones de intercambio con los grupos hortícolas del interior, con quienes compartían el idioma y las bases de un mismo sistema de creencias.
El origen de los mapuches
La conquista incaica primero, y la hispana a partir del siglo XV, incentivaron la unificación de los diversos grupos de promaucaes, que tradicionalmente se mantenían autónomos. A ello se sumaron también los cazadores recolectores costeros y cordilleranos, por lo que se fusionaron aún más los rasgos culturales de todos ellos.

La necesidad de enfrentar una guerra sin precedentes, hizo surgir un nuevo tipo de autoridad: los tokis o jefes de guerra que encabezaban rebeliones en extensos territorios.

Es de esa fusión, a la que rápidamente se incorporan también aportes hispanos, como el caballo y las monedas para la platería, que surgirá una nueva cultura, la que permanece viva hasta vuestros días: los mapuches o gente de la tierra.
Los habitantes de la zona austral
En esta apartada región, los climas rudos y de relieve desmembrado, se desarrollaron dos grandes modos de vida, ambos nómades con base en la caza y la recolección: los que tuvieron una orientación a la explotación del mar y aquellos que hicieron de las pampas su hábitat. Todos estos grupos tienen hondas raíces en la zona y posiblemente son los descendientes de los cazadores paleoindios que llegaron a este territorio hace unos 13.000 años atrás. No desarrollaron una agricultura ni la alfarería ni la arquitectura; sin embargo, se supieron adaptar a un medio hostil y con una tecnología simple, lograr su subsistencia.

Los cazadores terrestres
Dos grupos étnicos son los principales representantes de este modo de vida en lo que hoy es territorio chileno: Los Selk`nam, a quienes tradicionalmente se les ha llamado Onas, vocablo de origen yámana –pueblo que mantuvo mayores contactos con los navegantes y viajeros-, quienes vivían principalmente en Tierra del Fuego, y los aónikenk, que habitaban en las pampas cercanas al estrecho de Magallanes.

Ambos grupos estaban organizados en torno a pequeñas bandas familiares que se desplazaban de un lugar a otro según la disponibilidad de frutos estacionales para la recolección y la presencia de animales de caza, entre los que destacaba el guanaco. Los aónikenk cazaban también ñandúes y ocasionalmente pumas. No se perciben grandes diferencias en el modo de vida de ambos grupos; sin embrago, la lengua y la posterior influencia de los tehuelches permite diferenciarlos.

En ocasiones, se reunía más de una banda con motivo de alguna ceremonia, como el Kloketen, que se celebraba como rito de pasaje a la adultez.
Los canoeros
Distribuidos en un territorio de archipiélagos, fiordos y canales, encontramos a tres grupos de canoeros: los chonos, en el archipiélago de las Guaitecas e incluso Chiloé; los yámanas, que vivían en los canales del sur, por lo que mantuvieron contacto con las naves que utilizaban la ruta del estrecho de Magallanes y, los Kawaskar, conocidos con el nombre Yámanas o Alacalufes y que habitaban en los canales centrales, es decir, los ubicados al norte del estrecho de Magallanes.

Estos grupos canoeros se hallaban dispersos por un territorio que es muy extenso, y su modo de vida ligado a la canoa hacía que su organización social no sobrepasase la unidad familiar. Solo cuando cazaban ballenas o aprovechaban una que había varado, se reunía más de una familia, para coordinar el trabajo y aprovechar los recursos que proveía la caza.

De estos tres grupos, los yámanas eran los que tenían una vida más ligada al mar, ya que incluso su vivienda principal era la canoa, alojando en tierra solo cuando las condiciones climáticas podían poner en peligro la vida de los miembros de la familia. En cambio, los chonos y kaweskar construían refugios en tierra para pasar las noches y los temporales.

Los Rapa Nui
La historia de la Isla de Pascua merece atención particular, ya que su devenir esta lejano al proceso que vivió el territorio continental americano. Los primeros pobladores llegaron a la isla en un tiempo bastante tardío, en comparación a lo que fue el poblamiento de América, en una fecha cercana al 400 d.C. Estos hombres y mujeres no habrían llegado desde el noreste de Asia sino desde la Polinesia, y todos los datos arqueológicos parecen apuntar s du origen en el archipiélago de Las Marquesas.

Estos navegantes polinésicos trajeron consigo su cultura y los productos agrícolas con los que se sustentaría la isla. Los rapanui llevaban una vida aldeana, cuya base económica estaba centrada en la agricultura, a pesar de la pobreza de los suelos y al fuerte proceso de erosión que ha experimentado la isla desde su poblamiento. Complementaban su economía con la pesca y la recolección de productos del mar, ya que su aislamiento no les permitía obtener bienes de otras latitudes.

La estructura social de los rapanui era muy rígida y se basaba en un sistema de linajes agrupados en clanes que reconocían una autoridad máxima a un jefe que llamaban Ariki, quien ejercía además el poder religioso.

Los 12 clanes registrados históricamente formaron confederaciones que se repartieron la isla en dos mitades, enfrentándose continuamente por territorios y poder; estos conflictos explicarían la destrucción de los moais, que representaban a los antepasados del clan. En la nobleza se encontraban los sacerdotes-sabios, y los artesanos especializados. Luego venían los guerreros, los agricultores y los pescadores. Finalmente estaban los derrotados en las guerras y que eran sometidos a una situación de esclavitud por los clanes ganadores.

El primer contacto con europeos se produjo en 1772, con un avistamiento y desembarco en el día de Pascua de Resurrección, de allí el nombre actual de la isla. Esta expedición, de origen Holandés, registro grandes enfrentamientos, lo que evidenciaba una sociedad en crisis. En los siglos venideros esclavistas peruanos asolarán la isla para conseguir mano de obra para trabajar en las guaneras, lo que hará casi desaparecer a esta cultura, cuya integración al territorio chileno se producirá recién en 1888.
El pueblo Aymara
Integrado por más de tres millones de personas que se distribuyen entre Perú, Bolivia y Chile, el pueblo aymara es hoy una de las etnias más importantes de Sudamérica. Dotados de una fuerte cohesión étnica que se sustenta en el uso de la lengua y la organización social propia, los aymaras han sobrevivido a siglos de explotación económica y aculturación forzada, adaptándose exitosamente a los más diversos contextos políticos.

Los primeros pueblos de lengua aymara se asentaron en las áreas vecinas al lago Titikaka y al altiplano surandino en el siglo XII, tras la destrucción del gran centro ceremonial de Tiwanaku. Un siglo después formaron los señoríos y confederaciones étnicas que, con base en el altiplano, colonizaron los valles de oriente y poniente de la cordillera los andes, accediendo de esta manera a distintos pisos ecológicos. Hacia mediados del siglo XV los Incas conquistaron el altiplano y sometieron a los señoríos aymaras.

La conquista española, llevada a cabo por Francisco de Pizarro en 1532, inicio un periodo de profundos cambios en la sociedad aymara. Los indígenas fueron repartidos en encomiendas, mientras que las nuevas enfermedades traídas de occidente causaban estragos en la población nativa. El sistema colonial alcanzó su madurez con las reformas introducidas por el Virrey Francisco de Toledo en la década de 1570, quien ordeno la reducción de los indígenas en pueblos, el traspaso de las encomiendas a la corona española y el envío anual de trabajadores a las minas de plata de Potosí. Asimismo, en esa misma época se instalaron las primeras misiones estables en territorio aymara, las que iniciaron una activa campaña de extirpación de idolatrías.

Durante el siglo XIX, la población aymara quedó repartida en tres países distintos. Las nuevas fronteras nacionales que se fijaron tras la guerra del pacífico cortaron los lazos históricos tras los aymaras de Tarapacá y los del resto del altiplano, impidiendo el acceso a los distintos pisos ecológicos de la característica organización social aymara.

A principio del siglo XX, las autoridades chilenas iniciaron una intensa campaña de chilenización de la población aymara en Tarapacá, a través de la educación pública y el servicio militar, la que se vio reforzada con una creciente migración a las ciudades, que traería profundas consecuencias sociales. El proceso se masificó a mediados del siglo XX, debido al empobrecimiento de las comunidades aymaras del interior, y al auge que vivió Arica tras la creación del puerto libre.

Los aymaras que migraron a las ciudades costeras de Tarapacá crearon complejas redes de intercambio con sus parientes campesinos, a la vez que aprovecharon las oportunidades que abrió la integración económica con Perú y Bolivia en 1990. Predominantemente urbana, la población aymara de la actualidad ha logrado recrear una identidad propia en un difícil tránsito a la modernidad.






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