Representaciones historicas



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LOS INCAS
La diversidad geográfica en el antiguo Perú.
Debido a las diferencias geográficas en la zona donde se formó el imperio Incaico, ninguna región puede ser autosuficiente. El mar proporciona peces y mariscos, de las costas se obtiene el guano fertilizante, en los valles desérticos maíz, calabazas y porotos y en las alturas la quinoa, el cereal andino y la papa. En la estepa fría cordillerana domina la paja brava, para alimento de auquénidos, hacia el oriente en la yunga (selva) calurosa y húmeda se da la coca. La variedad de paisajes y recursos obligó al hombre andino a una permanente búsqueda de mecanismos que le permitieran tener acceso a todos los recursos; a unir la costa con los valles intermedios, la sierra y las yungas. Los incas no estuvieron ajenos a esa necesidad y cuando iniciaron su expansión incorporaron al imperio sociedades localizadas en las diversas regiones. Ellas tenían una rica tradición cultural que fue adoptada por los conquistadores. Así el Tahuantinsuyu pasó a ser un mosaico de culturas y civilizaciones que sintetizaban el pasado de los Andes Centrales. Los incas aportaron un sistema organizativo que permitió la integración de tantos pueblos distintos.

Origen legendario e historia
Los Incas contaban que el Dios Sol, Inti apiadado de la vida casi animal que llevaban los hombres decidió enviar a dos de sus hijos, Manco Cápac y Mama Ocllo, para que los “civilizasen”. Los colocó, premunidos de una vara de oro, en la isla del sol en el lago Titicaca, ordenándoles que fundasen una ciudad en el sitio donde aquélla se hundiese en la tierra. Caminaron hasta llegar al valle del Cuzco, donde se cumplió el anuncio del dios padre. Ambos hermanos contrajeron matrimonio, fundando un linaje del cual deberían salir los futuros gobernantes de la urbe. Los datos arqueológicos parecen demostrar que los Incas eran una tribu procedente de algún lugar cercano al lago Titicaca, que arribó al valle del Cuzco, quizás en busca de tierras cultivables a comienzos del siglo XIII. Compartieron el territorio con otras tribus que vivían allí. Hubo frecuentes luchas entre ellas por tierras fértiles hasta que el noveno rey, Pachacute Inca Yupanqui, y sus sucesores, Topa Inca Yupanqui y Huayna Cápac lograron delinear las fronteras del imperio, que abarcó desde Quito en Ecuador hasta el río Maule en Chile y desde la costa a la cordillera andina.

Fue Cuzco el orgullo de los Incas. La ciudad estaba protegida de ataques enemigos por una inmensa fortaleza, la de Sacsayhuamán y otras fortificaciones menores. Las callejuelas, convergían en una gran plaza. En torno a ella, se hallaban los palacios de los reyes y los templos. El más importante estaba dedicado al Sol y se le conocía como Corincancha. Desde la capital cuatro caminos se dirigían hacia los puntos cardinales donde se ubicaban los suyus o provincias: el Chinchaysuyu (norte), el Collasuyu (sur), el Antisuyu (este) y el Contisuyu (oeste). De allí deriva el nombre de Tahuantinsuyu, que significaba el imperio de los cuatro Suyus.


La expansión incaica: sus motivaciones
El Monarca sólo heredaba el cargo; todas las riquezas, que pertenecían a su padre eran heredadas por el resto de sus hermanos. De tal modo que su preocupación fundamental al asumir el mando era procurarse aquéllas en zonas cada vez más alejadas del Cuzco. Para tal efecto hacía uso de emisarios a fin de que convencieran al pueblo elegido para que se incorporara al Imperio, ante la negativa se enviaba al ejército de conquista. Todos los miembros del imperio debían prestar servicio o mita militar.

Por ese motivo los ejércitos imperiales estaban conformados por guerreros no Incas, sólo la oficialidad pertenecía a este pueblo. Las armas y el vestuario de los soldados eran proporcionadas por el Estado. El alimento se obtenía de las bodegas o Tambos que el propio Estado mantenía a lo largo de los caminos imperiales. Incorporado un pueblo, debía entregar su territorio al emperador, quien procedía a dividirlo en tres partes: una para la comunidad, otra para el Estado y el emperador y otra para la Iglesia. Los tamaños eran variables, dependiendo de su calidad y fertilidad. Como el monarca permitía que el pueblo siguiese usufructuando de una superficie cultivable, sus habitantes estaban obligados a devolver ese favor trabajando las otras tierras.


Economía incaica.
a) La agricultura: Las tierras de la comunidad eran repartidas por el jefe o Curaca, anualmente, entre las diversas familias.

Las tareas agrícolas se efectuaban comunitariamente. Filas de 10 o más hombres, provistos de un madero endurecido al fuego, con punta curva y un soporte en la parte inferior para impulsarlo con el pie, la taclla, avanzaban abriendo surcos en la tierra, tras ellos iban las mujeres que echaban las semillas y tapaban las sementeras.


b) El ganado, una propiedad estatal: En las vegas y bofedales andinos pastaban los auquénidos que pertenecían al Estado. Llamas y alpacas se hallaban domesticadas. Aportaban lana, que se distribuía entre la población, y servían como medio de transporte. Parte del ganado era también destinado al sacrificio en honor del dios Sol, ceremonia en la que también se quemaban enormes cantidades de mantas y frazadas bellamente tejidas. No era común matar estos animales para comerlos, pues las proteínas se obtenían de cuyes, perros, patos, pescados, mariscos y aves silvestres.
c) Comercio e Industria: El intercambio comercial no alcanzó las proporciones de Mesoamérica, pues el Estado era el dueño de todos los bienes de producción y, por lo tanto, se encargaba de distribuirlos. La nobleza era la única con capacidad de negociar. Trabajaron los metales, hicieron telas de algodón y lana, y fueron notables ceramistas.

Una amplia red de caminos facilitaba el traslado y las comunicaciones. Estas carreteras en la montaña llegaron a unir Cuzco con Quito. Los caminos eran cruzados constantemente por caravanas de auquénidos y por los Chasquis, mensajeros que mantenían al tanto de los sucesos ocurridos en los más apartados rincones del Imperio.


d) Sistemas de trabajo: El trabajo estaba regido por dos sistemas: la Minka y la Mita. En la Minka participaban hombres y mujeres a quienes en compensación por las labores prestadas se les festejaba con comidas y alimentos en medio de ruidosos cantos y bailes. Para la Mita, en cambio, se pedía al Curaca que organizara turnos de trabajo, generalmente muy cortos, a fin de ejecutar una tarea. De tal modo el imperio se aseguraba la continuidad de los trabajos sin afectar el normal desenvolvimiento de

las actividades de la comunidad. Al mitayo se le proporcionaban vestidos, alimentos y las herramientas necesarias. Para regular la mita se llevaban censos de población para lo cual se utilizaban los quipus un notable sistema de contabilidad formado por cuerdas de distintos colores.
La estructura sociopolítica.
La sociedad Inca estaba conformada por varios ayllus o linajes, que constituían la base de su organización social. Sus miembros estaban emparentados a través de la línea paterna, razón por la cual debían casarse con hombres o mujeres de otros ayllus. Todos tenían un antepasado mítico común: el Sol. El ayllu más destacado era el imperial. Sólo de entre sus miembros podía ser elegido el soberano. Para conservar la pureza de la sangre divina, éste debía contraer matrimonio con una hermana. Únicamente los hijos habidos en ella se consideraban legítimos. El ayllu poseía tierras claramente delimitadas y dentro de éstas las actividades se desempeñaban comunitariamente; los hombres estaban ligados a través de una serie de obligaciones recíprocas que los impulsaban a ayudarse mutuamente.

Al frente del gobierno se hallaba el Sapa-Inca, adorado como un verdadero dios, hijo de Inti. Le asesoraba un Consejo integrado por los gobernantes de los Suyus.

La sociedad incaica distinguía varios estratos. En el primero se encontraba la nobleza, conformada por todo el pueblo inca, los hijos del sol, encabezada por las familias de los diversos reyes; monopolizaba los altos cargos administrativos y la dirección del ejército. Los hijos se educaban en escuelas especiales, las Yachayhuasi, regidas por amautas u hombres sabios. Un segundo nivel lo ocupaban los “incas por privilegio”: Curacas o jefes de aldea, a quienes se otorgaba esta categoría a fin de incorporarlos a las funciones administrativas. Luego venían los hombres libres, purej, quienes debían tributar en mano de obra tan pronto como contraían matrimonio. Ello en razón de que a partir de ese momento recibían tierras en sus aldeas originales, “regalo” del soberano que debía ser retribuido.

En el último tramo se hallaban los sirvientes perpetuos o Yanaconas. Desarraigados de sus comunidades natales debían laborar para el Inca o la persona a quien éste los donaba. La condición de Yanacona era heredada por los hijos. A la misma categoría pertenecían las acllas o mujeres escogidas para el servicio del Emperador, a algunas de ellas, las mamacunas, se les destinaba eternamente al servicio de la Iglesia


Cultura y religión en los incas
Conocían con bastante exactitud la duración del año y mes lunar. Disponían de un calendario que regulaba las actividades agrícolas y religiosas, derivado de la combinación del año solar con los doce períodos lunares.

En medicina lograron acumular las experiencias adquiridas por las civilizaciones más antiguas. Practicaban riesgosas operaciones, como la trepanación de cráneos.

El mayor mérito de los Incas fue estructurar políticamente el imperio y homogeneizarlo. Para ello impusieron el runa-simi o quechua como lengua universal, sin prohibir las propias, y el culto al Sol conjuntamente con las deidades locales; mantuvieron en sus cargos a los Curacas que les juraban fidelidad, y no rompieron las estructuras de parentescos sociales imperantes en cada pueblo.

Utilizando sendas y caminos antiguos, construyeron, como ya se ha dicho, una extensa red vial que unía a todo el imperio. Puentes colgantes aseguraban la mantención del trazado recto de la ruta. Cada cierto trecho se situaban tambos o posadas donde los viajeros descansaban y se alimentaban; en ellos también se detenían los chasquis, rápidos mensajeros, que corrían llevando información y distribuyendo órdenes. Los Pucaras o fortalezas servían eficazmente a la defensa y al control.



A fin de enseñar las expresiones incaicas, el Estado trasladaba mitimaes hacia las regiones recién conquistadas. Estos mitimaes, a quienes se les confiaba la misión de civilización eran enviados, además, a zonas con baja densidad poblacional y ricas tierras, o eran asignados al resguardo de las fronteras que se iban extendiendo lentamente. Sin embargo, el imperio tuvo una corta duración (1438-1533); sus límites septentrionales y meridionales habían sido establecidos recién a comienzos del siglo XVI; poco, entonces, pudieron hacer para merecer el calificativo de “civilizadores” que tanto pregonan sus leyendas. Las evidencias señalan que tomaron las invenciones anteriores y las proyectaron a mayor escala, como sucedió, por ejemplo, con los famosos andenes o terrazas de cultivo, tan característicos del mundo andino.


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