Representaciones historicas



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LOS ALBORES DEL CICLO SALITRERO
Una vez que las salitreras de Tarapacá y Antofagasta quedaron en poder de Chile se planteó la pregunta de qué hacer con las oficinas. Una alternativa era que el Estado chileno se hiciera cargo del negocio, pagando a quienes poseían los certificados que había emitido Perú antes de la guerra, y estableciendo un monopolio fiscal, lo que implicaba, además, hacer importantes inversiones. Considerando que los grupos políticos que se encontraban en el poder, abrazaban el liberalismo como ideología, estos creían que en definitiva el Estado era un mal administrador de dichos recursos naturales. En definitiva, a la hora de volver a echar a andar el negocio salitrero, la norma fue que los particulares hicieran los gastos y que el fisco se beneficiara del cobro de impuestos por la producción exportada.

Desde 1883 en adelante, la propiedad del salitre que antes de la guerra había sido en mayor parte peruana y chilena, paso a ser extranjera. Mientras que en 1878 el capital británico controlaba el 13% de la industria salitrera en Tarapacá, hacía 1884, la proporción se había elevado a un 34% y hacia 1890 el 70% de la industria salitrera estaba controlada directa e indirectamente por sociedades anónimas que tenían su asiento en Europa. La situación era particularmente notoria en Tarapacá, donde John North, bautizado como el “rey del salitre”, ejercía un virtual monopolio, mediante el control exclusivo de casi todas las actividades relacionadas con el nitrato.


El impacto del salitre en Chile
La riqueza salitrera, fruto de las inversiones de unos y del trabajo de otros, tuvo efectos económicos beneficiosos. Desde 1880, después de entregar las oficinas a los poseedores de los bonos peruanos, el Estado chileno aplicó un impuesto a la exportación del nitrato. Este importe correspondió aproximadamente a un tercio de la producción.

Si para 1880 el fisco se quedaba con menos de un millón de dólares (de la época) por concepto de impuestos a las exportaciones, hacia 1917 o 1918 recibía cerca de 40 millones de dólares anuales.

Si hay un elemento que distingue el periodo de la “República Salitrera”, es el papel que asumió el estado en la economía. Aunque no se hizo parte del negocio salitrero, tuvo que administrar cuantiosos ingresos fiscales por lo que se convirtió en fuente de importantes disputas entre los sectores políticos.

Los gobiernos chilenos aprovecharon los recursos para realizar importantes obras públicas, entre las que sobresales la construcción de líneas férreas desde Iquique hasta Puerto Montt y el mejoramiento de las condiciones de vida en las ciudades, con la difusión del alcantarillado y el agua potable, la introducción de tranvías y teléfonos y la pavimentación de calles. El tamaño del estado también aumentó a través de notorio incremento de funcionarios públicos.


LA INSTALACIÓN EL PROYECTO MODERNO: LA MODERNIZACIÓN DE LA ECONOMÍA EN LA ZONA NORTE
Sin embargo el rol del Estado en el proceso modernizador de América Latina fue gravitante, luego de su consolidación hacia 1880, lo cual en conjunto con la clase política liberal, iniciaron un profundo proceso modernizador, desde la unificación del territorio a través de tecnologías y de un sistema educativo. La conquista de éste, fue una de las gestas en que el estado liberal se lanza
en esta expansión de la modernización hacia estas fronteras del mundo indígena y campesino. Dicha gesta del estado, buscó una vez integrados los territorios, unificarlos a través de medios tecnológicos como líneas férreas y telégrafos que acortaron distancias e integraron estos espacios al mercado. En este contexto, el desarrollo del paisaje de la modernización, paulatinamente comienza a cubrir el resto del territorio, tanto en la ciudad, símbolo de la modernidad por excelencia, como de la utilización estratégica del territorio, se inicia la implementación de nuevos paisajes caracterizados por las máquinas de vapor, fábricas automáticas, vías férreas,… crecimiento de las ciudades, los diarios, telegramas y otros medios de comunicación de masas12 .

La expansión territorial, no es otro síntoma de la necesaria incorporación a esta ética moderna sin considerar su polifonía de voces, fenómeno que no puede separase, a su vez, de la extensión del estado y la creación de la nación. Ligar la modernización latinoamericana con este proceso, se sustenta justamente en la necesidad de crear “un nosotros”, no sólo identificable en términos territoriales, sino en términos discursivos y culturales. Acá la “experiencia”, se traslada a la creación de discursos y elementos simbólicos integradores que indiquen el necesario sentido de pertenencia y su expresión en la nacionalidad, que si bien fue un proceso eminentemente político, o mejor dicho una “invención” política-discursiva, encabezado por el estado y las oligarquías latinoamericanas, que buscó integrar –aunque sea por medio de la coerción, como principal activo de legitimidad- a todos aquellas culturas no modernas o bárbaras a esta creación política emplazados en los distintos territorios del continente.

Mario Góngora, propone justamente como parte de una interpretación política e institucional del discurso historiográfico de la nacionalidad, en el caso chileno del siglo XIX, que “luego de las guerras victoriosas del siglo XIX, se ha ido constituyendo un sentimiento y una conciencia propiamente nacional… Evidentemente que, junto a los acontecimientos bélicos, la nacionalidad se ha ido formando por otros medios puestos por el estado: los símbolos patrios… la unidad administrativa, la educación de la juventud, todas las instituciones. Pero son las guerras defensivas u ofensivas las que… han constituido el motor principal” 13.
Otro de los elementos presentes en la modernización Latinoamericana, radica en lo que Julio Pinto denomina la “experiencia del mercado”, la cual es percibida como otro espacio de racionalidad, inclusive más efectivo que la esfera política, aquel que influye en las costumbres y en el funcionamiento de la cotidianeidad. Al igual que la modernización en el plano político, la de tipo económica, padeció de una dicotomía incurable; la coexistencia entre modos capitalistas o asalariados de producción y formas precapitalistas donde predominaban, los lazos de dependencia, el servilismo y la no integración de los trabajadores al mercado.

Dicha modernización económica se basó en modelos externos de mercados capitalistas (Inglaterra, Francia y los EE.UU.). La inserción de América Latina al comercio mundial en su calidad de exportador de materias primas, le significó necesariamente transformar sus procedimientos productivos y técnicos, debido a que en el contexto de la segunda revolución industrial en el siglo XIX, los países ya mencionados dentro de este proceso, requerirán cada vez más de las materas primas latinoamericanas para su industria y alimentación, las cuales no darán abasto con los modos de producción colonial. Este hecho no solamente repercutirá en la transformación del sistema productivo, sino también del sistema financiero y de capitales que obviamente requerirán todas las garantías del aparato social y político (Estado a la cabeza) para que las inversiones rindan sus frutos.

Ahora la implementación de dicha racionalidad económica, requirió necesariamente disponer de los máximos bienes productivos posibles para la explotación de las materias primas y sobretodo de las tierras, en el sentido que para responder de mejor manera a la demanda internacional de materias primas, fue necesario tener la máxima cantidad de tierras a disposición para la productividad. Este fenómeno explica en cierta medida las necesidades políticas de los estados latinoamericanos, de expandir su territorio a costa de las tierras indígenas, la figura de estos, es el otro problema para las elites de ingresar al carro de la modernidad: el constante conflicto del discurso moderno y lo incivilizado.
EL CICLO SALITRERO
La riqueza Salitrera
Entre las décadas de 1889 y 1920, Chile vivió un período un periodo inusitado esplendor producto de la riqueza salitrera que producían las recién incorporadas provincias de Tarapacá y Antofagasta. Durante esos años, y a pesar de que parte importante de las oficinas salitreras estaban en manos extranjeras, el Estado chileno obtuvo muy altos beneficios por el cobro de impuestos a la producción exportada.

La distribución del salitre generó un importante debate sobre dónde y cómo invertir los recursos. El Estado chileno que vio enriquecida sus arcas fiscales, invirtió en la modernización del país mediante el desarrollo de la infraestructura vial, ferrocarriles, edificios institucionales y también, los primeros planes de salud pública y bienestar social.

Por otro lado, la producción salitrera y su venta también enriquecieron al sector privado, tanto extranjero como nacional, quienes vieron en el incremento de sus ingresos la posibilidad de aspirar a estándares de vida europeos. De esta forma la elite chilena modificó su estilo de vida, incorporando gustos europeos, mediante viajes a ese continente o también adaptando las modas, estilos y diseños arquitectónicos. La opulencia ostentada por la oligarquía dominante dejó en evidencia el contraste entre el pequeño grupo beneficiario de las riquezas y los sectores populares marginados del proyecto modernizador.
El espacio salitrero
El salitre o nitrato es un mineral o que en estado natural, se encuentra en formas de costras delgadas (caliche) en las superficies de las rocas del desierto de Atacama. Su importancia radica en que su uso, tanto como fertilizante en la agricultura, como elemento esencial para la fabricación de la pólvora.

La explotación salitrera tiene sus primeros registros desde la época incaica, donde se utilizaba como abono. Sin embargo no fue hasta la independencia en que la explotación no comenzó a aumentar con fines militares, debido a la demanda de pólvora.



Los primeros centros de de extracción de salitre fueron Zapiga, Pampa Negra, Negreiros, al interior de Pisagua (en las cercanías de Iquique). Las condiciones para obtener el salitre imprimieron sus propias características al desarrollo urbano de las oficinas y sus habitantes. Las oficinas salitreras fueron asentamientos autónomos concebidos como lugares de producción, donde se concentró gran cantidad de capital y trabajo. Al mismo tiempo el espacio geográfico era hostil:

  • Escasa precipitación.

  • Gran oscilación térmica, de hasta 30 grados entre día y la noche.

  • Precarias condiciones de vivienda obrera.

  • En su conjunto todas estas características dificultaron estas la vida en la pampa y provocaron que el trabajo en la pampa fuera duro.





La exploración y explotación de la pampa salitrera
Desde 1840 la demanda por el salitre aumento considerablemente, en especial por los mercados estadounidenses y europeos, quienes productos de la Revolución industrial y la explosión demográfica, requerían cada vez alimentos. Esto potenció el uso del nitrato, ya que el abono mineral de Tarapacá tenía mejores efectos en el crecimiento y desarrollo agrícola que su competencia, el guano, que gradualmente producía el empobrecimiento del suelo.

La provincia de Tarapacá, perteneciente entonces al gobierno peruano, comenzó a ser rápidamente explotado debido a su riqueza de su suelo. La mayoría de los inversionistas que participaron en la etapa inicial del proceso fueron extranjeros, entre ellos el inglés Jorge Smith, el alemán Juan Gildemeister, aunque también hubo participación chilena como la de Pedro Gamboni y la de José Santos Ossa, entre otros.



Mas tarde vinieron nuevos descubrimientos en tierras chilenas la que conjunto a la alta demanda de salitre, transformaron a este en un negocio rentable, con grandes ganancias, lo que estimuló el desarrollo urbano, comercial y la infraestructura de la zona. Así, en 1870 la industria salitrera se potenciaba como uno de los negocios más importantes de América del sur. Además la mayoría de los trabajadores de las oficinas salitreras eran peones chilenos provenientes del valle central. Para 1876 el distrito de Iquique contaba con más de un 50% de habitantes chilenos, mientras que el puerto de Antofagasta con un 85% en 1875. Atraídos por una perspectiva de un trabajo bien remunerado, miles de hombres emigraron del valle central hacia las salitreras. Entre 1875 y 1907, la población del Norte Grande aumentó de 2.000 a 234.000 personas. Iquique se convirtió en la ciudad más grande de Chile.



Peones salitreros

La propiedad salitrera
La crisis internacional de 1870 repercutió directamente en la actividad salitrera. Los gobiernos peruano y boliviano tomaron medidas en torno a la producción del nitrato. En 1875 Perú decidió nacionalizar dos terceras partes de las oficinas salitreras compensando a sus dueños con bonos que posteriormente serían reembolsados. Por su parte, Bolivia aumentó los impuestos a las compañías chilenas que operaban en las salitreras de Antofagasta, violando el acuerdo de 1974. Ambos sucesos, junto con las quejas de industriales chilenos en la zona, llevaron al conflicto armado de la Guerra del Pacífico (1879-1883)

La situación de la guerra generó gran incertidumbre respecto del futuro de la industria salitrera. La efectividad real de los bonos emitidos por el gobierno peruano no fue una gran garantía para los propietarios de las industrias, quienes rápidamente los vendieron a bajos precios durante la guerra, durante la especulación. Uno de los especuladores, John Tomas North, junto a su socio Robert Harvey, compró gran cantidad de estos bonos, adquiriendo la propiedad de importantes oficinas salitreras de Tarapacá. También hubo especuladores chilenos, alemanes e ingleses que se sumaron a la compra de los bonos.

Finalizado el conflicto armado, la riqueza del salitre quedó en manos chilenas y el gobierno se vio enfrentado al dilema de qué hacer con las oficinas salitreras. La guerra había implicado un alto costo económico y el país no se encontraba en condiciones de solventar los gastos de la reactivación de las oficinas, la mayoría abandonadas y carentes de mano de obra y maquinarias. A su vez, el país era gobernado por los liberales, quienes basaban su política su política económica en la no intervención del Estado en las actividades productivas, ya que se les consideraba un mal administrador de los bienes. Es por eso que el Estado chileno permitió la participación de inversionistas extranjeros en el proceso y el fisco solo cobraba los impuestos por la producción exportada.
El salitre en manos europeas
A fines del siglo XIX la mayor parte de las oficinas salitreras eran propiedad de extranjeros. Si bien antes de la guerra la propiedad salitrera pertenecía mayoritariamente al gobierno peruano y privados chilenos, el proceso especulativo hizo que el salitre quedara en su mayoría en manos británicas quienes en 1877 controlaban el 13%; en 1884 el 34%, llegando a su máxima expansión en 1890, con un 70% de la producción. En consecuencia, gran parte de las ganancias obtenidas por la expansión y la comercialización del mineral –riqueza más importante del país- quedaba fuera en manos de extranjeros.

Uno de los empresarios salitreros más importantes más relevantes fue John Tomas North, quien fue catalogado como “el rey del salitre”, pues fue el dueño de de la gran mayoría de las empresas y yacimientos en el norte del país, controlando un 60% de la industria. North tenía acciones en las oficinas pertenecientes a la Liverpool Nitrate Co. Ltda. , a la primitiva Nitrate Company y a la Compañía San Jorge, entre otras. También manejaba el abastecimiento de agua de la provincia, a través de la Tarapacá Waterwork Company Ltda; era accionista del Bank of Tarapacá and London Ltda.; en la región salitrera y en los puertos y en los ferrocarriles, fundamentales para los puertos de embarque.





Pala mecánica cargando caliche en tren con loc. eléctrica Nº3



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