Repensando la hospitalidad



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REPENSANDO LA HOSPITALIDAD

Diego Gracia
Introducción
¿Qué puede significar la hospitalidad aquí y ahora, en un mundo secularizado, en el que las bienaventuranzas evangélicas ya no parecen mover la vida de las personas? ¿Es la hospitalidad una pura antigualla sin ningún sentido actual y sobre todo futuro? Es el tema que intentaré desarrollar a continuación.


  1. LOS DOS DISCURSOS SOBRE LA HOSPITALIDAD

Sobre el tema de la hospitalidad cabe identificar dos enfoques o, como hoy les gusta decir a muchos, dos discursos.

Uno es el discurso religioso, el propio de las bienaventuranzas y las obras de misericordia. “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregrino era, y me hospedasteis; en prisión estaba, y vinisteis a mí.” (Mt 25, 35-36) La teología convirtió esto en el catálogo de “obras de misericordia” del Catecismo: Visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, redimir al cautivo, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, enterrar a los muertos.

Otro es el discurso que cabe llamar secularizado. Este se encuentra en las obras de ciertos filósofos muy renombrados del siglo XX. Su representante más característico sería Emmanuel Levinas (Totalité et infini, La Haya, Nijhoff, 1961). Es un discurso muy teórico y formal, propio de lo que Levinas llama ética primera o filosofía primera, es decir, metafísica. A este nivel pertenece también los textos de René Schérer (Zeus hosapitalier, éloge de l’hospitalité: essay philosophique, Paris, Armand Colin, 1993), toda la construcción de Ricoeur sobre “el hombre lábil” (Finitude et culpabilité, Paris, Aubier, 1960) y la de Derrida (J. Derrida y A. Dufourmantelle, La hospitalidad, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2001). Este es el nivel en que se encuentran los libros que en castellano se han escrito sobre la hospitalidad, en particular los de Daniel Innerarity, Ética de la hospitalidad (Barcelona, Península, 2001) y Francesc Torralba, Sobre la hospitalidad: Extraños y vulnerables como tú (Madrid, PPC, 2003).

Este último discurso se diferencia del anterior en que es más secular que él, pero tiene el defecto de ser en exceso formal, abstracto y teórico, con muy difícil aplicabilidad en la práctica. Por eso resulta necesario enfocar el tema desde un ángulo muy distinto. No se trata de estudiar la hospitalidad como consecuencia de la condición finita y vulnerable del ser humano, y por tanto como un rasgo que la metafísica del siglo XX, a partir del existencialismo y del “ser-para-la-muerte” de Heidegger, es lógico que haya puesto de relieve, sino como un valor a tener en cuenta en la toma de decisiones y en la mejora de la calidad. Mi objetivo, pues, no es la filosofía sin más sino la filosofía práctica.

Mi tesis es que en un mundo secularizado y plural, es necesario cambiar de lenguaje y con ello de mentalidad. Si la hospitalidad tiene que seguir interesándonos a todos, si ha de seguir siendo importante, no es por su condición de “Obra de misericordia”, como se decía en el catecismo, ni tampoco como expresión de la “Caridad cristiana”, o como “Obra de caridad”, porque eso sólo cobraría sentido para los cristianos, no para todo el mundo. Si creemos que la Hospitalidad tiene importancia por sí misma, incluso en un mundo secular, o sobre todo en éste, entonces hemos de interpretarla desde nuevas categorías. Y con nuevas categorías prácticas. Quiero decir con ello que no puede quedarse en un mero discurso teórico sobre la vulnerabilidad y labilidad de la existencia humana y la necesidad de acogimiento que todos tenemos, por importante que esto sea. Es necesario buscar un enfoque más práctico.

Mi tesis es que la Hospitalidad es un “valor” y tiene que ser vista como tal. Lo cual me obliga a exponer qué son los valores y cómo debe entenderse la hospitalidad en tanto que valor.


  1. LA HOSPITALIDAD COMO VALOR Y SU COMPRENSIÓN

El lenguaje de los valores tiene la ventaja sobre otros de que es universal. Todos los seres humanos valoramos, y valoramos necesariamente. No podemos ver algo sin valorarlo, positiva o negativamente. De ahí que los valores sean un lenguaje muy propio de una sociedad secular y plural. Basta ver cómo en todos los países se introducen en la enseñanza media asignaturas sobre “Educación en valores”.

Es frecuente decir que los valores son subjetivos, y que por tanto sobre valores es imposible ponerse de acuerdo. Así, hay diferentes gustos artísticos, y el refrán popular dice que “sobre gustos no hay nada escrito”. El problema de los valores es que son erráticos y que sobre ellos resulta difícil la argumentación racional.

Pero si se analiza detenidamente eso, se verá que tiene mucho de prejuicio. En primer lugar, hay muchos valores, quizá los más importantes, en los que todos los seres humanos coincidimos. No hay nadie que piense que la injusticia es un valor positivo y la justicia un valor negativo. Y esto que se dice de la justicia vale para la paz, la solidaridad, el amor, la salud, la vida, el bienestar, etc., etc. Todos pensamos o imaginamos un mundo bien ordenado, en el que todos los seres humanos puedan vivir de modo digno y pleno. Ese mundo se ha llamado de diferentes maneras en distintas tradiciones. Es el “reino de Dios” cristiano, el “reino de los fines” en la ética de Kant, el “paraíso del proletariado” en la concepción marxista, etc. Pero todos coinciden en que ese mundo realizará plenamente ciertos valores que a los seres humanos nos parecen irrenunciables. Así, en el prefacio de la festividad de Cristo Rey se dice que el reino de Dios es “el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.” Todos estos son valores, algunos, como la verdad, la vida, la justicia, el amor y la paz, son claramente universales.

Cabría preguntarse si los otros dos, la santidad y la gracia, son o no universales. Mi opinión es que sí, siempre que se entiendan correctamente. La experiencia del don o de la gracia, entendida como la experiencia de lo que se nos da sin ningún merecimiento por nuestra parte, es universal, y además en esa experiencia está el origen de toda religiosidad. Y precisamente porque la existencia, la vida y tantas cosas más las recibimos como regalos, nos mueven a la gratitud o el agradecimiento hacia el origen o la fuente de esos dones, que de ese modo adquiere la condición de “santo” o “sagrado”.

¿Es la hospitalidad un valor? Por supuesto que sí. Más que como obra de misericordia o como acto de caridad, conviene que lo veamos como un valor, como algo que es valioso en sí.

La hospitalidad es valiosa “en sí”. Esto significa que tiene “valor intrínseco”. Le sucede lo mismo que a la justicia, o a la paz. No podemos concebir una sociedad humana bien ordenada en la que no haya paz, o no haya justicia, o solidaridad, o los seres humanos no ayuden unos a los otros en sus necesidades. Sin eso, una sociedad se convierte en inhumana.

No todos los valores son intrínsecos. Hay otros que se llaman “instrumentales”. Estos tienen valor, pero sólo por referencia a los valores intrínsecos. El fármaco es valioso en tanto en cuanto está al servicio de otro valor, como es la salud, o la vida. Si no mejorara mi salud o preservara mi vida, diríamos que “no vale para nada”. Esto significa que los valores instrumentales han de estar al servicio de los valores intrínsecos, que son los que fijan los fines de la vida humana.

El conocimiento del mundo de los “valores” es importante, pues desde él adquiere su sentido otro mundo, el de los “deberes”, el mundo propio de la ética. La razón está en que nuestra obligación moral consiste siempre en lo mismo, en realizar valores, en promover la realización de los valores positivos y en evitar la de los valores negativos. Porque no está realizada de modo completo la paz, nuestro deber consiste en realizar la paz, etc. Lo mismo sucede con la hospitalidad. La hospitalidad no es sólo un valor sino también un deber, y por tanto un compromiso moral. Y por más que haya gran variabilidad en las creencias religiosas de las personas, es un hecho que todas coinciden en tener deberes morales, en ser sujetos morales. He aquí otro punto en el que se puede encontrar convergencia y coincidencia en un mundo plural.

Las valoraciones son actos personales e íntimos de los seres humanos. Pero como los valores son el origen de nuestros deberes, y los deberes consisten siempre en realizar o no realizar algo, en hacer o no hacer, resulta que los valores acaban plasmándose a través de nuestros actos. De ser puramente subjetivos, pasan a objetivarse, a formar parte del mundo. Cuando Velázquez pintó el cuadro de las hilanderas, comenzó imaginando la belleza de ese cuadro en su interior, pero luego pintó el cuadro, y de ese modo la belleza quedó plasmada en él, se objetivó. Esto significa que los valores acaban trascendiendo al propio individuo y objetivándose en la sociedad.

El depósito de valores intrínsecos de una sociedad es lo que llamamos “cultura”, y el conjunto de valores instrumentales, “civilización”. Vivimos en la sociedad más civilizada que ha existido nunca, porque tenemos más instrumentos técnicos que nunca antes (teléfono móvil, etc.), pero no es tan claro que la nuestra sea la sociedad más culta de la historia. La tesis de Heidegger es que la sociedad occidental hizo a partir del siglo XVIII una opción preferencial por los valores instrumentales, en detrimento de los intrínsecos. De ahí la importancia, no sólo religiosa, sino también ética, de promover los valores intrínsecos en ella. Uno de estos es el de la hospitalidad.


  1. EL VALOR DE LA HOSPITALIDAD Y SU PROMOCIÓN

A estas alturas es probable que estemos convencidos de la importancia de la hospitalidad como valor, no sólo desde el punto de vista religioso sino también desde el puramente secular, y por tanto en el orden estrictamente ético. El problema es cómo promoverla.

Los problemas de la promoción de la hospitalidad son idénticos a los de la promoción de cualquier otro valor intrínseco. A lo largo de la historia, los valores se han intentado promover a través de tres estrategias o tácticas, que son las siguientes:

La más clásica ha sido la táctica del “adoctrinamiento”. Es la que se usó en la enseñanza del catecismo. Se trata de transmitir el valor de unas generaciones a otras, de los viejos a los jóvenes, a fin de que el depósito no se pierda. La vida es como una carrera de relevos, en el que unos tienen que pasar el testigo a otros. No se trata de entender, ni menos de discutir el contenido del depósito sino de asumir obedientemente, se entienda o no se entienda. Ni que decir tiene que este modo de formar en valores es impropio de personas adultas. Podrá ser útil en etapas muy tempranas de la vida, pero a los seres humanos adultos no puede tratárseles como a niños, ni cabe pedirles que acaten las enseñanzas por puro criterio de autoridad, o exigiéndoles obediencia ciega. Desdichadamente, este ha sido el modo más frecuente de educar en valores, sobre todo en los medios religiosos.

En los últimos siglos, y ante la secularización de la vida y el fenómeno del pluralismo, se ha generalizado otra táctica, que a fin de evitar el adoctrinamiento ha reducido la educación en valores a un mero proceso de “información” sobre ellos, evitando cualquier tipo de juicio crítico o de opción por una postura o por otra. La tesis ahora imperante es la de “neutralidad” axiológica del docente. Una vez conocida la información, las personas adultas y autónomas juzgarán sobre los valores en juego y decidirán por cuál optar. Frente a la “beligerancia” de la primera táctica, aquí se impone la más completa “neutralidad”. Formar es meramente informar, preservando la completa neutralidad del informante.

Mi tesis es que ninguna de esas dos tácticas es correcta. Los valores no se pueden imponer, pero tampoco podemos desentendernos de ellos. Por más que no sean completamente racionales, los valores necesitan ser “razonables”, y por tanto sobre los valores hay que “deliberar”, tanto individual como colectivamente. De ahí la tercera actitud o postura, la “deliberativa”, que no es impositiva, pero tampoco neutral. A mi modo de ver, es la única actitud con verdadero futuro, por más que sea también la más compleja. Formar en esta nueva actitud es una de las cuestiones más graves y urgentes en el momento actual.

La formación en valores es muy compleja, porque atañe a la dimensión más profunda y primaria de todos los seres humanos. Los objetivos de cualquier proceso de formación son o pueden ser de tres tipos:

Objetivos de conocimiento: Son los más fáciles de abordar y educar, entre otras cosas porque el sistema nervioso humano puede adquirir nuevos conocimientos hasta edades muy avanzadas.

Objetivos de habilidades: Se diferencian de los anteriores en que no son teóricos sino prácticos. Estos objetivos no se adquieren estudiando sino practicando. No es lo mismo saberse el Código de la circulación que saber conducir. Pues bien, la plasticidad del sistema nervioso para adquirir nuevas habilidades se pierde muy pronto. No hay nadie que aprendiendo a conducir a edad adulta conduzca muy bien, etc.

Objetivos de actitudes o de carácter: Son los más profundos. Las actitudes básicas se adquieren muy pronto en la vida y permanecen indelebles durante toda ella. “Genio y figura, hasta la sepultura”. De ahí que resulten muy difíciles de modificar. Por otra parte, estas actitudes no se adquieren de modo premeditado y consciente, sino por imitación de los modelos que ven o con los que conviven. La transmisión primaria de valores se hace de modo inconsciente, por pura imitación de las pautas de las personas mayores con las que conviven, y a las que quieren y admiran los niños.

Pues bien, el problema de los valores es que tienen que ver no sólo con el primer nivel, el de los conocimientos, sino también con el segundo, el de las habilidades prácticas, y sobre todo con el tercero, el de las actitudes y el carácter. De ahí la necesidad de formar en valores desde el comienzo, desde la infancia.

En las personas adultas, las actitudes básicas y los rasgos de carácter no pueden modificarse directamente, sino a través de los conocimientos y las habilidades. Y en esto consiste la “deliberación” como procedimiento. La gestión de los valores no puede hacerse de modo correcto en las personas adultas más que “deliberando”. Por eso este ha de ser el método de la formación en valores, en este caso en el valor hospitalidad.

La deliberación es un procedimiento intelectual, racional, que nos permite hacer conscientes los valores que asumimos de modo inconsciente en nuestra infancia y juventud, y de ese modo reafirmarlos o rectificarlos, y en cualquier caso, analizarlos críticamente y asumirlos de modo autónomo y responsable.




  1. ¿CÓMO PENSAR Y HABLAR HOY DEL VALOR DE LA HOSPITALIDAD?

Pasemos ahora de la teoría a la práctica. ¿Cómo promover la hospitalidad hoy? ¿Cómo transmitir este mensaje? ¿Cómo hablar de él?

El primer problema que existe es el del lenguaje, la propia palabra “hospitalidad”, que no deja de sonar extraña a muchos oídos actuales, hasta el punto de causar en esas personas un cierto rechazo. No podemos olvidar que el término “hospitalidad” viene del latín hospes, peregrino, y que con ese sentido cuadra perfectamente en contextos muy concretos, por ejemplo, en la peregrinación a Santiago de Compostela hay centros o lugares de acogimiento donde se practica la hospitalidad, pero que en el mundo secular tanto el término peregrinación como el de hospitalidad resultan extraños, precisamente por su enorme carga religiosa. A eso se añade el que la hospitalidad se haya entendido hasta el día de hoy como una “obra de caridad”, algo que se percibe muy negativamente por gran parte de la sociedad, al considerar que muchas de esas obligaciones no son propiamente de caridad sino de justicia.

Al término “hospitalidad” no le ha sucedido lo que al término “hospital”. Éste se fue secularizando a partir del siglo XVI, y desde el XVIII se ha convertido en un término secular, civil, que no contiene sesgo alguno negativo. Ha perdido completamente su antiguo sentido, cobrando otro nuevo. Pero eso, repito, no ha sucedido, al menos hasta ahora, con el término hospitalidad.

Por eso no basta con dejar de ver la hospitalidad como una obra de caridad y entenderla como un valor. Es preciso también que nos planteemos si no sería mejor denominar de alguna otra forma menos sesgada ese valor, al menos en el diálogo con el mundo secular.

Mi opinión es que sí, y que lo que el valor de la hospitalidad viene a identificarse con el valor de la promoción de la calidad y la excelencia en el mundo de la asistencia sanitaria, y más en concreto en el de la asistencia psiquiátrica. Hospitalidad debe hacerse sinónimo de calidad total, o de excelencia, tanto en el orden técnico como en el humano. Y la promoción de este valor puede hacerse quizá con ventaja, volcando sobre él todo lo que sabemos sobre la promoción de la calidad y la excelencia, tanto profesional como humana, en las instituciones de la Congregación.



Soy consciente de que esto es lo que la Congregación ha estado haciendo en sus Centros desde el comienzo, hace más de un siglo. Por eso lo que digo no puede sonar a nada nuevo. La única novedad puede estar en tener claro que si queremos hacer fecundo ese mensaje en el mundo secularizado en que nos encontramos, hemos de ser capaces de traducirlo a términos también seculares. Y éstos han de ser, en mi opinión, ver la hospitalidad como valor, en primer lugar, y hacerla coincidir en la práctica con la promoción de la calidad total y la excelencia, tanto técnica como humana.
Conclusión
Y es que la hospitalidad no es sólo un valor cristiano sino también humano, del que nuestra sociedad plural y secularizada está tan necesitado o más que en cualquier otra época anterior. He aquí un bonito reto para todos, y en espacial para quienes han hecho de la hospitalidad el objetivo de su vida.


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