Realmente existente



Descargar 58,37 Kb.
Fecha de conversión25.04.2017
Tamaño58,37 Kb.

Boron, Atilio A.. Capítulo 4: El imperio ético, o la mistificación posmoderna del imperio “realmente existente”. En libro: Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri. Atilio A. Boron. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. 2004. p. 168.

Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/imperio/cap4.rtf








BIBLIOTECA VIRTUAL DE CIENCIAS SOCIALES DE AMERICA LATINA Y EL CARIBE, DE LA RED DE CENTROS MIEMBROS DE CLACSO

http://www.clacso.org.ar/biblioteca



Capítulo 4

El imperio ético, o la mistificación posmoderna del imperio "realmente existente"

Atilio A. Boron

A estas alturas de su recorrido H&N claramente han traspasado un punto de no retorno, y su análisis del "imperio real mente existente" ha cedido lugar a una construcción entre poéti ca y metafísica que por una parte guarda un muy lejano parecido con la realidad, y por la otra, y debido precisamente a esas carac terísticas, ofrece escasa ayuda a las fuerzas sociales interesadas en transformar las estructuras nacionales e internacionales del capi talismo mundial. El diagnóstico general es erróneo debido a los fatales problemas de análisis e interpretación que plagan el esque ma teórico de nuestros autores, a lo que se agrega una serie de ob servaciones puntuales y comentarios sumamente desafortunados que un lector paciente podría coleccionar sin gran esfuerzo y que, si tratara de refutarlos uno por uno, lo obligarían a escribir una obra de extraordinaria magnitud. Dado que no es ésa nuestra in tención, procederemos a seguir con nuestro análisis centrado en las debilidades del esquema teórico interpretativo general.

Para comenzar, permítasenos reafirmar un muy elemental pe ro sumamente importante punto de partida: es imposible hacer buena filosofía política y social sin un sólido análisis económico. Tal como lo hemos demostrado en otro lugar, éste fue exacta mente el camino elegido por el joven Marx como filósofo políti co, una vez que precozmente comprendió los límites de una re flexión social y política que no estuviese anclada firmemente en un riguroso conocimiento de la sociedad civil (Boron, 2000[a]). La ciencia que develaba la anatomía de la sociedad civil y los se cretos más íntimos de la nueva organización económica creada por el capitalismo era la economía política. Esta fue la razón por la que el fundador del materialismo histórico dedicó sus energías a la nueva disciplina, no para pasar de una a otra sino para arrai gar sus reflexiones y su crítica al orden social existente, y su an ticipación de la futura sociedad, en la roca viva de un profundo análisis económico. Este anclaje en buena economía política, vía regia para llegar a un conocimiento profundo de la sociedad ca pitalista, es precisamente lo que está faltando en Imperio. De he cho, el libro tiene poco, muy poco, de economía, y lo que tiene es, en la gran mayoría de los casos, la versión convencional del análisis económico que se enseña en las escuelas de administra ción de empresas o que propalan los grandes publicistas de la globalización neoliberal, combinado con algunos fragmentos aislados de economía política marxista. En resumen: mala eco nomía para analizar un tema como el del sistema imperialista que requiere, inexorablemente, de un muy riguroso tratamiento del asunto apelando a lo mejor que la economía política puede ofre cer.

Nos hallamos, en consecuencia, frente a un libro que intenta analizar el orden internacional, supuestamente un imperio, y en el cual apenas un par de veces el lector tropezará con instituciones tales como el FMI, el Banco Mundial, la OMC y otras agen cias del actual orden mundial, llámese imperio o imperialismo. La palabra "neoliberalismo", por ejemplo, que alude nada menos que a la ideología y la fórmula políticoeconómica predominan te durante el último cuarto de siglo cuando el presente orden eco nómico fue reconstruido de pies a cabeza, apenas si aparece a lo largo del libro, lo mismo que el Acuerdo Multilateral de Inver siones (MIA) y el Consenso de Washington. La impresión que el lector va formándose a medida que avanza en la lectura del libro es la de hallarse ante dos académicos muy bien intencionados pe ro completamente removidos del barro y la sangre que constitu yen la vida cotidiana de las sociedades capitalistas, sobre todo en la periferia, y que se lanzaron a navegar por los mares del impe rio provistos de mapas muy defectuosos y contando con muy po bres instrumentos de navegación. Así, como desorientados Qui jotes, toman las apariencias por realidades. Por eso, cuando des criben la pirámide de la constitución global del imperio nuestros autores aseguran que:

"(E)n el angosto pináculo de la pirámide hay una superpoten cia, los Estados Unidos, que tiene la hegemonía del uso glo bal de la fuerza, una superpotencia que puede actuar sola, pe ro que prefiere actuar en colaboración con otras bajo el para guas protector de las Naciones Unidas" (pp. 285286).

Se hace muy difícil comprender un comentario tan cándido e inocente como éste, en el cual la sofisticación que se espera de un análisis científico se encuentra completamente ausente. Para comenzar, la reducción del concepto de hegemonía al uso de la fuerza es inadmisible. La hegemonía es mucho más que eso. Re firiéndose a los temas del imperio y el imperialismo, Robert Cox escribió una vez que la hegemonía podría ser representada como "un ajuste entre el poder material, la ideología y las institucio nes" (Cox, 1986: p. 225). Reducir la cuestión de la hegemonía solamente a sus aspectos militares, cuya importancia está más allá de toda duda, es un error mayúsculo. La hegemonía nortea mericana es mucho más compleja que eso. Por otra parte, se nos dice que los Estados Unidos "prefieren" seguramente a causa de su buena voluntad, su reconocida generosidad en materia inter nacional y su intensa adhesión a los principios de la tradición ju deocristiana actuar en colaboración con otros. Uno no puede menos que preguntarse si las veintitantas páginas que en Imperio se destinan a reflexionar sobre los pensamientos de Machiavelli fueron escritas por los mismos autores que luego avientan una in terpretación de la conducta internacional de los Estados Unidos tan antitética a las enseñanzas del teórico florentino como la que estamos citando. La "preferencia" de los Estados Unidos (por su puesto, estamos hablando del gobierno norteamericano y de sus clases dominantes, no de la nación o el pueblo de ese país) por la acción colaborativa es apenas una manta debajo de la cual las po líticas imperialistas son adecuadamente disfrazadas para ser ven didas a los espíritus inocentes. Mediante esta operación, cuya eficacia queda demostrada una vez más en el libro que nos ocu pa, las políticas de expansión y dominación imperial aparecen como si fueran verdaderos sacrificios en aras del bien común de la humanidad. Es razonable suponer que los más altos funciona rios del gobierno de los Estados Unidos y sus numerosos ideólo gos y publicistas puedan decir algo como eso, que ni siquiera los más obsecuentes y serviles aliados de Washington tomarían en serio. Lo que no es para nada razonable es que dos críticos radi cales del sistema crean esas patrañas.

No es la primera vez que este serio error aparece en el libro. Ya en un capítulo previo habían escrito:

"En los años de debilitamiento de la guerra fría y una vez que ésta hubo terminado, la responsabilidad de ejercer un poder de policía internacional "recayó"directamente en los hombros de los Estados Unidos. La Guerra del Golfo (...) fue una ope ración represora de escaso interés desde el punto de vista de los objetivos, de los intereses regionales y de las ideologías políticas implicadas... La importancia de la Guerra del Golfo estriba principalmente en el hecho de que presentó a los Esta dos Unidos como la única potencia capaz de aplicar la justi cia internacional, no como una función de sus propias motiva ciones nacionales sino en nombre del derecho global" (pp. 171172, bastardillas en el original).

En conclusión, y contrariamente a lo que indican ancestrales prejuicios alimentados por la incesante prédica antinorteameri cana de una izquierda extraviada, lo que aprendemos ahora al leer Imperioes que el pobre Tío Sam tuvo que asumir, pese a su renuencia y en contra de su voluntad, las responsabilidades de ejercer un papel de gendarme mundial luego de décadas de in fructuosas gestiones para tratar de ser eximido de tan penosa obligación. El poder, por eso mismo, "recayó" en sus manos mientras toda la diplomacia del Departamento de Estado se en contraba ocupada en la reconstrucción, sobre bases genuinamen te democráticas, del sistema de Naciones Unidas, y los más en cumbrados funcionarios de Washington recorrían el mundo ente ro procurando relanzar una nueva ronda de negociaciones Norte /Sur orientadas a reducir las irritantes desigualdades en la distri bución internacional de la riqueza y para fortalecer a los alicaí dos gobiernos de la periferia enseñándoles cómo resistir las exacciones a que son sometidos por las gigantescas corporacio nes transnacionales. Nuestros dos académicos radicales, perdi dos en la oscuridad de la confusión teórica, se encuentran con al guien que les da una mano y que, salidos a la luz del día, descu bren que no es otro que Thomas Friedman, el muy conservador editorialista del New York Times y portavoz de las opiniones del establishmentnorteamericano. Según Friedman, la intervención de los Estados Unidos en Kosovo fue legítima como, por otras razones, también lo había sido en el Golfo porque puso fin a la limpieza étnica que se estaba practicando en esa región y, por lo tanto, fue "hecha en nombre del derecho global", para usar una expresión cara a H&N. Lo cierto es que, como Noam Chomsky lo ha demostrado, la limpieza étnica del siniestro régimen de Mi losevic no fue la causa sino la consecuencia de los bombardeos norteamericanos (Chomsky, 2001: p. 81).

Pero retornemos a la Guerra del Golfo, deplorablemente ca racterizada por nuestros autores como una "operación represora de escaso interés" y poca importancia. Primero que nada convie ne recordar que tal operación no fue precisamente una guerra si no, como Chomsky lo asegura, una matanza: "el término "gue rra"difícilmente se aplica a una confrontación en la cual una par te masacra a la otra desde una distancia inalcanzable, mientras se destruye a la sociedad civil" (Chomsky, 1994: p. 8). Pero nues tros autores no están preocupados por este tipo de disquisición: su visión del advenimiento del imperio con su plétora de posibi lidades liberadoras y emancipadoras hace que sus ojos miren bien hacia lo alto y no puedan, por eso mismo, percatarse de los horrores y las miserias que en el fango de la historia producen las actuales políticas del imperialismo. Si los teólogos cristianos del Medioevo tenían sus ojos completamente vueltos hacia la con templación de Dios y por esa razón no podían darse cuenta del infierno que los rodeaba, nuestros autores están tan arrobados por la contemplación de las luminosas perspectivas que se abren con el advenimiento del imperio que la carnicería que inaugura esta nueva época histórica no los mueve a escribir siquiera una lí nea de lamento o de compasión. Maestros en el arte de la "de construcción", demostraron ser completamente incapaces de aplicar ese recurso al análisis de la guerra, que fue en realidad una masacre. Fracasaron también en reconocer, no digamos de nunciar, el enorme número de víctimas civiles, que tan sólo en tre los niños llega a una cifra superior a los 150 mil como resul tado de los bombardeos, las "víctimas colaterales" y el criminal embargo que siguió a la guerra. Tampoco dicen nada de que pe se a su derrota Saddam permaneció en el poder, pero contando con la anuencia del gendarme del mundo para reprimir a su an tojo los levantamientos populares de los kurdos y la minoría shií ta (Chomsky, ibid.: p. 8).

Por último, ¿cuán realista puede ser un análisis que considera que la Guerra del Golfo, escenificada no por casualidad en la zo na donde se hallan las más importantes reservas mundiales de pe tróleo, fue un asunto de importancia marginal para los Estados Unidos? ¿Debemos pensar entonces que Washington lanzó sus operaciones militares movido por la imperiosa necesidad de ase gurar el predominio del "derecho global" y no con el objeto de reafirmar su indisputable primacía en una región estratégica del globo? La decisión del Presidente Bush de arrasar Afganistán, tratando en vano de dar con el paradero de uno de sus antiguos lugartenientes, Osama Bin Laden, ¿habrá sido entonces motiva da por la necesidad de hacer lugar a esta demanda de justicia uni versal? ¿Cómo calificar tamaño desatino?

Esta visión angelical del funcionamiento concreto del impe rio, y de algunos acontecimientos desagradables como la Guerra del Golfo, está en línea con otras definiciones sumamente polé micas que hacen nuestros autores. Por ejemplo, que "la fuerza policíaca mundial de los Estados Unidos obra, no con un interés imperialista, sino con un interés imperial". La fundamentación de esta afirmación es bien sencilla, y remite a otros pasajes del libro: dado que el imperialismo ha desaparecido, tragado por el remolino que destruyó a los viejos estados nacionales, una inter vención del hegemón sólo tiene sentido como una contribución a la estabilidad del imperio. El pillaje característico de la era del imperialismo ha sido substituido por el derecho global y la justi cia internacional.

Otra cuestión planteada por H&N refleja con mayor claridad aún los graves problemas que afectan su visión del sistema inter nacional realmente existente, y que ante sus ojos se convierte en una especie de imperio ético. Así, refiriéndose a la ascendencia que los Estados Unidos adquirieron en el mundo de la posguerra, nuestros autores sostienen que:

"...fueron convocados a desempeñar el papel de garante y a dar mayor eficacia jurídica a todo este complejo proceso de formación de un nuevo derecho supranacional. Del mismo modo que en el siglo I de la era cristiana, los senadores roma nos le pidieron a Augusto que asumiera los poderes imperia les (...) hoy las organizaciones internacionales (las Naciones Unidas, las organizaciones monetarias internacionales y hasta las organizaciones humanitarias) le piden a los Estados Uni dos que asuman el rol central en el nuevo orden mundial" (p. 173).



Los equívocos contenidos en este pasaje de la obra de H&N son gravísimos. En primer lugar, se plantean como análogas dos situaciones enteramente diferentes: la del imperio romano en el siglo I y la actual, cuando el mundo ha cambiado algo si bien no tanto como quisiéramos y el antiguo orden que prevalecía en torno a la cuenca del Mediterráneo y basado en la esclavitud no parece tener demasiadas afinidades con el sistema imperialista actual que hoy cubre la totalidad del planeta y que abarca a po blaciones formalmente libres. Pero, en segundo lugar, está el he cho de que una cosa son los senadores romanos exigiéndole a Augusto que asuma poderes imperiales, y otra bien distinta que hubieran sido los pueblos sometidos al yugo romano los que le solicitaran tal cosa. Por cierto que hay una considerable mayoría de los senadores norteamericanos que le reiteran a la Casa Blan ca la necesidad de actuar como eje articulador y organizador del imperio, en beneficio de las empresas y los intereses nacionales de los Estados Unidos, como veremos en los capítulos siguien tes. Otra muy distinta es que los pueblos, naciones y estados so metidos a su dominio hayan exigido tal cosa. En este punto, el análisis de H&N se confunde con el pensamiento del establish mentnorteamericano pues remite a supuestas demandas elevadas a Washington por las Naciones Unidas (¿cuándo la Asamblea General reclamó tal cosa?, porque no es éste un asunto que pue da decidir un órgano tan poco representativo y antidemocrático como el Consejo de Seguridad) y menos aún las "organizaciones monetarias internacionales" (¿se estarán refiriendo al FMI, el Banco Mundial, la OMC, el BID como representantes de los de rechos de los pueblos? ¿De qué hablan?). En todo caso, y aún cuando lo hubieran reclamado, sabemos muy bien que tales ins tituciones son, en los hechos, "miembros informales" del gobier no norteamericano y carecen por completo de legitimidad uni versal para tomar una iniciativa como la que se menciona. ¿Y qué decir de las organizaciones humanitarias? Hasta donde se se pa, ni Amnesty, ni la Cruz Roja, ni Greenpeace, ni el Servicio de Paz y Justicia, ni ninguna otra que se conozca, han formulado ja más la petición que se plantea en el libro de nuestros autores.

Tal vez H&N estén pensando en el activo protagonismo que los Estados Unidos han tenido en la promoción de un nuevo marco ju rídico supranacional el cual, por razones que se comprenderán en seguida, ha sido conducido en el mayor secreto por los gobiernos involucrados en esta empresa. En efecto, desde hace varios años Washington ha venido trabajando muy sistemáticamente y tiene como una de las prioridades de su agenda de política exterior el es tablecimiento del Acuerdo Multilateral de Inversiones (MIA). Para avanzar en esta propuesta la Casa Blanca contó con la siempre in condicional colaboración de su principal estado cliente, el Reino Unido, y de la abrumadora mayoría de los gobiernos agrupados en la OECD. Entre las reglas que los Estados Unidos han tratado de imponer, seguramente inspirados en el mismo tipo de literatura en la cual abrevaron nuestros autores, para consolidar la justicia y el derecho universales se cuentan dos contribuciones epocales a la ciencia del derecho: por una parte, una innovación doctrinaria mer ced a la cual por primera vez en la historia empresas y estados se convierten en personas jurídicas que gozan exactamente del mismo status legal. Los estados dejan de ser representantes de la sobera nía popular y de la nación para devenir en simples agentes econó micos sin ninguna clase de prerrogativas en las cortes. No es pre ciso ser un gran estudioso del derecho para poder calificar esta "conquista jurídica" afanosamente buscada por Washington como una fenomenal retrogresión que violenta los avances del derecho moderno en los últimos trescientos años. Segunda contribución: te niendo en cuenta la extraordinaria preocupación del gobierno esta dounidense por el derecho universal, el MIA propone la abolición del principio de reciprocidad entre las dos partes firmantes de un contrato. Si el MIA llegara a ser aprobado, cosa que hasta ahora no ha sido posible gracias a la tenaz oposición de las organizaciones humanitarias y movimientos sociales de diverso tipo, una de las dos partes de un contrato tendría derechos y la otra sólo obligacio nes. Habida cuenta de las características del imperio "realmente existente" no es demasiado difícil averiguar quién tendría qué: las empresas tendrán el derecho de llevar a los estados ante las cortes de justicia, pero los estados quedan inhabilitados para hacer lo pro pio con los inversionistas que no cumplan con sus obligaciones. Claro que dada la conocida preocupación del gobierno norteame ricano por asegurar la democracia universal se admite que un esta do pueda iniciar un juicio contra otro estado, con lo que se empa reja un poco la cosa. Así, si los gobiernos de Guatemala o Ecuador tuvieran un problema con la United Fruit o Chiquita Banana, no podrían iniciar un juicio contra estas empresas, pero tendrían las manos libres y todas las garantías del mundo para hacerlo en con tra del gobierno de los Estados Unidos, dado que, pese a lo que piensan H&N, esas empresas son norteamericanas y están registra das en ese país. Se comprenden ahora las razones por las cuales las negociaciones que culminaron en la redacción del borrador del MIA fueron conducidas en el más absoluto secreto y al margen de cualquier tipo de control democrático y popular (Boron, 2001[a]: pp. 3162; Chomsky, 2000[a]: pp. 259260; Lander, 1998).

Ante tamaña distorsión de las realidades del imperio no sor prende que nuestros autores concluyan que

"En todos los conflictos regionales de fines del siglo XX, des de Haití hasta el Golfo Pérsico y desde Somalia hasta Bosnia, los Estados Unidos fueron convocados a intervenir militarmente y estamos hablando de pedidos reales y sustanciales, no de meros trucos publicitarios destinados a calmar el disentimiento público estadounidense. Aún cuando hubiesen sido reacios a tal interven ción, los militares estadounidenses habrían tenido que responder a esos requerimientos en nombre de la paz y el orden" (p. 173).

Sin comentarios.



EL IMPERIO TAL CUAL ES, RETRATADO POR SUS INTELECTUALES ORGÁNICOS

Tal como parece estar suficientemente probado, el análisis de H&N sobre el orden mundial de nuestro tiempo es insanable mente erróneo, basado en una lectura seriamente distorsionada de las transformaciones en curso en las formaciones estatales y en los mercados mundiales del capitalismo contemporáneo. Esto no niega que ocasionalmente, aquí y allá, el lector pueda encon trar algunas reflexiones y observaciones muy penetrantes en re lación a temas sumamente puntuales, pero el cuadro general que brota de sus análisis es teóricamente equivocado y políticamente inconducente.



Un buen ejercicio que podría ayudar a que H&N desciendan desde las nebulosas estructuralistas en las que parecen haber ani dado sus razonamiento "el imperio como un régimen específi co de relaciones globales" (p. 58), "una nueva forma global de soberanía" (p. 14) lo constituye la lectura de la obra de algunos de los principales intelectuales orgánicos del imperio. Leo Pa nitch ha llamado la atención sobre una significativa paradoja: mientras el término "imperialismo" ha caído en desuso, las rea lidades del imperialismo son mucho más vívidas e impresionan tes que nunca. Esta paradoja es tanto más acentuada en América Latina en donde no sólo el término "imperialismo" sino también la voz "dependencia" fueron expulsados del lenguaje académico y del discurso público precisamente en momentos en que la su jeción de nuestros países a las fuerzas económicas transnaciona les alcanzó niveles sin precedentes en nuestra historia. Son mu chas las razones por las que esto ha ocurrido, entre las cuales so bresalen la derrota ideológica y política de la izquierda y sus consecuencias: la adopción del lenguaje y la agenda intelectual de sus vencedores y la debilidad para resistir su chantaje, espe cialmente entre aquellos obsesionados por preservar sus carreras y ganar el "reconocimiento público" que administran las grandes usinas doctrinarias de las clases dominantes. Este fenómeno no sólo se verificó en nuestra región sino también en Europa y los Estados Unidos; en la primera muy principalmente en aquellos países en donde la fuerza de los partidos comunistas era muy grande y la presencia de una cultura política de izquierda muy vi gorosa, como en Italia, Francia y España. Es por eso que Panitch sugiere que si la izquierda quiere enfrentarse con la realidad tal vez "debería mirar hacia la Derecha para obtener una clara visión de hacia donde marchar" (Panitch, 2000; pp. 1820). ¿Por qué? Porque mientras muchos en la izquierda evidencian una enfermi za inclinación a olvidarse de la existencia de la lucha de clases y el imperialismo (temerosos de ser sindicados por el prevalecien te consenso neoliberal y posmoderno como extravagantes y ridí culos dinosaurios fugados del Parque Jurásico del socialismo), los mandarines del imperio, preocupados como están por aseso rar con sus conocimientos a las clases dominantes que se enfren tan a diario con los antagonismos clasistas y las luchas emanci padoras no tienen tiempo que derrochar en fantasías ni en poe sías. Las necesidades prácticas de la administración imperial no les permiten darse el lujo de distraerse con elucubraciones meta físicas. Esta es una de las razones por las que Zbigniew Brzezins ki es tan claro en su diagnóstico, y en vez de hablar de un impe rio fantasmagórico, como el que delinean H&N, va directamen te al grano y celebra sin tapujos la a su juicio irresistible ascen sión de los Estados Unidos a la condición de "única superpoten cia global". Preocupado por asegurar la estabilidad a largo plazo de la fase imperialista abierta tras el derrumbe de la URSS, Br zezinski identifica los tres grandes principios orientadores de la estrategia geopolítica norteamericana: primero, impedir la colu sión entre y preservar la dependencia de los vasallos más po derosos en cuestiones de seguridad (Europa Occidental y Japón); segundo, mantener la sumisión y obediencia de las naciones tri butarias, como las de América Latina y el Tercer Mundo en ge neral; y tercero, prevenir la unificación, el desborde y un even tual ataque de los "bárbaros", denominación ésta que abarca des de China hasta Rusia, pasando por las naciones islámicas del Asia Central y Medio Oriente (Brzezinski, 1998: p. 40). Más cla ro imposible.

Las observaciones del ex Director del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos ofrecen una visión clara y sin ro deos, alejada de la nebulosa retórica empleada por H&N y preci samente por eso sumamente instructiva, de lo que estos autores denominan imperio y Panitch designa como "nuevo imperialis mo". Bastante antes de que Brzezinski expresara estas ideas, Su san Strange, no precisamente una académica marxista, escribió en 1989 un artículo que de haber sido leído por nuestros autores les habría ahorrado mucho tiempo y evitado cometer algunos errores sumamente graves. Decía Strange que:

"Lo que está emergiendo, por lo tanto, es un imperio noterri torial con su capital imperial en Washington, D.C. Si las capi tales imperiales solían atraer cortesanos de las provincias exte riores, Washington atrae en cambio a"lobbies" y agentes de las empresas internacionales, representantes de grupos minori tarios dispersos por el imperio y grupos de presión organiza dos en una escala global. (...) Al igual que en Roma la ciuda danía no está limitada a una raza superior y el imperio contie ne un mix de ciudadanos con derechos legales y políticos ple nos, semiciudadanos y nociudadanos, tal como la población esclava de Roma. (...) Los semiciudadanos del imperio son muchos y muy dispersos. (...) Ellos incluyen muchas personas empleadas por grandes firmas transnacionales que operan en la estructura transnacional de producción que atiende, como to dos ellos bien saben, al mercado global. Esto incluye a la gen te empleada en la banca transnacional y, muy a menudo, a los miembros de las fuerzas armadas "nacionales," especialmente aquellas que son entrenadas, armadas por, y dependientes de, las fuerzas armadas de los Estados Unidos. También incluye a muchos académicos en medicina, ciencias naturales y ciencias sociales, como administración y economía, quienes miran ha cia las asociaciones profesionales y las universidades de los Estados Unidos como los pares ante cuyos ojos ellos desean brillar y sobresalir. También se incluye a la gente que está en la prensa y los medios de comunicación, para quienes la tecno logía norteamericana y los ejemplos que brindan los Estados Unidos han mostrado el camino, cambiando las instituciones y organizaciones establecidas" (Strange, 1989: p. 167).

Parece inobjetable el hecho de que pese a su rechazo del mar xismo el diagnóstico de Strange sobre la estructura y la organi zación internacional del imperio guarda más relación con el ma terialismo histórico que el que emerge de la obra de H&N. No es ésta la primera vez que un liberal riguroso y objetivo provee, gra cias al realismo que preside su análisis, una visión mucho más cercana al análisis marxista que la que surge de la pluma de au tores que se identifican con esa tradición teórica. La vibrante perspectiva que nos han ofrecido Brzezinski y Strange se com pleta con el descarnado diagnóstico que efectúa uno de los más distinguidos teóricos del neoconservadurismo norteamericano, Samuel P. Huntington, quien tampoco tiene dudas acerca del ca rácter imperialista del actual orden mundial. Su preocupación se centra en la debilidad y vulnerabilidad de los Estados Unidos en su condición de "sheriff solitario". Esta singularidad ha obligado a Washington a un ejercicio vicioso del poder internacional, y una de las consecuencias de tal acción puede ser la formación de una amplísima coalición antinorteamericana en donde no sólo se encuentren Rusia y China sino también, si bien en diversos grados, los estados europeos, lo cual pondría seriamente en cri sis al actual orden mundial. Para refutar a los escépticos y refres car la memoria de quienes se han olvidado de lo que son las re laciones imperialistas conviene reproducir in extenso el largo ro sario de iniciativas que según Huntington fueron impulsadas por Washington en los últimos años:



"presionar a otros países para adoptar valores y prácticas nor teamericanas en temas tales como derechos humanos y demo cracia; impedir que terceros países adquieran capacidades mi litares susceptibles de interferir con la superioridad militar norteamericana; hacer que la legislación norteamericana sea aplicada en otras sociedades; calificar a terceros países en función de su adhesión a los estándares norteamericanos en materia de derechos humanos, drogas, terrorismo, prolifera ción nuclear y de misiles y, ahora, libertad religiosa; aplicar sanciones contra los países que no conformen a los estándares norteamericanos en estas materias; promover los intereses empresariales norteamericanos bajo los slogans del comercio libre y mercados abiertos y modelar las políticas del FMI y el BM para servir a esos mismos intereses (...) forzar a otros paí ses a adoptar políticas sociales y económicas que beneficien a los intereses económicos norteamericanos; promover la venta de armas norteamericanas e impedir que otros países hagan lo mismo (...) categorizar a ciertos países como "estados parias" o delincuentes y excluirlos de las instituciones globales por que rehúsan a postrarse ante los deseos norteamericanos" (Huntington, 1999: p. 48).

Entiéndase bien: no se trata de la incendiaria crítica de un mortal enemigo del imperialismo norteamericano sino del sobrio recuento hecho por uno de sus más lúcidos intelectuales orgáni cos, preocupado por las tendencias autodestructivas que se deri van del ejercicio de su solitaria hegemonía en el mundo unipolar. Ante imágenes como las que se desprenden de los tres autores cuyas ideas hemos presentado, el discurso por momentos poéti co y a ratos metafísico de H&N se desvanece a causa de su pro pia liviandad y de su radical desconexión con lo que Huntington apropiadamente denomina las responsabilidades de la superpo tencia solitaria. Lo que surge del análisis de estos autores es que la supuesta "nueva forma global de soberanía", que nuestros au tores resumen en la palabra "imperio", y que impondría una nue va lógica global de dominio, no es tal, sino que lo que hay es una "lógica norteamericana de dominio". Que existen organizaciones supranacionales y transnacionales está fuera de toda duda, como también lo está el hecho de que ellas son una fachada convenien te detrás de la cual se oculta el interés nacional norteamericano. Es obvio que éste no existe en abstracto, ni es el interés del pue blo norteamericano o de la nación. Es el interés de los grandes conglomerados empresariales que controlan a su antojo el go bierno de los Estados Unidos, el congreso, el poder judicial, los grandes medios de comunicación de masas, las principales uni versidades y centros de estudio y todo un denso entramado que les permite detentar una formidable hegemonía sobre la sociedad civil. Instituciones supuestamente "intergubernamentales" o in ternacionales como el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y otras por el estilo están al servicio de los intereses corporativos norteamericanos. Las intervenciones de los Estados Unidos en distintas regiones del globo reconocen diversas motivaciones, pero nunca fueron hechas, como sostie nen H&N, para establecer el derecho internacional. En este sentido, Brzezinski no pudo haber sido más categórico al decir que las así llamadas instituciones supranacionales son, de hecho, par te del esquema imperial, algo que es particularmente cierto en el caso de las instituciones financieras internacionales (Brzezinski, 1998: pp. 2829).


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal