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RADIO LIBRE ALBEMUT

Philip K. Dick

Título original: Radio free albemuth

Traducción: José Sampere

© 1985 by Philip K. Dick

© 1989 Ultramar Editores S.A.

ISBN: 84-7386-565-0


Edición digital: Megadicka

Revisión: abur_chocolat


PRIMERA PARTE – PHIL


Prólogo
En abril de 1932, un niño y sus padres esperaban en un embarcadero de Oakland, California, el transbordador de San Francisco. El niño, que andaba en los cuatro años, reparó en un mendigo ciego: un viejo enorme, canoso y barbudo, que estaba de pie con una lata en la mano. El chiquillo pidió cinco centavos a su padre, se acercó al mendigo y le entregó la moneda. El mendigo, en voz extraordinariamente efusiva, le dio las gracias y le puso en la mano una hoja de papel, que el niño llevó a su padre para enterarse de lo que era.

—Habla de Dios —dijo su padre.

El niño ignoraba que el mendigo no era en realidad un mendigo, sino un ente sobrenatural que estaba de visita en la Tierra para examinar a las personas. Con el paso de los años, el niño se hizo hombre. En el año 1974 ese hombre se vio en terribles apuros, habiendo de afrontar la deshonra, la prisión y posiblemente la muerte. De ningún modo podía librarse de ello. En aquel momento, el ente sobrenatural retornó a la Tierra, cedió al hombre una parte de su espíritu y le sacó de apuros. El hombre nunca adivinó por qué razón el ente sobrenatural acudió a rescatarle. Hacía mucho que se había olvidado del corpulento mendigo barbudo y ciego y de los cinco centavos que le diera.

Acto seguido me referiré a tales cuestiones.

1
Mi amigo Nicholas Brady, quien, a su entender, contribuyó a salvar el mundo, nació en Chicago en 1928, pero después se trasladó a California. Pasó la mayor parte de su vida en Bay Area, sobre todo en Berkeley. Se acordaba de los amarraderos de metal en forma de cabezas de caballos situados frente a las casas antiguas de la parte montuosa de la ciudad, y de los Trenes Rojos eléctricos que enlazaban con los transbordadores, y en particular de la niebla. Posteriormente, hacia los años cuarenta, la niebla había dejado de cubrir Berkeley por la noche.

Al principio Berkeley, en la época de los Trenes Rojos y tranvías, era tranquila y poco poblada, si no contamos la universidad, con sus ilustres residencias de estudiantes y su excelente equipo de fútbol. De niño Nicholas Brady asistió a unos cuantos partidos de fútbol con su padre, pero nunca llegó a entenderlos. Ni siquiera comprendía del todo el himno del equipo. Pero le gustaban los parques que rodeaban la universidad, con los árboles, los calmosos bosquecillos y el Arroyo de Strawberry; le gustaba, especialmente, el albañal por el que corría el arroyo. El albañal era lo mejor de los parques universitarios. En verano, cuando el arroyo llevaba poco caudal, lo subía y lo bajaba gateando. En cierta ocasión unas personas le llamaron y le preguntaron si era alumno del colegio universitario. Por entonces tenía once años.

Una vez le pregunté por qué motivo había decidido pasar el resto de sus días en Berkeley, que hacia los años cuarenta se había vuelto populosísima, ruidosa y víctima de airados estudiantes que se enzarzaban en el mercado cooperativo como si las pilas de conservas fueran barricadas.

—Joder, Phil —dijo Nicholas Brady—. Berkeley es mi hogar.

La gente que se dejaba atraer por Berkeley sustentaba tal creencia, aun cuando sólo llevara una semana allí. Sostenían que no existía ningún otro lugar. Esto ante todo se confirmó al abrirse los cafés en Telegraph Avenue y al iniciarse el movimiento de libertad de expresión. En cierta ocasión Nicholas hacía cola en el cooperativo de Grove y vio a Mario Savio delante de él en la fila. Savio sonreía y saludaba con la mano a los admiradores. Nicholas se hallaba en el recinto universitario el día que colocaron el letrero con la palabra PHUQUE en la cafetería, y los polis detuvieron a los tipos que lo habían colgado. Desgraciadamente él estaba en la librería, hojeando libros, y se perdió toda la bronca.

Aun cuando residió en Berkeley por los siglos de los siglos, Nicholas solamente asistió dos meses a la universidad, lo cual le hizo distinto a todos los demás. Los otros asistían a la universidad para siempre. Berkeley contaba con toda una población de estudiantes profesionales que nunca se graduaban y que no tenían otro fin en la vida. El justo castigo que infligió la universidad a Nicholas fue el ROTC, que en su época funcionaba todavía con pleno vigor.

De niño, Nicholas había ido a un centro preescolar progresista o del frente comunista. Su padre, que en los años treinta tenía numerosos amigos en el Partido Comunista de Berkeley, le mandó allí. Posteriormente se hizo cuáquero, y él y su madre se sentaban sin hacer nada en la Reunión de Amigos, tal como es propio de los cuáqueros, esperando que el Espíritu Santo les moviera a hablar. Nicholas, más adelante, se olvidó de todo ello, al menos hasta que se matriculó en la universidad de California y se vio provisto de un uniforme de oficial y un fusil M-1. En consecuencia, su inconsciente se rebeló, abrumado con viejos recuerdos; estropeó el fusil y no pudo llevar a cabo los ejercicios de manejo de armas, se presentó a la instrucción sin uniforme; fue suspendido, le informaron de que un suspenso en ROTC suponía la automática expulsión de la universidad, a lo cual Nicholas dijo: «Lo que es justo, es justo».

No obstante, en vez de dejar que le expulsaran, abandonó por su cuenta. Tenía diecinueve años y su carrera universitaria estaba arruinada. Se había propuesto llegar a ser paleontólogo. La otra universidad importante de Bay Area, que se encontraba en Stanford, era excesivamente costosa para sus posibilidades. Su madre ocupaba el exiguo puesto de secretaria en el Departamento de Ciencias Forestales de los EE.UU., en un edificio del recinto universitario; carecía de dinero. Nicholas se planteó ir a trabajar. Detestaba de veras la universidad y se le ocurrió no devolver el uniforme. Pensó presentarse a la instrucción con una escoba y empeñarse en que era su fusil M-1. Con todo, nunca se le antojó disparar el M-1 a sus oficiales; el percutor había desaparecido.

En aquellos tiempos, Nicholas aún estaba en contacto con la realidad. La cuestión de devolver su uniforme de oficial quedó resuelta cuando las autoridades de la universidad abrieron su cabina del gimnasio y retiraron de allí el uniforme, incluyendo las dos camisas. Nicholas había sido oficialmente separado del mundo militar; las objeciones morales, las nuevas ideas para valientes manifestaciones se esfumaron de su imaginación y, al estilo de los estudiantes que asistían a la universidad de California, se puso a vagar por las calles de Berkeley, hundidas las manos en los bolsillos traseros de sus Levi's, melancólico el semblante, incierto el ánimo, vacía la cartera e imprecisa su visión del porvenir. Seguía viviendo con su madre, que estaba harta de la situación. Nicholas no tenía aptitudes ni proyectos, tan sólo un rencor embrionario. Al andar iba cantando una canción de marcha izquierdista de la Brigada Internacional del Ejército Republicano Español, una brigada comunista integrada en su mayor parte por alemanes. La canción decía:
Vor Madrid im Schutzengraben,

Mit den eisernen Brigaden,

Sein Herz voll Hass geladen,

Stand Hans, der Kommissar.
El verso que más le gustaba era «Sein Herz voll Hass geladen», que quería decir «Su corazón lleno de odio». Nicholas la cantaba una y otra vez mientras andaba a grandes zancadas calle Berkeley abajo hasta Shattuck, y luego calle Dwight arriba de vuelta a Telegraph. Nadie se fijaba en él, pues a la sazón lo que hacía no resultaba insólito en Berkeley. A menudo se veían hasta diez estudiantes en tejanos que andaban a grandes zancadas cantando canciones izquierdistas y abriéndose paso a empujones a través de la gente.
En la esquina de Telegraph y Channing, la mujer que estaba detrás del mostrador de University Music le hizo una señal con la mano, ya que Nicholas solía frecuentar la tienda y entretenerse inspeccionando los discos. Así que entró.

—No traes puesto el uniforme —dijo la mujer.

—He dejado de asistir a la universidad fascista —dijo Nicholas, lo cual, sin lugar a dudas, era cierto.

Pat le rogó que la dispensara y fue a atender a un verdadero cliente, por lo que él cogió un álbum de la suite del Pájaro de Fuego, lo llevó a una de las cabinas de escucha y lo puso en la cara donde el huevo gigante se abre. Ello se ajustaba a su disposición de ánimo, si bien no estaba seguro de lo que salía del huevo. En la portada del álbum se mostraba tan sólo una fotografía del huevo, y un hombre con una lanza que, evidentemente, se disponía a romperlo.

Al cabo de un rato, Pat abrió la puerta de la cabina de escucha y hablaron de la situación de Nicholas.

—A lo mejor Herb querría emplearte aquí —dijo Pat—. Estás siempre en la tienda, conoces el surtido y entiendes mucho de música clásica.

—Sé dónde están todos los discos de la tienda —dijo Nicholas, entusiasmado por la idea.

—Tendrías que llevar traje y corbata.

—Tengo traje y corbata.

El ir a trabajar a University Music a los diecinueve años fue probablemente el paso más importante de su vida, por cuanto le recluyó en un molde que no llegó a romperse, en un huevo que nunca se abrió... O al menos no se abrió durante veinticinco años más; un período terriblemente largo para alguien que, en realidad, nunca había hecho otra cosa que jugar en los parques de Berkeley, ir a las escuelas públicas de Berkeley, y pasar los sábados en las sesiones de tarde del Oaks Theater de Solano Avenue, donde ponían un noticiario, un cortometraje escogido y dos tiras de dibujos animados antes de la película normal, todo por once centavos.

El trabajar para University Music de Telegraph Avenue le hizo parte integrante del ambiente de Berkeley a lo largo de las décadas venideras y excluyó toda posibilidad de maduración o conocimiento de alguna otra vida, de algún mundo de mayor alcance. Nicholas se había criado en Berkeley y en Berkeley se quedó, aprendiendo a vender discos y después a comprarlos, a interesar a los clientes en los nuevos artistas, a negarse a aceptar discos devueltos, a cambiar el rollo de papel higiénico del lavabo situado tras la cabina de escucha número tres; esto se convirtió en su único mundo: Bing Crosby, Frank Sinatra y Ella Mae Morse, Oklahoma, y después South Pacific, y «Open the Door, Richard» y «If I'd Known You Were Coming I'd Have Baked a Cake». Estaba detrás del mostrador cuando Columbia lanzó los discos de larga duración. Estaba abriendo cajas de cartón de las distribuidoras cuando Mario Lanza se dio a conocer, y estaba revisando inventarios y pedidos atrasados cuando Mario Lanza falleció. Vendió personalmente cinco mil ejemplares de «Bluebird of Happiness», de Jan Peerce, aborreciendo cada uno de los mismos. Allí estaba cuando Capitol Records se especializó en música clásica y cuando su especialización en música clásica se fue al agua.

Siempre se alegró de haberse dedicado a la venta de discos al por menor, ya que le encantaba la música clásica y el estar de continuo rodeado de discos, vendiéndolos a los clientes que conocía personalmente y comprándolos con descuento para su colección particular; pero a la vez detestaba el haberse dedicado a la venta de discos porque, el primer día que le mandaron barrer, se dio cuenta de que sería medio portero, medio dependiente, durante el resto de su vida; mostraba para con ello la misma actitud encontrada que manifestara respecto de la universidad y de su padre. Además, mostraba la misma actitud encontrada para con Herb Jackman, su jefe, que estaba casado con Pat, una muchacha irlandesa. Pat era muy guapa y mucho más joven que Herb; Nicholas estuvo coladísimo por ella años y años, hasta que todos hubieron envejecido y un día se dieron a beber juntos en Hambone Kelley's, un cabaret de El Cerrito que ofrecía la actuación de Lu Watters y su Dixieland jazz band.

Conocí a Nicholas en 1951, después de que la banda de Lu Watters se hubiera convertido en la banda de Turk Murphy y firmado un contrato con Discos Columbia. Nicholas solía pasar por la librería en que yo trabajaba durante su hora de comer para echar un vistazo a los ejemplares usados de Proust, Joyce y Kafka, a los libros de texto que los estudiantes de la universidad nos vendían en cuanto sus cursos —y su interés por la literatura— finalizaban. Aislado de la universidad, Nicholas Brady adquirió los libros de texto usados de las clases de ciencias politécnicas y literatura a las que nunca podría asistir; conocía perfectamente la literatura inglesa, y no tardamos mucho en empezar a charlar; nos hicimos amigos y terminamos por compartir un piso en la planta alta de una casa enripada de color marrón, en la calle Bancroft, cerca de su tienda y la mía.

Yo acababa de vender mi primer relato de ciencia-ficción a Tony Boucher, para una revista llamada Fantasy and Science Fiction, por setenta y cinco dólares, y estaba pensando en dejar mi trabajo de dependiente de librería y hacerme escritor profesional, lo cual llevé a cabo con posterioridad. El escribir ciencia-ficción se convirtió en mi oficio.

2
La primera de las experiencias paranormales de Nicholas Brady ocurrió en la casa de la calle San Francisco, en donde residió durante años; él y su mujer, Rachel, compraron la vivienda por tres mil setecientos cincuenta dólares cuando se casaron en 1953. Era una casa muy antigua —uno de los primeros cortijos de Berkeley— edificada en un solar que medía únicamente nueve metros y pico de ancho, desprovista de garaje, cuya calefacción se reducía al horno de la cocina. Las mensualidades ascendían a veintisiete con cincuenta dólares, razón por la que vivió en ella tanto tiempo.

Solía preguntarle a Nicholas por qué motivo nunca pintó o reparó la casa; el tejado tenía goteras, y en invierno, durante las lluvias abundantes, él y Rachel repartían latas de café vacías para recoger el agua que goteaba por todas partes. La casa era de un feo amarillo desconchado.

—Eso daría al traste con la intención de tener una casa tan barata —explicó Nicholas.

Seguía gastándose casi todo el dinero en discos. Rachel estudiaba en la universidad, en el departamento de ciencias políticas. Yo casi nunca la encontraba en casa cuando me dejaba caer por allí. Nicholas me dijo una vez que su mujer estaba colada por un compañero estudiante, el que dirigía el grupo de juventud del Partido Socialista Obrero cuya sede estaba situada delante misma del recinto universitario. Ella se parecía a las demás muchachas de Berkeley que estaba acostumbrado a ver: tejanos, gafas, caballera oscura, voz alta y enérgica, hablando sin cesar de política. Esto, claro está, fue durante la época de McCarthy. Berkeley se estaba politizando sobremanera.

Los miércoles y domingos Nicholas no trabajaba. El miércoles estaba solo en casa. El domingo le acompañaba Rachel.

Un miércoles —esto no es la experiencia paranormal— cuando Nicholas estaba en casa escuchando la Octava Sinfonía de Beethoven en su tocadiscos Magnavox, dos agentes del FBI le hicieron una inesperada visita.

—¿Está la señora Brady en casa? —preguntaron. Llevaban trajes de calle y abultados maletines. Nicholas les tomó por vendedores de seguros.

—¿Qué quieren de ella? —replicó con hostilidad. Se figuraba que trataban de vender algo a su mujer.

Los dos agentes cruzaron una mirada y entonces obsequiaron a Nicholas con sus documentos de identidad. Nicholas se vio asaltado por la ira y el miedo. Se puso a contar a los dos agentes del FBI, balbuciente, un chiste que había leído en «La comidilla de la ciudad», del New Yorker, que trataba de dos agentes del FBI que estaban investigando los antecedentes de un hombre, y un vecino, al interrogarlo, había dicho que el hombre escuchaba sinfonías, y los agentes preguntaron con recelo en qué idioma estaban las sinfonías.

Los dos agentes, al oír su confusa versión del chiste no le vieron la gracia.

—Eso no nos incumbió a nosotros —dijo uno de ellos.

—¿Por qué no hablan conmigo? —exigió Nicholas, protegiendo a su mujer.

Los dos agentes del FBI volvieron a cruzar miradas, asintieron con la cabeza y entraron en la casa. Nicholas, aterrado, se sentó de cara a ellos, procurando reprimir los temblores.

—Como usted sabe —explicó el agente de la doble papada de mayor tamaño—, nuestro deber es proteger las libertades de los ciudadanos americanos contra la invasión totalitaria. Nunca investigamos a los partidos políticos legítimos, tales como los demócratas o republicanos, que son genuinos partidos políticos amparados por la ley americana.

Entonces comenzó a hablar del Partido Socialista Obrero, el cual, explicó a Nicholas, no era un partido político legítimo sino una organización comunista que se dedicaba a la revolución violenta a costa de las libertades americanas.

Nicholas ya sabía todo eso. Sin embargo, guardó silencio.

—Y su esposa —dijo el otro agente—, podría sernos de utilidad, ya que es miembro del cuerpo estudiantil del PSO, al informar acerca de quiénes asisten a sus reuniones y de qué se habla en ellas. —Ambos agentes miraron con expectación a Nicholas.

—Tendré que comentarlo con Rachel —dijo Nicholas—. En cuanto vuelva.

—¿Participa usted en actividades políticas, señor Brady? —le preguntó el agente de la doble papada de mayor tamaño. Tenía ante sí una libreta y una estilográfica. Los dos agentes habían colocado uno de sus maletines entre Nicholas y ellos; y vio que de su interior sobresalía un objeto cuadrado y supo que le estaban grabando.

—No —dijo Nicholas, sin mentir. Lo único que hacía era escuchar exóticos e insólitos discos vocales extranjeros, sobre todo los de Tiana Lemnitz, Erna Berger y Gerhard Husch.

—¿Le gustaría participar? —preguntó el agente de la doble papada menor.

—Hum —dijo Nicholas.

—Usted está familiarizado con el Partido Internacional del Pueblo —dijo el agente de la papada mayor—. ¿Ha pensado alguna vez en asistir a sus reuniones? Las celebran a una manzana de aquí, más o menos, al otro lado de San Pablo Avenue.

—Podríamos servirnos de alguien allí, en la reunión del grupo local —dijo el agente de la papada menor—. ¿Le interesa?

—Podemos pagarle —añadió su colega.

Nicholas parpadeó, tragó saliva, y entonces pronunció el primer discurso de su vida. Los agentes no se mostraron satisfechos pero escucharon.

Ese mismo día, más tarde, luego de que los agentes se hubieran ido, llegó Rachel, cargada de libros de texto y con aspecto malhumorado.

—Adivina quiénes han estado hoy aquí buscándote —dijo Nicholas. Le contó de quiénes se trataba.

—¡Malnacidos! —exclamó Rachel—. ¡Malnacidos!

Fue dos noches después cuando Nicholas tuvo su experiencia mística.

Él y Rachel estaban en la cama, durmiendo. Nicholas ocupaba el lado izquierdo, más cerca de la puerta del dormitorio. Perturbado aún por la reciente visita de los agentes del FBI dormía ligeramente, revolviéndose mucho, acosado por sueños indefinidos de desagradable naturaleza. Hacia el amanecer, apenas la engañosa luz blanca empezaba a llenar la habitación, se apoyó en un nervio, le despertó el dolor, y abrió los ojos.

Una figura estaba de pie, silenciosa, junto a la cama, contemplándole. La figura y Nicholas se miraron; Nicholas gruñó asombrado y se incorporó. Rachel despertó de golpe y rompió a gritar.

—Ich bin's —le dijo Nicholas de modo tranquilizador (había estudiado alemán en el instituto). Lo que quiso decirle fue que la figura era él mismo, lo cual se decía «Ich bin's» en alemán. Sin embargo, a causa de su agitación no se dio cuenta de que hablaba en una lengua extranjera; si bien era una lengua que la señora Altecca le había enseñado en el doceavo curso, Rachel no le comprendía. Nicholas empezó a darle palmaditas pero siguió repitiendo que era él en alemán. Rachel estaba perpleja y asustada, seguía gritando. Entretanto, la figura desapareció.

Más tarde, cuando hubo despertado del todo, Rachel no estaba segura de si había visto la figura o solamente reaccionado al sobresalto de Nicholas. Había sido todo tan repentino.

—Era yo —dijo Nicholas—; estaba de pie junto a la cama contemplándome. Me he reconocido.

—¿Qué hacías allí? —preguntó Rachel.

—Protegerme —dijo Nicholas.

Lo sabía. Podía asegurarlo tras haber visto la expresión del rostro de la figura. Por tanto, no había nada que temer. Tenía la impresión de que la figura de él mismo había retornado del futuro, acaso de un punto muy avanzado en el tiempo, a fin de cerciorarse de que él, su yo anterior, se desenvolvía satisfactoriamente en una época crítica de su vida. Era una impresión clara y acusada y no podía librarse de ella.

Pasando al cuarto de estar, cogió su diccionario de alemán y comprobó la frase que había empleado. En efecto era correcta. Significaba, literalmente «Lo soy».

Él y Rachel se sentaron en el cuarto de estar, bebiendo café instantáneo en pijama.

—Ojalá estuviera segura de haberlo visto —Rachel no dejaba de repetir—. Seguro que algo me asustó. ¿No me has oído gritar? No sabía que pudiera gritar de esa manera. No creo que nunca en mi vida haya gritado de esa manera. Me pregunto si los vecinos lo habrán oído. Espero que no llamen a la policía. Apuesto que los he despertado. ¿Qué hora es? Está clareando; debe ser el amanecer.

—En mi vida me había ocurrido nada igual —dijo Nicholas—. Vaya sorpresa que me he llevado; abro los ojos y lo veo —me veo— allí de pie. Menudo susto. Me pregunto si le habrá ocurrido nunca a algún otro. Vaya.

—Estamos tan cerca de los vecinos —dijo Rachel—. Espero no haberles despertado.

Al día siguiente Nicholas vino a mi casa para contarme su experiencia mística y pedir mi opinión. Sin embargo, no habló de ello con mucha franqueza que digamos; al principio no me lo contó como experiencia personal, sino como una idea de ciencia-ficción para un relato. De este modo, si sonaba a locura, la responsabilidad no sería suya.

—He pensado —dijo— que como escritor de ciencia ficción podrías explicarlo. ¿Era un viaje en el tiempo? ¿Existe una cosa tal como el viaje en el tiempo? O quizá un universo alternativo.

Le dije que aquello era él mismo procedente de un universo alternativo. Lo probaba el hecho de que se hubiera reconocido. De haber sido un yo futuro no lo habría reconocido, puesto que sus facciones se habrían diferenciado de las que veía en el espejo. Nadie podría reconocer su propio yo futuro. En cierta ocasión había tratado ese tema en un relato. En éste, el yo futuro del personaje regresaba para advertirle precisamente cuando él, el protagonista, se disponía a cometer una estupidez. El protagonista, sin reconocer a su yo futuro, le había matado. Aún tenía que vender el relato, pero abrigaba esperanzas. Mi agente, Scott Meredith, había vendido todo cuanto yo había escrito.

—¿Puedes utilizar la idea? —preguntó Nicholas.

—No —le dije—. Es demasiado vulgar.

—¡Vulgar! —semejaba molesto—. A mí no me ha parecido vulgar esta noche. Creo que me traía un mensaje y me lo estaba emitiendo telepáticamente, pero me desperté y allí terminó la transmisión.

Le expliqué que si uno se encontraba con su yo de un universo alternativo —o del futuro, si vamos a eso— difícilmente habría de emplear la telepatía. No era lógico, ya que no existiría barrera lingüística alguna. La telepatía se utilizaba cuando tenía lugar el contacto entre miembros de diferentes razas, tales como los de otros sistemas estelares.

—Oh —dijo Nicholas, asintiendo con la cabeza.

—¿Era benigno? —pregunté.

—Claro que lo era; era yo. Yo soy benigno. ¿Sabes, Phil? Según como se mire, toda mi vida es una pérdida de tiempo. ¿Qué hago yo a mi edad, trabajando como dependiente en una tienda de discos? Fíjate en ti..., tú eres un escritor profesional. ¿Por qué coño yo no puedo hacer algo así? Algo útil. ¡Soy un dependiente! ¡Lo más humilde de lo más humilde! Y Rachel va a ser profesora titular algún día, cuando haya terminado la carrera. Nunca tendría que haber abandonado los estudios; tendría que haberme licenciado en filosofía y letras.

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