¿Quién soy yo?



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¿Quién soy yo?
Parece una pregunta fácil de responder, si la interpretamos del modo más literal que se pueda. Podría responder simplemente con mi nombre y apellidos. Podría responder con datos y más datos. Pero soy un ser humano, un animal inteligente. Soy algo más que datos. Soy idea y pensamiento.
¿Soy lo que ha hecho de mí la sociedad?

Por supuesto que la sociedad influye mucho en mi manera de ser. No solo es la causante de mis reacciones sociales, en mi caso, sería más bien la causante de mis reacciones “antisociales”.

No quiero ser parte de la sociedad. No de esta. Me da vergüenza ajena. No me considero el ser consumista, obsesivo y extremista que promociona nuestra sociedad actual.

No tenemos porqué ser todo lo que vemos por la tele, mi vida no es una serie cutre en la que solo hay sexo, drogas, sexo, consumismo, sexo, violencia, drogas, violencia, alcohol, sexo… y a veces, muy de vez en cuando, argumento. Tampoco soy una chica extremamente delgada y con cara rara, pero “agradable” y maquillada de un anuncio de colonias. Ni el típico chico guay de los anuncios de desodorante. Ni un sonriente bebé de ojos claros y piel suave de un anuncio de potitos. No, no soy nada de eso. Ni lo quiero ser.

Respecto a la sociedad, creo que me ha producido un asco tan terrible ver como la gente de mi alrededor sucumbe ante estas imágenes de supuesta “perfección” que prefiero ser lo contrario. No voy a ser así o asá porque la sociedad así lo prefiera. Tengo personalidad propia, y quiero mostrarla a este nuestro mundo.

Lo que ha hecho de mí la sociedad es hacerme antisocial.


Por lo tanto… ¿Soy lo que ha hecho de mí mi código genético? Vaya, esta pregunta sí que es difícil. Físicamente, soy todo lo que ha hecho de mí mi código genético, salvo detalles manipulables, como el color del pelo, uñas, desarrollo muscular, etc. Psicológicamente… Sí, pero no. En gran parte.

Siempre me dicen cosas como “te pareces a tu madre/padre/cualquier otro familiar cuando haces esto”. Aquí entra la duda de si es un carácter heredado por mi código genético o por las conductas que veo y asimilo. Pues la respuesta es que son ambos.

Voy a hablaros de un caso curioso, mi abuelo. Yo en vida nunca le conocí (murió 5 años antes de mi nacimiento) Por tal cosa, no pude imitarle o aprender de él. Aún así, dicen que me parezco mucho a él. Y es verdad, no le conozco, pero cuando alcancé cierta edad, picada por la curiosidad de saber sobre mi pasado (algo que según mis investigaciones también él poseía) empecé a investigar, en fotos, escritos y otros documentos. Y a través de las fotos, los escritos y lo que me explicaron aquellos que sí le conocieron me di cuenta de a quién había salido.

No sé si los gustos serán hereditarios, pero… ¡caramba! La pasión que siento yo por los gatos nadie me la ha enseñado, de hecho a mis padres no les gustan. Pues bien, a mi abuelo también le apasionaban, es el único en mi familia a parte de mí y mis hermanas. Su forma de escribir e investigar era también muy similar a la mía, aunque físicamente no nos parecemos en nada, pero sus poses y su “aire” son realmente parecidos al mío.

Y os he hablado de mi abuelo al que no conocí para afirmar que parte de mí es genética, pero también puedo hablaros del resto de mis abuelos, a los que también me parezco mucho a ellos en ciertos aspectos, pero eso no puedo diferenciarlo de si es genético o comportamiento adquirido.
Pero… ¿Es esto todo? ¿Soy una “mezcla” de personas y ya está? No, me temo que no es tan fácil, esto no acaba aquí.

Soy lo que hago yo conmigo misma. Conozco casos de gemelas idénticas genéticamente que han tenido una misma educación, y aún así son diferentes… ¿Por qué? Porque son individuos, entes individuales.

Yo soy yo, y pese a todos mis genes, la sociedad en la que vivo, la educación que me han aportado… soy yo la que decide lo que manifiesta y lo que no.

Yo elijo cómo quiero ser. Puedo pensar y razonar, por ello puedo elegir. No todo el mundo puede, soy una chica con suerte. No a todo el mundo le enseñan a “pensar”, como animales inteligentes e individuales que somos. Por su puesto que mi temperamento, que es genético, y mi educación afecta a mis decisiones, pero soy yo quien tiene la última palabra. No soy una simple copia de mi madre, por mucho que me parezca a ella.

Tengo el poder y la voluntad de elegir.

Las personas son como caminos que se ramifican y ramifican, y nosotros, los individuos, somos el camino único que es recorrido por nosotros mismos.
Y si perdiera la memoria… ¿Seguiría siendo yo misma?

Sí, físicamente hablando. Seguiría teniendo el mismo temperamento y las mismas maneras que cuando nací y aún no tenía conciencia.

Pero por otro lado, soy lo que han hecho mis experiencias de mí. Soy mis errores y mis logros, y lo que ellos han dejado consecuente. Si perdiese mis recuerdos, que son lo más preciado que tengo, sería como volver a nacer.

La idea de olvidar todo lo aprendido en estos dieciséis años de vida me aterra.

Somos como barcos, nos vamos rompiendo poco a poco y nos ponen piezas nuevas, pero a pesar de todo seguimos siendo el mismo barco. Sin mis recuerdos, mis piezas, no sería ni siquiera un barco, ni siquiera yo, porque no tendría “con qué” estar montada.

Y hoy soy yo, con mis recuerdos; pero mañana tendré muchos más recuerdos y habré cambiado casi por completo y aún así, seguiré siendo yo.


Y mi cuerpo… ¿es mío? ¿Soy de él? ¿Soy con él? ¿O soy él?

Desde mi punto de vista soy un cuerpo y un alma, ahora mismo unidos. Tengo un cuerpo, que es el medio que se me ha dado para poderlo habitar como alma, conciencia o como prefiráis llamarlo.

Pero todo mi “yo” no es solo cuerpo. Ya os digo, el alma juega un papel muy importante. Probablemente sea mucho más en parte alma que cuerpo, ya que el alma la cultivo y manejo yo como quiero mientras que mi cuerpo tiene tremendas limitaciones.

Y no soy todo cuerpo, ante la enfermedad o el daño físico, aunque mi cerebro no funcione correctamente, mi conciencia del alma sigue intacta, aunque no pueda manifestarse correctamente debido a que el medio para manifestarse es el cerebro y el cuerpo.

Por lo tanto, la respuesta más correcta, pero no la correcta, es que “tengo” un cuerpo, que lo puedo usar para manifestarme como un “yo” perceptible por los cinco sentidos, pero fuera de esos sentidos hay un “yo” mucho más poderoso, el “yo” abstracto, la conciencia del alma. Mi “yo” verdadero.
¿Soy lo que pienso, lo que digo o lo que hago?

Yo sé quién soy, por lo que pienso. Si pudiera hablar con números sobre esto, diría que sólo yo me conozco al 90% (es imposible conocerse al 100%, a veces nos llegamos a sorprender a nosotros mismos con nuestros propios actos, ya sean hazañas o grandes errores), porque soy la única persona dentro de mi cabeza que puede saber lo que se pasa por aquí con total certeza, o al menos una certeza casi total.

Para el resto del mundo, hay otra imagen de mí. “Las personas son como icebergs, solo se ve un 10% sobre el mar y sumergido está el resto”.

Pueden conocer el “yo” de mis actos, y de lo que digo, pero jamás llegarán a ver el yo de verdad, el de mi cabeza, jamás llegarán a ver el “yo” de mi alma desnuda.

Yo, para mí, soy lo que pienso. Para el resto del mundo soy mis actos, y para las personas que me conocen poco, soy lo que digo, ya que no han tenido la oportunidad de ver mis actos aún; pero ellos jamás verán mi yo pensante.
¿En qué consiste una existencia personal auténtica?

De buenas a primeras podría contestar no lo sé. Nadie lo sabe, en realidad. Depende de lo que yo considere por auténtico, o por lo que el resto considere por auténtico.

Supongo, que una existencia personal auténtica debe de ser yo misma, aunque ser “yo” consista en ser mis abuelos, mis abuelas, mi madre, mi padre, la gente que me rodea, los anuncios de colonia, los carteles de publicidad... También ser lo que odio, y lo que amo. Consiste en ser todo y no ser nada.

Consiste en ser todo cuanto he dicho, siempre con tolerancia, pero pese a ello, conservar mi integridad moral. Ser lo que soy, ocupando mi puesto en la sociedad, pero aún así conservar mi alma.




Firmado: Ornitorrinco Amarillo


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