Queer-emos un mundo nuevo: contra el sexismo lingüístico en la época post t



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queer-emos un mundo nuevo: contra el sexismo lingüístico en la época post-

teresa Moure

Universidade de Santiago de Compostela

1. introducción

Cualquier integrante de una candidatura política que se presente a elecciones no perderá ocasión, en los tiempos que corren, de pronunciar muy claramente en sus intervenciones públicas "los ciudadanos y las ciudadanas". También en la vida social, una reunión, palestra o congreso comenzará seguramente con un saludo dirigido "a todos y a todas". En el siglo XXI, aquí y ahora, predomina la idea de que estas fórmulas inclusivas captan la benevolencia ajena; con poco esfuerzo permiten penetrar en otras mentes, como la mejor publicidad. Si esto supusiese que estamos construyendo comunidades cada vez mejor tejidas, más sensibles o precavidas contra la exclusión social, podríamos felicitarnos. Pero, tal vez esos "ciudadanos y ciudadanas" o "todos y todas" sólo pretendan el curioso objetivo de normalizar a las mujeres dentro del grupo. La fórmula podría resultar incluso peligrosa, al marcarlas como algo añadido o excepcional. De hecho, las mujeres siempre han estado integrando ese grupo; en otras palabras, decir "buenas tardes a todos y a todas" no supone nada que no esté implícito ya en "buenas tardes". Si alguien quiere visibilizar a las mujeres debe ser porque tiene conciencia de género y esa percepción debería impregnar más espacios que un saludo donde el femenino, para decirlo rápidamente, es una fórmula que no cuesta nada colocar, y que tampoco compromete a nada.

En todo caso, al incrementar el discurso con un femenino, por muy inocua que quiera ser la medida en esos saludos rituales, ya estamos adoptando un comportamiento de alta carga simbólica. El problema radica en que esos mismos individuos que hablan con profusión de formas dobles suelen descuidar su expresión en otros sentidos y se refieren, por ejemplo, a los políticos, los socios fundadores de una empresa, al lector de un texto, o al espectador de una obra teatral sin percibir que, fuera de aquellas concesiones de cara a la galería de los "ciudadanos y las ciudadanas", siguen interpretando la existencia en clave masculina. Al final, la irrupción de la fórmula doble −ese -os/-as de la concordia− no parece haber modificado mucho una visión del mundo terriblemente uniforme, reducida a la perspectiva masculina que se mantiene, en el fondo, como un auténtico universal.

La inclusión del término femenino, reivindicada desde muy atrás por el activismo feminista, no puede limitarse, por tanto, a un lavado de cara para captar con cierta demagogia la atención de las mujeres y demandar sus votos u obtener su simpatía. Usado intencionalmente, opera como un mecanismo potente en términos políticos, educativos o éticos. Así, por ejemplo, para estudiar historia recurrimos a un libro de texto que, siguiendo una tradición inveterada, probablemente hará referencia a los romanos, los griegos o los vikingos. No por casualidad, al leer estas etiquetas, se evoca en nuestra mente la imagen de una serie de hombres. No son todos iguales −unos visten sandalias y túnicas blancas, otros llevan barbas o portan armas−: la clase de historia se encarga de que sepamos ajustarles los atributos más adecuados a su papel en cada caso. Pero no hay mujeres. Ni una sola. Como consecuencia, en nuestra imaginación las mujeres romanas, griegas o vikingas aparecen todas como idénticas, todas ocupadas de la familia y lo doméstico, subordinadas y marginales en esos episodios históricos que estudiamos. De alguna manera podríamos deducir que el término masculino, al no reflejar a las mujeres, se encarga de reproducir en nuestra cabeza el orden simbólico establecido, eso que el pensamiento feminista ha llamado el patriarcado. Igualmente cuando discutimos en una palestra de biología acerca de la teoría de la evolución imaginamos un simio que se va colocando paulatinamente en posición erecta, que va adoptando una figura estilizada, más estilizada y diestra, hasta culminar en la imagen... de un varón, como si las mujeres no se viesen afectadas por la evolución biológica.

Según demuestran estos ejemplos, el uso de formas femeninas en el discurso habitual que se viene reclamando desde los estudios de género no se limita a una propuesta de estilo, más o menos cortés; implica entrenar nuestra razón con un dispositivo ideológico que se blinda contra la segregación, un instrumento crítico y útil para barrer con todos los prejuicios que una sociedad puede generar. Al incluir a las mujeres con las formas femeninas correspondientes, restituimos el orden justo luego de una terrible violencia de género, y al tiempo nos preparamos para erradicar discriminaciones en otros ámbitos −por razón de raza, de edad, de etnia, de grupo social−.

Ahora bien, en la mayoría de los contornos sociales el uso de formas femeninas aún no se ha iniciado. Ni en los hospitales, ni en los juzgados, ni en las oficinas de la administración, ni mucho menos en instancias más conservadoras, como la iglesia, el ejército, las instituciones penitenciarias o la policía caben formas dobles. Tampoco cabe pensar que en los círculos intelectuales estén ni mucho menos universalizadas: figuras eminentes en distintas disciplinas presumen de ser inmunes a lo que consideran una moda o una concesión al histerismo feminista, e instituciones de gran prestigio, como las academias o las universidades, rechazan, a menudo explícitamente, las fórmulas de la concordia. Se diría que sólo algunas personas a título individual, comprometidas con la transformación social en el campo de la educación; en ambientes sindicales, políticos o artísticos se ven concernidas por esta acción de género. Eso se diría, si el procedimiento no estuviese ya pervertido, en el sentido de ser adoptado por muchas otras personas como parte de ese juego de las cortesías sociales, que se ejecutan, una y otra vez, de modo ritual, sin creer realmente en ellas. Porque lo que en principio pudo ser muy productivo acaba así vacío de significado y lo que pudo ser una bomba llegó a desactivarse a tiempo.

El sexismo lingüístico goza de una apariencia falsa de dignidad que le permite mantenerse bien asentado, generación tras generación, amparado en razonamientos de tanto sustento como la pureza de la lengua, la etimología, el orden secular de las cosas y verdades de parecido y dudoso cuño. Obsérvese que, en el momento actual muchas personas rechazarían un discurso público donde un profesional despreciase a una persona por ser negra, judía o gitana. Eso significa que tal vez esos individuos sean racistas malgré soi, pero no transigen con los usos lingüísticos que perpetúan el racismo. En cambio no parece regir una sensibilidad semejante para el género. El astronauta Armstrong, al poner su pie en la Luna parece ser que declaró: "Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad". La frase, reproducida hasta la saciedad por los medios de comunicación, no provocó excesiva contestación y eso ya es llamativo. Parece claro que Armstrong podría haberse expresado mejor refiriéndose a "un pequeño paso para un ser humano". Con este uso se salvaría de excluir a la mitad de los miembros de la especie. Pero, la reacción imperante pasa por aceptar que las mujeres, con toda probabilidad, han de estar incluidas en la categoría suprema del hombre aludida por el astronauta. Sólo una malsana susceptibilidad de feminista podría entender lo contrario porque, apelando a una gramática construida y administrada por el poder, hombre es un término que se opone a mujer pero que, al tiempo, puede incluirla en un uso presuntamente neutro, que se ha llamado genérico. La explicación se relaciona con la visión estructuralista de la teoría de la marca.

Cuando dos términos están en distribución complementaria −o sea, cuando son las dos únicas posibilidades de elección− uno de ellos adquiere el valor de representante de ambas, de modo que puede ser usado, bien con su significado particular, bien para identificar los dos términos antes diferenciados. Así, la palabra noche en español se opone a día y, en este caso día se refiere sólo a una porción temporal de doce horas. Sin embargo, también puede usarse en calidad de término no marcado para representar la suma de noche + día, o sea las veinticuatro horas, siendo ahí sinónimo de jornada. Por supuesto, esta explicación que supone la existencia de dos formas día ocultas bajo la misma apariencia fónica es un auténtico rizo que la gramática se empeña en mantener incluso si atenta contra la navaja de Ockam. ¿Para qué precisamos un día que se oponga a noche y otro día que la incluya? Tal explicación es más que cuestionable desde un punto de vista lógico. Y el problema principal radica en que las noches no protestan, las mujeres sí. Si Armstrong hablase de que se perfumaba cada día con colonia para hombre, nadie entendería que en ese hombre estaban incluidas las mujeres. Pero, en caso de referirse a los derechos del hombre, parece obligado suponerle al bueno de Armstrong la intención más inclusiva. A poco que se piense sobre este caso, se observará que estos comportamientos, todavía bien extendidos, ejercen una fuerte violencia simbólica sobre las mujeres. Desde niñas, todas deben aprender a interpretar cuándo y en qué condiciones están incluidas en el supuesto hombre-genérico. Si se habla de colonia de hombre, no; si se habla de pequeños pasos para un hombre, presuntamente sí, aunque la historia demostrase precisamente lo contrario, esto es, una práctica reiterada de exclusión. Este esfuerzo negociador no se les exige por igual a las personas de todos los géneros y, por tanto, es la base de una discriminación, pero no quiero detenerme aquí, sino en la comparación entre el género y la raza.

Esa misma sociedad que insiste en que las mujeres deben ser especialistas en interpretación −y, además, coincidir todas en interpretar como se les pide, sin sospechas− no aceptaría con tanta alegría que Armstrong dijese "Este es un pequeño paso para un blanco, aunque un gran paso para la humanidad". Esto significa que la discriminación racial, al menos cuando se practica lingüísticamente, encaja peor en la sociedad que la discriminación por razón de género, que todavía no se reconoce completamente como tal. En rigor, ninguna discriminación puede ser mejor o peor que otra pero en algunas sociedades, todavía poco multirraciales, detectar y prevenir la discriminación de género es fundamental porque afecta a mayor número de individuos.

Parece claro que un mensaje funciona sólo si puede ser entendido. Si las mujeres están dispuestas a incluirse dentro de la categoría hombre-genérico, entonces el término hombre puede utilizarse para denominarlas; no en otro caso. Si las mujeres contemporáneas no se sienten incluidas en la categoría, esta dejará automáticamente de incorporarlas. Agarrarse de manos y pies a las distinciones que la gramática ha portado a lo largo de la historia no es más que perpetuar una cosmovisión caduca. No sería muy difícil, de hecho, investigar el campo semántico de la palabra hombre y demostrar su variación interna: a lo largo de la historia del pensamiento occidental, por ejemplo, otras razas distintas de la blanca, u otras condiciones de clase como la esclavitud, han implicado que ciertos individuos se viesen fuera de la condición de hombre, que fuesen considerados semi-humanos, a veces puras bestias. Pues la condición de las mujeres a lo largo del tiempo no ha sido tan feliz como para que se pueda deducir que, si Armstrong dijo que el hombre había llegado a la Luna, pensemos que se estaba refiriendo a todos los miembros de la especie biológica de los humanos.

Con todo, no pretendo defender el lenguaje auspiciado por el feminismo sobre el argumento de la justicia social, sino convocar a una reflexión un poco más compleja y quizás controvertida. En las últimas décadas muchas de las derivaciones teóricas y buena parte de los activismos feministas han venido a romper con el binarismo, es decir, con la idea simplista de que existen hombres y mujeres... y nada más. En estas aproximaciones, en las tradiciones queer que han desarrollado Judith Butler especialmente no cabría oponer los términos masculino y femenino, que apenas se verían como dos extremos de una inmensa gradación de posibilidades intermedias. A medida que se desarrollaban las múltiples posibilidades de intervención de este género identificado como revestimiento social −y, por tanto, susceptible de ser modificado− a partir de un sexo primario, material, fácilmente detectable, surgieron amenazas inquietantes. De tanto negociar la diversidad interna de la categoría mujer, admitiendo que no había normas a las que ajustarse, la categoría misma se debilitaba: ¿en qué consistía, al final, ser mujer? resultaba una pregunta difícil o imposible de contestar. Como igualmente difícil sería demostrar en que se diferencian hombres y mujeres. Algunas personas no tenían cuerpos que pudiesen ser etiquetados de modo simple en un sexo de los dos reconocidos, puesto que existen variantes cromosómicas que no se ajustan al XX de las mujeres, ni al XY de los hombres, sino que abocan a un tipo mixto con la tríada XXY. También existían personas que presentaban discordancias varias entre su sexo cromosómico y hormonal, mujeres barbudas, hombres con pechos, mujeres con clítoris del tamaño de un pene, personas con los dos órganos sexuales a un tiempo, visibles o parcialmente escondidos en su interior. En paralelo a toda esta casuística, algunas personas aseguraban sentirse cerradas en la cárcel de un cuerpo en que no se reconocían y deseaban pertenecer al grupo contrario, mientras que otros individuos, más o menos a gusto en su cuerpo, no se sentían identificados con los perfiles psicológicos o culturales que se solían adjudicar a su género. Toda esta variación, bien trabajada, acabó por fraguar en la teoría Queer, una respuesta rebelde al binarismo: hay tantos géneros como individuos y ni siquiera cada sujeto tiene que permanecer instalado en esas celdas toda la vida. Las personas cambian.

En la medida en que asumamos el fin del binarismo y la reivindicación de géneros diversos, tendremos que reconocer un problema en el lenguaje que se ha venido difundiendo como alternativo y, antes de que se generalice entre nosotros el "todos y todas" ya lo estamos cuestionando. Porque hablar con esa reiterada duplicación de -os/-as puede acabar fortaleciendo el binarismo, que sería hoy por hoy una versión de cierto sexismo. Paradójicamente una acción destinada a evitar la discriminación por razón de género puede acabar obligando a ajustarse a uno entre dos patrones y reforzando, luego, la división tradicional entre hombres y mujeres. Quizás haya más posibilidades que buey y vaca y, en este sentido, añadir "a todos y a todas" no le aporta nada al "buenas tardes", pero acaba reduciendo todos los sujetos asistentes a una reunión a dos posibilidades, en función de lo que tengan entre las piernas o, peor todavía, de lo que se supone que tienen. Desarrollar los desafíos del sexismo lingüístico en la época queer o post-queer es un cometido que exige tareas de matiz porque pronunciar "-os/-as" es una valentía necesaria, un paso andado hacia adelante frente a aquel ridículo monolitismo, pero quizás el paso se quede miniaturizado en un mundo donde las ideas se crean y se difunden a toda velocidad. Si tan rápidamente el recurso fue desactivado, habrá que emprender nuevas vías de acción.



2. ¿Qué entendemos por teoría Queer?

En principio, la chamada teoría queer consiste en un conjunto de propuestas destinadas al activismo político, pero formuladas en un lenguaje filosófico, difícil de comprender por su alto carácter simbólico y por las continuas relecturas de obras y tradiciones de pensamiento previas a la formulación de la propia teoría, como las aportaciones de Foucault o Derrida. Básicamente la teoría queer se atreve a formular que todas las personas somos bastante raras como para ajustarnos a ninguna categoría, que ni el género −como supuesto social− ni el propio sexo −como base biológica del género− existen, que son puras construcciones inoculadas por la cultura y el entorno social, desde el momento mismo en que la partera declara a respecto de la criatura acabada de nacer "es un niño" o "es una niña".

Esta desnaturalización de la identidad permitiría considerar este marco como una forma, reciente y evolucionada, de feminismo pero las disputas entre los movimientos que se organizaron a su alrededor son habituales. Muchas de las personas movilizadas por movimientos feministas no se sentirían concernidas por lo queer y, al mismo tiempo, las y los activistas que se reivindican queer critican abiertamente al feminismo como un movimiento domesticado y adaptado para repartirse la tarta del poder entre sus allegadas sin cuestionar el heterosexismo vigente en la sociedad o una educación que sigue adiestrando a las mujeres para determinados roles, aunque esos roles y las formas que revisten hayan mudado.

El feminismo se ha constituido históricamente −y todavía sigue siendo, ahí donde no lo asfixia la institucionalización− como una defensa colectiva de los derechos de las mujeres. En este sentido, todas las mujeres se verían colocadas, por su condición biológica o por la situación de desventaja común a diferentes tribus y sociedades, en una posición subordinada respecto a los hombres. Feminismo en este sentido es sinónimo de restitución de justicia social, pero también de reconocimiento de un papel de dominante en potencia culpable −el conjunto de los hombres, que estaría obteniendo beneficios del patriarcado− y de un término dominado que debe asociarse a la lucha para auto-liberarse −el conjunto de las mujeres, de modo que incluso aquéllas que no se sintiesen concernidas por esta lucha, en realidad sí lo estarían y de hecho son fraternalmente esperadas para sumarse a ella−. Pero, si los géneros se debilitan y, por consiguiente, si dejamos de ser hombres o mujeres, como propone queer, también se debilitará la reivindicación feminista o, cuando menos, tendrá que formularse de otro modo.

Muchos sectores del feminismo simpatizaron con la teoría queer porque abría nuevas perspectivas: la categoría mujer dejaba de definirse en términos biológicos como hembra de la especie, con su capacidad reproductora y todos los atributos materiales que tanto condicionaron y condicionan la vida de las mujeres, para definirse en términos políticos. Nacía así la estrategia de devenir-mujer, que es tanto como colocarse en la posición del dominado, del oprimido. Ésa sería, grosso modo, la postura del post-feminismo: la tendencia a erradicar los géneros en el futuro inmediato, a trascenderlos. En todo caso, queer no resulta simpático al mundo tal cual es, al mundo del capitalismo y el patriarcado, pero tampoco resulta atrayente para muchas feministas, convencidas de la existencia de la categoría mujer, ni tampoco para buena parte del movimiento en defensa de los derechos de los homosexuales y las lesbianas. Porque queer rompe con las identidades compartidas: cada sujeto es en sí mismo un género.

De entrada queer engloba todos aquellos casos que alteran la predicción estereotipada de que un sexo cromosómico debe corresponderse con un género social y con un determinado deseo sexual o afectivo. Eso supone, obviamente, la cuestión homosexual, pero su marco analítico incluye también el travestismo, el hermafroditismo, la androginia, la cirugía correctora de género y cualquier otro caso "problemático" que pueda aparecer. Desde este punto de vista, la teoría queer, con pedigree filosófico y raíces punkies, va a protagonizar un desenlace poco esperable, al cuestionar −y a veces oponerse radicalmente a− los movimientos por la liberación sexual de gais y lesbianas, ya que estos suelen centrarse en la igualdad de derechos de la población homosexual con la heterosexual, mientras que la emancipación queer buscaría transformar la sociedad hacia una liberación amplísima, que no acepta reglas para la sexualidad; no hay sexualidades buenas y malas.

La teoría queer incluiría como declaraciones programáticas, la despatologización de las distintas conductas sexuales −incluida la liberadora bisexualidad, tan frecuentemente estigmatizada−, la reducción de la edad de consentimiento a los catorce años para despenalizar conductas, el rechazo de leyes contra la pornografía y la prostitución que simulan condenar estas actividades como inmorales a cambio de dejar a muchas personas sin prestaciones sociales, o la introducción de la sexualidad en la educación. Pero también exigiría la liberación de las identidades: en vez de dos polos bien definidos, hombre o mujer, existiría una gradación de identidades intermedias donde cada sujeto más o menos se inserta, de modo que deja de reconocerse como decididamente hombre, o decididamente mujer para aceptar una identidad negociada entre indicios diversos de masculinidad y de feminidad.

Además, nada es estable, de forma que las identidades van variando a lo largo de la vida: nos definimos en cada uno de esos estadios desde la masculinidad máxima con feminidad mínima, hasta la masculinidad mínima con feminidad máxima, por así decir, de forma cambiante y dependiendo de infinidad de situaciones contextuales o valoraciones psico-afectivas o biográficas. Finalmente, si no me define mi cuerpo ni me limita mi biografía, menos me debe condicionar el objeto de deseo, igualmente cambiante en potencia y, en ese sentido, aún incluyendo la cuestión homosexual, queer determina que no nos definamos tampoco por nuestras orientaciones: ¿Qué se quiere decir con que a un hombre le gustan los hombres? ¿Acaso que le gusta cualquier hombre? ¿Qué quiere decir que a una mujer le gustan las mujeres? ¿Algo que la define sustancialmente? Obsérvese que cuando decimos homosexual categorizamos a una persona sobre la base de una preferencia sexual, algo que contribuye a contemplar a esa persona de un modo parcial, a sobredimensionar ese aspecto de sí, algo que no se da para la "neutral" heterosexualidad. Si la liberación homosexual ha pretendido cambiar la sociedad desde dentro, queer pretende sabotearla: derrumbar una organización inconsistente y desconcertante, a través del genderfuck, un nombre poco elegante igual que el de queer, originalmente insulto: joder el género, romper con él, estamparle en la cara a la categoría canto nos ha estado reduciendo. La estrategia del genderfuck encierra dentro toda la pureza del punk, toda la fiereza y el potencial subversivo de darle la vuelta al mundo.

La experiencia común de opresión y la equiparación de las personas a partir de un único rasgo socialmente constituido −la homosexualidad− se convierte en base de una cultura, algo que también se da entre las feministas o en los movimientos raciales. De algún modo, todas estas identidades persiguen liberar a los individuos de una discriminación, esto es, se orientan hacia el reconocimiento de que deben ser admitidas dentro de la naturaleza humana. No importará ser negro o blanca, ser hombre o mujer, ser homosexual o heterosexual para participar de idénticos derechos humanos. En las últimas décadas este marco liberacionista entró en crisis, a medida que gays y lesbianas adoptaban un modelo étnico, semejante a los que gestan las minorías en sociedades multirraciales, que enfatizaba la identidad comunitaria y la diferencia cultural. Las lesbianas negras, por ejemplo, acusaron al feminismo de ser un movimiento de blancas de clase media y heterosexuales. Entre tanto ellas se debatían entre primar su orientación sexual y hermanarse con otras personas homosexuales o primar su condición racial y sentirse en armonía principalmente con otras personas negras, incluso si fuesen hombres heterosexuales. Este modelo étnico que afianza las identidades puede resultar más realista pero también hay que reconocer que pierde parte de su aliento ético, al producir fácilmente ghettos exclusivos que festejan la diferencia al tiempo que procuran atesorar privilegios.

En la investigación feminista en materia de lenguaje, por ejemplo, el movimiento de liberación comenzó destacando el sexismo implícito en las lenguas y en la forma en que los discursos invisibilizan o trivializan a las mujeres para llegar a denunciar que las lenguas son instituciones patriarcales. Si las mujeres llegan a expresarse será a pesar del lenguaje, no gracias a él. Esta importante sacudida que daba el pensamiento feminista en los años 80 todavía no ha llegado ni a los medios de comunicación ni a las aulas donde sólo se cuelan lentamente las reformas de estilo no sexista menos revolucionarias. No obstante, a partir de los años 90 en este ámbito de estudio se desarrollaron modelos étnicos. Si las feministas radicales del período anterior señalaban que los hombres interrumpían sistemáticamente a las mujeres cando hablaban, que en las reuniones de la vida social los hombres tomaban la palabra antes, hablaban más tiempo y no respectaban los turnos, ahora el modelo étnico daba una explicación conciliadora. Los hombres no son dominantes; simplemente, hombres y mujeres pertenecen a tribus distintas: ellos conciben el lenguaje como un medio para obtener soluciones a los problemas, ellas como una herramienta para mantener la cohesión social, corroborando que las demás están de acuerdo con sus creencias. Este afán conciliador le restó fuerza al feminismo organizado y acabó dándole un aire institucional, fuese eso cierto o no. Pues igualmente, en el campo que nos ocupa, según el modelo liberacionista, el orden social está corrupto y cualquier medida política debe dirigirse a romper el sistema. El modelo étnico, en cambio, pretende establecer la identidad homosexual como un grupo minoritario legítimo, que también tiene derechos ciudadanos.

Judith Butler, una de las principales y primeras teóricas queer, criticó abiertamente la salida del armario puesto que el proceso de subjetivación que individualiza ese sujeto gay/lesbiana podría continuar oprimiendo, incluso de una forma aún más insidiosa, una vez que se proclama que se está fuera del armario. Y no falta quien apunta que salir del armario hace respetable al/a la homosexual y que esta política tiene un efecto negativo en la patologización de todos aquellos deseos, comportamientos y vidas que se desvían de la homosexualidad normalizada, desde las drag queens a la siempre desafiante bisexualidad. Queer, de hceho, critica la defensa de las políticas de normalidad de gays y lesbianas con propaganda de imágenes positivas para neutralizar las negativas. Las series de moda en televisión incorporan cada vez más un personaje gay y lo presentan como una persona estupenda, un buen ciudadano, en su trabajo y sus horarios, educado, moderado y encantador que acata las normas y recoge las cacas de su perro en la calle... y de paso, acepta las instituciones que oprimen las desviaciones −de zoofil@s, drag queens o personas que practican el sexo en parques públicos−. El principal aprendizaje que se puede extraer de la teoría queer consiste en reconocer que no se trata de proclamar la normalidad homosexual sino de repensar las nociones de desviación o de normalidad.

3. género y lenguaje: una cuestión estancada

Probablemente la práctica más común del activismo feminista a lo largo de los últimos treinta años ha consistido en la depuración del lenguaje. En distintos países y con diferentes pensamientos de fondo, se intentaba sacar a la luz el modo insidioso en que las estructuras gramaticales silenciaban lo femenino, destacando la insatisfacción de las mujeres al constatar cuantos de los significados compartidos en sus vidas no penetraban en la versión estándar de las lenguas. Ni las lenguas eran inocentes, ni permitían nombrarlo todo; y si el poder estaba controlando qué aspectos de la realidad deberían ser nombrados y cómo, la acción feminista tomaba como asunto urgente investigar el lenguaje.

Las pioneras de este movimiento de depuración fueron educadoras, escritoras, mujeres de la política o abogadas que coincidían en acusar el sistema de valores dominante, de naturaleza patriarcal, de un proceso sistemático de discriminación por cuestión de género. Coincidían también en una sensibilidad −que ya no parece tan frecuente en la sociedad actual− que concernía al lenguaje en un sentido más profundo. Según denunciaban estas activistas, intelectuales y artistas, no se trataba simplemente de que la sociedad fuese sexista y, como resultado, se impregnasen de sexismo todos los aspectos de la vida social; al contrario, su atención se centraba en ciertos mecanismos aparentemente inocuos, como el lenguaje, para desenmascararlos. Porque, aunque todos los idiomas servían muy adecuadamente para propagar una ideología sexista, era precisamente su carácter de dispositivo al servicio de la comunicación, lo que les otorgaba un aire de presunta inocencia que los mantenía a salvo del filtro que les correspondía. Por eso esta ola de activistas derrochó enormes cantidades de energía en análisis sutiles que provocaban reacciones desproporcionadas entre sus adversarios: las feministas eran intolerantes o neuróticas, estaban obsesionadas en la defensa de lo suyo y condensaban su insatisfacción en darles vueltas a las palabras.

Sin embargo, a poco que nos detengamos en ellos, observaremos que esos análisis revelaban una gran cantidad de rasgos de la lengua que efectivamente insultaban, excluían o parodiaban a las mujeres. Al tiempo, el hábito de hablar en masculino en auditorios públicos y la preponderancia de los varones en la vida social acabó consolidando, por ejemplo, el uso exclusivo de las formas morfológicas de género masculino para referir individuos humanos, una práctica que, tal y como sugerían estas activistas, debía ser abandonada inmediatamente toda vez que las mujeres estaban demostrando su capacidad para incorporarse a todos los puestos del sistema de producción capitalista, incluso a aquellos que podrían juzgarse como poco atractivos para merecer esa auténtica “toma” que practicaron las feministas de los setenta y los ochenta: nada de derechos del hombre, ni de asociaciones de escritores o colegios de abogados porque era importante reflexionar colectivamente sobre la existencia de mujeres con derechos, de escritoras o de abogadas. Finalmente, los conceptos tendían a ser definidos a partir de un representante masculino, según documentaban los diccionarios, que recogían gato, partidario u obrero, por ejemplo, y nunca los femeninos correspondientes gata, partidaria u obrera. En los medios académicos se insistía en justificar esta medida apelando a un supuesto valor genérico del masculino, en virtud del cual podía usarse tanto para denotar un ser masculino como un ser femenino del que no interesase expresar el género. De ahí que fuese aceptable una expresión como: ¿Que es ese gato que va por ahí? ¿Macho o hembra? Con todo, ese valor genérico sólo se extraía, en un argumento perfectamente circular, de que fuese el único que aparecía en los diccionarios y, haciendo la vista gorda al hecho de que, de escoger uno sólo de los términos, el masculino o el femenino, para introducirlo en un diccionario, bien podría usarse el femenino, puesto que le corresponde la primera aparición por orden alfabético.

Asimismo, con la incorporación de las mujeres a actividades sociales que antes les estaban vedadas, deberían aumentar las denominaciones en femenino, argumentaron las primeras disidentes de la gramática patriarcal, que proponían formas inusuales y que en su momento levantaron tanta tinta como médica, estudianta, presidenta o diputada. Por supuesto, estas formas tuvieron desigual fortuna: mientras que diputada está hoy plenamente vigente, médica sigue levantando algunas suspicacias. Lo curioso del caso es que las academias levantaban su voz contra un mecanismo, el de crear femeninos por el simple mecanismo de quitar -o y poner -a, que está plenamente vigente en las lenguas románicas. En el habla popular más tradicional siempre hubo almirantas, comandantas, ayudantas, individuas y tantos femeninos como mujeres realizasen una actividad. Que esos femeninos tuviesen muchas veces significados peyorativos u humorísticos puede adjudicarse al carácter episódico con que las mujeres podían ejecutar las funciones aludidas dentro de una sociedad, no como alegan los académicos, a las limitaciones de los paradigmas morfológicos correspondientes. De hecho, las riñas de las madres a sus criaturas incluyen frecuentemente en un español bien expresivo frases como: "¡Ni coca-cola ni coca-colo!" que, al no tener un referente humano, indican claramente hasta qué punto el mecanismo del género es entendido por los hablantes como una herramienta que está a su disposición para expresar la totalidad de la variación del mundo real.

El proceso estaba dándose en todos los países de Occidente pero las soluciones no fueron idénticas ni rápidas. En algunas lenguas llegó a canonizarse la feminización indirecta, a través de mecanismos como el artículo, del estilo de la presidente, porque las mujeres que entraban en la vida política temían que su participación activa se viese menoscabada con una forma completamente feminizada, dado que la presidenta se había entendido tradicionalmente como la mujer del presidente. Aclaro este particular para marcar que no se dio una única solución. En algunas lenguas y entre algunos grupos de mujeres, llegó a revisarse si la expresión del sexo no trabajaría en contra de la consideración de las profesionales: ¿Debería decirse la médica, la médico o simplemente el médico, para aludir al cargo, ocupado eventualmente por una mujer, y notar así que no había diferencias en el ámbito profesional? Existía por entonces un debate vivo: las mujeres entraban en la vida social haciendo ruido, cuestionando quien habían sido antes y construyendo quien querían ser.

Con el paso de los años la tendencia a favor de las formas feminizadas subió o bajó conforme al ritmo de la actualidad: cuando los medios de comunicación y la escuela se interesaron por este particular, el tema recibió atención, no en otro caso o en otros contextos. El movimiento servía de blanco a cargas agresivas y curiosamente, procedentes de sectores sociales poco beligerantes. Personas acomodadas, de tendencias moderadas y poco dadas a participar en debates se sitúan abiertamente en contra de este proceder. Con frecuencia estas personas son también figuras académicas o de las letras y arremeten en la prensa contra el supuesto exceso feminista de fatigar a las personas que leen con un “lectores y lectoras” y otras repeticiones semejantes contra las que, desde luego, no parecen encontrar grandes argumentos sino el de que les resultan fatigosas. Los que se quejan de la petición feminista son, por cierto, los mismos que no dudan en utilizar fórmulas de cortesía como “señoras y señores”, de forma que nombrar a las mujeres no debe de parecerles mal, siempre que no sea reclamado como un derecho. En este contexto, cuando hace unos años una ministra del Estado español pronunció la palabra miembra desató un debate furibundo, que estaba, por definición, condenado al desastre. Como el acceso a los medios de comunicación no es libre, el incidente no sirvió para reflexionar, para elaborar propuestas de futuro o evaluaciones de lo ya obtenido. No se aprovechó para un debate de ideas o para informar a esa prensa que dice informarnos de que no había novedad alguna en ese proceder, que muchas feministas llevaban practicando estas feminizaciones radicales de mucho tiempo atrás. Las fuerzas de creación de opinión dieron el mismo énfasis a las versiones comprometidas con la causa de las mujeres, con sus distintos matices, y a las posturas conservadoras que acaban por rasgarse las vestiduras invocando a la sacrosanta academia.

A estas alturas, treinta años después de que el feminismo se organizase como movimiento activo y contestatario en el Estado español, o cincuenta de tomar como referencia el pensamiento occidental, deberíamos preguntarnos por qué no se alcanza una posición transformadora en lo que atañe al debate lingüístico de género. Quizás los grandes logros del feminismo, como la mejoría de la consideración laboral y social de las mujeres, el incremento de la conciencia colectiva e individual de sus derechos, o la restitución de su cuerpo y las libertades sexuales, no se corresponden con lo obtenido en este punto. Pero el fracaso en la revuelta lingüística puede determinar que todos los demás logros sean frágiles o, peor todavía, temporales.



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