Puede pensarse en una informática social? Por Emilio Cafassi



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Puede pensarse en una informática social?

Por Emilio Cafassi

Baste puntualizar, si se nos permitiera la alegoría, que todo matrimonio conlleva más dificultades y desazones que allanamientos y estímulos, para comenzar a atisbar el cúmulo de problemas, por un lado, y de expectativas por otro, que se abren al plantearse la relación entre la informática y la sociedad. Mas la erotización del vínculo y la pertinencia alegórica, no nos está sugerida por las múltiples experiencias del cibersexo en sus limitadas, y hasta empobrecedoras variantes actuales, o en sus prometidas extensiones futuras, sino antes bien, como en toda experiencia social movilizadora, en la posibilidad de actuar como potenciador de la creatividad, y de la comunicación humana. Este matrimonio por cierto reciente, por el momento se debate entre un romanticismo inicial cargado de explosivas promesas, y flagrantes desencuentros e intromisiones mercantiles, que al igual que a toda institucionalización, le reclama obligaciones reproductivas del orden vigente.
Intentaremos, frente a esto, una breve desagregación conceptual del problema, para simplemente enumerar sus síntomas más explícitos, sin poder abarcar la vigente problemática que especialmente en las áreas sociológicas de internet se están abordando, y a cuya consecución tratamos de incorporar esfuerzos con -y desde- otras universidades del mundo1, en el sentido de direccionar políticamente en la opuesta determinación del capital el uso social de la tecnología informática.

I. Producción tecnológica y valores de uso.

Las tecnologías, particularmente en las tradiciones marxistas -aunque es sumamente acotado el legado teórico de otras corrientes de pensamiento al respecto-, han ponderado particularmente la dimensión productiva de su naturaleza. Y esto no constituye un error en modo alguno, sino que por el contrario, permite recorrer su objeto desde el propio origen, desde la motivación que en las formas sociales concretas, es decir capitalistas, da impulso a la transfor­mación tanto de los medios técnicos cuanto de las formas de organización del proceso productivo. La consecuente transformación y dominio de la naturaleza, no define necesariamente su utilidad para fines humanos colectivos. En sí misma, esta afirmación esta vaciada de connotación valorativa necesaria, cuando no conlleva directamente su justa condena.
Aunque adecuadamente subrayado, este tratamiento de la cuestión tecnológica, puede dar origen a una visión fuertemente desentendida de la transformación cualitativa de los valores de uso, sin la cual, el fenómeno de la informática resulta incomprensible, o a lo sumo reductible a una más de las consecuencias de la producción tecnológica del capital. Y es que esta última aparece particularmente ponderada por el propio Marx en la sección IV de "El Capital" donde es la de la expansión cuantitativa de los valores de uso, la que se presenta como corolario directo de su implementación. Pero es en la dimensión fundamentalmente cualitativa de ellos en los que cobra sentido la interrogación original sobre la relación. El proceso de trabajo cualquiera sea la tecnología sobre la que se despliegue -merced al cual las materias pri­mas se trans­forman como resultado de la actividad humana in­ten­cionada (traba­jo)-, utilizando los medios de producción para produ­cir objetos que satisfagan necesidades humanas (en la acotada denominación de Marx), da por re­sultado aquello que genéricamente denominamos exclusivamente bajo el apelativo de rique­za. Si se concibe que la tecnología permite producir sólo mayor cantidad de riqueza, la informática pierde toda especificidad.
Surge una suerte de inducción hacia la asimilación más o menos inmediata de las tecnologías (más aún si son nuevas) con la transformación de la actividad productiva. Pareciera en este aspecto que el razonamiento formalmente se interrumpe una vez alcanzada la explicación de la transformación cuantitativa. No obstante, aunque normalmente referenciada en la esfera de la produc­ción, los resultados cualitativos de la producción bajo transformaciones tecnológicas, puede inficionar la vida cultural y domésti­ca, tanto histórica como cotidianamente, la esfera de la organización social (no exclusivamente productiva), y tener connotaciones respecto a las relaciones de poder. Si alguna particularidad podemos encontrarle a la llamada revolución informá­tica es la de develar en potencia estas alteraciones.
No sólo por las transformaciones que en el campo productivo dieron lugar, aunque en forma sumamente desigual y combinada, a cambios en la división técnica del proceso de producción, como el aún indefinido posfordismo, sino fundamentalmente la reintroducción de un medio de producción en la esfera doméstica y privada, con características hasta diametralmente opuestas a aquellas para las cuales fue concebido.

II. La informática en la diferencia

En todo momento histórico, una transformación tecnológica significactiva, provo­ca una modificación correlativa de las formas sociales de organizar la producción y el consumo, que tarde o temprano adquieren consecuencias para toda la socie­dad. Puede a la vez, cons­tituir tanto un factor desencadenante de una crisi­s cuanto una alternativa para salir de ella, según la compleja imbricación de factores que la caracterizan y que omitiremos tratar en esta breve nota2. Así ocu­rrió con el adveni­miento de la imprenta, la máqui­na de vapor, el ferroca­rril, la electri­cidad, el teléfono, etc.
Pero la revolución informática, si bien en este punto no tiene razón para diferenciarse del resto de sus antecesores, está llamada a aportar necesariamente conse­cuencias más abarcativas, en virtud por de pronto, de la naturaleza de su objeto. No es la única innovación técnica ruti­lante de la historia contemporánea, ni mucho menos aún la más masiva o sencilla de implementar, aunque sin embargo, al alterar el tra­tamiento, la con­serva­ción, y la transmisión de la in­forma­ción, en su más amplio sentido, se sitúa en un campo de acción absolutamente vertebral en la constitución de las relaciones de poder de las organizacio­nes y la socie­dad entera.
Pensemos por ejemplo, que algo similar podrá ocurrir si se tratara de fusiles. Originalmente concebidos para su uso militar, es decir exclusivamente por una parte de la sociedad que ejerce el monopolio de su utilización en el marco de una estructura institucional jerárquicamente vertical hasta el ridículo y las pura ineficiencia. Pensemos ahora que esos mismos instrumentos (de muerte en este caso) pasan a manos de la sociedad civil. Obviamente las relaciones de poder se modifican. La analogía podría parecer descabellada, pero basta con recordar que los protocolos y medios con los que opera actualmente internet, fueron creados y puestos en funcionamiento en el año ´69 por el departamento de defensa de los Estados Unidos como instrumento defensivo ante ataque nuclear. Es decir era un arma secreta.
Si pensamos luego, que hace apenas dos décadas, la informática era cara, esoté­ri­ca, a la par que poco efi­ciente, y estaba restringida a un grupo reducido de grandes em­pre­sas, no hay razón alguna para interrogarnos por su impacto. Asistimos actualmente, por el contra­rio, a un proceso de transformación hacia una informáti­ca de masas, al igual que lo constituyó en su momento, proba­blemen­te, la elec­trici­dad, o el teléfono. La transformación de cantidad en calidad comenzaría a justificarlo. O dicho en otros términos más rigurosos, consiste en el pasaje de una utilización acotadamente productiva, mayormente en el sector I de la economía hacia el sector II. Resulta la transición de su utilización como excluyente medio de producción engrosando por tanto la inversión de capital constante del capital productivo, hacia la producción mercantil para el consumo masivo.
Pero esto último no lo diferencia mayormente de aquellos antecesores, sino que por el contrario, las asimila. La electricidad fue capitalizada originalmente hacia su uso industrial, antes de generalizarse hacia el consumo domiciliario. Nuevamente estamos frente a la reimplantación de la lógica global del fenómeno tecnológico. Podría sospecharse que en la velocidad de los cambios radicaría su novedad, especialmente si se la compara con tecnologías particularmente estancadas como las del transporte, o la de los medios de comunicación analógicos3.
La cuestión que a nuestro juicio se constituye en punto de inflexión radica en la plasticidad de la utilización privada de esta tecnología, y en la inversión respecto al posicionamiento subjetivo al que induce como medio doméstico de producción (potencialmente creativa) e información.

III. salto o inversión de la dinámica tecnológica?

Después de haber experimentado progresos importantes du­rante dos déca­das, siempre concebida como instrumento productivo y/o militar, la informática conoció durante la década del '70 una mutación cualita­tiva que es la que permite plantearse una transformación quizás hasta revolucionaria de las formas cotidianas de gestión e interacción social.
En materia de hardware, es sabido que las empresas productoras, lograron mejorar geométricamente el corazón de los equipos: los procesa­do­res. El resultado lo tenemos a la vista. Las máquinas son cada vez más pe­que­ñas, baratas, potentes, a la par que eficaces y confiables. Todo esto se debe a la generalización de tecnologías de integración de componentes electrónicos originalmente destinados a la industria tanto productiva cuanto bélica. La "minia­turi­zación" actual no parece encontrar límite visible a corto plazo, produciendo transformaciones de magnitud tal que desembocan en una verdadera revolución cualitativa. Aquella justificación del carácter socializador del capitalismo que Marx atribuía a la mecánica libreconcurrente encuentra aquí su más extrema ejemplificación práctica. Los costos se reducen a igual potencia a la mitad anualmente, o bien, las potencias se duplican para idénticos costos generando una progresión parabólica.
Las consecuencias no se harán esperar. El valor no es otra cosa que la envoltura que asumen los objetos de la actividad humana creativa por excelencia, bajo relaciones capitalistas de producción. El valor de las computadoras, depende de la cantidad de trabajo socialmente necesario que contienen para su producción. La magnitud de trabajo objetivado remite a la sustancia común que permite su conmensurabilidad y, por lo tanto, su intercambio como equivalentes. En última instancia, la mercancía constituye materialmente la unidad dialéctica del valor de uso y el valor, siendo la base analítica sobre la cual se erige el trabajo abstracto, única forma de trabajo creadora de valor. Las computadoras continen cada vez menos proporción de trabajo humano, y son consecuentemente cada vez más accesibles.
A nivel de software, la potenciación acompaña la expansión del hardware, tanto en potencia, cuanto en cualidad y diversificación. A través de internet es dable acceder des­centralizadamente a la recolección de datos, llegando en "Tiem­po real"4, a los archivos y a las instalaciones de tratamiento, cosa que estimula aún más el crecimiento del hardware al que aludimos.
Es así que la historia de la informá­tica es una historia de innovaciones técnicas. Pero casi hasta el advenimiento de la PC, las gene­ra­ciones de hardware se sucedían sin modifi­car fundamen­tal­mente las relacio­nes con el usuario. Las computadoras de los '50, resulta­ban com­plica­das y difí­ciles de manejar. Sus averías daban lugar a fre­cuen­tes reparacio­nes, que su tamaño y la comple­jidad de los cir­cuitos hacían difíciles. Además, es­tas computado­ras no eran ase­quibles más que al lenguaje de máquina y, posteriormente, al acopla­dor o ensam­bla­dor: solamente podían comprenderlo algu­nos espe­cialis­tas en informática aveza­dos. En cuanto a la utilización corriente, estaba en desventaja por lo comple­jo que resultaban las normas de manejo interno del equipo. Por otro lado, todos estos materiales eran incompa­ti­bles, es decir, era imposible trans­ferir un pro­grama de aplica­ción de una máquina a otra.
En consecuencia la informática sale sinuosa, pero decisiva­mente de su ghetto. Las rela­cio­nes del usua­rio con la máquina pierden su aspec­to misterioso. Cual­quier empleado puede, de proponérselo utili­zar una computado­ra pequeña o una termi­nal inte­ligente, con un breve período de aprendi­zaje, así como cual­quier ama de casa o estudiante u obrero.
Toda utilización capitalista de la herramienta, conlleva una verdadera inversión del carácter humano de la actividad productiva. Puede suponerse que hasta el período manufacturero, el productor directo podría servirse de este instrumento para desplegar en alguna medida, aunque ya alienada, su capacidad, destreza y hasta cierto punto subjetividad. Consolidada la subsunción real del trabajo al capital, la maquinaria ya no le sirve como apéndice para plasmar las materia prima, sino que es este productor el que sirve a ella.



Todo el devenir tecnológico preinformático, no hace sino confirmar y profundizar esta tendencia. Ya en la propia manufactura, la especialización de a fuerza de trabajo que supone su generalización, si bien enfatizando que su naturaleza deviene de la transformación prioritaria de los métodos de trabajo, antes que de los medios, ya implicó un afinamiento a la par que acotamiento de la herramienta, que no hizo sino afianzar la especialización originaria.
La particular impronta de la informática radica en ubicarse en la dimensión del consumo doméstico, pero con indudables correlatos productivos, no ya en el ámbito de las relaciones de producción capitalistas (aunque allí también es el mismo instrumento el que se inserta), con un carácter plurifuncional. Con computadoras personales tanto podemos escribir y editar este texto, cuanto componer música, comunicarnos en tiempo diferido o real con cualquier otro usuario en el mundo, consultar cantidades incuantificables de información, componer música, etc.
Más allá de las modificaciones económicas provocadas en el interior del proceso productivo y las grandes penurias causadas por la tecnificación del trabajo en pos de un incremento en su productividad, pretendemos prestar atención a los movimientos consecuentes en la superestructura donde se teje la vasta complejidad de relacio­nes ideológicas, culturales, sociales en general, que acompañan a la coyuntura. La mención a las relaciones político-ideológicas que se configuran a partir de este nuevo patrón es, tal vez, el punto de partida para el análisis de los cambios culturales, urbanos y domésticos que se introducen.
Pretendemos priorizar la presencia de pautas y direc­ciones que se le marca a los asalariados en su conjunto por parte del capital. La generalización de una "norma de consumo"5 y la desaparición de las formas anteriores de reproducción de la fuerza de trabajo son, tal vez, algunos de los indicadores visibles que es preciso indagar para comenzar a desagregar los mecanismos que utiliza el sistema para reproducirse. Vender computadoras, cada vez más potentes, con interfaces más amigable y más inteconectadas, resulta imperativo para esta rama de producción industrial. Conforme el desarrollo de los cambios productivos, se fueron incorporando, a través del tiempo, criterios de consumo, acordes con la expansión que el capitalismo lograba en las distintas ramas de producción. Nos encontramos, entonces, frente a una estrecha vinculación entre mercancías existentes y compradores ansiosos. Pero en la naturaleza de este valor de uso radica la tensión.
En la conformación y desarrollo de las pautas de consumo, por un lado encontramos, como ya lo hemos señalado, la subsunción formal del trabajo al capital mediante la separación de los medios de producción, generando formas de dominio objetivo por parte de los capitalistas. Por otro lado, hay que considerar al consumo no ya como un conjunto de gastos, sino, tal como Aglietta6 (1976) lo señala, como una actividad socialmente condicionada que lo modifica de forma favorable a la generalización del trabajo asalariado. Por ello, el modo de consumo debe observarse como un proceso, como un conjunto organizado de actividades privadas pero sujetas a una lógica general de reconstitución de las fuerzas y capacidades gastadas.
Analizar de esta forma el modo de consumo nos permite indagar en la reestructuración que ha provocado el capitalismo sobre aquél, ya que el tiempo consagrado al consumo es cada vez más un tiempo dedicado a la adquisición de mercancías en forma indivi­dual permitiendo de esta manera disminuir el tiempo de trabajo en el interior de la unidad familiar. Se facilita la reproducción de la fuerza de trabajo cuidándose, al mismo tiempo, de utilizar todas las energías de los individuos trabajadores para ser consumidas en el interior de la fábrica donde ha aumen­tado la intensidad del trabajo. El dominio del modo de producción capita­lista se extiende a ámbitos extraeconómicos, en este sentido, la lógica consumista que domina a todos los asalariados refuerza la dependencia.

IV. Política e informática social

En tal sentido, que cada vez más computadoras estén instaladas en las organizaciones y los hogares, no implica en modo alguno, por el momento, la realización de este salto potencial político y de mediación social más activa. Si bien en el llamado mundo desarrollado este fenómeno de interconexión se está generalizando, en la Argentina, por el contrario, resulta insignificante. Es lo que podríamos denominar una informática autónoma, que en la analogía con la distribución eléctrica supone que cada usuario tuviera una suerte de pequeño generador propio. Así el debate actual debe estar centrado, en la inter­co­nec­ta­bili­dad. Mientras que hasta no hace mucho el conflicto giraba en torno de las máquinas, en adelante versará sobre el dominio de la economía y técnica de conexión.
En primer lugar permite la descen­tralización o incluso la autonomía rela­tiva de células bási­cas, proporcionando a unidades periféricas informa­ciones que has­ta el momento sólo podían acceder las grandes em­presas. Puede, en esta dirección forta­lecer la li­bertad de las comunidades loca­les, alige­rar las es­tructuras de las adminis­tracio­nes, y fomentar estrategias políticas de resistencia política y social alternativa, e inclusive de producción solidaria anticapitalista.
Pero quizás su signo más destacable esté en la potencialidad democratizadora de la sociedad. No nos referimos aquí al simple hecho de la horizontalización informativa sino a la vez a la posibilidad cierta de una consulta permanente y descentralización de la toma de decisiones. Será una oportunidad que estas sociedades burocráticas y fiduciarias tienen para comenzar a desembarazarse de estos problemas, hacia un ejercicio más directo y firme, es decir democrático de las formas de gestión de su propia vida. Pero no será esperable sin resistencia de los beneficiarios de tal estado de cosas.
En consecuencia la informática se encuentra en el punto neurálgico del ejerci­cio del poder. Ahora bien, sería de una ingenuidad supina, esperar que ella por sí misma, produzca estos cambios. Habrá que impulsar una política deliberada de aprovechamiento de estas posibili­da­des, y de respuesta a los problemas que suscita. La informática puede allanar el camino hacia cambios cualita­tivos impor­tantes, pero no producirlos espontáneamente, ni por sí sola.
De un lado espera el capital, intentando que sea una fuente inacabada de valorización. Del otro, la artesanía de la solidaridad armada con lo que hasta hace poco resultaban main frames, y redes a prueba de ataques nucleares. Del resultado de la batalla entre el uso de la computadora como medio de transacción por un lado, y como medio de producción de mediaciones sociales alternativas, y producciones culturales no capitalistas, radica la posibilidad de dotar de encarnadura a la aún esquelética noción de una informática social


1 Basta recorrer buscadores en la Web, interrogando por estos términos, para encontrar infinidad de referencias hacia una "sociología del ciberespacio", una "informática social", térmmino particularmente retomado por Ingar Roggen de la universidad de Oslo, que a la vez encuentra antecedentes pioneros en aquellas latitudes en los jóvenes (para la informática) principios de los ochenta

2    Véase sobre nuestra opinión al respecto, Emilio Cafassi, Barbarie sin cosmé­tica, en Argentina: entre la esperanza y la decepción, Bs. As., Contrapunto, 1990.

3 Tres factores tecnológicos convergieron para hacer posible esta realidad: 1) La fabricación de computadoras (en rigor, microcomputado­ras) peque­ñas, bara­tas y poten­tes. 2) La compatibilidad impuesta por imperio de la hegemonía de IBM, y 3) La incipiente constitución de redes. De lo expuesto, tanto el primero como el segundo punto mere­ce un comenta­rio, dado el carácter contradictorio de su posible valoración. Tanto la disminución de los costos como la multipli­cación de la potencia de las microcomputadoras, está estrechamen­te vinculado con la desaparición de la renta tecnológica de que goza­ba IBM. La pérdida de la hegemonía monopólica, que le permi­tía imponer precios muy por encima de su valor social, a la vez que de retrasar la incorporación al mercado de nuevos avances, se vio superada por la recuperación de la libre con­currencia internacional en la rama productiva de intervención con el con­se­cuente beneficio social. Sin embargo, la hegemonía original permitió que los clons adoptaran tanto su estructura física como sus protocolos de mane­ra excluyente generando de esta forma posibilidades de compatibi­lidad impensables en la efímera era de las home computers.

4    Se trata del modo de tratamiento que permite tanto la admisión de datos en cualquier momento, cuanto la obtención de resultados inmediatos, por oposición a la noción de "tiempo compartido".

5 Según la denominación regulacionista

6 Aglietta Michel, Reguación y crisis del capitalismo, México, Siglo Xxi, 1986.


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