PsicologíA, delincuencia y control social en la argentina. Una lectura de los aportes de josé ingenieros a los debates en torno a la cuestión criminal psychology, Delinquency and Social Control in Argentina



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Psicología, delincuencia y control social en la Argentina


PSICOLOGÍA, DELINCUENCIA Y CONTROL SOCIAL EN LA ARGENTINA. UNA LECTURA DE LOS APORTES DE JOSÉ INGENIEROS A LOS DEBATES EN TORNO A LA CUESTIÓN CRIMINAL
Psychology, Delinquency and Social Control in Argentina. An Interpretation of José Ingenieros’ Contribution to the Debates about the Criminal Issue

María Carla Galfione*

RESUMEN:La psicología aparece en los desarrollos de José Ingenieros en torno a 1910 como una disciplina nueva que busca definir sus conceptos centrales y que pugna por imponerse como una ciencia social de relevancia. La criminología, por su parte, también es un campo en formación y los debates en torno a la necesidad de reformar el Código Penal argentino de 1887 hacen de ésta una materia obligada en la agenda de los intelectuales. El presente texto analiza cómo Ingenieros cruza ambas disciplinas para pensar y proponer respuestas ante las transformaciones sociales y el temor que expresaba la burguesía ante lo que percibía como el aumento de la criminalidad.

ABSTRACT: Psychology appears in José Ingenieros’ work around 1910 as a new discipline that tries to define its central concepts and that strives to prevail as a relevant social science. Criminology is also an emergent area, and the debate about the need of a reform of the 1887 argentine Penal Code turns this matter a must in the intellectual agenda. The present text analyzes how Ingenieros crosses both disciplines to study and propose answers to the social transformations and to the fear that the bourgeoisie expressed in view of the criminality increase.
PALABRAS CLAVE:Psicología, criminología, delincuencia, control social.
KEY WORDS: Psychology, Criminology, Crime, Social Control.
Fecha de recepción: 21-05-2012

Fecha de aceptación: 15-01-2013
1. INTRODUCCIÓN

Ante las diversas transformaciones que se operan en la composición de la sociedad argentina hacia fines del siglo XIX y principios del XX, y las consecuencias que ello trajo aparejado en términos de reformas políticas e institucionales, nos interesa detenernos en lo que entendemos que fue una de las vías a través de las cuales se reflexionó y debatió sobre esta novedad, con el objetivo de intervenir en el diseño de políticas tendientes a contener dichas reformas en un marco de orden social propicio para aquello que se comprendía como el progreso del país. Nos referimos en particular a los debates en torno al tratamiento de la llamada “cuestión criminal”.

Además de las importantes transformaciones institucionales realizadas en el campo del tratamiento del delito en ese fin de siglo, cuestión que viene siendo estudiada de manera incipiente en los últimos años, puede reconocerse la intensa labor desarrollada por los intelectuales o expertos que se ocuparon de la cuestión, preocupados ante la necesidad de revisar los conceptos y las concepciones desde los cuales se abordaba la criminalidad de acuerdo con lo estipulado por las normas vigentes. En particular, uno de los temas más recurrentes entre ellos es el análisis del Código penal y la advertencia permanentemente acerca de la necesidad de reformarlo. Muchos de estos intelectuales participaron incluso de las diversas comisiones reunidas con ese objeto.1 Entre ellos resuenan los nombres de Nicolás Matienzo, Rodolfo Rivarola, Antonio Dellepiane, Norberto Piñero y Eusebio Gómez, por nombrar sólo algunos. En su mayoría se trata de juristas que comienzan a ocupar espacios de importancia en la Universidad de Buenos Aires y a intervenir en el diseño de políticas e instituciones públicas para el tratamiento de la delincuencia.

Junto con estos letrados encontramos a José Ingenieros, quien, sin hallarse dentro del campo del derecho propiamente dicho, presenta manifiesto interés por el tratamiento de las cuestiones criminológicas y por posicionarse en el marco de los debates en torno al Código. Como algunos de sus contemporáneos, Ingenieros ingresa al campo del derecho de manera tangencial, puesto que su formación universitaria y su desempeño profesional lo sitúan en el ámbito de la medicina. En ese sentido quizás no sea el propio Ingenieros uno de los autores centrales a la hora de reconstruir los debates sobre el Código penal, sin embargo, reconocemos allí, en ese encuentro de intereses y disciplinas, una figura relevante, que invita a pensar el vínculo entre medicina y criminología. Y que, justamente por ese cruce, sugiere la posibilidad de comprender una racionalidad particular operando a la base de muchas de las discusiones y acciones a nivel criminológico y de advertir en ese vínculo una transformación en el modo de comprender, definir e intervenir desde los espacios del poder y del saber sobre los cambios sociales que se hacían evidentes por ese entonces.

Ya ante las formulaciones de Ingenieros, resta aún por aclarar que trabajaremos siguiendo de cerca la lectura de dos de sus principales obras: Principios de psicología (en adelante: Principios) y Criminología. La primera fue publicada en el número X de Archivos de criminología y psiquiatría, correspondiente al año 1911, y corregida y reeditada para ediciones posteriores.2Criminología, por su parte, es un trabajo que, como tal, queda elaborado en 1913, aunque recoge artículos que, desde 1909, verían la luz en diversas revistas y folletos. La prolífera producción de nuestro autor durante los primeros años del siglo XX, que se plasma también en diversos artículos publicados por ese entonces en las principales revistas que se ocupaban de la temática, se resume casi completamente en estas dos obras, aunque estaremos atentos de advertir cuando la remisión a éstas no sea suficiente.3

La hipótesis que manejamos al enfrentarnos con este tópico y estas obras dentro de la extensa producción de Ingenieros es que el autor reconoce en el discurso médico una herramienta fundamental para introducirse en el campo criminológico y en los debates sobre el Código penal, una herramienta que al tiempo que proporciona una nueva metodología para el tratamiento de la cuestión criminal, junto con una nueva conceptualización, provee al discurso jurídico en formación una vía de indisputable legitimación, contribuyendo desde allí a la renovación de las estrategias de intervención y control de lo social. De este modo, aquellos dos intereses que visitan permanentemente sus escritos en ese principio de siglo, el interés teórico y el que surge de su revisión de los problemas que acarrea el Código, se dan la mano en virtud de una preocupación concreta: vigilar y controlar a una multitud que iba engrosándose y modificándose a medida que el país se acoplaba a la marcha del capitalismo; vigilar y controlar a los nuevos individuos y grupos que hacían temer a la burguesía por su estabilidad social y política.



2. SUPERVIVENCIA, ADAPTACIÓN Y EL DESARROLLO NATURAL DE LAS FUNCIONES PSÍQUICAS

Tal como ha sido repetido en sucesivos trabajos sobre el pensamiento de la época, el marco general en el que debe inscribirse el planteo de Ingenieros, como el de muchos de sus contemporáneos, es el darwinismo social, lo que, en términos generales, significa la trasposición de los argumentos darwinianos desarrollados para el ámbito de lo biológico al espacio de lo social. Sin buscar en esta afirmación precisión alguna, por la simple razón de que es tan general cuanto pobre, nos interesa reparar en el tránsito del ámbito de lo natural o biológico al de lo social, por ser uno de los signos característicos de los desarrollos de Ingenieros en los textos que trabajamos y por reconocer allí uno de los nudos más atractivos de sus consideraciones sobre el tratamiento de lo social.

En Principios Ingenieros ensaya una serie de nociones y argumentos que tienen como objetivo dejar en evidencia el carácter “natural” que posee el desarrollo de la conciencia en algunos seres vivos. Se parte, en ese sentido, de la intrínseca ligazón entre seres vivos y medio ambiente, al punto de afirmar que toda manifestación vital no es sino respuesta a las excitaciones del medio, a “acciones de la energía ambiente”.4 Ingenieros se refiere a un flujo permanente de energía que afecta a los organismos vivos que habitan en ese medio. En virtud de esa afección los organismos responden de diversas maneras, poniendo en juego sus presentes estructuras y morfologías que son susceptibles de sufrir modificaciones en función de los desequilibrios energéticos producidos por el contacto con el medio. El permanente flujo de energía ocasiona lo que denomina “procesos adaptativos”. Ante el estímulo, la materia viva desarrolla órganos y tejidos que posibilitan el desarrollo de determinadas funciones que resultan imprescindibles para restablecer el equilibrio. La transformación de los organismos a partir de dicho estímulo hace posible la “adaptación”. El medio ejerce energía sobre el cuerpo y el cuerpo se modifica para responder ante ésta. En ello consiste el proceso adaptativo: asimilación y desprendimiento de energía de manera equilibrada. Los seres vivos, dependiendo de su estadio de evolución, poseen latente la posibilidad de desarrollar diversas funciones adaptativas. La estructura y la disposición de los órganos, en los seres vivos, condiciona todas sus funciones.5 Pero esa estructura y disposición, si bien responde a la especie es, al mismo tiempo, modificable en función del medio. Cada especie posee una serie de funciones adaptativas propias cuyo desarrollo no es, sin embargo, necesario, sino que depende de la acción del medio. En la medida en que las condiciones que impone el medio, pensadas en términos de energía, reclaman el desenvolvimiento efectivo de esas funciones, éstas podrán desarrollarse, mantenerse y hasta transmitirse de generación en generación. Dicho de manera negativa, la potencialidad específica de ciertas funciones no se activa si no encuentra el medio propicio que lo reclama como respuesta.

En ese marco surge una preocupación muy precisa en torno a cómo se forman y se desarrollan las funciones psíquicas. La estructura y disposición de los órganos de la especie humana hace factible el desarrollo de funciones psíquicas, del mismo modo que en otros seres vivos. Ingenieros sostiene que las funciones psíquicas “son funciones de adaptación y protección del organismo”;6 el instinto mismo, entendido en general como propiedad de los animales, es una función psíquica que éstos comparten con los humanos, del mismo modo que puede encontrarse inteligencia también en los animales. La difusión tanto del instinto como de la inteligencia es una cuestión de grado, no existiendo entre ellos, instinto e inteligencia, ninguna diferencia esencial y no pudiendo reclamarse para la inteligencia un vínculo esencial y exclusivo con ninguna especie. “El instinto –dice- no es propio del animal, ni la inteligencia del hombre: hay inteligencia e instinto en el uno y en el otro”.7

De este modo, las funciones psíquicas, afirma, “son funciones de adaptación o protección del organismo”.8 La conciencia es un proceso psíquico más, cuyo desarrollo parece responder, como todo proceso psíquico, a las condiciones del medio y a los hábitos adquiridos en función de ese condicionante. La conciencia está atada al desarrollo de cierta capacidad de conservar sensaciones en la memoria, ampliando permanentemente el campo de la “experiencia”. Una excitación, que es simplemente un desequilibrio fisio-químico, se transforma en “sensación”, es decir en percepción consciente, cuando es conocida; y sólo puede ser conocida cuando es relacionada con una sensación anterior. El conjunto de sensaciones anteriores, conservadas en la memoria, es lo que forma la “experiencia”. La conciencia queda íntimamente ligada a la experiencia, al conjunto de sensaciones acumuladas en la memoria.

Junto con esto es importante recordar que la posibilidad de desarrollar esa función consciente es un atributo que presentan algunos seres en función de sus disposiciones fisiológicas y que puede transmitirse, como todo proceso adaptativo, hereditariamente. Con lo cual lo único que puede afirmarse es que la conciencia es un “atributo circunstancial de ciertos fenómenos psíquicos”.9 El grado de conciencia de los individuos depende de los hábitos sistematizados y de las tendencias hereditarias de la especie.10

Si bien Ingenieros no es completamente claro y coherente en su explicación de la conciencia, que por momentos parece un atributo específico del ser humano, mientras que en otras oportunidades se presenta como resultado de una complejización de las funciones psíquicas que podría ser susceptible de ser alcanzada por cualquier ser vivo, sí es claro, en cambio, en su voluntad de reconocer una vía para pensar la conciencia diferente de aquella que vería en ésta un atributo, cualidad o potencia esencial o intrínseca a los hombres.11 La conciencia es, sólo, uno de los grados más evolucionados, conocidos hasta el momento, de desarrollo de las funciones psíquicas de los seres vivos. La conciencia es el último grado alcanzado entre los seres vivos de adaptación al medio y de protección de la vida.

Entendida así la conciencia, se hace evidente que incremento su desarrollo no es homogéneo entre los hombres. El hecho de que éste sea producto de una “evolución”, en la que participan múltiples factores, el medio y las capacidades fisiológicas, y no una cualidad intrínseca a lo humano, le permite a nuestro autor destacar el hecho de que esas funciones psíquicas se desarrollan de manera particular y diferenciada en los distintos individuos de la especie. Tal como se dijo, la propagación de esas funciones más complejas, como el de cualquier función fisiológica, se realiza en función del encuentro entre un cuerpo y la energía proveniente del medio. Para el caso del desarrollo de las funciones psíquicas en los hombres, Ingenieros insiste permanentemente en su desigual desenvolvimiento. En el proceso de su adquisición participan diversos factores: la herencia, la educación y los rasgos particulares de cada individuo. La herencia se refiere a las “tendencias biopsíquicas”, que provienen en principio de la especie, pero con una importante presencia de las variaciones especiales que le imprime cada individuo que participa de la rama hereditaria. La herencia se traduce en el temperamento de los individuos, “una predisposición inicial para sentir y reaccionar de cierta manera”.12 La “educación” está formada por el conjunto de reacciones adaptativas al medio por parte de aquel temperamento congénito. Ésta se traduce en los “hábitos” que se definen como estructuras formadas en el organismo, que hacen posible la repetición de ciertas funciones adaptativas. Por último, los rasgos particulares de cada individuo constituyen lo que Ingenieros denomina “personalidad individual”; resultado de las variaciones que la educación produce sobre el temperamento congénito. Esa personalidad se expresa en la “conducta”, que es “el conjunto de actos con que el individuo se adapta a las condiciones de existencia propias del medio en que vive”.13

De este modo se demuestra la necesidad de reconocer diversos grados de desarrollo de las funciones psíquicas en función de esos tres elementos: herencia, educación y personalidad. Cada individuo presenta rasgos particulares en virtud de la ampliación de sus funciones y dichos rasgos se traducen en sus diversos comportamientos. De acuerdo con esto, se hace evidente la desigualdad en el desarrollo mental de los individuos: una regla básica de la psicología. En cada individuo las funciones psíquicas se desarrollan de un modo exclusivo dependiendo del condicionante impuesto por las tendencias congénitas y las particulares de la educación recibida en un medio físico y social, que también alberga caracteres propios y los impone a quienes lo habitan. Así, las diversas aptitudes de los individuos dependerán en primer lugar, de la estructura del organismo y, en segundo lugar, de la educación, aunque también tendrá un lugar la interacción entre ambos elementos a lo largo del crecimiento biológico.

De este modo volvemos a la crítica que dirige a la noción de “conciencia”. Cada especie es capaz de un grado diverso de conciencia en función de su capacidad de experiencia. “La posibilidad y el grado de conciencia de los fenómenos psíquicos en la evolución filogenética están condicionados por la suma de experiencia común a cada especie y particular a cada individuo”.14 Los individuos de las diversas especies tienen más o menos experiencia y su personalidad es proporcional a esa experiencia. “La desigual experiencia de las especies vivas –agrega- determina su diversa capacidad para la actividad consciente, o, como suele decirse, su grado de conciencia posible”.15 La actividad consciente es definida como la capacidad de conocer los propios fenómenos psíquicos, y ésta se deriva de la cantidad de experiencia acumulada por la especie y recibida de manera hereditaria, más las variaciones particulares que se agregan a esta herencia a partir de la experiencia particular.

Ya lo hemos dicho: “la vida es una incesante permuta de energías entre el organismo y su medio, una interminable adaptación”. En ese marco “las funciones psíquicas son el resultado incesantemente mudable de esa experiencia que acaba con la muerte”.16 Si bien esto se afirma aquí en relación con la necesidad de destacar el aspecto mudable de las funciones psíquicas, en su conjunto esta expresión resume a la perfección el núcleo a partir del cual Ingenieros entiende la conciencia.

La permuta de energías es la fuente de las experiencias, las diversas experiencias de los individuos van dejando rastros en la memoria, pero el desarrollo de la memoria es condición de posibilidad del aumento de experiencias. La memoria constituye una capacidad de la que están dotados algunos organismos vivos y la formación de la personalidad consciente, en éstos, depende de la actividad funcional de esa memoria. Con el aumento de la experiencia, que se almacena en la memoria favoreciendo la producción de nuevas experiencias, se origina el desarrollo, cada vez más complejo, de las funciones psíquicas, hasta llegar al desarrollo de la “personalidad consciente”. Ésta, la personalidad consciente, no es sino producto del vínculo necesario del organismo con su medio como modo de supervivencia. La personalidad consciente depende de la experiencia y la experiencia, dice Ingenieros, “se forma creando vías de menor resistencia para ejercitar las funciones de adaptación”.17

Pero es importante recordar también, que esa personalidad consciente que resulta de la experiencia está en permanente cambio, tanto debido a que su desarrollo atraviesa diferentes etapas (niñez, adolescencia, juventud, edad adulta, vejez y decrepitud), cuanto porque las condiciones que influyen sobre los individuos son variadas en todo momento y las experiencias cambian.

De este modo, la conciencia no sólo se define como un fenómeno natural, abandonando cualquier apelación esencial, sino que, y esto es lo principal, se reconoce en virtud del rol que ocupa en el sostenimiento, o en la supervivencia, del organismo vivo. Resultado de los diversos esfuerzos de los individuos por la adaptación, la conciencia, o mejor dicho, la actividad consciente es definida como una “adquisición útil”. La incesante variación del medio hace que las actividades reflejas o automáticas, el instinto, no sean suficientes para favorecer la adaptación de los individuos. Las funciones conscientes resultan entonces un agregado desarrollado naturalmente en pos de la adaptación. Cuanto más conciencia, más adaptación, y su consecuencia necesaria es el perfeccionamiento constante de las funciones psíquicas.18



3. CONCIENCIA, CONCIENCIA COLECTIVA Y UN ORDEN ÚTIL PARA LA VIDA SOCIAL

Ingenieros se refiere a la “selección natural de las variaciones funcionales adquiridas”.19 “La selección natural determina la supervivencia de los seres que efectúan movimientos útiles a la adaptación y hace sucumbir en la lucha por la vida a los que efectúan movimientos nocivos”.20 Si el desarrollo de la conciencia es una función biológica que se deriva directamente de la necesidad de adaptarse con el menor esfuerzo, es claro que en el proceso de selección tiendan a sobrevivir los individuos con mayor desarrollo de esa función. Y esto, no porque haya en ellos alguna cualidad intrínseca superior a los otros organismos vivos, sino, simplemente, por la capacidad adaptativa que imprime en el cuerpo el desarrollo de la conciencia. Al mismo tiempo, hay grados diversos de desarrollo de las funciones conscientes, por lo cual, dentro de los seres que las poseen, habrá algunos que podrán sobrevivir mejor que otros: aquellos cuyas funciones conscientes presentan un mayor desarrollo y, consecuentemente, mayor armonía en la relación con su medio.21

Tal como dijimos unos renglones más arriba, la educación es el modo cómo el medio social afecta actualmente a los individuos y, por lo tanto, esa adaptación no es una adaptación individual. En esta línea se observa que, ante las condiciones que presenta el medio físico, los individuos ensayan respuestas que, por ser compartidas, toman la forma de hábitos sociales. “Existe -dice- una tendencia a la socialización de las funciones psíquicas de defensa y adaptación individual”.22 Las diversas estrategias que despliegan los individuos para sobrevivir, que pasan a formar parte de sus funciones adquiridas, terminan por conformarse en los rasgos particulares de los grupos humanos a los que denominamos “razas” o “nacionalidades”, en la “conciencia colectiva”.23 Las razas o nacionalidades no son nada estable puesto que el medio acecha permanentemente a esos grupos. Hacia el interior de los mismos se constituyen también otros grupos que, en este nuevo medio constituido por las razas o nacionalidades, buscan el modo de sobrevivir. En el marco de esos grupos se forman diferentes mentalidades que se corresponden con las diferentes etapas de desarrollo de las sociedades o grupos.

Esta diversificación de funciones adquiridas y de temperamentos es observada en las sociedades contemporáneas. Si bien Ingenieros recuerda a menudo diferentes estudios antropológicos para hacer manifiesto el desigual desarrollo de los grupos primitivos o las “razas” en función del medio, deja lugar también para el análisis de los grupos que lo rodean, advirtiendo cómo estas diferencias se presentan también en las diversas “clases sociales”. Las clases sociales se conforman por la constitución de “grupos de individuos especializados para funciones heterogéneas”.24 Es la división del trabajo la que explica esta variedad de funciones: en relación con la función que cumplen los individuos de cada grupo dentro del proceso productivo, se desarrollan caracteres mentales comunes. La “mentalidad de una clase” es resultado de las condiciones particulares de lucha por la vida y adaptación al medio. Toda diferencia individual o grupal es una “diferencia natural”, porque, en última instancia, responde a diferentes condiciones del medio ante el cual responde el instinto de supervivencia, este sí, común a todo ser vivo.

Sin embargo, esa “diferencia natural” no conlleva a la valoración de los rasgos particulares como tales, sino que permite hallar científicamente la diferencia. Si bien el registro de las diferencias podría conducir a la valoración de las mismas sin la utilización de ningún parámetro externo -algo que probablemente sería extemporáneo reclamarle a nuestro autor-, en el caso de Ingenieros la constatación de las diferencias se hace desde un pretendido legítimo saber que termina por leer esas diferencias como estadios de desarrollo de las funciones vitales, en el marco del reconocimiento de un solo desarrollo posible. Así, del reconocimiento de las diversas formas en que se configuran las personalidades individuales o grupales se pasa directamente a la consideración del grado de desarrollo que éstas evidencian. Se hablará entonces de clases inferiores, de grupos primitivos o de caracteres mentales mediocres, teniendo como vara de medición el nivel alcanzado por otros grupos o individuos. El parámetro del juicio, de un juicio pretendidamente científico, es el grado de desarrollo alcanzado en la adaptación al medio con el menor esfuerzo por individuos de la misma especie. Si hay parámetro para medir el desarrollo ontogenético éste no se extrae sino del desarrollo filo y sociogenético.25

Ahora bien, esa conciencia colectiva, ese medio social, se constituye entonces en el medio en el que el individuo debe adaptarse para sobrevivir. El medio, paulatinamente, deja de ser el primitivo medio físico o natural para transformarse en medio social. La supervivencia depende naturalmente de la adaptación a un medio que en algún sentido es artificial, aunque siga siendo comprendido como resultado de una respuesta natural a las necesidades biológicas.

Y efectivamente, por más artificial que pueda parecernos el ámbito de las normas e instituciones sociales, Ingenieros hace recaer allí también el peso de la necesidad. Declararlo artificial sería presuponer un individuo en algún punto autónomo respecto de las condiciones del medio, algo impensable en el marco conceptual que venimos revisando.26 En este sentido, toda institución social sólo puede explicarse en virtud de su necesidad. Constituye una respuesta variada y temporaria a condiciones cambiantes.

De ese modo piensa Ingenieros el derecho en Criminología. La ley es la respuesta organizada que los grupos sociales dan ante las condiciones del medio como herramienta para la supervivencia. Lo cual tiene dos implicancias: primero, que la ley es entendida como defensa social y, segundo, que no existe otro criterio para determinar la propiedad o impropiedad de las leyes más que su utilidad para esa defensa social. Ahora bien, esta comprensión de la ley supone, de manera preliminar, la equiparación del “cuerpo social” con el cuerpo biológico de los seres vivos y, en particular, con el de los seres vivos dotados de capacidades para el desarrollo de las funciones psíquicas conscientes. La sociedad no sólo es un organismo que funciona de acuerdo con las leyes de la biología, sino que además es un organismo susceptible de alcanzar los niveles superiores en los procesos psíquicos. Recordemos que más arriba nos referimos a la “conciencia colectiva”.

Esta característica asignada a la sociedad hace que sea posible comprender la ley como herramienta de defensa social. La ley no es otra cosa más que un arma que esgrime la sociedad de hombres contra aquellos individuos o grupos que la amenazan o la agreden. Como cualquier organismo vivo la sociedad pretende persistir, sobrevivir y, también como cualquier organismo, tendrá que diseñar el modo de defensa que mejor le permita lograr su objetivo. Pero sólo como organismo organizado a partir de la potencialidad reflexiva de sus miembros podrá hacer de esas herramientas sus instituciones y, en particular, el derecho. Así, afirma: “el instinto de defensa contra el delito es, en su origen, una simple manifestación refleja (…). Este es el núcleo de todo derecho punitivo: rechazar cualquier acto que represente una agresión a nuestra vida”.27 Siendo natural el instinto de supervivencia que da origen al derecho, éste es la generalización de una “reacción defensiva individual”, dice Ingenieros, que evoluciona socializando sus funciones. La defensa social es definida como “la garantía del libre desenvolvimiento de la actividad individual en la lucha por la vida”.28

El derecho es el resultado de la experiencia social, nace de ésta y se modifica con ésta. El derecho es el resultado de la sedimentación de ciertas funcionalidades que han resultado útiles en el organismo social. La explicación del desarrollo evolutivo de las funciones psíquicas en los individuos vuelve a aparecer en Criminología, pero aplicada ahora a los fenómenos sociales.

“En las sociedades humanas, lo mismo que en todo agregado biológico, la función tiende a realizarse en el sentido de la menor resistencia, siguiendo en parte las modificaciones producidas por la experiencia anterior y conservadas por la memoria colectiva (tradición); así se explica el origen y la evolución de los órganos diferenciados para cada función social (instituciones), explícitamente definidos en cierto grado de desarrollo social, por sistemas normativos más o menos precisos (derecho)”.29

La institución jurídica es la expresión en principios de las normas que, de manera consuetudinaria, sirven a la protección de la vida. Esas normas, que se presentan como modificaciones conservadas por la tradición, son, efectivamente, el resultado de las diversas experiencias de ese cuerpo, de la repetición constante de los criterios compartidos a la hora de juzgar la utilidad o la nocividad de los distintos actos para la vida individual y social. El derecho nace de la experiencia, de la acumulación de experiencias y del desarrollo de las funciones que esa acumulación origina. El bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto no encuentran otro asidero más que la experiencia pasada y conservada en la memoria, en esa memoria colectiva. El bien y el mal se apoyan sobre el cuerpo, sobre el sentimiento de placer o dolor, porque

“toda experiencia propicia o adversa a la conservación de la vida se acompaña de placer o dolor en los individuos; en etapas más evolucionadas de la actividad psíquica, el 'placer' y el 'dolor' se acompañan de juicios implícitos sobre el carácter 'útil' o ' nocivo' de la experiencia, hasta constituir más tarde verdaderos juicios de valor: el 'bien' y el 'mal'. Toda experiencia propicia a la vida es agradable, útil y buena; toda experiencia adversa es dolorosa, nociva y mala. El bien y el mal no son entidades abstractas, sino resultados naturales de la experiencia. Y varían con ella”.30

Y agrega más adelante: el bien y el mal “son la representación colectiva de fenómenos biológicos de placer y de dolor”.31

Nuestro autor advierte la existencia de criterios particulares para juzgar el bien y el mal pero en la medida en que el medio en que viven los individuos es, antes que natural, social, ese medio pasa a constituir la base sobre la que se asienta el criterio de lo bueno y lo malo. La supervivencia del conjunto depende de que no primen los criterios individuales, que a menudo pueden ser nocivos para el conjunto, sino aquellos que tienen como objetivo la supervivencia del grupo. De este modo, la sociedad es el sujeto, el individuo que se desarrolla evolutivamente perfeccionando sus funciones cada vez más complejas, surgidas de su propia experiencia. Y el medio es la condición impuesta a la supervivencia de los particulares. Esa doble condición de la sociedad, le permite a Ingenieros hablar de “biofilaxis social”, le permite reconocer la protección de la vida social como objeto de las instituciones, al tiempo que se destaca el hecho de que la protección misma de la vida depende de que se respeten las condiciones que impone el medio social.

Entendidas como respuesta social ante los sentimientos de placer o dolor, las leyes y las instituciones varían. Varían con el tiempo, varían de pueblo en pueblo y varían, también, de grupo en grupo. En este sentido son condiciones siempre cambiantes, que se modifican en función tanto de las escenario que presente el medio social mismo, hacia el interior, cuanto de las características del medio exterior. Como la respuesta de cualquier organismo, el resultado del encuentro del cuerpo social, y sus rasgos particulares, con el medio externo, es el desarrollo de nuevas funciones adaptativas. Eso son las leyes: el producto del encuentro de una sociedad determinada con un conjunto de condicionantes externos. Ante ese encuentro la sociedad no puede sino variar y adaptarse. El cambio en su legislación es una de las expresiones de esa adaptación.32

Adaptada como cuerpo para sobrevivir, la sociedad se constituye, al mismo tiempo, en medio que reclama adaptación. Si sus leyes son, hacia afuera, su estrategia de supervivencia, el respeto de éstas es, hacia adentro, la condición que impone a sus órganos para mantener la salud.

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