Progreso y Miseria



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Origen de la Renta

Así, pues, la renta o valor de la tierra no procede de la productividad o utilidad de la tierra. En modo alguno representa un auxilio o ventaja dado a la producción, sino que representa sencillamente el poder de quedarse con una parte de los resultados de la producción. Cualquiera que sea su productividad, la tierra no puede dar renta ni tiene valor, mientras no haya alguien dispuesto a dar su trabajo o el resultado de su trabajo por el privilegio de usarla; y por lo tanto, lo que alguien dará depende, no de la productividad de la tierra, sino de su productividad en comparación con la de la tierra que se pueda conseguir gratis. Yo puedo tener tierra muy buena, pero no me dará renta mientras haya otra tierra de igual calidad, que se pueda conseguir sin pagar. Pero cuando se han apropiado esta otra tierra y la mejor tierra que se puede obtener de balde es inferior en fertilidad, situación u otra cualidad, mi tierra empieza a tener un valor y dar una renta. Y aunque la capacidad productiva de mi tierra puede disminuir, si, no obstante, disminuye en mayor proporción la de la tierra gratuitamente asequible, la renta que puedo obtener y, por lo tanto, el valor de mi tierra, seguirán aumentando.

Si un hombre poseyese toda la tierra accesible de un país, podría, naturalmente, exigir por su uso cualquier precio o condición que tuviera por conveniente; y en tanto que su propiedad fuese reconocida, los otros individuos del país no tendrían otra alternativa sino la muerte, la emigración o someterse a sus condiciones. Esto ha ocurrido en muchos países; pero, en la forma moderna de la sociedad, la tierra, aunque generalmente reducida a propiedad individual, está en manos de demasiadas personas para permitir que el precio obtenido por su uso se fije por el mero capricho o deseo. Mientras que cada propietario individual procura obtener tanto como puede, lo que pueda obtener tiene un limite, y éste constituye el precio o renta en el mercado, variable según las tierras y los tiempos.

Ley de la Renta

En régimen de libre competencia (condición indispensable para investigar los principios de la Economía política), la relación que determina qué renta o precio puede obtener el propietario, se denomina ley de la renta. Una vez fijada con corteza esta ley, tenemos algo más que un punto de partida para averiguar las leyes que regulan el salario y el interés. Pues, siendo la distribución de la riqueza un reparto, al averiguar lo que fija la parte del producto tomada por la renta, averiguamos también lo que fija la parte que queda para el salario, donde el capital no colabora; y lo que fija la parte que queda para salario o interés juntos, donde el capital colabora en la producción.

A la admitida ley de la renta se la llama a veces «de Ricardo» por el hecho de haber sido este autor el primero, si no en enunciarla, sí en dar a conocer su importancia.

Esta ley es:



La renta de la tierra se determina por el exceso de su producto sobre el que una igual aplicación de trabajo y capital puede obtener de la menos productiva de las tierras que se utilizan.

Su mero enunciado tiene toda la fuerza de una afirmación evidente por sí misma, pues es claro que, a causa de la competencia, la recompensa máxima que el trabajo y el capital pueden exigir, es la recompensa mínima por la que ellos se pondrán a producir. Esto permite al propietario de tierra más productiva apropiarse como renta todo el producto que exceda del necesario para recompensar el trabajo y el capital al tipo corriente, que es lo que ellos pueden obtener sobre la tierra en uso menos productiva (o en el punto menos productivo) por el cual, claro está, no se paga renta.

Quizá pueda conducir a una más plena comprensión de la ley de la renta el ponerla en esta forma: la propiedad de un agente natural de producción dará el poder de adueñarse de toda aquella parte de riqueza, producida aplicando a dicho agente trabajo y capital, que exceda de la recompensa que la misma aplicación de trabajo y capital podría obtener en la ocupación menos productiva a la cual se dediquen libremente.

Pero esto significa precisamente lo mismo, pues no hay ocupación en ,que el trabajo y el capital se puedan emplear, que no requiera el uso de tierra; además, el cultivo u otro uso de tierra será siempre llevado hasta un punto en que la remuneración es tan baja, todo considerado, como la que se acepta libremente en cualquier otra ocupación.



Deducción Partiendo de la Ley de la Competencia

Supongamos, por ejemplo, una colectividad en que una parte del trabajo y capital se dedica a la agricultura y otra a la industria. La tierra cultivada más pobre produce una ganancia que designaremos por 20, y, por consiguiente, 20 será la retribución media del trabajo y del capital, lo mismo en la industria que en la agricultura. Supongamos que, por alguna causa permanente, la retribución media en las fábricas queda ahora reducida a 15. Es claro que el trabajo y el capital empleado en la industria se dirigirá hacia la agricultura y el movimiento no se detendrá hasta que, o por extensión del cultivo hacia tierras inferiores o puntos inferiores de las mismas tierras, o por un aumento en el valor relativo de los productos industriales, debido a su menor producción, o, de hecho, por ambas causas, la retribución del trabajo y capital en ambas ocupaciones, todo considerado, haya sido llevada de nuevo al mismo nivel. De este modo, cualquiera que el punto final de productividad en el cual la industria prosigue, sea 19, 18, 17 o 16, el cultivo se extenderá también hasta este punto. Por esto, decir que la renta será el exceso de productividad sobre la del margen o lo inferior de cultivo, es como decir que será el exceso de producto sobre el que la misma cantidad de trabajo y capital obtiene en la ocupación menos remunerativa.

De hecho, la ley de la renta no es más que una deducción de la ley de la competencia y consiste simplemente en afirmar que, al tender a un nivel común los salarios y el interés, toda aquella parte de la riqueza total producida, que excede de lo que el trabajo y el capital empleados podrían obtener aplicándose a los más pobres agentes naturales en uso, irá, en forma renta, a los propietarios. ¿No es tan claro como la demostración métrica más sencilla que el corolario de la ley de la renta es la ley del salario, donde el producto se reparte entre renta y salarios sólo; o la ley de salarios y el interés juntos, donde el reparto se hace entre renta, salario e interés?

Relación de la Renta con el Salario y el Interés

Enunciada al revés, la ley de la renta es forzosamente la ley del salario e interés reunidos, pues afirma que, cualquiera que sea el resultado de la aplicación de trabajo y capital, estos dos factores sólo recibirán en salario e interés aquella parte del producto que habrían producido en tierra libre pago de renta, esto es, en la tierra menos productiva entre las que se utilizan. Pues, si del producto, todo lo que exceda de la suma que el trabajo y el capital obtendrían de una tierra donde no se pague renta ha de ir, en forma de renta, a los propietarios, entonces todo lo que el trabajo y el capital pueden exigir como salario e interés es lo que podrían obtener de la tierra e no da renta.

Por lo tanto, el salario y el interés no dependen del producto del trabajo y el capital, sino de lo que queda una vez sacada la renta, o del producto que obtendrían sin pagar renta, o sea, de la tierra menos productiva. Por esto, por mucho que aumente el poder productivo, si el aumento de la renta pone a su nivel, ni el salario ni el interés pueden aumentar.

Desde el momento en que se reconoce esta sencilla relación, un torrente de luz penetra en lo que antes era inexplicable, y hechos, al parecer discordantes, se agrupan bajo una ley evidente. Se ve de pronto que el aumento de la renta que avanza en los países progresivos es la clave que explica por qué el salario y el interés no logran subir con el aumento del poder productivo. Pues la riqueza producida en toda sociedad queda dividida en dos partes por lo que podríamos llamar línea de la renta, la cual es determinada por el margen de cultivo, que es la retribución que el trabajo y el capital podrían obtener de aquellas oportunidades naturales que les son accesibles sin pago de renta. De la parte del producto por debajo de esta línea, se han de pagar el salario y el interés. Todo lo que queda encima va a los dueños de la tierra.



CAPITULO 9

LEY DEL SALARIO

Por deducción hemos obtenido ya la ley del salario. Pero, para comprobar la deducción y quitar al asunto toda ambigüedad, busquemos dicha ley desde un punto de partida independiente.

Los salarios, que comprenden toda recompensa recibida por el trabajo, varían, no sólo según las diferentes facultades individuales, sino que, al hacerse más complicada la organización social, también varían mucho según las ocupaciones. Sin embargo, hay cierta relación general entre todos los salarios, de manera que expresamos una idea clara y bien entendida cuando decimos que los salarios son más altos o más bajos en un tiempo o lugar que en otro. En sus diversos grados, los salarios suben y bajan obedeciendo a una ley común. ¿Cuál es esta ley?

El principio fundamental de la acción humana (la ley que para la Economía Política es lo que la ley de la gravedad es para la física) es que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo. Evidentemente, este principio, por medio de la competencia que promueve, ha de igualar las recompensas ganadas con esfuerzos iguales en circunstancias parecidas. Cuando los hombres trabajan por cuenta propia, esta igualación será ampliamente efectuada por la igualdad de precios; y entre los que trabajan por cuenta propia y los que trabajan por cuenta de otros, actuará la misma tendencia igualadora.

Según este principio, en circunstancias de libertad, ¿cuáles serán los términos en que un hombre puede contratar a otros que trabajen para él? Evidentemente, los determinará lo que estos otros podrían ganar trabajando por cuenta propia. El principio que a él le evita tener que pagar más, excepto lo necesario para incitar al cambio, también impedirá a ellos cobrar menos. Si ellos pidiesen más, la competencia de otros les privaría de hallar empleo. Si él ofreciese menos, nadie aceptaría las condiciones, porque obtendrían mayores resultados trabajando por cuenta propia. Por consiguiente, aunque el patrono desea pagar lo menos posible y el empleado desea cobrar tanto como pueda, el valor del trabajo por cuenta propia fijará el salario a los trabajadores mismos. Si temporalmente, los salarios son llevados más arriba o más abajo de este nivel, pronto surge una tendencia a volverlos a él.

Pero los resultados o ganancias del trabajo no dependen sólo de la intensidad o calidad del trabajo mismo. lo que una cierta cantidad de trabajo producirá, varía según la productividad de los bienes naturales a que se aplica. Por esto el principio por el cual los hombres procuran satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo, fijará el salario al nivel del producto de este trabajo en el punto de máxima productividad que le está abierto.



La Determinante del Salario

En virtud de aquel principio, el punto máximo de productividad natural abierto al trabajo en las circunstancias existentes, será el punto más bajo en que la producción tiene lugar, porque nadie empleará trabajo en un punto inferior de productividad, mientras otro más alto le sea asequible. Por esto el salario que un patrono ha de pagar, se mide por el punto más bajo al que llega la producción, y los salarios subirán o bajarán según que este punto suba o baje.

Por ejemplo: en un estado social sencillo, cada hombre, a la manera primitiva trabaja por cuenta propia, unos, por ejemplo, cazando, otros pescando, otros cultivando el suelo.

Supondremos que se empieza a cultivar y que toda la tierra usada es de la misma calidad, dando rendimiento semejantes a esfuerzos semejantes. Por esto, el salario (pues aunque ni haya patronos ni empleados, hay, no obstante, salario) será todo el producto del trabajo; y, concediendo las diferencias de agradabilidad, riesgo etc., de las tres ocupaciones, los salarios serán, por término medio, iguales en las tres, es decir, iguales esfuerzos darán iguales resultados. Pues bien, si uno de los habitantes desea emplear alguno de sus compañero para trabajar para él en vez de trabajar por cuenta propia, ha de pagarle un salario igual a todo este producto medio del trabajo.



El Margen de Producción

Dejemos pasar algún tiempo. El cultivo se ha extendido y en vez de abarcar tierras de igual calidad, las abarca de calidades diferentes. Ahora el salario no será el producto medio del trabajo, como era antes. Será el producto medio del trabajo en el margen de cultivo, o sea, en el punto de mínimo rendimiento. Porque, puesto que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo posible, el punto de mínima recompensa en el cultivo ha de dar al trabajo una recompensa equivalente a la recompensa media de la caza y la pesca (esta igualación se efectuará por medio de la igualdad de precios). El trabajo ya no dará igual recompensa a esfuerzos iguales, sino que los que lo aplican a la tierra mejor obtendrán un producto mayor que el que un esfuerzo igual da a quienes cultivan la tierra inferior. Sin embargo, los salarios seguirán siendo iguales, porque este exceso percibido por el cultivador de la tierra mejor es, en realidad, renta; y si la tierra es objeto de propiedad individual, el resultado será darle un valor.

Si en estas nuevas circunstancias, un miembro de esta sociedad desea contratar a otros que trabajen para él, solamente tendrá que pagarles lo que el trabajo obtiene en el punto inferior de cultivo. Según esto, si el margen de cultivo desciende a puntos de más baja productividad, el salario bajará; si, por el contrario, el margen sube, subirá el salario.

Tenemos, pues, la ley del salario como una deducción del principio más evidente y más universal. Que los salarios dependen del margen de cultivo, que serán más o menos altos según que sea mayor o menor el producto que el trabajo puede obtener de las mejores oportunidades naturales a que tiene acceso, son consecuencias del principio por el cual los hombres procuran satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo.



Los Salarios en las Diferentes Ocupaciones

Si del estado social sencillo pasamos a los complejos fenómenos de las sociedades altamente civilizadas, encontraremos, examinándolos, que también están regidos por esta ley.

En tales sociedades, los salarios son muy diversos, pero aún guardan una mutua relación más o menos definida y perceptible. Esta relación no es invariable. En una época, un filósofo de fama puede ganar con sus conferencias un salario muchas veces mayor que el del mejor mecánico y otra época apenas puede esperar la paga de un peón; hay también ocupaciones que en una gran ciudad obtienen salarios relativamente altos, pero que los obtendrían relativamente bajos en un país nuevo. Sin embargo, en todos los casos y a pesar de divergencias arbitrarias debidas a costumbres, legislación, etc., las diferencias entre salarios se pueden explicar por ciertas circunstancias.

En uno de sus capítulos más interesantes (La Riqueza de las Naciones, libro 1, capítulo 10, parte 1), Adam Smith enumera las principales circunstancias que, como él expone, motivan la pequeña paga de ciertos empleos y dan como compensación grandes pagas en otros: 1. Lo agradable o desagradable de la ocupación; 2. la facilidad y baratura o la dificultad y gasto del aprendizaje; 3. la continuidad o discontinuidad de la ocupación; 4. la menor o mayor confianza que se debe depositar en el empleado; y 5 la mucha o poca probabilidad de éxito (Nota). No hace falta detallar estas causas que varían los salarios según las diferentes ocupaciones. Han sido admirablemente expuestas por Adam Smith y sus seguidores, que han elaborado bien los detalles, aunque no hayan podido captar la ley principal.



(Nota) Esta última, que es análoga al elemento riesgo en los beneficios, explica los elevados salarios de los abogados, médicos, contratistas, actores, etc., que tienen éxito.

Demanda y Oferta de Trabajo

Es perfectamente correcto decir que en diferentes ocupaciones, los salarios varían relativamente según las diferencias en la oferta y la demanda de trabajo, entendiendo por demanda la petición de servicios de un determinado tipo, hecha por el conjunto social, y por oferta la cantidad relativa de trabajo que, en las circunstancias existentes, puede dedicarse a efectuar dichos servicios.

Pero, aunque esto es verdad respecto a las diferencias relativas de los salarios, aquellas palabras no significan nada cuando se dice que el nivel general de los salarios es determinado por la oferta y la demanda. Porque oferta y demanda sólo son términos relativos. Oferta de trabajo solamente puede significar trabajo ofrecido a cambio de trabajo o de producto del trabajo; y demanda de trabajo solamente puede significar trabajo o producto del trabajo que se ofrecen a cambio de trabajo. Así, pues, oferta es demanda y demanda es oferta y, en el conjunto social, ambas abarcan lo mismo. Lo que oculta cuán absurdo es hablar de oferta y demanda refiriéndose al trabajo en general, es la costumbre de considerar que la demanda de trabajo procede del capital y es una cosa distinta del trabajo; pero el análisis a que anteriormente se ha sometido esta idea, ha bastado para probar su falsedad.

Las Variaciones del Salario son Interdependientes

Cualesquiera que sean las circunstancias que causan la diversidad de salarios en las diferentes ocupaciones y aun cuando la relación entre los diferentes salarios varía (originando diferencias relativas más o menos grandes según las épocas y los sitios), tanto la observación como la teoría evidencian que la altura del salario en una ocupación siempre depende de la altura en otra; y así sucesivamente, hasta llegar a la capa inferior y más extensa de los salarios, en ocupaciones donde la demanda es casi uniforme y en las que hay la mayor libertad para ocuparse. Porque, aunque puedan existir barreras más o menos difíciles de vencer, la cantidad de trabajo que puede dedicarse a una ocupación especial no es absolutamente fija en ninguna parte. Todos los artesanos podrían actuar como obreros y muchos obreros podrían pronto hacerse artesanos; todos los almacenistas podrían actuar como tenderos y muchos tenderos fácilmente podrían hacerse almacenistas; muchos labradores, con algún aliciente, se harían cazadores o mineros, pescadores o marineros; y muchos cazadores, mineros, pescadores y marineros, podrían, a petición, dedicarse al cultivo.

En los extremos de cada ocupación están aquellos para quienes los atractivos de una u otra ocupación están tan equilibrados, que el menor cambio basta para encaminar su trabajo en una u otra dirección. Por esto, cualquier aumento o disminución en la demanda de trabajo de determinado tipo no puede, si no es temporalmente, llevar el salario de esta ocupación más arriba o más abajo del nivel relativo del salario en otras ocupaciones, que está determinado por las circunstancias anteriormente mencionadas, tales como la relativa agradabilidad o continuidad del empleo, etc. Aun donde en esta correlación se interponen barreras artificiales, como leyes restrictivas, regulaciones gremiales, instituciones de castas, etc., la experiencia demuestra que pueden dificultar, pero no impedir que este equilibrio persista. Obran como las presas, que suben las aguas de un río por encima de su nivel natural, pero no pueden evitar que rebosen.

Ley General del Salario

Así, pues, aunque la relación de los salarios entre sí pueda cambiar de vez en cuando, según las circunstancias que determinan sus niveles relativos, es evidente que los salarios en todas las capas sociales han de depender, en definitiva, del salario en la capa inferior y más amplia, y que según que éste suba o baje, subirá o bajará la altura general del salario.

Las ocupaciones primarias y fundamentales sobre las que, por decirlo así, todas las demás descansan, son, evidentemente, las que obtienen riqueza directamente de la naturaleza; luego, la ley del salario en éstas ha de ser la ley general del salario. Y puesto que el salario en estas ocupaciones depende, como está claro, de lo que el trabajo puede producir en el punto de mínima productividad a que habitualmente se aplica, por esto, los salarios en general dependen del limite de cultivo o para decirlo con más exactitud, del punto de máxima productividad natural al cual el trabajo puede libremente aplicarse sin pagar renta.

La ley del salario que de este modo hemos obtenido es la que antes habíamos obtenido como corolario de la ley de la renta.

Esa ley es:

El salario depende del margen de producción o del producto que el trabajo puede obtener en el punto de máxima productividad natural que le es accesible sin pago de renta.

Como la ley de la renta de Ricardo, de la cual es corolario, esta ley del salario lleva consigo su propia demostración y resulta evidente con sólo enunciarla. Porque no es sino una aplicación de la verdad central, base del razonamiento en Economía, de que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo. El promedio de los hombres no querrá trabajar para un patrono por menos, todo considerado, de lo que puede ganar trabajando por cuenta propia; ni tampoco trabajará por cuenta propia por menos de lo que pueda ganar trabajando para un patrono. Por esto, la ganancia que el trabajo puede obtener de los bienes naturales que están libres para él, fija el salario que el trabajo obtiene en todas partes. Es decir, la línea de la renta es la medida forzosa de la línea del salario. Lo que hace evidente que una tierra de cierta calidad dará como renta el exceso de su producto sobre el de la tierra menos productiva empleada, es el saber que el dueño de la tierra mejor puede obtener trabajo que la explote, pagándolo con lo que este mismo trabajo podría obtener de la tierra de calidad más pobre.



El Salario es una Proporción del Producto

Quizá convenga recordar al lector que estoy empleando la palabra salario en el sentido, no de cantidad, sino de proporción. Cuando digo que los salarios bajan a medida que la renta sube, quiero decir que es forzosamente menor, no la cantidad de riqueza obtenida por los trabajadores como salario, sino la proporción en que esta cantidad está respecto a la producción total. La proporción puede disminuir mientras la cantidad queda igual o incluso aumenta. Si el margen de cultivo desciende del punto de productividad que llamaremos 25 al que llamaremos 20, la renta de todas las tierras que anteriormente pagaban renta subirá según esta diferencia, y la proporción de todo el producto obtenida por los trabajadores como salario, descenderá en la misma extensión. Pero si, entretanto, el progreso de las artes o las economías permitidas por el aumento de población, han aumentado el poder productivo del trabajo, de tal modo que un mismo esfuerzo produce ahora tanta riqueza en el punto 20 como antes en el 25, los trabajadores obtendrán como salario una cantidad de riqueza igual que antes. La baja relativa del salario no se percibirá en ninguna disminución de artículos necesarios o comodidades del trabajador, sino solamente en los mayores ingresos y más pródigos gastos de la clase que cobra renta.

En sus manifestaciones más sencillas, la ley del salario es reconocida por gente que no se preocupa de Economía Política, del mismo modo que, desde muy antiguo, quienes nunca pensaron en la ley de la gravedad reconocían que un cuerpo pesado cae. No hace falta ser un filósofo para ver que si en cualquier país se abrieran de par en par bienes naturales que permitiesen a los trabajadores ganar por cuenta propia salarios mayores que los más bajos ahora pagados, el nivel general del salario subiría.

El mismo Adam Smith vio la causa de los altos salarios donde todavía hay tierra libre por colonizar, aunque no supo apreciar la importancia y relaciones de este hecho. Al tratar de las causas de la prosperidad de las nuevas colonias (La Riqueza de las Naciones, libro 4, capitulo 7), dice: «Cada colono adquiere más tierra que la que puede cultivar. No tiene que pagar renta, ni casi impuestos... Por eso está deseoso de reunir trabajadores de todas partes y pagarles los salarios más generosos. Pero estos generosos salarios, junto con la abundancia y baratura de la tierra, pronto hacen que los trabajadores le dejen para hacerse propietarios a su vez y remunerar con igual largueza otros trabajadores, que pronto les dejarán por la misma razón que ellos a su primer patrono.»

Es imposible leer las obras de los economistas que, desde el tiempo de Adam Smith, se han esforzado en erigir y dilucidar la ciencia de la Economía Política, y no verlos tropezar una y otra vez con la ley del salario sin reconocerla nunca. Y, no obstante, «¡si hubiese sido un perro, les habría mordido!». Ciertamente, es difícil resistir a la sospecha que algunos de ellos realmente vieron esta ley del salario, pero, temiendo las conclusiones prácticas a que conduciría, prefirieron ignorarla y encubrirla, antes que emplearla como clave de problemas que sin ella son tan desconcertantes. ¡Una gran verdad, para un siglo que la ha rechazado y pisoteado, no es una palabra de paz, sino una espada!

 



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