Progreso y Miseria



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El Hombre Produce su Comida

A diferencia de los demás seres vivos, el aumento de hombres origina un aumento de sus alimentos. Si, en vez de hombres, hubiesen venido osos de Europa al continente norteamericano, hoy no habría más osos que en tiempo de Colón; quizá menos, porque la inmigración de osos no habría aumentado los alimentos osunos ni mejorado las condiciones de la vida osuna, sino probablemente todo lo contrario. Sin embargo, dentro de las fronteras de los Estados Unidos tan sólo, hay ahora millones de hombres donde hablan entonces unos pocos cientos de miles y ahora dentro de este territorio hay mucha más comida por habitante para estos millones, que entonces para aquellas pocas centenas de millares. No es que el aumento de víveres haya causado este aumento de población; es el aumento de hombres lo que ha originado el aumento de víveres. Sencillamente, hay más comida porque hay más gente.

Entre el animal y el hombre hay esta diferencia: tanto el gavilán como el hombre comen pollo, pero cuantos más gavilanes hay, menos pollos, mientras que cuantos más hombres, más pollos. Lo mismo la foca que el hombre comen salmones, pero cuando una foca coge un salmón, hay uno menos y si las focas aumentasen en número, al pasar de cierto límite, los salmones disminuirían, mientras que, poniendo el desove del salmón en condiciones favorables, el hombre puede aumentar el número de estos peces en mucho más de los que pueda coger. Por esto, por mucho que el número de hombres aumente, nunca excederá el suministro de salmones. En resumen, mientras el limite de las subsistencias de cualquier especie animal o vegetal no depende de los seres alimentados, el limite de las subsistencias del hombre, es, dentro de los limites extremos de la tierra, el aire, el agua y el sol, dependiente del hombre mismo. Y, siendo así, la pretendida analogía entre el hombre y las formas inferiores de la vida falla ostensiblemente.

El peligro de que la raza humana rebase la posibilidad de caber en el mundo es tan remoto que no tiene para nosotros más interés que el retorno del período glacial o la extinción final del sol. Pero, por remota y oscura que sea, es esta posibilidad la que da a la teoría malthusiana su aspecto de lógica evidencia. Pero, hasta esta sombra desaparece el examinarla. También ella dimana de una falsa analogía. Que la vida animal y vegetal tienda a llegar al límite de cabida, no demuestra la misma tendencia en la vida del hombre.



Otras Diferencias Entre el Hombre y los Animales

Admitamos que el hombre no es más que un animal más avanzado, que el mono de cola prensil es un familiar lejano que gradualmente ha desarrollado aficiones acrobáticas y la ballena un pariente muy lejano que en los albores de la vida se hizo a la mar; admitamos que, después de éstos, el hombre está emparentado con los vegetales y todavía sujeto a las mismas leyes que las plantas, los peces, las aves y las otras bestias. Sin embargo, hay todavía entre el hombre y todos los demás animales esta diferencia: él es el único animal cuyos deseos aumentan a medida que se le complacen; el único animal que nunca está satisfecho. Las necesidades de todos los demás seres vivos son uniformes y fijas. El buey no aspira hoy a más que cuando el hombre lo unció al yugo por vez primera. La gaviota del Canal de la Mancha, que se cierne sobre el rápido vapor, no necesita mejor alimentación o morada que las gaviotas que revoloteaban cuando las quillas de las galeras de César tocaron fondo por primera vez en una playa británica. De lo que la naturaleza les ofrece, por abundante que sea, todos los seres vivos, excepto el hombre, toman y buscan solamente lo que basta para proveer necesidades definidas y fijas. El único uso que pueden hacer de suministros u oportunidades adicionales es multiplicarse.

Pero el hombre no hace esto. Tan pronto como sus necesidades de índole animal quedan satisfechas, siente otras necesidades. Primeramente desea comida, como la bestia; después albergue, como la bestia; y logrados éstos, sus instintos reproductivos se imponen, como se imponen los de la bestia. Pero aquí el hombre y la bestia se separan. La bestia nunca pasa de aquí; el hombre no ha hecho más que poner el pie en el primer peldaño de una progresión infinita, una progresión en que la bestia nunca entra; una progresión más allá y por encima de la bestia. Dadles más comida, dadles plenitud de condiciones de vida y el vegetal o el animal no harán sino multiplicarse; el hombre se desenvolverá. En uno la fuerza expansiva sólo puede ampliar la existencia en nuevos seres; en el otro, tenderá irresistiblemente a dilatar la existencia en más altas formas y más vastos poderes.

Error Lógico de Malthus

Como quiera que se mire, el razonamiento que apoya esa teoría de la tendencia constante de la población a alcanzar el límite de las subsistencias, muestra una afirmación gratuita, un medio indistribuido, corno dirían los lógicos. Es tan infundado, si no tan grotesco, como la idea que podemos imaginar de Adán, si, aficionado a la aritmética, hubiese calculado el crecimiento de su primer hijo, fundándose en el de sus primeros meses. Del hecho de que pesara diez libras al nacer y veinte libras ocho meses despues, podía, con los conocimientos matemáticos que ciertos sabios le han atribuido, haber calculado un resultado tan asombroso como el de Mr. Malthus, a saber; que a los diez años de edad el niño pesaría como un buey, a los once como un elefante y a los treinta no menos de 175.716.339.548 toneladas. De hecho, no hay más motivo para afligirnos por la presión de la población sobre las subsistencias que el que Adán tenía para preocuparse por el rápido crecimiento de su bebé.



Fuerzas que Influyen en la Natalidad

En las nuevas colonias, donde la lucha con la naturaleza da pocas facilidades para la vida intelectual y entre las clases pobres de los países viejos que, en medio de la riqueza, carecen de todas sus ventajas y se ven reducidas a una mera existencia animal, la proporción de nacimientos es notoriamente mayor que entre las clases a las que el aumento de la riqueza ha traído independencia, ocios, comodidad y una vida más plena y variada.

Si la verdadera ley de la población se expone de este modo, como yo creo que se debe, la tendencia a aumentar, en vez de ser siempre uniforme, es fuerte donde la perpetuación de la especie está amenazada por la mortalidad producida por condiciones adversas; pero se debilita así que es posible un desarrollo individual más elevado y queda asegurada la perpetuación de la especie. Cualquier peligro de que vengan seres humanos a un mundo en que no puedan ser atendidos, no procede de los decretos de la naturaleza, sino de los desarreglos sociales que, en medio de la riqueza, condenan a los hombres a la miseria.

La Aducida Mezquindad de la Naturaleza

Es evidente que la cuestión de si el aumento de población tiende forzosamente a reducir los salarios y a causar miseria, es simplemente la cuestión de si tiende a reducir la cantidad de riqueza que una determinada cantidad de trabajo puede producir. La teoría es que cuanto más se exige de la naturaleza, tanto menos generosamente responde ella, de manera que duplicar la aplicación de trabajo no duplicará el producto; y por lo tanto el aumento de población ha de tender a reducir los salarios y ahondar la pobreza o, con la frase de Malthus, ha de dar por resultado el vicio y la miseria. En el lenguaje de John Stuart Mill: «En un mismo grado de civilización, un mayor número de gente no puede ser colectivamente tan bien abastecido corno un número menor. La mezquindad de la naturaleza, no la injusticia de la sociedad, es la causa del castigo inherente a la superpoblación. Una injusta distribución de la riqueza ni siquiera agrava el mal sino que, a lo sumo, lo hace sentir algo más pronto. Es inútil decir que todas las bocas, a las que el aumento de la humanidad da la existencia, traen consigo las manos. Las nuevas bocas requieren igual comida que las antiguas y las manos no producen tanto. Si todos los instrumentos de producción fuesen propiedad colectiva de toda la gente y el producto se repartiese con perfecta igualdad entre ella y si en una sociedad así constituida, la actividad fuese tan enérgica y el producto tan abundante como lo son ahora, habría bastante para que toda la población presente viviese en extremado bienestar; pero cuando dicha población se hubiese duplicado, como, sin duda, con las actuales costumbres y con tal estímulo, haría en poco menos de veinte años, ¿cuál sería entonces su situación? A no ser que al mismo tiempo las artes productivas progresaran en un grado nunca visto, las tierras inferiores a las que se tendría que recurrir y el cultivo más trabajoso y poco remunerativo que se tendría que aplicar a las tierras superiores para procurar sustento a una población tan aumentada, irremisiblemente haría a todo individuo de la colectividad más pobre que antes. Si la población continuase aumentando en la misma proporción, Pronto llegaría un tiempo en que nadie tendría más de lo necesario, poco después el momento en que nadie tendría suficiente, y el ulterior aumento de la población sería atajado por la muerte.» (Principios de Economía Política, libro 1, capitulo 13, sección 2.)

Niego todo esto. Afirmo que es cierto todo lo contrario de estas aserciones. Sostengo que en cualquier determinado estado de civilización, un mayor número de gente puede ser en conjunto mejor abastecido que un número menor. Sostengo que la injusticia de la sociedad, no la avaricia de la naturaleza, es la causa de la escasez y la miseria que la teoría en boga atribuye a la superpoblación. Afirmo que las nuevas bocas debidas al aumento de población no requieren más comida que las antiguas, y, en cambio, los brazos que traen consigo pueden, en el orden natural de las cosas, producir más. Sostengo que, en igualdad de las demás circunstancias, cuanto mayor sea la población, mayor será el bienestar que una equitativa distribución de la riqueza daría a cada individuo. Afirmo que en un estado de igualdad, el natural aumento de población tendería siempre a hacer a cada individuo más rico y no más pobre.

La cuestión de hecho en que este enunciado se resuelve, no estriba en qué grado de población se produce más alimento, sino en qué grado de población se manifiesta mayor poder de producir riqueza. Pues la capacidad productora en cualquier forma de riqueza es la capacidad productora de alimentos y el consumo de cualquier forma de riqueza o de poder productor de riqueza es equivalente al consumo de subsistencias.



Donde el Poder Productor es Mayor

No hacen falta razonamientos abstractos. Es una simple cuestión de hecho. El poder relativo de producir riqueza, ¿disminuye con el aumento de población?

Los hechos son tan patentes que basta llamar la atención sobre ellos. En tiempos modernos hemos visto aumentar la población en muchas colectividades. ¿No ha crecido al mismo tiempo su riqueza aún más aprisa? Hemos visto muchas colectividades que aún aumentan en población. ¿No crece también su riqueza todavía más aprisa? ¿Dónde encontraréis riqueza más pródigamente destinada a fines improductivos, en costosos edificios, buenos muebles, lujosos equipos, estatuas, cuadros, jardines y yates de recreo? ¿Dónde hallaréis en mayor proporción a quienes la producción general alcanza a mantener sin trabajo productivo por su parte? ¿No es más bien donde la población es más densa que donde está más esparcida? ¿De dónde rebosa el capital en busca de colocación remuneradora? ¿No es desde los países densamente poblados hacia los que lo son menos?

Estas cosas se ven claras donde quiera que dirijamos la vista. En un mismo nivel de civilización, un mismo estado de las artes productivas, gobierno, etc., los países más poblados son siempre los más ricos.

Los países más ricos no son aquellos en que la naturaleza es más prolífica, sino aquellos en que el trabajo es más eficaz; no Méjico, sino Massachusetts; no el Brasil, sino Inglaterra. Los países cuya población es más densa y ejerce mayor presión sobre la capacidad de la naturaleza, son, en igualdad de las demás circunstancias, los países en los cuales una mayor proporción del producto puede emplearse en lujo y en sustentar a quienes no producen, son los países de donde el capital rebosa, los países que, en caso de exigírselo, por ejemplo, una guerra, pueden resistir un mayor consumo de riqueza.

Tanto si comparamos diversas colectividades entre sí, como si examinamos una de ellas en épocas diferentes, es evidente que la que es progresiva, que se distingue por su aumento de población, se distingue también por un aumento del consumo y un aumento del acúmulo de riqueza, no solamente en conjunto, sino también por cabeza. Y por lo tanto, el aumento de la población, por grande que haya sido, no significa una reducción, sino un aumento del promedio de producción de riqueza.

Mirad sencillamente los hechos. ¿Puede haber algo más claro que el no ser la debilidad de las fuerzas productivas la causa de la pobreza que se encona en los centros de civilización? En los países en que la pobreza es más profunda, las fuerzas de la producción, si se emplean por completo, son bastante poderosas para proporcionar al más humilde, no solamente bienestar, sino hasta lujo. La miseria aparece donde son mayores el poder productivo y la producción de riqueza. Este es el gran hecho, el enigma que tiene perplejo al mundo civilizado. Es esto lo que tratamos de desembrollar. Evidentemente, la teoría malthusiana, que atribuye la miseria a la disminución del poder productivo, no lo explica.


CAPITULO 7

DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

Nuestro razonamiento nos dice, en conclusión, que cada trabajador produce su propio salario y que el aumento del número de trabajadores debería aumentar el salario de cada uno. Por lo menos queda claro que la causa por la cual, a pesar del enorme aumento del poder productivo, la gran masa de los productores está reducida a la mínima porción del producto de la cual consienten vivir, no es la falta de capital ni tampoco la limitación de los poderes de la naturaleza que premian el trabajo. Por consiguiente, esa causa, si no se halla en las leyes que rigen la producción de la riqueza, se ha de buscar en las que rigen la distribución. Veámoslas, pues: El producto o producción de una sociedad es la suma de riqueza producida por esta sociedad. Es el fondo general, del cual, mientras no se reduzca la provisión preexistente, se ha de satisfacer el consumo y se han de sacar todos los ingresos.

Producción no significa solamente hacer las cosas, sino que incluye el aumento de valor ganado con su transporte o cambio. En una sociedad puramente comercial hay producción de riqueza, como la hay en una sociedad puramente agrícola o industrial; y en un caso como en los otros, una parte de este producto irá al capital, una parte al trabajo y una parte, si la tierra tiene algún valor, a los propietarios. De hecho, una porción de la riqueza producida va continuamente a la reposición del capital que se consume y repone sin cesar. Pero no es necesario tener en cuenta este hecho, ya que se le descarta considerando permanente al capital, como acostumbramos hacerlo al hablar o pensar sobre él. Por lo tanto, al hablar del producto entendemos la riqueza obtenida además de la que se necesita para reponer el capital consumido al producir; y cuando hablamos de interés o ganancia del capital, entendemos lo que va al capital una vez repuesto o conservado.

Es, además, un hecho que en toda sociedad superior al estado más primitivo, el gobierno toma en impuestos y consume una parte del producto. Sin embargo, no es necesario tenerlo en cuenta al buscar las leyes de la distribución. Podemos considerar la tributación inexistente o que, según su cuantía, reduce el producto. Y lo mismo respecto a lo que del producto toman ciertas formas de monopolio que ejercen un poder parecido al de la tributación. Una vez halladas las leyes de la distribución, podremos ver qué influjo, si lo hay, ejercen sobre ellas los impuestos.



Renta, Salario e Interés

Los tres factores de la producción son tierra, trabajo y capital, y todo el producto se distribuye primariamente en tres partes respectivas.

Por esto se necesitan tres términos, cada uno de los cuales ha de expresar con claridad una de estas partes con exclusión de las demás.

Renta, por definición, expresa claramente la primera de estas partes: la que va a los propietarios de la tierra.

Salarios, por definición, expresa claramente la segunda: la parte que constituye la recompensa al trabajo.

Pero en cuanto al tercer término, el que debería expresar la recompensa al capital, hay en los libros usuales la más embrollada ambigüedad y confusión.

De los vocablos de uso corriente, la palabra interés es el que más se acerca a expresar la idea de la recompensa por el uso del capital. Según se la suele emplear, significa la recompensa por el uso del capital, con exclusión de todo trabajo en su uso o administración.

Ambigüedad del Término «Beneficios» o «Provechos»

La palabra beneficios, según suele usarse, es casi sinónima de ingresos. Significa una ganancia, una cantidad que se percibe, además de la cantidad desembolsada e incluye a menudo ingresos que propiamente son renta y casi siempre ingresos que en realidad son salarios, y también compensaciones por el riesgo inherente a los diversos usos del capital. A menos de violentar mucho el significado de esta palabra, no se puede, pues, usarla en Economía Política para indicar la parte del producto que va al capital, a distinción de las partes que van al trabajo y a los propietarios.

Adam Smith explica claramente que los salarios y la compensación por el riesgo forman gran parte de los beneficios, señalando que los elevados provechos de los boticarios y tenderos son en realidad salarios de su trabajo y no interés de su capital; y que los grandes beneficios hechos a veces en negocios arriesgados, como el contrabando y el comercio de objetos usados, no son, en realidad, sino compensaciones de riesgos que, a la larga, reducen las ganancias del capital empleado en ellos, hasta el tipo corriente y aún más bajo. Ejemplos parecidos se mencionan en las obras posteriores, en las que se definen formalmente en su sentido usual, quizás excluyendo la renta. En estas obras se dice al lector que los beneficios se componen de tres elementos: salarios de superintendencia, compensación por el riesgo e interés, o sea, la retribución por el uso del capital.

Por esto, ni en su significado vulgar, ni en el que expresamente se les asigna en Economía política, los beneficios pueden ocupar sitio alguno al discutir la distribución de la riqueza entre los tres factores de la producción. Hablar de la distribución de la riqueza en renta, salarios y beneficios (sea en el sentido vulgar o en el asignado expresamente a este término) es como hablar de la clasificación de la humanidad en hombres, mujeres y seres humanos.

Evidentemente, esta indagación no tiene nada que ver con los beneficios. Necesitamos hallar qué es lo que determina el reparto del producto total entre la tierra, el trabajo y el capital; beneficios no es un término que se refiera exclusivamente a ninguna de estas tres divisiones. De las tres partes en que los economistas dividen los beneficios, a saber, compensación por el riesgo, salarios de superintendencia y retribución por el uso del capital, este último se incluye en el término de interés, que abarca todas las ganancias por el uso del capital y excluye todo lo demás; los salarios de superintendencia entran dentro del término salario, que incluye toda recompensa del trabajo humano y excluye todo lo demás; y la compensación por el riesgo no halla cabida en ninguna parte, pues el riesgo queda eliminado al considerar reunidas todas las transacciones de la colectividad. Por esto, de acuerdo con las definiciones de los economistas, emplearé el término interés para significar la parte del producto que va al capital.

Repetición de Definiciones

Recapitulemos: Tierra, trabajo y capital son los tres factores de la producción. El término tierra comprende todas las oportunidades y fuerzas naturales; el término trabajo, todo esfuerzo humano; y el término capital toda riqueza empleada en producir más riqueza. Todo lo producido se distribuye en recompensas a estos tres factores. La parte que va a los propietarios como pago por el uso de bienes naturales se llama renta; la parte que constituye la recompensa al trabajo humano se llama salario; y la parte que constituye la retribución por el uso del capital se llama interés. Estos tres términos se excluyen mutuamente. Los ingresos de un individuo pueden provenir de cualquiera de estas tres fuentes, de dos de ellas o de las tres: pero al tratar de descubrir las leyes de la distribución, debemos considerarlas separadas.

Debe haber tierra antes que el trabajo se pueda realizar; y debe ejercerse trabajo antes que se pueda producir el capital. El capital es un resultado del trabajo, y éste lo usa en ayuda de la producción ulterior. El trabajo es la fuerza activa e inicial, y, por lo tanto, es el que da empleo al capital. El trabajo sólo puede ejercerse sobre la tierra y de ésta se debe sacar la materia que el trabajo convierte en riqueza. Por esto, la tierra es la condición previa, el sitio y el material del trabajo. El orden natural es: tierra, trabajo y capital; y en vez de empezar por el capital como punto de partida, comenzaremos por la tierra.

CAPITULO 8

LA LEY DE LA RENTA

El término renta, en su sentido económico, tiene un significado diferente del que vulgarmente se da a la palabra renta. En algunos aspectos el significado económico es más limitado que el ordinario, en otros aspectos es más amplio.

Es más limitado en lo siguiente: en el lenguaje usual, aplicamos la palabra renta a los pagos por el uso de edificios, maquinaria, locales, etc., lo mismo que a los pagos por el uso de la tierra u otros bienes naturales; y al hablar de la renta de una casa o una granja, no separamos del pago por el uso de la sola tierra el pago por el uso de las mejoras. Pero en el significado económico de renta excluimos los pagos por el uso de todo producto del trabajo humano; y en los pagos globales por el uso de casas, granjas, etc., sólo es renta la parte que se paga por usar la tierra. La parte pagada por el uso de edificios u otras mejoras es propiamente interés, pues remunera el uso de capital.

Es más amplio en lo siguiente: en el lenguaje usual, sólo hablamos de renta cuando el propietario y el usuario son personas distintas. Pero en el sentido económico hay también renta cuando una misma persona es a la vez propietario y usuario. Donde una misma persona posee y usa la tierra, una parte de sus ingresos, la que podría obtener dejando arrendada su tierra a otro, es renta, mientras que la recompensa de su trabajo y capital es la parte de su ingreso que éstos le darían si tomase arrendada la tierra en vez de ser dueño de ella.

La renta se expresa también en un precio de venta. Cuando se compra tierra, el pago hecho por la propiedad o derecho a uso perpetuo es renta capitalizada. Si compro tierra a bajo precio y la retengo hasta que puedo venderla a un precio elevado, me hago rico, no por el salario de mi trabajo ni por el interés de mi capital, sino por el aumento de la renta. En resumen, la renta es la participación que, en la riqueza producida, tiene el propietario por el derecho exclusivo a usar los recursos naturales. Donde quiera que la tierra tenga valor de cambio, allí hay renta en el sentido económico del término. Donde quiera que una tierra que tenga valor es utilizada, sea por su dueño, sea por su arrendatario, allí hay renta actual; donde quiera que no es utilizada, pero tiene valor, allí hay renta potencial. Esta facultad de dar renta es lo que da valor a la tierra. Mientras la posesión de la tierra no da ninguna ventaja, la tierra no tiene valor. (Al hablar del valor de la tierra, uso y usaré estas palabras refiriéndome al valor de la sola tierra. Cuando quiera hablar del valor de la tierra y las mejoras, emplearé estas palabras.)

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