Progreso y Miseria



Descargar 0,67 Mb.
Página2/16
Fecha de conversión01.02.2017
Tamaño0,67 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   16

El Termino «Riqueza»

Según el uso habitual, la palabra riqueza se aplica a todo lo que tiene valor de cambio. Pero, cuando se la emplea como término de la Economía Política, se ha delimitar a un significado mucho más definido, porque con ella se suele denominar muchas cosas que, al hacer la cuenta de la riqueza colectiva o general, de ningún modo pueden ser consideradas como riqueza. Esas cosas tienen valor de cambio y vulgarmente se las llama riqueza, en tanto que representan, para los individuos o grupos de individuos, el poder de obtenerla; pero no son verdadera riqueza, puesto que el aumento o disminución de las mismas no afecta a la totalidad de ésta. Tales son las acciones y obligaciones, hipotecas, pagarés, billetes de banco y otros contratos o transferencias de riqueza. Tales son los esclavos, cuyo valor representa sólo el poder de una clase social para apropiarse los salarios de otra clase social. Tales son las tierras y otras oportunidades naturales, cuyo valor no es más que el resultado de reconocer a favor de algunos individuos el derecho exclusivo a usarlas, y representa el poder dado así a los propietarios para exigir una porción de la riqueza producida por los que las usan.

El aumento del valor de las obligaciones, hipotecas, cheques o billetes de banco no puede aumentar la riqueza de la sociedad, ya que ésa abarca lo mismo a los que tienen derecho a recibir que a los que prometen pagar. Análogamente, la riqueza de un pueblo no aumentaría al someter a esclavitud a algunos de sus miembros, pues lo que ganasen los dueños lo perderían los esclavos.

El aumento del valor de la tierra no representa un aumento de la riqueza conjunta, pues lo que ganen los propietarios por los precios más altos lo perderán los arrendatarios o compradores. Y toda esta riqueza relativa que, en el pensamiento y lenguaje corrientes, en la legislación y la ley, está confundida con la riqueza efectiva, podría ser totalmente aniquilada sin destruir o consumir más que unas gotas de tinta y un pedazo de papel.

Por consiguiente, no todas las cosas que tienen valor de cambio son riqueza en el único sentido que este término puede ser usado en Economía Política. Solo pueden ser riqueza aquellas cosas cuya producción aumenta el conjunto de riqueza y cuya destrucción lo disminuye. Considerando qué cosas son éstas y cuál es su naturaleza, no tendremos dificultad al definir la riqueza.

Naturaleza de la Riqueza

Cuando decimos que una colectividad aumenta en riqueza, queremos decir que hay en aquélla un aumento de ciertas cosas tangibles, como edificios, ganados, utensilios, maquinaria, productos agrícolas o minerales, artículos manufacturados, barcos, vehículos, muebles y otras semejantes, que tienen un valor no solamente relativo, sino efectivo. El aumento de estas cosas constituye un aumento de riqueza; su disminución es una reducción de riqueza; y la colectividad que, en proporción al número de sus individuos, tiene más cosas de éstas es la colectividad más rica. La cualidad común de dichas cosas es el ser substancias o materias naturales que el trabajo humano ha adaptado al uso o satisfacción del hombre, y cuyo valor depende de la suma de trabajo que, por término medio, se necesitaría para producir cosas de la misma clase.



Definición de la Riqueza

Por lo tanto, riqueza, en el único sentido en que este término puede usarse en Economía Política, consiste en materias naturales que han sido obtenidas, trasladadas, combinadas, separadas o de otro modo modificadas por el esfuerzo del hombre para adaptarlas a la satisfacción de los deseos humanos. Es, en otras palabras, trabajo impreso en la materia, de modo que almacene el poder del trabajo del hombre para subvenir a los deseos humanos, como el calor del sol está almacenado en el carbón.

La riqueza no es el único objeto del trabajo, pues también se emplea éste en atender directamente al deseo; pero es el objeto y resultado de lo que llamamos trabajo productivo, esto es, trabajo que da valor a las cosas materiales. No es riqueza nada de lo que la naturaleza proporciona al hombre sin su trabajo, ni lo que resulta del trabajo, si no es un producto tangible que tiene y retiene el poder de satisfacer el deseo.

Siendo el capital riqueza destinada a cierto fin, no puede ser capital lo que no queda dentro de esta definición de riqueza. Reconociendo y recordando esto, nos libraremos de los errores, que, falseando todo razonamiento en que se introducen, ofuscan el pensamiento popular y han conducido, incluso a sutiles pensadores, a laberintos de confusión.



Ulterior Descripción del Capital

Pero, aunque todo capital es riqueza, no toda riqueza es capital. El capital es solamente una parte de la riqueza, a saber, aquella parte que se dedica a ayudar a la producción.

Todo lo que estamos tratando de hacer, todo lo que es necesario hacer, es fijar, como si dijéramos, las medidas y límites de un término que, en general, se entiende bien; esto es, definir una idea corriente.

Si los artículos de riqueza efectiva que existen en un tiempo y colectividad dados, fuesen expuestos in situ a una docena de hombres inteligentes que no hubiesen leído ni una línea de Economía Política, es dudoso que éstos desintieran en considerar capital o no uno solo de dichos artículos.

De la cosecha de un labrador, la parte destinada a la venta, a semilla o a pagar en alimentos parte de los salarios, seria estimada capital; la parte conservada para el uso de su propia familia, no lo sería.

Una chaqueta que un sastre hubiese hecho para la venta, seria considerada capital, pero no la chaqueta que se hubiese hecho para sí mismo.

Los alimentos en poder de un hotelero o fondista serían juzgados capital, pero no el alimento en la despensa de una madre de familia.

Los lingotes de hierro en posesión de un fundidor, un forjador o un comerciante, serían considerados capital, pero no los que sirviesen de lastre en la bodega de un yate de recreo particular.

Los telares de una fábrica serían capital, pero no la máquina de coser de una mujer que sólo la emplea para su propia ropa; lo sería un edificio alquilado o empleado en negocios o fines productivos, pero no una vivienda ocupada por el dueño de la misma.

En resumen, pienso que encontraríamos ahora, como cuando Adam Smith escribía, que «aquella parte del caudal de un hombre, de la cual espera un rédito, es llamada su capital». Y omitiendo su infortunado desliz respecto las aptitudes personales y restringiendo algo su mención del dinero, es dudoso que pudiésemos hacer de los diferentes artículos de capital una lista mejor que la que Adam Smith hizo en el pasaje resumido al principio de este capítulo.

Lo que hace que una herramienta sea un articulo de capital o solamente un artículo de riqueza, es el que sus servicios o usos hayan de ser cambiados o no. Así, la riqueza empleada en la construcción de un ferrocarril, una línea telegráfica pública, un teatro, un hotel, etc., puede decirse que está en curso de cambio. El cambio no se efectúa de una vez, sino poco a poco, con un número indefinido de gente. Sin embargo, hay cambio, y los «consumidores» del ferrocarril, la línea telegráfica, el teatro o el hotel, no son sus dueños, sino las personas que de vez en cuando los usan.

Cambiabilidad de la Riqueza

Es demasiado estrecho un concepto de la producción que se limita a la tarea de hacer las cosas. La producción incluye no solamente el hacerlas, sino también el llevarlas al consumidor. El comerciante o almacenista es, pues, un productor tan verdadero como el fabricante o el agricultor, y sus existencias o capital están consagrados a la producción, tanto como los de éstos. Pero no vale la pena de insistir ahora en las funciones del capital, que más adelante podremos determinar mejor.

Permítaseme llamar la atención sobre algo que a menudo se olvida, a saber, que los términos «riqueza», «capital», «salarios» y otros análogos, según se emplean en Economía Política, son términos generales. Nada puede afirmarse o negarse de ellos en general, que no pueda afirmarse o negarse de toda la clase de cosas que representan. El no recordar esto ha llevado a una gran confusión del pensamiento y permite que falsedades, de otro modo transparentes, pasen por verdades obvias. Riqueza es un término general y debe recordarse que la idea de riqueza implica la idea de cambiabilidad. Así, la posesión de cierta suma de riqueza es, en potencia, la posesión de cualquiera o de todas las clases de riqueza, según su equivalencia en el cambio. Y, por consiguiente, lo mismo sucede con el capital.

CAPITULO 3

SALARIOS Y CAPITAL

La causa que origina la pobreza en medio de la creciente riqueza es, evidentemente, la causa que se manifiesta en la tendencia, reconocida en todas partes, de los salarios hacia un mínimo. Planteemos, pues, nuestra indagación en esta forma condensada:

¿Por qué, a pesar del aumento del poder productivo, los salarios tienden a un mínimo que sólo permite una mísera existencia?

La contestación clásica ha sido que los salarios dependen de la relación entre el número de trabajadores y la suma de capital dedicada a dar empleo al trabajo; y como el aumento del número de trabajadores tiende naturalmente a seguir y sobrepasar todo aumento de capital, los salarios tienden constantemente a la cantidad más baja con la cual aquéllos pueden vivir.

La afirmación que trataré de demostrar es: Que los salarios, en vez de proceder del capital, en realidad proceden del producto del trabajo por el cual son pagados.(Nota)

(Nota) Hablamos del trabajo aplicado a la producción, al cual es preferible, para mayor sencillez, limitar la indagación. Mejor será, pues, aplazar cualquier duda que se presente al lector respecto a los salarios por servicios.

Como la teoría de que el capital suministra los salarios también afirma que el capital los recupera de la producción, a primera vista todo ello parece un distingo y no una diferencia. Pero, que es mucho más que una distinción formulista, se ve claramente al considerar que de la diferencia entre ambas afirmaciones se deducen doctrinas que, tenidas por axiomáticas, atan, dirigen y gobiernan las más capaces inteligencias, al discutir las cuestiones más importantes. Pues, sobre el supuesto de que los salarios salen del capital y no del producto del trabajo, se fundan, no sólo la doctrina de que los salarios dependen de la proporción entre el capital y el trabajo; sino también la doctrina de que la actividad productora está limitada por el capital, esto es, que se ha de acumular capital antes de emplear trabajo, y que no se puede emplear trabajo sino habiéndose acumulado capital; la doctrina de que todo aumento de capital da o puede dar más ocupación a la actividad productora; la doctrina de que la conversión del capital circulante en capital fijo disminuye el fondo aplicable a mantener el trabajo; la doctrina de que se puede emplear más obreros con salarios bajos que con salarios altos; la doctrina de que el capital aplicado a la agricultura mantendría más trabajadores que si se aplica a la industria; la doctrina de que los provechos son altos o bajos según que los salarios sean bajos o altos o de que aquéllos dependen del costo de la subsistencia de los trabajadores -- en suma, todas las enseñanzas que, más o menos directamente, se fundan en el supuesto de que el trabajo es mantenido y pagado a expensas del capital existente, antes de obtenerse el producto que constituye la última finalidad.

Si se demuestra que esto es un error y que, por el contrario, el sustento y pago del trabajo no merma, ni de momento, el capital, sino que sale directamente del producto del trabajo, toda esta vasta superestructura queda sin apoyo y ha de caer. Del mismo modo han de caer las teorías populares que se fundan también en que, siendo fija la suma distribuíble en salarios, la participación individual en éstos ha de disminuir forzosamente al aumentar el número de trabajadores.



Principios Comunes a Todas las Sociedades

La verdad fundamental, que en todo razonamiento de Economía se debe retener firmemente y nunca abandonar, es que la sociedad más desarrollada no es sino una ampliación de la sociedad en sus rudos comienzos. Los principios que, en las relaciones humanas más sencillas son evidentes, están solamente encubiertos, pero no abolidos o tergiversados por las relaciones más intrincadas que resultan de la división del trabajo y del uso de instrumentos y métodos más complejos. El molino de vapor con su complicada maquinaria dotada de los movimientos más diversos es sencillamente lo que en su día fue el tosco mortero de piedra excavada del antiguo lecho de un río: un instrumento para moler grano. Y todos los hombres empleados en aquél, ya sea que echen leña al hogar, dirijan la máquina, labren muelas, rotulen sacos, o lleven las cuentas, realmente están dedicando su trabajo al mismo propósito que el salvaje prehistórico tenía al utilizar su mortero: la preparación del grano para sustento del hombre.

Y así, si reducimos a sus términos más sencillos todas las complejas operaciones de la moderna producción, vemos que cada individuo que toma parte en esta red, infinitamente subdividida e intrincada, de la producción y el cambio, está realmente haciendo lo que hacía el hombre primitivo al trepar a los árboles para tomar su fruta o al seguir la marea baja en busca de mariscos: ejercer sus facultades para obtener de la naturaleza la satisfacción de sus deseos. Si recordamos esto con firmeza, si consideramos toda la producción de la sociedad como la colaboración de todos para satisfacer los deseos de cada uno, se ve claro que la recompensa que cada uno obtiene por su esfuerzo, en cuanto resulta de este esfuerzo, procede tan real y verdaderamente de la naturaleza como procedía la recompensa del primer hombre.

Por ejemplo: en el estado más sencillo que podemos concebir, cada hombre busca su propio cebo y atrapa su propio pescado. Pronto se ven claras las ventajas de la división del trabajo y uno busca cebo mientras otros pescan. Pero, evidentemente el que recoge cebo, en realidad hace tanto por la pesca como los que de hecho atrapan el pescado. De igual modo, cuando se ha descubierto cuán ventajosas son las canoas y en vez de ir todos a pescar, uno se queda en tierra haciéndolas y reparándolas, este constructor, en realidad, consagra su trabajo a la pesca tanto como los verdaderos pescadores, y el pescado con que él cena al regresar aquéllos es tan ciertamente el producto de su propio trabajo como el de ellos. Y así, cuando la división del trabajo está bien establecida y en vez de intentar cada uno satisfacer todas sus necesidades recurriendo directamente a la naturaleza, uno pesca, otro caza, un tercero coge bayas, un cuarto recoge fruta, un quinto hace herramientas, un sexto construye chozas y un séptimo confecciona vestidos, cada uno, en la medida en que cambia el producto directo de su propio trabajo por el producto directo del trabajo de los demás, está realmente aplicando su propio trabajo a la producción de las cosas que usa. Está, en efecto, satisfaciendo sus deseos particulares por el ejercicio de sus facultades particulares; es decir, lo que él recibe, en realidad lo produce él.



Lo que el Salario Realmente Representa

Siguiendo estos principios, bien claros en un estado social sencillo, a través de las complejidades del estado que llamamos civilizado, veremos claramente que en todos los casos en que se cambia trabajo por mercancías, la producción es realmente anterior al disfrute. Veremos que los salarios son realmente las ganancias, esto es, las creaciones del trabajo, no los anticipos del capital, y que el trabajador que cobra su salario en dinero (acuñado o impreso, quizás, antes de que su trabajo comenzase) realmente cobra, a cambio de su trabajo ha añadido al acopio total de riqueza, una libranza contra este acopio, la cual puede él utilizar en cualquier clase especial de riqueza que mejor satisfaga sus deseos. Ni el dinero, que no es sino la libranza, ni la clase especial de riqueza que él pida por aquélla, representan anticipos del capital para su sustento; por el contrario, representa la riqueza o una porción de ella, que su trabajo ya ha añadido al acopio total.

Teniendo presentes estos principios, vemos que el delineante que en una oscura oficina de las riberas del Támesis, dibuja los planos de una gran máquina marina, está en realidad consagrando su, trabajo a la producción de pan y carne tan ciertamente como si estuviera entrojando el trigo en California o esgrimiendo el lazo en las pampas del Plata. Está haciendo tan de veras sus propios vestidos como si estuviese trasquilando ovejas en Australia o tejiendo paño en Paisley. El minero que en el corazón del alto Comstock excava mineral de plata, realmente está, en virtud de miles de cambios, segando mieses abajo en los valles; pescando la ballena entre los hielos del Ártico; arrancando hojas de tabaco en Virginia; recolectando granos de café en Honduras; cortando caña de azúcar en las islas Hawaii; cosechando algodón en Georgia o tejiéndolo en Manchester o Lowell; o haciendo para sus hijos curiosos juguetes de madera en los montes Harz. Los salarios que cobra a fin de semana ¿qué son sino el certificado ante todo el mundo, de haber hecho él todas estas cosas; el primer cambio de una larga serie que transmuta su trabajo en las cosas por las cuales, en realidad, él ha estado trabajando?

CAPITULO 4

ORIGEN DEL SALARIO

Cuando se afirma que los salarios se sacan del capital, es evidente que se ha perdido de vista el significado económico del término salario, y se ha prestado atención al sentido restringido y vulgar de la palabra. Porque en todos aquellos casos en que el trabajador trabaja por cuenta propia y toma directamente como recompensa el producto de su trabajo, está bien claro que los salarios no salen del capital, sino que resultan directamente como producto del trabajo.

Si, por ejemplo, dedico mi trabajo a buscar huevos de pájaros o a recoger bayas silvestres, los huevos o bayas que así obtengo son mi salario. Seguramente nadie sostendrá que en este caso el salario sale del capital.

O si tomo un pedazo de cuero y hago con él un par de zapatos, voy añadiendo continuamente valor a medida que mi trabajo avanza, hasta que, al resultar de mi trabajo los zapatos terminados, tengo mi capital (el pedazo de cuero) más la diferencia de valor entre este material y los zapatos concluidos. Al obtener este valor adicional, mi salario, ¿cómo y en qué momento se quita algo del capital?

Adam Smith reconoció el hecho de que, en estos casos sencillos que he puesto por ejemplo, el salario es el producto del trabajo y, así, comienza su capítulo sobre los salarios (La Riqueza de las Naciones, libro 1, capitulo 8): «El producto del trabajo constituye la natural recompensa o salario del trabajo. En aquel primitivo estado de cosas que precede a la apropiación de la tierra, así como a la acumulación de mercancías, todo el producto del trabajo pertenece al trabajador. Este no tiene propietario ni amo que participen con él.» Pero en vez de seguir la verdad, evidente en los modos sencillos de producción, como guía a través de los embrollos de las formas más complicadas, Adam Smith la reconoce, sólo de momento, para abandonarla enseguida; y afirmando que «en todas partes de Europa por cada obrero independiente hay veinte que sirven a un amo», reemprende la indagación desde un punto de vista que considera que el amo suministra el salario de sus obreros, sacándolo de su propio capital.

Salarios en Especie

Recojamos el hilo donde Adam Smith lo perdió, y, avanzando paso a paso, veamos si la conexión de los hechos, evidente en las formas de producción más sencillas, continúa a través de las más complejas.

Inmediato en sencillez a «aquel primitivo estado de cosas», del cual aún se pueden hallar muchos ejemplos, en que todo el producto del trabajo pertenece al trabajador, está el arreglo por el cual éste, aunque trabajando para otra persona o con el capital de otra persona, cobra su salario en especie, es decir, en cosas que su trabajo produce. En este caso, es tan claro como en el caso del trabajador por cuenta propia, que los salarios se sacan del producto del trabajo y de ninguna manera del capital.

Si yo contrato un hombre para recoger huevos o bayas o hacer zapatos, pagándole con huevos, bayas o zapatos de los que su trabajo obtiene, no cabe duda de que la fuente de los saldos es el trabajo por el cual se pagan.



Salarios por Participación en el Producto

El arriendo de tierras por participación, que se practica en gran escala en los Estados del Sur de la Unión y en California, el sistema de aparcería de Europa, lo mismo que los muchos casos en que se paga a administradores, corredores, etc., con un tanto por ciento de los beneficios, ¿qué son sino el empleo del trabajo por salarios que consisten en una parte del producto?

Adelantando de lo sencillo a lo complejo, el paso siguiente consiste en que los salarios, aunque estimados en especie, se paguen con su equivalente en otra cosa. Por ejemplo, en los buques balleneros americanos no se acostumbra a pagar salarios fijos, sino una «puesta» o proporción del botín, la cual varía desde una decimosexta a una duodécima parte para el capitán hasta una tricentésima para el grumete. De este modo, cuando, después de una pesca afortunada, llega a New Bedford o San Francisco un barco ballenero, trae en su bodega los salarios de su tripulación, lo mismo que los beneficios de sus propietarios y un equivalente que compensará por todas las provisiones gastadas durante el viaje. ¿No es evidente que estos salarios (el aceite y barbas de ballena que la tripulación ha recogido) no han sido sacados del capital, sino que son realmente una parte del producto del trabajo? Tampoco este hecho se altera u oscurece en lo más mínimo, cuando, por razones de conveniencia, en vez de distribuir entre la tripulación su parte de aceite y barbas, se valora al precio del mercado la parte de cada hombre y se le paga en dinero. Este dinero no es sino el equivalente del salario real, que es el aceite y las barbas. En ese pago no hay en modo alguno un anticipo del capital.

Salarios Pagados por el Patrono

La producción es siempre la madre de los salarios. Sin producción no habría ni podría haber salarios. Es del producto del trabajo, no de los anticipos del capital, de donde vienen los salarios. Donde quiera que analicemos los hechos, se verá que esto es verdad. Porque el trabajo siempre precede al salario. Esto es tan universalmente cierto para el salario que el trabajador cobra de un patrono, como para el salario directamente obtenido del trabajo por cuenta propia. En uno y otro caso, la recompensa está condicionada por el esfuerzo. Pagados a veces por días, más habitualmente por semanas o meses, en ocasiones por años, y, en ciertas ramas de la producción, a destajo, el pago de salarios por un patrono a un empleado implica siempre la previa aportación del trabajo por el empleado, en beneficio del patrono. Los pocos casos en que se anticipa el pago de servicios personales, se pueden atribuir evidentemente o bien a caridad o a garantía y compra.



Uso Ambiguo del Término Capital

El admitir la teoría según la cual los salarios salen del capital, viene en primer lugar, de afirmar que el trabajo no puede ejercer su poder productivo, si el capital no le proporciona el sustento. Esta afirmación ignora y oculta la verdad de que el trabajo siempre precede al salario. Se ve en seguida que el trabajador ha de tener comida, ropa, etc., que le permitan ejecutar el trabajo; y el lector incauto, al cual han dicho que los alimentos, los vestidos, etc., que usan los trabajadores productivos, son capital, acepta la conclusión de que para aplicar el trabajo es necesario consumir capital.

Es sólo una obvia deducción de eso, el que la actividad productora queda limitada por el capital, que la demanda de trabajo depende de la oferta de capital y, por consiguiente, que los salarios dependen de la relación entre el número de trabajadores que se han de emplear y la suma del capital destinado a contratarlos.

La falsedad de este razonamiento estriba en emplear el término capital en dos sentidos. En la proposición primaria, que para ejercer el trabajo productivo se necesita capital, se incluye en ese término capital todos los alimentos, vestidos, albergue, etc., mientras que en la deducción final sacada de aquélla, se emplea el término en su legítimo significado de riqueza (en manos de los patronos como tales) consagrada, no a la inmediata satisfacción del deseo, sino a producir más riqueza.

La conclusión no es más válida que lo sería el inferir, del hecho de que un obrero no puede ir al trabajo sin desayuno ni ropa, que no pueden ir al trabajo más obreros que los que sus patronos provean previamente de desayuno y vestidos. Lo cierto es que los trabajadores suministran sus propios desayunos y los vestidos con que van a su labor; y además, que los patronos nunca se ven obligados a hacer anticipos al trabajo antes de comenzarla, aunque en casos excepcionales puedan hacerlos.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   16


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal