Progreso y Miseria



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CAPITULO 26

EL LLAMAMIENTO DE LA LIBERTAD

La verdad a que nos ha llevado la parte político-económica de nuestra investigación, se observa claramente en la subida y caída de las naciones y en el crecimiento y decadencia de la civilización. Concuerda con los arraigados conceptos de relación y consecuencia que llamamos ideas morales.

Esta verdad implica a la vez una amenaza y una promesa. Los males que brotan de una injusta y desigual distribución de la riqueza, no son incidentes del progreso, sino tendencias que han de detenerlo; no se curarán por sí solos, sino que, por el contrario, si no se suprime su causa, han de aumentar más y más, hasta que nos retrograden a la barbarie por el camino que siguieron todas las civilizaciones pretéritas. Esos males no los imponen las leyes naturales. Proceden únicamente de desarreglos sociales que infringen las leyes naturales; y al suprimir su causa, daremos un enorme impulso al progreso.

Al consentir el monopolio de las oportunidades que la naturaleza ofrece generosamente a todos, hemos desairado el principio fundamental de la justicia. Pero al suprimir esta injusticia y asegurar los derechos de todos los hombres a las oportunidades naturales, nos ajustaremos a la ley, extirparemos la gran causa de la antinatural desigualdad en la distribución de la riqueza y el poder; aboliremos la pobreza; amansaremos las crueles pasiones de la codicia; secaremos las fuentes del vicio y la miseria; alumbraremos las tinieblas con la lámpara del saber; daremos nuevo vigor a la invención y un nuevo impulso al descubrimiento; sustituiremos la debilidad política con la fuerza política; y haremos imposibles la tiranía y la anarquía. La reforma que he propuesto está de acuerdo con todo lo que política, social y moralmente es deseable. Tiene las cualidades de una verdadera reforma, porque facilitaría todas las demás reformas. No es otra cosa que la realización de la letra y el espíritu de la verdad enunciada en la Declaración de la Independencia Americana, la verdad evidente que es el corazón y el alma de la Declaración: «Que todos los hombres han sido creados iguales; que su Creador les dotó de ciertos derechos inalienables; que entre éstos se hallan la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.»

Estos derechos se niegan al negar el igual derecho a la tierra, en la cual y de la cual el hombre ha de vivir forzosamente. La igualdad de derechos políticos no compensa la negación del igual derecho a los dones de la naturaleza. Cuando se niega el igual derecho a la tierra, al aumentar la población y progresar los inventos, la libertad política se convierte simplemente en la libertad de competir para emplearse por salarios de hambre.

Honramos la Libertad en el nombre y en la forma. Le levantamos estatuas y cantamos sus alabanzas. Pero no hemos confiado plenamente en ella. Y, con nuestro avance, crecen también sus exigencias. ¡No quiere que se le sirva a medias!

¡Libertad! es una palabra para conjurar, no para cansar el oído con frívolas bravatas. Porque Libertad significa Justicia y Justicia es la ley natural, la ley de salud, armonía y vigor, la ley de la fraternidad y la colaboración.

Quienes creen que la Libertad ya cumplió su misión al abolir los privilegios hereditarios y dar a los hombres el voto, los que piensan que ya no tiene que ver con los asuntos cotidianos de la vida, no han visto su verdadera grandeza; para ellos los poetas que la cantaron fueron vanos copleros, y sus mártires, insensatos. Como el sol es señor de la vida y de la luz; como sus rayos no sólo perforan las nubes, sino que nutren todo desarrollo, surten todo movimiento, y, de lo que sin ellos fuera una masa inerte y fría, engendran seres en infinita variedad y belleza, así es la libertad para los hombres. No es por una idea abstracta por lo que los hombres han luchado y sucumbido y en todas las épocas se han levantado los defensores de la Libertad y sus mártires han sufrido.

Decimo que la Libertad es una cosa y la virtud, la riqueza, el saber, la invención, el vigor nacional y la independencia patria son otras cosas. Pero, de todas éstas, la Libertad es la fuente, la madre, la condición necesaria. Es para la virtud como la luz para el color; para la riqueza como el sol para el trigo; para el saber como los ojos para la vista. Es el genio de la invención, el músculo de la robustez del país, el espíritu de la independencia nacional. Donde la Libertad se levanta, crece la virtud, aumenta la riqueza, cunde el saber, la invención multiplica el poder del hombre, y la nación más libre sobresale en fuerza y valor entre sus vecinas como Saúl entre sus hermanos, más alta y más bella. Donde la Libertad se hunde, se marchita la virtud, mengua la riqueza, se olvida el saber, cesa la invención, y los imperios, un día poderosos en las armas y las artes, se convierten en indefensa presa de bárbaros más libres.

Solamente en destellos truncados y con luz parcial, el sol de la Libertad ha brillado entre los hombres, y, no obstante, ha engendrado todo el progreso.

La Libertad vino a una raza de esclavos humillados bajo el látigo de los egipcios, y los sacó de la casa de la esclavitud. Ella los fortaleció en el desierto, y de ellos hizo una raza de conquistadores. El libre aliento de la ley mosaica arrebató a sus pensadores a las alturas desde donde contemplaron la unidad de Dios, e inspiró a sus poetas estrofas que aún expresan la mayor exaltación del pensamiento. La Libertad amaneció en la costa fenicia, y las naves pasaron las Columnas de Hércules para surcar el mar tenebroso. Derramó una luz parcial sobre Grecia, y el mármol se animó en formas de ideal belleza, la palabra sirvió de instrumento a las ideas más sutiles y, contra la exigua milicia de las ciudades libres, las incontables huestes del Gran Rey se estrellaron cual olas contra la roca. Vertió sus rayos sobre las parcelas de los pequeños hacendados de Italia, y de su energía nació un poder que conquistó el mundo. Se reflejó en los escudos de los guerreros germánicos, y Augusto lloró sus legiones. Saliendo de la noche que siguió a su eclipse, sus oblicuos rayos cayeron nuevamente sobre ciudades libres, y renació un saber olvidado, comenzó la moderna civilización y un nuevo mundo fue descubierto; y al crecer la Libertad, crecieron también el arte, la riqueza, el poder, la ciencia y el refinamiento.

¿No confiaremos en ella?

En nuestra era, como en anteriores, se arrastran las insidiosas fuerzas que, produciendo desigualdad, destruyen la Libertad. El horizonte empieza a nublarse. De nuevo, la Libertad nos llama. Hemos de continuar siguiéndola; hemos de confiar plenamente en ella. O la acogemos por completo o no permanecerá. No basta que los hombres voten; no basta que, en teoría, sean iguales ante la ley. Han de tener libertad para aprovechar las oportunidades y medios de vida; han de estar en igualdad de condiciones respecto a los dones de la naturaleza. O esto o la Libertad retirará su luz. O esto o vendrán las tinieblas, y las mismas fuerzas desarrolladas por el progreso, se convertirán en poderes de destrucción. Esta es la ley universal. Esta es la lección de los siglos. Si sus cimientos no descansan sobre la justicia, la estructura social no puede sostenerse.

Nuestra institución social primaria es una negación de la justicia. Al permitir que un hombre posea la tierra sobre la cual y de la cual han de vivir otros hombres, hemos convertido a éstos en esclavos, en un grado que aumenta a medida que el progreso material avanza. Esta es la alquimia sutil que, por caminos invisibles, quita a las masas de todos los países civilizados el fruto de su penoso esfuerzo, que, en vez de la esclavitud abolida, instituye otra más dura y más desamparada, y que de la libertad política engendra el despotismo.

Esto es lo que convierte los beneficios del progreso material en maldición. Lo que amontona seres humanos en sótanos malsanos e inmundas viviendas; llena cárceles y burdeles; atormenta los hombres con la miseria y los consume con la codicia; roba la gracia y la belleza de la perfecta feminidad; y arrebata a los niños la alegría y la inocencia de la aurora de la vida.

Una civilización fundamentada así, no puede subsistir. Las leyes eternas del universo lo prohíben. Las ruinas de los imperios extintos confirman y el testimonio de las conciencias responde que no puede ser. Algo más grande que la benevolencia, más augusto que la caridad -- la Justicia misma -- nos exige que reparemos este agravio. La Justicia, que no será denegada, que no puede ser eludida; la Justicia que, con la balanza, lleva la espada. ¿Esquivaremos el golpe con liturgias y oraciones? Cuando los niños gimen hambrientos y las madres extenuadas lloran, ¿podremos, levantando Iglesias, desviar los decretos de la ley inmutable?

Aunque emplee el lenguaje de la plegaria, es blasfemia lo que atribuye a los inescrutables decretos de la Providencia el dolor y el embrutecimiento que vienen de la pobreza; dirigir las manos en súplica al Padre de todos y hacerle responsable de la miseria y el crimen de nuestras grandes ciudades. Un hombre compasivo hubiera ordenado mejor el mundo; un hombre justo aplastaría con el pie un hormiguero tan ulceroso. No es el Todopoderoso, sino nosotros, los que somos responsables del vicio y la miseria que emponzoñan nuestra civilización. El Creador nos colma con sus dádivas, que sobran para todos. Pero, como cerdos que se disputan la comida, las pisoteamos en el cieno, mientras nos desgarramos unos a otros.

Hoy, en los mismos centros de nuestra civilización, hay miseria y sufrimiento bastante para agobiar el corazón de quien no cierra los ojos y no tenga nervios de acero. ¿Osaremos volvernos al Creador pidiéndole alivio? Supongamos que nuestra súplica fuese escuchada y que brillara el sol con mayor potencia; que una nueva fuerza impregnase el aire; un nuevo vigor el suelo; que por una hoja de pasto que hoy crece, crecieran dos, y que la semilla que da cincuenta diera cien. ¿Disminuiría la pobreza o se aliviaría la necesidad? ¡No, evidentemente, no! Cualquier buen resultado que se obtuviese, sólo sería pasajero. Los nuevos poderes del universo material sólo podrían ser utilizados por medio de la tierra. Mientras la tierra siguiese siendo propiedad particular, las clases que ahora monopolizan la generosidad del Creador, monopolizarían todas sus nuevas dádivas. Las rentas subirían, pero los salarios continuarían al nivel de la simple subsistencia.

¿Es posible que de este modo los dones del Creador puedan ser usurpados impunemente? ¿Es cosa leve que al trabajo se le usurpe su ganancia, mientras la codicia se revuelca en la riqueza, que los más hayan de pasar hambre, mientras los menos se atiborran? Acudid a la historia, y en cada página se puede aprender que este agravio nunca queda impune; que Némesis, que sigue. a la injusticia, nunca duerme ni vacila. Mirad hoy a vuestro alrededor. ¿Puede continuar esta situación? ¿Podemos decir siquiera: «Después de nosotros, el diluvio»? No. Los pilares del Estado se estremecen también ahora, y ardientes fuerzas sacuden los mismos cimientos de la sociedad que las comprime. La lucha que ha de vivificarnos o arrastrarnos a la ruina está próxima, si no está ya entablada.

El ¡fiat! creador ha proseguido. Con el vapor y la electricidad y los nuevos poderes nacidos del progreso, han venido al mundo nuevas fuerzas, que, o bien nos propulsarán hacia una mayor altura, o bien nos aplastarán, como han aplastado todas las naciones y civilizaciones precedentes. Entre las ideas democráticas y la organización aristocrática de la sociedad hay un conflicto irreconciliable. No podemos continuar permitiendo que los hombres voten y obligándoles a vagabundear. No podemos seguir educando a los niños y niñas en nuestras escuelas públicas y al mismo tiempo negarles el derecho a ganarse honradamente la vida. No podemos seguir charlando de los inalienables derechos del hombre, y al mismo tiempo negando el inalienable derecho a la generosidad del Creador.

Pero si, mientras aún hay tiempo, nos volvemos a la Justicia, si confiamos en la Libertad y la seguimos, desaparecerán los peligros que nos acosan, y las fuerzas que nos amenazan se convertirán en agentes de encumbramiento. Pensad en los poderes hoy despilfarrados, los infinitos campos del sabor aún inexplorados, las posibilidades que los grandes inventos de este siglo nos insinúan. Abolida la miseria; trocada la codicia en nobles pasiones; ocupando la fraternidad, nacida de la equidad, el sitio de la envidia y el temor que ahora alinean a unos hombres contra otros; liberado el poder mental en condiciones que den bienestar y ocio al más humilde, ¿quién puede medir la altura a que puede remontarse nuestra civilización? ¡Las palabras no alcanzan a expresarlo! Es la Edad de Oro cantada por la poesía y revelada en las sublimes metáforas de los profetas. Es la gloriosa visión que siempre ha obsesionado al hombre con destellos de vacilante resplandor. Es la visión de aquél, cuyos ojos se cerraron en éxtasis en Patmos. ¡Es la culminación del Cristianismo, la Ciudad de Dios sobre la tierra, con sus murallas de jaspe y sus puertas nacarinas! ¡Es el reinado del Príncipe de la Paz!

CAPITULO 27

CONCLUSIÓN

La verdad que he procurado esclarecer no será aceptada fácilmente. Si pudiera serlo, hace tiempo que se habría admitido; si pudiera serlo, nunca se la habría ofuscado. Pero hallará amigos que trabajarán por ella; sufrirán por ella; si es preciso morirán por ella. Tal es el poder de la Verdad.

¿Prevalecerá al fin? Al fin, sí. Pero, en nuestros tiempos o en tiempos en que se conserve alguna memoria de nosotros, ¿quién osará afirmarlo?

Para el que, viendo la privación y la miseria, la ignorancia y el embrutecimiento causados por instituciones sociales injustas, procura remediarlas en la medida de sus fuerzas, hay desengaños y amarguras. Así ha sucedido desde tiempo antiguo. Así ocurre también ahora. Pero la idea más amarga, que a veces alcanza al mejor y al más valiente, es la de la ineficacia del esfuerzo, la inutilidad del sacrificio. ¡A cuán pocos de los que siembran la semilla les es dado verla crecer y aun saber con certeza que crecerá!

No nos engañemos. Una y otra vez se ha levantado en el mundo la bandera de la Verdad y la Justicia y una y otra vez ha sido pisoteada, a menudo revolcada en sangre. Si le basta a la Justicia levantar la cabeza para ahuyentar la injusticia, ¿por qué han de oírse tanto tiempo los lamentos de los oprimidos?

Sin embargo, para quienes ven la Verdad y quieren seguirla, para los que reconocen la Justicia y quieren defenderla, el éxito no es el único propósito. ¡El éxito! Con frecuencia la falsedad y la injusticia pueden darlo. La Verdad y la Justicia, ¿no han de tener algo para dar, algo que sea muy suyo por derecho propio, suyo en esencia y no por accidente?

Que lo tienen siempre, lo saben todos los que han sentido su exaltación. Pero a veces se agolpan nubarrones. Es triste, muy triste, leer la vida de los que hicieron algo por sus semejantes. A Sócrates le dieron la cicuta; a Graco lo mataron a palos y pedradas; y a Uno, el más grande y puro de todos, lo crucificaron.

En esta investigación he seguido el curso de mi propio pensamiento. Cuando mentalmente la emprendí, no tenía teoría alguna que defender, ni conclusión alguna que probar. Solamente, cuando contemplé la repugnante miseria de una gran ciudad, espantado y afligido, no hubiera descansado, pensando cuál era su causa y cómo se podía remediar.

Pero, de esta investigación he sacado algo que no pensaba encontrar, y una fe que había muerto, revive.

El anhelo de una vida futura es natural y profundo. Crece con el desarrollo intelectual y quizá nadie lo sienta más realmente que los que han empezado a ver cuán grande es el universo y cuán infinitas son las perspectivas que cada adelanto del saber nos presenta, perspectivas cuya exploración nos requeriría nada menos que una eternidad. Pero, en el ambiente intelectual de nuestros tiempos, a la gran mayoría de hombres en quienes las sencillas creencias han perdido su base, les parece imposible considerar este anhelo, a no ser como una esperanza vana e infantil, nacida del egotismo humano y sin el menor fundamento o garantía, y que, por el contrario, parece incompatible con los conocimientos positivos.

Cuando averiguamos el origen y hacemos el análisis de las ideas que de este modo destruyen la esperanza en una vida futura, pienso que hallaremos su raíz, no en revelación alguna de las ciencias físicas, sino en ciertas enseñanzas de la ciencia política y social que se han infiltrado profundamente en todas las direcciones del pensamiento. Tienen su raíz en las doctrinas de que hay una tendencia a procrear más seres humanos de los que se pueden sustentar, de que el vicio y la miseria resultan de las leyes naturales y son el vehículo del progreso humano y de que éste se verifica por una lenta evolución de la raza. Estas doctrinas, que, en general, se admiten como verdades probadas, hacen lo que (excepto cuando la interpretación científica se tiñe con ellas) el desarrollo de las ciencias físicas no hace: reducen al individuo a la insignificancia; destruyen la idea de que el orden del universo pueda tener miramiento alguno con su existencia o reconocer lo que llamamos cualidades morales.

Es difícil reconciliar la idea de la inmortalidad del alma con la idea de que la naturaleza derrocha hombres trayéndolos constantemente a la vida donde no hay sitio para ellos. Es imposible reconciliar la idea de un Creador inteligente y benéfico con la creencia de que la miseria y la degradación que le toca en suerte a tan gran parte de la humanidad resulten de los decretos de Aquél. Y la idea de que el hombre en lo mental y lo físico es el resultado de lentas modificaciones perpetuadas por la herencia, sugiere irresistiblemente la idea de que el objeto de la existencia humana no es la vida del individuo, sino la vida de la raza. De este modo se ha desvanecido en muchos de nosotros y se está desvaneciendo en muchos más aquella fe que, para las luchas de la vida, es el apoyo más fuerte y el más hondo consuelo.

En el transcurso de nuestra investigación, hemos hallado estas doctrinas y vimos su falsedad. Hemos visto que la población no tiende a sobrepasar las subsistencias. Hemos visto que el despilfarro de fuerzas humanas y la profusión del dolor humano no proceden de las leyes naturales, sino de la ignorancia y el egoísmo de quienes rehúsan adaptarse a ellas. Hemos visto que el progreso no se efectúa cambiando el modo de ser del hombre, sino que, por el contrario, la naturaleza humana es, en general, siempre la misma.

Así se destruye la pesadilla que destierra del mundo actual la creencia en una vida futura. No es que se eliminen todas las dificultades, pues, por más vueltas que demos, venimos a parar a lo que no podemos comprender; pero se eliminan las dificultades que parecían terminantes e insuperables. Y así nace la esperanza.

Pero esto no es todo.

La Economía Política ha sido llamada la ciencia aciaga y, tal como se la suele enseñar, es decepcionante y desalentadora. Pero esto ocurre, como ya hemos visto, solamente porque se la ha degradado y encadenado, se han descoyuntado sus verdades, ignorado sus armonías, amordazado su palabra y transformado su protesta contra el mal en una defensa de la injusticia. Liberada, como he procurado liberarla, en su propia armonía, la Economía Política irradia esperanza.

Porque, bien comprendidas, las leyes que gobiernan la producción y distribución de la riqueza, demuestran que la privación y la injusticia del presente estado social no son inevitables. Por el contrario, demuestran que es posible un estado social en el que se desconozca la pobreza y en el que todas las mejores cualidades y más altas facultades de la naturaleza humana hallen oportunidad para desarrollarse completamente.

Y además, cuando vemos que el desarrollo social no es gobernado por una especial providencia ni por un destino cruel, sino por una ley que es a la vez inmutable y benéfica; viendo que la voluntad humana es el gran factor y que, considerando a los hombres como conjunto, su situación es la que ellos mismos se crean; viendo que la ley económica y la ley moral son esencialmente una sola cosa, y que la verdad adquirida por el penoso esfuerzo de la inteligencia, no es sino la que el sentido moral alcanza por una rápida intuición; entonces, un torrente de luz irrumpe en el problema de la vida individual. Los incontables millones de hombres como nosotros que por esta tierra pasaron y siguen pasando, con sus alegrías y tristezas, sus esfuerzos y afanes, sus anhelos y temores, su fuerte percepción de cosas más profundas que los sentidos, sus sentimientos comunes en que se fundan los credos más divergentes, sus pequeñas vidas, ya no parecen un derroche sin objeto.

El gran hecho que la ciencia muestra en todas sus ramas, es la universalidad de la ley. Dondequiera que la investigue, sea en la caída de una manzana, o en la revolución de los soles binarios, el astrónomo ve efectos de la misma ley, actuando en las dimensiones mínimas en que podemos distinguir el espacio, de la misma manera que actúa en las insondables distancias de que su ciencia trata. De más allá del alcance de su telescopio llega un astro que luego desaparece. En tanto que puede seguirse su curso, no cumple la ley. ¿Dirá él que esto es una excepción? Por el contrario, el dice que lo que ha visto es solamente una parte de su órbita; que más allá del alcance de su telescopio, la ley subsiste. Efectúa sus cálculos, y éstos, al cabo de siglos, se ven confirmados.

Si averiguamos las leyes que gobiernan la vida humana en la sociedad, vemos que en la colectividad más grande como en la más pequeña, son las mismas. Vemos ser manifestaciones de un mismo principio las que a primera vista parecían divergencias y excepciones. Vemos que dondequiera que la indaguemos, la ley social, conduce hacia la ley moral y está de acuerdo con ella; que, infaliblemente, en la vida de una colectividad, la justicia lleva su recompensa y la injusticia su castigo.

Las leyes que la Economía Política descubre, como los hechos y relaciones de índole física, armonizan con lo que parece la ley del desarrollo mental, no un progreso inevitable e involuntario, sino un progreso cuya fuerza inicial es la voluntad humana. La inteligencia apenas se comienza a despertar antes que las facultades corporales declinen. Sólo llega a percibir confusamente el vasto campo que se le ofrece y sólo empieza a conocer y emplear su fuerza, a descubrir relaciones y extender sus simpatías, cuando, con la muerte del cuerpo, se va para siempre. A menos que haya algo más, parece haber aquí una brecha, una falla. Trátese de un Humboldt o de un Herschel, de un Moisés mirando desde Pisgah, de un Josué al frente de sus huestes o de una de estas almas dulces y pacientes cuyas vidas transcurren radiantes entre estrechos horizontes, parece que, si la mente o el carácter aquí desarrollados no hubiesen de pasar más allá, habría en ello una inconsecuencia incompatible con lo que podemos ver de la eslabonada ilación del universo.

Por una ley fundamental de nuestra mente, la ley en que, de hecho, la Economía Política se apoya en todas sus deducciones, no podemos concebir un medio sin un fin, un designio sin un objeto. A no ser que el hombre pueda ascender más o llevar a cabo alguna cosa superior, su existencia es incomprensible. Tan fuerte es esta necesidad metafísica, que quienes niegan al individuo alguna cosa superior a esta vida, se ven obligados a transferir a la raza la idea de la perfectibilidad. Pero, como ya hemos visto (y se podría completar mucho el argumento), no hay nada que indique un perfeccionamiento de la raza. El progreso humano no es un perfeccionamiento de la naturaleza humana. Los avances que constituyen la civilización no se logran en la constitución del hombre, sino en la constitución de la sociedad. Por esto no son fijos y permanentes, sino que pueden perderse en cualquier momento; es más, tienden a ello constantemente.

¿Cuál es, pues, el sentido de la vida, esta vida absoluta e inevitablemente limitada por la muerte? Para mí, sólo se comprende como entrada y vestíbulo de otra vida. De la cadena de ideas que hemos ido siguiendo, parece surgir vagamente una vislumbre, un tenue fulgor de relaciones finales, cuya descripción sólo puede intentarse por medio del símbolo y la alegoría.

Mirad, hoy, en torno a vosotros.

¡Aquí, ahora, en nuestra sociedad civilizada, las viejas alegorías tienen aún significado, los antiguos mitos son aún verdad! Todavía la senda del deber conduce a menudo al Valle de la Sombra de la Muerte, Cristiano y Fiel van por las calles de la Feria de Vanidades, y golpes estrepitosos resuenan sobre la armadura de Gran Corazón. Ormudz lucha todavía contra Arimán, el Príncipe de la Luz contra los Poderes de las Tinieblas. Al que quiera oír, le llaman los clarines del combate.

¡Y cómo llaman y llaman, hasta que se enardece el corazón que los oye! ¡Almas fuertes y nobles intenciones, la humanidad os necesita! La belleza todavía yace prisionera, y ruedas de hierro aplastan lo bueno, lo verdadero y lo bello que las vidas humanas podrían producir.

Y los que luchan al lado de Ormudz, aunque entre sí no se conozcan, en alguna parte, algún día serán convocados.

 

ÍNDICE


Capitulo 1 El gran enigma de nuestros tiempos 1

Capitulo 2 Importancia de la definición de los términos 5

Capitulo 3 Salarios y capital 12

Capitulo 4 Origen del salario 15

Capitulo 5 Funciones del capital 23

Capitulo 6 Población y subsistencias 26

Capitulo 7 Distribución de la riqueza 40

Capitulo 8 La ley de la renta 43

Capitulo 9 Ley del salario 47

Capitulo 10 Interés del capital 53

Capitulo 11 Efecto del progreso material sobre la distribución de la riqueza 57

Capitulo 12 La llanura ilimitada 62

Capitulo 13 Causa primaria de las crisis económicas 67

Capitulo 14 Persistencia de pobreza en medio del aumento de la riqueza 73

Capitulo 15 Examen de algunos remedios propuestos 77

Capitulo 16 El enigma resuelto — la primera gran reforma 85

Capitulo 17 Prueba de la proposición según las normas tributarias 88

Capitulo 18 Apoyos y objeciones 93

Capitulo 19 La propiedad en la tierra considerada históricamente 96

Capitulo 20 El justo fundamento de la propiedad 102

Capitulo 21 Derechos de los propietarios a indemnización 108

Capitulo 22 Cambios resultantes en la vida económica y social 113

Capitulo 23 El motivo supremo de acción humana 118

Capitulo 24 La ley del progreso humano 123

Capitulo 25 Como puede decaer la civilización moderna 134

Capitulo 26 El llamamiento de la libertad 139



Capitulo 27 Conclusión 144


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